Continúan las inscripciones para participar de la Escuela de canotaje

Continúan las inscripciones para participar de la Escuela de canotaje

Continúan las inscripciones para participar de la Escuela de canotaje

La Dirección de Deportes de la Municipalidad de Villa Regina informa que continúan abiertas las inscripciones para participar de las clases de la escuela de canotaje que se dictan de lunes a viernes de 16 a 18 horas en la Isla 58.

Los interesados deberán dirigirse con fotocopia del DNI al polideportivo Cumelen (Colón 107) de lunes a viernes en el horario de 8 a 13. Para consultas pueden comunicarse al celular 2984-651398.

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  • De Loredo se quedó con la UCR y ahora tiene las manos libres para ser candidato

     

    En un fallo que sorprendió incluso a los deloredistas, el juez Hugo Vaca Narvaja rechazó la apelación que había hecho el mestrismo por lo resuelto de la Junta Electoral de la UCR y de esta manera quedó proclamado como presidente del radicalismo cordobés Matías Gvozdenovich. Un hombre que responde de manera directa a Rodrigo de Loredo y que, además, conduce el bloque del radicalismo en la Legislatura cordobesa.

    Lo resuelto por la Justicia le allana el camino a De Loredo de cara al 2027 porque le da el control total del partido con la conducción del Comité Provincia, se queda con los delegados nacionales, pero, además, tendrá mayoría en el congreso partidario. El órgano del radicalismo que define las alianzas y que, incluso, le permite en el caso de que quisieran modificar la carta orgánica.

    De esta manera, el fallo de Vaca Narvaja se vuelve una pésima noticia para el llaryorismo y para el senador Luis Juez; porque deja a De Loredo más cerca de cerrar una alianza con el libertario Gabriel Bornoroni de cara al año próximo en un frente opositor al cordobesismo.

    Además, condiciona de manera muy compleja el futuro del exintendente Ramón Mestre en el marco de la mala praxis que tuvo la oposición a De Loredo dentro de la interna. Y con los serios inconvenientes que tuvieron para armar candidaturas en algunos circuitos. Por caso, en el departamento Río Cuarto.

    En tanto, los problemas para el peronista Martín Llaryora radican en la chance de un contacto que pueda existir entre los libertarios cordobeses y el radicalismo conducido por De Loredo. De hecho, hace unos meses el propio ex diputado estuvo en Casa Rosada conversando con Lule Menem sobre la posibilidad de este escenario de acuerdo y hay contactos entre algunos alfiles del deloredismo y Bornoroni.

    Acercamiento que preocupa ahora a Juez en el marco de socio exclusivo de los libertarios en Córdoba y frente a la chance de perder protagonismo en la alianza, en caso de un ingreso del radical al acuerdo.

    Precisamente, la primera reacción en redes de De Loredo dejó un mensaje entre líneas sobre la territorialidad y el peso de la UCR: «Los intentos del gobierno por intervenir de forma directa en la vida de nuestra organización política encontró aliados, pero también encontró una realidad: la abrumadora mayoría de dirigentes, intendentes, legisladores y concejales que trabajan en cada rincón de Córdoba para que lideremos una propuesta de gobierno el año que viene».

    En tanto, aquellos que en la tarde de este viernes hablaron con Marcos Ferrer, el deloredista que deja el cargo de presidente, cuentan que se agarró de una metáfora que usó el juecismo en su momento. «Juez decía que nosotros teníamos el auto sin el 08. Ahora tenemos el auto y el 08 para empezar a hablar», lanzó el intendente de Río Tercero.

    Esta porción del radicalismo cordobés también reconoce que en el marco de un frente opositor son los que tienen mayor plasticidad: «si cae la imagen de Milei, a Bornoroni le va a pasar lo mismo. Y Juez quedó pegado hace rato en ese esquema, con lo cual le va a resultar difícil querer tomar distancia. En términos de imagen y territorio, hoy para Bornoroni es un socio más rentable el radicalismo que el juecismo». 

     

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    Cuando el sábado a la noche se bailaba en el club del barrio

     

    Los bailes de los clubes de barrio fueron una tradición argentina que reunió música, familias, jóvenes y comunidad durante décadas. Una mirada a aquella vida social.

    Por Alcides Blanco para NLI

    Hubo un tiempo en que para salir un sábado a la noche no hacía falta conocer la cartelera de una discoteca, reservar una mesa ni cruzar media ciudad buscando el lugar de moda. En buena parte de la Argentina, alcanzaba con caminar unas pocas cuadras hasta el club del barrio, donde podía haber baile, orquesta, buffet, pista, rifas, juegos, partidos, reuniones y, sobre todo, gente conocida. Durante décadas, esas instituciones fueron mucho más que espacios deportivos: funcionaron como verdaderos centros comunitarios en los que distintas generaciones compartían buena parte de su tiempo libre. En los años 60 y 70, los grandes bailes de carnaval y las fiestas organizadas por clubes llegaron a convocar multitudes, con artistas populares, orquestas y precios accesibles.

    El sábado empezaba mucho antes del baile

    La preparación para el baile también formaba parte del ritual. Había que decidir qué ponerse, arreglarse un poco más de lo habitual y, en el caso de los adolescentes, negociar con los padres la hora de regreso. Para muchos jóvenes, el club era además uno de los pocos lugares donde podían encontrarse con amigos y compañeros fuera de la escuela, el trabajo o la familia. La pista se convertía así en un territorio de sociabilidad donde se cruzaban generaciones y grupos que durante la semana tenían rutinas completamente diferentes. En algunos barrios, además, el baile estaba directamente vinculado con la identidad de la institución: el club organizaba la fiesta, vendía las entradas, contrataba a los músicos y convertía sus instalaciones deportivas en un salón de celebraciones.

    La escena podía ser muy sencilla: mesas alrededor de la pista, familias conversando, parejas jóvenes esperando que empezara la música y chicos que entraban y salían del salón. En otros casos, especialmente cuando llegaban artistas reconocidos, el acontecimiento adquiría una dimensión mucho mayor. Boca Juniors, Vélez Sarsfield, San Lorenzo y otros clubes fueron escenario de grandes bailes populares, en los que podían presentarse figuras de enorme convocatoria. En los años 60 tuvieron presencia artistas como Los Cinco Latinos y Los Gatos, mientras que durante los 70 los bailes de clubes porteños llegaron a reunir a figuras como Sandro, Palito Ortega, Leonardo Favio y Joan Manuel Serrat.

    La música también contaba la transformación de una sociedad que estaba cambiando rápidamente. El tango seguía presente, pero convivía con la música tropical, el folklore, el pop y el naciente rock nacional. En una misma década podían coexistir una orquesta de tango, una banda de música tropical y un conjunto juvenil que tocaba canciones eléctricas. Esa mezcla no era solamente musical: expresaba el encuentro entre generaciones y la incorporación de nuevas formas de vestirse, bailar y relacionarse. El baile era uno de los lugares donde los cambios culturales podían verse en vivo, sin necesidad de que nadie los explicara.

    El club como segunda casa

    El fenómeno no apareció de la nada. Los clubes de barrio se habían consolidado durante las décadas anteriores como organizaciones sociales profundamente arraigadas en los barrios populares y de clase media, vinculadas al deporte, la educación física, las actividades culturales y la vida comunitaria. Investigaciones sobre la historia de estas instituciones destacan precisamente su papel en la formación de la cultura popular argentina durante las décadas de 1930 y 1940.

    Por eso el club podía ser, para una familia, una especie de segunda casa. Allí se jugaba al fútbol, al básquet o al baby fútbol, se practicaba gimnasia, se organizaban campeonatos de cartas, se festejaban cumpleaños y se realizaban reuniones sociales. También estaban el buffet, el salón, las comisiones de vecinos y las actividades de las distintas categorías deportivas. En algunos lugares había biblioteca, teatro o cine. La institución pertenecía al barrio porque el barrio participaba activamente de su funcionamiento, una diferencia importante respecto de buena parte de los espacios de entretenimiento posteriores, cada vez más organizados alrededor del consumo.

    Los bailes tenían además una dimensión económica. Para muchos clubes, las fiestas constituían una fuente de ingresos que permitía financiar actividades deportivas y mantener las instalaciones. No era extraño que una noche de gran convocatoria sirviera para recaudar fondos destinados a comprar equipamiento, reparar el techo del gimnasio o sostener alguna disciplina infantil. El espectáculo y la vida comunitaria se mezclaban entonces de una manera que hoy puede resultar extraña: la diversión del sábado podía contribuir a pagar el funcionamiento cotidiano de una institución del barrio.

    Hacia fines de los 70 y durante las décadas siguientes, ese mundo comenzó a transformarse. Las nuevas formas de entretenimiento, la expansión de las discotecas, los cambios en las pautas de consumo y las modificaciones en la vida urbana fueron quitándole centralidad a los grandes bailes de club. Una mirada retrospectiva sobre aquella época señala justamente que hasta los años 70 los clubes podían concentrar una vida social intensa que luego comenzó a fragmentarse.

    La desaparición de aquellos bailes no significó solamente el reemplazo de un tipo de música por otro. También representó la pérdida progresiva de un espacio de encuentro territorial, donde era posible conocer a personas de distintas edades sin que existiera necesariamente una finalidad comercial detrás. El club seguía siendo club, pero algunas de las funciones sociales que había concentrado comenzaron a repartirse entre gimnasios, centros comerciales, discotecas, restaurantes, televisión y, mucho después, las nuevas formas de comunicación digital.

    Quizás por eso, cuando alguien recuerda aquellos sábados de baile, no está evocando únicamente una canción o una pista. Está recordando una forma de vivir el barrio. La entrada podía costar poco, la orquesta podía tocar durante horas y alguien podía terminar la noche sentado en una mesa conversando con personas que conocía desde hacía años. En tiempos en que buena parte del entretenimiento se consume de manera individual y a través de una pantalla, aquellos salones representan una experiencia diferente: la de una comunidad que se reunía físicamente para divertirse, encontrarse y, de paso, sostener la institución que consideraba propia.

    Los clubes de barrio todavía existen y muchos continúan cumpliendo funciones sociales fundamentales. Lo que cambió fue el lugar que ocupan dentro de la vida cotidiana. Aquellas pistas de baile llenas durante los sábados y carnavales forman parte de una Argentina que ya no existe de la misma manera, pero que dejó una huella profunda en la memoria de varias generaciones. Y quizá la mejor forma de entender aquellos bailes no sea preguntarse solamente qué música sonaba, sino qué clase de sociedad necesitaba reunirse en un club para bailar hasta la madrugada.

     

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