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«ES GRATIFICANTE SABER QUE TODO EL ESFUERZO QUE SE HACE, ES PARA BEBES QUE LO NECESITAN»

En el hospital de Villa Regina contamos con el centro recolector de leche humana desde mediados del año pasado. Donar es simple, voluntario y es un acto de mucho amor. Cualquier mamá saludable, que esté amamantando o extrayéndose leche para su propio hijo o hija y que cuente con leche en exceso puede donar, todas las cantidades son útiles.

Ser mamá donante es un acto de amor y solidaridad, ya que le brindás tu leche no solo a tu bebé sino a otros que también la necesitan, como por ejemplo bebés prematuros o enfermos, internados en neo o pediatría, con bajo peso o desnutrición, entre otros casos.

La donación de leche es también donar oportunidades, extender lazos y agrandar familias. No importa la cantidad que dones ni cada cuanto, siempre será un acto de amor. Podés donar tu leche y la de tu bebé hasta cuando vos quieras. El centro que funciona en el hospital de Villa Regina, es el centro en el que más mamás donantes han colaborado en toda la provincia.

Carolina Melchiori, es quien a partir de una experiencia personal empezó a indagar y fue la impulsora del centro recolector en nuestra ciudad, un gran ejemplo de como la acción ciudadana puede brindar soluciones al conjunto social. “En mi segundo embarazo (también es mamá de mellizos) cuando nació Lino, súper sano, por cesárea en junio de 2021, la cirugía se complicó y en el medio de esa complicación empecé a pensar como seguía la vida de los bebés que salen de las clínicas sin sus
mamás”
, explica Carolina y continúa “Sin embargo, lo amamanté bien y no tuvimos más complicaciones. A la semana empecé a j untar en casa un banco de leche, en pocos días junté 75 bolsitas esterelizadas de300ml cada una. Tuve que dejar de juntar porque no tenía donde guardarla. Entonces hablé con la pediatra, le pregunté que podíamos hacer, si la podíamos donar, si conocía algún bebé que necesitara y me dijo que en Roca existía el banco de leche en el hospital Lopez Lima que es el banco provincial”.

Enseguida Carolina se contactó con los profesionales del Hospital Lopez Lima que se pusieron a disposición “me enviaron los envases para hacer la recolección de leche, para todo esto buscamos un intermediario porque la leche no puede perder la cadena de frío, ahí ofició de intermediaria la bioquímica Carolina Crombas, quien trabaja en el hospital local”.

Ahí surgió la idea de abrir un centro recolector acá en Regina, empecé a comunicarme con otras mamás para ver si podíamos aprovechar los viajes y no solo enviar mi producción y aparecieron más mamás donantes y con Carolina Crombas como coordinadora se pudo dar apertura al centro recolector de leche materna en la ciudad que funciona en el hospital de Villa Regina”, explica Caro. El centro ya cuenta con su propio freezer para almacenar las leches maternas que con tanto amor donan las madres de Villa Regina y zonas aledañas, luego se envían al banco de leche del hospital Lopez Lima de Gral Roca
ser analizadas y pasteurizadas.

https://www.instagram.com/reel/Cg4c087jE0P/?igshid=YmMyMTA2M2Y=

Sostiene Carolina que la idea siempre fue ayudar y colaborar desde lo que uno puede y dice “es un sacrificio, sobre todo al momento de juntar la leche es toda una organización familiar, es hermoso pero la realidad es que conlleva mucha responsabilidad de parte de la mamá donante. Hay que tener ciertas precauciones pero no es nada difícil y es súper gratificante”.

Cada vez que desde el centro recolector se tuvo que pedir una colaboración, siempre hubo gente muy predispuesta para ayudar agrega Carolina. “Se formó algo muy lindo y todos los que somos parte le ponemos mucho empeño y voluntad al trabajo. Es todo para ayudar a los bebés que no pueden tomar la leche de sus mamás por distintos motivos. Es gratificante saber que todo el esfuerzo que se hace es para bebés que lo necesitan. Todas las madres tenemos la necesidad de ayudar a otros bebés, de protegerlos y dales cobijo y eso es lo que pasa con las mamás donantes, vemos reflejado eso en la donación de leche”, cierra Carolina Melchiori impulsora del centro recolector de leche materna en Villa Regina.

Para comunicarte con el centro podés hacerlo al número 2984-359723 o en su cuenta de Instagram @centrorecolectordelechehumanavr

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    La ciudad perdida de Egipto: un nuevo hallazgo reconstruye la ruta militar de los faraones

     

    Un enorme dintel de piedra con referencias a Ramsés II y al dios Horus, junto con restos de un templo, caminos y estructuras defensivas, acaba de aportar una de las pistas más importantes para identificar a la antigua ciudad de Mesen, un asentamiento perdido que habría ocupado un lugar estratégico en la frontera oriental de Egipto. El descubrimiento también permite comprender mejor la llamada Vía de Horus, la gran ruta militar que durante siglos conectó el valle del Nilo con el Mediterráneo oriental y el Levante.

    Por Alcides Blanco para NLI

    Consideradas en conjunto con los hallazgos de campañas de excavación anteriores, las pruebas más recientes refuerzan la hipótesis de que Tell Abu Saifi podría ser la ubicación de Masn, una antigua ciudad egipcia mencionada en textos que datan del Reino Nuevo.

    La arqueología egipcia acaba de abrir una puerta hacia uno de esos lugares que durante siglos sobrevivieron solamente en los textos antiguos. En Tell Abu Saifi, cerca de Qantara Oriental, en la gobernación de Ismailía, las excavaciones realizadas durante la actual temporada arqueológica encontraron nuevos elementos que fortalecen una hipótesis largamente discutida: que bajo ese sitio se encuentran los restos de Mesen, una antigua ciudad del este egipcio cuya ubicación exacta nunca había podido establecerse con certeza. No se trata todavía de una identificación definitiva —los propios investigadores mantienen la cautela y señalan que serán necesarias nuevas excavaciones—, pero las evidencias acumuladas comienzan a formar un cuadro extraordinariamente consistente.

    La pieza que cambió la dimensión de la investigación es un enorme dintel de arenisca, encontrado partido en dos fragmentos y con inscripciones en tres de sus lados. Allí aparecen los títulos reales de Ramsés II, uno de los faraones más poderosos del Imperio Nuevo, pero hay algo todavía más importante: el texto registra trabajos de restauración realizados sobre una estatua de Horus, identificado como “Señor de la ciudad de Mesen”. Esa referencia es particularmente significativa porque los textos egipcios ya hablaban de una ciudad llamada Mesen ubicada en la región fronteriza oriental, mientras que hasta ahora los arqueólogos no habían podido demostrar de manera concluyente dónde estaba. La inscripción encontrada en Tell Abu Saifi establece, por primera vez con una fuerza documental mucho mayor, una conexión directa entre el lugar excavado, el culto a Horus y aquella ciudad perdida.

    La frontera donde Egipto se defendía del mundo exterior

    Para comprender la importancia del hallazgo hay que abandonar por un momento la imagen clásica de Egipto como una civilización concentrada alrededor del Nilo, las pirámides y las grandes tumbas reales. La potencia egipcia también necesitaba fronteras, caminos, fortificaciones, depósitos, tropas y centros administrativos, especialmente hacia el este, donde el territorio egipcio se encontraba conectado con el Sinaí, Canaán y el resto del Mediterráneo oriental. Allí funcionaba la denominada Vía de Horus, una ruta estratégica que comunicaba el delta del Nilo con el Levante y que servía simultáneamente como corredor militar, comercial y administrativo. Tell Abu Saifi aparece ahora como una pieza especialmente importante de ese sistema.

    La ruta no era simplemente un camino trazado sobre el desierto. Formaba parte de un sistema defensivo mucho más amplio, compuesto por estaciones, asentamientos, templos y puntos militares destinados a proteger el acceso oriental a Egipto. Por allí podían desplazarse soldados, funcionarios, comerciantes y caravanas, pero también ejércitos enteros cuando los faraones emprendían campañas hacia Asia. En ese contexto, una ciudad como Mesen no habría sido un asentamiento periférico sin importancia: su posición podía convertirla en una pieza del dispositivo mediante el cual Egipto controlaba su frontera más vulnerable y, al mismo tiempo, proyectaba su poder hacia el exterior.

    Los nuevos trabajos también permitieron corregir la interpretación que los arqueólogos tenían de algunas estructuras descubiertas anteriormente. Una enorme muralla de ladrillos de barro que había sido interpretada como parte del propio templo ahora es entendida como el recinto exterior del complejo sagrado, con accesos, habitaciones interiores y diferentes etapas de construcción. Dentro del área delimitada aparecieron además dos caminos empedrados superpuestos: el más antiguo corresponde al período ptolemaico y posteriormente fue cubierto por una vía romana más estrecha. Esa superposición resulta particularmente reveladora porque demuestra que el lugar no desapareció simplemente con el final de los faraones, sino que continuó siendo utilizado y transformado durante siglos.

    Un lugar que sobrevivió a los faraones

    El sitio ofrece, en realidad, una pequeña historia de Egipto condensada en un único territorio. Las excavaciones encontraron parte de una estatua de esquisto correspondiente a la dinastía XXVI, representando a un escriba del ejército que sostenía un santuario; también aparecieron una estatua decapitada y sin pies, el torso de una estatua real de basalto y fragmentos de representaciones de halcones realizados en basalto y piedra caliza. Son piezas diferentes, pertenecientes a distintos momentos, pero juntas muestran la persistencia de funciones militares, religiosas y administrativas.

    Más adelante, durante la época ptolemaica, el templo alcanzó una importante etapa de desarrollo arquitectónico, mientras que en el siglo III de nuestra era los romanos reutilizaron parte del complejo como un castrum, es decir, un campamento militar. Finalmente, durante la etapa romana tardía, el antiguo espacio sagrado sufrió una transformación todavía más radical: se convirtió en una cantera destinada a la producción de cal. Los arqueólogos encontraron grandes hornos circulares construidos sobre sectores del antiguo santuario y restos de piedra calcinada, evidencia de cómo un espacio que alguna vez había sido considerado sagrado terminó convertido en una instalación industrial.

    Esa sucesión resulta casi tan interesante como el posible descubrimiento de Mesen. Un templo no es solamente un edificio: es también una cápsula del tiempo. Sus muros permiten seguir las transformaciones de una sociedad, sus cambios religiosos, sus conquistas, sus crisis y hasta las nuevas formas en que generaciones posteriores aprovecharon las construcciones de sus antepasados. En Tell Abu Saifi, la arqueología está encontrando precisamente eso: un lugar que pasó de desempeñar funciones vinculadas al poder faraónico a integrarse en el mundo helenístico y posteriormente en la estructura militar romana.

    Mesen, una ciudad que vuelve desde los textos

    La gran pregunta ahora es si Tell Abu Saifi puede ser identificado definitivamente con Mesen. La respuesta científica, por el momento, es todavía prudente. Las autoridades egipcias y los investigadores consideran que las nuevas evidencias fortalecen considerablemente la hipótesis, pero todavía no presentan la identificación como una certeza absoluta. El dintel con la referencia a Horus y Mesen constituye una evidencia especialmente poderosa porque no se trata simplemente de un objeto egipcio encontrado en el lugar: es una inscripción que vincula explícitamente al dios con “la ciudad de Mesen”.

    La importancia de esta distinción no es menor. Durante décadas, una de las dificultades para identificar ciudades antiguas consistió precisamente en determinar si una pieza encontrada en un sitio pertenecía originalmente a ese lugar o había sido trasladada posteriormente. En Tell Abu Saifi ya existían hallazgos que habían alimentado el debate, pero algunos investigadores habían planteado la posibilidad de que determinadas piedras hubieran sido llevadas desde otros asentamientos cercanos. El nuevo descubrimiento, al aparecer integrado dentro del contexto arquitectónico excavado y al vincular directamente a Horus con Mesen, proporciona un argumento considerablemente más sólido para la identificación.

    Y allí reside el verdadero valor histórico de esta noticia. No se está encontrando solamente una ciudad enterrada bajo la arena: se está reconstruyendo el mapa político y militar de un Estado que hace más de tres milenios ya comprendía la importancia estratégica de controlar sus fronteras. Cada camino, cada recinto y cada inscripción permiten volver a dibujar sobre el territorio moderno la geografía de una potencia antigua que organizaba sus desplazamientos, protegía sus rutas y establecía una cadena de posiciones defensivas para controlar el acceso hacia Asia.

    La Vía de Horus, en ese sentido, deja de ser una referencia abstracta de los documentos arqueológicos para convertirse en un paisaje concreto, compuesto por caminos que todavía pueden seguirse, estructuras que vuelven a emerger y ciudades cuyo nombre reaparece después de permanecer durante milenios en los textos. Si las próximas campañas confirman definitivamente que Tell Abu Saifi es la antigua Mesen, el descubrimiento no solamente permitirá colocar una ciudad perdida en el mapa: permitirá comprender mejor cómo funcionaba la frontera oriental del Egipto faraónico, cómo se movían sus ejércitos y cómo aquella civilización organizaba su relación con el mundo que se encontraba más allá del desierto.

    Porque, al final, la arqueología no consiste únicamente en encontrar objetos antiguos. Consiste en devolverles un lugar dentro de la historia. Y en las arenas de Tell Abu Saifi, una ciudad que durante siglos fue apenas un nombre podría estar recuperando, piedra por piedra, su territorio, su función y su memoria.

     

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