El consumo de carne se hunde y es el más bajo en más de 20 años

El consumo de carne se hunde y es el más bajo en más de 20 años

 

El consumo de carne en mayo se hundió más de seis puntos y es el más bajo en más de dos décadas. Según el último informe de la Cámara de la Industria y Comercio de Carnes (Ciccra), el promedio per cápita cayó a 47,5 kilos por año, un descenso del 6,1% anual.

Eso, en un contexto donde la faena no para de caer y, en mayo, registró un desplome del 11,31%, alrededor de 127 mil cabezas menos.

En los primeros cinco meses de 2026, se faenaron 534 mil cabezas menos que en el mismo periodo de 2025 (una caída de 9,8%), lo que representó el nivel de actividad más bajo de los últimos diez años.

Es directo el correlato de esos números con la conflictividad laboral de numerosos frigoríficos. Por caso, en los últimos días en el frigorífico San Telmo (ex Sadowa) de Mar del Plata el Sindicato de la Carne denunció despidos y un escenario crítico en el que los empleados solo perciben la garantía horaria.

Además, acusan hostigamientos y amenazas por parte de la gerencia para que realicen tareas ajenas a la actividad de faena.

En lo relativo a las exportaciones, en abril la caída fue de 27% con relación a marzo y del 12,5% respecto al mismo mes de 2025.

A partir del acuerdo comercial con Estados Unidos, el país del norte fue el único destino donde crecieron los envíos de carne pero en los restantes destinos las ventas experimentaron caídas muy significativas.

China sigue siendo el principal destino de exportación para la carne vacuna, pero registró un desplome del 35,8% con respecto a marzo y 32,0% con relación a abril de 2025. Opuesto fue el caso de Estados Unidos, donde los envíos crecieron 25% mensual y se triplicaron en la comparación interanual.

 

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    Los anuncios de baja de retenciones hechos por Javier Milei lejos estuvieron de desatar euforia en la Mesa de Enlace. En concreto, es una reducción de 2 puntos para el trigo y la cebada (de 7,5 a 5,5%) y una baja de entre 0,25 y 0,5% para la soja a partir de enero de 2027.

    Fuentes de distintas entidades consultadas por LPO coincidieron en analizar el anuncio como una reacción del Gobierno a perspectivas de siembra que ya hablaban de 20% menos de superficie cultivada para el trigo y la cebada con relación a 2025, algo que encendía alarmas en Economía en materia de recaudación.

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    «Este tipo de cultivos necesitan mucha urea y los valores se fueron a las nubes por la guerra por lo tanto», dijo a LPO el vice de Federación Agraria Argentina (FAA), José Luis Volando que analizó como «insuficiente» el anuncio de Milei. «No es significativo el impacto que esto va a tener. Es bueno pero poco», agregó.

    Respecto de la soja, en FAA sostienen que es «muy poco» el porcentaje que el Gobierno prevé bajar por mes ya que, con ese mecanismo, llegarían a la próxima campaña con más de veinte puntos de retenciones.

     En cuanto a la soja, no dudan que Milei cumplirá con su anuncio dentro de siete meses: «Por promete tan poco», deducen en la Mesa de Enlace 

    En el campo ven estos anuncios como intento del Gobierno por retomar la iniciativa política y una necesidad de «mostrar buenas noticias».

    Más allá de eso, los productores consultados analizan que la administración libertaria no arriesga nada con esta medida. «No es gravitante fiscalmente y va a ser compensado con más producción», señalaron en otra de las entidades de la Mesa de Enlace.

    En cuanto a la soja, no dudan que Milei cumplirá con su anuncio dentro de siete meses: «Por promete tan poco», deducen en la Mesa de Enlace, donde creen que el Gobierno no pondrá en riesgo la relación con entidades como la Sociedad Rural, que fungen de virtuales aliados del libertario.

     

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  • Macri se reunió con Bullrich para que se lance contra Milei: «La dejé aceleradísima»

     

    Mauricio Macri se juntó en secreto con Patricia Bullrich para entusiasmarla con la idea de lanzarse contra Javier Milei y armar un proyecto alternativo para las elecciones presidenciales del año próximo.

    El encuentro se produjo la semana pasada, en la previa de la cumbre de Macri con empresarios en Colonia del Sacramento revelada en exclusivo por LPO. Allí, Macri contó que la reunión fue muy positiva y se entusiasmó con el feeling que hubo con Patricia: «La dejé aceleradísima».

    Casualidad o no después de la reunión con Macri, Bullrich lanzó este lunes un explosivo tuit en el que por primera vez choca de frente con Milei al avisar que no obedecerá la orden de votar el retiro del pliego para jueza de María Verónica Michelli, cuñada del periodista Hugo Alconada Mon.

    Macri se reunió con Galperín, Kovalivker y otros empresarios para financiar una alternativa a Milei

    La reunión entre Macri y Bullrich es consecuencia de otro encuentro sucedido semanas atrás entre el expresidente y el CEO del Grupo Techint, Paolo Rocca. En su casona de Martínez, el empresario ítalo-argentino le pidió a Macri que se acerque a la senadora, como reveló este medio.

    Fuentes al tanto de lo sucedido en el encuentro contaron a LPO que Macri y Bullrich hablaron de la idea de avanzar cada uno por su lado de cara a las elecciones 2027, pero coordinados. Si todo marcha acorde al plan, más cerca de los comicios definirán quién es el mejor candidato, sobre todo teniendo en cuenta a cuál le iría mejor en un eventual ballotage.

    En la cumbre de Colonia, Macri le dio detalles del encuentro con Bullrich a sus amigos empresarios y quedó claro que el operativo contra Milei está lanzadísimo. El presidente del PRO nombró a un interlocutor para que sigan el tema del proyecto electoral. El nombre del interlocutor no trascendió, pero impactó a los empresarios.

    En el encuentro en la ciudad uruguaya estuvieron Marcos Galperín, Jonathan Kovalivker, Ignacio Sáenz Valiente, Gabriel Sánchez Catena y Eduardo Bastitta. Las fuentes contaron que Macri les pidió apoyo para sumar fuerza en los medios y particularmente dijo que está en conversaciones con las señales de noticias A24 y La Nación +.

    Macri y Bullrich hablaron de la idea de avanzar cada uno por su lado de cara a las elecciones 2027, pero coordinados

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    En la campaña electoral de 2023, los gritos vehementes de Javier Milei denunciando el “zurdaje comunista” generaron incredulidad y hasta risas. ¿A quién le hablaba?, ¿a quién convocaba con ese discurso antiguo? pensamos muchos. Un asombro similar produjeron las declaraciones de Donald Trump, que en 2019 denunció el “Green New Deal” (la propuesta de un nuevo acuerdo ecologista) como “un Caballo de Troya para el socialismo en Estados Unidos”. Más lejano aun pudo parecer el lema “Comunismo o libertad” usado en la campaña electoral de 2021 por Isabel Díaz Ayuso, la actual Presidenta de la Comunidad de Madrid. Y desde luego, está el caso de Jair Bolsonaro, uno de los pioneros en reavivar la tradición anticomunista. Hasta hace poco tiempo, en su dispersión y heterogeneidad estas menciones podían parecer trasnochadas o anacrónicas, dada la desaparición del horizonte del comunismo soviético. Sin embargo, esos candidatos han llegado al poder. Entonces: ¿trasnochados ellos o ingenuos nosotros?

    Estos líderes forman parte de una lista más larga de quienes, con mayor o menor vehemencia, reclaman contra la conspiración comunista, socialista o colectivista que aqueja al mundo. De la ecología a las políticas de género, de los impuestos al cuidado humanitario de inmigrantes, o la educación sexual, hoy muchas de las causas y valores de la renovación de la cultura democrática de las últimas décadas han sido tachados de comunistas, como un avance totalitario y opresor. En el caso de los sectores ultraliberales, la educación y la salud públicas –y todas las políticas redistributivas o progresivas– son consideradas nuevas formas de comunismo. Así, la gran familia de las nuevas derechas parece estar viviendo otra vez la Guerra Fría, más cerca del delirio paranoide que de algún enfrentamiento real con opciones anticapitalistas.

    ¿Anacrónico?

    El primer dato a considerar es que el anticomunismo de estos líderes no es una novedad; tiene una larga historia de persecución política y pensamiento conspirativo que atraviesa todo el siglo XX de Occidente y que se remonta incluso a décadas anteriores a la Guerra Fría, al menos hasta la Revolución Rusa de 1917. Lo mismo sucede con la historia de estas derechas: la novedad que representan tiene profundas raíces en la historia del conservadurismo y el nacionalismo de cada país y a escala global (1). Por tanto, el anticomunismo es tan antiguo como la historia de las derechas que hoy tratamos de entender. Pero esto no significa que el fenómeno actual sea la mera continuidad de ese pasado o que pueda pensarse como la simple reverberación del fascismo de entreguerras. Hay en las derechas radicales una novedad indiscutible en la manera en que disputan sus intereses bajo el juego político de la democracia liberal, al mismo tiempo que la socavan por dentro, tal como han señalado agudos observadores (2). ¿Cuál es la novedad de su anticomunismo? ¿Por qué y para qué movilizar imaginarios en apariencia old fashioned, especialmente para las jóvenes generaciones a las que se dirigen?

    Se suele decir que el anticomunismo es un discurso anacrónico, en un mundo donde, desde la caída del Muro de Berlín (1989) y la disolución de la Unión Soviética (1991) el comunismo no existe más como opción política. Por esa razón, el componente antimarxista de las nuevas derechas suele ser relegado como un dato más de una retórica florida. Esta perspectiva tiende a descartar el problema, considerando como una mera estrategia discursiva al elemento ideológico que organizó buena parte del conflicto político del siglo XX. La dificultad reside en entender “comunismo” en términos geopolíticos literales, como si solo se refiriese al mundo soviético, a los partidos comunistas en Occidente o a la defensa de un modelo anticapitalista. Y tal vez ese no sea el ángulo más productivo para pensar el problema. La pregunta es, más bien, otra: ¿qué están diciendo cuando dicen “comunismo”, y qué potencial político tiene hoy volver a movilizar este término?

    Feminismo, género, diversidades sexuales, raciales o religiosas, educación sexual, cambio climático, migraciones, islamismo, redistribución del ingreso, protección de las minorías y de los sectores sociales más vulnerables… La lista de ideas, proyectos o sujetos tachados de “marxismo cultural” o “socialismo” –según las declinaciones de cada profeta– muestran, de una punta a la otra del mapa global, que “comunismo” designa hoy los valores del llamado mundo “progresista” de las últimas décadas (“woke”, en su versión despectiva). En otros términos, el anticomunismo es una declinación a la antigua del actual antiprogresismo, con la diferencia de que hoy la disputa se produce dentro del capitalismo y con variaciones muy relativas. Sin embargo, en esas variaciones relativas, que parecen marginales dentro del capitalismo, se juega la vida de millones de personas. Al apelar a la potencia simbólica del término “marxista” o “comunista”, los líderes de derecha buscan recuperar la fuerza mayor de ese combate en el Occidente liberal (de todas maneras, la evocación no es igual en todos, y de hecho algunos líderes, como Marine Le Pen o Giorgia Meloni, no recurren tanto a la batería discursiva anticomunista). En cualquier caso, todos defienden el mismo sentido antiprogresista que los vehementes antimarxistas Santiago Abascal o Javier Milei.

     

    Antiprogresismo

    El segundo dato clave –ya muy conocido– es que el antiprogresismo es hoy el centro de la batalla cultural de las nuevas derechas globales, que en cada país adquiere sus propios contornos –antiperonista y ultraliberal en Argentina, islamobófico y antimigratorio en Europa o Estados Unidos–. Esa guerra cultural de la “internacional reaccionaria” parte del supuesto de que la izquierda, a pesar de su fracaso en la construcción del socialismo, se impuso en el terreno cultural. La verdadera lucha debería apuntar, para las fuerzas conservadoras, a la hegemonía del progresismo que destruye la sociedad occidental con su pensamiento “políticamente correcto” (3). Por eso mismo, se presentan como la rebelión contra un sistema que suponen conquistado y dominado por el progresismo y la izquierda. Por muy anacrónico que parezca, el anticomunismo es coherente y está en el corazón del proyecto ideológico de las nuevas derechas.

    El anticomunismo propone respuestas fáciles en un mundo atravesado por miedos, incertidumbres y sentimientos de disolución social.

    Una mención aparte merece el combate contra el feminismo y la “ideología de género”, combate que va más allá de sus élites dirigentes. ¿Por qué el feminismo y la diversidad sexual están en el centro de la disputa y de la denuncia anticomunista sobre el “marxismo cultural”? En la actual configuración de las democracias liberales, pocas cosas –o casi ninguna– representan una amenaza real al orden social. Sin embargo, el feminismo, en su impugnación antipatriarcal (que incluye el cuestionamiento del orden heterosexual como norma), conserva un poder subversivo y antisistema que no tiene ningún otro factor del progresismo actual (independientemente de las corrientes dentro del feminismo). Así, estas derechas, que se proclaman antisistema, luchan en realidad por la preservación de un orden social blanco, masculino y colonial que sienten socavado. Tal como lo hacía el anticomunismo del pasado, que veía el orden occidental en peligro e imaginaba conspiraciones paranoicas de la Casa Blanca a la Casa Rosada, de los hippies a las guerrillas, de las minifaldas al peronismo. Es aquí, en la lucha por la preservación del sistema, donde la impugnación de “marxista” o “comunista” aplicada al feminismo encuentra todas sus resonancias pasadas.

    Si bien la batalla cultural antiprogresista unifica a las nuevas derechas radicales, sus diferencias no son menores, especialmente en cuestiones como la economía y el nacionalismo. Estas variaciones indican, también, que el florecimiento de fuerzas radicales de derecha debe ser explicado en función de procesos y tradiciones locales –y no meramente como una “ola global”–. Es aquí donde el anticomunismo de Milei adquiere su rasgo distintivo: no se trata de la impugnación de las agendas culturales del progresismo biempensante, sino de la destrucción de todo resabio de políticas orientadas a las grandes mayorías sociales entendidas como formas de estatismo y colectivismo. Se trata de la gestión desnuda en favor de los intereses del tecno-capitalismo concentrado internacional. Con ello, el neoliberalismo argentino –en la versión iracunda de Milei– retoma una larga tradición de nuestras derechas. Basta con evocar la última dictadura para constatar que las derechas fueron tan anticomunistas como neoliberales y autoritarias, y que su principal oponente fueron las políticas estatistas, keynesianas y redistributivas, en general asociadas al peronismo y al kirchnerismo. Desde luego, esto parece dejar a Milei lejos del proteccionismo de Trump, pero muy cerca de la defensa compartida del tecno-capitalismo. En todo caso, el anticomunismo neoliberal de Milei se alinea cómodamente con el de Bolsonaro o José Kast.

    Dentro de estas variaciones nacionales, algunos argumentos de orden geopolítico explican los tópicos anticomunistas de manera más concreta, sin los efectos anacrónicos que parecen tener en boca de líderes como Milei. El caso más claro es Trump y su batalla por la supervivencia del poder imperial estadounidense frente a China. Ello le permite, sin excesivos retorcimientos históricos, identificar su enemigo en el “comunismo oriental”. De la misma manera, su electorado de origen latino vota entusiasta la condena a la “troika de la tiranía”, tal como la llamó su Consejero de Seguridad Nacional en 2018, John Bolton, a los gobiernos de Cuba, Venezuela y Nicaragua. Por la misma razón estratégica pero en sentido inverso, en Hungría Viktor Orban dejó de lado su discurso anticomunista –que asociaba la Rusia de hoy con la Unión Soviética– para pasar a una cercanía más pragmática con Vladimir Putin.

    Significante vacío

    Volvamos a nuestras preguntas de partida: ¿por qué y para qué movilizar el imaginario anticomunista? Si, una vez más, dejamos de pensar el comunismo en términos literales, surge un último elemento clave: el potencial político-simbólico del discurso anticomunista en su larga historia. Con mayor o menor pregnancia según los países, “comunista” ha funcionado también como un potente significante vacío negativo, capaz de ser llenado con los más diversos contenidos y sujetos, como un otro absoluto, peligroso y amenazante. Tanto es así que Alice Weidel, la dirigente de la extrema derecha de Alternativa para Alemania (AfD), puede permitirse decir que Adolf Hitler era un “comunista”.

    La noción de significante vacío es particularmente útil para entender el peso del anticomunismo en Argentina, donde –salvo algunos momentos– no ha habido fuerzas de izquierda importantes, a diferencia de países como Brasil o Chile, donde el comunismo evoca miedos históricos bien reales. En Argentina “comunista” es, entonces, un sentido a ser llenado, que sirve para polarizar y designar un otro peligroso que pone en riesgo “nuestro” orden social y moral, nuestra comunidad. Es, por ello, un enemigo absoluto que debe ser eliminado (4). En la historia argentina, la denuncia del “peligro rojo” ha servido para generar miedos sociales y justificar la persecución de trabajadores, partidos de izquierda, peronistas y antiperonistas, mujeres, jóvenes, gays o artistas “transgresores”, cuyas prácticas, ideas o deseos parecían hacer tambalear el orden occidental y cristiano. Movilizado con fines instrumentales o con auténtica convicción ideológica, “comunista” o “marxista” ha funcionado en boca de las derechas como designación automática de un culpable de todos los males. Así, el anticomunismo finalmente propone certezas y respuestas fáciles en un mundo atravesado por miedos, incertidumbres y sentimientos de disolución social y amenaza sobre la comunidad de pertenencia. Esta potencia simbólica es la que sigue funcionando en el apelativo “comunista” aplicado en el presente. Por eso mismo, la pandemia de Covid –epítome máximo de la disolución final por venir– fue también un momento de renacimiento del anticomunismo.

    Es entonces este gran poder performativo de la acusación de “comunista”, tan sedimentado históricamente en el mundo occidental, lo que permite que las nuevas derechas –herederas al fin y al cabo de largas tradiciones conservadoras– sigan utilizando el término para arremeter en su batalla cultural. Sin duda, la movilización antiprogresista ha logrado dar una nueva vida al “miedo rojo” para las generaciones desencantadas de nuestro tiempo.

    1. Para el caso argentino, véase: Sergio Morresi y Martín Vicente, “Rayos en un cielo encapotado: la nueva derecha como una constante irregular en Argentina”, en Pablo Semán (coord.), Está entre nosotros, Buenos Aires, Siglo XXI, 2023.
    2. Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, Cómo mueren las democracias, Barcelona, Ariel, 2018; Steven Forti, Democracias en extinción, Barcelona, Akal, 2024.
    3. Pablo Stefanoni, “Las mil mesetas de la reacción: mutaciones de las extremas derechas y guerras culturales del siglo XXI”, en J. A. Sanahuja y Pablo Stefanoni (eds.), Extremas derechas y democracia: perspectivas iberoamericanas, Madrid, Fundación Carolina, 2023.
    4. Ernesto Bohoslavsky y Marina Franco, Fantasmas rojos. El anticomunismo en la Argentina del siglo XX, UNSAM, 2024.

     

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