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Con Zule Vega y en El Social, arranca GastroArte

El Social Café Resto Bar es el primero en sumarse a la propuesta GastroArte, iniciativa de las Direcciones de Cultura y de Turismo de la Municipalidad de Villa Regina. La cita será este sábado 3 a las 22 horas para disfrutar de la voz y el encanto de nuestra artista Zule Vega acompañando como propuesta gastronómica jamón de cerdo con salsa de manzana y vegetales asados.

Cabe aclarar que durante el desarrollo de la propuesta se aplicarán los protocolos correspondientes a los comercios gastronómicos, respetando el horario de circulación.

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    La ciudad argentina que desapareció bajo el agua y nunca volvió a ser la misma

     

    Durante décadas fue uno de los pueblos más prósperos del interior bonaerense. Tenía hoteles, comercios, una intensa actividad turística y miles de visitantes cada temporada. Pero una inundación extraordinaria cambió para siempre su historia y convirtió a Villa Epecuén en una ciudad fantasma que hoy atrae visitantes de todo el mundo.

    Por Redacción de NLI

    Las ruinas de una ciudad suelen asociarse con civilizaciones antiguas o con guerras devastadoras ocurridas a miles de kilómetros de la Argentina. Sin embargo, existe un lugar donde el tiempo parece haberse detenido hace apenas unas décadas. Calles que ya no conducen a ningún sitio, árboles convertidos en esqueletos blancos por la sal, edificios sin techos y automóviles deformados por el agua conforman un paisaje que muchos comparan con un escenario posapocalíptico. Se trata de Villa Epecuén, en el partido bonaerense de Adolfo Alsina, una localidad cuya historia resume tanto la capacidad de progreso del interior argentino como la fragilidad de las obras humanas frente a la naturaleza.

    Un pequeño pueblo que soñó con convertirse en un gran centro turístico

    La historia de Villa Epecuén comenzó a principios del siglo XX alrededor de un recurso natural excepcional: las aguas hipersalinas de la laguna Epecuén, cuya concentración de sal supera ampliamente la del mar. Desde muy temprano se difundió la idea de que esos baños poseían propiedades terapéuticas para aliviar enfermedades reumáticas, afecciones dermatológicas y distintos trastornos musculares. Más allá de las discusiones científicas sobre la magnitud de esos beneficios, el fenómeno alcanzó una enorme popularidad y transformó a la localidad en uno de los principales destinos turísticos del país.

    Durante las décadas de 1940, 1950 y 1960, miles de familias llegaban cada verano para disfrutar de los baños salados. La ciudad creció al ritmo de esa actividad. Se construyeron hoteles, hosterías, restaurantes, comercios y centros recreativos que generaban empleo para buena parte de la región. En su mejor momento, Villa Epecuén llegó a contar con más de un centenar de establecimientos hoteleros y una infraestructura capaz de recibir decenas de miles de visitantes por temporada. Era uno de esos ejemplos de desarrollo regional que demostraban cómo un recurso natural podía convertirse en el motor económico de toda una comunidad.

    Sin embargo, ese crecimiento convivía con un riesgo conocido desde hacía décadas. La laguna formaba parte de un complejo sistema hídrico del sudoeste bonaerense donde las variaciones climáticas podían modificar considerablemente el nivel del agua. Ingenieros y especialistas advertían periódicamente sobre la necesidad de mantener y reforzar las defensas que protegían al pueblo, aunque durante años la amenaza pareció lejana.

    La inundación que borró una ciudad del mapa

    A comienzos de la década de 1980, una sucesión de lluvias extraordinarias alteró el equilibrio de toda la cuenca. Los niveles de agua aumentaron de manera constante y comenzaron a ejercer una presión cada vez mayor sobre el terraplén que protegía Villa Epecuén. Finalmente, el 10 de noviembre de 1985, una parte de esa defensa cedió y el agua avanzó sobre la localidad.

    Lo que inicialmente parecía una inundación más terminó convirtiéndose en una catástrofe sin precedentes. En cuestión de semanas, el nivel del agua siguió creciendo hasta cubrir completamente calles, viviendas y edificios públicos. La evacuación de la población evitó una tragedia humana de mayores dimensiones, pero significó el abandono definitivo de una ciudad que había tardado más de medio siglo en construirse.

    Con el correr de los años, la laguna llegó a cubrir Villa Epecuén con varios metros de agua. Allí quedaron automóviles, muebles, hoteles enteros y recuerdos de miles de familias que nunca pudieron regresar. Durante casi dos décadas, el pueblo permaneció oculto bajo la superficie, convertido en una especie de Atlántida bonaerense cuya existencia sobrevivía únicamente en fotografías y relatos de antiguos habitantes.

    El regreso de las ruinas y la memoria de un pueblo

    A partir de los primeros años del siglo XXI, un prolongado descenso del nivel del agua comenzó a revelar lentamente las estructuras que habían permanecido sumergidas durante años. El paisaje que emergió sorprendió incluso a quienes habían vivido allí. La acción combinada del agua y de la sal había transformado completamente la ciudad. Los árboles aparecieron blanqueados como esculturas minerales, las paredes conservaron apenas sus esqueletos de hormigón y muchos objetos quedaron cubiertos por gruesas capas de cristales salinos.

    Lejos de desaparecer del imaginario colectivo, Villa Epecuén encontró una nueva forma de existencia. Fotógrafos, documentalistas, historiadores y turistas comenzaron a visitar las ruinas atraídos por un escenario único en América Latina. Incluso deportistas de reconocimiento internacional eligieron ese paisaje para filmaciones y producciones audiovisuales, contribuyendo a que las imágenes del antiguo pueblo recorrieran el mundo.

    Pero detrás del atractivo turístico permanece una historia profundamente humana. Las ruinas no representan solamente una curiosidad paisajística; son el recuerdo de una comunidad que perdió su lugar de pertenencia, de comerciantes que vieron desaparecer su trabajo y de familias que debieron reconstruir su vida lejos del sitio donde habían nacido. Al mismo tiempo, la experiencia de Villa Epecuén continúa alimentando debates sobre la planificación territorial, las obras hidráulicas, el impacto de los eventos climáticos extremos y la necesidad de pensar el desarrollo con una mirada de largo plazo.

    Hoy, caminar por las calles de Villa Epecuén significa recorrer una ciudad donde el tiempo parece haberse detenido en 1985. Cada pared derruida y cada árbol petrificado por la sal recuerdan que el progreso nunca está completamente garantizado y que la relación entre las sociedades y la naturaleza exige planificación, inversión y conocimiento. Tal vez por eso su historia siga despertando fascinación: porque demuestra que incluso en la inmensidad de la llanura bonaerense existen lugares capaces de condensar, en unas pocas cuadras, la grandeza y la fragilidad de toda una comunidad.

     

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  • La Justicia ordenó al gobierno de Milei a reparar un tramo crítico de la ruta 3 por su deterioro

     

    La Cámara Federal de Mar del Plata ordenó al gobierno de Javier Milei a adoptar medidas urgentes para mejorar las condiciones de seguridad en un tramo de la ruta nacional 3 que presenta un estado crítico tras la parálisis de la obra pública.

    Los jueces hicieron lugar a una medida cautelar impulsada por el municipio de Azul ante el grave estado de la calzada donde se vienen registrando varios accidentes.

    La resolución alcanza al tramo de la ruta que une la ciudad de Azul con la localidad de Cacharí y obliga tanto a Vialidad como a la empresa Corredores Viales S.A. a implementar acciones inmediatas para reducir los riesgos que enfrentan los automovilistas en esa ruta.

    El fallo revocó una decisión previa del Juzgado Federal 2 de Azul, que había rechazado la cautelar. Al analizar el caso, los camaristas concluyeron que existe un riesgo actual y concreto para los usuarios de la ruta, respaldado por distintos elementos incorporados al expediente.

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    Entre ellos, destacaron que durante los últimos seis meses se registraron 11 siniestros viales en ese tramo y que informes elaborados por la Policía Federal Argentina constataron la presencia de baches, hundimientos, huellas producidas por el tránsito pesado y deficiencias en la señalización.

    La Cámara intimó al gobierno libertario a presentar, en un plazo de 10 días hábiles, un plan de trabajo detallado ante el Juzgado Federal de Azul. El documento deberá especificar las obras previstas, el orden de prioridades, los responsables de su ejecución, el cronograma de tareas y las medidas de contingencia que se aplicarán durante el proceso.

    Además, los jueces establecieron que los trabajos deberán completarse en un plazo máximo de 120 días corridos y quedar sujetos al control judicial, con la obligación de presentar informes mensuales sobre el avance de las obras.

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    Mientras se ejecutan las reparaciones definitivas, el fallo también ordena la adopción de medidas preventivas para disminuir el peligro en la circulación. Entre ellas, la colocación de carteles de advertencia y señalización preventiva, la implementación de reducciones de velocidad, balizamiento, dispositivos para mejorar la visibilidad nocturna y reparaciones provisorias en los sectores considerados más críticos.

    Al fundamentar la decisión, los magistrados señalaron que la medida cautelar tiene como objetivo evitar que se produzcan nuevos daños frente a un riesgo comprobado, sin que resulte necesario esperar una definición sobre las responsabilidades de fondo.

    Asimismo, recordaron la jurisprudencia de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, que establece que los organismos encargados de servicios vinculados con la seguridad de las personas tienen el deber de adoptar todas las medidas razonables para prevenir riesgos previsibles, y remarcaron que la resolución busca resguardar el derecho a la vida y la integridad de quienes circulan por la ruta 3.

     

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