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Durante sábado y domingo, rige el DNU 334

La Municipalidad de Villa Regina recuerda que durante este sábado 5 y domingo 6 de junio regirá en el ejido municipal el Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) N° 334 del Presidente Alberto Fernández.

De acuerdo a lo establecido en el mismo, la circulación estará permitida entre las 6 y las 18 horas.

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    Los argentinos de bien: poder, pureza moral y obediencia en la Argentina de Milei

     

    La irrupción de Javier Milei en la política argentina no puede explicarse únicamente como un fenómeno electoral ni como el simple ascenso de una nueva derecha. Hay algo más profundo ocurriendo en el modo en que el poder se legitima, organiza el lenguaje público y redefine quién merece reconocimiento dentro de la comunidad política. Allí es donde una lectura atravesada por las categorías de Michel Foucault adquiere una potencia singular: no para reducir el mileísmo a una fórmula académica, sino para comprender cómo un discurso de ruptura moral puede transformarse en una tecnología eficaz de gobierno.

    El núcleo de esa construcción no es económico. Tampoco estrictamente ideológico. Es moral.

    Por Ignacio Álvarez Alcorta para NLI

    Milei no llegó al poder solamente prometiendo bajar la inflación o destruir regulaciones estatales. Llegó construyendo un antagonismo ético absoluto entre “la casta” y “los argentinos de bien”. Ese lenguaje, repetido hasta el agotamiento mediático, terminó produciendo algo mucho más relevante que un slogan: fabricó una identidad social.

    Porque “argentino de bien” no funciona como una descripción objetiva. No existe un criterio verificable que permita determinar quién pertenece realmente a esa categoría. Su eficacia reside precisamente en su ambigüedad. El concepto opera como una consagración moral difusa donde cada adherente puede reconocerse a sí mismo como parte de un grupo virtuoso amenazado por enemigos internos.

    Allí aparece uno de los mecanismos centrales del poder contemporáneo: la administración de legitimidades.

    La pureza como herramienta de poder

    Foucault entendía que las sociedades modernas no se organizan únicamente mediante leyes o coerción física. El poder necesita producir discursos verdaderos, clasificar sujetos y establecer qué formas de vida son consideradas normales, productivas o deseables. Gobernar implica también ordenar moralmente la sociedad.

    En la Argentina de Milei, esa lógica aparece de manera descarnada.

    El “argentino de bien” es presentado como alguien que trabaja, paga impuestos, soporta sacrificios y rechaza cualquier forma de mediación colectiva asociada al Estado. Del otro lado emerge una masa difusa de sospechosos: sindicalistas, militantes, empleados públicos, movimientos sociales, periodistas críticos, universidades, artistas subvencionados, organismos de derechos humanos o cualquiera que cuestione el nuevo orden moral libertario.

    No se trata simplemente de adversarios políticos. Se los construye discursivamente como sectores parasitarios, degenerados o moralmente inferiores.

    Ese desplazamiento es decisivo. Porque cuando la política abandona el terreno del conflicto democrático y pasa a estructurarse sobre categorías morales absolutas, el opositor deja de ser alguien con quien se disputa el poder para convertirse en alguien cuya existencia misma aparece como ilegítima.

    En otras palabras: ya no hay diferencias políticas; hay sujetos “sanos” enfrentados a elementos contaminantes.

    La obsesión mileísta con palabras como “parásitos”, “zurdos de mierda”, “empobrecedores” o “casta” no responde solamente a un estilo agresivo. Constituye una forma de clasificación social. Una maquinaria simbólica destinada a dividir la población entre quienes merecen reconocimiento y quienes pueden ser humillados públicamente sin costo moral.

    El outsider y la ficción de la excepción

    La fuerza inicial de Milei provino de una promesa de exterioridad. Su legitimidad surgía de aparecer por fuera del sistema político tradicional, incluso cuando rápidamente comenzó a tejer alianzas con actores históricos del poder económico, mediático y judicial argentino.

    Pero el outsider moderno no necesita estar realmente afuera del sistema. Le alcanza con conservar la narrativa de la excepción moral.

    Ahí reside una de las grandes paradojas del mileísmo contemporáneo. Incluso frente a denuncias, escándalos, negociaciones opacas o evidencias de privilegios dentro del propio gobierno, parte importante de su electorado sigue interpretando esos hechos como secundarios frente a una supuesta batalla histórica contra enemigos mayores.

    Ese fenómeno revela algo incómodo sobre el funcionamiento real de las democracias contemporáneas: los ciudadanos no adhieren solamente a programas racionales; adhieren a sistemas emocionales de interpretación del mundo.

    Cuando un gobierno logra construir una identidad moral fuerte, la evidencia objetiva pierde centralidad. Los hechos dejan de evaluarse en sí mismos y pasan a interpretarse según quién los denuncia y desde qué lugar político se enuncian. Por eso la corrupción puede relativizarse. No porque deje de existir, sino porque el discurso oficial logra reorganizar su significado. Si el líder continúa siendo percibido como quien combate a “los verdaderos corruptos”, entonces las contradicciones internas pueden absorberse dentro del relato épico de transformación nacional.

    La pregunta deja de ser “¿hubo corrupción?” y pasa a ser “¿quién está denunciando y con qué intención?”.

    La batalla cultural como disciplina

    Uno de los aspectos más sofisticados del fenómeno Milei es haber convertido la confrontación permanente en una forma estable de gobierno. La agresión constante no constituye una anomalía comunicacional ni una pérdida de control emocional. Funciona como una pedagogía política.

    Cada ataque presidencial contra periodistas, economistas, artistas o dirigentes opositores produce un efecto disciplinador sobre el resto de la esfera pública. El mensaje implícito es transparente: cualquiera que cuestione el relato oficial puede ser expuesto, ridiculizado o transformado en enemigo colectivo.

    Foucault estudió precisamente cómo el poder moderno ya no depende exclusivamente del castigo físico espectacular. El control más eficiente es aquel que induce autocensura, vigilancia mutua y adaptación preventiva. Las redes sociales radicalizaron ese mecanismo hasta niveles inéditos. El ecosistema digital mileísta opera muchas veces como una estructura de disciplinamiento distribuido donde miles de usuarios reproducen hostigamientos, campañas de señalamiento y persecuciones simbólicas contra figuras disidentes. El resultado es un clima político donde la violencia verbal deja de ser excepcional y pasa a constituir la atmósfera cotidiana del debate público.

    En ese contexto, la idea de “argentinos de bien” cumple una función central: ofrece legitimidad moral anticipada para la agresión. Si el adversario es presentado como corrupto, degenerado o enemigo de la nación, entonces la violencia discursiva aparece justificada como una forma de defensa social.

    El sacrificio como virtud

    Otro rasgo distintivo del mileísmo es la moralización del sufrimiento económico. En condiciones normales, una caída abrupta del salario, el consumo o el empleo debería erosionar rápidamente la legitimidad gubernamental. Sin embargo, Milei logró transformar el ajuste en una prueba ética.

    El sacrificio ya no aparece como consecuencia de una política económica concreta, sino como evidencia de madurez social. “Había que pasarla mal”. “No hay plata”. “Estamos pagando décadas de populismo”. El dolor se resignifica como purificación. Ese mecanismo conecta profundamente con la subjetividad neoliberal contemporánea: el individuo debe aceptar precariedad, pérdida de derechos y deterioro material como demostración de responsabilidad personal.

    El ciudadano deja entonces de percibirse como sujeto de derechos colectivos y comienza a entenderse como emprendedor moral de sí mismo. Aguantar se vuelve una virtud. Resistir el ajuste se convierte en signo de pertenencia identitaria.

    La política ya no promete bienestar inmediato. Promete redención futura a cambio de obediencia presente.

    La nueva legitimidad autoritaria

    Quizás el aspecto más inquietante de la experiencia argentina actual sea que gran parte de estas transformaciones ocurren dentro de procedimientos democráticos formales. No hace falta clausurar elecciones para producir dinámicas autoritarias. Basta con erosionar sistemáticamente la legitimidad de toda institución intermedia capaz de limitar el poder presidencial.

    La demonización del periodismo, el desprecio por el Congreso, el ataque permanente a las universidades, la ridiculización de organismos científicos y la construcción de enemigos internos constantes forman parte de una lógica más amplia: vaciar de autoridad simbólica cualquier espacio que pueda disputar la producción de verdad oficial.

    Allí aparece una intuición foucaultiana fundamental: el poder más eficaz no es necesariamente el que prohíbe, sino el que logra que una sociedad naturalice sus propias formas de sometimiento. Tal vez por eso el fenómeno Milei no pueda analizarse solamente como una anomalía argentina ni como una excentricidad mediática. Expresa una mutación más profunda de las democracias contemporáneas: la transición desde sistemas políticos organizados alrededor de consensos institucionales hacia regímenes de legitimidad emocional, identitaria y moral.

    En ese nuevo escenario, la verdad importa menos que la pertenencia. La coherencia menos que la fidelidad. Y la corrupción menos que la capacidad de seguir convenciendo a millones de personas de que, pese a todo, continúan formando parte de “los buenos”.

     

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  • Patricia apura a Mahiques frente a una rebelión de senadores aliados por los pliegos que piden los gobernadores

     

    Patricia Bullrich apuró a Juan Bautista Mahiques este jueves porque los senadores aliados se negaron a firmar los pliegos de los jueces remitidos por la Casa Rosada, hasta que se complete la lista con los candidatos que pidieron los gobernadores.

    En efecto, la mayoría de los candidatos enviados a la comisión de Acuerdos del Senado para defender su postulación en audiencias públicas pertenecen a la Capital Federal y la Provincia de Buenos Aires. Por eso, la intensidad de la jefa de bloque libertario chocó contra los brazos caídos de los legisladores de jurisdicciones como Santa Fe, Corrientes, Salta y Misiones.

    La rebelión está encabezada por el correntino Carlos «Camau» Espínola, el misionero Martín Göerling Lara y el bonaerense Maximiliano Abad pero también se suman legisladores como la salteña Flavia Royón y la santafecina Carolina Losada. En ese grupo nomás, hay representantes del PRO, la UCR y peronistas disidentes.

    Ese conato de resistencia dejó al oficialismo sin la chance de votar los pliegos de los 47 postulantes que desfilaron por las audiencias. «Yo no firmo nada», le habrían escuchado decir a Göerling Lara, quien sucedió en la banca al histórico Humberto Schiavoni, mientras que Abad se levantó antes que termine la reunión de comisión sin estampar su nombre para respaldo de ningún candidato.

    Por el efecto Adorni, a Bullrich se le complica el apoyo de los aliados en el Senado para los pliegos de los jueces

    El oficialismo necesita 9 firmas para dictaminar los despachos de cada juez en la comisión y, luego, 37 votos para aprobar los pliegos en el recinto. Como LLA cuenta con 21 miembros en la Cámara Alta, ese requisito obliga a Bullrich a conseguir el apoyo de otros 16: el radicalismo tiene 10, Camau articula con Alejandra Vigo y la propia Royón y Carolina Moisés lidera el trío que completan la tucumana Sandra Mendoza, que responde a Osvaldo Jaldo, y el catamarqueño Guillermo Andrada, hombre de Raúl Jalil.

    La comisión de Acuerdos tiene al riojano Juan Carlos Pagotto en la presidencia y ni siquiera está integrada por senadores del interbloque de José Mayans, que todavía analiza la posibilidad de ir a la Justicia para denunciar el despojo que le aplicó Bullrich, cuando le dejó solo tres lugares aunque le corresponden seis por proporcionalidad. Sin embargo, ninguno de los pliegos había cosechado las firmas necesarias al cierre de esta nota.

    Camau Espínola y Juan Carlos Pagotto.

    LPO informó que Mahiques se esmeró por cumplir con el trámite de los pliegos de jueces que favorezcan al presidente de la AFA, Claudio Chiqui Tapia, y su tesorero, Pablo Toviggino, pero no habría prestado la misma atención a las causas judiciales que preocupan a Karina Milei y Manuel Adorni. Para colmo, el único pliego que ya está en condiciones de ser tratado en recinto es el de Carlos «Coco» Mahiques, padre del ministro de Justicia.

    La prórroga del camarista de la Casación fue enviada por Javier Milei antes que el ex procurador porteño relevara a Mariano Cúneo Libarona en el ministerio. La vicepresidenta Victoria Villarruel y Bullrich evaluaban este miércoles incorporar ese expediente al temario de la próxima sesión, que podría convocarse para el jueves, en una reunión con aliados.

    Yo no firmo nada.

    Justo para ese día, Mahiques se habría comprometido con Bullrich a mandar los pliegos que faltan, que son los que demandan los gobernadores. El problema es que, por reglamento, los dictámenes de las comisiones del Senado solo pueden abordarse en sesión una vez transcurridos siete días desde su firma.

    Si el gobierno cursa los pliegos el jueves 14, las audiencias serían recién la semana siguiente y debería acelerarse el cronograma para que al cabo de ese trámite todavía quede margen para una sesión antes que comience el mundial. Una vez que comience el certamen deportivo más importante del planeta para los argentinos será difícil que los senadores se reúnan en el Congreso y, según fuentes judiciales, será mucho más complicado negociar pliegos después de ese campeonato. «Arranca la campaña electoral», alertan.

     

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