Autor: Invitad@ Especial

  • Sospechan que Trump alimentó una especulación en Wall Street de USD 900 mil millones con sus declaraciones sobre la guerra

     

    Donald Trump dijo que que está considerando poner fin a la guerra con Irán sin resolver crisis del cierre del estrecho de Ormuz. Esto es una demostración de las dificultades que Estados Unidos tiene desde el inicio del conflicto.

    El líder republicano anuncia este retiro sin poder abrir el Estrecho de Ormuz que sigue bajo custodia iraní. En ese marco, dijo en un posteo en su red social que «estamos muy cerca de alcanzar nuestros objetivos al considerar la reducción de nuestros grandes esfuerzos militares en Oriente Medio con respecto al régimen terrorista de Irán». 

    Trump enumeró como supuestos logros la degradación de la capacidad misilística y la base industrial de Irán, la eliminación de la armada y la fuerza aérea iraníes, impedir que Irán obtenga armas nucleares y proteger a los aliados de Estados Unidos en Medio Oriente, la mayoría de los cuales fueron atacados durante la guerra. 

    Luego, el magnate escribió lo que parece una retirada forzada: «El estrecho de Ormuz tendrá que ser custodiado y vigilado, según sea necesario, por otras naciones que lo utilizan; Estados Unidos no lo hace». 

    Trump amenaza con invadir Irán pero sólo lo apoya el 7% de los estadounidenses

    «Si se nos solicita, ayudaremos a estos países en sus esfuerzos por el estrecho de Ormuz, pero no debería ser necesario una vez que se erradique la amenaza de Irán», agregó. 

    El estrecho de Ormuz tendrá que ser custodiado y vigilado, según sea necesario, por otras naciones que lo utilizan; Estados Unidos no lo hace

     En este terreno de desorientación, un funcionario estadounidense afirmó a Axios que «no cree que la publicación de Trump indique un fin inminente de la guerra. Simplemente dijo que nos estamos acercando. Mientras tanto, el ejército estadounidense está atacando con fuerza y de forma continua. Serán un par de semanas». 

    Petroleros iraníes en Ormuz.

    Axios también remarca que  Trump originalmente quería terminar la guerra antes de finales de marzo, pero la crisis en el estrecho lo ha obligado a prolongarla más de lo previsto. 

    Sin embargo, durante todo la jornada de hoy, las principales agencias internacionales informaron con fuentes del Pentágono que la Casa Blanca evaluaba tomar con soldados la isla de Kharg, frente a la costa iraní, para obligar a Irán a abrir el estrecho. 

    El interrogante que circula por estas horas gira en torno a los motivos para un cambio de dirección tan drástico y las miradas están puestas en los movimientos del mercado financiero de Wall Street. 

    Trump cuestionó a Netanyahu por atacar las instalaciones de gas de Irán

     «El mercado comenzó a recuperarse 90 minutos ANTES de los comentarios de Trump sobre la retirada, lo que significa que alguien lo supo antes que el público. En menos de tres horas, dos frases de un solo hombre pusieron en juego 900 mil millones de dólares», publica una cuenta en X vinculada a operaciones financieras.

    Si esto es el epílogo de la incursión militar de Trump en Irán se sabrá con el correr de los días pero lo que está claro que la conducción estadounidense del conflicto fue contradictoria, errática y todo indica que con decisiones tomadas bajo presión. 

     

  • Karina se enojó con Adorni porque no sabía de la casa en el country y ahora Milei levanta a Patricia

     

    Karina Milei se hartó de Manuel Adorni porque desconocía los contratos de la consultora d ela mujer con casi todas las empresas públicas mediante una burda triangulación y no s ele había pasado ese enojo que estalló el nuevo escándalo de la casa en el country, que el jefe de Gabinete tampoco había blanqueado.

    LPO había anticipado que en el entorno de Karina Milei habían detectado que Adorni les mentía y temían que «aparezca más mugre». Finalmente apareció.

    Ante ese desastre fractal que le está drenando la imagen positiva, Javier Milei lanzó un operativo urgente de seducción para contener a Patricia Bullrich tras la caída en desgracia de Manuel Adorni, con quien compite por ser la candidata libertaria en la Ciudad.

    Bullrich le hizo saber a Karina Milei en las últimas semanas que no sería candidata a nada, como para aliviar la tensión que genera entre ambas la disputa porteña. La ex ministra de Seguridad en realidad estaba furiosa: en diciembre la propia hermana presidencial le pidió que empezara a moverse para ser candidata en la Ciudad.

    Denuncian que ARCA, Banco Nación, YPF, Aerolíneas y AYSA triangularon para contratar a la esposa de Adorni 

    Desde entonces, la senadora lanzó una serie de actividades con ese objetivo e incluso su equipo viajó a Madrid para reunirse con la presidenta de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso, como para compartir experiencias en la gestión de capitales.

     Ante el desastre fractal de Adorni que le está drenando la imagen positiva, Javier Milei lanzó un operativo urgente de seducción para contener a Patricia Bullrich .

    Pero si bien le vendieron que sería candidata, Patricia se sintió boicoteada por los karinistas desde el principio. En enero, cuando fue a Mar del Plata para presentar la reforma laboral, los libertarios le coparon el Torreón del Monje con militantes que ella no había pedido. Dos semanas después de ese episodio, Bullrich organizó una charla con el economista Claudio Zuchovicki y le implantaron a Adorni en el escenario.

    Después de esa intromisión, la ex ministra le mandó a decir a Karina que ella se correría si querían que Adorni fuera el candidato en la Ciudad y en todo caso esperaría la definición de Milei, si bien quedó demostrado que la última palabra la tiene la secretaria general de la Presidencia.

    Adorni se le metió a Bullrich en una charla con Zuchovicki

    Los escándalos que apiló Adorni en cuestión de días llevaron a Milei a reconsiderar esa estrategia de desgaste. Por eso decidió levantar a Bullrich en los últimos días. Este jueves la subió al avión a Tucumán y le dio un lugar de privilegio en la reunión del Foro Económico del NOA, donde Patricia fue una de las oradoras. En el momento en el que le tocó hablar al presidente, se deshizo en elogios hacia su ex ministra de Seguridad.

    Milei busca asó aprovechar la debilidad de Adorni para imponerle a su propia hermana la candidatura de Patricia. 

    En paralelo, en el gobierno creen que el jefe de gabinete tendrá serios problemas para reponerse de los escándalos que destruyeron su discurso contra los privilegios de la política, básicamente su único activo como funcionario, en medio de las críticas de los ministros por la falta de gestión. 

    A Adorni le pidieron que se guarde unos días, habida cuenta del boomerang que significaron sus últimas apariciones en los medios, en los que mintió sobre el financiamiento de su viaje en avión privado a Punta del Este y culpó a los Milei por la presencia de su esposa en el avión presidencial que los trasladó a Manhattan

     

  • En Dock Sud licitan de nuevo el dragado para habilitar el ingreso de los chinos

     

    Surtió efecto la presión que –como reveló LPO en exclusiva– ejerció la china CCCC para meterse en competencia por el dragado del puerto Dock Sud.

    Tras darse de baja el proceso en el que resultó ganadora la belga Jan de Nul, el consorcio portuario hizo en las últimas horas un nuevo llamado a licitación que habilita el ingreso de la empresa de ingeniería y construcción del gigante asiático.

    El presupuesto oficial para el dragado es de USD 26.971.750, más de 5 millones de dólares por encima de lo previsto en la licitación anulada (USD 21.700.000).

    Guerra abierta en Dock Sud entre la interventora del puerto y los gerentes

    En los últimos meses, las tensiones dentro del puerto giraron en torno a este dragado, que llevaría al muelle I de Dock Sud a una profundidad de 40 pies (lo mismo que tendrá la Hidrovía), lo cual permitiría el ingreso de buques Neopanamax para competir de igual a igual con los puertos de Santos y Montevideo.

    En la licitación anulada de 2025 se impuso la UTE compuesta por Compañía Sudamericana de Dragados (filial local de la Belga Jan de Nul) y ServiMagnuss, que presentó el precio más bajo.

    Jan de Nul ganó el dragado de Dock Sud, pero la provincia quiere meter a los chinos

    Pero en la Provincia -al comando del consorcio portuario- hicieron lugar a la presión de la china CCCC, que se había quedado afuera de aquella compulsa por presentarse fuera de los plazos legales pero que realizó protestas que amenazaban con escalar a una intervención diplomática.

    En medio de esa controversia, Dock Sud cambió la conducción en diciembre último, con la salida de Carla Monrabal y la asunción de la massista Mónica Litza, que habilitó la auditoría provincial sobre la licitación del dragado que, finalmente, fue anulada.

     El presupuesto oficial para el dragado es de USD 26.971.750, más de 5 millones de dólares por encima de lo previsto en la licitación anulada (USD 21.700.000). 

    Con este nuevo llamado, hay tiempo para la presentación de ofertas hasta el 21 de abril, fecha en la que está estipulada la apertura de sobres, en la que dan por descontada la propuesta de CCCC, que actualmente desarrolla numerosos proyectos de dragado en China y en puertos de Arabia Saudita, Egipto, Tanzania, entre otros. 

     

  • Reaparecidos

     

    Cuando le sonó el celular, Soledad acababa de retirar a su hijo de la escuela, en Rosario. Siempre se alternaban con su compañero Carlos, nunca iban los dos a buscarlo. Pero ese día por suerte fueron juntos porque también tenían que retirar a una amiguita de Emiliano. Como en cualquier salida de colegio, la calle era un despelote de autos, bocinas, gritos de pibes y pibas. Cruzaron. Ya en la vereda, Soledad miró el teléfono: el que llamaba era su abogado, Ramiro Fresneda. Atendió, no hubo respuesta. Se habrá confundido, pensó. Era el mediodía del martes 10 de marzo de 2026. Yo sabía que ese día él tenía la audiencia con el juez. Pero, te juro, en ningún momento pensé en eso. Ni un ojalá, ni nada. El teléfono volvió a sonar. Fresneda, otra vez.

    —¿Podés hablar?     

    —Sí.

    —Sole, encontraron los restos de tu viejo— le dijo en un perfecto cordobés. 

    Soledad apoyó la espalda en una pared justo detrás suyo y se largó a llorar. Lo miró a Carlos, todavía con el teléfono en la mano. Él me hizo la cara de entiendo todo, sé lo que te están diciendo. 

    —¿Qué pasó, mamá? —preguntó su hijo. 

    —Encontraron al abuelo.

    A Emiliano se le iluminó la cara y dijo: 

    —¡Sus huesitos!

    Mario Nívoli fue el primero de los doce cuerpos identificados la semana pasada en el excentro clandestino La Perla, de Córdoba. 

    ***

    Fernando no sabía muy bien con qué se iba a encontrar. O, mejor dicho, con cuánto se iba a encontrar. La noche anterior había subido a un micro en Retiro para recorrer los 1250 kilómetros que lo separaban de los restos de su padre. Unas 18 horas después llegó a San Miguel de Tucumán. Fue directo a la dirección que le habían pasado. Una especie de depósito o galpón de color amarillo. Lo recibió Selva, del Equipo Argentino de Antropología Forense. Cruzaron un patio y llegaron a un anexo. Sobre una mesa, un esqueleto. Fue muy shockeante ver que mi viejo estaba entero.

    La primera reacción de Fernando fue buscar alguna señal. Una marca, algo que pudiera reconocer. Cuando de chico le contaban de su papá sentía que le estaban hablando de alguien muy lejano. Él no tenía una tumba donde llevarle una flor, sentarse a llorar y decir acá está. Ahora, casi pegado a esos huesos, rodeado de cajas con otros restos que esperan, Fernando lo ve, lo toca, lo siente.

    —¿Te dejo solo? — pregunta Selva.

    —No, por favor. Solo, no. Quiero saber.

    Y ahí Selva le empieza a contar: este orificio es un disparo, en este otro se ve que la bala rozó pero no entró, este hueso está así y este otro asá. 

    Mientras se enteraba de cómo y dónde mataron a su padre, con cuántas balas, acompañado de quiénes, Fernando lo supo: Este es mi viejo.   

    Raúl Ernesto Araldi fue identificado en 2010. Fue encontrado en el Cementerio Norte de Tucumán.

    ***

    Mucho antes de que Soledad Nívoli recibiera la noticia del hallazgo de los restos de su padre —49 años después de desaparecido— y de que Fernando Araldi Oesterheld pudiera tocar los huesos del suyo —35 años después—, hubo una investigación preliminar, una exhumación, un análisis de laboratorio y un análisis genético. Detrás de todas esas etapas está el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), que desde 1984 trabaja en la búsqueda, identificación y restitución de personas desaparecidas. Es un proceso largo. En muchos casos, como los de Nívoli y Araldi, puede llevar muchos años.

    Virginia Urquizu es coordinadora de la Unidad de Casos, el área que se encarga del vínculo con las familias. Es decir: son quienes están en contacto permanente con el pariente, desde que lo llaman para explicarle el proceso hasta la restitución de los restos. En medio de todo eso, los de Casos hacen la llamada tan esperada, la que confirma la identificación.

    Desde 1984, el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) trabaja en la búsqueda, identificación y restitución de personas desaparecidas.

    “Los familiares tienen la noticia de primera mano —dice Urquizu— Intentamos por todos los medios que esa noticia no sea de manera telefónica.” Lo que les dicen es que hay avances y los convocan a una reunión presencial, que puede ser en las oficinas del EAFF o en la casa del familiar. 

    El teléfono de Manuel Miguel sonó a fines de abril de 2011, a 33 años de la desaparición de su mamá, Lilia Mabel Venegas Ballarini. Le dijeron que iban a viajar a Mar del Plata y que querían charlar con él y su hermano para conocerlos. El encuentro fue el 2 de mayo, en la casa de Manuel. Nos reunimos con mi hermano y nuestras familias. Estuvimos charlando un rato largo de cómo es el trabajo de ellos… sin tener idea de lo que estaba pasando realmente. Y bueno, después de varios mates y cafés, nos dicen que habían encontrado los restos de mi vieja, y nos trajeron un expediente enorme. 

    El caso de Fernando Araldi Oesterheld fue distinto. Cuando recibió la llamada, lo supo. Me dijeron si podía pasar con mi primo por el EAAF, y yo les dije: Lo encontraron.  

    “Hay familiares a los que le anunciás que tenés novedades y te responden ok, cuándo nos vemos. Hay otros que te hacen preguntas e intentan sacarte información. Y hay otros que se dan cuenta enseguida”, dice Urquizu. Por eso ese vínculo es tan particular y cercano. “Al llamar, tampoco sabés con qué te vas a encontrar, en qué situación y en qué momento está la persona”, agrega.

    Manuel Miguel tenía seis meses y su hermano un año y medio cuando la triple A secuestró a su padre, Carlos Miguel. Fue en octubre de 1974, aún no había comenzado la dictadura militar. Lo interceptaron en La Plata, iba en un auto hacia Buenos Aires junto a su compañero Rodolfo Francisco “El turco” Achem. Ese mismo día sus cuerpos aparecieron acribillados en Sarandí, Avellaneda. 

    Cuatro años después, el 4 de mayo de 1978, secuestraron a Lilia Mabel en Mar del Plata. Y de ella no se supo nada más, hasta que el EAAF logró identificar sus restos.   

    Manuel y su hermano se criaron con sus abuelos maternos. No recuerda en qué momento le contaron que su mamá era una desaparecida. Lo supo siempre. Pero hasta el día que le dijeron apareció, sentía que no tenía un cierre de la historia. Había logrado reconstruir algo de su vida a través de lo que le contaban sus abuelos, otros familiares y sobrevivientes. Sabíamos que había sido desaparecida, pero nunca más supimos nada sobre qué había pasado con ella. Entonces haberla encontrado fue como encontrar la pieza del rompecabezas que nos faltaba. Y a mí ese día fue como que se me abrió la cabeza por completo. 

    Manuel es docente de Ciencias Naturales y preceptor en escuelas secundarias. En 2012, un año después de haberse encontrado con los restos de su mamá, sus alumnos le propusieron contar la historia en un trabajo de investigación que presentaron en Jóvenes y Memoria, un programa de la Provincia de Buenos Aires. A partir de ahí, cada año, para el aniversario del Golpe, recorren escuelas dando charlas. Todo lo que no había podido decir antes, lo pude expresar a partir de ese día. Es como una terapia para mí poder compartir lo que significó haber encontrado los restos. 

    Manuel no recuerda en qué momento le contaron que su mamá era una desaparecida. Lo supo siempre.

    “Para cualquier sujeto el problema de la muerte está anudado directamente al problema de la inscripción simbólica de esa muerte”, dice la psicoanalista Fabiana Rousseaux. Frente a la muerte los seres humanos necesitamos hacer una ritualización, un proceso simbólico en torno a ese acontecimiento. Pero para eso, se necesita la certificación. La certeza. “Cuando estamos ante una desaparición, el proceso es inverso, porque vos tenés que construir psíquicamente esa pérdida sin ninguna certificación que venga de la realidad”, explica Rousseau quien, además, coordinó el Plan Nacional de Acompañamiento a Testigos y Víctimas del Terrorismo de Estado y fundó el Centro de Asistencia a Víctimas de Violaciones de Derechos Humanos Dr. Fernando Ulloa.

    Lo dijo el genocida Rafael Videla en esa famosa conferencia de prensa de 1979: los desaparecidos “son una incógnita, no tienen entidad, no están ni vivos ni muertos».

    “Es muy tortuoso para los familiares, porque ¿cuándo es el momento donde uno dice bueno, no lo espero más, o dice bueno, se murió?”, explica Rousseaux.

    Fernando tenía 1 año al momento en que los militares secuestraron a su madre, Diana Irene Oesterheld, el 7 de agosto de 1976. A él lo dejaron en la Casa Cuna de Tucumán, de donde luego lo rescataron sus abuelos paternos. Diana es una de las cuatro hijas desaparecidas de Héctor Oesterheld, también desaparecido. 

    Lo dijo el genocida Rafael Videla en esa famosa conferencia de prensa de 1979: los desaparecidos “son una incógnita, no tienen entidad, no están ni vivos ni muertos».

    El papá de Fernando, Raúl Araldi, cayó un año después, también en Tucumán. Fernando es hijo, nieto y sobrino de desaparecidos. 

    Cuando la secuestraron, la mamá estaba embarazada de seis meses, por lo que busca a un hermano. También  a un primo.    

    Hasta los 9 años, Fernando pensaba que sus papás habían muerto en un accidente. Pero un día encontró, en una revista Humor, una entrevista que le habían hecho a su abuela materna, Elsa Sánchez de Oesterheld, reconocida abuela de Plaza de Mayo. Ahí ella contaba que toda su familia estaba desaparecida. Un tiempo después, en unas vacaciones en Villa Gesell con ella, Fernando se lo preguntó. Y ella le contó toda la historia.

    Mis abuelos paternos me parece que no asimilaron ni reconocieron nunca la muerte de su hijo. Pero supongo que era también un mecanismo de defensa, propio de un padre que inclusive hasta le han dicho que el desaparecido es una figura, no se sabe, no está ni muerto ni vivo, es un desaparecido. Ellos siempre pensaban que mi viejo podía estar en otro lado y que no quería volver.

    Ambos murieron unos años antes de que el EAAF identificara los restos de Raúl. De sus nueve desaparecidos, Fernando sólo recuperó los restos de uno, su papá.

    Soledad estaba dormida en brazos de su mamá Graciela cuando el 14 de febrero de 1977 un grupo de militares entró a la casa de Córdoba y se llevó a su papá, Mario Nívoli. A Graciela la sentaron en la cama con la bebé a upa y le dijeron:

    —Usted críe a sus hijos.

    Para Graciela, eso fue la sentencia de muerte de su compañero Mario.

    Cuando volvió la democracia, Soledad tenía 6 años. Su mamá los juntó a ella y a su hermano en una pieza y les contó la historia. Les dijo que a su papá se lo habían llevado, que estaba muerto pero no sabían dónde estaban sus restos. 

    Mi mamá tomó una decisión que no sé si fue sabia o no, pero fue su decisión, que fue la de comunicarnos siempre que mi papá estaba muerto. Y luego, cuando ella entendió que era el momento en que nosotros podíamos recibir la palabra desaparecidos, sí nos habló de eso. 

    Soledad cree que les transmitió la certeza de la muerte para que pudieran vivir en paz. Por supuesto que uno puede transmitir discursivamente esto y expresarlo racionalmente. Pero cada vez que sonaba un timbre en la madrugada, ella se sobresaltaba. Yo sé que ella lo esperó, yo sé que lo esperaba. 

    Su mamá los juntó a ella y a su hermano en una pieza y les contó la historia. Les dijo que a su papá se lo habían llevado, que estaba muerto pero no sabían dónde estaban sus restos.

    Para Rousseaux, “con la desaparición se produjo una cuestión interesante que es la presencia permanente. No es que se produjo la desaparición. Esos padres, esas madres o esos hijos, esas hijas se constituyeron en una presencia permanente”.

    ¿Pero qué pasa cuando lo incorpóreo, lo que para muchos sólo estuvo en fotos o en las historias de los otros, se materializa? ¿Qué ven los familiares en ese esqueleto o en esos huesos amontonados en una urna?

    Urquizu dice: “Es el momento de encuentro después de casi 50 años con la materialidad, sabiendo que esos restos pertenecen a su familiar”. 

    Es una mamá que se acuesta al lado del esqueleto de su hijo. Otra que agarra el cráneo y lo tiene un rato a upa. Es un nieto que saca la guitarra y le canta una canción a su abuelo. Es Fernando buscando señales, marcas, pero sabiendo que ese es su viejo. Es Manuel llorando ante lo poco que quedó de su mamá porque a ella la mataron con un explosivo. 

    Es también una hija que no quiso saber nada con los restos de su papá. Pero el día de la inhumación, un instante antes de enterrarlo, necesitó verlos. Entonces alguien del EAAF abrió la urna con un destornillador, ese que siempre llevan en la mochila por si acaso.  

    Para Soledad era casi imposible que en las excavaciones de La Perla encontraran a su papá, porque, según su propio razonamiento, la fecha del secuestro no coincidía con los entierros que se hicieron allí. Por eso la llamada de su abogado la tomó por sorpresa. Pero la razón y lo discursivo muchas veces no coinciden con lo corporal: hace un mes que Soledad está ordenando su casa como nunca antes. Haciendo lugar, dice ella. ¿Haciendo lugar para qué? ¿O para quién?

    El lunes 16, Soledad viajó a Córdoba con su compañero, su hijo y su tía, la hermana de su papá, a la audiencia oficial de notificación. Para encontrarse con los restos, todavía falta. Según los testimonios de la investigación preliminar, en ese lugar había fosas comunes que fueron removidas y los cuerpos, trasladados a otro lugar. Por eso lo que se encontró en las excavaciones fueron restos dispersos y desarticulados en sedimento de relleno. Queda a la espera ver qué cajita, qué algo, qué sobrecito nos entregarán de él, más allá de tener la certeza de que está, de que estuvo ahí. 

    Hace un mes que Soledad está ordenando su casa como nunca antes. Haciendo lugar, dice ella. ¿Haciendo lugar para qué? ¿O para quién?

    El camino de la Justicia es paralelo al del EAAF. Cuando a los familiares se les comunica la identificación y tienen la posibilidad de ver los restos, no se los pueden llevar en el momento. “La Justicia nos permite a nosotros este primer acercamiento, por ser quienes mantuvimos toda la comunicación con el familiar”, detalla Urquizu. El EAAF los pone en contacto con la dependencia judicial correspondiente, donde los familiares tienen que notificarse oficialmente. Es un trámite presencial que no tiene una duración estipulada. Y que muchas veces queda parado, porque los familiares no avanzan. No todos tienen los mismos tiempos.

    En el mientras tanto, pueden visitar los restos todas las veces que quieran. Como los huesos de su papá estaban en Tucumán, Fernando pidió que los envíen a Buenos Aires, donde él vive. Antes de poder llevárselos, lo fue a ver algunas veces más. Siempre ves un esqueleto y vos mentalmente le pones la carne a ese esqueleto y le pones el rostro, le pones todo. Me hubiera encantado ponerle una voz, pero no pude.

    Una vez que sale la notificación oficial, la que certifica el vínculo entre el familiar y el cuerpo, el EAAF le restituye los restos a la familia. Se los entrega en una urna. Las personas pueden elegir entre inhumarlos o cremarlos. En cualquier caso, no pueden llevárselos a sus casas. La mayoría de las veces, se entierran los huesos o se esparcen las cenizas en espacios específicos que tienen algunos cementerios para homenajear a los desaparecidos, como el de la Chacarita, el de Avellaneda o el de Lanús. O en parques, como el Bosque de la Memoria en Tucumán. También pueden enterrarse en nichos privados familiares. Muchas cenizas fueron esparcidas en parroquias, iglesias y también en el Río de la Plata.  

    “En la mayoría de las restituciones y de las inhumaciones que hemos tenido, tanto en cementerios como acompañando a familiares al Parque de la Memoria para esparcir las cenizas, todo el ritual se vive de una manera celebratoria”, dice Urquizu. La alegría es poder tener respuestas, certezas. Durante las ceremonias se leen poemas, se canta, se toca algún instrumento, se llevan fotos. Y en muchos casos funcionan también como reencuentro familiar o se suman compañeros de militancia, sobrevivientes, amigos de la infancia. Como esa despedida final, ese entierro simbólico en el cementerio de Flores que describe Sebastián Hacher en Cómo enterrar a un padre desaparecido (2012). 

    El porcentaje de desaparecidos identificados es muy bajo en relación a la cantidad de denuncias registradas. El EAAF logró recuperar 1652 restos o cuerpos, de los cuales más de 800 aún no pudieron ser identificados, porque ninguna muestra coincide con su perfil genético. Por eso es tan importante que quienes sospechan que pueden tener un familiar desaparecido entreguen una muestra de sangre. Con una gota, basta.

    La alegría es poder tener respuestas, certezas. Durante las ceremonias se leen poemas, se canta, se toca algún instrumento, se llevan fotos.

    ¿Qué pasa con la gran mayoría de familiares que aún no pueden encontrarse con los restos de sus desaparecidos? “Pienso que en estos casos, habrán buscado otras vías de ritualización”, dice Rousseaux y recuerda un acto histórico, en 2014, el día que Néstor Kirchner convirtió en casa de memoria a la ESMA. Esa mañana algunos familiares se acercaron y dejaron coronas de flores en las escalinatas con los nombres de sus desaparecidos. 

    Hace 20 años, cuando la idea de encontrar el cuerpo de Mario Nívoli era incierta, Soledad y su familia plantaron un lapacho rosado en el Bosque de la Memoria de Rosario. Florece cada primavera y es lugar de encuentro, de mates, de visita. Hasta le festejaron ahí un cumpleaños a su hijo. Cuando lleguen los restos de Mario hallados en la Perla, a los huesitos, como dijo Emiliano, los enterrarán ahí. 

    La entrada Reaparecidos se publicó primero en Revista Anfibia.

     

  • Con los pañuelos no alcanza

     

    Argentina conmemora los 50 años del inicio de la última dictadura militar bajo un gobierno cuya fórmula presidencial expresa de manera casi lineal aquella alianza: las Fuerzas Armadas convertidas en el brazo ejecutor y asesino del plan represivo asociado a buena parte del gran empresariado, embarcado en una aventura de desindustrialización, concentración del capital, centralidad financiera y disciplinamiento social. De Videla y Martínez de Hoz a Milei y Villarruel, como si los ropajes que usa la derecha fueran los mismos pero más viejos, comidos por las polillas, con olor a humedad y mugre. Se cumplen, también, 50 años de la última idea que se le cayó a la derecha argentina, cuya receta económica se repitió una y otra vez (entre 1976 y 1983, entre 1989 y 2001, entre 2015 y 2019 y desde 2023 hasta hoy).

    En las escuelas, la efeméride del 24 de marzo se ha vuelto problemática en los últimos años con el aumento de las denuncias de “adoctrinamiento” y el repudio creciente de ciertas familias y colegas —empoderados por el fascismo— al símbolo de los pañuelos blancos y a la cifra de 30 mil desaparecidos en las cartulinas conmemorativas que diseñan los alumnos. El discurso de Memoria, Verdad y Justicia, que habita las aulas desde hace unos 20 años, enfrenta cuestionamientos: escribir y leer el discurso del acto escolar implica saber que muy probablemente haya quejas, entre ellas, la que reclama que se presente a los alumnos “la historia completa”.

    Se cumplen, también, 50 años de la última idea que se le cayó a la derecha argentina, cuya receta económica se repitió una y otra vez.

    A la selección cuidadosa de las palabras le hemos sumado una paranoia asordinada y el miedo latente de que alguien pueda estar filmando secretamente la escena. Un fragmento sacado de contexto lleva a su viralización y luego a una escena de linchamiento digital en las redes sociales. Encaramos nuestro trabajo cada vez más encorsetados por la autocensura promovida desde comunicados del Ministerio de Capital Humano y lapidaciones virtuales que se transforman en heridas reales.

    Vale hacer una aclaración: los actos escolares —muy tradicionales de los sistemas educativos en el continente americano, pero no extendidos globalmente— no son clases de Historia, o al menos no deberían serlo. Son instancias de reflexión ética y ciudadana en torno a algunos valores que consideramos relevantes para nuestra convivencia social; valores construidos históricamente en base a consensos siempre provisorios. Para eso hacemos un parate en la cotidianeidad escolar y rescatamos la gesta de nuestra independencia y el valor de asumir nuestra soberanía con compromiso y valentía. En este marco, en las efemérides escolares no aplica “la historia completa”: si así fuera el 2 de abril deberíamos también darle voz y valorar los intereses británicos en el Atlántico Sur y el arrojo de Margaret Thatcher en la defensa de “sus Falklands”, el 9 de julio rendir culto al rey de España como verdadero soberano de estas tierras, o el 11 de septiembre a la ignorancia y la oscuridad como guías de la infancia.

    Cada 24 de marzo recordamos a las víctimas del terrorismo de Estado y la necesidad de que nunca más podemos permitir(nos) que un gobierno ejerza la violencia contra su propia población a semejante escala, sistematicidad y planificación. Recordamos la necesidad de vivir en democracia, por más maltrecha que esté, antes que una minoría se arrogue ilegalmente el derecho de regir los destinos del país. No cabe ahí ninguna “historia completa”: ¿o acaso tenemos que celebrar la violación masiva de mujeres en cautiverio, el robo de bebés, la tortura a adolescentes, arrojar ancianos drogados al Río de la Plata, crear escenarios de falsos enfrentamientos para tirar ahí un cuerpo asesinado en un centro clandestino de detención? Porque esa es la “historia completa” del 24 de marzo como efeméride, no la complejidad histórica del proceso en el que se enmarcó la última dictadura militar. Para esto último están las clases de Historia: los diseños curriculares prescriben, en nuestro país, que en secundaria se enseñe esto y mucho más.

    Escribir y leer el discurso del acto escolar implica saber que muy probablemente haya quejas, entre ellas, la que reclama que se presente a los alumnos “la historia completa”.

    Hay una tensión entre el abordaje del pasado en la efeméride y cómo se la aborda en las clases de Historia. El primero está organizado en torno a la Memoria como operación —el recuerdo colectivo y las emociones y convicciones derivadas—; las segundas son el conocimiento riguroso que busca reconstruir y comprender el pasado a partir de fuentes múltiples y diversas, en las que también se pueden incluir las memorias colectivas, así como los olvidos o los momentos incómodos que nos cuesta traer al presente. La enseñanza de la Historia en la escuela busca, más que arribar a valores éticos para universalizarlos, explicar nuestra realidad. Y, como disciplina académica, se realiza a través de la labor profesional, lo más imparcial posible, de las y los historiadores. Luego los docentes somos los encargados de recontextualizar esos saberes y llevarlos a las aulas, aunque en esa tarea muchas veces descubramos verdades que preferiríamos desconocer, pero que, en definitiva, nos permiten vivir en sociedad.

    Los 24 de marzo son mucho más visibles en la escuela a partir de la operación de la Memoria, reclamo que comenzó desde la sociedad civil durante la última dictadura, fue cobrando fuerza en los ochenta con el Juicio a las Juntas, y que fue violentado con las leyes de Obediencia Debida, Punto Final y el indulto menemista. En los noventa, el reclamo por Memoria, Verdad y Justicia fue hacia un gobierno que lo ignoraba bajo los argumentos de “reconciliación nacional”, mientras Videla hacía gimnasia en la Costanera porteña al mismo tiempo que las Madres y Abuelas seguían rastreando el macabro destino de sus hijos y nietos. Ese impulso de lucha se fue plegando, también, a los reclamos por el empeoramiento galopante de las condiciones socioeconómicas.

    La impronta de la Memoria es, además, la que está envuelta en más intensidad y controversia en la discusión pública. Se debate socialmente mucho menos, sin embargo, acerca de cómo se enseña la Historia de la última dictadura en la escuela, como si la única forma fuera a través de la Memoria, como si el tema sólo apareciera los 24 de marzo. Y sobre eso tenemos que hablar mucho, mucho más, porque tal vez va siendo hora.

    En las efemérides escolares no aplica “la historia completa”: si así fuera, el 2 de abril deberíamos valorar los intereses británicos y el arrojo de Margaret Thatcher, y el 9 de julio rendir culto al rey de España.

    Con la Memoria tomada por la polarización política, la derecha no tardó en reacomodarse a la “teoría de los dos demonios”, en acusar al peronismo de haber iniciado la represión y en cuestionar el número de los 30 mil desaparecidos, por no mencionar el tristemente célebre episodio de “terminar con el curro de los derechos humanos”. Esas provocaciones —cuya única idea siempre fue reivindicar, de alguna manera, el proyecto de la última dictadura— conllevan un “mérito”: el habernos obligado a elaborar respuestas desde la Historia. Respuestas que, en definitiva, nos dan la razón, porque la historia está de nuestro lado.

    En la escuela suelen aparecer preguntas sobre el número de desaparecidos o sobre el accionar de las guerrillas, temas que fueron bastante tabú “entre nosotros” durante las dos primeras décadas del siglo XXI. Esas preguntas pueden venir de adolescentes libertarios, pero también de parte de estudiantes que simplemente desconocen el proceso histórico porque vinieron a nacer mucho tiempo después que nosotros. ¿Por qué habría de interesarle a priori a una alumna de 14 años, que nació en 2012 y no tiene un solo recuerdo del kirchnerismo, la sensibilidad sobre la última dictadura? ¿Por qué no puede pensar que establecer rigurosamente el número de desaparecidos es una iniciativa legítima? ¿Denunciar el terrorismo de Estado implica reivindicar los atentados de Montoneros y ERP?

    ¿Tenemos que celebrar la violación masiva de mujeres en cautiverio, el robo de bebés, la tortura a adolescentes? Porque esa es la “historia completa” del 24 de marzo como efeméride, no la complejidad histórica del proceso en el que se enmarcó la última dictadura militar. Para esto último están las clases de Historia.

    En la escuela no importa si un alumno es libertario o pregunta desde la total ingenuidad. Nuestra respuesta como docentes debe ser exactamente la misma: darle la bienvenida a un problema incómodo. Diseccionarlo y tratar de encontrar una respuesta cargada de matices y complejidades. Esta “era de las preguntas incómodas”, tan necesaria, implica que tengamos a mano explicaciones para abordar tres nudos problemáticos:

    1) El terrorismo de Estado no fue una guerra civil

    En el derecho internacional, una “guerra” implica a un enfrentamiento entre fuerzas de escala similar, con institucionalidad y territorialidad comparable. Y aunque las propias organizaciones guerrilleras se declaraban en estado de guerra, nuestro deber como historiadores es verificar si eso fue efectivamente así. Y, así como —citando al historiador Hernán Confino— no le creemos al faraón egipcio que era un dios, tampoco les creemos a las organizaciones guerrilleras que estuvieran en guerra. Más aún: la estructura de la criminalidad estatal, con más de 800 centros clandestinos comprobados, miles de testimonios y pruebas de sobrevivientes, familiares y hasta algunos implicados es difícilmente enmarcable en una guerra de enfrentamiento entre iguales. Para poner en números: si en los años 1974-1975, momento de mayor expansión de Montoneros y ERP, estas organizaciones pudieran contar con alrededor de 5 mil miembros “orgánicos” (este número tiene un amplísimo margen de error y es una reconstrucción “a ojo” en base a la cantidad de bajas, asumiendo además que no todas esas bajas eran de miembros armados), las Fuerzas Armadas, brazo de ese Estado presuntamente en guerra, tenía casi 140 mil miembros. A los que habría que sumarles otras fuerzas de seguridad dependientes del Estado nacional: la Policía Federal Argentina, Gendarmería, la Prefectura Naval y el Servicio Penitenciario Federal. Si el Estado estaba en guerra contra las guerrillas, no menos de 150 mil miembros armados contra 5 mil no se parece a una guerra muy equilibrada. Algunos argumentos de quienes reivindican el terrorismo de Estado dicen que “los subversivos” eran muchos más, no sólo los armados, sino cualquier persona que creara un “clima subversivo” a través de cualquier manifestación: una canción de protesta, un cuento para niños, un reclamo salarial, llevar adelante un comedor en una villa, una homilía en una parroquia, un comentario en un aula. Ese argumento tiene un problema: si la guerra era contra grupos armados pero también civiles, entonces se parece bastante a una masacre, y por qué no a un genocidio. Por no mencionar, desde ya, la propia estructura y funcionamiento del terrorismo de Estado, incompatible con cualquier definición de “guerra”. La idea de la guerra como explicación de la última dictadura viene asociada muchas veces a la ya nombrada “teoría de los dos demonios”. Pero desde la Historia sabemos que ningún gobierno se sostiene sin la pasividad o aceptación de los gobernados: el pueblo argentino, que mayormente decidió tolerar los momentos más salvajes del terrorismo de Estado con conocimiento o sospecha de los crímenes, o conveniente ignorancia. Hasta que el proyecto —crisis económica y derrota en Malvinas mediante— se vino abajo, y ese mismo pueblo consideró que ya era la hora de la democracia.

    2) Las organizaciones guerrilleras eran violentas pero, al igual que la represión estatal, tienen un contexto regional y global

    La violencia política en Argentina no comenzó el 24 de marzo de 1976: los antecedentes del terrorismo de Estado están en los decretos de aniquilamiento del tercer gobierno peronista (que llevaron el accionar represivo inaugurado en el “Operativo Independencia”, que tuvo lugar en Tucumán desde febrero de 1975, a todo el país) y en su auspicio al accionar de la organización paramiltiar Triple A. Hay un debate en curso acerca de cuándo comenzó el tipo de violencia que tuvo su punto culminante en la última dictadura: si fue en el tercer gobierno peronista, durante la proscripción del peronismo, en el bombardeo a la Plaza de Mayo de 1955 o más atrás. A su vez, las guerrillas argentinas tomaron un modelo que venía en crecimiento en todo el mundo luego de la Segunda Guerra Mundial: Cuba, Vietnam, Italia, Estados Unidos, Brasil son algunos ejemplos visibles donde esta metodología de acción política armada tuvo su momento de apogeo más o menos para la misma época. Pero, en definitiva, lo cierto es que los crímenes perpetrados desde el Estado contra los opositores al proyecto político (económico y social) de un gobierno son inadmisibles; así como los crímenes que se cometen para resistir a esa violencia son cualitativamente diferentes y no asimilables. Los del Estado, al contar con recursos, personal entrenado y profesional, cobertura territorial, y logística sostenida con los impuestos de sus ciudadanos para cuidarlos, son necesariamente más graves.

    3) El número 30 mil no es, ni busca ser, un número exacto ni definitivo

    Es un número al que se arribó por estimaciones basadas en declaraciones de militares durante la última dictadura militar. Los organismos de derechos humanos lo transformaron en el símbolo de un reclamo atravesado por el dolor de haber perdido hijas, padres, madres, hermanos, nietas, amigos, compañeras. Cuestionarlo maliciosamente para poner en tela de juicio la legitimidad de ese reclamo, es tomado como un insulto. Preguntarse genuinamente por la escala de la estructura criminal es completamente válido: la CONADEP se tomó ese trabajo y arribó, en el informe “Nunca más”, a casi 9 mil casos. Si bien ese número no llega a un tercio de los 30 mil, lo cierto es que probablemente nunca sepamos la cantidad real y definitiva, ya que todas las pruebas (listados de personas a aniquilar, por ejemplo) fueron destruidas y los asesinos condenados se niegan a dar información. De lo que sí hay pruebas es de los más de 800 centros clandestinos de represión en todo el país, y de que por sólo uno de ellos, la ESMA, pasaron alrededor de 5 mil personas. Pero “¿cuántos son en realidad?” no es una pregunta para hacernos a quienes sostenemos la legitimidad del reclamo de Memoria, Verdad y Justicia que busca a sus seres queridos y compatriotas desde hace cinco décadas, sino a los asesinos y a su elocuente silencio.

    En la escuela no importa si un alumno es libertario o pregunta desde la total ingenuidad. Nuestra respuesta como docentes debe ser exactamente la misma: darle la bienvenida a un problema incómodo.

    No importa, decía, con qué intenciones un estudiante “mete el dedo en la llaga” de las dimensiones más complejas de nuestra historia reciente. Los docentes no estamos “discutiendo de política” de igual a igual con nuestros alumnos, sino que somos profesionales responsables de entrenarlos en cómo diseccionar nuestras propias convicciones y nuestras dudas legítimas. La escuela no le dedica años de su tiempo para trabajar Ciencias Sociales e Historia para que eso sea “opinar sobre política”, sino para que las nuevas generaciones se hagan de herramientas para analizar la realidad social y, ahí sí, con suerte, esas herramientas puedan aportarles argumentos para sostener sus opiniones.

    Como docentes no debemos temer esas preguntas, porque son la esencia misma de la escuela como máquina de transmisión cultural entre generaciones. Sorprende escuchar colegas comentar “pensé que estas discusiones estaban saldadas” cuando un alumno pregunta sobre el número de desaparecidos o si es cierto que las guerrillas mataban gente. Ninguna discusión está saldada en la escuela, que año tras año le presenta el mundo a una nueva multitud de humanos: por eso enseñamos el ciclo del agua o por qué el año tiene estaciones, porque ningún niño nace sabiendo por qué llueve o por qué hace calor en verano, y viene a la escuela a discutir con nosotros. De la misma manera, con la misma infinita ternura, es que tenemos que enseñar Ciencias Sociales e Historia: así les presentamos a San Martín enfrentándose a la inmensidad de la Cordillera de los Andes, así debemos presentarles la herida más abierta y salvaje que tiene nuestra historia reciente. Es en este sentido que una “nueva era del diálogo intergeneracional” en que la Historia fortalezca la Memoria como forma de abordar el pasado parece comenzar a plantearse a partir de las preguntas incómodas. Porque la Historia al servicio de la discusión pública nos permite afinar argumentos y asumirnos herederos de sus tragedias, con honestidad y compromiso.

    ***

    —La Historia es una disciplina que mira al pasado desde el presente, así que las preguntas que le hacemos son las preguntas que tenemos hoy, con los problemas que tenemos hoy, con el cuerpo atravesado por las angustias y las esperanzas de hoy. Por eso, en esta materia vamos a hablar de política. No todo el tiempo, no va a ser tema de examen, pero necesariamente tenemos que acostumbrarnos y aprender a hablar de política. Eso no es “adoctrinamiento”, porque yo no les voy a decir qué tienen que opinar sobre Milei, Cristina o Macri. Pero sí vamos a tratar de entender cómo es que aparecieron Milei, Cristina y Macri en nuestras vidas, y para eso tenemos que mirar para atrás y entender cómo se construyó este presente que vivimos. La Historia es otra de las formas que tenemos para eso que aprendemos en todas las materias de la escuela: mirar la realidad, lo que nos rodea. La Biología estudia los seres vivos —un palo borracho, un elefante, una araña pollito—, la Matemática trata de aprender y entrenar un lenguaje abstracto, encontrar sus patrones y entender cómo nos explican el mundo. En Historia vamos a mirar el pasado y hablar de política, porque no hay otra forma de aprender esto.

    Las y los estudiantes de 4° año miran atentos, no dicen nada frente a esta propuesta dentro de lo que los docentes llamamos “contrato didáctico”: acordar las pautas de trabajo a lo largo del año con cada grupo de alumnos. Cuando el docente insiste con un “¿Me explico, más o menos?”, algunos asienten, otros miran con curiosidad reprimida —o eso quiere creer el profesor—, un par creen que no, el docente no se explica, pero lo dejan pasar porque tienen miedo de preguntar. Unos sienten vértigo ante una propuesta tan explícita, a otros no les interesará en lo más mínimo.

    No importa con qué intenciones un estudiante “mete el dedo en la llaga”. Los docentes no estamos “discutiendo de política” de igual a igual con nuestros alumnos, sino que somos profesionales responsables de entrenarlos en cómo diseccionar nuestras propias convicciones y nuestras dudas legítimas.

    El efecto que el trabajo de enseñar tiene en nuestros alumnos es insondable e irreductible a las evaluaciones estandarizadas que aparecen en los medios como la única verdad sobre lo que pasa en las escuelas. Algunos se verán interpelados durante el año, otros no se verán interpelados jamás, otros recuperarán, años después, una sensación de que en esas clases pasó algo importante pero borroso, otros directamente no recordarán nada conscientemente pero, sin saberlo, usarán esas herramientas para toda la vida.

    Sin interpelación del presente, de la realidad circundante, la cultura que se enseña en la escuela carece por completo de sentido: apelamos los docentes al lenguaje verbal y numérico, a los juegos del arte para estetizar y expresar verdades tras el velo de las emociones y la narrativa, a las disecciones de los cuerpos visibles e invisibles de las ciencias naturales. La Historia es, de las materias de la escuela, la menos metafórica y más explícita de todas, la que habla de la realidad social sin máscaras y sin demasiadas —lamentablemente— búsquedas poéticas, con la crudeza del dolor de miles de generaciones de humanos que cargamos sobre nuestros hombros. Esa “franqueza” de la Historia es lo imperdonable que la derecha busca condenar bajo el temeroso fantasma del “adoctrinamiento”: abordar la realidad político social y explicarla evitando los cánones impuestos —y aceptados por nosotros mismos— por diferentes grupos demasiado acostumbrados a la impunidad. Esos que tienen en el poder del Estado y los medios de comunicación una brutal maquinaria de producción y amplificación de narrativas que elegimos asumir como propias porque nos generan alguna tranquilidad, como el “sálvese quien pueda”, acusar de “casta” a los científicos o creer que Karina Milei es una luminaria maquiavélica. Pero, tarde o temprano, se agotan.

    ***

    En 2001, mientras se terminaba de cocinar la hecatombe de la primera etapa del modelo neoliberal, el poder judicial declaró la inconstitucionalidad e invalidez de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Pero es a partir del 24 de marzo de 2004, en la ex-ESMA —cuando Néstor Kirchner pidió perdón, en nombre del Estado, por “haber callado durante 20 años de democracia tantas atrocidades”—, que la lucha por esclarecer los crímenes del terrorismo de Estado cobró un nuevo impulso, con el propio gobierno presentándose como querellante en los juicios que se comenzaban a reiniciar. En 2005, la Corte Suprema reafirmó la sentencia de 2001 sobre las leyes de los ochenta y en 2010 declaró la inconstitucionalidad de los indultos presidenciales en los casos de crímenes de lesa humanidad, añadiéndole a los juicios la prisión efectiva de los condenados. Las decisiones de los poderes ejecutivo y judicial comenzaban, finalmente, a calmar una sed trágica que llevaba décadas, y comenzaba a allanarse el camino para la justicia tan pedida. Varios organismos de derechos humanos —no todos— se acercaron política e ideológicamente al kirchnerismo a partir de estas iniciativas.

    Sorprende escuchar colegas comentar “pensé que estas discusiones estaban saldadas” cuando un alumno pregunta sobre el número de desaparecidos o si es cierto que las guerrillas mataban gente.

    En las escuelas comenzaron a florecer los pañuelos blancos y, a partir de la circulación de materiales didácticos y curriculares para conmemorar los 24 de marzo en el marco de la Memoria, las aulas se transformaron en espacios clave para el trabajo sobre una nueva tradición que se iba construyendo. Es que no había efemérides escolares nuevas desde la recuperación de la democracia, cuando la conmemoración de la Guerra de Malvinas puso el primer ladrillo de historia reciente en los actos escolares.

    El acercamiento de la escuela a las sensibilidades de la Memoria del 24 de marzo coincidió con el Estado tomando los reclamos de los organismos de derechos humanos como política. La identificación de los organismos —su simbología, su ritualidad en la escuela— con el kirchnerismo generó resquemor sobre la “partidización” de una causa que percibían como necesariamente transversal. Ese malestar vino de sectores ajenos al kirchnerismo y a la izquierda, pero igualmente interesados en el esclarecimiento de los crímenes y la condena a sus responsables. La acusación al kirchnerismo de “apropiarse de las banderas” era usualmente respondida con un ligeramente faccioso “y bueno, ustedes también decidieron renunciar a ellas”.

    Independientemente de la solidez argumentativa de cada postura, parece claro que la polarización política que se dibujó en la segunda década de este siglo también se tragó una parte importante de la lucha por la Memoria, la Verdad y la Justicia. Varios años después, entonces, los docentes que proponemos a los alumnos intervenciones del espacio escolar con pañuelos blancos y afiches conmemorativos de la lucha por los derechos humanos somos marcados como “kirchneristas” y “zurdos”: así se vive hoy por hoy en las escuelas; y esas acusaciones vienen mucho más de las familias y los colegas que de los alumnos.

    Los docentes que proponemos a los alumnos intervenciones del espacio escolar con pañuelos blancos y afiches conmemorativos somos marcados como “kirchneristas” y “zurdos”: así se vive hoy por hoy en las escuelas.

    ***

    Hoy el gobierno de Milei retoma la “teoría de los dos demonios”, según la cual la sociedad era “rehén” de dos fuerzas, en ese paradigma, igualmente violentas y repudiables —el Estado criminal y las organizaciones guerrilleras—, pero no para volver a la senda de la equidistancia alfonsinista que convenientemente callaba la tolerancia civil al gobierno militar. El revisionismo histórico mileísta sobre la última dictadura es perfectamente coherente con la genealogía conceptual y práctica que une a este inestable presidente obsesionado con la violencia sexual con el terrorismo de Estado y las políticas de Martínez de Hoz: desmantelamiento de la pequeña y mediana industria nacional, reducción de los trabajadores a la esclavitud y represión brutal para disciplinar las objeciones. La insistencia sobre los dos demonios es apenas un disfraz —nada esmerado— para la reivindicación del terrorismo de Estado y su proyecto económico-social. La “Carta Abierta” de Rodolfo Walsh podría haber sido escrita en medio de la última reforma laboral. Y si bien la historia no se repite, tiene ecos que obligan a preguntarse si la defensa de la Memoria alcanza como respuesta.

    Me permito una digresión en primera persona: una forma de describir el problema de la narrativa de la Memoria en tiempos de Milei es que algo en ella se agotó. Sin poder dilucidar del todo qué dimensión, o por dónde viene ese “agotamiento”, es que quise conversar un poco con Marina Franco, una de las historiadoras argentinas más lúcidas y sólidas hoy. Se dedica especialmente a investigar la historia reciente argentina y, en concreto, la violencia política. Y arrojó, mientras charlábamos, una hipótesis informal: el impulso del kirchnerismo por aplicar justicia a los crímenes de lesa humanidad llevó, paradójicamente, a que una parte de la sociedad percibiera ese reclamo como algo de alguna manera ya resuelto. Así, la energía social que durante décadas había sostenido ese reclamo fue migrando hacia otras urgencias más inmediatas. Las declaraciones de Videla de “nuestro peor momento llegó con los Kirchner”, y luego la crudísima imagen de su cuerpo sin vida sentado en el inodoro de su celda fueron, al mismo tiempo, un momento de enorme victoria tras décadas de lucha, y, de alguna manera, el apaciguamiento de parte del reclamo. Que por supuesto continúa y debe continuar, mientras los desaparecidos sigan desaparecidos y mientras haya asesinos sueltos y cómplices que no sólo nunca jamás pisaron un tribunal sino que forman parte del poder económico estable que le da órdenes a los presidentes de este país.

    La insistencia sobre los dos demonios es apenas un disfraz —nada esmerado— para la reivindicación del terrorismo de Estado y su proyecto económico-social. La “Carta Abierta” de Rodolfo Walsh podría haber sido escrita en medio de la última reforma laboral.

    Pero entonces, si la Memoria y los pañuelos blancos, en tanto estrategia defensiva, no alcanzan para combatir esta avanzada fascista, si con marchas y contramarchas el poder judicial tomó en sus manos el tratamiento de los crímenes del terrorismo de Estado e institucionalizó una parte central de ese movimiento, ¿dónde podremos acomodar nuestras armas ahora al asomarnos, hacia atrás, a la oscuridad lúgubre de la última dictadura? Con más diálogo intergeneracional desde la Historia.

    En 2023, Marisa Massone y Betina Akselrad, profesoras de Historia, publicaron Justicia por armar, un material didáctico para trabajar la última dictadura en las escuelas, centrada en el problema, justamente, de la búsqueda de justicia. Y este año Marina Franco publicó La última dictadura, un libro de no ficción ilustrado por Pablo Lobato, donde explica las dimensiones centrales del proyecto político entre 1976 y 1983, pero también su contexto histórico. Casi simultáneamente Mónica Zwaig publicó Avisale a mi mamá, una novela en la que un adolescente debe hacer para la escuela una monografía sobre el tema, que por cierto no le despierta ningún interés.

    Los tres libros están pensados clara y evidentemente en un tono de divulgación: el objetivo es facilitar ese diálogo entre generaciones en el abordaje de un tema histórico que, nuevamente, parece haber entrado a otra etapa. Justicia por armar establece una línea temporal acerca del complejo recorrido por el esclarecimiento de los crímenes desde 1983 hasta 2023, pero tanto La última dictadura como Avisale a mi mamá toman una línea más que necesaria: la de las preguntas incómodas. La producción de materiales que permitan abrir la conversación entre chicos y grandes, a partir de preguntas que van al hueso de las grandes controversias sobre este tema, parecen hoy por hoy imprescindibles para pasar la antorcha de ese —y este— momento de nuestro país.

    El problema de la narrativa de la Memoria en tiempos de Milei es que algo en ella se agotó.

    Hoy, pensar y debatir con argumentos es profundamente contracultural. Y, muchas veces, incómodo hasta para nosotros mismos. Pero Argentina conmemora los 50 años del golpe bajo un gobierno que hace de la agresión, la impulsividad irracional y la mentira las únicas columnas de su narrativa. Los docentes, cuando vemos a Milei en pleno brote en el Congreso agrediendo a opositores, nos preguntamos con qué autoridad le pedimos, al otro día, a nuestros alumnos que resuelvan sus desacuerdos civilizadamente, y debatan sus ideas con fundamentos: tenemos que hacerlo no sólo porque es nuestro deber, sino también como posicionamiento político frente a las lógicas que nos gobiernan. 

    Si la Memoria era y es la bandera contra el olvido, la Historia debe ser la bandera de la escuela contra la barbarie. Es hora de que marchen juntas, porque los brujos han vuelto para nublarnos el camino, pero la historia está de nuestro lado. Que el futuro también lo esté.

    Agradezco infinitamente las conversaciones con Marina Franco, Hernán Confino, Esteban Pontoriero, Lila Rucci, Ailén Saavedra y más personas queridas que me han ayudado y ayudan a pensar este tema tan sensible y la enseñanza en general. Están, por supuesto, completamente exentas de responsabilidad por las palabras de este texto.

    La entrada Con los pañuelos no alcanza se publicó primero en Revista Anfibia.

     

  • Dibujo a mi tío para encontrarlo

     

    A mi tío lo baleó una patota parapolicial en una emboscada, mientras intentaba escapar por la ventana del primer piso de una casa en Mar del Plata. No es, la historia de mi tío, una historia de desaparecidos. Pero yo todavía lo sigo buscando. Mi tío, Pacho Elizagaray, tenía 24 años cuando lo mataron. Mi tío está. Mis abuelos pudieron llevarle flores. Mi papá, tres años menor que él, pudo llorarlo. Sabemos dónde está su cuerpo. Hubo un juicio en 2016 y algunos de los responsables de su muerte fueron condenados. No todos. Pero mi tío está. Y yo todavía lo sigo buscando. 

    La de mi tío Pacho no es, entonces, una historia de desaparecidos. Es una historia de silencios. Y el silencio es una forma de la ausencia. 

    Mi abuelo presentía que a Pancho lo iban a matar. Mi abuelo se llamaba Carlos Elizagaray. En marzo de 1975, un año antes del golpe, era senador del Frejuli. Lo tenían entre ceja y ceja y ya lo habían amenazado varias veces. Gente que se identificaba como miembros de la Concentración Nacional Universitaria (CNU) le había dicho que si Pacho no dejaba de joder lo iban a tener que ir a reconocer a un baldío. Mi tío Pacho estudiaba derecho y era uno de los principales referentes de la Juventud Universitaria Peronista de Mar del Plata. Entre otras cosas, había participado de las negociaciones que lograron instaurar la gratuidad universitaria en el 73. La CNU, mientras tanto, quería desmantelar a la militancia de izquierda en la universidad y en la ciudad. 

    Mi abuelo Carlos habló con mi tío cuando un ex compañero del Ejército le dijo que Pacho estaba en una lista y que lo iban a ir a buscar. Pacho siguió militando. Hasta que los de la CNU atacaron. La madrugada del 21 de marzo de 1975 lo fueron a buscar en la casa donde estaba con su tío y sus primos y los mataron a los cuatro. 

    Mi abuelo hablaba poco de ese día. Mi papá me contó más de una vez su recuerdo de escuchar desde la planta alta los pasos y la voz de mi abuelo cuando entró a la casa familiar y le dijo a mi abuela: “Maucita, nos destruyeron la vida”. Había subido al techo de la casa donde reconoció el cuerpo del tío Pacho. Era el único que quedaba. A los otros tres se los habían llevado a un descampado donde los fusilaron y los dejaron tirados. La CNU tenía la estrategia de dejar los cuerpos a la vista para infundir terror. 

    Veinte años antes, en septiembre del 55, mi abuelo Carlos había estado parapetado en la terraza de Casa Rosada ametrallando a los aviones que bombardearon Plaza de Mayo. Era bien peronista mi abuelo. Y era natural que sus hijos – mi tío, mi papá, mi tía – salieran también militantes. Mi papá militaba en una unidad básica de su barrio y siempre se lamentaba no haber escuchado nunca a mi tío en una asamblea en la universidad, ni dando un discurso. Decían que era buen orador. Y yo, que no lo conocí a mi tío Pacho, porque nací 17 años después de su muerte, lo sigo buscando. 

    El pasado, mientras tanto, parece alejarse más. Parece diluirse hacia atrás, o hacia algún fondo, como si se vaciara en una rendija oscura. Los rostros en los carteles de las plazas de todo el país, para muchos, dejan de ser personas y se vuelven eso: rostros sin nombre en carteles grises. Desconocidos para la mayoría. Cada vez más. Pero eran hermanos, amigos, padres, tíos. El duelo muta, toma nuevas formas, se esconde y brota en formas que no imaginamos hasta que se nos aparece. Y cada uno hace lo que puede hacer con eso. 

    De mi tío siempre supe poco. Cada vez que lo nombraba, se repetía una historia corta que era siempre la misma. Y después el silencio. Siempre me mostraron una misma foto de él. Un retrato sonriente, ya veinteañero. También había un cuadro pintado por él decorando una de las habitaciones de la casa. Nombrarlo no estaba prohibido, preguntar tampoco. Pero siempre era angustioso recordarlo y eso impedía hablar más. 

    Siempre sentí que me hubiera llevado muy bien con mi tío. Me gustaba pensar qué conversaciones hubiéramos tenido. Imaginar a qué se dedicaría si hubiera vivido más. Me parecía que el arte – él con la pintura, yo con la ilustración- era algo que nos podría haber unido. Quizás, de hecho, sí nos une. 

    Sentía que algo de Pacho habitaba en mí. Aún sabiendo tan poco, y acostumbrada a esa forma de las cosas. Me di cuenta el 24 de marzo de 2024 en plena Plaza de Mayo. Íbamos llevando un cartel con un retrato de mi tío. No lo habíamos hecho antes. Y en un momento se acercó un pibe de mi edad a mirar: 

    — ¿Sos algo de Pacho? — me preguntó — Yo lo conozco, era el mejor amigo de mi abuela. 

    El pibe, resulta, sabía más que yo de la historia de mi tío. 

    No teníamos la tradición de ir a la plaza los 24. A mi abuelo no le gustaban las multitudes. Comenzamos a ir más grandes, nosotros. Ese año era la primera vez que llevábamos las fotos de Pacho a la plaza. También de sus primos y su tío, las otras víctimas de la masacre de marzo del 75. Se lo había propuesto a mi viejo, hábil carpintero, que armó unos soportes de madera; yo imprimí las fotos y también la copia de una ilustración que había hecho de él cuando no pudimos marchar en la pandemia. 

    Después de ese día todo sucedió muy rápido. Subí la foto con el cartel de mi tío a Instagram y me escribió otra compañera de Pacho que a su vez me conecto con otros, y ellos a su vez con otros. Armé un archivo en la compu con sus nombres y números de teléfono. Los fui contactando uno a uno, y empecé a visitarlos. 

    Recién ahí, cuando sentí que era el momento, me animé a abrir más la charla con mi papá. Y descubrí, cuando pudimos conversar, un alivio muy profundo. La palabra liberada era un refugio. Conocer más de la vida de mi tío Pacho, contarla, era una forma de hacer algo por mí y por su memoria. Ayudaba a superar el dolor. Con el tiempo, pronunciar el nombre de mi tío Pacho dejó de generar un nudo en la garganta. Algo ahí se aflojó, y fue gracias a esa búsqueda.

    Como aquellos que buscan los restos de sus desaparecidos, yo busco los restos de la historia de mi tío en cada una de las personas que lo acompañaron en su vida, y en especial en sus años de militancia. Siento la urgencia de recopilar cada memoria de él. Siento que todavía estoy a tiempo. Muchos hombres y mujeres de su generación siguen presentes, pero cada vez quedan menos. Recién en agosto de 2025 fui a conocer a La Polaca, la abuela de ese chico que se me acercó en la plaza y me despertó el impulso de buscar y saber más. Viajé con mi mamá a Mar del Plata para verla. Me puse nerviosa antes de entrar, me pasa antes de cada encuentro.  

    La Polaca murió dos meses después de nuestra visita. Me quedaron más preguntas por hacerle. Pero ahí tomé conciencia de que la conversación entre generaciones es imprescindible y no es algo que pueda quedar para otro momento.

    En cada encuentro, con cada uno de ellos, pienso lo que me cuentan en imágenes. La Polaca era la esposa de un referente político al que Pacho admiraba, y la casa de ellos era el lugar donde se juntaban todos. Pacho se reunía a veces a solas con La Polaca y sentía esa casa como un refugio. Ella le hacía siempre una sopa con remolacha y un sandwich de rabanito. Yo no sabía que a mi tío le gustaba eso. Y a mí me encantó siempre el rabanito. Ahí encontré, quizás, una razón. Cuando la escuchaba, veía la imagen de mi tío en su casa. 

    Cada persona que llamo para hablar de mi tío me recibe con entusiasmo. Todos quieren contarme de él. Son siempre conversaciones para recordar con alegría. Hablamos de recuerdos íntimos. Humanos. Como los que encuentro cuando veo las fotos de los álbumes familiares, a los que vuelvo todo el tiempo porque lo que aprendo quiero dibujarlo. En las fotos noté que siempre, en la parte de arriba, en mi familia tenían la costumbre de escribir chiquitito el año: 73, 74. En esas fotos casi siempre la gente está feliz. Yo me obsesiono un poco con la fecha. Los veo en las imágenes y pienso cuánto faltaba para la masacre. Pienso que ellos están ahí en la foto, sonriendo, sin saber lo que va a pasar. Y yo sí sé. 

    Mientras miro las fotos y escucho a cada persona con la que puedo encontrarme en la búsqueda, pienso en cómo entendemos lo que nos queda del pasado a medida que nos alejamos en el tiempo. Como, con el paso de los años, nos cuenta entender esa época. La violencia de los setenta, que no empezó con el golpe de marzo del 76. Que empezó en democracia y empezó por el odio y el desencuentro entre los que pensaban distinto. Pienso en cómo heredamos la herida. Cómo llega a nuestras generaciones. Qué formas tiene. Y sobre todo, cómo le explicamos a los más jóvenes la complejidad de una época que se sigue estirando sobre nuestras propias vidas. 

    Sigo conversando con los que puedo. Sigo buscando. Avanzo, escucho, registro como puedo. Quiero filmar, pero no sé filmar. Pido un grabador para guardar las charlas con mejor calidad y hago lo que puedo. Trato de sacar alguna foto en cada encuentro. Al salir anoto las sensaciones que me dejó la conversación, detalles que no quiero olvidar. Trato de bajarlo todo a dibujos rápidos. Me aparecen escenas, imágenes de esas anécdotas. Eso puedo y eso me sale. Dibujar. Dibujarlo a mi tío Pacho es mi manera de encontrarlo. 

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