El miedo a los niños
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El miedo a los niños

 

Hoy como en los 90 se vende una ilusión que no es más que eso, y que sólo puede sostenerse con un creciente disciplinamiento y una feroz represión que se festeja sin tapujos.

Por Ariel Fernández para NLI

Creer que bajar la edad de imputabilidad puede ser algo positivo en un país que se hunde en la desocupación y es atravesado por los más violentos discursos sociales, es al menos, ingenuo.

Está claro que las penas no resuelven nada, menos aún si hablamos de menores. Van a ser enviados a la cárcel, no para ayudarlos, sino para desecharlos. Hay una sociedad que prefiere no mirarse, que fomenta la eliminación de niños que no tienen escapatoria y que no son más que un producto neto de la misma sociedad que los señala.

Estamos en peligro, no hay dudas de eso, especialmente porque las respuestas a lo que nos pasa están tan cerca de nosotros que se nos hace imposible verlas.

Los pibes y las pibas arrastran nuestros dolores, nuestros despidos, la perversión de un estado que cada vez los empuja más a los márgenes, a un futuro devastado.

La muerte se los lleva cada vez más rápido o los condena sin la sentencia de un juez. La aleja de su naturaleza, de los colegios, de jugar a la mancha o de saborear un dulce. Desde las altas cumbres que se erigen en el dinero, son quienes ocupan los tronos principales los que definen a esos pibes y pibas, los que determinan cómo son y cuáles son sus derechos.

Los pibes concebidos como desecho de una sociedad que está partida al medio, que los insulta, que les teme con un miedo sin ningún fundamento más allá del que construyeron desde hace años un sector político con la complicidad de los medios de comunicación hegemónicos.

Son los excluidos de los excluidos. La parte más vulnerable de un sistema que no vislumbra un futuro colectivo, sino una especie de evolución donde los mejores lograrán ser empresarios de sí mismos.

Hoy como en los 90 se vende una ilusión que no es más que eso, y que sólo puede sostenerse con un creciente disciplinamiento y una feroz represión que se festeja sin tapujos.

La pobreza es un fenómeno que no para (y no tenemos por qué creer que esto va a cambiar) y establece reglas cada vez más desiguales, cada vez más injustas.

Entonces, para la gente de “bien”, la ecuación termina siendo perfecta, esos pibes ya no van a estar, porque los mata una bala, la droga o el encierro.

Todo parece terminar en la fría y perversa sensación (maldita y estúpida sensación) de aceptar sin miramientos la vida que, a pesar de nuestra voluntad, nos toca.

 

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    El año que nunca existió

     

    Cada vez que cambia un siglo o un milenio reaparece la misma pregunta: ¿hubo un “año cero” entre el 1 a. C. y el 1 d. C.? La respuesta corta es no. Pero la historia detrás de esa ausencia revela una compleja mezcla de religión, matemáticas, astronomía y tradición historiográfica que todavía genera debates entre especialistas.

    Por Alcides Blanco para NLI

    El calendario que usamos… y su extraño salto

    En el calendario que domina la vida moderna —el gregoriano, heredero del juliano romanono existe el año cero. Después del 31 de diciembre del año 1 a. C. siguió directamente el 1 de enero del año 1 d. C..

    Esta particularidad tiene una explicación histórica. El sistema de datación “Anno Domini” (Año del Señor) fue elaborado en el siglo VI por el monje Dionisio el Exiguo, quien intentó calcular el año del nacimiento de Jesús para reemplazar los calendarios basados en emperadores romanos. Pero Dionisio no incluyó el cero, porque en la cultura matemática europea de su tiempo los años se contaban empezando en uno. En la mentalidad latina, el cero no existía como concepto: los romanos no tenían símbolo para el vacío y contaban los años como posiciones en una lista ordinal. Antes del “primer” año, simplemente no había nada.

    La convención fue consolidada dos siglos después por el historiador anglosajón Beda el Venerable, cuya obra sobre cronología difundió el sistema por toda Europa medieval. Así quedó fijado el esquema que aún utilizamos.


    El problema histórico: ¿dónde empieza realmente la era cristiana?

    La ausencia del año cero generó una paradoja cronológica. Si el calendario comienza en el año 1, entonces la primera década fue del 1 al 10, no del 0 al 9. Lo mismo ocurre con siglos y milenios. Esta cuestión reaparece periódicamente en debates públicos: por ejemplo, cuando se discutió si el siglo XXI comenzó en 2000 o en 2001. Desde el punto de vista estrictamente histórico, la respuesta correcta es 2001, porque la cuenta empieza en 1.

    Pero el problema es aún más complejo: ni siquiera el año 1 coincide con el nacimiento real de Jesús. Investigaciones modernas sitúan ese hecho entre el 6 y el 4 a. C., debido a errores en los cálculos originales basados en el reinado de Herodes el Grande. En otras palabras, el calendario cristiano empezó tarde respecto del acontecimiento que pretendía marcar. Sobre este punto, ya hemos realizado un análisis detallado que examina las evidencias históricas y los errores de cálculo del calendario cristiano.


    Qué dicen los historiadores

    La mayoría de los historiadores coincide en que el año cero nunca existió en la cronología histórica tradicional, pero el debate surge cuando se comparan disciplinas. El historiador del tiempo Anthony Aveni señala que los sistemas cronológicos antiguos no eran matemáticos sino narrativos, por lo que “los años se numeraban como reinados o ciclos, no como secuencias abstractas”.

    Los astrónomos, en cambio, sí utilizan un año 0 en sus cálculos modernos. En la cronología astronómica, el año 0 corresponde al 1 a. C., el año −1 al 2 a. C., y así sucesivamente. Este sistema facilita los cálculos matemáticos con fechas antiguas. El historiador de la ciencia Jacques Le Goff resumía la situación con ironía:“La historia vive sin el año cero; la astronomía no puede trabajar sin él.”


    Calendarios que sí tienen año cero

    Curiosamente, otros sistemas de medición del tiempo sí incorporan un año cero.

    Algunos calendarios modernos o científicos —como ciertas cronologías astronómicas o calendarios reformados— lo utilizan porque facilita las operaciones matemáticas y la continuidad numérica.

    Incluso hay calendarios históricos que comienzan explícitamente con un año 0, como algunas eras astronómicas o sistemas de datación modernos diseñados para evitar el salto entre el 1 a. C. y el 1 d. C. Pero la tradición occidental heredada de la Edad Media nunca adoptó ese criterio.


    Un error que se convirtió en tradición

    El resultado es una paradoja fascinante de la historia cultural. La cronología más usada del planeta —la que organiza contratos, aniversarios, calendarios escolares y archivos históricos— contiene una discontinuidad matemática en su punto de origen.

    No es un error técnico reciente, sino una herencia del pensamiento medieval, cuando el número cero todavía no formaba parte del lenguaje cotidiano de Europa. En otras palabras, la humanidad cuenta los años desde hace quince siglos con un pequeño vacío en el origen del tiempo. Y ese vacío se llama, precisamente, el año que nunca existió.


    Notas

    1. La cronología “Anno Domini” fue creada en el siglo VI por Dionisio el Exiguo.
    2. El sistema se difundió en Europa gracias a la obra histórica de Beda el Venerable en el siglo VIII.
    3. El calendario gregoriano —vigente desde 1582— heredó la ausencia del año cero del calendario juliano y del sistema medieval de datación.

     

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