Niños y niñas reginenses de entre 5 y 10 años ya disfrutan de la colonia de invierno organizada por la Dirección de Deportes de la Municipalidad de Villa Regina.
La actividad se desarrolla los lunes, miércoles y viernes en distintos barrios de la ciudad. Esta semana, de 14 a 15,30 horas, tiene lugar en la Plaza de barrio Businelli y de 16 a 17,30 horas, en Don Rodolfo.
La semana que viene la propuesta será según el siguiente cronograma:
*14 a 15,30 horas: concentración cancha de las 86 Viviendas. Concurren de barrios Matadero, 80 Viviendas, 86 Viviendas, 201 Viviendas, 47 Viviendas y alrededores.
*16 a 17,30 horas: concentración en cancha de Borgatti. Concurren de barrios Este, El Trabajo, Borgatti, Don Bosco, Provincial, Don Bosco y alrededores.
Las inscripciones se reciben en el teléfono 2984-651398.
La EMERGENCIA nunca termina y DEVIENE normalizaDA cuando hablamos de una masiva vigilancia Edward Snowden La Gran Muralla China no ha podido detener al supuesto enemigo a lo largo de la historia, no lo ha podido ni de adentro hacia adentro, ni de adentro hacia afuera, ni de afuera hacia adentro. Ni siquiera lo ha…
A 176 años de su muerte, la historia de José de San Martín también puede leerse como la de un hombre que eligió el exilio antes que convertirse en protagonista de las guerras políticas argentinas.
Por Alcides Blanco para NLI
Cada 17 de agosto, la Argentina recuerda a José de San Martín como el Libertador, el Padre de la Patria, el hombre que cruzó los Andes y condujo campañas decisivas para la independencia de Argentina, Chile y Perú. Las escuelas repiten su nombre, los granaderos custodian su mausoleo y las plazas se llenan de actos conmemorativos. Sin embargo, existe una parte de su historia que suele quedar comprimida detrás de la estatua ecuestre y de la épica militar: San Martín pasó los últimos casi treinta años de su vida fuera de América y murió en Francia, lejos de la Argentina que había contribuido decisivamente a liberar. No fue una casualidad geográfica ni simplemente el resultado de una enfermedad o de una vejez tranquila. Su alejamiento estuvo profundamente relacionado con la convulsión política que encontró al regresar de su campaña libertadora y con su decisión de no convertirse en un jefe militar de ninguna de las facciones que se disputaban el poder.
Mañana, 17 de agosto de 2026, se cumplen 176 años de su muerte, ocurrida en 1850 en Boulogne-sur-Mer. San Martín tenía 72 años. Había nacido en Yapeyú en 1778, había desarrollado buena parte de su carrera militar en España, regresado al Río de la Plata en 1812 y construido en apenas una década una de las trayectorias militares más extraordinarias de la historia americana. Pero cuando terminó su etapa pública en América, no buscó quedarse con el poder que había contribuido a construir. Esa decisión, que hoy puede parecer natural porque forma parte de la imagen idealizada del prócer, fue en realidad una elección política extraordinariamente significativa para una época en la que los vencedores de las guerras de independencia solían convertirse en árbitros del nuevo poder.
El problema que encontró al regresar
San Martín no volvió a una patria unificada y tranquila. Volvió a una región atravesada por enfrentamientos políticos, disputas entre Buenos Aires y las provincias, conflictos entre unitarios y federales y una creciente militarización de la vida pública. Después de la campaña de los Andes, la independencia de Chile y la expedición al Perú, el general había alcanzado una autoridad enorme, pero también comprendía que la guerra contra España y las guerras civiles americanas eran problemas diferentes. Su objetivo había sido la independencia; no estaba dispuesto a utilizar el ejército libertador como instrumento de una facción argentina contra otra.
Ese punto es fundamental para comprender su salida de América. La documentación sanmartiniana conserva una definición particularmente clara de su conducta política. En una carta de 1848, al reconstruir su trayectoria, San Martín explicó que durante su carrera pública había procurado no mezclarse con los partidos que alternativamente dominaron Buenos Aires y que había mantenido como principio considerar a los Estados americanos en los que había intervenido como naciones hermanas comprometidas con una misma causa.
No era una posición ingenua. San Martín sabía perfectamente qué significaba el poder militar. Había visto de cerca las guerras napoleónicas, había combatido en Europa y después había utilizado el ejército como herramienta para modificar el equilibrio político de América. Precisamente por eso conocía el peligro de convertir la fuerza armada en el mecanismo mediante el cual una facción interna podía imponerse sobre otra.
Su negativa a intervenir en las guerras civiles argentinas terminó siendo una de las decisiones más importantes de su vida política.
Y también una de las que más condicionaron su futuro.
Cuando decidió abandonar definitivamente el escenario americano, no se estaba retirando de una revolución que había fracasado. Se estaba apartando de una política que consideraba incompatible con la causa por la que había luchado.
De héroe continental a exiliado europeo
Después de su encuentro con Simón Bolívar en Guayaquil, en 1822, San Martín dejó el escenario peruano. Poco después regresó a Europa acompañado por su hija Mercedes. El contraste entre la dimensión de su obra y las condiciones de su vida posterior es notable: quien había comandado ejércitos enteros terminó llevando durante décadas una existencia relativamente discreta, atravesada por problemas económicos, enfermedades, viajes y preocupaciones familiares.
En 1829 intentó regresar nuevamente al Río de la Plata. Desembarcó en Montevideo, pero finalmente decidió no instalarse en Buenos Aires. La situación política lo desalentó y volvió a Europa. El Instituto Nacional Sanmartiniano registra aquel episodio como uno de los momentos decisivos de su alejamiento definitivo de la vida pública americana.
Ese exilio voluntario suele presentarse como una especie de retiro romántico de un héroe cansado. La realidad fue bastante más compleja. San Martín continuó siguiendo con atención los acontecimientos americanos, mantuvo correspondencia con dirigentes políticos y militares y expresó opiniones sobre cuestiones vinculadas con la soberanía y la situación internacional. No dejó de interesarse por la Argentina porque hubiera dejado de ser argentino; dejó de participar directamente porque había decidido no convertirse en un actor de las disputas internas.
Su relación epistolar con Juan Manuel de Rosas resulta especialmente reveladora. San Martín le escribió en 1846 para felicitarlo por la defensa frente a la intervención anglo-francesa durante la Vuelta de Obligado y volvió a comunicarse con él en los años siguientes. El Instituto Nacional Sanmartiniano conserva esa correspondencia y registra su preocupación por la defensa de la soberanía frente a las potencias extranjeras.
El dato permite escapar de una simplificación frecuente: el San Martín del exilio no era un hombre desconectado de la política argentina. Estaba lejos del poder, pero seguía leyendo, escribiendo, opinando y observando lo que ocurría en el continente.
La diferencia era que ya no quería ocupar el centro de la escena.
Una vida en Francia mientras la Argentina se construía
San Martín pasó sus últimos años en Francia. Vivió primero en Grand-Bourg, cerca de París, donde adquirió una casa en 1834, y posteriormente se trasladó a Boulogne-sur-Mer. Allí su salud se deterioró progresivamente. Padecía problemas de visión y distintas enfermedades propias de su edad, aunque quienes lo conocieron durante esos años destacaron que conservó una notable lucidez intelectual.
La Francia en la que vivió sus últimos años tampoco era un escenario tranquilo. La Revolución de 1848 había derribado la monarquía de Luis Felipe y dado lugar a la Segunda República. La agitación política llevó a San Martín a abandonar París y trasladarse a Boulogne-sur-Mer en 1848. Allí alquiló una vivienda perteneciente a Adolphe Gérard, abogado y bibliotecario de la ciudad, con quien mantuvo una relación cercana durante sus últimos años.
Hay algo profundamente simbólico en esa última etapa. Mientras en América comenzaban a consolidarse los Estados surgidos de las guerras de independencia, el hombre que había contribuido decisivamente a poner en marcha ese proceso observaba desde Europa cómo aquellas nuevas repúblicas atravesaban sus propias disputas, guerras y transformaciones.
San Martín había conseguido algo que parecía imposible: había ayudado a derrotar al poder colonial español en una parte enorme de Sudamérica. Pero no pudo controlar lo que vino después. Y probablemente tampoco quiso hacerlo.
Su proyecto no consistía en convertirse en el dueño político de las naciones que había ayudado a liberar.
La muerte de un hombre que ya pertenecía a la historia
El 17 de agosto de 1850, alrededor de las tres de la tarde, José de San Martín murió en su residencia de Boulogne-sur-Mer. Estaban junto a él su hija Mercedes, su yerno Mariano Balcarce, sus nietas y otras personas cercanas. Félix Frías, que viajó desde París al conocer la gravedad de su estado, llegó cuando el Libertador ya había fallecido y posteriormente dejó una crónica de sus últimos momentos.
La frase que se le atribuye durante sus últimos días —“es la tormenta que conduce al puerto”— quedó incorporada a la tradición sanmartiniana. Más allá de la belleza literaria de la expresión, lo que resulta verdaderamente significativo es que San Martín murió sin regresar a la Argentina.
Sus restos tampoco volvieron inmediatamente.
Permanecieron en Francia durante tres décadas, hasta que en 1880 fueron trasladados a Buenos Aires a bordo del vapor ARA Villarino. Desde entonces descansan en el mausoleo construido dentro de la Catedral Metropolitana, donde una guardia de granaderos custodia permanentemente sus restos.
La paradoja histórica es enorme. El hombre que había cruzado los Andes para liberar territorios que se encontraban a miles de kilómetros de su lugar de nacimiento terminó muriendo en una pequeña ciudad francesa y recién tres décadas después regresó físicamente a la tierra por la que había combatido.
Pero quizás exista una lectura todavía más profunda.
San Martín construyó buena parte de su prestigio precisamente renunciando al poder que podría haber obtenido. Después de sus victorias militares pudo haber intentado convertirse en un caudillo armado, intervenir en las guerras civiles o utilizar su autoridad para imponerse sobre los gobiernos existentes. Eligió otro camino. Esa decisión no eliminó sus diferencias políticas ni lo convirtió en un personaje neutral; simplemente estableció un límite que consideró fundamental: el ejército de la independencia no debía transformarse en una herramienta para decidir las luchas internas.
Esa conducta explica buena parte de la enorme dimensión simbólica que adquirió después de su muerte.
No fue solamente el general que ganó batallas.
Fue también el hombre que supo retirarse cuando continuar en el poder podía significar traicionar aquello por lo que había luchado.
La historia argentina posterior estuvo llena de hombres que hicieron exactamente lo contrario: militares que se transformaron en árbitros políticos, dirigentes que utilizaron ejércitos para imponer proyectos internos y gobiernos que confundieron la fuerza del Estado con la voluntad de una facción. Frente a esa tradición, la trayectoria de San Martín adquiere una dimensión que va mucho más allá del bronce.
Por eso cada 17 de agosto no alcanza con recordar el Cruce de los Andes, Chacabuco o Maipú. También habría que recordar la decisión silenciosa de un hombre que, después de haber ganado una guerra, eligió no quedarse con el poder.
San Martín murió lejos de la Argentina.
Pero quizás justamente por eso terminó perteneciendo a toda ella.
Porque su legado no quedó asociado a un gobierno determinado, a una provincia, a un partido ni a una facción. Quedó ligado a una idea mucho más grande: que la independencia no consiste solamente en expulsar a un poder extranjero, sino también en comprender que la libertad política pierde sentido cuando quienes dicen defenderla terminan utilizando el poder para someter a sus propios compatriotas.
Mañana, cuando vuelvan a sonar las marchas y los granaderos rindan homenaje frente a su mausoleo, habrá una parte de su historia que permanecerá tan importante como la épica de las batallas: San Martín fue uno de los pocos grandes protagonistas de la independencia americana que entendió que también había que saber cuándo apartarse.
Y esa decisión, tomada hace dos siglos, sigue siendo una de las páginas más incómodas y más actuales de su legado.
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Cerca del pequeño Aeropuerto de Melilla puede verse una imponente valla fronteriza, incluso antes de poder distinguir con claridad qué casas pertenecen al enclave español y cuáles a las localidades marroquíes colindantes. “La valla” está formada por varias rejas, mallas metálicas, metal oxidado y una zanja, y en el lado marroquí se complementa con alambre de púas financiado por la Unión Europea. Se trata de todo un complejo fronterizo que recuerda más bien a Jurassic Park y no al hecho de que a ambos lados de la frontera puedan vivir vecinos, amigos y familiares. Las dos ciudades, Ceuta y Melilla, pertenecen a España pese a estar ubicadas en continente africano, e incluso tienen estatus de comunidades autónomas, como Cataluña o Andalucía. En cada una viven unas 85 mil personas, y la población se compone a partes iguales de españoles cristianos de origen europeo y de musulmanes, a menudo de origen marroquí. Ambas son españolas desde los siglos XV y XVI, respectivamente, y tienen un gran significado simbólico para la conciencia nacional. La recristianización de España, conocida como la Reconquista, no concluye, según algunas narraciones históricas, hasta la conquista de Melilla en 1497. Simbólicamente, el primer paso en África coincide con el inicio de la expansión global del Imperio español.
Hoy en día, las fortificaciones de ambas ciudades simbolizan la desigualdad entre el sur global y el norte global, entre las antiguas potencias coloniales —que mantienen su hegemonía por otros medios— y sus antiguas colonias, que intentan, con mayor o menor éxito, mejorar su posición en la competencia estatal. En las montañas que rodean los enclaves se concentran miles de migrantes procedentes de toda África (y, en algunos casos, incluso de Asia Occidental) y aguardan la oportunidad para cruzar las fronteras a nado, trepando o escondidos en un vehículo y así pisar suelo europeo. Con frecuencia se producen víctimas mortales. Sin embargo, nunca antes se había dado una situación como la de finales de julio de 2026: hasta entonces, la violencia de la valla parecía insuperable, salvo contadas excepciones. Esto podría contribuir a explicar el resentimiento que, al parecer, estos acontecimientos provocan en la conciencia europea.
¿Por qué hay vallas?
Quienes hoy tienen más de 40 años recuerdan una infancia sin vallas, en la que bastaba con cruzar a pie una barrera fronteriza más bien simbólica, una alambrada, para ir, por ejemplo, a las playas marroquíes o a la cordillera del Rif. Las economías de los enclaves también estaban interrelacionadas con las de las zonas colindantes, de modo que, por ejemplo, los agricultores marroquíes vendían sus productos en los mercados a los vecinos españoles, que tenían mayor poder adquisitivo y que, a su vez, contrataban a mujeres marroquíes como empleadas domésticas y a hombres marroquíes como trabajadores auxiliares. Sin duda, no se trataba de una convivencia en pie de igualdad, pero estaba muy lejos de la situación de exclusión militar que observamos hoy en día. Quienes son un poco mayores y aún pueden recordar los años 60 o 70 no solo hablan de una convivencia sin vallas, sino también de una convivencia igualitaria en los barrios de los enclaves, donde las familias cristianas, musulmanas y judías, aunque igualmente pobres, se mostraban solidarias entre sí a nivel vecinal. Parece una paradoja: cuando España aún era potencia colonial en el Sáhara Occidental y el dictador Franco aún vivía, se era, en general, más pobre, pero se convivía con los vecinos de forma menos segregada. La valla y la respuesta cuasi militar a la migración no son producto de la dictadura colonial, sino del capitalismo democrático poscolonial.
Las causas de la construcción de las vallas no hay que buscarlas en el norte de África, ni en la convivencia entre musulmanes y cristianos en la región, sino en la estructura del sistema mundial capitalista. El periodo comprendido entre 1975 y 1985 estuvo marcado por varios cambios radicales. Por un lado, tras la muerte de Franco, comenzó la llamada Transición, la transformación de España de una dictadura católica y chovinista a una democracia orientada hacia Europa. Desde el punto de vista político-económico, esto supuso sobre todo la integración del país en las instituciones europeas, la adhesión a la Comunidad Europea, a la OTAN y al espacio Schengen. Esta integración vino acompañada de un enorme auge económico del que pudieron beneficiarse, en mayor o menor medida, todos aquellos que poseían la nacionalidad española.
Sin embargo, al mismo tiempo que España ascendía a una posición central en el capitalismo global, este mismo sistema se encontraba inmerso en una transformación fundamental. En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, el norte de Europa experimentó un crecimiento económico sin precedentes gracias al Plan Marshall, a una producción industrial avanzada y a la importación de materias primas baratas procedentes de las periferias. La relación entre los centros industriales y las periferias se caracterizó por la diferencia de poder del mercado mundial, de modo que muchos acuerdos anteriormente coloniales se transformaron en acuerdos poscoloniales, en los que las antiguas colonias seguían siendo explotadas. Esta configuración de la relación entre los centros y las periferias cambió radicalmente en la década de 1970. La saturación de los mercados europeos, el fin del sistema de Bretton Woods y, sobre todo, la crisis del petróleo provocada por la creación de la OPEP marcaron un cambio radical. El capital respondió a la caída de la rentabilidad con la introducción de la denominada “nueva división internacional del trabajo”, es decir, la exportación de fases de producción a los países del sur global. Esto vino acompañado de los programas de ajuste estructural del Banco Mundial y del FMI, muy conocidos en el hemisferio sur por las aperturas forzadas de los mercados, privatizaciones y programas de austeridad fiscal. Estas medidas destruyeron a gran escala, en las décadas de 1970 y 1980, las economías de subsistencia, lo que puso en marcha una nueva dinámica migratoria: los antiguos pequeños agricultores se vieron privados de sus medios de vida y emigraron, en un primer momento, a las ciudades en busca de trabajo, pero más tarde también al norte global. Desde el punto de vista de los europeos, era necesario externalizar las fronteras europeas para detener este nuevo movimiento migratorio: así, a España, recién integrada en el centro del sistema mundial, le correspondió la tarea de retener en África a las personas que emigraban a Europa, en su mayoría procedentes de África Occidental. Por eso, en la década de 1990 se construyó una valla en Melilla y Ceuta, sobre la que un joven de Melilla explica: “Esta valla no es para los marroquíes. Esta valla es para los subsaharianos”.
Nuevas desigualdades
El establecimiento del régimen fronterizo europeo en Ceuta y Melilla generó nuevas y complejas formas de migración y de desigualdad estructural. En primer lugar, la ciudadanía española trazó una importante línea de desigualdad entre antiguos vecinos. Los españoles cristianos lograron rápidamente un ascenso social, mientras que a los habitantes musulmanes del enclave se les negó durante mucho tiempo la regularización. Así, desde la década de 1980 se fue gestando una segregación entre los grupos de población y los barrios de las ciudades que persiste hasta hoy. Sin embargo, esta desigualdad es especialmente evidente entre quienes viven en los enclaves y quienes tuvieron la mala suerte de encontrarse en el lado marroquí cuando se construyeron las vallas y se fortificaron las fronteras. Los acuerdos de “buena vecindad” entre España y Marruecos permitían a los habitantes de los enclaves y de sus ciudades vecinas marroquíes cruzar la frontera sin visado, siempre que abandonaran la ciudad antes de las diez de la noche. Así se creó una situación en la que los españoles de los enclaves solían ser funcionarios, empresarios y empleados de la administración, a quienes se pretendía atraer a Melilla para trabajar con lucrativas ventajas fiscales, mientras que prácticamente toda la clase trabajadora —artesanos, comerciantes, empleados domésticos, cuidadores— se desplazaban diariamente desde Marruecos a la ciudad. La policía hablaba, en aquel momento, de hasta 30 mil trabajadores transfronterizos al día. Las diferencias salariales entre los enclaves españoles y Marruecos eran tan elevadas que, aunque esta clase trabajadora móvil se veía abocada a una situación precaria y, a menudo, obligada a realizar trabajos en negro en condiciones de explotación extrema, muchas familias marroquíes de esta “población flotante” podían, a pesar de todo, vivir de los euros que ganaban en los enclaves.
El régimen fronterizo supuso un especial sufrimiento para las llamadas “porteadoras”. Entre los enclaves y Marruecos existía un enorme comercio atípico. Las mercancías podían cruzar por la frontera, en el equipaje de mano, sin pagar aranceles. Empresas europeas se aprovechaban de ello transportando grandes lotes de mercancías hasta la frontera, que luego eran transportadas al otro lado por mujeres —las “porteadoras”— a cambio de un salario de miseria y poniendo en riesgo su salud. Este contrabando, tolerado por las autoridades, alcanzó proporciones enormes: así, desde Ceuta y Melilla se exportaba a Marruecos tanto como desde toda España a Australia.
La migración de la población flotante y de las porteadoras, caracterizada por la desigualdad y la explotación, fue una consecuencia casi incidental del incipiente régimen fronterizo europeo y de la integración de España en el centro del sistema mundial capitalista. Sin embargo, el objetivo real era frenar la migración por pobreza generada por la globalización neoliberal, cuyo principal instrumento eran los programas de ajuste estructural. Esta migración se manifiesta en los enclaves de dos formas. En primer lugar, en forma de los llamados MENA (menores extranjeros no acompañados), generalmente marroquíes que proceden de zonas rurales de Marruecos o, más a menudo, de los barrios marginales de las grandes ciudades y que intentan escapar a Europa para huir de una situación de pobreza extrema. Estos jóvenes (a veces niños) llegan a los enclaves escondidos en coches o nadando, arriesgando sus vidas. Intentan matricularse en los centros educativos de los enclaves para obtener así un permiso de residencia temporal, o subir como polizones a un ferry con destino a Europa. A menudo viven en la calle y se ven expuestos continuamente a acosos y, en ocasiones, a actos de violencia por parte de la policía, que intenta disuadirles de continuar su ruta migratoria. Esto se aplica tanto a la policía española como a las autoridades marroquíes que, financiadas por la UE, se han convertido desde hace tiempo en cómplices decisivos en la lucha contra la migración: alrededor de los enclaves se han delimitado zonas en las que la policía marroquí actúa con violencia contra los migrantes y, en el peor de los casos, los lleva hasta el desierto para abandonarlos allí a su suerte.
Esta cooperación de Marruecos con España y la UE queda especialmente patente en el caso de la migración subsahariana. Los africanos occidentales, y últimamente también muchos sudaneses, intentan emigrar a España y a Europa a través de Marruecos, donde a menudo se ven sometidos a una fuerte represión, dado que, por encargo de la UE, deben detener la “migración irregular”. Los migrantes denuncian atracos de los que las fuerzas de seguridad no los protegen y, en algunos casos, incluso robos perpetrados por la propia policía. Quienes son sorprendidos intentando cruzar la frontera hacia uno de los enclaves suelen ser víctimas de violencia e incluso de tortura. Como ya se he dicho, en las montañas que rodean los enclaves se concentran miles de migrantes en campamentos improvisados, ya que no pueden mostrarse abiertamente en la zona debido a la discriminación racial por parte de las autoridades marroquíes. Una y otra vez, estas personas intentan, en grandes grupos y de forma conjunta, cruzar la valla fronteriza y solicitar asilo en territorio español. Una y otra vez, muchos de ellos pierden la vida en el intento.
Tanto la presión migratoria hacia Europa como el propio régimen fronterizo son, por tanto, de reciente data y se deben a la configuración actual del capitalismo tardío. El propio régimen fronterizo, con sus matices específicos —el acuerdo de buena vecindad, la posibilidad de exportar “equipaje de mano” libre de aranceles—, genera así estos tipos de migración y, con ellos, las desigualdades y la explotación propias de cada uno.
La nueva normalidad
En 2020, la situación cambió radicalmente. Hoy el Magreb se presenta con mucha confianza en sí mismo. Marruecos ha construido grandes complejos portuarios junto a los enclaves, entre los que destaca Tánger MED, el puerto más grande de África. Se prevé que los flujos de mercancías del futuro pasen por Marruecos, que se presenta con confianza como la «puerta de África». Además, se han designado zonas de libre comercio en las que las multinacionales pueden establecer sus capacidades de producción. Marruecos también es absolutamente consciente de su importante papel en la contención de la migración hacia Europa y se lo hace saber regularmente a los europeos. Cuando se aplicaron medidas contra el COVID-19 en todo el mundo, también se suspendió el acuerdo de buena vecindad. De repente, decenas de miles de familias marroquíes ya no pudieron desplazarse a los enclaves y así, de un momento a otro, perdieron sus medios de subsistencia. Y viceversa, muchas personas que se habían quedado ilegalmente en los enclaves se vieron de repente atrapadas. Desde entonces, la situación en la frontera se ha convertido en una prueba de fuerza diplomática. Aunque ahora se puede cruzar, se necesita un visado para hacerlo, algo imposible de conseguir para los marroquíes sin recursos. Las porteadoras, por su parte, han desaparecido. Aunque se les prometió encontrarles empleo en las nuevas zonas de libre comercio, cuando en 2023 pregunté por ellas en los enclaves, nadie sabía nada. Parece que comparten el destino de la gente humilde en tiempos de grandes cambios.
Desde 2020 han surgido nuevas formas de migración y de conflictos en las fronteras. En primer lugar, en 2021 se produjeron protestas y auténticos disturbios, en los que los vecinos de ambos lados de la frontera se manifestaron a favor del restablecimiento de los acuerdos de buena vecindad. Ni los españoles ni los marroquíes estaban contentos con el cierre de la frontera. Por primera vez, también algunos marroquíes intentaron saltar la valla, que supuestamente es “solo para los subsaharianos”.
Pero, sobre todo, se están multiplicando las incursiones masivas contra las instalaciones fronterizas, que tienen gran repercusión mediática y a menudo son sangrientas. En 2021, unos 9 mil marroquíes lograron llegar a Ceuta; en 2022, entre 2 mil y 3 mil sudaneses asaltaron la valla fronteriza de Melilla, en un incidente en el que la violencia policial en ambos lados produjo al menos 37 muertos. Ahora esta dinámica ha alcanzado su punto más álgido con las aproximadamente 60 mil personas que marcharon a Ceuta, donde también muchos perdieron la vida, sobre todo ahogados en el mar. La mayoría de ellos ya regresaron a Marruecos, principalmente, por la falta de perspectivas para conseguir techo y comida en España. De los que se quedaron, la situación de los menores es especialmente delicada porque no pueden ser deportados sin más. Acontecimientos de esta magnitud solo son posibles si Marruecos suspende su labor como vigilante fronterizo y permite el paso de los migrantes. Este hecho alimenta las especulaciones sobre los motivos geopolíticos de la Casa Real marroquí. Es verdad que no faltan motivos de conflicto: las visitas del presidente español a Argelia, rival de Marruecos; la presión para que se reconozca como legítima la ocupación marroquí del Sáhara Occidental; el castigo a España por su oposición a la guerra de Estados Unidos e Israel (aliados de Marruecos) contra Irán o a la intervención militar de Israel en Palestina y el Líbano, por mencionar solo algunos ejemplos.
Sin embargo, esta especulación no llega muy lejos. Ni siquiera Marruecos puede movilizar a sus ciudadanos para una invasión con solo pulsar un botón, como parece creer la derecha europea. Situaciones como esta solo son posibles porque la configuración actual del capitalismo global genera una presión migratoria a la que los europeos responden con muros y vallas, fuera de su continente, para asegurar su hegemonía. Ceuta no es un indicio de debilidad de la protección fronteriza europea, sino una prueba de que en el mundo impera una desigualdad fundamental que sólo puede mantenerse mediante la violencia.
La Municipalidad de Villa Regina adhiere a la Resolución N° 5960 del Ministerio de Salud de Río Negro que prorroga las medidas sanitarias destinadas a contener los contagios de COVID-19 hasta el 27 de agosto, inclusive. Entre otras modificaciones, se extendió una hora el horario permitido de circulación y se amplió a 200 personas el…
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