El municipio podrá intervenir en el control de precios

El Gobierno Provincial ya acordó con 14 municipios la continuidad de las tareas de control de precios y abastecimiento de forma delegada, en el marco de la emergencia sanitaria por el Coronavirus COVID-19.

De esta manera, se implementarán políticas activas que permitan un mejor desenvolvimiento administrativo en la defensa de los derechos del consumidor.

A través de la Agencia de Recaudación Tributaria ya se firmaron los convenios correspondientes con las comunas de Cinco Saltos, El Bolsón, Choele Choel, General Conesa, Ingeniero Jacobacci y Los Menucos.

Se suman los municipios que de Sierra Grande, Cipolletti, Bariloche, Río Colorado, Villa Regina, San Antonio Oeste, Catriel y Allen a través de sus propias Oficinas Municipales de Información al Consumidor (OMIC).

Esta delegación de facultades fue aprobada por Decreto de la gobernadora, Arabela Carreras, y ya se encuentra en plena vigencia. De esta manera, el Estado interviene en el control de abastecimiento y de los precios que se ofrecen al consumidor final.

Se busca garantizar el acceso de la población a los alimentos, impedir el faltante de productos esenciales y de primera necesidad, evitar abusos y aprovechamiento en el incremento desmedido de precios ante el aumento de la demanda.

Con la colaboración de los Municipios se podrá realizar un control más efectivo del abastecimiento y de precios, evitando abusos sobre la comunidad.

Fuente: Prensa RioNegro

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  • Sí hay plata

     

    Foto de portada: Holding futures, de la colección “Mirar la deuda”.

    La llegada al gobierno de La Libertad Avanza generó un terremoto sobre el sistema universitario. Mientras dilapida fondos en otros usos, se ufana del brutal ajuste que realiza en la inversión educativa, que ha hecho caer en casi dos quintos los recursos disponibles para las universidades públicas. ¿Se trata realmente de falta de dinero? ¿O son, en realidad, medidas reñidas con el derecho, la democracia constitucional y el conocimiento científico?

    El ahogo presupuestario ha llevado a que las universidades argentinas sobrevivan con edificios en franco deterioro, incapacidad de sostener equipamiento o comprar insumos suficientes, becas que ya no alcanzan, docentes y no docentes con salarios míseros que buscan alternativas en el pluriempleo o directamente abandonan su puesto de trabajo. Para 2026, el financiamiento público destinado a las universidades representará el 0,431% del PIB, frente al 0,718% de 2023. Teniendo en cuenta que la mayor parte de ese porcentaje se destina a salarios, hay una caída del 43,2% en términos reales respecto de 2023. Tras cuatro marchas denunciando este deterioro, la comunidad educativa aún espera por la aplicación de la ley que recompone sus presupuestos a valores de 2023.

    El gobierno argumenta que la Ley de Financiamiento Universitario (LFU), aprobada por amplia mayoría parlamentaria, nació muerta” porque no identifica de dónde saldrían los recursos para solventarla. En esa afirmación hay dos errores conceptuales. El primero es que no existe en el ordenamiento jurídico el requisito de que una ley de este tipo (que financia universidades que ya existen y funcionan) deba per se identificar su fuente fiscal para ser aplicada. El segundo error es que, en todo caso, las fuentes fiscales para solventar la LFU son fácilmente identificables.

    De la fortaleza de estos argumentos dependerá el resultado del recurso judicial que está en el escritorio de los jueces de la Corte Suprema, que deberá decidir si el gobierno tiene que cumplir o no con la LFU aprobada por el Congreso.

    El escenario de fondo de esta disputa judicial es una dramática situación presupuestaria, que fuera recientemente denunciada por la Universidad Nacional de Río Negro ante la Relatora Especial sobre el derecho a la educación de las Naciones Unidas, así como por ACIJ, el CELS y la Red-DESC. Más profundamente, es una disputa por el respeto de los derechos y la defensa de la educación pública de calidad. Es necesario desmontar los argumentos ortodoxos para justificar la austeridad, que lejos de ser un mandato divino,  inevitable o supraconstitucional, es una excusa ideológica para enriquecer aún más a los ricos, mientras se provocan profundos daños sobre las vidas de las mayorías.

    No es requisito legal identificar la fuente

    Desde un punto de vista constitucional, el argumento del gobierno es extraño: si la ley no identifica la fuente fiscal para financiarla, el Ejecutivo decide suspender administrativamente una ley que viene a compensar (parcialmente) el fuerte deterioro acumulado de los salarios, becas e inversión en el sector universitario. Este criterio no es aplicado a otras leyes aprobadas por el Congreso, que no suele identificar la fuente fiscal en sus textos, ni a decretos del propio gobierno, como el 931/2025 que subió en 120 por ciento los sueldos de más de mil funcionarios jerárquicos.

    La Ley de Administración Financiera (art. 38) establece que las leyes que autoricen gastos no previstos en el presupuesto general deberán especificar las fuentes de los recursos para su financiamiento. Esto, sin embargo, no es un requisito de validez constitucional, sino de técnica presupuestaria. Es decir, no habilita al Poder Ejecutivo una posibilidad de vetar leyes ya promulgadas. Y, en todo caso, el presupuesto otorga al jefe de Gabinete la facultad de reestructurar partidas (art. 100, inc. 7 de la Constitución Nacional y art. 37 de la LAF 24.156). Cuando el Congreso sanciona una ley de este tipo, técnicamente le está ordenando al Ejecutivo que reasigne los recursos existentes para dar cumplimiento a la nueva norma de la forma que más convenga fiscalmente al Estado.

    La LFU no es un “gasto nuevo”. La demanda judicial contra el Gobierno nacional que iniciara el Consejo Interuniversitario Nacional (CIN) —actor político y federal que irrumpió enfrentando los abusos institucionales del Poder Ejecutivo—, exigiendo el cumplimiento de la ley, explica que esta norma no crea un beneficio inédito ni una nueva partida. Solo ordena actualizar y mantener a valores constantes las partidas que ya existen y estaban previstas, tomando como base la inflación oficial del INDEC. Al no haber un gasto nuevo, la exigencia de crear una nueva fuente para un nuevo financiamiento es falaz.

    Otro punto es que al momento de aprobarse la LFU, La Libertad Avanza venía gobernando sin presupuesto aprobado, prorrogando por decreto el de 2023 hasta que finalmente se aprobó uno en diciembre de 2025. Así, el Ejecutivo reestructuraba partidas de forma discrecional y masiva mediante decenas de decretos sin especificar fuentes de financiamiento adicionales (por ejemplo, los fondos para la SIDE).

    A todo evento, si el gobierno insistiera con su posición, rigen dos principios básicos en la interpretación del derecho: ley posterior deroga ley anterior, y ley especial deroga ley general. La LFU debería prevalecer, en cualquier caso, sobre la Ley de Administración Financiera. Si los presupuestos (normas generales) no derogan expresamente la LFU pero no asignan partidas específicas —como suele suceder con un número de compromisos financieros del Estado—, para eso el Ejecutivo cuenta con mecanismos (y obligaciones) para reasignar partidas y dar cumplimiento a los mandatos de las leyes. Esta es, de hecho, una exigencia jurídica internacional cuando se encuentra en juego un derecho social como la educación: el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, la Convención Americana y el Protocolo de San Salvador exigen a los Estados que movilicen el máximo de recursos disponibles para asegurar la realización de los derechos humanos.

    De hecho, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos acaba de aprobar una resolución sobre “Políticas fiscales y derechos humanos en las Américas”, que  dispone de manera expresa que “los Estados deben movilizar, utilizar y asignar el máximo de los recursos disponibles para la garantía de los derechos humanos, en particular de los derechos económicos, sociales, culturales y ambientales. Esta obligación comprende utilizar y distribuir adecuadamente los recursos existentes, así como ampliar el espacio fiscal, generando los recursos necesarios para lograr la realización de los derechos humanos”. Lo que señala la CIDH es que, incluso sin que existiera la LFU, el Ejecutivo debería financiar las universidades de manera suficiente, y no ahogarlas presupuestariamente: las medidas con efectos regresivos sobre los derechos humanos son admisibles solo bajo presupuestos estrictos, que en el caso argentino, el gobierno siquiera se molestó en mencionar.

    Si el Congreso insiste con las mayorías agravadas de dos tercios y la ley es ratificada (como ocurrió con la LFU) luego de un veto del Ejecutivo, este no dispone en la Constitución de una opción adicional para “suspender” la vigencia de la ley. Lo intentó el gobierno al contestar la demanda del CIN, y tanto en primera como segunda instancia fue rechazada. Los argumentos formalistas del Ejecutivo para no cumplir la ley son más bien artilugios para escabullir la cuestión de fondo, que es la realización del derecho a la educación universitaria en Argentina.

    Ahora debe resolver la Corte Suprema, cuya decisión no puede ocultar un trasfondo más amplio: la empecinada negativa del Ejecutivo a desoír un reclamo masivo de la sociedad e incumplir una ley de amplio consenso que busca recomponer, de manera progresiva el derecho a la educación. La Libertad Avanza quiere correr el límite de la legalidad, vulnerando la institucionalidad republicana y democrática a su paso.

    Plata hay, pero hay que saber dónde buscar

    Una mirada meticulosa sobre los efectos de las medidas de ajuste y desregulación implementadas por el gobierno de Milei demuestra que no todos pierden. La austeridad registra un marcado sesgo de clase, dados sus profundos y regresivos efectos distributivos sobre la sociedad. En palabras simples, estas medidas logran empobrecer más a las poblaciones pobres y enriquecer a las ricas, a la vez que tienen consecuencias negativas sobre el crecimiento.

    La austeridad, mantra que erige el gobierno como explicación última de su accionar, como si se tratara de una regla de rango supraconstitucional (rango que solo gozan los Tratados de derechos humanos, art. 75 inc. 22 de la Constitución Nacional), es una idea muy peligrosa porque permanece inmune a la refutación empírica. Aquí es donde entra nuevamente en escena el anti-intelectualismo que fogonea el ajuste en Argentina, que presenta un sesgo particular contra la educación pública y las ciencias sociales, que son capaces de cuestionar las políticas neoliberales con argumentos sólidos.

    Aun así, hagamos el esfuerzo y mostremos lo evidente: que existen fondos para financiar la LFU.

    Por empezar, no está del todo claro el costo fiscal implicado en cumplir la ley. La Oficina de Presupuesto del Congreso estimó en 2024 que el proyecto implicaba un 0,23% del PIB, lo que en valores de 2026 representaría unos 3,6 billones de pesos. El CIN hizo una estimación para el normal funcionamiento del sistema, que dista en 2,3 billones de la asignación actual del Gobierno. Fuentes ligadas al Ejecutivo dejaron trascender una estimación cercana a 2,5 billones, mientras que el Centro de Investigación de Economía Nacional la calculó en $3,1 billones. Es decir, el costo fiscal se encontraría entre los $2,3 y $3,6 billones de pesos (algo así entre 1.643 y 2.571 millones de dólares al año). Son estimaciones cuyo valor efectivo debería resolver el propio gobierno en cumplimiento de la ley.

    ¿Se puede solventar ese gasto? La respuesta es un rotundo.

    Financiarse con la emisión de pesos no debería ser un tabú, toda vez que el gasto así financiado genere un impacto positivo en el nivel de actividad futuro: el costo de la emisión de hoy se puede compensar con la mayor recaudación de mañana, si el gasto en cuestión empuja la actividad económica. Ciertamente, está concluyentemente estudiado que invertir en la educación genera mayor productividad a nivel individual y agregado, con impactos positivos mensurables en el PIB.

    Otra alternativa sería financiar el gasto con deuda, algo más cercano al imaginario de lo posible para el gobierno libertario. Sin embargo, tomar deuda para el gasto corriente no es una buena recomendación. Solo tendría algún sentido para inversiones vinculadas al sector educativo, por ejemplo, si se quisiera mejorar el estado de la infraestructura universitaria.

    Adoptando, por un momento, el argumento de que el problema fuera el equilibrio fiscal, pensemos otra alternativa: ¿y si mantenemos el nivel de gasto pero alteramos las prioridades? Según el informe ejecución presupuestaria de la OPC de abril de 2026, los pagos de intereses de deuda han mostrado un crecimiento significativo respecto del año pasado. De hecho, en el acumulado de los primeros cuatro meses de este año, mientras que las transferencias a universidades se llevaron $1,5 billones, el pago de intereses consumió el triple: $4,8 billones. No hay ninguna ley de hierro que impida redirigir partidas al interior del gasto: es una decisión política. El gobierno asume que dejar de pagar deuda o reestructurarla es más costoso que dejar de invertir en educación: la sociedad no parece estar avalando esa idea.

    También puede verse en el presupuesto que hay $2,8 billones previstos para equipamiento militar en el Ministerio de Defensa. Cabe preguntarse si es necesario tal presupuesto considerando que estas erogaciones incluyen adquisiciones objetadas en mal estado (como la compra del avión Embraer ERJ 140LR) o con dificultades para quedar operativas (como los F-16).

    Son apenas dos ejemplos que permiten pensar alternativas que no cambien el nivel total de gasto. Ahora bien, no debería ser tampoco un tabú incrementar el gasto para financiar la garantía de derechos. El Estado debería hacer el máximo esfuerzo para garantizar los recursos. En este sentido, el gobierno privó al Estado de fuentes de recaudación que existían y podrían haber provisto los recursos necesarios para cumplir la ley.

    La ley 27.743 aprobada en 2024 introdujo, entre otras reformas, cambios en el régimen del Impuesto a los Bienes Personales, que incluyeron, según analiza el IDEP de ATE, la elevación de los mínimos no imponibles, la ampliación de exenciones y la reducción de alícuotas a través de su unificación a la baja. Esta reducción tuvo un impacto en la recaudación de 0,42% del PIB en 2024 y otro 0,32% adicional en 2025, suficiente para solventar la LFU. Este es uno de los impuestos más progresivos del sistema tributario argentino, que alcanza a menos del 2% de la población, los más ricos. Se quitó una fuente de recaudación que afectó la protección del derecho a la educación.

    El gobierno también permitió el vencimiento del impuesto PAIS, previsto desde su creación en 2020 en el plazo de cinco años. Este impuesto afectaba diversas operaciones en moneda extranjera, cuyo peso fue variando en los años de vigencia. El IIEPP de la UBA estimó que con la desaparición de este impuesto se perdió un 1,1% del PBI, suficiente para financiar cuatro veces la LFU. Como ocurre con otros impuestos, su normativa y aplicación con seguridad podía mejorarse mientras que su eliminación solo trajo mayores problemas, no soluciones.

    Ese cambio forma parte de una política más amplia de apertura comercial. El gobierno redujo derechos de importación y de exportación. En particular, la baja de retenciones provocó una pérdida de recaudación estimada en 0,03% del PIB en 2024 y 0,44% adicional en 2025. Este último valor alcanzaba y sobraba para financiar la LFU. Y lo que es más grave aún, mientras la LFU se aprobaba y promulgaba en el Congreso, el gobierno reforzó las acciones que desfinanciaron al Estado, provocando mayor falta de recursos. Entre septiembre y octubre de 2025, por espacio de 40 días, el Decreto 682/2025 dispuso bajar las retenciones a cero, una medida que solo favoreció a sectores especuladores, pues los productores ya habían liquidado la cosecha para reiniciar el ciclo productivo. La pérdida proyectada de recaudación realizada por CIFRA se calculó en $1.409 millones de dólares o un 0,24% del PIB. Es decir, la pérdida ocasionada de recaudación en 40 días alcanzaba para solventar todo lo requerido ese año para el funcionamiento de las universidades.

    En diciembre, el gobierno insistió, mediante el Decreto 877/2025, con la reducción de alícuotas a la exportación agraria. En un ejercicio destinado a apoyar estas medidas, el IERAL de Fundación Mediterránea estimó la recaudación por derechos de exportación sobre granos y sus derivados en 2026 y la comparó con la que resultaría de la estructura impositiva vigente en 2023. Así fue que el Estado perdió alrededor de 1.950 millones de dólares, de los cuales unos 520 fueron por la última reducción de diciembre, es decir, posterior a la LFU. Se trata de entre el 76% y el 118% de lo requerido para sostener al sistema educativo superior, dependiendo de cómo se estime. En mayo de 2026, el gobierno anunció más reducciones de retenciones, continuando el mismo camino.

    Como si fuera poco, la administración nacional se niega a revisar el opaco peso de los gastos tributarios, impuestos que se dejan de cobrar por beneficios específicos. Estimado por la OPC, el total de gastos tributarios proyectado para 2026 es de 3,42 puntos del PIB, de los cuales 0,65 corresponden específicamente a Ganancias. Es decir, cobrar el Impuesto a las Ganancias a todos los alcanzados permitiría financiar casi tres LFU. Pero esta estimación no incluye los nuevos beneficios incluidos en el RIGI. El Centro de Economía Política Argentina estimó que por los proyectos ya aprobados en el RIGI, el Estado resignará U$S 1.069 millones en recaudación. Casi otra LFU por año.

    Déficit cero: ¿a qué costo?

    La regla del “déficit cero” y la implementación de medidas de ajuste, recomendadas y acompañadas por el FMI, no puede imponerse a expensas de la efectivización de los derechos humanos (como el derecho a la educación), dada la existencia de obligaciones constitucionales, regionales e internacionales asumidas por el Estado en este campo. (Y esto sin mencionar la trampa del gobierno al calcular si hay déficit solo luego de haber pagado el servicio de la deuda).

    El Estado tiene múltiples caminos compatibles con sostener ese equilibrio fiscal y proteger derechos. La negativa a cumplir la ley no tiene que ver con eso; de lo contrario, no hubiera decretado aumentos del presupuesto de la SIDE o en los sueldos de funcionarios después de la aprobación de la LFU. El gobierno se niega a financiar la educación por convicción ideológica y estrategia política, no por una supuesta restricción fiscal. Esta ideología y esa estrategia tienen, del otro lado, a la Constitución, los tratados internacionales y la voluntad popular, expresada en el Congreso y en las calles.

    La sentencia de la Corte Suprema debería determinar que el cumplimiento de la ley debe computarse desde su promulgación, y no desde que la Justicia le impone lo obvio al gobierno: que las leyes están para ser cumplidas. Este resultado podría darse incluso antes de que el tribunal analice estos fundamentos, porque la Corte debería rechazar el recurso extraordinario por otro motivo más bien formal pero muy aquilatado en la jurisprudencia: se trata de una medida cautelar, provisoria, y no del tipo de sentencias que, como regla, habilitan su competencia (sentencias definitivas, donde se resuelve quién tiene razón al final del día).

    El máximo tribunal tiene la oportunidad de establecer si en Argentina vivimos en un país basado en reglas consensuadas o si una ley puede ser suspendida por el Gobierno siempre y cuando esto le convenga a los sectores más poderosos. La Corte tiene la obligación de resolver y defender de manera oportuna (no cuando el sistema universitario termine de colapsar) tanto los derechos humanos de la población como las reglas de juego básicas que habilitan la deliberación y participación democrática.

    La entrada Sí hay plata se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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  • Trump confirma el acuerdo de paz con Irán y se abre el Estrecho de Ormuz

     

    Luego de casi cuatro meses de guerra, Donald Trump anunció la firma de un acuerdo de paz de Estados Unidos con Irán, que incluye la apertura del Estrecho de Ormuz, una de las rutas marítimas más importantes del mundo para el transporte de petróleo y gas que producen las naciones del Golfo Pérsico.

    «El Acuerdo con la República Islámica de Irán está ahora completo. ¡Felicitaciones a todos! Por la presente, autorizo plenamente la apertura sin peajes del Estrecho de Ormuz, y, simultáneamente con esto, autorizo la eliminación inmediata del bloqueo naval de los Estados Unidos. Barcos del Mundo, enciendan sus motores. ¡Dejen fluir el petróleo!», postéo el líder republicano. 

    El acuerdo también fue confirmado por la televisión iraní que en tono desafiante afirmó que el líder supremo Mochtabá Jameneí dijo que «Estados Unidos no tuvo otra opción mas que aceptar la derrota» y agregó que Washington se comprometió a una inversión de 300 mil millones de dólares para la reconstrucción de Irán.

    Según publicó el sitio estadounidense Político, el entendimiento prevé una tregua de 60 días, el levantamiento gradual del bloqueo naval estadounidense sobre puertos iraníes y la reapertura del estrecho al tráfico comercial internacional. Se supone que en esos dos meses se discutirán los temas que no han sido resueltos como que pasará con el desarrollo nuclear iraní y el uranio enriquecido que aún posee y las sanciones económicas que enfrenta.

    EEUU negocia la liberación de fondos iraníes a cambio de limitar el programa nuclear 

    El acuerdo será formalizado en una ceremonia prevista para el 19 de junio en Suiza, con la presencia de Pakistán, que se lleva un gran triunfo internacional la haber sido el broker del acuerdo que se negoció en Islamabad. 

    E primer ministro de Pakistán, Shenbaz Sharif, confirmó en redes que «tras intensas conversaciones, nos complace anunciar que el Acuerdo de Paz entre los Estados Unidos de América y la República Islámica de Irán ha sido ALCANZADO. Ambas partes han declarado la terminación inmediata y permanente de las operaciones militares en todos los frentes, incluida Líbano». 

    Esta última afirmación es relevante porque implica un triunfo de la diplomacia iraní que logró vincular la paz en el Golfo con el cese de hostilidades en el Libano, una decisión que Israel resiste y casó no pocos cruces entre Trump y Netanyahu.

    El Acuerdo con la República Islámica de Irán está ahora completo. ¡Felicitaciones a todos! Por la presente, autorizo plenamente la apertura sin peajes del Estrecho de Ormuz, y, simultáneamente con esto, autorizo la eliminación inmediata del bloqueo naval de los Estados Unidos. Barcos del Mundo, enciendan sus motores. ¡Dejen fluir el petróleo!

    El líder pakistaní afirmó que «la ceremonia oficial de firma será el viernes, 19 de junio, en Suiza. Nos gustaría agradecer a los Estados Unidos de América y a la República Islámica de Irán por su compromiso en encontrar una solución diplomática al conflicto. También nos gustaría extender nuestro sincero agradecimiento a nuestros hermanos en este esfuerzo de mediación, el gran liderazgo del Estado de Qatar, por su apoyo en alcanzar este acuerdo».

    «También agradecería especialmente al liderazgo visionario del Reino de Arabia Saudita y la República de Turquía por sus inmensas contribuciones en este sentido», agregó.

    El presidente de Pakistan, Shenbaz Sharif, durante las negociaciones en Islamabad.

    Si bien aún no trascendieron los detalles del acuerdo, Político publicó que Irán se comprometió a congelar cualquier avance adicional de su programa nuclear mientras duren las conversaciones, que tendrían un plazo inicial de 60 días. Una concesión menor frente a la posición inicial de Trump y Netanyahu que era la eliminación completa del programa nuclear y la entrega de los más de 400 kilos de uranio enriquecido de grado militar que sigue en manos de la Guardia Republicana.

    Como sea, la reapertura del estrecho de Ormuz provocó una inmediata caída de los precios internacionales del crudo y una suba de los mercados de futuro bursátiles, ante la expectativa de una normalización del suministro energético. 

    El acuerdo incluye conversaciones sobre el alivio de sanciones económicas a Irán. Estados Unidos podría liberar hasta 25.000 millones de dólares en activos iraníes congelados y flexibilizar algunas restricciones sobre las exportaciones de petróleo, aunque esos puntos aún deberán ser ratificados en la negociación final en Suiza,

    La ceremonia oficial de firma será el viernes, 19 de junio, en Suiza. Nos gustaría agradecer a los Estados Unidos de América y a la República Islámica de Irán por su compromiso en encontrar una solución diplomática al conflicto. También nos gustaría extender nuestro sincero agradecimiento a nuestros hermanos en este esfuerzo de mediación, el gran liderazgo del Estado de Qatar, por su apoyo en alcanzar este acuerdo

    Durante las últimas semanas existieron versiones contradictorias entre Washington y Teherán respecto del grado de avance de las conversaciones, especialmente sobre el control del Estrecho de Ormuz y las condiciones vinculadas al programa nuclear iraní. La negociación estuvo cerca de fracasar tras un reciente ataque israelí contra objetivos vinculados a Hezbollah en Beirut en El Líbano que generó la furia de Trump con Netanyahu.

    En ese sentido, uno de los interrogantes del acuerdo gira en torno a la reacción de Israel que rechaza el apartado anunciado por Pakistán sobre la guerra en El Libano y la retirada de las Fuerzas de Defensa de Israel de terrario libanés.

    El acuerdo también dejó en una posición de fuerza al presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, que evitó alinearse con Estados Unidos y logró hacer valer su creciente peso internacional.

    El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan.

    «Subrayo con importancia que, en el proceso hasta el día en que se firmen las firmas, se debe evitar cualquier discurso, provocación y acción que eleve la tensión, y se debe ser cuidadoso contra posibles sabotajes. Agradezco a Pakistán por sus excepcionales esfuerzos de mediación, especialmente a los liderazgos de Estados Unidos e Irán, en la obtención de este resultado. Además, quiero expresar que recibo con aprecio el apoyo proporcionado por Catar y Arabia Saudita a las iniciativas diplomáticas», agregó.

    «Como Turquía, continuaremos apoyando todos los esfuerzos dirigidos a establecer la paz, la estabilidad y la tranquilidad en nuestra región, y contribuyendo a soluciones permanentes sobre la base de la diplomacia y el derecho internacional», cerró.

    Subrayo con importancia que, en el proceso hasta el día en que se firmen las firmas, se debe evitar cualquier discurso, provocación y acción que eleve la tensión, y se debe ser cuidadoso contra posibles sabotajes. 

    De concretarse la firma prevista para esta semana, el acuerdo podría poner fin a más de tres meses de conflicto abierto entre Estados Unidos e Irán y reconfigurar el equilibrio político y energético en Medio Oriente. Sin embargo, el éxito del proceso dependerá de las negociaciones posteriores sobre el programa nuclear iraní y del cumplimiento efectivo de los compromisos asumidos por ambas partes.

    Pero los mercados financieros estadounidenses ya se preparan para iniciar la semana con subas. Los futuros de los principales índices bursátiles como Dow Jones, del S&P 500 y del Nasdaq mostraban una tendencia positiva.

    El optimismo de los inversores está vinculado principalmente a la caída del precio del petróleo. La perspectiva de que el Estrecho de Ormuz vuelva a operar con normalidad redujo los temores sobre interrupciones en el suministro mundial de energía, provocando una fuerte baja del crudo y mejorando el apetito por activos de riesgo. 

    Es por eso que el acuerdo es clave para Trump frente a las elecciones legislativas de noviembre en Estados Unidos. Desde el inicio de la guerra, la economía norteamericana registró el índice de inflación más alto de los últimos tres años y sufrió una caída del empleo, dos variables determinantes para la suerte electoral del gobierno.

     

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  • Uribelarrea consiguió USD 400 millones en medio de la pulseada por Metrogas

     

    MSU Green Energy, la empresa de Manuel Santos Uribelarrea, consiguió sumar USD 400 millones con una obligación negociable verde que pagó una tasa de 9,75%. 

    La firma energética consiguió así fondos frescos en medio de la pelea por Metrogas. De paso, aporta dólares financieros que contribuirán a sostener el esquema cambiario del Gobierno.

    La tasa es alta. Casi dos dígitos en dólares para una emisión a diez años muestra que el mercado volvió a prestar, pero no barato. La ventanilla está abierta, aunque del otro lado cobran el riesgo argentino con lapicera gruesa. 

    Como sea, la colocación de MSU entra en una película más grande. Las obligaciones negociables se convirtieron en una de las canillas principales de ingreso de divisas por la cuenta financiera. 

    La guerra interna de los Neuss impacta en la venta de Metrogas

    El salto fue fuerte. Según los datos de la CNV, en 2024 las empresas emitieron obligaciones negociables por USD 12.479 millones. En 2025, el número trepó a 17.748 millones. Es un aumento de más del 42% en apenas un año. 

    La tendencia se profundiza en 2026. De acuerdo con PwC, en el primer cuatrimestre se colocaron USD 5.586 millones, medidas al contado con liquidación. Fue el mayor monto para un primer cuatrimestre desde que arranca la serie en 2015. 

    La deuda privada no sólo financia a las empresas. También le arma al Gobierno un flujo de divisas que permite mostrar calma cambiaria. Cada colocación externa suma oferta de dólares. Le da aire al Banco Central y le permite al equipo económico sostener el tipo de cambio. El mercado de deuda privada pasó de ser una herramienta de financiamiento corporativo a ocupar un lugar central en la arquitectura cambiaria.  

     

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