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Este sábado, ‘Elegí pescado’ llega a Regina

El próximo sábado 6 a partir de las 9 horas, llega a Villa Regina ‘Elegí pescado’, iniciativa del Ministerio de Producción y Agroindustria de Río Negro donde se podrá comprar pescados y mariscos de calidad a precios promocionales.

Será a partir de las 9 horas en el predio ferial ubicado frente a la Plaza de los Próceres respetando las medidas preventivas por COVID-19.

Quienes se acerquen podrán adquirir pez gallo, merluza, cazuela, hamburguesas, langostinos y mejillones.

El principal objetivo de la campaña es acercar este producto a la dieta diaria de los rionegrinos, razón por la cual se repite en distintos puntos de la provincia.

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  • Según una encuesta, Kicillof le ganaría a Milei en un escenario de balotaje

     

    Una encuesta de la consultora QSocial midió a Javier Milei enfrentando al peronismo en dos escenarios distintos: uno rivalizando con Axel Kicillof y otro con Sergio Massa, tanto en una primera vuelta como en un balotaje. En un escenario de primera vuelta enfrentando al gobernador bonaerense, Milei saca 31% de los votos, pero Kicillof le sigue muy de cerca con el 29%. Más atrás aparecen Myriam Bregman con 11 puntos y Juan Schiaretti con 8 puntos.

    En caso de un balotaje, Kicillof se impondría a Milei por un punto. El gobernador llegaría al 42% mientras que el Presidente conseguiría el 41%. En tanto, el porcentaje de votos que no definió su voto en ese escenario es del 17%.

    En tanto, en el caso de una primera vuelta con Massa la diferencia es un poco mayor. Milei llegaría al 31% (al igual que contra Kicillof) mientras que el líder del Frente Renovador sacaría 22%. En ese escenario, Bregman suma algunos puntos llegando al 15% y Schiaretti mantiene sus 8 puntos.

    En el gobierno ya aceptan que Milei hoy no se salvaría de ir al ballotage 

    Donde se amplía la diferencia en favor del líder libertario es en un eventual balotaje con Massa. El Presidente llegaría a los 42 puntos, mientras que Massa se queda por detrás con un 38%. De todos modos, el porcentaje de los encuestados que dicen no saber a quien votar en ese escenario es del 20%.

    El trabajo de la consultora que coordina el exPoliarquía Lucas Klobovs, mide además los pisos y techos de los eventuales candidatos. En el caso de Milei el 58% asegura que Nunca lo votaría, el 25% dice que Seguro lo votaría y el 15% afirma que Podría llegar a votarlo. Este último ítem supone el margen de crecimiento del candidato.

    Javier Milei.

    En el caso de Kicillof la opción Nunca lo votaría es algo menor y llega al 53%. En tanto, el 26% dice que Seguro lo votaría y el 17% que Podría llegar a votarlo.

    Mientras tanto, Massa es quien arrastra la opción Nunca lo votaría más elevada, llegando al 62%. Apenas un 10% dice que Seguro lo votaría y un 27% asegura que Podría llegar a votarlo.

    El trabajo de QSocial deja en evidencia un cuadro de situación complejo. Los indicadores de humor social se mantienen en niveles de pesimismo elevado, sin mostrar signos de recuperación.

    El 57% rechaza a Milei y Kicillof lo supera en imagen

    Solo el 15% de los argentinos evalúa positivamente la situación actual del país, mientras que la mirada negativa trepó al 49%, uno de los valores más altos de la serie histórica. La desesperanza también se refleja en las expectativas a futuro: apenas el 24% cree que el país estará mejor el año que viene, y un contundente 58% considera que la nación está peor que cuando asumió el actual gobierno.

    La economía sigue siendo el eje central del malestar según la encuesta. La evaluación positiva de la economía nacional cayó al 11% por sexto mes consecutivo, mientras que el 46% de la población cree que empeorará en el próximo año. La situación personal no es más alentadora: el 45% califica negativamente su propia economía, nueve puntos por encima de la medición anterior. Incluso dentro del núcleo libertario, la percepción positiva sobre la economía personal se derrumbó, pasando del 68% en febrero al 40% actual.

    Sergio Massa.

    El endeudamiento y la falta de ahorro también asoman como indicadores críticos. El 70% de los argentinos asegura que su nivel de deuda aumentó en el último año, y el 66% confiesa no tener capacidad de ahorro, el registro más alto desde que se realiza la medición. En el día a día, el 77% tuvo que recortar gastos para llegar a fin de mes, y el 41% afirma que sus ingresos no alcanzan para cubrir las necesidades básicas del hogar.

    En este contexto de profundo malestar, la aprobación de la gestión de Milei subió tres puntos, ubicándose en el 34%, mientras que la desaprobación bajó al 61%. Sin embargo, esta recuperación parece circunscripta al núcleo oficialista y a los segmentos del PRO e independientes, tras la salida de Adorni y la incorporación de Santilli. La mejora no logra trasladarse a la confianza en la capacidad del gobierno para resolver los problemas del país: la percepción de incapacidad trepó al 63%, uno de los valores más altos de la serie.

     

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    El libro vuelve a ser un campo de batalla: qué está en juego detrás de la desregulación que impulsa Milei

     

    La decisión del Gobierno de avanzar sobre la regulación del mercado editorial abrió una discusión que excede el precio de los libros. Editoriales, librerías y escritores advierten que detrás de la promesa de mayor competencia puede producirse una concentración del mercado que termine afectando la diversidad cultural y la supervivencia de las pequeñas librerías.

    Por Redacción de NLI

    Hay discusiones que parecen económicas hasta que uno mira un poco más de cerca. La pelea que acaba de abrirse alrededor del mercado editorial argentino es una de ellas. El Gobierno de Javier Milei impulsa modificaciones que apuntan a desregular la comercialización de libros, mientras editores, libreros y autores advierten que el problema no es solamente cuánto costará un ejemplar dentro de algunos meses, sino qué libros estarán disponibles, quién podrá publicarlos y qué librerías sobrevivirán en un mercado dominado cada vez más por grandes cadenas y plataformas digitales.

    La discusión tiene un punto particularmente sensible: la posible eliminación de la llamada ley de precio uniforme del libro, vigente desde hace 25 años. El principio es relativamente sencillo: un mismo título debe venderse al mismo precio de referencia independientemente de que sea ofrecido por una gran cadena, una librería independiente o una tienda situada en una ciudad pequeña. La intención histórica fue evitar que los actores con mayor capacidad financiera pudieran utilizar descuentos agresivos para concentrar el mercado y desplazar a los competidores más pequeños.

    Lo que desde el Gobierno puede presentarse como una simple eliminación de una regulación que encarece los productos, desde el sector editorial es observado de otra manera. Un libro no funciona exactamente como una lata de gaseosa, un par de zapatillas o un teléfono celular. Su valor económico convive con una dimensión cultural: detrás de cada título existe un autor, una editorial, un traductor, un corrector, un diseñador, una imprenta, una distribuidora y, finalmente, una librería que decide qué colocar en sus estantes.

    El problema no es solamente cuánto cuesta un libro

    La Argentina tiene una tradición editorial extraordinariamente rica. Buenos Aires fue durante buena parte del siglo XX una de las grandes capitales editoriales de habla hispana y sus empresas publicaron a autores argentinos, latinoamericanos y europeos que encontraron en el mercado local una plataforma para llegar a millones de lectores.

    Esa estructura, sin embargo, nunca estuvo compuesta exclusivamente por grandes compañías. Una enorme cantidad de pequeñas editoriales construyó catálogos especializados, recuperó autores olvidados, publicó poesía, ensayo, literatura infantil, traducciones y obras que difícilmente tendrían espacio en un mercado guiado exclusivamente por el volumen de ventas.

    Ahí aparece una de las principales preocupaciones del sector frente a la desregulación. Si una gran cadena o una plataforma puede ofrecer determinados títulos con descuentos mucho mayores que una librería independiente, dispone de una capacidad para absorber temporalmente menores márgenes que un comercio pequeño difícilmente puede igualar.

    El resultado podría parecer beneficioso en el corto plazo para el consumidor: un libro más barato.

    Pero existe una segunda pregunta: ¿qué ocurre después?

    Si las pequeñas librerías pierden ventas y cierran, desaparece también una red de establecimientos que cumple una función cultural que una plataforma digital no necesariamente reemplaza. El librero recomienda, conoce a sus clientes, organiza presentaciones, arma vidrieras temáticas y muchas veces funciona como mediador entre un lector y un libro que jamás habría buscado mediante un algoritmo.

    La preocupación no es hipotética. Según el sector citado por El País, la Argentina llegó a multiplicar por tres la cantidad de librerías durante el período en que rigió el esquema actual, pasando de unas 500 a alrededor de 1.500. Al mismo tiempo, las ventas atraviesan actualmente una etapa de dificultades.

    Cuando la cultura queda sometida solamente a la lógica del mercado

    El debate toca una cuestión mucho más profunda y que excede al Gobierno actual: ¿un libro debe ser tratado exactamente igual que cualquier otra mercancía?

    La respuesta depende de qué sociedad se quiera construir.

    Desde una perspectiva estrictamente económica, eliminar regulaciones puede aumentar la competencia y permitir que determinados productos tengan descuentos mayores. Pero cuando se trata de bienes culturales aparecen externalidades que no siempre quedan reflejadas en el precio. Una sociedad no lee solamente aquello que vende más. También necesita literatura experimental, investigación académica, poesía, pensamiento político, historia, traducciones y obras destinadas a públicos pequeños.

    Ese ecosistema es frágil.

    Una librería ubicada en un barrio puede vender menos ejemplares que una plataforma nacional, pero puede ser el único lugar donde una persona encuentre determinada literatura. Una editorial independiente puede publicar a un escritor que todavía no tiene mercado. Una biblioteca puede utilizar una pequeña editorial para construir una colección especializada.

    El mercado no necesariamente elimina esas expresiones porque sean malas. Puede hacerlo simplemente porque no son suficientemente rentables.

    Y ahí aparece una diferencia fundamental entre la concepción del libro como mercancía y la concepción del libro como bien cultural.

    No significa que las editoriales deban trabajar sin criterios comerciales ni que todos los precios tengan que ser regulados indefinidamente. Significa reconocer que la industria cultural tiene características particulares y que las decisiones económicas pueden producir consecuencias culturales difíciles de revertir.

    Una discusión que recién comienza

    El proyecto oficial también contempla la disolución del Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura, otro de los puntos que generaron rechazo dentro del sector. Para editores y escritores, la combinación de menor regulación comercial y reducción de instrumentos de promoción podría producir una concentración todavía mayor.

    La discusión llega, además, en un momento delicado. Las librerías argentinas enfrentan una caída de ventas, mientras el poder adquisitivo de los lectores se encuentra condicionado por la situación económica general. En ese escenario, cualquier modificación que altere la estructura de precios puede tener efectos importantes.

    La paradoja es evidente: un mercado editorial más desregulado podría eventualmente ofrecer algunos libros más baratos, pero también podría reducir la cantidad de actores capaces de sostener una oferta diversa.

    No hay una respuesta sencilla. Y precisamente por eso la discusión merece algo más que consignas a favor o en contra de la libertad de mercado.

    La Argentina necesita lectores. Necesita autores. Necesita editoriales. Necesita imprentas. Necesita librerías independientes y también grandes cadenas. Necesita que los libros sean accesibles, pero también que exista una producción cultural capaz de escapar de la lógica de aquello que garantiza ventas inmediatas.

    Porque una sociedad que solamente publica lo que sabe que va a vender puede terminar teniendo un mercado eficiente y una cultura mucho más pobre.

    El libro es una mercancía, por supuesto. Tiene costos, trabajadores, distribución y un precio. Pero también es memoria, conocimiento, imaginación y discusión pública. Y esa dimensión es precisamente la que convierte esta pelea aparentemente técnica por una regulación comercial en una discusión mucho más importante: qué lugar quiere darle la Argentina a la cultura cuando el mercado deja de ser solamente una herramienta y comienza a convertirse en el principal criterio para decidir qué merece existir.

     

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