El municipio podrá intervenir en el control de precios

El Gobierno Provincial ya acordó con 14 municipios la continuidad de las tareas de control de precios y abastecimiento de forma delegada, en el marco de la emergencia sanitaria por el Coronavirus COVID-19.

De esta manera, se implementarán políticas activas que permitan un mejor desenvolvimiento administrativo en la defensa de los derechos del consumidor.

A través de la Agencia de Recaudación Tributaria ya se firmaron los convenios correspondientes con las comunas de Cinco Saltos, El Bolsón, Choele Choel, General Conesa, Ingeniero Jacobacci y Los Menucos.

Se suman los municipios que de Sierra Grande, Cipolletti, Bariloche, Río Colorado, Villa Regina, San Antonio Oeste, Catriel y Allen a través de sus propias Oficinas Municipales de Información al Consumidor (OMIC).

Esta delegación de facultades fue aprobada por Decreto de la gobernadora, Arabela Carreras, y ya se encuentra en plena vigencia. De esta manera, el Estado interviene en el control de abastecimiento y de los precios que se ofrecen al consumidor final.

Se busca garantizar el acceso de la población a los alimentos, impedir el faltante de productos esenciales y de primera necesidad, evitar abusos y aprovechamiento en el incremento desmedido de precios ante el aumento de la demanda.

Con la colaboración de los Municipios se podrá realizar un control más efectivo del abastecimiento y de precios, evitando abusos sobre la comunidad.

Fuente: Prensa RioNegro

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  • La gran batalla de nuestro tiempo

     

    Hay que ver en el capitalismo una religión, es decir, el capitalismo sirve esencialmente a la satisfacción de las mismas preocupaciones, suplicios e inquietudes a las que daban respuesta antiguamente las llamadas religiones.
    Walter Benjamin
    El capitalismo como religión, 1921

    Un acontecimiento tecnológico concita, por primera vez en la historia, una vehemente encíclica papal de 111 páginas. En Magnifica Humanitas, León XIV llama a “la custodia de la persona humana en el tiempo de la Inteligencia Artificial”. Esto —que por sí solo indicaría que nos encontramos, con las más recientes inteligencias artificiales (IA) generativas y predictivas, ante un hecho de inédita relevancia histórica— parece, sin embargo, un episodio más de la sobrecogedora serie que, desde finales de 2022, envuelve a Occidente en una vertiginosa convulsión política, social, cultural, espiritual, epistémica.

    Para circunscribirnos a este año, el 3 de enero fuerzas militares de Estados Unidos capturaron al entonces presidente de Venezuela, Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, en Caracas, y los trasladaron a Nueva York para enfrentar imputaciones por narcoterrorismo. La incursión incluyó ataques aéreos sobre la capital y zonas estratégicas militares. Fuentes de ambos gobiernos estimaron que murieron entre setenta y cien personas. A fines del mismo mes, el Departamento de Justicia estadounidense publicó más de tres millones de documentos, imágenes y videos —“un total de 300 GB de datos”, dice la prensa— de los Archivos Epstein, que dejaron a la vista una oscura cadena de equivalencias entre banca internacional, narcotráfico, políticos, celebrities del espectáculo y de la academia, poder judicial, servicios de inteligencia, crímenes sexuales, redes de trata de niñas y adolescentes, sacrificios rituales, extorsiones, casas reales europeas en, más que sorprendente, decadente rehabilitación pública.

    A fines de febrero comenzó la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, que hace sentir su impacto en todas las economías nacionales del hemisferio. En tanto, prosigue la guerra de Gaza, iniciada en 2023, que incluye la masacre abierta al pueblo palestino, el pedido de arresto del presidente israelí Benjamin Netanyahu por parte de la Corte Penal Internacional en noviembre de 2024 y las sucesivas detenciones y vejaciones a los integrantes de las flotillas humanitarias que periódicamente buscan traspasar, sin éxito, el bloqueo de ayudas básicas para los palestinos atrapados entre los bombardeos masivos, las hambrunas por falta de alimentos, la destrucción de escuelas y hospitales y el cierre de rutas. 

    Para recargar un poco más el ambiente, el 18 de abril, Palantir publicó en la red social X su manifiesto: una declaración de veintidós puntos que resume la visión del CEO de la empresa, Alex Karp, socio de Peter Thiel. El documento defiende la fusión entre Silicon Valley y el complejo militar-industrial para garantizar la hegemonía de Occidente mediante el uso de inteligencia artificial. Afirma que la era de disuasión nuclear está llegando a su fin y será reemplazada por una disuasión basada en IA, descalificando de antemano cualquier intento de debate democrático sobre el uso militar de la IA. “La pregunta no es si se construirán armas de IA; es quién las construirá y con qué propósito”, asegura. Y desde un abierto supremacismo cultural, exhorta a resistir “la tentación superficial de un pluralismo vacío”, ya que a su criterio, contra lo que afirman los principios liberales, las culturas [no habla de regímenes políticos, sino de culturas] no merecen trato igualitario: “algunas han producido avances vitales; otras siguen siendo disfuncionales y regresivas”.

    En este escenario infernal, en esta atmósfera densamente intoxicada, Magnifica Humanitas es un documento cargado de humanismo. Se apoya fuertemente en la Doctrina Social de la Iglesia, con persistentes referencias a lo común (la verdad como bien común, la Tierra como hogar común, los datos que deben ser tratados como bienes comunes, derechos humanos como lenguaje común, discernimiento comunitario, comunidad, comunión), citas precisas de J.J.R. Tolkien —el devoto católico que imaginó las ambivalentes, pharmakologicas piedras videntes Palantir[1]— y hasta una mención explícita al Beato Enrique Angelelli, asesinado por la última dictadura argentina en 1976.

    El texto del Vaticano, publicado el 25 de mayo, subraya algunas tesis que la filosofía de la técnica viene sosteniendo hace años: que la tecnología —y especialmente una infraestructura lingüística y cognitiva, como son los ecosistemas digitales en los que emergen las nuevas IA— “no es neutral, porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza”[9]. Tampoco “es un simple instrumento”, ya que “cuando se vuelve criterio, termina por establecer qué cuenta y qué puede descartarse, reduciendo la creación a un objeto de explotación y a las personas a engranajes de un sistema que sea cada vez más eficaz”[92] —una alusión precisa, sea o no deliberada, a la célebre figura de la megamáquina de Lewis Mumford, tan apreciada por Gilles Deleuze y Felix Guattari—. Incluso más que un ensamble técnico, la IA, dice la encíclica, es “un ambiente en el que estamos inmersos y un poder que debemos afrontar”[110].

    Deja de lado, en cambio, otras nociones del pensamiento sobre la técnica que habrían podido ser aportes a su argumento. La encíclica denuncia, por ejemplo, la voluntad de poder “prometeica” —los “sueños prometeicos” de la tecnología [128]—. Sin embargo, ya hace décadas el sociólogo Hérminio Martins y luego la antropóloga Paula Sibilia distinguieron entre dos sensibilidades típicas y tradicionales en Occidente, una prometeica y otra fáustica, una alineada con los intereses humanos y respetuosa de los límites de la condición humana, la otra volcada a superar “las limitaciones derivadas del carácter material del cuerpo —señala Sibilia en El hombre postorgánico—, a las que entiende como obstáculos orgánicos que restringen las potencialidades y ambiciones” humanas. La encíclica también rechaza las diferentes corrientes del transhumanismo y de los posthumanismos. Ahondar en las distinciones internas dentro del núcleo imaginario o mitopoiético de las tecnologías avanzadas permite ser críticos sin desdeñar posibilidades que contribuyen, precisamente, a la justicia y el desarrollo colectivos, como las investigaciones en medicina o los estudios sobre cambio climático; a la vez que limita la infaltable, facilona acusación de “ludita”. Donde el documento sí es certero e incidental es cuando exhorta a cultivar un “antropocentrismo situado”, que reconoce al humano como “inserto en una trama de relaciones con los demás seres vivos y con la totalidad de la creación” [237].

    A lo largo de una introducción, cuatro capítulos y un epílogo, en un lenguaje coloquial pero no impreciso, la encíclica se pronuncia contra el “paradigma tecnocrático”, al que define como “la tendencia a dejar que la lógica de la eficiencia, del control y del lucro gobierne por sí sola las decisiones personales, sociales y económicas”. Advierte sobre las “nuevas esclavitudes que se alimentan de cadenas económicas e infraestructuras digitales” [179] y sobre “el colonialismo [que] muestra en la actualidad un rostro inédito”, ya que “no solo domina los cuerpos, sino que se apropia de los datos, transformando las vidas personales en información explotable”.

    Señala con agudeza que “las IA modernas están más ‘cultivadas’ que ‘construidas’, pues los desarrolladores no diseñan cada detalle, sino una arquitectura sobre la cual la IA ‘crece’”, y en consecuencia, “los aspectos científicos fundamentales —como las representaciones internas y los procesos computacionales de estos sistemas— siguen siendo desconocidos”. Frente a esto, exhorta a una doble acción: profundizar la investigación científica y ejercitar el discernimiento ético y espiritual.[99] Y concluye: “Cuando un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público, y crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades” [95].

    Frente a esta potencia concentrada en el mundo digital, “en un mundo donde pocos sujetos concentran datos, capital informático y capacidad normativa”, antepone los cinco principios de la Doctrina Social de la Iglesia: “la dignidad inalienable de la persona, el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia social”. Y sale en defensa de las “instituciones capaces de proteger la vida común”; cita a movimientos como la Cruz Roja (1863), leyes como la abolición de la esclavitud, organizaciones multilaterales como las Naciones Unidas (1945) y tratados como la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948). 

    Ni formalidad administrativa ni texto críptico, sino un nítido programa político: un “documento de cultura”. Y también, pese a su antibelicismo (a eso se refiere con “desarmar” la IA), un ataque frontal. Uno más, en un escenario profundamente bélico. Uno singular, en un escenario profundamente religioso. Uno no poco desconcertante, en un escenario de transvaloraciones —“inversiones”— incesantes, virtualmente infinalizables.

    El Anticristo como política

    En el mundo realmente invertido, lo verdadero es un momento de lo falso.
    Guy Debord
    La sociedad del espectáculo, 1967

    En los días previos a la publicación de la Encíclica, se había conocido oficialmente que Peter Thiel, un multimillonario de origen alemán e ideas paleolibertarias, fundador de la compañía de vigilancia masiva más famosa de Occidente, Palantir, había comprado una casa de doce millones de dólares en Barrio Parque, un enclave muy exclusivo en la ciudad de Buenos Aires, y anotó a sus hijos en un colegio local (sotto voce se comentó que una afamada escuela católica había declinado con diplomática precaución la solicitud de ingreso presentada por Thiel y su esposo, el inversionista Matt Danzeisen, ex vicepresidente de BlackRock). Medios de comunicación publicaron fotografías de Thiel jugando ajedrez en el barrio del Abasto, en un torneo en el que salió tercero. Se supo, también, que había cenado con economistas a quienes, curiosamente, no les habló tanto de economía como del Anticristo.

    Lo mismo había hecho a mediados de marzo, pero en Roma, en el Palacio Orsini Taverna, donde vivió de niña Lucrecia Borgia, hasta que en 1493, a los 13 años, su padre Rodrigo Borja, más conocido como el papa Alejandro VI, la casó con Giovanni Sforza, el primero de los tres matrimonios que el valenciano le arreglaría para aumentar su poder. Allí, a pocas cuadras del Vaticano, Thiel dictó cuatro conferencias a puertas cerradas sobre lo que él imagina como el máximo peligro inminente de la época: el Anticristo. Según la Associazione Culturale Vincenzo Gioberti, el grupo cristiano conservador que lo recibió, creado en julio de 2023 en la mismísima ciudad Lombarda de Salò, las charlas giraron en torno a cómo “fuerzas ocultas trabajan sin cesar con la intención de destruir lo que queda de Occidente”. La asociación tiene como misión: “restaurar la unidad espiritual de los italianos, partiendo de su identidad católica, sus pequeñas patrias y las costumbres heredadas del Antiguo Régimen”. A comienzos de 2026 su secretario general, Matteo Rossi, escribió una pieza perspicaz sobre la decisión del consejo comunal de Salò de retirar la “ciudadanía honoraria” al Duce Benito Mussolini, que empieza con una boutade: “Sinceramente, no sabía que los muertos pudieran tener ciudadanía terrenal: pensaba que solo tenían derecho a un domicilio, donde es posible llevarles flores…”.

    En los peculiares análisis de Thiel, egresado de Filosofía de Stanford y reconocido financiador de proyectos neoconservadores, el Anticristo es hoy “un ludita que quiere detener toda la ciencia”. En conferencias privadas dictadas en 2025 en San Francisco, se refirió a los escritos apocalípticos de John Henry Newman y a la novela de Vladimir Soloviev Una breve historia del Anticristo (1900) donde este es retratado como un filántropo y sabio que ofrece soluciones racionales al caos “pero sólo se ama a sí mismo”. Según describe The New York Times, Thiel sostiene que la semántica de los riesgos (en particular el llamado riesgo existencial, pero también las preocupaciones ambientalistas de personalidades como Greta Thunberg o las críticas a la tecnología o la inteligencia artificial) es parte de la estrategia de los “legionarios del Anticristo”, que impulsarían una sobrerregulación, fomentando una gobernanza opresiva generalizada, un “estado totalitario global”. “La forma en que el Anticristo se apoderará del mundo es hablando sin cesar del Armagedón”, declaró Thiel al mismo diario en 2025, según recuerda la corresponsal Elizabetta Povoledo. “Hablando sin parar del riesgo existencial y diciendo que, por lo tanto, necesitamos regulación”.

    Ahora bien, ¿quiénes hablaron primero del riesgo existencial o X-Risk, si no las propias corporaciones e instituciones, sus directivos y referentes más conocidos? El think tank Future of Life, promotor en 2017 de los Principios de Asilomar, la primera carta de intenciones éticas para la inteligencia artificial abiertamente conocida, e impulsor de dos conocidas cartas en 2023 y 2025: la que pedía pausar la investigación en modelos de IA iguales o mayores a GPT y la que pedía prohibir la Superinteligencia, que fueron firmadas por personalidades notables, como Yuval Harari, Yoshua Bengio, Steve Bannon, los duques de Sussex (estos tres últimos en la segunda carta). Dan conferencias, asesoran a las principales potencias, investigan e informan cotidianamente acerca del riesgo existencial desde el premio nobel de Física Geoffrey Hinton hasta los AI Security Institutes del Reino Unido y de Estados Unidos, pasando por los grandes medios periodísticos y los investigadores más destacados en IA, como el propio Ilya Sutskever, quien cuando se fue de OpenAI en 2024, fundó una empresa exclusivamente dedicada a desarrollar una “superinteligencia segura”. La cuestión del riesgo existencial es parte de la narrativa oficial de las big tech, y no una poco significativa (estas declaraciones de Thiel, cabe sospechar, son parte de ese mismo gesto, sometido a una calculada inversión).

    Para intentar comprender la obsesión de Thiel por presentar como “Anticristo” a los Estados, los saberes y las regulaciones que podrían limitarlo, cabe recordar la tesis de Jan Assmann en La distinción mosaica (2003), quien sostiene que el monoteísmo bíblico, al establecer la distinción entre verdadero y falso en materia religiosa, desata un fondo de violencia que no es solamente antropológico (como lo podría explicar el propio Thiel siguiendo, y desviando, a quien, se dice, fue su admirado profesor, René Girard) sino también cultural y político. Lo que esa distinción produce, y este es su precio, es la violencia religiosa: los dioses previos o desplazados no desaparecen sino que se vuelven demonios, fuerzas del mal. Siguen operando, clandestinamente, como lo reprimido que retorna. Thiel utiliza esa operación en su beneficio. El regulador, la crítica de la crisis climática, el multilateralismo, la gobernanza de la IA: todo lo que limita la aceleración de los negocios queda del lado del Anticristo.

    Se ha señalado con insistencia la paradoja de que la compañía Palantir, de la que Thiel es cofundador y presidente de su junta directiva, proporciona sistemas de inteligencia artificial al Pentágono y es un instrumento clave en acciones estadounidenses e israelíes contra Irán, así como en las operaciones del ICE para rastrear migrantes, actuando de hecho como una herramienta para la creación de un estado de vigilancia. Quizá no sea estéril considerar nuestro momento histórico-cultural y conjeturar que la paradoja es una táctica, no un efecto colateral. En 2008, cuando estallaba la crisis financiera internacional que derivó en la Gran Recesión, el área de software para Inteligencia y Defensa de Palantir comenzó a llamarse Palantir Gotham.

    Fondo de inversiones

    La ‘gigantomaquia’ en torno al ser es, también y sobre todo, un conflicto entre ser y obrar, entre ontología y economía, entre un ser en sí incapaz de acción y una acción sin ser —y entre los dos, como apuesta, la idea de libertad.
    Giorgio Agamben
    El reino y la gloria, 2007

    Llegados a este punto, la imagen tiene algo de escena primaria. Por un lado, la escena primaria de un tipo particular de enfrentamiento que Occidente conoce bien: el cisma espiritual, la cruzada religiosa. Thiel habla del Anticristo, Leon XIV de Babel y Jerusalén. Si traemos a esta escena los Archivos Epstein, se movilizan relatos todavía más antiguos: Baal y Yahvé, el Becerro de Oro, y siempre y a toda hora cuando hablamos de tecnologías, Fausto y Prometeo, con la tensión incesante entre un Dios neurótico que limita y a la vez cultiva, y un Dios o demonio perverso que goza y a la vez endeuda. La guerra santa civil que Europa conoce bien, con sus diversas mitologías, reversiones, secuelas, precuelas, spin-offs y siempre nuevas formas de expansión narrativa. La lucha contra el Anticristo, en términos de Thiel, y la lucha entre dos culturas, en términos de Leon XIV: la cultura [genérica] de la potencia y la cultura civil [específica] del amor.

    “Evitemos el ‘síndrome de Babel’ —explica la Encíclica—: la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único, incluso digital, capaz de traducirlo todo, aun el misterio de la persona, en datos y rendimientos. (…) Elijamos, en cambio, el ‘camino de Nehemías’, que pone de relieve el valor del trabajo compartido para hacer que la ciudad de Dios sea un lugar seguro para los exiliados que regresaron […] haciendo de la escucha y del diálogo el terreno común en el cual hacer crecer la justicia y la fraternidad”.

    Por otro lado, es también la escena primaria de la cultura en sentido restringido: Babel, el laberinto, que como dejó escrito Borges puede ser tanto la Biblioteca como el desierto. Un laberinto de espacios liminales que en pleno segundo cuarto del siglo XXI, están, ellos también, sometidos a la máquina de inversión infinita; los “backrooms de la globalización” de los que habló Margarita Martínez días atrás en Dólar Barato y en Cabaret Voltaire. O de tiempos liminales: el scroll perenne, la cola para entregar un CV, las noches de ansiedad estéril, Godot y toda la serie de galimatías y esperas sin esperanza que conocemos bien. Del mismo modo, los villanos como protagonistas “gloriosos” (Joker, Cruella De Vil, pero también la narrativa calcada de los “niños sufrientes” en las biografías de Elon Musk y Javier Milei), son la operación central de nuestro momento cultural, no su periferia. Sobre esto reflexionan últimamente dos libros llenos de sugerencias: Estéticas liminales de Valentina Nanni y el magnífico Fascismo cosplay de Luis Ignacio García.

    En esta guerra, en la “batalla cultural” del signo que sea, la clave —nuestra “agencia”— es la lectura atenta. Todo lo que podamos ser, la libertad que está radicalmente en juego, depende de nuestras habilidades lectoras, nuestra capacidad de interpretación, la recepción como actividad cada vez más elaborada, reflexiva, autoconsciente. Y si nuestro ambiente cotidiano es un laberinto, la lectura pasa a ser un deporte de alto rendimiento. Es lo que nos permitirá captar el shock, la “imagen dialéctica”, la señal impredecible e inequívoca que nos llevará hasta el mástil al cual atarnos y anclar la nave, la mente, en medio de la tormenta semiótica ilimitada. Una apertura que el laberinto, previsiblemente, estrecha minuto a minuto. La teoría del siglo XXI suele invocar “el cuerpo” como posible superficie de inscripción de ese sentido que es áncora y también escalera al cielo. Mutatis mutandis, a eso hacen referencia las diversas tecnologías del yo que incitan a concentrar la atención en el “aquí y ahora”, la “conciencia situacional” de los aviadores militares, el mindfulness de su tripulación.

    Porque el siglo XXI tiene su propia lengua, y el rizoma tecno realiza la inversión ludópata de todos los sentidos estabilizados, como si hubiéramos quedado atrapados en una suerte de taumatropo cuyas imágenes no se conectan jamás. La guerra en la que las religiones, los mitos, las encuestas, la astronomía, las creepypastas, las novelas, los géneros del modernismo popular, las estadísticas y la danza son las armas rústicas y ultra sofisticadas con las que, desde tiempos inmemoriales, se crearon y disputaron territorios afectivos, cognitivos, epistémicos.

    En el mundo de la economía, “invertir” es apostar sobre el futuro de algo que todavía no existe. La inversión clásica —la que describía Ricardo, la que Marx analizaba— era capital que se adelantaba a la producción: había un objeto, un proceso, un trabajo, un tiempo de producción, y la ganancia venía del ciclo productivo. Hoy se invierte sobre expectativas de valorización futura que no dependen del ciclo productivo sino de la narrativa y la expectativa que rodea al activo. El acontecimiento tecnopolítico de gran escala desencadenado por la capilarización de las nuevas IA a partir de finales de 2022 se organizó a través de la combinación entre un potentísimo “hype” publicitario (la “burbuja” de la que se viene hablando hace meses) y la no menos enorme fuerza con que los grandes poderes fácticos están imponiendo una mutación desde arriba: créditos de bancos internacionales, transformaciones en los planes de estudio y en las modalidades de enseñanza, presiones en torno a la legislación, rediseño de la experiencia de usuario de las grandes plataformas, entre otras acciones que se dieron con una velocidad nunca vista y sin un horizonte mínimamente claro de hacia dónde estamos yendo. Todo esto permite que los procesos concretos que están detrás de los retornos de la inversión permanezcan opacos, muchas veces incluso “securitizados”, inaccesibles. En parte, porque todavía no existen: se están creando. El “hype” es aquello a través de lo cual se crea… destruyendo (acá saludan los schumpeterianos). No es un accidente: es la forma del negocio.

    Lo que vemos es, ya no la reproducción, sino la generación mecánica de la propia vida lingüística, emocional, cognitiva y cultural. Una generación de signos incesante y sin referencia alguna con la “realidad” (brainrot), si por realidad entendemos la cadena histórica, cultural y simbólica de hechos, es decir, de relaciones entre seres humanos (y no humanos). Una generación de símbolos y de infraestructuras planetarias que, creando diferencias y desigualdades radicales, busca estar parcial pero decisivamente desencastrada de la relación de reciprocidad entre infligir sufrimientos y goces colectivos, y padecer (o administrar, vía chivo expiatorio) las correspondientes catarsis sacrificiales. La tesis del “tecnofeudalismo” describe este intento, hoy por hoy exitoso, pero altamente inestable, de restauración de diferencias abismales entre clases que nunca se encuentran. Donde la inversión como gesto simbólico y cultural dominante es la correspondencia en el nivel de la cultura de la idea de puro valor de intercambio: el valor, dice la religión capitalista, es el “precio”. Los esfuerzos de Leon XIV al redactar, desde el mismísimo Vaticano, una Encíclica que exige establecer reglas, normas, gobernanzas, responsabilidades “humanas”, tiene analogías estructurales con los esfuerzos de los defensores de la teoría objetiva del valor. En el centro está la defensa radical de la vida (la cultura del amor) y la limitación de las pulsiones tanáticas de la dominación.

    Los dioses no han muerto, dicen Peter Thiel y la Encíclica, sólo se han retirado. Para convocarlos son precisos los rituales cada vez más ostentosos: se gasta la propia humanidad entera (los magnates de las grandes corporaciones no dejan que sus hijos tengan redes sociales, nos dicen las redes sociales todo el tiempo). Nos vemos rodeados, así, de un mundo de inversiones. La “imagen dialéctica” benjaminiana de esa inversión incesante del valor de la vida humana, que es el precio de una economía hecha de “fondos de inversión”, y cuya verdad indecible pero completamente a la vista es que, en muy buena medida, los retornos y la extracción de valor se producen mediante la violencia, el colonialismo, la esclavitud, el vampirismo parásito de la acumulación por desposesión. El sacrificio de naciones enteras, como estamos viendo en este mismo momento en América latina.

    En El capitalismo como religión, Benjamin señala que “el tipo del pensamiento religioso capitalista se encuentra extraordinariamente expresado en la filosofía de Nietzsche”. En particular la figura del “superhombre” (el Más Que Humano, el transhumanista cabal), “desplaza el ‘salto’ apocalíptico, no sobre la conversión, la expiación, la purificación y la contrición, sino sobre una intensificación o potenciación [Steigerung] aparentemente continua, pero en el último momento, a saltos, intermitente, discontinua”. En el ámbito profano de las tecnologías, esto podría reconducir al escalamiento de la capacidad de cómputo. En el ámbito de la póiesis, de la techné poiética, esa intensificación es autoconciencia, pliegue de reflexividad, gramática y gesto que realiza (“transustancia”) el salto de complejidad. Del laberinto, recordaba Leopoldo Marechal, “se sale por arriba, si el alto amor lo quiere”.

    Claro que siempre lo quiere. Esa es nuestra fe, nuestra infinita vitalidad. Nuestra vida eterna.

    [1] Palantir: el nombre viene de las piedras videntes de El Señor de los Anillos, que son lo que el helenista Louis Gernet llamaba ágalma: el objeto precioso que circula en los rituales de don, que condensa valor social y valor divino simultáneamente, y que puede invertirse. El objeto sagrado que une puede volverse el objeto maldito que contamina.

    La entrada La gran batalla de nuestro tiempo se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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  • Adorni no consiguió que nadie le dibuje un préstamo y ahora dice que ganó medio millón de dólares con bitcoin

     

    Manuel Adorni no consiguió a ningún kamikaze que le dibujara un préstamo y ahora dijo que ganó más de medio millón de dólares en bitcoin. 

    El jefe de gabinete presentó en la noche de este miércoles su declaración jurada, más de un mes después de que el propio presidente Javier Milei dijera que su presentación era inminente. 

    Durante todo ese mes buscó a alguien que se tirara sobre la granada para presentar un «mutuo» pero no pudo. Por eso, como anticipó LPO en exlcusiva, se aferró a la nebulosa fortuna de las criptomonedas.

    «Pensé en renunciar», dijo el funcionario. «Pero sí yo renunciaba siendo un tipo honesto, después iban a ir por otros», dijo el ex vocero, que admitió que ahorró 25 años en negro y confirmó de esa manera que, aún siendo funcionario, evadió impuestos.

    «Voy a pagar hasta el último impuesto que me corresponda pagar, hasta la última multa, todos los intereses, todo lo que devenga de este error», prometió Adorni, que negó ser un «chorro».

    Adorni también se acogió a la inocencia fiscal, pero no se libera de la investigación penal

    «Lo que hago es copiar mis declaraciones juradas patrimoniales que yo venía haciendo, donde no había incorporado el ahorro que yo había hecho con mi mujer durante toda la vida, y arrastro ese error y lo sigo arrastrando hasta este año», dijo. «Hago un mea culpa, por supuesto que cometí un error», agregó.

    «El objetivo no soy yo, es el presidente Milei», dijo Adorni, que volvió a ponerlo al presidente en la línea de fuego.

     La revisión que hizo Adorni a su declaración jurada también alcanzó las declaraciones impositivas realizadas ante ARCA. Según confirmaron fuentes oficiales a Infobae, Adorni se presentará ante el organismo para abonar los impuestos que resulten exigibles como consecuencia de las rectificaciones efectuadas sobre los últimos cinco años.

     

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  • El Evita cruzó a Máximo tras el ataque a Abal Medina: «Que compita en las Paso»

     

    Desde el Movimiento Evita rechazaron las críticas de Máximo Kirchner a Axel Kicillof. «Si Máximo quiere, que compita en las PASO», dijeron. Y consideraron que el acto para pedir por la libertad de Cristina «se transformó en una trinchera de división del peronismo».

    Máximo Kirchner había apuntado contra Kicillof sin nombrarlo durante el acto en Parque Lezama. Allí habló de «los que hablan de unidad ni siquiera son capaces de ir a verla».

    El Evita comenzó a alejarse de La Cámpora en medio del gobierno de Alberto Fernández y en varias elecciones locales jugó por afuera del peronismo. Desde hace meses apoyan a Kicillof como candidato.

    El principal referente bonaerense de la agrupación que lidera Emilio Pérsico, reclamó la «unidad más grande posible» para el PJ. «Las candidaturas deben resolverse en las PASO. Si Máximo quiere, que compita en las PASO. Axel es nuestro candidato y está dispuesto a enfrentar a cualquiera en una interna», dijo Eduardo Ancona.

    Violento cruce de Abal Medina y Tignanelli: «Sos un chupamedias de Máximo que no conoce nadie» 

    La disputa entre los cristinistas y los kicillofistas tuvo varios capítulos en los últimos días. Comenzaron con declaraciones de la legisladora porteña Berenice Iáñez, continuaron con el discurso de Máximo en Parque Lezama y después se sumaron Carlos Bianco y Facundo Tignanelli.

    El diputado bonaerense también se enfrentó con Juan Manuel Abal Medina y lo trató de vago. El ex jefe de Gabinete le respondió que era un «chupamedias de Máximo Kirchner».

    Jonathan Thea, referente del Evita en la Ciudad, dijo que los ataques a Kicillof generan de una situación «rara y peligrosa» para el peronismo.

    «Quien lo ataca públicamente termina siendo funcional para que Milei siga vendiendo la Argentina. Yo no veo una interna. Veo a un sector de nuestro propio espacio atacando a Kicillof, el candidato por lejos mejor posicionado para ganarle a Milei», dijo Thea.

     

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