En #latapaponemos sobre la mesa y en eje de discusión la importancia y el valor primordial que tiene para el buen funcionamiento y crecimiento de una ciudad, su Concejo Deliberante. En esta encuesta te presentamos los candidatos a concejales segmentados por orden de sus listas para que los elijas uno por uno. ¿Quienes son tus favoritos? ¿Quién te gustaría que conforme el CD?
Это могут быть ставки на спорт (спортивные новости), казино, спортивные трансляции, букмекеры или другие аспекты. Чтобы создать аккаунт, необходимо сначала посетить официальный сайт партнерской программы 1xBet, 1xpartners. Заслуживает внимания тот факт, что используя сайт, вы принимаете условия его применения. Difunde esta nota
En la Avenida 9 de Julio, Avenida Italia y Calle Remedios de Escalada se están cambiando las antiguas luminarias por luces led. En total se sustituyeron 145 lámparas en los lugares antes mencionados. Siguiendo con el plan iniciado el 7 de diciembre de 2021 y con 840 nuevas lámparas, se seguirá haciendo el recambio en…
La Municipalidad de Villa Regina pone en marcha a partir de octubre la posibilidad de que los contribuyentes puedan pagar la última boleta mensual por tasas retributivas aunque mantengan deudas. Por ello pone a disposición de los vecinos las cuotas de tasas mediante la entrega de los recibos en sus domicilios. Además, si pagan la…
Todos los martes, en homenaje a la vieja revista El Gráfico, Anfibia y Lástima a nadie, maestro analizan cada semana de la Copa del Mundo.
Una propuesta: que el 7 de julio sea el Día de las Lágrimas. Una conmemoración humilde, casi imperceptible, perdida en la jungla de efemérides, para esa jornada en la que una enorme cantidad de personas —digamos millones, aunque seguramente sea poco— se puso de acuerdo para inundarse los ojos, enrojecerse las escleróticas, refregarse los párpados, respirar con fuerza para mandar los mocos para dentro, sonarse la nariz, respirar como si fallara el burro de arranque, sentir una lágrima rodar por la mejilla, atrás otra, y atrás otra maleducada más, así hasta que un francés decidió terminar con el calvario en un estadio en Atlanta. Y la cosa no terminó ahí, porque a un camarógrafo se le ocurrió hacer zoom en la cara de Lionel Messi y, sorpresa, él también tenía una sudestada en la cara, con vientos en forma de ahogo por el llanto. El rey lloró. Y entonces apareció el protocolo de la FIFA, porque siempre es bueno que los protocolos acomoden los desbordes humanos, y fue el turno del técnico ganador de explicar qué había ocurrido en esos noventa minutos. Y el entrenador pidió disculpas, tomó aire y dijo:
—No puedo levantar la mirada, lo siento. Estoy muy emocionado. Qué grupo de jugadores, hermano. Ya está, me tengo que ir.
Y abandonó la nota, los protocolos, las publicidades, al periodista y al micrófono, para irse a llorar tranquilo.
Pánico y locura en Atlanta
El día arrancó con la fría indolencia con la que se mueve el tiempo. La misma que hiere a Borges en el comienzo de El Aleph: “Noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita”. Frío, bruma y sol amarrete. La gente en la calle, apurada como en una navidad anticipada. Relación directamente proporcional en cuanto al tiempo y a la atención del comerciante: cuanto más cerca del mediodía entrabas a un negocio, más cara de culo te ponían. Camisetas debajo de dos o tres capas de ropa, banderitas pintadas en los cachetes de los oficinistas, bufandas celestes y blancas, niños y niñas retiradas antes de tiempo de los jardines. Todas esas historias mínimas que ocurren cada cuatro años alrededor de un evento que siempre se desarrolla a miles de kilómetros nuestro pero que nos emociona, nos ata, nos pega, nos ilusiona y nos lastima mucho más que casi todo lo que ocurre más cerca. Así son los mundiales, yo no hago las reglas.
Cerca de las doce del mediodía los celulares cruzan mensajes. Todos somos Gastón Edul. Juega Nico González, sale De Paul. Al rato, el Edul real dice que no, que nada que ver, que el equipo es el que habían dicho el día anterior: Paredes, Tagliafico y Julián Álvarez adentro. Mismos titulares que ganaron la semifinal contra Croacia hace tres años y medio. Para disimular nuestra nostalgia crónica también recordamos que ese mismo mediocampo bailó a Brasil hace un año y medio. La Scaloneta, desde la conformación misma de la lista de convocados, parece seguir el mandato de Lionel Messi: el tiempo no es tan importante.
Mientras Argentina entraba al campo de juego, un coro de timbres vibraba en las casas argentinas. Alguien respondía un whatsapp diciendo esperá que canten el himno y bajo. Otro cerraba la puerta con llave y daba vuelta el cartel de abierto. Alguno más allá bajaba la cortina y subía el volumen. Otro subía la radio en la camioneta. Aquella se apuraba para comprar las medialunas prometidas para la juntada. Aquel se preguntaba para qué había comprado comida con ese nudo en la garganta. Entonces los himnos.
Segunda propuesta: cantar el himno y “Naranjo en flor”. Jamás se me ocurriría quitarnos la posibilidad de afirmar que juramos con gloria morir y que los laureles que supimos conseguir serán eternos. Pero creo que cantar el tango, aunque sea su estribillo, sería sincerarnos con lo que está por ocurrir. Como el cartel que dice parental advisory en los cd’s, los pulmones quemados en el tabaco o la leyenda “los hechos y personajes del siguiente programa son ficticios, cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia”, arrancar cantando ese tema funcionaría como advertencia para los ajenos y como un recordatorio para los propios. No, no viniste a atragantarte con salame y birra. Viniste a sufrir, a pasarla mal. Un amigo me dijo por mensaje: “Hoy Argentina pasó a ser un país con promedio de vida más corto”. Pero no nos adelantemos. Estamos en el himno. Imaginen conmigo: estadio lleno, parlantes al taco, gente abrazada, llorando por cumplir el sueño de estar en un Mundial y entonces suena el bandoneón acompañado de los violines. Primero hay que saber sufrir. Después amar. Después partir. Y al fin andar sin pensamientos. Perfume de naranjo en flor. Promesas vanas de un amor, que se escaparon con el tiempo. Después, ¿Qué importa del después? Toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado. Eterna y vieja juventud que me ha dejado acobardado. Como un pájaro sin luz. Solo el estribillo, como con el himno de Vicente López y Planes. Les dejo la propuesta por ahí, para que sepamos dónde nos metemos y para que el resto sepa a los inestables que se está por enfrentar.
Pasan los himnos y arranca esa cosa que vinimos a ver. No es un juego, no es un deporte, no es un divertimento, no es un evento artístico, no es nada que podamos terminar de entender ni de explicar. ¿Qué es un partido de la selección argentina? Les dejo la pregunta para que la respondan de acá al sábado. Pienso que es una mezcla de lo grande y lo chico, la patria que hace llorar a millones por un volante central que corta un contragolpe y el abrazo con el que festejas con un amigo, las ganas de mandarle un mensaje a esa persona para decirle que lloraste y sobreviviste y saber que el tipo más lejano y repugnante seguramente está contento por lo mismo. Invitación al delirio colectivo, la unión cada vez más utópica y la posibilidad de meter el cerebro en remojo durante un par de horas. También es un partido de fútbol en el que tu destino, el de tu perro, el de tu vecino, el de tu kiosquero, el de tu amante, el del sodero, el del parrillero, el de la que se puso a hacer uber, el del que pasea a tu perro, el del becario del conicet que no sabe si le renuevan la beca, el del florista, el del almacenero que no vendió nada en la semana de la dulzura y el de Chiqui Tapia, dependen de lo que hagan once tipos contra otros once tipos. Y da la casualidad de que, como ya se ha dicho, tu destino, el mío, el de todos los mencionados y también los omitidos, es un destino de tango.
Y así es como a los quince minutos nos preguntamos quién carajo nos mandó a engancharnos con el fútbol. Y la pregunta no aparece de la nada. Tiene una causa concreta: Egipto, ese país que solo ganó un partido por mundiales, te acaba de hacer un gol. Y ves como ese almuerzo con amigas, ese certificado médico trucho que presentaste en el laburo o esa juntada espontánea con desconocidos en un bar del centro, se transforma en una pesadilla. Pero, como todo siempre puede ser infinitamente peor, seis minutos después, es decir a los veintiuno, Lionel Messi, el capitán de nuestras ilusiones, erra un penal. Y la cosa no termina ahí. Falta el segundo tiempo. Y falta que te hagan otro gol, pero que lo anulen. La cosa empieza a parecerse a El juego del miedo versión Gianni Infantino, con la participación especial de Mo Salah. Porque ahora sí, esta vez es en serio, Egipto hace el segundo gol. Y nosotros volamos de él. Y Argentina se fue a la puta.
Hacia la luz del día
Dos minutos después del segundo gol de Egipto, François Letexier, el árbitro del partido, levantó sus manos y señaló hacia los bancos de suplentes. Pausa de hidratación. Fue el equivalente a la campana que salva a un boxeador del knockout. De fondo suena, algo desubicada para la ocasión, la voz y la guitarra de John Denver: “Take me home, country roads”. Caminos rurales, llévenme a casa. Al lugar que pertenezco, dice Denver y la cámara enfoca a Messi dando vueltas en la cancha. Como si se tratara de un misterio, el capitán argentino busca el lugar que le pertenece en ese rectángulo verde. El final aparece ahí, palpable, al alcance de la mano están esos próximos veinte minutos que pueden ser los últimos en un mundial. Scaloni apela a uno de sus trucos y mete un tercer cambio —antes habían entrado Nicolás González y Lautaro Martínez—: lateral por lateral, Montiel por Molina.
La primera jugada después de la pausa es un mensaje. Desborda Nico y, casi al borde del área chica, patea Lautaro, pero la pelota pega en un egipcio. Argentina va como el león que termina con la breve vida feliz de Francis Macomber en el cuento de Hemingway: con lo que puede. Messi intenta por el medio y la pierde. Sigue enganchado en el penal del primer tiempo. Egipto maneja la pelota y deja mano a mano a Mahmoud Trézéguet. La pelota se va apenas afuera. Van setenta y siete minutos, la próxima posesión de Egipto será para sacar del medio.
Hay un córner y un rebote. Un centro y otro rebote. Un lateral y un pase al medio. Todo es caos, como en el infierno. Hacia ahí tuvo que bajar Orfeo para rescatar a su amada Eurídice hace muchos muchos años. Orfeo cumplió su misión pero la historia terminó mal. Ahora la pelota la tiene Julián casi al borde del área. Da un pase corto, de unos cinco metros, para Messi. Nuestro Orfeo la acomoda cortita y tira un centro que logra pasar la línea defensiva para caerle a Cuti Romero que mete un latigazo con la cabeza como si tuviera un bate de baseball. Mostafa Shobeir, el arquero, la toca pero no alcanza. A los setenta y ocho minutos la pelota entra por primera vez en el arco de ellos.
Por lo general, los goles para descontar una derrota se gritan pero no mucho. Se mete puñito. El grito es corto como patada de chancho. Seco. Más una descarga que una celebración. Pero este sí se grita. En la cancha, en las ventanas, en los balcones, en los autos y las bicicletas. La ciudad se vuelve una orquesta deforme de cornetas, gritos, bocinas y aplausos.
En este caso sí importa el después. Argentina se recupera y sale. Con el pase acertado Messi ahora está rápido, toca en velocidad y va a buscar. “Bien sabemos por Messi que los buenos pases te rejuvenecen. Por 10 minutos volvió a tener 19 años”, escribió Lucas Jiménez después del partido. Le volvió la lucidez, la tira por un costado y la busca por el otro, es más rápido que los rivales. Tira un centro pero Lautaro cabecea desviado. Primer aviso. Y en esta casa las cosas no se dicen dos veces. La vuelve a agarrar Messi-Orfeo que la levanta como buscando que la historia se repita. Rebota en un rival. Le cae otra vez a él que insiste con la misma jugada. Entonces el caos, pero esta vez como salida, como purga, como exorcismo, como catarsis. La pelota rebota en un defensor y va para el área. Cae llovida en el segundo palo. Lautaro la baja con una pirueta. La pelota sale hacia el medio del área. El pánico y la locura ahora se escriben en árabe. Montiel la quiere frenar, le queda alta. Un defensor pasa de largo. Montiel tiene una segunda oportunidad, pero está de espaldas al arco. La única opción es dársela a Messi que llega de frente y sin marca. Una prueba de la existencia de Dios.
Messi retira la pierna izquierda hacia atrás y dirige el botín hacia la pelota que está picando frente a él. En ese pedazo de cuero sintético se superponen los nervios, las cábalas, el tipo que acaba de prometer otro tatuaje aunque no sabe con qué lo va a pagar, la que prometió caminar a Luján, el que sufre porque no quiere que su hijo vea a su ídolo perder, todas las tensiones de un país sobrecargan el impacto del botín contra la pelota que sale disparada contra el arco egipcio. Toca en los guantes de Shobeir, pega en el travesaño, pica en la línea y termina inflando la parte de la red que suele quedar invicta, la de arriba. Todos somos Víctor Sueiro.
Ahora se acaban de cumplir 90 minutos de juego. En otra época el partido estaría llegando a su fin, pero en estos tiempos pueden faltar diez minutos más. Messi, envalentonado, intenta filtrar un pase pero lo cortan. Roba Egipto y sale para la contra. Cuti Romero está en el área. Lisandro Martínez, como mediocampista. Omar Marmoush acelera, la pelota pasa por el botín de Salah. La vuelve a agarrar Marmoush y se va. Son ellos dos y Trézéguet contra la sola presencia de Leandro Paredes, que retrocede como buscando ganar tiempo para desactivar la bomba. Entonces el volante central, el tipo que siempre juega con manga larga y jamás erra un pase, da un paso al frente como para dejar a Trézéguet en offside. Se tira al piso como si de repente lo hubiera poseído Bruce Willis o Harrison Ford y roba la pelota. Paredes soldado heróico, cubriéndose de gloria. El estadio celebra el quite. Es un gol no gol.
El partido entra en el ritmo frenético de la final en Qatar contra Francia. Un electrocardiograma en vivo y en directo para todo un país. Si sobreviviste al partido de ayer no necesitas hacerte chequeos (mentira, sí, andá al médico). Un ida y vuelta, golpe por golpe como cuando en el boxeo los dos están cansados pero van al frente. Messi vuelve a intentar y la pierde. Egipto va, Montiel rechaza y la pelota vuelve a ellos. Trézéguet abre para Salah que encara como si no hubiera otra salida. El que lo marca, de manera inentendible, es Julián Álvarez que la roba como el mejor lateral izquierdo y sale. Egipto está mal parado atrás. Julián la tira para Lautaro Martínez que no la puede parar pero se queda con la pelota. Son dos contra dos. Lo acompaña Enzo. Lautaro se acomoda y tira el centro. Enzo Fernández salta como Michael Jordan, acompasa el movimiento de su cabeza con el de sus manos y mete un frentazo contra el palo imposible para el arquero. Gol. Tres a dos. Cleopatra, ¿cuál es tu tumba tu tumba?
Aunque usted no lo crea, en un momento el partido termina. Entonces empiezan a volar los mensajes y las confesiones. Las promesas y los que apagaron la tele. Empiezan las listas negras en los grupos de whatsapp: vos dijiste esto, vos criticaste a Scaloni, aquel retiró a Messi. Todos somos la side. Espionaje y lágrimas. Fuego y pasión. Solemos asociar lo pasional con el fútbol, pero nos olvidamos que su etimología proviene del latín patior que significa padecer o sufrir. Primero hay que saber sufrir.
En 1842, el egiptólogo Richard Lepsius publicó la primera edición de El libro de los muertos, una recopilación de invocaciones mortuorias del Antiguo Egipto traducidas de jeroglíficos. Estos textos eran las palabras que les dedicaban a los fallecidos, casi como una guía para lo que se encontraran al otro lado de la vida. La traducción correcta del título es menos marketinera que El libro de los muertos, sería: Salida del alma hacia la luz del día. Y las primeras líneas dicen así: “En los Conjuros que aquí comienzan, se narra la Salida del Alma, hacia la plena Luz del Día, su Resurrección en el Espíritu”.
Después de cinco meses de estabilidad cambiaria, el dólar volvió a mostrar una tendencia alcista. Sin embargo, el mercado no está descontando un salto devaluatorio, sino una corrección gradual del tipo de cambio.
Así lo refleja la curva de futuros, que ubica al dólar oficial en torno a $1.642 para diciembre, mientras que bancos y consultoras privadas manejan proyecciones que van desde $1.539 hasta $1.800 para el cierre del año.
De acuerdo con un informe de la Fundación Mediterránea, las posiciones de dólar futuro con vencimiento en diciembre operan con una tasa implícita efectiva anual del 22%, compatible con una depreciación administrada del peso durante el segundo semestre.
«La curva de futuros convalida la expectativa de un reacomodamiento gradual del tipo de cambio para la segunda mitad del año, descartando escenarios de un salto devaluatorio discreto», sostiene el estudio.
En las últimas semanas el dólar mayorista interrumpió la calma que había caracterizado al mercado durante buena parte del año. Este martes operó en $1.482, acumulando una suba del 5,7% desde fines de mayo, mientras que el contado con liquidación avanzó hasta $1.557, con un incremento del 5,5% en el mismo período.
Pese a ello, la entidad remarca que el tipo de cambio oficial continúa un 16% por debajo del techo de la banda cambiaria, fijado actualmente en $1.815, y que, medido en términos reales, todavía se ubica 10% por debajo de los niveles registrados a comienzos de año.
Si bien existen varios factores que llevan a que la presión sobre el dólar aumente, la mayor presión proviene de los ahorristas que ante la suba de la divisa desarman posiciones en moneda local y buscan cobertura en el dólar, cosa que, probablemente no arroje un buen resultado.
«Si bien existen varios factores que llevan a que la presión sobre el dólar aumente, la mayor presión proviene de los ahorristas que ante la suba de la divisa desarman posiciones en moneda local y buscan cobertura en el dólar, cosa que, probablemente no arroje un buen resultado», indicó Gastón D’amico, presidente de Boston Asset Manager.
«Es de esperar que en las próximas semanas tengamos una merma en la demanda de dólares y veamos un precio en descenso. Al igual que durante el 2024, pese a un alto índice de volatilidad de la moneda, no representa un aumento real al final del periodo, es decir, si bien presenta subas y bajas, en la práctica el dólar termina en el mismo valor inicial», añadió.
Las expectativas implícitas en el mercado de futuros coinciden con buena parte de las proyecciones privadas relevadas.
El Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del Banco Central prevé un dólar mayorista de $1.658 para diciembre, apenas por encima del valor que hoy reflejan los contratos negociados.
Según el informe, esa trayectoria implicaría una depreciación cercana al 14% anual, inferior a la inflación esperada por las consultoras participantes del relevamiento, que ronda el 30,5% para 2026.
Entre los bancos internacionales también predominan escenarios de ajuste moderado, aunque con diferencias significativas. Wells Fargo proyecta un dólar de $1.539 para el cuarto trimestre, mientras que JP Morgan y MUFG lo ubican cerca de $1.550. En el extremo superior aparecen BBVA, con una estimación de $1.705, y Capital Economics, que proyecta un cierre de $1.800.
«La estabilidad cambiaria tranquilamente puede durar hasta comienzo del 2027. El Gobierno está logrando bajar la inflación, sumando a los casi USD 11.000 millones comprados por el Banco Central en lo que va del año y con la posible vuelta a los mercados internacionales, el Gobierno tiene todo para que no se le escape el tipo de cambio», comentó Gastón Otaola, analista en Bull Market Brokers.
Difunde esta nota
Deja una respuesta
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.