Del clóset al infierno
Jessica, chilena, 60 años. Frente a la cámara, dice que era lesbiana pero se curó. En la videollamada, decenas de rostros en silencio. La escuchan mudos. Ella cuenta que su madre la rechazó y que la violaron cuando era joven y eso le provocó un “quebranto de género y sexual” que la volvió lesbiana. Siempre fue creyente, pero dice que la expulsaron de su iglesia cuando descubrieron que mantenía una relación con una de las monjas. Y cuenta feliz que después todo cambió cuando conoció el Ministerio de Restauración:
—Viajé a Argentina, estuve una semana en retiro y, por primera vez, logré comprender mi quebranto. Ha sido un largo proceso de sanidad— dice Jessica a sus oyentes en el Zoom —pero llevo 16 años fuera del mundo homosexual.
Después del remate, en silencio, varios de los conectados levantan los brazos hacia el cielo frente a sus pantallas. Entre ellos está Cristián. Pero el resto no lo sabe: Cristián no existe. Cristián es uno de los nuestros. Lleva varias semanas infiltrado para conocer cómo funcionan las terapias de conversión, que operan en este grupo particular, pero se extienden en una vasta red entre los dos países que pudimos mapear.
La historia que inventamos para Cristián y que él contó a los pastores y compañeros, detrás de una boina y anteojos de marco grueso, es así: Cristián Gutiérrez tiene 28 años, es ingeniero comercial, vive en Santiago de Chile y lleva cinco años de relación con Carla, una joven de tez clara y pecosa que antes fue su compañera de colegio. Lleva una vida tranquila y convencional. O al menos así era hasta hace tres meses. Desde entonces carga con una culpa que lo desgarra: cada vez que ve a Felipe, un compañero de trabajo menor que él, abiertamente gay e incorporado hace poco al área de marketing de la empresa, se siente distinto. Se emociona. Quiere estar cerca de él. Imagina cómo sería tocarlo. Cristián dice que siente culpa y que esa culpa se explica por su formación conservadora. Padres muy religiosos y un tío expulsado de la casa cuando dijo que era homosexual. Por eso Cristián, dice —inventa y sostiene— buscó ayuda en la iglesia. Por internet se enteró de que el Ministerio de Restauración ―de corte evangélico, con sede en Argentina y fundada a imagen y semejanza de iglesias de Estados Unidos― ofrecía un tratamiento para dejar de ser homosexual.
El martes 23 de junio de 2026 Cristián escucha a Jessica en la llamada donde sus compañeros celebran la cura del lesbianismo con las manos al cielo. Escucha otros testimonios de personas que dejaron atrás la homosexualidad gracias al poder de Dios.
El Ministerio de Restauración le ofreció ese camino a Cristián: dejar de ser homosexual. El proceso no es corto ni barato. Tuvo que pagar un curso de nueve meses de duración (al módico precio de 323 dólares), fue invitado a participar de un encuentro presencial en el Hotel Serrano, en Córdoba, Argentina (que se pagaba entre 700 y 1.000 dólares, dependiendo del tipo de habitación), y asistir a reuniones con un monitor chileno, que integra la iglesia Viña Las Condes, ubicada en el sector más acomodado de Santiago.
«Ha sido un largo proceso de sanidad, pero llevo 16 años fuera del mundo homosexual».
En el curso, en los encuentros masivos y en las reuniones privadas se repiten las mismas ideas: la homosexualidad es un pecado que se aleja del plan de Dios, las personas homosexuales están quebradas y deben ser restauradas, y el deseo gay no es un proceso químico impulsado por neuronas y neurotransmisores, es una manifestación del demonio.
Cuando ven a Cristián, en el curso ven a un hombre menudo de tez blanca, pelo escaso y ojos achinados, que en el Zoom, y en todas las reuniones con el Ministerio de Restauración, se presenta con boina o gorro, y lentes gruesos, para esconder su rostro tanto como sea posible sin ser sospechoso. Sabíamos que era arriesgado pero era la mejor manera de conocer desde dentro al Ministerio de Restauración, del que supimos luego de conocer una denuncia que se presentó en Argentina en 2020: un psicólogo acusó que quince años antes había participado de los cursos, por recomendación de su terapeuta, y había salido dañado. Luego comprobamos que en 2024 ese tipo de encuentros también se estaban organizando en Chile ―en un lugar secreto en la Región Metropolitana―. Tal como pudimos constatar durante un mes participando de la iglesia, todo sigue igual.
No es la única iglesia que intenta convertir a los homosexuales. Según decenas de testimonios que recogimos para esta investigación, a lo largo de Chile se repite la misma práctica. Existen pastores evangélicos que realizan exorcismos para extirpar al demonio gay del cuerpo de los jóvenes que sienten atracción por personas del mismo sexo. Los testimonios coinciden en las consecuencias de esas prácticas: depresión, culpa, intentos de suicidio.
En 2022 el Colegio de Psicólogos de Argentina concluyó la investigación que inició a partir de la denuncia contra el Ministerio de Restauración. El informe indica en su conclusión: “A estas terapias se las puede equiparar con métodos de tortura, violatorios de los derechos humanos. Quienes estuvieron expuestos a estas prácticas aberrantes han sido traumatizados, y subsumidos en padecimientos psíquicos”.
Países como Alemania, Francia y México las prohíben, pero en Chile no existe legislación específica al respecto. Solo se han emitido dictámenes del Ministerio de Salud que impiden que se realicen diagnósticos psicológicos o psiquiátricos vinculados con la orientación sexual de una persona. Pero nada se dice de las prácticas de conversión que se realizan en las iglesias.
«Para la iglesia Evangélica ser homosexual y suicidarse significan lo mismo: pecado, significa ir al infierno. Ese conflicto interno fue lo que me mantuvo con vida».
No hallamos estudios ni investigaciones exhaustivas realizadas en Chile sobre este tipo de prácticas. Pero pudimos obtener testimonios a través de dos vías: una encuesta de la asociación Organizando Trans Diversidades (OTD Chile), enfocada en personas trans que han sido sometidas a terapias y prácticas de conversión o ECOSIEGs, el modo en que son nombradas por los organismos internacionales de DDHH. La sigla significa Esfuerzo para Cambiar la Orientación Sexual, Identidad y Expresión de Género. Accedimos a 18 respuestas de manera anonimizada, y luego entrevistamos a las personas que autorizaron ser contactadas, repartidas entre las regiones de Tarapacá y Los Ríos.
En paralelo realizamos un llamado público a través de las redes de Reportea para recoger testimonios de homosexuales, lesbianas y bisexuales que hayan pasado por la misma experiencia. Recibimos 16 respuestas. Entrevistamos a quienes lo autorizaron.
Los testimonios coinciden en que durante los últimos años las prácticas de conversión han sido realizadas al interior de templos evangélicos, y sobre personas que al momento de ser sometidas a ellas eran menores de edad. Solo en un par de casos hubo consentimiento. Algunos de los testimonios también mencionaron que hubo psicólogos que participaron de los intentos para que cambiaran su identidad sexual.
El demonio gay
Las 34 personas que compartieron sus testimonios, coinciden al recordar el periodo en que fueron sometidos a prácticas o terapias de conversión como una etapa dolorosa, que los llevó al límite.
—Tuve varios intentos y pensamientos suicidas—, cuenta un hombre de 28 años al recordar que durante su etapa escolar lo hicieron participar en sesiones de exorcismo junto a un pastor de una iglesia evangélica en Quilpué. —Una vez tomé muchas pastillas, otra vez puse en una viga del baño una cuerda, tenía muchas ganas de suicidarme.
Cecilia, una mujer de 32 años oriunda de la comuna de Cerro Navia, cuenta lo que le decían en la iglesia pentecostal a la que asistió hace nueve años cuando quisieron que abandonara su lesbianismo. Es pecado. Te vas a ir al infierno. No es lo que dice la Biblia. Eres rara. Tu familia va a estar decepcionada de ti. Piensa en tu abuela. Piensa en tu abuelo. Piensa en tu hermana y en tus primos. ¿Has dormido con las niñas de la Iglesia (en las actividades del culto)? ¿Tienes deseos sexuales?
Cecilia dice que durante ese período perdió más de 15 kilos:
—Comencé a autolesionarme y a tener crisis de ansiedad donde me costaba respirar. Pensé en quitarme la vida.
Chela tiene 28 años. Cuando tenía 14 su madre la sometió a sesiones para cambiarla. Lo hizo, cuenta ella, con el apoyo de un pastor de una iglesia en Las Condes. Las sesiones incluían muchas horas de rezos en voz alta y tocaciones:

Exterior de la Iglesia Viña Las Condes, en Santiago de Chile, tomada con dron por Diego Figueroa, del colectivo Migrar Photo.
—Oración, oración y oración —recuerda Chela —Palpaciones. Manos en mi cuerpo. Palabras en lenguas desconocidas […] Fuera espiritu homosexual.
Dice que la experiencia de conversión realizada por su madre la dejó con secuelas, como no poder conciliar el sueño y tener pesadillas con los episodios que vivió por casi dos años. Dice que hasta hoy toma medicamentos para superar el trauma de esa etapa.
Un hombre de 34 años, que pidió resguardo de su identidad, cuenta que cuando tenía 19 en una iglesia de Santiago fue sometido a prácticas de conversión:
—Desde siempre el miedo era latente; que si yo no hacía todo de mi lado para poder dejar de ser gay, iba a estar condenado al infierno y a la muerte física, ya que el diablo iba a venir a matarme. Que tenía mi mente reprobada, y que mi conocimiento estaba “entenebrecido”.
Cuenta que tuvo ideación suicida. Lo intentó un par de veces:
—Para la iglesia Evangélica ser homosexual y suicidarse significan lo mismo: pecado, significa ir al infierno. Ese conflicto interno fue lo que me mantuvo con vida. Aunque estaba muy dañado por la iglesia, seguía creyendo en ella. El miedo de ir al infierno era latente desde mi adolescencia. No pienso mucho en eso, pero no estoy 100% seguro de que no me iré a la oscuridad.
Las historias se repiten.
“Presión moral, se me dijo que era contagioso, que mi vida estaba arruinada y comparaciones sumado a una serie de medicamentos que me tenían aturdido”; “Videos todo el día de películas con parejas heterosexuales, inclusive pornografía heterosexual”; “Ayuno obligatorio para no alimentar al demonio que llevaba dentro, exposición frente a todo el culto, negación de mis derechos e identidad”. “Me cortaba los brazos, las manos, los pechos, me golpeaba la cabeza contra la pared, trataba de ahorcarme o ahogarme, tomar cloro”; “Tengo cicatrices por autolesiones”; “Bajé mucho de peso y perdí masa muscular”; “Tengo crisis de ansiedad, de pánico, pensamientos suicidas, tuve que buscar ayuda muchas veces porque me quería suicidar”.
Todos los testimonios coinciden: les negaron la identidad, les dijeron que lo que sentían era pecado, que se iban a ir al infierno. Todos sufrieron.
Todas esas experiencias se desarrollaron en la privacidad de las iglesias y las familias. La mayoría de los testimonios coinciden en que recién varios años después de pasar por las prácticas de conversión tomaron conciencia de lo que habían enfrentado. Algunos intentaron hacer denuncias en la justicia, pero no llegaron a nada.
Durante el mes que uno de nuestros periodistas se infiltró en los grupos del Ministerio de Restauración comprobamos que estas prácticas siguen vigentes hasta el día de hoy.
Una misión encargada por Dios
La sede central del Ministerio de Restauración está ubicada en Córdoba, Argentina. La fundó en abril de 2000 Mauricio Montión, un profesor de inglés que, según su propio testimonio de conversión, tuvo una infancia marcada por una madre alcohólica, un padre con una segunda familia y un vecino que abusó sexualmente de él durante siete años.
Cuando se pagan los 323 dólares que cuesta el curso para reconvertirse, lo primero que llega es un video de Montión, que cuenta su historia:
—Estas experiencias trastornaron y distorsionaron mi visión de mi sexualidad, de mi género y de cómo me percibía como varón. Descubrí la pornografía a los cinco años. Era una revista que mi padre tenía en su maletín. Se la robaba y la compartía con otros niños en grupos masturbatorios. Después, en la pubertad, cuando comencé a sentir atracción sexual, no era hacia las niñas, sino hacia los varones. Mi atracción sexual se había desviado y eso me aterró. Lo oculté y comencé a practicar la homosexualidad encubierto.
En un momento de su vida, asegura Mauricio —estatura promedio, moreno, de contextura gruesa y calvo. Sonríe cuando habla, con un tono pausado, como si en cada frase buscara transmitir calma—, tocó fondo con sus “quebrantos” y conoció a Dios:
—Pude escuchar su voz y permitirle a Él que comenzara a traer luz a todas las mentiras que había creído, a mi pasado, al que estaba amarrado y que debía dejar atrás.
Los ejemplos son claves en estas prácticas religiosas. Al igual que el testimonio de Jessica, la mujer de 60 que dice que logró curarse el lesbianismo, se usan esas experiencias para demostrarle al resto que es posible sacar al demonio de sus cuerpos.
Tras un proceso de sanidad de cinco años, a fines de los noventa, Mauricio viajó a Estados Unidos para capacitarse en el programa Living Waters, de Desert Stream Ministries, una organización cristiana con conexiones internacionales que promueve programas de acompañamiento dirigidos a personas que desean abandonar la homosexualidad y otros denominados “quebrantos sexuales”.
«Los que hemos atravesado por esta experiencia hemos sido estafados económicamente. Pero el dinero no es el principal interés de ellos. Lucran y ganan un montón de guita, pero esto es una disputa y una cruzada ideológica».
En el 2000, al regresar a Argentina, Mauricio Montión asegura que Dios le encomendó una misión: crear el Ministerio de Restauración. Tres años después, en un grupo religioso, conoció a Daniela Di Liddo, se casaron y ambos asumieron la dirección de la organización.
—Dios no condena a los pecadores sexuales— dice Montión en su testimonio grabado a los iniciados —Él extiende su gracia, su misericordia y nos llama al arrepentimiento. Lidié con eso a los pies de la cruz y de manera redendora. Estoy casado hace 17 años, tengo un hijo adolescente y puedo disfrutar de una vida, una sexualidad y relaciones mucho más plenas.
El primer contacto de nuestro Cristián con esa iglesia fue a través de WhatsApp. Enviamos un comprobante de transferencia por 15 dólares, el primer pago por la compra de un set de charlas sobre los contenidos que imparte el Ministerio de Restauración. La respuesta era automatizada: solicitaban completar un formulario de confidencialidad y luego le enviaron un enlace de YouTube con nueve grabaciones de aproximadamente una hora cada una. Todas fueron registradas en Chile, en mayo de este año, y algunos de los títulos son: “Dios restaura lo que el enemigo te robó”, “Sanidad sexual y restauración: volviendo al diseño original de Dios” y “Restaurando la honra en el hombre: sanando heridas, identidad y masculinidad”.
En esos videos se habla de “quebrantos sexuales”. Mauricio conversó por WhatsApp con Cristián durante varios días. El pastor le dijo que tienen experiencia en estos temas. Escribió: “Con los años, hemos acompañado a muchas personas que experimentaron luchas similares y hemos observado que, detrás de muchas de ellas, suelen existir historias, heridas, necesidades afectivas, inseguridades, rechazos, experiencias relacionales o creencias acerca de sí mismos que se fueron formando a lo largo de la vida”.
Algunos minutos después, Cristián recibió el ofrecimiento: unirse a la Escuela de Restauración, un programa online que ofrece una “formación profunda para la sanidad emocional, relacional, sexual y espiritual, combinada con un entrenamiento ministerial y transformador”. Nueve meses de duración y un costo de 323 dólares.

Exterior de la Iglesia Viña Las Condes, en Santiago de Chile, tomada con dron por Diego Figueroa, del colectivo Migrar Photo.
También le ofrecieron asistir de manera presencial al Retiro Intensivo de Restauración, en Córdoba. Su enfoque es similar al del programa online. Está dividido en 23 temas, desarrollados en seis sesiones de 90 minutos. Dos de ellos se titulan “El diseño y la intención de Dios para la sexualidad y las relaciones” y “Lidiando redentoramente con la AMS (Atracción no deseada hacia el Mismo Sexo)”.
El retiro se realiza en el Hotel Serrano, en las Sierras de Córdoba durante una semana y cuesta entre 700 y 1.000 dólares, dependiendo del tipo de habitación elegida. El valor no incluye pasajes aéreos, traslados ni material de lectura. Entre los requisitos para asistir, es necesario tener una carta de recomendación de un sacerdote o párroco de alguna iglesia o congregación.
Años atrás, el Retiro Intensivo de Restauración se llamaba Aguas Vivas, en honor al programa Living Waters, de Desert Stream Ministries. El argentino Gastón Onetto, de 42 años, asistió en 2005. Hoy es psicólogo y es quien denunció públicamente las prácticas del Ministerio de Restauración en 2020, en Argentina.
En entrevista para este reportaje, Onetto cuenta que el psicólogo que lo atendía entonces lo envió al encuentro. Recuerda que duró diez días y que se lo pagaron sus padres. Fue en un hotel frente a un lago y asistieron cerca de 200 personas, todas con el objetivo de cambiar su orientación sexual.
—Los días empezaban con oraciones y cánticos— cuenta Onetto —Después, al grupo general lo separaban en grupos pequeños, a cargo de otras personas, siempre muy vigilados.
Los hacían denunciarse los unos a los otros cuando ocurría algo que se entendía como una provocación. ¿Un ejemplo? Sacarse la polera delante de otros asistentes.
—Los que hemos atravesado por esta experiencia hemos sido estafados económicamente. Pero el dinero no es el principal interés de ellos— advierte Onetto —Lucran y ganan un montón de guita, pero esto es una disputa y una cruzada ideológica. Ellos realmente creen que están cumpliendo una misión en la Tierra, que hacen el bien que la humanidad necesita.
Dejar de ser gay: versión La Pintana
Uno de los pastores que apareció en los relatos recogidos para esta investigación fue Fermín Vargas, líder de la iglesia Reencuentro con Cristo, que funciona en La Pintana, una comuna en el sector sur y popular de Santiago. Depende de la Iglesia Misión Internacional Visión para las Naciones, que trabaja con el modelo de la visión G12, en el que cada pastor debe formar a otros 12 pastores líderes y así sucesivamente.
En esa Iglesia, Arturo*, de 34 años, cuenta que fue víctima de prácticas de conversión con el pastor Fermín. Llegó en 2010, cuando tenía 18, para hablar de sus deseos sexuales con otros hombres. Entonces sentía culpa, miedo y vergüenza.
El padre y la madre de Arturo también son pastores, por lo que la cultura e idiosincrasia de la Iglesia Pentecostal es parte de su vida desde la niñez, y también el constante rechazo a las personas homosexuales.
—Los homosexuales se iban al infierno y merecían todo el castigo de Dios, dijo una vez mi padre en una predicación—, cuenta Arturo por videollamada. Hoy es profesor y dice que acepta hablar porque es necesario que esto se sepa.
Dice que cuando llegó por primera vez al culto, el pastor Fermín Vargas le dijo:
—Tú sabes que esto no es como del orden de Dios, esto es una desviación. Pero lo bueno, y que me alegra mucho, es que puedas reconocer que es una desviación.

Exterior de la Iglesia Reencuentro con Cristo, en La Pintana, tomado con dron por Diego Figueroa, del colectivo Migrar Photo.
Arturo asegura que el pastor nunca le dijo explícitamente que dejara de ser gay, simplemente que iban a comenzar el trabajo para que “dejara de sufrir”. Y como prueba de aquello, le comentó que ya lo había hecho antes y que esos hombres luego conseguían pareja heterosexual y formaban una familia.
Durante seis meses, Arturo asistió a las llamadas “consejerías espirituales”. La primera instrucción que le dio el pastor fue leer textos bíblicos, tanto de otros pastores como versículos de la Biblia. Los que históricamente se han utilizado para los homosexuales son el versículo de Sodoma y Gomorra o Efesios Capítulo 4 en qué se habla de la lujuria (lasciva) como el resultado de una mente alejada de Dios.
—Luego de ese periodo me hizo hacer un ayuno generacional, tenía que ayunar un día por cada año que yo tenía—cuenta Arturo —En este caso eran 19 días.
Encerrado en su pieza con música cristiana, oraba y recordaba pasajes de su vida. Recuerda haber salido de esas sesiones vomitando, momento en que según la religión se expulsa el pecado.
—Yo quedaba hecho bolsa todos los días. Bolsa. Era algo fuerte.
Después del ayuno venía otro paso: contarle a sus padres que había manchado su casa con pecado.
—Yo tenía que comentarles que me había masturbado con hombres, que había visto porno gay… tenía que pedirles perdón a mis papás porque yo había sido muy inconsciente.
Cuenta que se quedó muy solo, sin amigos, porque el pastor le ordenó alejarse de sus cercanos en la universidad. Entonces comenzó a ser integrado al ambiente de la iglesia. Lo invitaban a los cumpleaños de los fieles. Dice que empezó a sentirse muy diferente:
—Efectivamente me habían dejado de gustar los hombres, pero tampoco me habían empezado a gustar las mujeres. Yo entiendo ahora que el trabajo psicológico que me hicieron fue tan fuerte, de penalizar y culpabilizar el líbido, que en ese tiempo el líbido me bajó a cero. El pastor me dijo que como estaba tan limpio, ahora me da risa, era como los ángeles. Asexual. Eso fue después de un año de terapia y de asistir a encuentros de la iglesia.
Arturo cuenta que se alejó de la iglesia porque querían casarlo con la hija de un pastor. Dice que, estando lejos del culto, su libido volvió y hoy es un hombre gay que vive tranquilo con su identidad.
Una periodista de nuestro equipo fue a la iglesia Reencuentro Con Cristo el último domingo de junio y preguntó si una persona gay podía asistir al culto para volverse heterosexual. La respuesta de una de las líderes del culto no la sorprendió:
—Sabemos que en estos tiempos el enemigo ha robado mucho la identidad, sobre todo de los jóvenes.
La misma persona explicó la receta que ellos aplican para lograr convertir homosexuales:
—Hay que llegar a la raíz del problema, porque lo más probable es que a veces sufren atropellos sexuales, a lo mejor no tuvieron una buena infancia. Porque de que nazcan así, las personas no nacen así, el señor nos creó mujer y hombre. Porque en algún momento se quebró su identidad.
El pastor Fermín Vargas, hoy con más de 80 años, continúa liderando ese culto. Enviamos preguntas a la iglesia Reencuentro con Cristo para conocer su versión sobre las prácticas de conversión sexual que allí se desarrollan, pero hasta el cierre de este reportaje, no recibimos respuestas. La única que dijo algo fue Marcela Vargas, secretaria de la iglesia: “Tenemos la orden de que no hay respuesta a ninguna de este tipo de preguntas. Porque cada iglesia tiene un código ante la Ley, donde tenemos unos estatutos por personalidad jurídica. Por Ley que cada cosa que se realiza dentro de nuestra iglesia es algo voluntario y absolutamente privado”.
Humillarse ante Dios
Mientras eso ocurre en la comuna de La Pintana, Cristián sigue conversando con los líderes del Ministerio de Restauración, que están en Argentina. La comunicación es a través de chats. Él les cuenta que necesita una solución a su problema, dejar de ser gay. La respuesta es clara: “Te queremos decir algo con mucho cariño y honestidad. Por lo que nos compartes, estamos hablando de procesos muy profundos y muy complejos. Requieren tiempo, acompañamiento, rendición de cuentas, oración y un trabajo profundo en el corazón”.
Le escriben por WhatsApp y le recomiendan que contrate el curso que ofrecen de manera virtual, y que además asista al encuentro que tienen planificado en Córdoba entre el 7 y el 11 de julio.
Cristián contrata el curso, que se denomina Escuela de Restauración. En los textos y videos que allí aparecen, se menciona que las personas nacen con un solo sexo: masculino o femenino, y que este no puede ser intervenido, “por más que la medicina moderna haya tratado de modificar el diseño divino”.
El curso es una avalancha de aberraciones. Cuando explican el posible origen de la homosexualidad de una mujer, apuntan a que una madre depresiva, exigente, que critica a su propio género, que tiene muchos hijos, que abandonó a su esposo, que intentó abortar o que desarrolla un apego excesivo, puede provocar en su hija adicción sexual, lesbianismo o falta de identidad.
El culpable de todo es el demonio, quien “roba la verdadera intimidad, la verdadera identidad sexual y la verdadera imagen de Dios, sembrando confusión, distorsión y erotización prematura”.
Los líderes del Ministerio de Restauración presentan la homosexualidad —junto con la promiscuidad, la pornografía y la adicción a la masturbación— como un síntoma y no como la raíz del problema. “Detrás de toda sexualidad desordenada hay una voz que clama sentirse amada, segura y vista. El alma, buscando ese consuelo, encontró sustitutos. La atracción homosexual no es el inicio, sino el final de un proceso interior más profundo, lento, silencioso y doloroso que comenzó en carencias relacionales. La homosexualidad es una herida que habla, no una identidad verdadera que define”, aseguran en uno de los textos obligatorios del curso.
«El pastor me dijo que como estaba tan limpio, ahora me da risa, era como los ángeles. Asexual. Eso fue después de un año de terapia y de asistir a encuentros de la iglesia».
La solución al “quebranto sexual”, según la Escuela de Restauración, es posible a través de Dios y de su palabra. El camino no es fácil, ya que las personas deben humillarse ante la cruz del Señor, reconocer las heridas con sus progenitores y revisar los hechos que pudieron haberlas afectado en el pasado. Y si alguien no se identifica con alguna de esas experiencias, no significa que no las haya vivido. Simplemente es que todavía no las recuerda.
Mauricio Montión, el líder de la iglesia, escribe por WhatsApp e invita a Cristián a un encuentro por Zoom: “Para que el Espíritu Santo traiga claridad a las diferentes mentiras que tu alma ha creído con respecto a ti mismo y con Dios. Con esto se va rompiendo una fortaleza muy heavy, como dicen ustedes en Chile. Me encanta esa palabra: heavy, muy poderosa… Se van rompiendo muchos años de secretismo, de ocultar. Uno se rompe, se humilla y, a partir de allí, surge un arrepentimiento hacia el Señor. Aquí estamos para acompañarte, para animarte y caminar juntos”.
En la reunión por Zoom, en la que participan cerca de 80 personas de distintas nacionalidades, se reza mucho y se comparten testimonios. Después de un rato el grupo se divide y Cristián queda a cargo de un hombre venezolano que vive en Chile desde hace un año. Junto a él están otros cinco hombres. Dos de ellos participan por un “quebranto sexual”: homosexualidad, masturbación compulsiva y adicción a la pornografía. Los demás son adultos mayores que buscan resolver problemas en sus relaciones de pareja.
Cuando Cristián les cuenta que siente culpa y dolor por sentirse atraído por un hombre, el venezolano dice:
—Te pusiste un traje de odio para ocultar el traje de la atracción, pero ninguno te queda bien porque tú no eres así—. Cierra los ojos, junto a los otros integrantes del grupo, y comienza a orar por él —Señor , queremos todos orar por Cristián por esta confusión de género y de carácter.
Al día siguiente Mauricio Montión le escribe al chat para reiterar una idea fuerza: la homosexualidad tiene su origen en heridas del pasado y se sanan con Dios.
En la conversación, Mauricio le pregunta en qué comuna vive para recomendarle una iglesia. “Conocemos algunas, sobre todo en Santiago y en Temuco, pero si nos dices en qué sector estás podemos referirte a alguna congregación para que puedas buscar al Señor”. Poco después le envía una sugerencia: la Iglesia Viña Las Condes.
Satanás y los doglovers
A las 9 de la mañana del domingo 28 de junio, en el Día Internacional del Orgullo LGBTIQ+, Mauricio Montión envía los datos de la reunión a cargo de la Iglesia Viña Las Condes, una congregación que pertenece al movimiento Vineyard, un red de iglesias cristianas evangélicas creada en los setenta en Estados Unidos.
En Santiago, la Iglesia Viña Las Condes tiene grupos de conexión en 11 comunas y su casa matriz está ubicada en la calle Martín de Zamora. “Creemos que Dios nos ha dado este lugar estratégicamente para ser agentes de influencia en el sector, en la ciudad y en el país”, detalla en su sitio web.
Minutos más tarde, Mauricio vuelve a escribirle a Cristián. Le recomienda que se reúna con “otro hermano” que conoce: Leonardo Grandón, integrante del equipo Sanidad Hombres de la congregación. “Dirige un grupo de varones con luchas sexuales. Él se encuentra ahora en el culto y está esperando que lo veas”, explica en el chat.
El encuentro de la Iglesia Viña Las Condes se realiza todos los domingos, en dos horarios distintos, en el Hotel InterContinental Santiago, en la comuna de Vitacura, donde vive la élite chilena. En el subterráneo, antes de ingresar al salón, hay té, café, agua, galletas y varios stands donde se venden artesanías religiosas y libros de autores evangélicos. En el interior, el lugar está repleto de familias con niños y adolescentes.
«Dios sabe que eres un hombre de verdad, conoce tu masculinidad y Él, en su plan, tiene una mujer para ti. Lo que pasa es que Satán sabe cómo dominarte».
Son más de 300 personas reunidas para presenciar un verdadero espectáculo. Las sillas acolchadas están dispuestas frente a un gran escenario equipado con un sistema de iluminación y amplificación de audio, además de pantallas LED y televisores que transmiten constantemente mensajes religiosos y un código QR para realizar donaciones. También trabajan sonidistas, camarógrafos, fotógrafos y un equipo de la propia iglesia encargado de buscar asientos disponibles para las familias que llegan tarde. El costo de arrendar el lugar, junto con el equipo técnico y durante siete horas, supera los 5.000 dólares.
La dinámica comienza con un pastor sobre el escenario. Es un hombre mayor, alto, de cabello canoso y voz profunda que capta la atención de todos los asistentes apenas comienza a hablar. Viste una polera negra ajustada y pantalones blancos. Pregunta quiénes son de Venezuela y varios levantan la mano. El hombre comienza a orar por ellos, por las víctimas del terremoto y por todos los que aún no salen al encuentro con Dios. Durante toda la reunión no se habla de la homosexualidad ni de los “quebrantos”.
Después de una hora y media de culto, Cristián se reúne con Leonardo, casado y padre de dos hijas. El hombre lo saluda y lo abraza como si fueran cercanos de toda la vida. Le agradece por asistir a la reunión y por buscar ayuda. Sentados en el mismo salón del hotel, Cristián le explica parte de su historia y de la atracción que siente por otros hombres. Leonardo lo escucha e intenta transmitirle calma.
—Dios sabe que eres un hombre de verdad, conoce tu masculinidad y Él, en su plan, tiene una mujer para ti. Lo que pasa es que Satán sabe cómo dominarte— dice Leonardo, y luego explica la forma en que Satán estaría interrumpiendo el plan de Dios a través de cuatro pilares: la homosexualidad, el aborto, el éxito profesional y los doglovers —Las parejas están criando perros como si fueran hijos y no están formando familia.
Más tarde, por WhatsApp, Leonardo envía un enlace para inscribirse en el curso Programa Sanidad Hombres “Aprendiendo a Confiar”. En la descripción se detalla que está inspirado en Aguas Vivas (Living Waters), de Desert Stream Ministries, y que está enfocado en “aquellos que enfrentan adicciones, especialmente la adicción sexual, pero también es aplicable a cualquier lucha relacionada con el pecado y otras adicciones”. A través de sesiones semanales durante cuatro meses, el objetivo es realizar “un viaje a la cruz de Cristo. Nos enfrentamos a la muerte del ‘yo’ para recordar que nuestra falta de valor ha sido cancelada por el sacrificio de Jesús”.

Imagen del interior de un templo chileno, parte del ensayo fotográfico «Evangéicos», de Jorge Parra, parte del colectivo Migrar Photo.
Después del encuentro, Mauricio Montión reaparece por chat: “Qué bueno que conociste a Leito… así le decimos a Leonardo. Hace años que viene caminando con nosotros como Restauración. Incluso, en abril compartí con el grupo presencial que tienen: varones que luchan por amar bien y cuya sexualidad los está entorpeciendo. Lo que experimentaste hoy, Cristián, es porque Dios tiene cosas muy tremendas para ti. Aquí estamos para animarte y para decirte que es posible amar como Jesús, porque Él nos dio el ejemplo y su Espíritu Santo para ayudarnos en lo que nosotros no podemos hacer”.
Les enviamos preguntas a Mauricio Montión y a Leonardo Grandón, pero hasta el cierre de este reportaje no recibimos ninguna respuesta.
Indiferencia
Por ahora, las prácticas de conversión que ejecutan iglesias como el Ministerio de Restauración o Reencuentro con Cristo no están fuera de la ley. Las experiencias de homosexuales y trans se comentan en las organizaciones que agrupan a la diversidad sexual, pero aún no se debaten con soltura en el espacio público.
En 2020 un grupo de parlamentarios intentó reformar la Ley Antidiscriminación chilena, conocida como Ley Zamudio, para incorporar un artículo que estableciera como “discriminación arbitraria” este tipo de prácticas, pero actualmente esa reforma duerme en el Congreso.
MatiVal Cortéz, abogado de la Universidad de Chile y asesor de la diputada Emilia Schneider, cree que sólo con esa reforma se podría establecer un mecanismo legal que prohíba y penalice las prácticas de conversión. Asegura que con la legislación actual no es posible sancionar. Agrega que la modificación legal está estancada en el Congreso, en parte, por la ausencia de activismo desde las organizaciones de la diversidad sexual.
—No pareciera ser parte de la agenda de las organizaciones y puede ser porque no se le ha dado difusión a casos graves que sí han ocurrido en Chile— dice Cortez —o porque se ve como algo lejano. Pese a que cuando se conversa con personas LGBTQI+ todos conocemos a alguien que ha vivido intentos de esta naturaleza.
Para este reportaje consultamos a las organizaciones más relevantes de la diversidad sexual —Movilh, Acción Gay—, quienes respondieron que no registran denuncias. Desde el Movilh puntualizaron que desde “hace más de 15 años no llegan denuncias de personas afectadas directamente por prácticas de conversión. Solo hemos denunciado a terapeutas que las promocionan en el último tiempo”. La Fundación Iguales no respondió a las consultas realizadas para este reportaje.
—Ahora las prácticas de conversión quedan restringidas a los espacios privados, cotidianos o religiosos. Por ende, fuera del escrutinio público— explica Ojeda. —Hay cierto consenso en el ámbito de los derechos humanos y el ámbito académico en definir este fenómeno como un conjunto de prácticas, en vez de una terapia propiamente tal, porque nos hemos dado cuenta de que muchas veces lo que las personas reciben son prácticas que intentan reprimir, desincentivar o suprimir la orientación sexual, identidad o expresión de género de una persona, y que eso no necesariamente ocurre en el contexto de un trabajo terapéutico de un profesional de la salud mental, sino que ocurren en espacios religiosos o en espacios comunitarios.
Eso sí, Ojeda hace una prevención: “Me consta por el trabajo tanto académico como activista que he tenido en espacios religiosos que han habido avances y discusiones al interior de ciertas comunidades religiosas, donde este tipo de cosas se han visibilizado. Existen pastorales en la diversidad sexual, existen espacios dentro de las iglesias católicas, evangélicas y de otras denominaciones donde esto se vive de otra manera. Existe un discurso distinto”.
Franco Fuica, de OTD Chile, apunta a que estas prácticas “provocan mucho trauma. Se realizan en períodos en que las personas son muy pequeñas, no son autónomas y no tienen capacidad para defenderse. Entonces, destruir, romper, limitar esa parte tan esencial genera heridas que probablemente van a afectar el desarrollo de cualquier parte de la vida en el futuro”.
«Ahora las prácticas de conversión quedan restringidas a los espacios privados, cotidianos o religiosos. Por ende, fuera del escrutinio público».
Tomás Ojeda, psicólogo clínico, doctor en estudios de género, investigador de la Universidad de Lausanne y experto en terapias de conversión, dice que muchas veces se cree que estás prácticas solo existen en su versión extrema, como torturas en hospitales con la aplicación de electroshock, cuestión que sí ocurrió en Chile por lo menos hasta los noventa, pero sobre la que no hay un registro actualizado.
En Chile, recién en 2016, el Ministerio de Salud (Minsal) emitió un dictamen que prohibió las llamadas “terapias reparativas” y desde 2017, con la entrada en vigencia de la Ley 21.331 sobre el Reconocimiento y Protección de los Derechos de las Personas en la Atención en Salud Mental, se estableció que el diagnóstico de estado de salud mental no debe basarse en la identidad u orientación sexual de la persona. Pero no hay regulación para las prácticas que se realizan en iglesias o espacios privados.
Las prácticas de conversión sexual son “inherentemente discriminatorias, crueles, inhumanas y degradantes y, según el grado de dolor físico o mental infligido a la víctima, pueden equivaler a formas de tortura”, afirmó el abogado Víctor Madrigal-Borloz en 2020, experto de la ONU en orientación sexual e identidad de género, cuando presentó un informe al respecto ante el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

Exterior de la Iglesia Viña Las Condes, en Santiago de Chile, tomado por un dron de Reportea, del colectivo Migrar Photo.
Cuando ese mismo año el experto de la ONU solicitó al Estado de Chile que dijera si tenía información relacionada con estas prácticas, el Minsal respondió que no contaba con información: “Desde el Ministerio de Salud no se ha levantado información sobre estas prácticas, ya que no forman parte de la oferta programática ni son promovidas para ser utilizadas”.
El organismo público también indicó que no realiza ningún tipo de investigación para recoger datos sobre esas prácticas en el país (vea aquí ese documento).
En el mismo informe el Minsal señala que la Superintendencia de Salud es la encargada de realizar las investigaciones pertinentes cuando existen denuncias por aplicación de terapias de conversión sexual que involucren a personal del ámbito médico. Le consultamos a ese organismo por el registro de denuncias, y respondieron que sólo existe una denuncia realizada en 2017 por el Movimiento de Liberación Homosexual (Movilh) en contra de una fundación de psicólogos que ofrecía terapias de conversión (vea aquí la respuesta).
Al preguntar por el resultado de la indagatoria, dijeron que esta no pudo desarrollarse porque sus funcionarios no encontraron la dirección postal en la que habría funcionado la organización. No hicieron otras diligencias.
*En el caso de Arturo, se usó un nombre de fantasía para preservar su identidad y seguridad.
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