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Información ‘Rally Ciudad de Villa Regina’

La Municipalidad de Villa Regina informa el cronograma de desarrollo del Rally ‘Ciudad de Villa Regina’, correspondiente a la tercera fecha del Campeonato Regional.

Viernes 23:

19,30 horas: Rampa de largada frente a Plaza de los Próceres

Sábado 24:

Etapa 1 ‘60 años de Moño Azul’

Prueba especial 2 Villa Regina (Cementerio) – Parque Industrial: Largada 12.46

Prueba especial 4 Villa Regina (Cementerio) – Parque Industrial: Largada 15.57

Domingo 25:

Etapa 2 ‘Horacio Santángelo’

Prueba especial 6 Parque Industrial – Villa Regina (Bajada Mario Franco): Largada 11.36

Prueba especial 8 Parque Industrial – Villa Regina (Bajada Mario Franco): Largada 14.07

Se informa a quienes deseen observar el paso de los autos en la zona de bardas que, como alternativa, pueden utilizar el acceso subida ‘Horacio Santángelo’ y el Sendero a la Capilla.

Hay que tener en cuenta que una hora antes de la largada, tanto sábado como domingo, se corta la subida por Parque Industrial y Mario Franco y se habilita una vez finalizada la etapa.

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  • Lucrecia Martel en la tierra de Chocobar

     

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    El apellido Chocobar se viralizó en Argentina por el policía que disparó siete veces contra un ladrón en Buenos Aires en 2017. Con la reproducción de la escena hasta el infinito, el abrazo del autor de la balacera con el entonces presidente Macri y el apoyo ferviente de Patricia Bullrich, su ministra, el crimen se convirtió en una forma de pensar la seguridad y la justicia: la doctrina Chocobar. Parte de la crueldad del símbolo es borrar las aristas hasta volverse meme. Un nombre devenido en adjetivo, sinónimo de una manera de entender la vida y la muerte de las personas, oculta que hay miles de personas con ese apellido en todo el norte argentino y la región andina que no tienen nada que ver con balear gente por la espalda.

    Y en particular hay un hombre que se llamó Javier Chocobar y que fue asesinado en 2009 en Tucumán. Tenía 68 años y era una autoridad indígena del pueblo Chuschagasta. Los asesinos fueron un vecino terrateniente y emprendedor minero, y dos policías retirados que pretendían desalojar a la comunidad indígena Chuschagasta de sus tierras.

    El crimen, que quedó grabado en video, es el puntapié de Nuestra Tierra, el primer documental de la directora Lucrecia Martel.

    No hay un consenso claro de qué significa ni de dónde viene la palabra Chocobar: hay quienes intentan traducirlo del quechua o del aymara, pero sus raíces se pierden en la previa de la conquista, cuando muchos de los nombres originales fueron trastocados por el conquistador. Sí hay registro de que es un nombre que se extendió por toda la región cuando todavía no había países ni fronteras. 

    Los Chuschagasta, el pueblo al que pertenecía, quizás tampoco tengan ese nombre desde siempre. En algunos registros coloniales se los anota como Chuchingasta, Chachagasta, Chuchagasti, Chugasta, Chuscas o Chujchas.

    Lo que es claro, como señala una comunera en la película, es que «el papel permite lo que le quieran poner».

    Lucrecia Martel dice que la violencia de la gramática es de las primeras dificultades para contar esta historia. Escribir «El Capitán Sotomayor trasladó a 40 indios», dice, es darle voluntad y nombre al poderoso y convertir a las víctimas en un número, despojadas de voluntad y poder, forzadas a estas circunstancias por muchas estrategias de las que los mismos conquistadores se jactan, como secuestros y hambrunas.

    Quizás por eso Martel tardó catorce años en terminar el documental: narrar sin violencia en una época de sobreabundancia de crueldad es intentar deconstruir el lenguaje de una época.

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    Javier Chocobar, el Chocobar de esta historia, las noches de luna llena salía de madrugada para cortar cañas de azúcar, un trabajo duro y mucho más cuando se escarchan o está oscuro. Solía llevar una lapicera en el bolsillo de la camisa. Quizá porque nunca se sabía cuándo habría que anotar algo nuevo para defender los derechos de su comunidad. O tal vez porque funcionaba como contraseña para que a simple vista se notara que sabía leer y escribir.

    El conflicto que enfrenta su pueblo no es fácil: los Chuschas fueron trasladados al Valle de Choromoros desde los Valles Calchaquíes hace más de 350 años, forzados por las autoridades coloniales locales luego de las guerras calchaquíes, un intento de resistencia de los pueblos de la región contra los invasores.

    Y allí viven desde entonces: sobre los animales que crían y sus cultivos pasó una maraña de papeles, desde los tributos que les cobraban sus encomenderos, hasta los arriendos que les impusieron otros vecinos estancieros y funcionarios, descendientes también de aquellas familias beneficiadas por la colonia, y más tarde beneficiadas por el nuevo orden, que los declararon extinguidos en 1808 para hacerse de sus tierras. 

    En los censos nacionales de medio siglo más tarde, los ancestros con los mismos apellidos que tiene la comunidad hoy, están registrados con oficios de servicio, como peones, lavanderas, etc,  dependientes de una de estas familias estancieras a la que le debieron pagar arriendos y cumplir con «obligaciones», una forma de trabajo servil muy difundida en el norte, bajo la amenaza latente de desalojo.

    En dos siglos de estancias queriendo acaparar su territorio están los Molina, los Cobo, los Alurralde, los Colombres –que terminaron expropiados por el Estado provincial– y finalmente los Amín, que llegaron en 1959 con la misma intención. A esa familia pertenecía Darío Amín, uno de los condenados por el crimen de Chocobar.

    Pero con todas esas idas y vueltas, los habitantes nunca jamás se fueron del Valle de Choromoro.

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    «Hoy a las 11 es el operativo, no le digas nada a la mamá, me tiembla todo, pero confío en Luis, y van 4 policías más. No digas nada a nadie. Vos y yo lo sabemos». El mensaje de texto lo mandó Darío Amín unas horas antes del crimen.

    Luis es Luis Humberto Gómez, alias “El Niño”, un policía retirado. Junto con ellos estaba otro policía, José Valdivieso. El objetivo de Amín era explotar una cantera de piedra laja en el corazón de la comunidad. Para eso se había asociado con Gómez: la idea era ir 50 y 50. Le pusieron a la sociedad Campo Amigo, combinando sus apellidos. La misión de Gómez era “limpiar” el territorio apelando a la intimidación.

    El operativo, como lo llamaron, se hizo el 12 de octubre de 2009. ¿Habrá sido casual la fecha? ¿Eligieron el día del aniversario de la conquista española como una cábala?

    Quizás no se detuvieron en ese detalle, pero fueron preparados para  una masacre. Amín llevó un revólver calibre 32 largo, Gómez una pistola marca Taurus calibre 40 y otra marca CZ calibre 6,35 mm. Valdivieso una pistola Beretta, calibre 9mm. En la camioneta en la que llegaron, también guardaron una escopeta.

    Además de todo, llevaron una cámara digital. El de Chocobar fue un crimen registrado en una época donde el registro permanente de la violencia todavía no estaba tan normalizado.

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    En la primera imagen del video hay un hombre vestido de color caqui que baja de una camioneta. Frente a él, un grupo de comuneros llega en silencio por el camino. Traen la mirada un poco gacha, pero avanzan firmes, todos juntos. Detrás de ellos viene Javier Chocobar.

    El hombre vestido de caqui, el ex policía Gómez, avanza hacia ellos, parece sacar pecho. Todavía no muestra sus armas.

    –¿Quién es el encargado de ustedes?– pregunta.

    –Acá no hay encargados– responden los comuneros.

    –¿No hay nadie? –repite Gómez, que vuelve hacia la camioneta– Hasta luego, que anden bien ustedes.

    Lo dice con desprecio, con un tono de ‘ahora van a ver lo que les espera’.

    En la camioneta hay respiraciones agitadas, discuten por dónde seguir. Del lado de afuera, los comuneros miran. Uno de ellos, Delfín Cata, tiene una cámara de rollo, de esas que antes se usaban para los cumpleaños. Toma una fotografía.

    –No sé para qué toman fotos –masculla Amín–. Si en tribunales ya nadie les da bola.

    En la siguiente escena, los comuneros y Gómez están frente a frente.

    –Quiénes son ustedes, qué tienen que venir a meterse aquí.

    –Los Amín –dice el hombre de caqui–. Nosotros somos los Amín.

    –Nadie tiene que venir a hacer aquí.

    –Usted dice que no, explíquenos quiénes son ustedes –dice Amín.

    –Somos indígenas, estamos defendiendo nuestro derecho.

    –Bueno, tranquilo, tranquilo, hablando nos vamos a entender. Si no, capaz que no nos entendemos –dice gesticulando Gómez–, usted sabe que hay una orden judicial… Si yo voy a denunciar lo que ustedes están haciendo, vamos a tener problemas todos.

    –¿Qué es lo que estamos haciendo? –dice Andrés Mamaní. Da un paso al frente.

    Está tranquilo, pero firme. Gómez lo empuja con las manos.

    –Maestro, quedate piola –dice y saca la pistola que lleva en la cintura–. ¡Vos a mí no me vas a venir a prepiar, te estoy hablando por las buenas!

    Delfín Cata levanta su cámara pocket y toma una foto. Gómez lo ve, le dispara a los pies y avanza para pegarle un culatazo en la cabeza.

    –¡Qué te creés vos, qué te creés vos! – grita.

    La cámara que filma la escena baja. El que la lleva también empuña un arma. Lo que sigue después es audio. Hay gritos, más disparos. «Qué pasa, te voy a hacer pingo, culeado», se escucha mientras la cámara rueda al suelo/a la tierra.

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    En la reconstrucción judicial se supo que, tras el golpe y el disparo, Delfín forcejeó con Gómez, que seguía disparando. Con la ayuda de otros comuneros lograron reducirlo y le arrebataron su pistola Taurus calibre 40 y una cachiporra que llevaba encima.

    Gómez intentó sacar la pistola CZ de una tobillera, pero Delfín lo derribó de un empujón, le sacó el arma y la tiró al monte. Y, una vez que desarmó a Gómez, corrió a auxiliar a otros compañeros que intentaban frenar a José Valdivieso. Tras un breve forcejeo, logró quitarle la Beretta 9 mm con la que también había disparado.

    “Yo les quité las armas a los asesinos”, dijo tiempo después al medio La Palta. “Si yo hubiera sido otra persona, quizás con las mismas armas los habría liquidado”.

    Parecía que la situación se calmaba, pero Amín siguió disparando: lo hizo primero contra Javier Chocobar y, cuando logró darle, siguió. Primero hirió a Emilio Mamaní en la pierna y luego a Andrés Mamaní en el abdomen. En el tambor de su arma quedaron seis vainas servidas.

    —¡Turco hijo de puta, me ha baleado! —gritó Javier con las últimas fuerzas que le quedaban, recuerdan quienes estuvieron ahí.

    Valdivieso, que había logrado zafarse, recuperó la pistola que se le había caído a Gómez y disparó contra los comuneros que escapaban cerro arriba por un sendero.

    Los tres hombres subieron a la camioneta y escaparon mientras Javier Chocobar se desangraba frente a su familia.

    Además de Chocobar, Andres Mamani recibió un disparo en el abdomen, y desde entonces vive en los cerros con una colostomía, incapacitado para trabajar con sus animales. Y a Emilio Mamani le dieron un disparo en la pierna. Todavía tiene el plomo clavado en el hueso. 

    Después de la huida de los agresores, Delfín recogió la cámara y la guardó. Más tarde la entregó a un policía que, a pesar de recibir presiones de Hugo Sánchez, el entonces jefe de la policía provincial y cuñado de Gómez, no descartó esa evidencia fundamental para esclarecer el crimen. 

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    ¿Cómo se recuerda al que murió defendiendo su tierra? ¿Con esa última escena, diciendo “Turco hijo de puta me has baleado”? ¿Con los brazos abiertos frente a una muerte que no esperaba? ¿Cómo se hace honor a su memoria?

    La película de Martel parece hacerse esa pregunta y la responde metiéndose en la historia de la comunidad y del propio Chocobar. Hay algo muy amoroso en las dos horas de película que elige detenerse y poner el eje en la memoria de la comunidad.

    El documental muestra sus fiestas, a Chocobar vestido de traje con toda la onda del mundo, peinado y firme para las muchas fotos de plaza que se tomó con fotógrafos minuteros. Habla de los que fueron a trabajar a las ciudades y volvieron, de los que se quedaron en su territorio a pesar de los papeles y las amenazas, de las cosechas, de las mujeres que trabajaron en fábricas, en la costura, limpiando casas con cama adentro cuando todavía eran niñas, pero que luego sintieron el llamado a volver a su tierra.  “Trabajé en casas de jueces, de abogados, de doctores”, dice una de las comuneras, Isabel Cata. “Cuando ya he cumplido mi mayoría de edad he querido salir de ahí y trabajar por mi cuenta”.

    Martel es conocida por construir en sus películas paisajes sonoros con varias capas superpuestas. Para esta producción, le pidieron a la comunidad los chips de sus teléfonos viejos. Allí descubrieron que, aunque la imagen de los celulares antiguos esté pixelada, el sonido de las fiestas familiares, los chistes, la forma de hablar sin inhibiciones, es un tesoro imposible de recrear con actores.

    A esos archivos se suman los álbumes de fotos familiares de los comuneros. Y con ellos Martel no solo construye esa atmósfera onírica que envuelve sus películas, sino que también hace un prodigio de la mirada: pone el foco en las vidas subalternas. Nombra a aquellos que para la historia oficial no tienen ni siquiera rostro.

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    Hay otra dramaturgia que contrasta con las fotografías en blanco y negro sobre la mesa: la narrativa judicial de los expedientes y los pasillos judiciales. Más allá del uso de cartas y títulos de propiedad para evidenciar la manipulación del lenguaje legal, el film se detiene en las contradicciones del juicio contra los acusados por el asesinato de Chocobar.

    En una de las escenas, la defensa interroga a un testigo de la comunidad.

    —¿Por qué estaban ahí?

    —Nosotros estábamos cuidando nuestras tierras, que no vayan otras personas ajenas a quitárnoslas.

    —¿Desde cuándo ustedes cuidan estas tierras en ese lugar?

    —Nosotros vivíamos ahí, desde nuestros ancestros, los abuelos.

    —¿Qué edad tiene usted?

    —46 años.

    —¿Hace 46 años que cuidan las tierras?

    —No, de más antes.

    El documental evidencia el contraste visual entre la inmensidad de los paisajes que habitan los Chuschas y el encierro de la sala de audiencias, con el kitsch burocrático de tonos marrones de los despachos, los jueces y abogados tomando jugo y café mientras los rostros indígenas observan en silencio absoluto.

    Los acusados, vestidos de traje, parecen en su salsa.

    La escena del testigo al que someten a un careo con el policía Valdivieso parece sacada de una película policial de cine negro.

    Otro de los testigos convocado por Gómez para respaldarlo es su amigo y compañero policía, Justo Danielsen, da fe de su aptitud como comando:

    –Yo puedo estar hablando –dice–, pensando y analizando, puedo unificar y hacer dos o tres cosas al mismo tiempo…

    Más tarde, Gómez se jacta de su puntería:

    – Si hubiese querido matar era más fácil levantar el arma y disparar.

    Y al final agrega, como una confesión de parte:

    –El Estado me entrenó para hacer esto.

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    Los tres responsables del crimen fueron condenados recién en 2018: 18 años de prisión para el expolicía Gómez, 10 para Valdivieso y 22 para Darío Amín, el hombre que apretó el gatillo. La libertad les llegó pronto gracias a los laberintos de las apelaciones. Recién el 23 de octubre de 2025 la Corte Suprema dejó firmes las penas, aunque para Amín el veredicto llegó tarde: murió por Covid-19 antes de volver a la cárcel.

    Pero mientras los expedientes acumulaban tecnicismos que rechazaban la justicia, la comunidad de Chuschagasta hacía otro trabajo: el de la persistencia. La película de Martel no es solo un registro del horror, sino un acto de restitución. La primera vez que se proyectó el documental fue en el salón comunitario en el territorio, con la comunidad en pleno. Allí descubrieron que, aunque el Estado lo convierta en número, hay un registro que ninguna bala pudo destruir: el de un pueblo que, tras 350 años de asedio, sigue eligiendo no irse de su lugar en el mundo.

    La historia, que el poder intentó reducir a un «operativo» de desalojo, se convirtió en otra cosa. Quizás el cine sirva para que Chocobar ya no sea solo ese eco violento que resuena en Buenos Aires. Quizás el cine nos permita darle el sentido que ese apellido tiene en la comunidad de los Chuschas: el de un hombre que murió defendiendo su tierra, con una lapicera en el bolsillo y los brazos abiertos.

    La entrada Lucrecia Martel en la tierra de Chocobar se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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  • «Si en tres años de crecimiento no aparece el empleo privado formal, revisamos la teoría económica»

     

    Ivan Carrino es uno de los jóvenes economistas libertarios más escuchados del momento, y también el más reposteado por Javier Milei. En un mano a mano con LPO, se dispone a explicar cuánto hay realmente de ideología y cuánto de economía convencional detrás del programa oficial. 

    A Carrino le divierte remarcar que la Universidad de Buenos Aires, cuna histórica del pensamiento crítico, es, según cuenta, la única universidad argentina donde se enseña formalmente a Murray Rothbard. Claro, dentro de la materia que dicta como profesor en Económicas. 

    Desde ese cruce entre academia, redes y poder político, defiende el rumbo económico del Gobierno, relativiza la idea de un experimento ideológico y sostiene una tesis incómoda: el padecimiento presente, para un bienestar futuro. La pregunta central del momento: cuánto dolor puede tolerar una estabilización económica.

    -Quiero arrancar por algo más conceptual. Vos estudiaste durante años la escuela austríaca. ¿Qué distancia encontras entre la teoría y el ejercicio real del gobierno? 

    -Sí, es cierto que lo estudié mucho. Conozco a los economistas austríacos desde chico. Mi primer acercamiento fue con un libro que tenía mi viejo cuando yo tenía 15 años, Camino de servidumbre. Tal vez no es el libro más específico de la escuela austríaca, porque es más bien un análisis económico-político general. Entendí el 30% de lo que leí en ese momento, te imaginarás. Después me regaló un libro de Mises, Seis lecciones sobre el capitalismo. Ese libro tuvo un momento viral el año pasado cuando un luchador brasileño dijo que Occidente estaba en peligro y recomendó leerlo. 

    Después hice mi carrera, estudié administración en la UBA, llegó la crisis del 2008. Yo ya me consideraba liberal, había atravesado la crisis del 2001 con 15 o 16 años, leía mucho a Roberto Cachanosky, Juan Carlos de Pablo, José Luis Espert, López Murphy. 

    En 2008 me reconecté con la escuela austríaca ya con nombre formal. Descubrí que existía toda una corriente intelectual. En 2011 decidí seguir estudiando específicamente eso y me fui a España a hacer una maestría con Huerta de Soto. 

    Cuando miras la política concreta, un economista formado en la escuela austríaca va a tener una mirada muy parecida a la de un economista formado en la tradición de Chicago. Ajustar el déficit fiscal, bajar la emisión monetaria, ordenar el tipo de cambio, desregular, privatizar, proteger la propiedad privada.

    Yo sentía que venía de los márgenes del mundo económico y de repente esas ideas quedaron en el centro de la escena. Eso es algo simpático para mí. 

    La escuela austríaca es una corriente de pensamiento, como puede ser el keynesianismo o la escuela de Chicago. Hoy no forma parte del mainstream. 

    Entonces aparece la pregunta: ¿qué hay de la escuela austríaca en el programa de gobierno? Porque Milei también es un gran conocedor de los autores austríacos. Uno podría pensar que estamos viendo una política económica austríaca, pero eso es más difícil de ver. Cuando uno lee a la escuela austríaca encuentra posiciones sobre política monetaria, el Banco Central, regulaciones específicas. Muchos autores plantean que el Estado debería correrse de muchos lugares. Ahora, cuando miras la política concreta, un economista formado en la escuela austríaca va a tener una mirada muy parecida a la de un economista formado en la tradición de Chicago o incluso del mainstream. Ajustar el déficit fiscal, bajar la emisión monetaria, ordenar el tipo de cambio, desregular, privatizar, proteger la propiedad privada. Hay consensos básicos en economía. Yo trato de ser ante todo un economista, más allá de las escuelas.

     – ¿No es un gobierno estrictamente austríaco? 

    -Y hay una inspiración liberal fuerte. Por supuesto, hay inspiración austriaca de decir que hay un norte ahí donde creemos realmente que el mercado es muy eficiente, bastante superior a otros arreglos institucionales. Sí. Y en lo concreto que hacemos? Y qué sé yo, hay que llevar la economía desde una especie muy sovietizada, ultra intervenida, con precios máximos, restricción para importar, altísimos niveles de inflación.  

    Hay que llevar esa economía a una economía más normal. ¿Y qué se hace? Pregúntale a un economista que más o menos entienda de las cosas y te va a decir que hay que hacer lo que más o menos se está haciendo: ajustar el déficit fiscal, bajar la emisión monetaria, tener más o menos controlado el tipo de cambio. 

    Desregular, privatizar, dar un mensaje que vas a proteger la propiedad privada y teniendo en cuenta el punto de partida, un austriaco está de acuerdo. Un tipo de la escuela Chicago está de acuerdo. Te diría que muchos keynesianos también están de acuerdo. Entonces, me parece para mí interesante enfatizar eso. 

    -Entonces el gobierno estaría haciendo algo que buena parte de la profesión económica considera necesario. 

    -Sí, y sumale la convicción, la fuerza y el empuje con el que se hace. Estas cosas que parecían inevitables tal vez necesitaban alguien con inspiración más radical para correr el eje de la discusión. Huerta de Soto es un radical. Hay autores austríacos que han sostenido que el Estado tiene que correrse del sistema sanitario o educativo. Son posiciones libertarias fuertes. Tal vez necesitabas alguien tan convencido de eso para que lo normal volviera a ser algo aceptable en Argentina.

    Hay que llevar la economía desde una especie muy sovietizada, ultra intervenida, con precios máximos, restricción para importar, altísimos niveles de inflación, a una economía más normal. ¿Y qué se hace? Pregúntale a un economista que más o menos entienda de las cosas y te va a decir que hay que hacer lo que más o menos se está haciendo.

    -Vos alguna vez planteaste que Milei es un líder populista. 

    -Sí. Lo tomo de un artículo de Rothbard de 1992 que se llama Populismo de derecha. Él decía que el Partido Libertario había logrado instalar identidad ideológica pero no impacto político. Entonces propone una estrategia distinta: una actitud de denuncia contra el gobierno, ciertos empresarios y líderes de opinión. No usa la palabra «casta», pero la lógica es parecida. El discurso político de Milei, sobre todo al principio, es compatible con eso: confrontativo, denunciante. No digo que Milei haya leído eso y decidido aplicarlo. Pero la similitud está.

     -Y ahí aparece inevitablemente la comparación con Trump. ¿Trump entra en esa categoría?

     -Trump sí encajaría en una descripción de populismo de derecha por el estilo político. Pero no desde el punto de vista económico. Sus planteos sobre comercio exterior son verdaderamente absurdos desde el consenso económico básico. Son proteccionistas, nacionalistas. Tiene el estilo populista, pero no el componente libertario.

    Lo que no tiene Trump, que sí tiene Milei y que sí tenía la categoría de Rothbard, es inteligencia del punto de vista económico. Los planteos de Trump son verdaderamente absurdos en materia de comercio exterior, por ejemplo. No pasan la prueba de lo razonable del punto de vista económico.

    Hay muchísimo consenso en economía de que la economía abierta funciona mejor que la economía cerrada. Entonces lo que no tiene Trump, que es populista en el sentido de amigo y enemigo, la estrategia de denuncia, casta, etcétera; pero no tiene el condimento libertario. 

    Trump encajaría en una descripción de populismo de derecha por el estilo político. Pero no desde el punto de vista económico. Sus planteos sobre comercio exterior son verdaderamente absurdos desde el consenso económico básico. Son proteccionistas, nacionalistas. Tiene el estilo populista, pero no el componente libertario. 

    – Entonces, Trump rompe con el consenso básico económico… 

    -Yo creo que simplemente está formado en en otro punto de vista, en otras ideas, tiene asesores económicos que discuten con el consenso general de la de la economía. ¿No? También habrá una estrategia. A ver, también ahí está este tema de lo conveniente políticamente. Trump le está hablando una base electoral desencantada que por ahí tenía trabajo en una fábrica y lo perdió y el que encontró no es el que le gusta. Tal vez (en Estados Unidos) hay mucha gente con, digamos, el nacionalismo. El pensamiento tribal es algo bastante propio del ser humano, no?

     -Voy al punto incómodo. Hay estabilidad pero mucha gente siente que vive peor. ¿Cómo se explica esa distancia entre los datos macro y la experiencia cotidiana? 

    -Ahí me parece importante ser respetuoso de los datos. Entre el tercer trimestre de 2023 y el tercer trimestre de 2025 se crearon 409.000 puestos de trabajo. Eso está en la base del Indec. Entonces hay creación de empleo. Ahora, cuando miras el desagregado, se perdieron más de 200.000 puestos asalariados formales privados, pero se crearon más de 600.000 empleos informales o no asalariados, muchos monotributistas. No voy a desconocer esa realidad. El ideal es empleo registrado, estable y bien pago. Para eso necesitas crecimiento económico sostenido. Si en tres años de crecimiento no aparece empleo privado formal, ahí sí revisamos la teoría económica. 

     -Pero aun así estamos hablando de precarización laboral…

    -Sí, pero es un fenómeno que viene de antes y también es global. La economía cayó fuerte tras la corrección cambiaria de 2024. Ahí se perdió empleo en industria, comercio y servicios. Ahora cae menos. Todavía no se recupera el empleo formal, pero sí el empleo total.

     -El Gobierno habla de reconversión productiva hacia energía, minería y servicios. Pero reconvertirse en Estados Unidos no es lo mismo que hacerlo en Argentina. ¿Cuán doloroso puede ser ese proceso? 

    -Desde el año 2000 Estados Unidos perdió 4,6 millones de empleos industriales y hoy tiene 4% de desempleo. Esos trabajadores fueron a servicios. Todas las economías desarrolladas funcionan así. La industria argentina representa 18% del PBI y del empleo formal. El grueso está en servicios. Ahora, decirle a alguien que perdió su trabajo dónde va a trabajar mañana es difícil. Yo no tengo una respuesta concreta para esa persona. Pero históricamente las economías reasignan empleo.

    Entre el tercer trimestre de 2023 y el tercer trimestre de 2025 se crearon 409.000 puestos de trabajo. Eso está en la base del Indec. Entonces hay creación de empleo. Ahora, cuando miras el desagregado, se perdieron más de 200.000 puestos asalariados formales privados, pero se crearon más de 600.000 empleos informales. El ideal es empleo registrado, estable y bien pago. Para eso necesitas crecimiento económico sostenido. Si en tres años de crecimiento no aparece empleo privado formal, ahí sí revisamos la teoría económica. 

     – ¿Decis que hay que atravesar  inexorablemente un período de sufrimiento social? Suena insensible. 

    -Dos cosas. Si fuera por mí y si mi bolsillo fuera el de Donald Trump, le pago la vida a todo el mundo. Pero no depende de la generosidad de nadie. Hay que pensar cómo salvas a todos con el mejor sistema institucional posible, para que cada uno pueda salvarse a sí mismo. Puede sonar insensible, pero no hay forma de hacer las cosas muy mal en economía durante años y que no tenga costos después. Argentina emitió para financiar déficit, puso precios máximos, cepos. Todo dio exactamente el resultado que tenía que dar. Cuando corregís eso, aparecen costos. No hay salida gratis. Pasar de un déficit fiscal de cinco puntos del PBI a equilibrio financiero y bajar la inflación desde más de 200% implica costos. Eso existe en cualquier manual de economía.   

    No estamos tan mal.  O bueno, es la resistencia social. Ahí no sabemos si no dolió tanto o no, Pero que será que tendrá este presidente que la gente lo sigue apoyando. ¿Hay que preguntarse esas cosas, no? Y lo segundo que vale la pena decir es que Milei puede ser, digamos, austríaco, el insensible, lo que sea, pero lo primero que hizo fue decir lo que iba a hacer. 

    Si vos de clase media con un ingreso donde estabas ahí y ahora tenés que pagar mucho más que la inflación, el gas y el agua. Y sí, estás complicado, pero son los costos que hay que pagar. Como economista lamentablemente lo que tengo que decir.

     -¿La inflación va a bajar? 

    -Hay un rebrote de la inflación en el último tiempo, que tiene que ver por un lado con un tipo de cambio que en los últimos seis meses del año pasado tuvo una tasa de evaluación mucho mayor de la que venía teniendo. Y eso tiene un impacto de corto plazo en los precios.

    Pero por otro lado, también hubo detrás demasiada emisión monetaria, digamos. Ahí hubo cuestiones que tuvieron que ver con esto de voy a sanear el balance del Banco Central. Desde mi punto de vista, se emitió más dinero del que era necesario. Bueno, eso generó una masa. Si a eso encima le sumo que el tipo de cambio ahora en vez de valores al uno se devaluó al tres, que fue más o menos el promedio de lo que subió el dólar oficial desde abril hasta octubre, entonces eso afecta la tasa de inflación. Ahora, en febrero está cayendo el dólar. Si tomas los últimos tres meses tenés una estabilidad cambiaria bastante importante. Eso ayuda a estabilizar la inflación y cuando vos ves los datos monetario de este año, está muy dura la política monetaria, se está cayendo la base monetaria a pesar de la compra de dólares.

    No hay forma de hacer las cosas muy mal en economía durante años y que no tenga costos después. Argentina emitió para financiar déficit, puso precios máximos, cepos. Todo dio exactamente el resultado que tenía que dar. Cuando corregís eso, aparecen costos. No hay salida gratis. 

    Entonces a mí eso me da la pauta que la inflación va a seguir bajando este año y veo a la economía en condiciones de seguir creciendo. O sea, a pesar de que va a haber sectores o subsectores o empresas dentro de los subsectores que encontrarán dificultades, porque obviamente hay un poco más de competencia extranjera, porque ya no es tan fácil maquillar errores empresariales con subas de precio.

    – Entonces hay pass trough….

    – Si, en términos coyunturales. Pero la inflación es un fenómeno monetario

     -Todo parece ordenarse, pero el riesgo país no termina de bajar. ¿Qué está viendo el mercado? 

    =Es una buena pregunta y no tengo una respuesta tan clara. Tenés superávit fiscal, inflación bajando, reformas aprobadas y un gobierno revalidado electoralmente. Tal vez pesa la historia argentina. Pero la dirección general es de normalización.

    – ¿Sós optimista? 

    -Sí. Si el gobierno sigue haciendo la tarea de los países normales: orden fiscal, estabilidad monetaria, respeto por la propiedad privada y apertura económica.

     

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