ARQUITECTURA DE LA OPRESIÓN

La EMERGENCIA nunca termina y DEVIENE normalizaDA cuando hablamos de una masiva vigilancia

Edward Snowden

La Gran Muralla China no ha podido detener al supuesto enemigo a lo largo de la historia, no lo ha podido ni de adentro hacia adentro, ni de adentro hacia afuera, ni de afuera hacia adentro. Ni siquiera lo ha conseguido en su totalidad con su actual Muralla Virtual o flamante sistema de hipercontrol social informático llamado Big Data.



Otros lo han intentado, como aconteció con el Imperio Romano y sus murallas, un ejemplo de ello se encuentra aún hoy como recuerdo vívido en Lugo, España



Ni hablar de la Muralla creada por el gobierno americano en manos del presidente Trump en la frontera con México.

Los monopolios han sabido construir sus murallas para mantener el poder, y siguiendo en el seno americano, Bill Gates no parece ser la excepción ¿Fakenews o realidad?. Grupos como Anónimus lo denuncian

https://www.youtube.com/watch?v=V6TBM6EMm1M&feature=share



La muralla, o incluso una pared delimita el espacio que ya no es común porque el afuera y el adentro van marcando un límite entre el yo y el otro, entre el amigo y el enemigo, o entre lo nacional y lo extranjero.

Y si pasamos de la muralla para expresar la división entre el exterior y el interior, ahora nos topamos con un muro, el Muro de los lamentos. Un muro para suplicar el regreso de los judíos a Israel por la dispersión luego de su persecución. Parte de ese muro sobrevivió a los ataques romanos quienes también destruyeron la ciudad de Jerusalén y templos sagrados.



Con esto último diferenciamos el papel del muro y las murallas, un muro que se alza no para dividir sino para incluir, en cambio la muralla se levanta para la defensa y protección del probable «enemigo», tal como sucedió con ciertos castillos en el medioevo.

Byun-Chul Han nos guía en el análisis de la personificación del enemigo en su libro «La Sociedad del cansancio» (pag. 13 y 14) y retoma a Baudrillard para ello:

Según la genealogía baudrillardesca de la enemistad, el enemigo aparece en la primera fase como un lobo. Es «un enemigo externo, que ataca y contra el cual uno se defiende construyendo fortificaciones y murallas». En la siguiente fase, el enemigo adopta la forma de una rata. Es un enemigo que opera en la clandestinidad y se combate por
medios higiénicos. Después de una fase ulterior, la del escarabajo, el enemigo adopta poR último una
forma viral: «El cuarto estadio lo conforman los virus; se mueven, por decirlo así, en la cuarta dimensión. Es mucho más difícil defenderse de los virus, ya que se hallan en el corazón del sistema»

Se origina «un enemigo fantasma que se extiende sobre todo el planeta, que se infiltra por todas partes, igual
que un virus, y que penetra todos los intersticios del poder». La violencia viral parte de aquellas
singularidades que se establecen en el sistema a
modo de durmientes células terroristas y tratan de
destruirlo. El terrorismo como figura principal de la
violencia viral consiste, según Baudrillard, en una
sublevación de lo singular frente a lo global.



Entonces, siguiendo al filósofo surcoreano ¿cuál es el corazón del sistema? Podemos arriesgarnos a decir que este global corazón se contrae y se dilata para lanzarnos hacia los difusos contornos de la incertidumbre y la supervivencia, en tanto que su revestimiento muscular amurrallado de organizaciones y gobiernos intenta frenar el descontrol social en un cuerpo donde el cerebro está en todas partes y en ninguna, porque en sí se ha convertido en el sistema inmunológico que fluye en cada individuo, en cada sociedad.

En paralelo, la realidad física y psíquica está gobernada como dice Sloterdijk en «Estrés y libertad» (pag. 66) por la dictadura de lo real, dictadura de lo real que ya no se limita al afán de bloqueo por la muralla, sino que paradójicamente también por la circulación global, es entonces que la muralla se ha empezado a mover

Del mismo modo que en el pasado, casi toda la humanidad contemporánea está sometida a la dictadura de lo real y experimenta su opresión más que nunca, puesto que lo real ha tomado la forma de la circulación global y se ha disipado en la forma de especulación financiera



La yuxtaposición de murallas móviles y fijas va dibujando escenarios cambiantes tanto locales como globales. La circulación se transformó en un indefinido tabú y la muralla se desplazó hasta las paredes de cada hogar, e incluso, hasta en la silueta de un barbijo o una máscara que nos proteje de lo invisible. Sin embargo, la muralla financiera se eleva cada vez más, mezquina en su esencia, acorazada para la protección monetaria de algunos pocos que no ceden ni ante una emergencia tan grave como la que estamos viviendo.

Además, la muralla no sólo ha cambiado del estado fijo al móvil, sino que se ha trasladado al tiempo, murallas de tiempo que definen conductas a seguir, murallas de cuarentenas o aislamientos en busca de protección, murallas de tiempo con ladrillos de días y noches de encierro preventivo, murallas invisibles para un enemigo invisible.

Igor Morski

Analizar las maneras cómo el ser humano configura y reconfigura sus fronteras espacio-temporales nos permite resignificar los sentidos ocultos detrás de aquello que se encuentra encriptado en lo social, en lo político, económico o científico-informático. De esta manera también nos posibilita dimensionar lo problemático de la existencia más allá de los peligros o encruzijadas del destino.

Finalizamos este artículo con dos videos de Snowden que nos aclaran cómo funcionan los mecanismos de espionaje y control social, abriendo la oportunidad para poder pensar y realizar cambios revolucionarios en nuestras estructuras de organización.


Imagen de portada: Florentino Díaz

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    La otra mentira gorila: El mito del oro nazi

     

    Durante décadas, una acusación se repite con una seguridad que contrasta brutalmente con la fragilidad de sus pruebas: que la Argentina fue refugio del llamado “oro nazi”, que el Banco Central actuó como engranaje financiero del saqueo del Tercer Reich y que el país habría sido cómplice silencioso de uno de los mayores crímenes económicos del siglo XX. La afirmación circula como verdad revelada, pero cuando se la somete al examen de la documentación histórica, el relato empieza a resquebrajarse.

    Por Walter Onorato para NLI

    Eso es exactamente lo que demuestra la investigación “Transacciones del Banco Central de la República Argentina en oro y divisas con países del Eje y neutrales”, realizada por los historiadores Mario Rapoport y Andrés Musacchio en el marco de la Comisión para el Esclarecimiento de las Actividades del Nazismo en la Argentina (CEANA). No se trata de una defensa política ni de una opinión ideológica, sino de un estudio riguroso basado en archivos oficiales del Banco Central, balances contables, libros de oro en custodia, documentación diplomática argentina y extranjera y el cruce sistemático con los informes de las comisiones investigadoras de Suiza y de Estados Unidos. La conclusión a la que llegan es tan clara como incómoda para los cultores del mito: no existen evidencias documentales de que el Banco Central argentino haya recibido oro nazi.

    El primer problema del relato conspirativo es conceptual. El llamado “oro nazi” no es una categoría homogénea. Puede referirse al oro saqueado a las víctimas del nazismo, a las reservas de los bancos centrales de países ocupados, a las fortunas personales de jerarcas nazis en fuga o a depósitos bloqueados en países neutrales. Rapoport y Musacchio parten de esa distinción básica —habitualmente omitida— y siguen el rastro del oro allí donde necesariamente debería aparecer si la acusación fuera cierta: en los registros contables del Banco Central de la República Argentina.

    Lo que encuentran es exactamente lo contrario de lo que promete la leyenda. Entre 1942 y 1948, los libros de “oro en custodia” y “oro en barras” del BCRA muestran que la Argentina no fue receptora, sino expulsora de oro. Las principales operaciones con bancos de países neutrales, especialmente Suiza y Portugal —señalados durante años como intermediarios privilegiados del oro nazi— registran salidas de oro desde Buenos Aires hacia el exterior, en particular hacia la Reserva Federal de Nueva York o hacia las casas centrales de esos bancos. Si la Argentina hubiera sido un destino del oro nazi, los registros mostrarían ingresos físicos relevantes. No los hay.

    El caso suizo es especialmente revelador. Contra lo que sugiere el imaginario popular, los datos de la propia banca helvética, analizados por la Comisión Bergier, indican que durante la guerra Suiza fue compradora neta de oro argentino y que las transacciones con la Argentina representaron una fracción ínfima del total de sus operaciones. Más aún: la Argentina no compró oro a Suiza durante el período bélico, lo vendió. Es decir, el flujo va en sentido inverso al que exigiría cualquier hipótesis de “lavado” de oro nazi.

    Con Portugal ocurre algo similar. Los registros del Banco de Portugal muestran que las operaciones consistieron básicamente en compras de oro argentino para su posterior traslado a la Reserva Federal estadounidense. Tampoco aquí aparece la Argentina como receptora de oro, sino como país del que el oro sale. Ninguna de estas operatorias responde al patrón esperable de un país que está recibiendo oro malhabido.

    Otro dato que incomoda a los defensores del mito es el comercio. Durante la Segunda Guerra Mundial, el intercambio entre Argentina y Alemania se interrumpió por completo. Sin comercio regular, Alemania no tenía razón económica alguna para transferir oro a la Argentina. La hipótesis de una triangulación sistemática a través de países neutrales también se derrumba: la investigación sólo encuentra episodios marginales de contrabando, de escala reducida y sin participación de las máximas autoridades del Estado argentino. No hubo comercio triangular regular y, por lo tanto, no hubo financiamiento sistemático mediante oro.

    No es casual que el mito del “oro nazi” haya sido dirigido casi exclusivamente contra el peronismo. La acusación no nació de una investigación histórica, sino de una necesidad política: construir un Perón ilegítimo, inmoral y criminal, incapaz de ser derrotado en el plano social pero vulnerable en el plano simbólico. El gorilismo necesitó presentar al primer gobierno peronista no como un proyecto de justicia social y soberanía económica, sino como una anomalía oscura, vinculada al fascismo europeo y financiada con riquezas malhabidas. En ese marco, el “oro nazi” funcionó como un arma narrativa perfecta: imposible de probar, pero fácil de repetir.

    El trabajo de Rapoport y Musacchio deja al descubierto ese mecanismo con claridad demoledora. Cuando se revisan los archivos del Banco Central, el relato se cae. No aparece el oro, no aparece el flujo, no aparece la complicidad. Lo que sí aparece es una operación política clásica del antiperonismo: transformar la sospecha en certeza y la mentira en sentido común histórico.

    La investigación no elude los puntos grises. Analiza los depósitos de ciudadanos alemanes incautados por el Estado argentino, los fondos de la embajada alemana tras la ruptura de relaciones y el célebre depósito de 40 lingotes vinculado a la empresa SAFU de Fritz Mandl. En ninguno de esos casos se encuentran pruebas de que se trate de “oro nazi”. En algunos, el origen no puede reconstruirse con precisión, pero el criterio metodológico es claro: la falta de información no equivale a culpabilidad. La historia no se escribe con conjeturas.

    ¿Por qué, entonces, el mito del oro nazi en la Argentina sigue circulando con tanta fuerza? Porque es funcional. Permite simplificar la historia, demonizar un proyecto político popular, justificar odios de clase y evitar discusiones más profundas sobre soberanía económica, distribución del ingreso y poder real. Es más cómodo repetir una acusación que revisar archivos.

    La investigación de Rapoport y Musacchio demuestra que cuando se abandona la mitología y se entra en el terreno de la documentación, el relato se desinfla. No hubo un Banco Central argentino actuando como lavadora del saqueo nazi. No hubo un flujo sistemático de oro nazi hacia la Argentina. Hubo, sí, una mentira persistente, útil y gorila, que durante años intentó reemplazar a la historia. Y que, una vez más, no resiste el archivo.

     

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