El gobierno quiere suspender las PASO para evitar que una derrota desate una corrida como la de Macri de 2019

El gobierno quiere suspender las PASO para evitar que una derrota desate una corrida como la de Macri de 2019

 

La decisión del Gobierno de suspender las PASO no responde sólo a la idea de quitarle al peronismo un instrumento para unificarse. Forma parte del plan para sostener la estabilidad financiera. En la Casa Rosada creen que si Milei sale segundo en votos las primarias atrás del peronismo, el plan económico podría enfrentar una crisis de confianza, como le ocurrió a Macri en 2019 y eso pondría en riesgo un triunfo en primera vuelta.

«En el Gobierno están muy preocupados con el antecedente de Macri en 2019, cuando perdió las PASO se derrumbó el plan económico y no pudo reelegir», confirmó a LPO un diputado de diálogo fluido con la Casa Rosada.

El fantasma que recorre la Casa Rosada tiene fecha precisa: el 11 de agosto de 2019. La fórmula de Mauricio Macri y Miguel Ángel Pichetto perdió las PASO por más de 15 puntos frente a Alberto Fernández y Cristina Kirchner. 

La derrota agravó la crisis de confianza. El dólar saltó cerca de 25% en una rueda, los bonos y las acciones se desplomaron y el riesgo país se disparó. Con el paso de los meses, el Gobierno debió reperfilar la deuda y reinstalar el cepo cambiario.

El 62 por ciento de los argentinos considera que la economía está mal y crece el rechazo a Milei

Las encuestas que circulan entre funcionarios alimentan esos temores. Una medición de Casa Tres de Mora Jozami, que trabaja para el PRO, muestra que Axel Kicillof y Cristina Kirchner ya igualan la imagen positiva de Javier Milei, cuya imagen negativa llega al 54% y supera a la del gobernador bonaerense. Ese mismo trabajo ubica a Kicillof como el principal referente opositor. Cuando se pregunta quién representa mejor la oposición al Gobierno, el gobernador bonaerense reúne 36 puntos contra 23 de Cristina Kirchner. 

En el Gobierno están muy preocupados con el antecedente de Macri en 2019, cuando perdió las PASO se derrumbó el plan económico y no pudo reelegir.

La última encuesta Latam Pulse Argentina, elaborada por Atlas Intel y Bloomberg, a la que accedió LPO, dibuja un escenario todavía más incómodo para el oficialismo. El 62% considera que la situación económica es mala y el 49% cree que empeorará durante los próximos seis meses. En paralelo, el 53,8% califica la gestión de Milei como mala o muy mala, frente a un 33,5% que la considera buena o muy buena. Esa es precisamente la intención de voto que le adjudican a Milei en el Congreso.

«Con 33% de intención de voto, Milei puede perder las primarias ante un peronismo que históricamente ronda el 35%, por eso en la Casa Rosada están desesperados por sacar cuanto antes la eliminación o suspensión de las PASO», agregó el diputado consultado.

La tarea quedó en manos del flamante jefe de Gabinete, Diego Santilli, que debe negociar la reforma electoral con los gobernadores aliados y sobre todo, los diputados del PRO que conduce su amigo Cristian Ritondo. Los 12 diputados del PRO tienen la llave para habilitar la eliminación de las PASO. Ritondo confirmó a LPO que «por ahora no tuvimos un diálogo profundo sobre este tema, más allá del proyecto que mandó».

El gobernador bonaerense, Axel Kicillof.

Un trabajo de la Universidad de San Andrés, confirma los números que preocupan a la Casa Rosada. En esa encuesta Milei tiene una aprobación del 33%, un punto por debajo de Kicillof, el candidato peronista que mejor mide.

La novedad es que el ballotage que en el 2023 jugó a favor de Milei, ahora le juega en contra, en consonancia con el rechazo del plan económico que ronda el 60%.

Advierten que el Banco Mundial y el BID podrían frenar desembolsos por el año electoral

Esto fue confirmado por un trabajo del Observatorio de Psicología Aplicada de la UBA, que publicó Clarín esta semana, que reveló que en un escenario de ballotage Axel Kicillof se impone por casi nueve puntos sobre Milei con el 48,2% contra un 39,3% del libertario.

El temor del gobierno a una corrida si no logra imponerse con claridad en las PASO, no es descabellado. Las dudas sobre la reelección de Milei fueron el centro del análisis difundido por JP Morgan y resumido por El Economista con un título elocuente: el banco sometió a un «stress test» al programa financiero y advirtió que podrían faltar dólares si la elección resulta competitiva. 

Un trabajo del Observatorio de Psicología Aplicada de la UBA, que publicó Clarín esta semana, que reveló que en un escenario de ballotage Axel Kicillof se impone por casi nueve puntos sobre Milei con el 48,2% contra un 39,3% del libertario.

El ministro Caputo intentó disipar esas dudas al presentar su «programa financiero» de este año y el próximo, donde intenta mostrar que tendrá los dólares para pagar los vencimientos de deuda. En su informe, el JP Morgan consideró que el escenario base presentado por Caputo es consistente sólo si Milei mantiene una ventaja electoral sólida durante todo el proceso electoral, que incluye las primarias de agosto. 

Bajo esa hipótesis, JP Morgan estima que el Tesoro podría obtener unos 5.000 millones de dólares mediante la colocación de Bonares, sumar 4.200 millones de organismos multilaterales, recaudar 1.500 millones por privatizaciones y 2.000 millones a través de préstamos bilaterales. 

Pero el informe advierte que si la elección se vuelve competitiva, el Gobierno apenas podría colocar la mitad de esos bonos, recaudaría menos por privatizaciones y obtendría menos financiamiento externo. El esfuerzo pasaría de unos 4.900 millones de dólares a alrededor de 10.700 millones, prácticamente el equivalente al superávit primario proyectado para 2027. 

Además, el banco recuerda que ese ejercicio ni siquiera incorpora eventuales pasivos contingentes, como el juicio por los cupones atados al PBI, ni los pagos de hasta 5.300 millones de dólares que el Banco Central deberá afrontar por los Bopreal durante ese año. La conclusión del informe es que, aunque 2026 ofrece margen para transitar con cierta comodidad, todavía será necesario fortalecer las reservas y ampliar las fuentes de financiamiento para atravesar un año electoral sin sobresaltos. 

 

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  • La nueva desigualdad estructural

     

    En el último año se triplicó la cantidad de hogares argentinos que no llegan a pagar sus créditos. La morosidad bate récords. El dato importa y genera una preocupación obvia y compartida. Pero mirar solo las deudas impagas es confundir el síntoma con el problema. 

    Esta es la segunda nota publicada en Anfibia que retoma y profundiza la investigación del libro Una historia de cómo nos endeudamos (Siglo XXI editores) para analizar lo que sucede un poco más allá del ruido de la coyuntura.

    El primer texto explicaba por qué no todas las deudas son iguales y por qué es fundamental prestarle atención a cómo se experimentan, toman sentido y son vividas. Para una parte importante de la sociedad, las deudas que cargan no son el precio de algo —no son el escalón hacia ningún lugar. Son simplemente el precio de permanecer en el lugar. Para no caer. Eso es la deuda de sacrificio: una deuda sin aspiración. Una deuda que es el precio de sobrevivir.

    Ahora vamos a dar un paso más allá, y cambiar el foco: abandonamos las experiencias y analizamos las estructuras. 

    Las deudas de sacrificio pasaron de ser amortiguadores transitorios de las crisis a un rasgo estructural de la desigualdad de la sociedad argentina. 

    La mora es el árbol. Esa transformación social es el bosque.

    En nuestro país no hay una serie de largo plazo sobre prácticas financieras de los hogares. Y las encuestas que preguntan si alguien está «endeudado» no alcanzan: para medir la desocupación no se consulta «¿usted está desocupado?». El problema es el mismo: no sabemos qué entiende cada quien por esa palabra y cuántas realidades se ocultan o distorsionan en las respuestas.

    La pregunta que importa no es si hay deuda. Es para qué fue tomada: ¿para crecer o para no caer? Le sigue otra pregunta, derivada de la anterior: ¿qué nos dice el cambio de las dinámicas de endeudamiento de las familias sobre la desigualdad social de un país?

    La Encuesta Permanente de Hogares brinda información que ayuda a resolver, aunque no del todo, estas preguntas. En Una historia de cómo nos endeudamos (Siglo XXI editores) nos apoyamos en algunos indicadores de la encuesta periódica del INDEC para trazar los rasgos de una transformación social que tiene a las deudas de los hogares como driver principal. Podemos ver la evolución de los que tomaron crédito y, al mismo tiempo, «sacrificaron» ahorros y/o bienes, entre 2003 y 2025. Un proxy de acceso al crédito bajo estrés financiero, no de deuda en general.

    La serie completa muestra dos Argentinas, y no se diferencian por el volumen de la deuda sino por la función que cumple y para quién.

    Primera etapa (2003-2014). Con la crisis de 2007-2009, estos hogares subieron de 12,9% a 17,2% y, cuando la crisis pasó, casi volvieron a su nivel previo. La deuda amortiguó. Y en esta etapa no hubo un patrón de clase estable: el 20% más rico estuvo tan expuesto como el 20% más pobre.

    Segunda crisis (2016-2019). El indicador volvió a subir. Pero esta vez no volvió a bajar. El piso posterior quedó casi 70% por encima del período previo. Ahí arrancó el segundo tiempo de la historia, y es donde la función empezó a cambiar de manos.

    Al analizar el indicador en sus dos partes -gastar ahorros y vender pertenencias- aparece el mecanismo exacto de esa transformación.

    Vender pertenencias nunca fue parejo. El 20% más pobre se deshizo de sus cosas siempre más que el 20% más rico, desde 2003. Esto no se volvió desigual: siempre lo fue. Lo que cambió después de 2016 fue la magnitud de esa desigualdad, que se agrandó con fuerza. Gastar ahorros sí era parejo, y con signo opuesto: hasta 2016, quien más los gastaba era el rico, no el pobre —los doce años de esa etapa, sin excepción. Después de 2016, se invirtió: pasó a ser predominantemente el pobre.

    Dos historias distintas que terminan en el mismo lugar: una que siempre fue desigual y se agrava; otra que cambia de manos por completo.

    Al sumar las dos series se ve que hasta 2016, ricos y pobres corrieron parecido en la deuda de sacrificio agregada. Desde entonces, el 20% más pobre se despegó y quedó sistemáticamente arriba del 20% más rico.

    La desigualdad no nació en 2016. Ya estaba ahí, escondida en el componente de venta de bienes —que siempre fue más común entre los sectores de menos ingresos. Lo que cambió en 2016 fue que se recurrió a esa forma de capitalizarse más que a gastar ahorros, y pasó a pesar más en el promedio. Por eso el indicador agregado, que antes no distinguía por clase, terminó arrastrado hacia el grupo más expuesto a tomar créditos y vender sus bienes: los sectores de menos ingresos.

    En 2024 las deudas de sacrificio tocaron su máximo histórico: más del doble que al comienzo de la serie. Lo excepcional se volvió estructural, y siguió impactando sobre todo en los que menos tienen.

    Al mismo tiempo cambió la composición del endeudamiento. El crédito bancario formal fue la fuente que más creció en 22 años en general, y en los sectores de menos ingresos en particular. Y desde la salida de la pandemia, no paró de aumentar. Los préstamos entre familiares cayeron hasta 2023, pero repuntaron en los últimos dos años. Las dos fuentes aún conviven no se reemplazaron.

    Lo que sí revela un desfasaje de clase es el ritmo de bancarización. A nivel país, el peso del préstamo bancario alcanzó y superó al préstamo familiar alrededor de 2011: ambas fuentes se cruzaron en torno al 15,6% cada una. En el 20% más pobre eso nunca llega a pasar: el préstamo familiar siguió siendo, en 2025, la fuente más importante de las dos (32,9% contra 20,9% del crédito bancario). Lo que sí ocurrió es una convergencia: la brecha entre ambas fuentes, que era de 43 puntos en 2003, se achicó a 12 puntos en 2025 —y esa convergencia se aceleró justo en la ventana en que la deuda de sacrificio se volvía estructural y desigual. Los hogares de menores ingresos se acercaron al patrón de bancarización que el resto de la sociedad ya tenía hace más de una década, sin terminar de alcanzarlo.

    La mora aparece justo ahí. No es coincidencia, aunque tampoco alcanza con mirar cuánto creció el crédito: hay que preguntar a quién llegó, y cuándo.

    Dos desigualdades viejas se confirman: inquilinos y hogares con menores de edad ya estaban más expuestos antes de 2016, y ahora lo están más. Pero aparece un tercer y nuevo factor de desigualdad: la precariedad labora. La inestabilidad del trabajo se suma a la lista de lo que empuja a los hogares hacia la deuda de sacrificio.

    Por eso la morosidad récord de 2025-2026 no aparece sobre una sociedad que se quebró de repente. Aparece sobre una sociedad donde la deuda venía cambiando de función, y de manos, desde hacía casi una década.

    Si el problema es la mora, discutimos tasas y refinanciaciones. Si el problema es que las deudas de sacrificio dejaron de amortiguar las crisis para organizar la desigualdad, la pregunta es otra: por qué una parte creciente de los hogares solo logra reproducir su vida cotidiana endeudándose y sacrificando ahorros y bienes.

    Donde falla un derecho —laboral, social— no nace una necesidad. Nace una deuda de sacrificio.

    La entrada La nueva desigualdad estructural se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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