El municipio podrá intervenir en el control de precios

El Gobierno Provincial ya acordó con 14 municipios la continuidad de las tareas de control de precios y abastecimiento de forma delegada, en el marco de la emergencia sanitaria por el Coronavirus COVID-19.

De esta manera, se implementarán políticas activas que permitan un mejor desenvolvimiento administrativo en la defensa de los derechos del consumidor.

A través de la Agencia de Recaudación Tributaria ya se firmaron los convenios correspondientes con las comunas de Cinco Saltos, El Bolsón, Choele Choel, General Conesa, Ingeniero Jacobacci y Los Menucos.

Se suman los municipios que de Sierra Grande, Cipolletti, Bariloche, Río Colorado, Villa Regina, San Antonio Oeste, Catriel y Allen a través de sus propias Oficinas Municipales de Información al Consumidor (OMIC).

Esta delegación de facultades fue aprobada por Decreto de la gobernadora, Arabela Carreras, y ya se encuentra en plena vigencia. De esta manera, el Estado interviene en el control de abastecimiento y de los precios que se ofrecen al consumidor final.

Se busca garantizar el acceso de la población a los alimentos, impedir el faltante de productos esenciales y de primera necesidad, evitar abusos y aprovechamiento en el incremento desmedido de precios ante el aumento de la demanda.

Con la colaboración de los Municipios se podrá realizar un control más efectivo del abastecimiento y de precios, evitando abusos sobre la comunidad.

Fuente: Prensa RioNegro

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    Los argentinos de bien: poder, pureza moral y obediencia en la Argentina de Milei

     

    La irrupción de Javier Milei en la política argentina no puede explicarse únicamente como un fenómeno electoral ni como el simple ascenso de una nueva derecha. Hay algo más profundo ocurriendo en el modo en que el poder se legitima, organiza el lenguaje público y redefine quién merece reconocimiento dentro de la comunidad política. Allí es donde una lectura atravesada por las categorías de Michel Foucault adquiere una potencia singular: no para reducir el mileísmo a una fórmula académica, sino para comprender cómo un discurso de ruptura moral puede transformarse en una tecnología eficaz de gobierno.

    El núcleo de esa construcción no es económico. Tampoco estrictamente ideológico. Es moral.

    Por Ignacio Álvarez Alcorta para NLI

    Milei no llegó al poder solamente prometiendo bajar la inflación o destruir regulaciones estatales. Llegó construyendo un antagonismo ético absoluto entre “la casta” y “los argentinos de bien”. Ese lenguaje, repetido hasta el agotamiento mediático, terminó produciendo algo mucho más relevante que un slogan: fabricó una identidad social.

    Porque “argentino de bien” no funciona como una descripción objetiva. No existe un criterio verificable que permita determinar quién pertenece realmente a esa categoría. Su eficacia reside precisamente en su ambigüedad. El concepto opera como una consagración moral difusa donde cada adherente puede reconocerse a sí mismo como parte de un grupo virtuoso amenazado por enemigos internos.

    Allí aparece uno de los mecanismos centrales del poder contemporáneo: la administración de legitimidades.

    La pureza como herramienta de poder

    Foucault entendía que las sociedades modernas no se organizan únicamente mediante leyes o coerción física. El poder necesita producir discursos verdaderos, clasificar sujetos y establecer qué formas de vida son consideradas normales, productivas o deseables. Gobernar implica también ordenar moralmente la sociedad.

    En la Argentina de Milei, esa lógica aparece de manera descarnada.

    El “argentino de bien” es presentado como alguien que trabaja, paga impuestos, soporta sacrificios y rechaza cualquier forma de mediación colectiva asociada al Estado. Del otro lado emerge una masa difusa de sospechosos: sindicalistas, militantes, empleados públicos, movimientos sociales, periodistas críticos, universidades, artistas subvencionados, organismos de derechos humanos o cualquiera que cuestione el nuevo orden moral libertario.

    No se trata simplemente de adversarios políticos. Se los construye discursivamente como sectores parasitarios, degenerados o moralmente inferiores.

    Ese desplazamiento es decisivo. Porque cuando la política abandona el terreno del conflicto democrático y pasa a estructurarse sobre categorías morales absolutas, el opositor deja de ser alguien con quien se disputa el poder para convertirse en alguien cuya existencia misma aparece como ilegítima.

    En otras palabras: ya no hay diferencias políticas; hay sujetos “sanos” enfrentados a elementos contaminantes.

    La obsesión mileísta con palabras como “parásitos”, “zurdos de mierda”, “empobrecedores” o “casta” no responde solamente a un estilo agresivo. Constituye una forma de clasificación social. Una maquinaria simbólica destinada a dividir la población entre quienes merecen reconocimiento y quienes pueden ser humillados públicamente sin costo moral.

    El outsider y la ficción de la excepción

    La fuerza inicial de Milei provino de una promesa de exterioridad. Su legitimidad surgía de aparecer por fuera del sistema político tradicional, incluso cuando rápidamente comenzó a tejer alianzas con actores históricos del poder económico, mediático y judicial argentino.

    Pero el outsider moderno no necesita estar realmente afuera del sistema. Le alcanza con conservar la narrativa de la excepción moral.

    Ahí reside una de las grandes paradojas del mileísmo contemporáneo. Incluso frente a denuncias, escándalos, negociaciones opacas o evidencias de privilegios dentro del propio gobierno, parte importante de su electorado sigue interpretando esos hechos como secundarios frente a una supuesta batalla histórica contra enemigos mayores.

    Ese fenómeno revela algo incómodo sobre el funcionamiento real de las democracias contemporáneas: los ciudadanos no adhieren solamente a programas racionales; adhieren a sistemas emocionales de interpretación del mundo.

    Cuando un gobierno logra construir una identidad moral fuerte, la evidencia objetiva pierde centralidad. Los hechos dejan de evaluarse en sí mismos y pasan a interpretarse según quién los denuncia y desde qué lugar político se enuncian. Por eso la corrupción puede relativizarse. No porque deje de existir, sino porque el discurso oficial logra reorganizar su significado. Si el líder continúa siendo percibido como quien combate a “los verdaderos corruptos”, entonces las contradicciones internas pueden absorberse dentro del relato épico de transformación nacional.

    La pregunta deja de ser “¿hubo corrupción?” y pasa a ser “¿quién está denunciando y con qué intención?”.

    La batalla cultural como disciplina

    Uno de los aspectos más sofisticados del fenómeno Milei es haber convertido la confrontación permanente en una forma estable de gobierno. La agresión constante no constituye una anomalía comunicacional ni una pérdida de control emocional. Funciona como una pedagogía política.

    Cada ataque presidencial contra periodistas, economistas, artistas o dirigentes opositores produce un efecto disciplinador sobre el resto de la esfera pública. El mensaje implícito es transparente: cualquiera que cuestione el relato oficial puede ser expuesto, ridiculizado o transformado en enemigo colectivo.

    Foucault estudió precisamente cómo el poder moderno ya no depende exclusivamente del castigo físico espectacular. El control más eficiente es aquel que induce autocensura, vigilancia mutua y adaptación preventiva. Las redes sociales radicalizaron ese mecanismo hasta niveles inéditos. El ecosistema digital mileísta opera muchas veces como una estructura de disciplinamiento distribuido donde miles de usuarios reproducen hostigamientos, campañas de señalamiento y persecuciones simbólicas contra figuras disidentes. El resultado es un clima político donde la violencia verbal deja de ser excepcional y pasa a constituir la atmósfera cotidiana del debate público.

    En ese contexto, la idea de “argentinos de bien” cumple una función central: ofrece legitimidad moral anticipada para la agresión. Si el adversario es presentado como corrupto, degenerado o enemigo de la nación, entonces la violencia discursiva aparece justificada como una forma de defensa social.

    El sacrificio como virtud

    Otro rasgo distintivo del mileísmo es la moralización del sufrimiento económico. En condiciones normales, una caída abrupta del salario, el consumo o el empleo debería erosionar rápidamente la legitimidad gubernamental. Sin embargo, Milei logró transformar el ajuste en una prueba ética.

    El sacrificio ya no aparece como consecuencia de una política económica concreta, sino como evidencia de madurez social. “Había que pasarla mal”. “No hay plata”. “Estamos pagando décadas de populismo”. El dolor se resignifica como purificación. Ese mecanismo conecta profundamente con la subjetividad neoliberal contemporánea: el individuo debe aceptar precariedad, pérdida de derechos y deterioro material como demostración de responsabilidad personal.

    El ciudadano deja entonces de percibirse como sujeto de derechos colectivos y comienza a entenderse como emprendedor moral de sí mismo. Aguantar se vuelve una virtud. Resistir el ajuste se convierte en signo de pertenencia identitaria.

    La política ya no promete bienestar inmediato. Promete redención futura a cambio de obediencia presente.

    La nueva legitimidad autoritaria

    Quizás el aspecto más inquietante de la experiencia argentina actual sea que gran parte de estas transformaciones ocurren dentro de procedimientos democráticos formales. No hace falta clausurar elecciones para producir dinámicas autoritarias. Basta con erosionar sistemáticamente la legitimidad de toda institución intermedia capaz de limitar el poder presidencial.

    La demonización del periodismo, el desprecio por el Congreso, el ataque permanente a las universidades, la ridiculización de organismos científicos y la construcción de enemigos internos constantes forman parte de una lógica más amplia: vaciar de autoridad simbólica cualquier espacio que pueda disputar la producción de verdad oficial.

    Allí aparece una intuición foucaultiana fundamental: el poder más eficaz no es necesariamente el que prohíbe, sino el que logra que una sociedad naturalice sus propias formas de sometimiento. Tal vez por eso el fenómeno Milei no pueda analizarse solamente como una anomalía argentina ni como una excentricidad mediática. Expresa una mutación más profunda de las democracias contemporáneas: la transición desde sistemas políticos organizados alrededor de consensos institucionales hacia regímenes de legitimidad emocional, identitaria y moral.

    En ese nuevo escenario, la verdad importa menos que la pertenencia. La coherencia menos que la fidelidad. Y la corrupción menos que la capacidad de seguir convenciendo a millones de personas de que, pese a todo, continúan formando parte de “los buenos”.

     

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  • Juez exhibe la ruptura con De Loredo y se complica la unidad opositora

     

    Atrás quedaron los locros populares en el Comedor Universitario, servido en bandejitas de plástico y regados con vino suelto. El acuerdo del Frente Cívico con los libertarios cordobeses trajo una nueva estética: un salón recoleto, mesas redondas, manteles, vajilla blanca y vino en botella; un locro premium que expuso la disolución de aquella sociedad «indestructible» entre Luis Juez y Rodrigo de Loredo. 

    «Tenemos un acuerdo y un compromiso con La Libertad Avanza que vamos a honrar. Lo que más cuesta en la vida es construir lealtad y confianza y eso es lo que estamos construyendo con dirigentes de La Libertad Avanza, de la UCR y del PRO, porque sabemos que, si queremos terminar con tantos años de peronismo, hay que estar unidos». Así, Juez puso sobre la mesa su nueva sociedad con Gabriel Bornoroni ante decenas de dirigentes de toda la provincia, la misma tropa que lo siguió en innumerables estrategias y alianzas. 

    En la mesa principal estaban los nuevos socios: Gabriel Bornoroni y Gonzalo Roca, de LLA; Laura Rodríguez Machado, del PRO pero tropa de Patricia Bulllrich; y Soledad Carrizo, la radical que se referencia en Alfredo Cornejo. 

    Para que no le queden dudas a los juecistas -quienes en su mayoría llegaron al Frente Cívico desde el peronismo, digirieron el acuerdo con los radicales y el marxismo y ahora se preparan para tragarse la alianza con los libertarios-, Juez dijo: «El acuerdo con los dirigentes de LLA va más allá de una cuestión electoral. Tenemos una misma mirada y hemos actuado con reciprocidad. Hemos brindado respeto, y nos han tratado con respeto».

    Ultimatum de Bornoroni a De Loredo: «Tiene tiempo hasta el Mundial para definir si se suma»

    Como siempre, Juez dejó abierta una hendija: «Lo único que puede cambiar mi decisión es que no haya voluntad de ganar la provincia», dijo. Pareció una advertencia ante un hipotético acuerdo entre Javier Milei y Martín Llaryora quien podría reclamarle al Presidente una fórmula libertaria pura como método de división de la oposición. 

    El acuerdo con los dirigentes de LLA va más allá de una cuestión electoral. Tenemos una misma mirada y hemos actuado con reciprocidad. Hemos brindado respeto, y nos han tratado con respeto.

    Luego, Juez volvió a reprocharle a De Loredo por el fracaso de 2023: «Lo dijimos hace 3 años atrás: No se gana la ciudad de Córdoba si se pierde la Provincia». 

    También hay un guiño a la negociación que viene; y la posibilidad de un Juez en la boleta libertaria está sobre la mesa de análisis. Como se recordará, el hijo mayor del senador, Martín, es concejal de la ciudad de Córdoba. En este marco, Juez afirmó que habrá competencia con Bornoroni por liderar la boleta, pero no aclaró si esa disputa será electoral, en el marco de una interna, o política, atada a la negociación con Karina. 

    Lo que sí prometió a LLA es «lealtad». «Probablemente estamos compitiendo por lo mismo pero tenemos las reglas claras. Si le toca ser a Gabriel lo vamos a acompañar como corresponde. No tengan ninguna duda. Lo vamos a acompañar con lealtad, con trabajo, esfuerzo, sacrificio y la experiencia que el tiempo nos ha dado; y estoy seguro que si fuera al revés recibiríamos lo mismo», dijo Juez.

    El blanco será Martín Llaryora, pero con una apuesta diferente a la de Bornoroni: mientras el libertario se enfoca en los impuestos y la extensión del Estado provincial, Juez va por sus banderas históricas: «Todo va a ser muy difícil, pero no imposible. No tanto por lo que nosotros expresamos sino por lo que el peronismo tiene pánico de perder. Viven del Estado haciendo negocios millonarios y la pelea va a ser directamente proporcional a lo que tienen para perder».

    .Juez sabe que más temprano que tarde deberá despegarse de las sospechas de corrupción que sacuden a La Libertad Avanza, empezando por Manuel Adorni, pero sin olvidar Libra y las coimas de Spagnuolo, un combo difícil de explicar. Sin embargo, la apuesta juecista es provincializar la elección y hablar de Llaryora: «No vamos a entregar la provincia de nuestros hijos y nietos para que la sigan administrando los mismos corruptos de los últimos 28 años», fue la arenga.

     

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