FIMBA: En cinco días, veinte conciertos gratuitos
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FIMBA: En cinco días, veinte conciertos gratuitos

FIMBA: En cinco días, veinte conciertos gratuitos
La segunda edición del Festival Internacional de Música Bariloche (FIMBA) concentrará en cinco días, del 27 al 31 de octubre, más de veinte conciertos con variedad de propuestas musicales de excelencia, junto a la Orquesta Filarmónica de Río Negro y sus ensambles. Las entradas serán gratuitas y podrán reservarse a partir del 22 de octubre en la web www.fimba.com.ar

El director artístico del FIMBA, y de la Orquesta Filarmónica de Río Negro, Martin Fraile, comentó que “soñábamos con poder concretar esta segunda edición del Festival y poco a poco se fueron dando las condiciones. Ante la imposibilidad de realizarlo en el mes de mayo, siendo su fecha original en la primera edición, buscamos un momento que dé continuidad a Bariloche a la Carta y así sumar este Festival a la agenda permanente de la ciudad de Bariloche”.

Sobre la impronta de esta edición, Fraile sostuvo que “siempre la curaduría de artistas tiene que ver con armar una serie de propuestas musicales que trasciendan los géneros que responden a determinados prototipos. Hay una doble actividad, la primera que tiene que ver con poder convocar a artistas vinculados con el folclore argentino, el tango, la música clásica; y por otra parte el encuentro con la Orquesta Filarmónica y sus ensambles regionales participando en la mayoría de los espectáculos. Sin duda, es un Festival de encuentros”.

Más adelante, y sobre la agenda, comentó que “deja abierta una ventana a la exploración, a encontrarse con músicas conocidas, pero en muchos casos reversionadas para distintos grupos instrumentales”.

Por último, y en relación a las expectativas sobre el Festival, Fraile dijo que “tenemos la experiencia del primer FIMBA, con un acompañamiento muy grande por parte de la comunidad”.

El Festival Internacional de Música Bariloche es organizado por la Secretaría de Estado de Cultura, y forma parte de una amplia propuesta cultural desplegada en toda la Provincia.

La agenda, acorde a acorde

El miércoles 27 en la Iglesia Catedral a las 18:00 y a las 22:30 comienza el FIMBA con el espectáculo ´Riendas Libres´ de Peteco Carabajal junto al ensamble de vientos y percusión de la Filarmónica de Río Negro. Y ese mismo día, a las 21:00 en La Baita, se presentan los violinistas Pablo Agri y Rafael Gintoli, haciendo música de Antonio Agri, un gran compositor argentino y uno de los violinistas de Astor Piazzolla.

El jueves 28, es un día dedicado al Tango, se presenta a las 18:00 en La Baita, una propuesta regional, Rubén Hidalgo y Juanjo Miraglia junto al ensamble Ventisquero Negro de la Orquesta Filarmónica. A las 21:00 en la Catedral, tendrá lugar “Piazzolla Barroco” a cargo de los solistas Andrés Spiller (oboe), Marcela Magin (viola), Marcelo Rebuffi (violín) y Luis Caruana (bandoneón), es una versión muy particular ya que se realizará el reemplazo del órgano por el bandoneón, no hay registro sonoro de ello. Y a las 22:30 en La Baita, será el turno de Ramiro Gallo con dos de los ensambles de la Filarmónica del Alto Valle.

El viernes 29, hay en agenda tres propuestas, abre la jornada a las 18:00 en La Baita el guitarrista Juan Falú junto a la Filarmónica. A las 20:00 en el Camping Musical, los músicos Marcelo Rebuffi (violín) y Luis Caruana (bandoneón). Y a las 21:00 en tres escenarios distintos, Nina Vais y el Ensamble del Atlántico Sur de la Filarmónica en la Catedral, Trepún Percusión en Araucanía y Bronces del Atlántico en Modo Bar. El último show de la noche será a las 22:30 en La Baita, Dos Mundos, Cuatro Estaciones Vivaldi – Piazzolla, a cargo de Cuarteto Estación Buenos Aires acompañados por solistas de la Filarmónica.

El sábado 30 hay nueve espectáculos y comienzan a la mañana. A las 11:00 el Dúo Gíntoli-Peluso en el Camping Musical, con un espectáculo de música de cámara. A las 12:00 Bronces de la Filarmónica en el Teleférico Cerro Otto. A las 16:00 Elena Roger y Escalandrum en la Catedral, siendo uno de los encuentros más importantes del Festival. A las 18:00 en La Baita, tendrá lugar la proyección en vivo de “Un fueguito. La historia de César Milstein”, con música y solistas en vivo. A las 20:00 en NH Edelweiss el Ensamble de la Filarmónica Viento Sur, y a la misma hora en el Camping Musical Bariloche, “Piazzolla desde el sur”, de Malén Marileo (Villa Regina), y el Ensamble Perla del Valle Filarmónica de Río Negro. A las 21:00 en Araucanía el Ensamble del Alto Bronce de la Filarmónica y a la misma hora en la Catedral, Piltri Quinteto (Ensamble OFRN) y Belen Rivarola (soprano). El último espectáculo de la noche es a las 22:30 en La Baita, “Paisajes, Folklores del mundo”, de Trepún Percusión y Cuerdas Patagónicas (Ensamble OFRN) y Flor Bobadilla.

El domingo 31, la jornada comienza a las 11:00 en el Camping Musical, con “Genios a través de los siglos:  Bach, Teleman, Dvorak y Mozart”. A las 17:00 en La Baita habrá un espectáculo infantil a cargo de Piltri Quinteto (Ensamble OFRN) y Damián Rovner, denominado “Cajita de sueños a cuerda”. A las 19:00 en la Iglesia Catedral se presentará “Serenata a Rio Negro”, a cargo de Edgardo Lanfré junto al Ensamble Ventisquero Negro. Y por último, a las 22:30 en La Baita se presentará Belén Álvarez, con su espectáculo de música y danza, “Belén a Piazzolla”.

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    Cuando el sábado a la noche se bailaba en el club del barrio

     

    Los bailes de los clubes de barrio fueron una tradición argentina que reunió música, familias, jóvenes y comunidad durante décadas. Una mirada a aquella vida social.

    Por Alcides Blanco para NLI

    Hubo un tiempo en que para salir un sábado a la noche no hacía falta conocer la cartelera de una discoteca, reservar una mesa ni cruzar media ciudad buscando el lugar de moda. En buena parte de la Argentina, alcanzaba con caminar unas pocas cuadras hasta el club del barrio, donde podía haber baile, orquesta, buffet, pista, rifas, juegos, partidos, reuniones y, sobre todo, gente conocida. Durante décadas, esas instituciones fueron mucho más que espacios deportivos: funcionaron como verdaderos centros comunitarios en los que distintas generaciones compartían buena parte de su tiempo libre. En los años 60 y 70, los grandes bailes de carnaval y las fiestas organizadas por clubes llegaron a convocar multitudes, con artistas populares, orquestas y precios accesibles.

    El sábado empezaba mucho antes del baile

    La preparación para el baile también formaba parte del ritual. Había que decidir qué ponerse, arreglarse un poco más de lo habitual y, en el caso de los adolescentes, negociar con los padres la hora de regreso. Para muchos jóvenes, el club era además uno de los pocos lugares donde podían encontrarse con amigos y compañeros fuera de la escuela, el trabajo o la familia. La pista se convertía así en un territorio de sociabilidad donde se cruzaban generaciones y grupos que durante la semana tenían rutinas completamente diferentes. En algunos barrios, además, el baile estaba directamente vinculado con la identidad de la institución: el club organizaba la fiesta, vendía las entradas, contrataba a los músicos y convertía sus instalaciones deportivas en un salón de celebraciones.

    La escena podía ser muy sencilla: mesas alrededor de la pista, familias conversando, parejas jóvenes esperando que empezara la música y chicos que entraban y salían del salón. En otros casos, especialmente cuando llegaban artistas reconocidos, el acontecimiento adquiría una dimensión mucho mayor. Boca Juniors, Vélez Sarsfield, San Lorenzo y otros clubes fueron escenario de grandes bailes populares, en los que podían presentarse figuras de enorme convocatoria. En los años 60 tuvieron presencia artistas como Los Cinco Latinos y Los Gatos, mientras que durante los 70 los bailes de clubes porteños llegaron a reunir a figuras como Sandro, Palito Ortega, Leonardo Favio y Joan Manuel Serrat.

    La música también contaba la transformación de una sociedad que estaba cambiando rápidamente. El tango seguía presente, pero convivía con la música tropical, el folklore, el pop y el naciente rock nacional. En una misma década podían coexistir una orquesta de tango, una banda de música tropical y un conjunto juvenil que tocaba canciones eléctricas. Esa mezcla no era solamente musical: expresaba el encuentro entre generaciones y la incorporación de nuevas formas de vestirse, bailar y relacionarse. El baile era uno de los lugares donde los cambios culturales podían verse en vivo, sin necesidad de que nadie los explicara.

    El club como segunda casa

    El fenómeno no apareció de la nada. Los clubes de barrio se habían consolidado durante las décadas anteriores como organizaciones sociales profundamente arraigadas en los barrios populares y de clase media, vinculadas al deporte, la educación física, las actividades culturales y la vida comunitaria. Investigaciones sobre la historia de estas instituciones destacan precisamente su papel en la formación de la cultura popular argentina durante las décadas de 1930 y 1940.

    Por eso el club podía ser, para una familia, una especie de segunda casa. Allí se jugaba al fútbol, al básquet o al baby fútbol, se practicaba gimnasia, se organizaban campeonatos de cartas, se festejaban cumpleaños y se realizaban reuniones sociales. También estaban el buffet, el salón, las comisiones de vecinos y las actividades de las distintas categorías deportivas. En algunos lugares había biblioteca, teatro o cine. La institución pertenecía al barrio porque el barrio participaba activamente de su funcionamiento, una diferencia importante respecto de buena parte de los espacios de entretenimiento posteriores, cada vez más organizados alrededor del consumo.

    Los bailes tenían además una dimensión económica. Para muchos clubes, las fiestas constituían una fuente de ingresos que permitía financiar actividades deportivas y mantener las instalaciones. No era extraño que una noche de gran convocatoria sirviera para recaudar fondos destinados a comprar equipamiento, reparar el techo del gimnasio o sostener alguna disciplina infantil. El espectáculo y la vida comunitaria se mezclaban entonces de una manera que hoy puede resultar extraña: la diversión del sábado podía contribuir a pagar el funcionamiento cotidiano de una institución del barrio.

    Hacia fines de los 70 y durante las décadas siguientes, ese mundo comenzó a transformarse. Las nuevas formas de entretenimiento, la expansión de las discotecas, los cambios en las pautas de consumo y las modificaciones en la vida urbana fueron quitándole centralidad a los grandes bailes de club. Una mirada retrospectiva sobre aquella época señala justamente que hasta los años 70 los clubes podían concentrar una vida social intensa que luego comenzó a fragmentarse.

    La desaparición de aquellos bailes no significó solamente el reemplazo de un tipo de música por otro. También representó la pérdida progresiva de un espacio de encuentro territorial, donde era posible conocer a personas de distintas edades sin que existiera necesariamente una finalidad comercial detrás. El club seguía siendo club, pero algunas de las funciones sociales que había concentrado comenzaron a repartirse entre gimnasios, centros comerciales, discotecas, restaurantes, televisión y, mucho después, las nuevas formas de comunicación digital.

    Quizás por eso, cuando alguien recuerda aquellos sábados de baile, no está evocando únicamente una canción o una pista. Está recordando una forma de vivir el barrio. La entrada podía costar poco, la orquesta podía tocar durante horas y alguien podía terminar la noche sentado en una mesa conversando con personas que conocía desde hacía años. En tiempos en que buena parte del entretenimiento se consume de manera individual y a través de una pantalla, aquellos salones representan una experiencia diferente: la de una comunidad que se reunía físicamente para divertirse, encontrarse y, de paso, sostener la institución que consideraba propia.

    Los clubes de barrio todavía existen y muchos continúan cumpliendo funciones sociales fundamentales. Lo que cambió fue el lugar que ocupan dentro de la vida cotidiana. Aquellas pistas de baile llenas durante los sábados y carnavales forman parte de una Argentina que ya no existe de la misma manera, pero que dejó una huella profunda en la memoria de varias generaciones. Y quizá la mejor forma de entender aquellos bailes no sea preguntarse solamente qué música sonaba, sino qué clase de sociedad necesitaba reunirse en un club para bailar hasta la madrugada.

     

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