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El fin de semana se realizará una nueva edición de la Fiesta del Inmigrante

Durante sábado 18 y domingo 19 se podrá disfrutar de una nueva edición de la Fiesta del Inmigrante, espacio en el que Villa Regina celebrará y rendirá homenaje a la diversidad de costumbres de nuestro país.

De esta manera, Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Cuba, Estados Unidos, Italia, Medio Oriente, y Venezuela desplegarán su gastronomía y sus comidas típicas. A ellos se sumará el stand del Mundo de los niños.

La Fiesta, que se desarrollará en el polideportivo Cumelen, tendrá su acto de apertura el sábado a las 19 horas. A partir de las 20,30 comenzarán los espectáculos y el cierre estará a cargo de Luis Carrasco.

El domingo la apertura será a las 17 horas, tras lo cual se dará inicio a las actividades artísticas y el cierre con Mauro Guiretti.

El valor de la entrada es de $100 (mayores de 10 años).

Cabe aclarar que se trata de la XVI edición de la Fiesta y la II de carácter provincial tras la  declaración de la Legislatura de Río Negro. 

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    El Gobierno convertir en una empresa independiente a su división YPF Agro y habilitar el ingreso de capital privado por hasta el 50% del capital, como una alternativa para avanzar en la apertura de negocios de YPF al sector privado.

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    El modelo permite que YPF opere simultáneamente en dos mercados estratégicos para la economía argentina: el agro y los combustibles. Para el productor, además, representa una alternativa de financiamiento y de comercialización de su cosecha.

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    El día que Buenos Aires quedó a oscuras: la electricidad que cambió para siempre la vida porteña

     

    La llegada de la electricidad transformó Buenos Aires mucho más allá del alumbrado público: modificó el trabajo, el transporte, los hogares y la vida nocturna de la ciudad.

    Por Redacción de NLI

    En 1931 se apagó el último farol alimentado con alcohol de la Ciudad, ubicado en Villa Lugano

    Hoy resulta casi imposible imaginar una Buenos Aires en la que encender una luz no fuera un gesto automático, en la que una calle pudiera quedar prácticamente a oscuras después de la puesta del sol y en la que las actividades económicas, culturales y sociales estuvieran condicionadas por la disponibilidad de iluminación natural. Sin embargo, durante buena parte del siglo XIX esa era la realidad cotidiana de los porteños, y la transformación que posteriormente produjo la electricidad fue tan profunda que terminó modificando no solamente la manera de iluminar una habitación, sino también los horarios de trabajo, el funcionamiento de las fábricas, el transporte, los espectáculos, la actividad comercial y hasta la percepción que los habitantes tenían de su propia ciudad. La electrificación de Buenos Aires fue, en definitiva, una de las grandes revoluciones silenciosas que construyeron la metrópolis que conocemos actualmente.

    La electricidad no apareció de golpe ni llegó a todos los hogares al mismo tiempo, sino que atravesó un largo proceso de experimentación, inversiones y construcción de infraestructura que acompañó la modernización acelerada de Buenos Aires durante las últimas décadas del siglo XIX. Antes de convertirse en un servicio cotidiano, fue una tecnología extraordinaria que se utilizaba en demostraciones, instalaciones particulares y determinados espacios públicos o comerciales, mientras que la iluminación urbana dependía fundamentalmente de sistemas basados en el aceite y, posteriormente, en el gas. El verdadero cambio comenzó cuando la generación eléctrica pudo combinarse con redes de distribución suficientemente amplias como para llevar energía desde las centrales hasta distintos puntos de la ciudad, porque la revolución no consistía simplemente en inventar una lámpara eléctrica, sino en construir un sistema capaz de hacer que millones de personas pudieran encenderla cuando quisieran.

    Antes de la electricidad, la noche era otra cosa

    Durante siglos, la oscuridad había impuesto límites concretos a la actividad humana. En una ciudad como Buenos Aires, donde la vida económica y social fue creciendo rápidamente durante el siglo XIX, las alternativas para iluminar las calles y los edificios eran necesariamente limitadas. Las velas y las lámparas de aceite permitían resolver determinadas necesidades domésticas, mientras que el alumbrado público requería sistemas de mantenimiento permanente que no podían ofrecer la intensidad ni la regularidad que posteriormente alcanzaría la iluminación eléctrica.

    La incorporación del alumbrado a gas representó un avance enorme y constituyó uno de los primeros pasos hacia una ciudad capaz de prolongar su actividad después de la puesta del sol. Las calles, edificios y espacios públicos podían disponer de una iluminación mucho más potente que la ofrecida por las tecnologías anteriores, y Buenos Aires comenzó a experimentar una transformación de sus hábitos nocturnos. La aparición del gas también demostró que la iluminación urbana podía convertirse en una infraestructura permanente y organizada, dependiente de redes y empresas especializadas, y no solamente de miles de pequeñas fuentes de luz distribuidas individualmente.

    Pero el gas todavía tenía limitaciones importantes y, sobre todo, pertenecía a una etapa tecnológica que estaba empezando a quedar atrás frente a las posibilidades de la electricidad. Las grandes ciudades del mundo experimentaban entonces una carrera por incorporar nuevas formas de energía a sus sistemas urbanos, y Buenos Aires, que pretendía consolidarse como una capital moderna vinculada económica y culturalmente con Europa, no permaneció al margen de ese proceso.

    La electricidad llegó primero como una demostración de futuro

    Las primeras experiencias eléctricas porteñas estuvieron lejos de parecerse al sistema que hoy consideramos normal. Durante las décadas iniciales, la electricidad podía encontrarse en instalaciones particulares, establecimientos específicos o demostraciones destinadas a mostrar las posibilidades de una tecnología que todavía resultaba novedosa para la mayoría de la población. El problema no era solamente conseguir producir electricidad, sino encontrar una forma eficiente de distribuirla y mantener el suministro de manera relativamente estable.

    Ese aspecto resulta fundamental para comprender cualquier proceso de electrificación: una ciudad no se electrifica instalando lámparas, sino construyendo una red. Esa red necesita centrales generadoras, sistemas de transporte de la energía, estaciones de transformación, tendidos, instalaciones de seguridad y una organización empresarial capaz de mantener todo el conjunto funcionando. Cada nuevo usuario agrega demanda y obliga a ampliar la infraestructura, por lo que la electrificación se convierte rápidamente en un proceso acumulativo en el que una mejora tecnológica genera nuevas necesidades y esas necesidades impulsan nuevas inversiones.

    Buenos Aires comenzó a atravesar ese proceso mientras experimentaba una expansión demográfica y económica extraordinaria. La llegada masiva de inmigrantes, el crecimiento de las actividades comerciales, la expansión de los servicios y el desarrollo de nuevas zonas urbanas generaban una demanda cada vez mayor de infraestructura. La electricidad encontró allí un terreno particularmente favorable porque podía responder simultáneamente a necesidades muy diferentes: iluminar, mover máquinas, alimentar sistemas de transporte y, con el tiempo, hacer funcionar una enorme cantidad de aparatos domésticos.

    Cuando la luz empezó a cambiar los horarios

    La consecuencia más evidente de la electrificación fue, naturalmente, la iluminación, pero su verdadero impacto estuvo en todo aquello que la iluminación hizo posible. Cuando una ciudad consigue disponer de luz artificial abundante y relativamente estable, comienza a modificar su relación con el tiempo, porque las horas posteriores al anochecer dejan de representar necesariamente el final de la actividad.

    Los comercios podían extender sus horarios, los teatros y salas de espectáculos podían funcionar con mayor comodidad, los restaurantes podían recibir clientes durante más tiempo y las calles podían mantener una actividad nocturna que anteriormente estaba mucho más condicionada por las posibilidades de iluminación. La noche comenzó a incorporarse progresivamente a la vida económica y cultural de Buenos Aires, y con ella apareció una nueva percepción de la ciudad: una metrópolis que no necesitaba apagarse completamente cuando desaparecía la luz natural.

    Este cambio tuvo una dimensión social particularmente importante porque modificó las rutinas de una población que hasta entonces había organizado buena parte de su vida alrededor del ciclo natural del día y la noche. La electricidad permitió que el tiempo útil de una jornada se ampliara, aunque esa posibilidad también tuvo consecuencias contradictorias, especialmente en el mundo del trabajo, donde la existencia de iluminación artificial podía significar tanto mejores condiciones para determinadas tareas como la posibilidad de extender los horarios laborales.

    La fábrica ya no tenía que obedecer al sol

    La industria fue uno de los sectores que más rápidamente aprovechó las posibilidades de la electricidad. Las fábricas podían incorporar iluminación más eficiente y, progresivamente, utilizar motores eléctricos que ofrecían ventajas importantes frente a otras fuentes de energía. La electrificación industrial no solamente permitió mejorar determinadas condiciones de producción, sino que facilitó una organización mucho más flexible de las instalaciones, porque la energía podía distribuirse hacia diferentes máquinas sin depender exclusivamente de un único sistema mecánico central.

    En Buenos Aires, este proceso acompañó la expansión de una economía urbana cada vez más diversificada, en la que crecían las actividades manufactureras, los talleres y las empresas vinculadas con el consumo de una población en aumento. La electricidad permitió que la producción pudiera desarrollarse durante períodos más extensos y contribuyó a crear una ciudad industrial que necesitaba cantidades cada vez mayores de energía.

    Pero aquella transformación también planteó una contradicción que acompañaría la historia del desarrollo industrial durante décadas. La electricidad podía mejorar la productividad y las condiciones materiales de determinadas tareas, pero al mismo tiempo permitía que las empresas extendieran los períodos de funcionamiento, porque la llegada de la noche ya no constituía necesariamente una barrera técnica para continuar produciendo.

    La modernización, como tantas veces ocurrió en la historia, no tenía una única consecuencia social.

    La electricidad también empezó a mover la ciudad

    La expansión de la electricidad no se limitó a los edificios y las fábricas, porque muy pronto alcanzó otro de los grandes problemas de una Buenos Aires en crecimiento: el transporte. El desarrollo del tranvía eléctrico permitió reemplazar progresivamente los antiguos sistemas de tracción animal por vehículos que podían desplazarse mediante energía eléctrica, ampliando las posibilidades de transporte urbano y contribuyendo a la expansión territorial de la ciudad.

    Esto produjo un efecto particularmente importante porque la electrificación empezó a actuar simultáneamente sobre dos dimensiones fundamentales de la vida urbana: permitía iluminar la ciudad y, al mismo tiempo, permitía moverla. Los cables eléctricos comenzaron a formar parte del paisaje porteño y la infraestructura necesaria para sostenerlos se convirtió en una nueva capa tecnológica superpuesta sobre una ciudad que ya estaba creciendo rápidamente.

    Los tranvías eléctricos ayudaron a conectar barrios alejados del centro, facilitaron los desplazamientos cotidianos y permitieron que muchas personas pudieran vivir a mayor distancia de sus lugares de trabajo. De esta manera, la electricidad no solamente hizo posible que Buenos Aires permaneciera activa durante la noche, sino que también contribuyó a que pudiera extenderse geográficamente.

    El negocio que estaba detrás de cada lámpara

    La electrificación también generó un enorme negocio alrededor de la producción y distribución de energía. Construir centrales, tender redes y abastecer a una población creciente requería inversiones de gran magnitud, por lo que diferentes empresas participaron de un proceso en el que se fueron definiendo las características del sistema eléctrico porteño. La historia de la electricidad estuvo desde el comienzo vinculada, por lo tanto, con una cuestión que adquiriría enorme importancia durante el siglo XX: quién debía controlar una infraestructura de la que dependía cada vez más la vida de toda la sociedad.

    La electricidad no era comparable con cualquier mercancía porque una interrupción del suministro podía afectar simultáneamente a hogares, comercios, fábricas, hospitales, transportes y servicios públicos. A medida que la dependencia aumentaba, también crecía la importancia política y económica de las empresas responsables de la generación y distribución.

    Esa discusión atravesaría diferentes etapas de la historia argentina, desde la expansión de compañías privadas hasta la intervención estatal y las posteriores transformaciones del sector energético. Lo interesante es que el debate no nació recientemente: está presente desde el mismo momento en que la electricidad dejó de ser una curiosidad tecnológica y se convirtió en una infraestructura indispensable para la vida urbana.

    Cuando la electricidad entró finalmente en las casas

    La transformación más íntima se produjo cuando la electricidad comenzó a incorporarse de manera creciente a los hogares. Para una persona acostumbrada a encender una vela o una lámpara de aceite, poder iluminar una habitación simplemente accionando un interruptor debía representar una experiencia extraordinaria, pero el verdadero cambio estaba en todo lo que esa facilidad permitía hacer.

    La iluminación eléctrica eliminaba buena parte de los inconvenientes asociados al fuego, ofrecía una luz más uniforme y permitía disponer de ella inmediatamente, sin necesidad de preparar una llama. Con el tiempo, además, la instalación eléctrica doméstica abrió la puerta a una enorme cantidad de nuevos aparatos y servicios que transformarían las tareas del hogar, aunque esa segunda revolución se desarrollaría plenamente durante el siglo XX.

    Lo importante fue que la electricidad dejó de ser percibida como una demostración de lujo y comenzó a convertirse en una condición esperada de la vida moderna. Una vivienda sin electricidad empezó progresivamente a ser considerada incompleta, de la misma manera que una ciudad sin alumbrado eléctrico comenzó a parecer atrasada frente a otras capitales.

    La tecnología había conseguido algo fundamental: transformar lo extraordinario en cotidiano.

    La infraestructura que aprendimos a no ver

    Hay una paradoja en la historia de la electricidad que se repite con muchas tecnologías fundamentales: cuanto más exitosa resulta una infraestructura, menos conscientes somos de su existencia. Los primeros cables y postes eléctricos eran símbolos visibles de modernidad y anunciaban en cada calle que algo estaba cambiando; con el paso de las décadas, buena parte de esa infraestructura fue integrada al paisaje urbano hasta convertirse en algo que prácticamente dejamos de observar.

    Hoy, cuando accionamos un interruptor, rara vez pensamos en las centrales que producen la energía, en las redes que la transportan, en las estaciones que modifican su tensión o en los trabajadores que mantienen todo el sistema operativo. La electricidad parece aparecer detrás de la pared como si fuera una propiedad natural de la vivienda, cuando en realidad depende de una de las redes técnicas más complejas que construyó la sociedad moderna.

    Esa invisibilidad explica también por qué los cortes de suministro pueden producir una sensación tan extraña. Durante unas horas desaparece algo que normalmente no vemos y, de inmediato, descubrimos hasta qué punto nuestra vida cotidiana depende de ello.

    La ciudad aprendió a fabricar su propio día

    La llegada de la electricidad modificó Buenos Aires de una manera mucho más profunda de lo que puede sugerir una fotografía de una lámpara encendida. Cambió la relación con la noche, permitió ampliar horarios comerciales y laborales, impulsó nuevas formas de producción industrial, transformó el transporte y terminó incorporándose a los hogares como una necesidad básica. La electricidad hizo posible que la ciudad dejara de depender completamente de los ritmos naturales de la luz solar, y esa modificación afectó tanto las estructuras económicas como las costumbres más pequeñas de la vida cotidiana.

    Por eso, cuando se habla de la modernización porteña de fines del siglo XIX y comienzos del XX, la electricidad merece ocupar un lugar central junto con los ferrocarriles, los tranvías, los puertos, las grandes obras públicas y la expansión de los servicios urbanos. Todas esas transformaciones estaban conectadas entre sí y formaban parte de un mismo proceso: la construcción de una metrópolis capaz de sostener una población cada vez mayor y una economía cada vez más compleja.

    La Buenos Aires de aquella época quería presentarse ante el mundo como una capital moderna, y la electricidad fue una de las formas más visibles de demostrarlo. Pero su importancia histórica fue mucho mayor que la imagen de progreso que podía transmitir. La electricidad cambió la estructura misma de la vida urbana, porque permitió que las personas trabajaran, viajaran, produjeran, comerciaran y se entretuvieran de maneras que anteriormente habían estado limitadas por la oscuridad y por las tecnologías disponibles.

    Quizás por eso el mejor símbolo de aquella transformación no sea una gran central eléctrica ni un moderno tendido de cables, sino algo mucho más pequeño: el interruptor de una habitación.

    Durante siglos, para obtener luz había que encender algo.

    Después de la electrificación, simplemente hubo que apretar un botón.

    Ese gesto aparentemente insignificante condensó una revolución entera: la de una ciudad que descubrió que podía producir su propia luz, prolongar sus jornadas y comenzar a vivir más allá de los límites que durante miles de años había impuesto la llegada de la noche.

    Y Buenos Aires, desde entonces, ya nunca volvió a ser la misma.

     

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    Cuando Paraná fue capital de la Argentina y Buenos Aires quedó afuera

     

    Durante siete años Paraná fue la capital de la Confederación Argentina mientras Buenos Aires permanecía separada. La historia detrás de una disputa que definió el país.

    Por Alcides Blanco para NLI

    Hubo un momento de la historia argentina en que Buenos Aires no era la capital, ni siquiera formaba parte del Estado nacional que decía representar a la Argentina. Mientras en la ciudad porteña funcionaba un gobierno separado, en Paraná se instalaban el presidente, el Congreso y las instituciones de la Confederación Argentina. Entre 1854 y 1861, la ciudad entrerriana se convirtió en el centro político de un país todavía incompleto, atravesado por una disputa que iba mucho más allá de una cuestión administrativa: quién tendría el poder de decidir sobre la Nación y quién se quedaría con los recursos que producían sus principales puertos y su Aduana.

    La escena parece extraña desde el presente porque la Argentina suele pensarse históricamente desde Buenos Aires. La escuela, los manuales y hasta buena parte de la memoria nacional construyeron un relato en el que la capital aparece como un dato casi natural, como si Buenos Aires hubiera estado destinada desde siempre a ocupar ese lugar. Pero no fue así. La Constitución de 1853 estableció a Buenos Aires como capital, aunque la separación de la provincia del resto de la Confederación hizo imposible aplicar esa disposición. El gobierno nacional terminó instalándose en Paraná, que pasó a ser la capital efectiva de la Confederación.

    El problema no era solamente dónde estaba la capital

    Para comprender aquella disputa hay que mirar más allá del mapa. Después de la caída de Juan Manuel de Rosas en 1852, la organización nacional quedó atravesada por una contradicción gigantesca. Las provincias necesitaban construir un Estado común, pero Buenos Aires conservaba una posición económica excepcional, especialmente por el control de su puerto y de la Aduana, fuente fundamental de recursos fiscales. El conflicto entre Buenos Aires y la Confederación no era, por lo tanto, una discusión abstracta entre unitarios y federales: detrás de las instituciones estaba también la cuestión concreta de quién manejaba la caja.

    Justo José de Urquiza, gobernador de Entre Ríos y vencedor de Caseros, impulsó la organización constitucional. La Constitución sancionada en 1853 buscó establecer un sistema federal y construir un Estado nacional por encima de las disputas provinciales. Pero Buenos Aires rechazó ese proceso y permaneció separada. El resultado fue una situación insólita: existían dos estructuras políticas argentinas que reclamaban legitimidad sobre el mismo territorio histórico.

    En ese escenario, Paraná adquirió una importancia que hasta entonces no tenía. La ciudad fue convertida en capital de la Confederación el 24 de marzo de 1854, después de la federalización del territorio entrerriano. Allí se instaló el gobierno encabezado por Urquiza y comenzó a funcionar el Congreso nacional. Las leyes sancionadas durante aquellos años llevan consigo una prueba documental extraordinaria: el propio Estado argentino legislaba desde Paraná.

    No se trataba de una capital simbólica. Había un Estado funcionando en Paraná. Había presidente, ministros, legisladores, funcionarios, diplomáticos y una burocracia nacional que intentaba darle forma concreta a una estructura institucional todavía muy frágil. La investigación histórica reciente ha señalado precisamente que el Congreso reunido en Paraná fue un espacio central para la construcción política de aquella Argentina federal y para el aprendizaje institucional de dirigentes provenientes de distintas provincias.

    Una capital sin los recursos de Buenos Aires

    El problema era que construir un Estado requería dinero, y allí aparecía la enorme ventaja de Buenos Aires.

    La Confederación tenía territorio, Constitución e instituciones, pero no disponía de una estructura económica comparable con la de la provincia porteña. Buenos Aires controlaba su Aduana y conservaba los beneficios derivados del comercio exterior. La situación generaba una paradoja: el Estado que pretendía organizar la Nación tenía menos recursos que la provincia que se había separado de él.

    Por eso la cuestión del puerto resultaba inseparable de la cuestión de la capital. No alcanzaba con instalar oficinas y funcionarios en Paraná. Había que construir una estructura económica capaz de sostener al Estado nacional. La Confederación buscó entonces fortalecer otros circuitos comerciales y promover los puertos fluviales, mientras intentaba atraer inversiones, fomentar la inmigración y desarrollar nuevas actividades productivas. Durante la presidencia de Urquiza también se impulsaron tratados comerciales y políticas destinadas a ampliar las conexiones exteriores de las provincias.

    La experiencia de Paraná fue, en ese sentido, un gigantesco laboratorio de construcción estatal. No era una ciudad preparada para ser una gran capital nacional, pero debió transformarse rápidamente para cumplir esa función. Incluso su vida cultural adquirió una nueva dimensión. El Teatro 3 de Febrero, inaugurado en 1852, ganó protagonismo cuando Paraná se convirtió en capital y comenzó a recibir una actividad artística acorde con su nueva jerarquía política.

    La capital entrerriana intentaba demostrar que la Argentina podía organizarse desde el interior.

    El regreso de Buenos Aires y la historia que quedó

    La experiencia no duró. La tensión entre la Confederación y Buenos Aires terminó desembocando en nuevos enfrentamientos militares. En 1859, las fuerzas de Urquiza derrotaron al ejército porteño comandado por Bartolomé Mitre en la batalla de Cepeda. El posterior Pacto de San José de Flores abrió el camino para la reincorporación de Buenos Aires, aunque las diferencias no desaparecieron.

    Dos años después llegó Pavón. Allí se produjo el quiebre definitivo de aquel experimento federal. La Confederación quedó políticamente desarticulada y Buenos Aires recuperó una posición central en la organización nacional. En diciembre de 1861 se produjo la disolución formal de la Confederación.

    Pero hay un dato todavía más revelador: la cuestión de la capital tampoco quedó resuelta inmediatamente. La federalización definitiva de Buenos Aires recién llegaría en 1880, después de nuevos conflictos políticos y militares. Recién entonces la ciudad quedó convertida formalmente en Capital Federal de la República Argentina, separada institucionalmente de la provincia de Buenos Aires.

    La historia de Paraná como capital, entonces, no debería quedar reducida a una curiosidad escolar. Fue uno de los momentos en que se puso a prueba una pregunta que atraviesa toda la historia argentina: si el país debía organizarse alrededor de la ciudad-puerto o si podía construirse un verdadero poder nacional capaz de equilibrar a Buenos Aires con las provincias.

    La respuesta histórica terminó inclinándose hacia Buenos Aires, pero el episodio demuestra que esa centralidad nunca fue inevitable. Fue el resultado de disputas políticas, económicas, militares e institucionales. Hubo una Argentina en la que el Congreso sesionaba en Paraná, el presidente gobernaba desde Entre Ríos y Buenos Aires era un Estado separado.

    Quizás por eso aquella etapa merece ser recordada. Porque detrás de la anécdota de una capital perdida aparece una discusión mucho más profunda y todavía reconocible: cómo se distribuyen el poder, los recursos y las decisiones entre el centro y el resto del país.

    Y esa pregunta, a casi dos siglos de distancia, todavía no terminó de encontrar una respuesta definitiva.

     

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    ¿Qué es el buen funcionamiento del organismo? El andar de nuestro organismo responde a todo lo que hago por él. Lo que hago por él puede ser consciente, darme alegría, dolerme, o todo lo contrario. Desde las Ciencias Naturales, exactas o duras, podemos decir que para lograr el buen funcionamiento del organismo es que comemos…

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