Cuando ya había terminado la sesión, Magario dejó hablar a Valenzuela que hizo una fuerte defensa de Pettovello

Cuando ya había terminado la sesión, Magario dejó hablar a Valenzuela que hizo una fuerte defensa de Pettovello

 

Verónica Magario hizo una extraña jugada para ceder la palabra al libertario Diego Valenzuela a pesar de que la sesión ya había terminado y varios senadores estaban saliendo del recinto. El ex intendente de Tres de Febrero aprovechó para lanzar una fuerte defensa del gobierno nacional y obligó a Sergio Berni y Jorge Paredi a salir a responderle.

Cuando la presidenta del Senado puso fin a la sesión, varios senadores se levantaron de sus bancas y enfilaron hacia la salida. Incluso la propia Magario se puso de pie para bajar del estrado. Sin embargo, Valenzuela reclamó que no había podido hablar y sorpresivamente la vicegobernadora hizo sentar a todos para continuar con la sesión.

Valenzuela se lanzó con una fuerte defensa a la ministra de Capital Humano, Sandra Pettovello, objeto de críticas unos minutos antes. «Es inexacto el número de 3000 despidos en el ministerio. No se renovaron contratos, se eliminaron superposiciones. Capital Humano estaba loteado políticamente y eso generaba superposiciones de programas», dijo.

El kirchnerismo en la Legislatura busca aprobar las leyes de emergencias sanitarias y de alimentos de Ishii contra Kicillof

Además, explicó que la ministra cortó los intermediarios. «Enorme cantidad de plata que se iba en cooperativa fantasmas y en punteros. Y además, recordemos que los jefes piqueteros estaban en los dos lados del mostrador: daban el plan o el programa y lo recibían en sus organizaciones».

«Disculpen, y no se molesten por lo que voy a decir, pero el ministerio estaba loteado políticamente. Y eso generaba distorsiones y superposiciones de programas que iban a distintos actores y que, en definitiva, hacían cosas parecidas».

Disculpen, y no se molesten por lo que voy a decir, pero el ministerio estaba loteado políticamente. Y eso generaba distorsiones y superposiciones de programas que iban a distintos actores y que, en definitiva, hacían cosas parecidas.

Berni evitó criticar a Magario por retomar la sesión cuando ya había terminado y se enfocó en Valenzuela. «Usted tiene que estar más atento a la sesión. Cocodrilo que se duerme, es billetera», le dijo y siguió con críticas al derrotero político de Valenzuela. «¿Usted es Pro o Libertad Avanza? Ya me perdí. Le voy a contestar al converso. La AUH, cuando el gobierno de Alberto Fernández se fue, recuperó el 20% que su gobierno macrista, antes de ser converso, había dejado. Su gobierno anterior, antes de ser converso, había aprobado las altas por bajas en los planes sociales, que generó la gran catástrofe en el equilibrio de los planes sociales», dijo.

Diego Valenzuela.

También Paredi pidió la palabra para responder a Valenzuela. El ex intendente de Mar Chiquita comienza a perfilarse como un vocero de Axel Kicillof en un recinto donde la mayoría del Movimiento Derecho al Futuro esquiva los discursos. «Me gustaría pedirte ayuda para que le digas al presidente que a la provincia de Buenos Aires le debe más de 20.000 millones de pesos», dijo.

Se trata de la segunda sesión del Senado en lo que va del año. Semanas atrás, en la primera sesión, hubo fuertes cruces entre Berni y Mario Ishii (que representan al kirchnerismo) con Magario.

Estalló la interna peronista en el Senado: Ishii y Berni cruzaron a Kicillof y chocaron con Magario

LPO adelantó que Berni hizo un nuevo intento por bajar al recinto las leyes de emergencias sanitarias y de alimentos que presentó Mario Ishii y que suponen una crítica al gobierno de Axel Kicillof.

El jefe del bloque peronista buscó incluir los dos proyectos en la reunión de Labor Legislativa, pero no consiguió los dos tercios necesarios para aprobarlos en el recinto. Finalmente, esos proyectos -incómodos para el Ejecutivo- van a transitar por las comisiones de trabajo.

 

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    «Manuel hizo un análisis como si fuese un válido interlocutor de su propio quilombo», resumió a LPO un dirigente libertario que quedó en shock por la reacción del próximamente ex funcionario.

    Como anticipó ente medio, más temprano Adorni ya había empezado a poner condiciones para dar un paso al costado. Una de ellas era un lugar en el directorio del Banco Nación, para su ex número dos, Javier Lanari. Junto al contador de la UADE también se irían de la jefatura sus máximos colaboradores, Aimé «Meme» Vázquez e Ignacio Devitt. 

    Aunque no se descarta que Devitt se haga cargo de Interior como parte de la estructura de jefatura de gabinete, como sucedió en la primera etapa del gobierno libertario, cuando Lisandro Catalán ejercía de vicejefe de Interior de Guillermo Francos.

    La suerte de Adorni terminó se sellarse cuando en la Casa Rosada se enteraron que la semana próxima el PRO votaría la moción de censura del jefe de Gabinete, algo que confirmó Macri este viernes. En la Casa Rosada entendieron que en el exterior y los mercados el título sería que Milei no controla el Congreso, un golpe demasiado duro a las dudas que ya existen sobre la real fortaleza política del Presidente y su programa económico.

     

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    El 10 de julio de 1816: cuando empezó el trabajo más difícil de la Independencia

     

    La Independencia no terminó el 9 de julio de 1816. Al día siguiente, las Provincias Unidas seguían rodeadas por guerras, divisiones internas, amenazas externas y un futuro completamente incierto. La historia del verdadero «día después».

    Por Alcides Blanco para Noticias La Insuperable

    Durante generaciones, la historia argentina enseñó a imaginar el 9 de julio de 1816 como una especie de punto de llegada, una jornada en la que un grupo de congresales reunidos en Tucumán declaró la Independencia y, desde ese momento, nació la Argentina tal como hoy la conocemos. Sin embargo, la investigación histórica desarrollada durante las últimas décadas permite reconstruir un escenario muy diferente, mucho más complejo y profundamente humano, porque el verdadero desafío comenzó precisamente al día siguiente, cuando aquella declaración solemne debía convertirse en una realidad política, militar, económica y diplomática en un territorio atravesado por guerras, disputas internas y enormes incertidumbres.

    Lo que ocurrió el 10 de julio de 1816 fue, justamente, el comienzo del trabajo más difícil. La emoción de haber proclamado la ruptura con la monarquía española convivía con una pregunta inevitable que nadie podía responder con certeza: ¿cómo sostener esa independencia frente a un imperio que todavía conservaba ejércitos poderosos, frente a provincias enfrentadas entre sí y frente a un mundo que, lejos de celebrar las revoluciones americanas, buscaba restaurar el viejo orden monárquico?

    Una declaración que todavía debía hacerse realidad

    La sesión del 9 de julio no había resuelto los principales problemas de las Provincias Unidas. El Congreso seguía reunido porque quedaban por discutir cuestiones fundamentales como la forma de gobierno, la organización institucional, la administración de los recursos públicos, la representación política de los distintos territorios y la estrategia diplomática para obtener reconocimiento internacional, un aspecto indispensable para garantizar la supervivencia del nuevo Estado.

    En otras palabras, existía una declaración de independencia, pero todavía no existía una nación plenamente organizada. No había Constitución, tampoco un consenso definitivo sobre el modelo político, y las diferencias entre proyectos centralistas y federales seguían atravesando toda la vida pública.

    La imagen de un país unido detrás de un mismo objetivo pertenece mucho más a la construcción posterior de la memoria nacional que a la realidad de aquellos días, porque el Congreso de Tucumán representaba solamente a una parte de las antiguas jurisdicciones del Virreinato del Río de la Plata, mientras otras regiones permanecían alejadas del proceso político o directamente enfrentadas con el Directorio instalado en Buenos Aires.

    Una independencia rodeada por todos los frentes

    Si el mapa político resultaba complejo, el militar era todavía más preocupante.

    Al norte, las tropas realistas continuaban ocupando buena parte del Alto Perú y mantenían capacidad suficiente para intentar una nueva invasión sobre el actual territorio argentino. La resistencia dependía casi exclusivamente de la extraordinaria guerra de recursos organizada por Martín Miguel de Güemes, cuyos gauchos sostenían una frontera militar mediante tácticas de desgaste que impedían el avance español, aunque a un costo humano enorme para la población del noroeste.

    Mientras tanto, en Mendoza, José de San Martín aceleraba la preparación del Ejército de los Andes, consciente de que la defensa permanente resultaba insuficiente y de que la única posibilidad estratégica consistía en trasladar la guerra hacia Chile y posteriormente hacia el Perú, donde se encontraba el principal centro del poder español en Sudamérica. Aquella expedición todavía era un proyecto que demandaba recursos, hombres, armamento, animales, alimentos y una organización logística sin precedentes para la región.

    En simultáneo, la Banda Oriental se encontraba sometida a la invasión portuguesa iniciada meses antes, mientras las tensiones entre el Directorio y la Liga de los Pueblos Libres encabezada por José Gervasio Artigas impedían construir una estrategia común frente a los enemigos externos. Paradójicamente, el mismo territorio que acababa de proclamarse independiente enfrentaba conflictos militares tanto contra las fuerzas de la Corona española como entre los propios proyectos políticos surgidos de la Revolución de Mayo.

    La independencia, entonces, no eliminó los peligros. Simplemente cambió la naturaleza de la lucha.

    El mundo tampoco jugaba a favor

    A menudo se olvida que la declaración de Tucumán ocurrió en uno de los momentos más adversos para cualquier revolución americana.

    Tras la derrota definitiva de Napoleón en 1815, las principales potencias europeas impulsaban la restauración de las monarquías tradicionales mediante el Congreso de Viena y la posterior Santa Alianza, un sistema internacional diseñado precisamente para impedir la expansión de los movimientos revolucionarios que habían sacudido Europa y América durante las décadas anteriores.

    Desde esa perspectiva, la independencia declarada en Tucumán no contaba con un escenario internacional favorable. España pretendía recuperar sus colonias y buena parte de Europa compartía ese objetivo, mientras las Provincias Unidas carecían todavía del reconocimiento diplomático necesario para consolidarse como un Estado soberano.

    No resulta casual que apenas diez días después, el 19 de julio de 1816, el Congreso decidiera ampliar el texto original agregando la expresión «y de toda otra dominación extranjera», una aclaración destinada a despejar cualquier sospecha de que la ruptura con España pudiera desembocar en la dependencia respecto de otra potencia europea.

    Aquella modificación demuestra que los diputados seguían pensando la independencia como un proceso abierto, susceptible de ajustes conforme evolucionaban las circunstancias políticas y diplomáticas.

    Lejos de la imagen de una obra terminada, el Congreso trabajaba casi diariamente para fortalecer una construcción institucional que todavía era extremadamente frágil.

    La historia suele recordar el 9 de julio como el día en que nació la Independencia argentina, pero el 10 de julio de 1816 recuerda algo igualmente importante y quizá más cercano a la experiencia humana: las grandes transformaciones nunca concluyen con una firma ni con una proclamación solemne, sino que recién empiezan cuando llega el momento de sostenerlas frente a la realidad. Aquellos hombres salieron de la histórica casa de Tucumán sabiendo que no habían llegado a la meta, sino que acababan de asumir una responsabilidad inmensa cuyo resultado todavía era incierto, porque la libertad recién declarada debía defenderse en los campos de batalla, consolidarse en las instituciones, financiarse con una economía devastada y legitimarse ante un mundo que todavía no estaba dispuesto a reconocerla.

     

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