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ARGENTINA ES TOP DE CONSUMO DE BEBIDAS AZUCARADAS EN EL MUNDO

Por el consumo de bebidas azucaradas, más de 800 mil argentinos se enferman por año .

Argentina es uno de los principales consumidores de gaseosas del mundo. La mitad de nuestra hidratación está compuesta por bebidas que contienen grandes cantidades de azúcar. El consumo máximo de azúcar agregada por día no debe ser mayor a diez cucharaditas y tomando un vaso de gaseosa cubrimos más de la mitad de ese valor. Limitando el consumo de gaseosas y aumentando el consumo de agua segura prevenimos la obesidad, la diabetes y las enfermedades cardiovasculares.

Los adultos en Argentina consumen en promedio 85 litros de bebidas azucaradas por año que contribuyen con la epidemia de sobrepeso y obesidad, y anualmente provoca más de 800 mil casos de diabetes, enfermedades cardíacas, accidentes cerebro vasculares, asma y cáncer según una investigación liderada por el Instituto de Efectividad Clínica y Sanitaria (IECS).

“El estudio es un llamado de atención para los países y refuerza la necesidad de implementar mecanismos que disuadan del consumo de estas bebidas, incluyendo una mayor carga impositiva, el etiquetado nutricional frontal, la modificación del entorno escolar y la prohibición de la publicidad”, afirmó Pichón-Riviere doctor en Medicina, magister en Ciencias y en Epidemiología Clínica de la Universidad de Harvard, director ejecutivo del IECS – institución académica vinculada a la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA)- y uno de los investigadores principales del estudio.

Según la investigación, presentada de forma virtual, se le puede atribuir al consumo de ese tipo de bebidas 54.000 casos al año de enfermedades cardíacas, 29.000 accidentes cerebrovasculares, 34.000 problemas osteomusculares, 21.000 lesiones renales, 16.000 casos de asma y 9.000 de cáncer y otras patologías.

Los investigadores llegaron a la conclusión de que el sistema de salud gasta $ 55.800 millones de pesos cada año para la atención de las enfermedades derivadas del consumo de bebidas azucaradas, lo que representa el 2,8% de lo que Argentina gasta en salud.

De ese total, 53.000 millones se destinan a tratar la diabetes, la enfermedad cardiovascular y renal, los trastornos musculoesqueléticos, el cáncer y otras patologías asociadas al consumo de bebidas azucaradas, y 2.800 millones al sobrepeso y la obesidad en niñez, adolescencia y adultez para ambos sexos.

El consumo de bebidas azucaradas constituye una fuente importante de calorías sin aportar otros nutrientes más que el azúcar que contienen. En nuestro país, el 66% de los adultos y el 33 % de los niños y niñas tienen sobrepeso u obesidad. Quienes son obesos en la niñez tienen un riesgo aumentado de serlo en edad adulta, así como de tener asma, y de sufrir discriminación y acoso escolar y familiar.

El sobrepeso y obesidad también aumenta durante el primer ciclo escolar, y en eso también influyen las bebidas que se ofrecen en esos ámbitos escolares. Tenemos que empezar a cambiar poco a poco los hábitos e implementar políticas desde el Estado.

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  • El triunfo del yopitalismo

     

    Canta el perdedor del amor, José Luis Perales, ¿Y cómo es él? ¿En qué lugar se enamoró de ti? ¿De dónde es? ¿A qué dedica el tiempo libre? Pregúntale ¿Porqué ha robado un trozo de mi vida? Algo así está pensando mucha gente, sobre todo los analistas de América Latina sobre el candidato libertario de Colombia, Abelardo de la Espriella, después que ganara el último domingo la primera vuelta de las elecciones presidenciales. También se lo pregunta el candidato Iván Cepeda, quien irá a segunda vuelta contra él, y Paloma Valencia la candidata de Uribe, el establishment y los medios, que fueron los grandes derrotados. 

    ¿Sorpresa que De la Espriella haya ganado la primera vuelta de las elecciones en Colombia 2026? Se dice sorpresa porque decimos “no entender”. Y hace rato que no entendemos. ¿Sorpresa que Trump haya ganado en el 2016? ¿Sorpresa que Bolsonaro haya ganado en el 2018? ¿Sorpresa que Bukele ganó en el 2019? ¿Sorpresa que Milei ganara en el 2023? Siempre decimos sorpresa. Y no hay ninguna. No sabemos leer a la sociedad, andamos repletos de sentidos de modernidad y superioridad moral y lejos de los sentidos comunes y el triunfo del yopitalismo

    En Colombia todo es cuestión de estilo

    Colombia es un país conservador, pacato, donde todo a lo suavecito, matando pero con buena educación y todo en buenomía (delinquir con buena letra). Y en esas hemos andado con que nos gobernó la elite rural con Uribe (se mataba pero por buena causa), la elite burguesa del pasado con Santos (hacer la paz pero para no cumplirla), la new money de power point con Duque (estallido social, 84 muertos pero pa´lante ya). Pero llegaron los populares, zambos y negros e indios con Petro, y todo molestó: el tonito, el estilo, el gusto.  Y ahí, todo cambió: el tono, el modo, el estilo del Presidente, provocando, cazando peleas con las elites, los periodistas, los medios, las mujeres, las instituciones, los políticos, los jueces. Desesperó y exasperó a la buenomía colombiche. Entonces, se perdió el pudor y a las que sea guevón, maricón.

    Y llegamos al 2026 y a don Petro, el provocador moral y estético de Colombia, le salió uno más provocador, ignominioso y desesperante. Uno que, también, atrae a medios, periodistas, clases medias arribistas, evangélicos, new moneys y agrede con demandas judiciales a quien ose descreer de su éxito capitalista. Petro dice que lo hace para defender al pueblo porque él es pueblo; De la Espriella no quiere al pueblo, le importa un bledo, pero lo divierte e invita a seguirlo para lograr la libertad, el yopitalismo y librarse de Petro. Dos tonos en combate: el discursivo ampuloso grandilocuente con cursos de justicia social y moralidad revolucionaria de Petro (sus modelos serían Lula, Mujica, Cristina, Correa, Evo, López Obrador) y De la Espriella que tiene retórica digital de insultos, chistes, provocaciones, divertimentos, matoneos (sus modelos serían Milei, Bukele, Trump y Bolsonaro).

    En este contexto en el que “la gente” anda lejos de los medios y las informaciones, cerca de las redes y el pasarla bien, pegada de sus creencias y necesidades, no importan las realidades, ni las obras de gobierno, ni las ideologías. (A propósito Petro ha sido un gran gobernante para los pobres, los militares, campesinos y gente del común a los que les incrementó su capitalismo, ha tenido el menor desempleo posible, el dólar ha estado refuerte, se ha pagado más de la mitad de la deuda pública exterior y muchas más amores capitalistas. Y les fue re bien a los ricos. Solo los clase media llevamos del bulto. Nada importa, todo queda en cuestión de estilo, en la batalla de provocaciones en las redes como cancha de juego y los periodistas como bobos replicadores. Los periodistas los odian, pero los publican con insistencia erótica:  se informa odiando a Petro porque los jode mucho… alabando a De la Espriella, a pesar de que es el matón contra la libertad de expresión.

    Cepeda, el fantasma 

    ¿Y por qué no hablamos de Cepeda? Esa es la pregunta de la campaña. Poco se habla de él, Petro es el show, el candidato, el eterno mediático y digital. Cepeda es un buen tipo. Un izquierdista clásico. Un aguerrido senador que ha asumido la lucha contra Uribe como su misión en la tierra. Una amiga progre dice que es “pura sensatez y buen sentido. Nada del ego narcisista de Petro. Claro que sensatez y buen sentido no son faranduleros”.  

    En lo que vemos y nos dejan ver. Cepeda habla leyendo, siempre anda serio y solemne (y eso es muy malo en Colombia, debe esconder algo, pensamos; mejor que sea extrovertido y “recochero”), parece que produce sentido, pero no sabemos, nos cuesta entenderlo. También es cierto que Cepeda no batalla en lo digital por considerar que traiciona su esencia, su autenticidad y entra en el juego falso de los dilemas de las derechas (¡sus seguidores sí la luchan!).

    Su candidatura ha sido construida por Petro, al que se ama y odia por igual, al que se teme y se alaba por igual; por sus rivales políticos, la hija política de Uribe, esa paloma carroñera, o el extrovertido tigre falso en tierra de jaguares; por los medios y periodistas que como no lo entienden, lo odian (¡recordar que ya Bourdieu en Sobre la televisión lo dijo: a los periodistas lo que les parece extraordinario lo juzgan desde sus ignorancias estructurales: mejor adjetivo soez o baile de De la Espriella que sentido a lo Cepeda). 

    Así, Cepeda es como un fantasma, un desconocido al que los burgueses, los wannabes de la farándula y la new money, la clase media aspiracional, le tienen miedo. Esos mismos aman a su rival por esa razón: anti petrismo. Mientras De la Espriella dice ser un tigre aguerrido, la otra es una Paloma carroñera, Cepeda luce como un osito perezoso.

    Tal vez sea ese su problema, parecer un osito perezoso. No se sabe bien quién o qué es, ni le gusta jugar en canchas de lo cool y pop digital. No quiere traicionarse en su coherencia con sus pensares de izquierda. Está como aburrido ahí. Y que siempre está hablando de Uribe, es su causa, su karma, su razón de ser. Y siempre lo explica Petro.

    Ante Cepeda fantasma, De la Espriella eufórico

    Un tipo sin ideas ni verosimilitud política crea un personaje eufórico, atrevido, extrovertido, diseñado con un 40% Milei (la publicidad, las frases, el adjetivo destructor, lo sacado como show, creación de eventos como si fueran recitales, las historias de IA y como no puede ser el León dice ser el Tigre cuando en Colombia somos jaguares, hasta en eso es falso). 30% Bukele, de quien copia hacer megacárceles sin sentido y sin saber para quién, copia el estilo higiénico de prolijidad de barba, ropa impecable de new money, inspiración divina para gobernar, mujer bonita y familia de dios). 20% Trump, eso de yosoymillonario, eso de se hacer $$$, yo soy el capitalismo. 10% Bolsonaro, al reconvertirse desde el pecado al milagro de ser el fiel de dios y vestir la camiseta de la selección Colombia de fútbol como emblema de amor patrio en tiempos de Mundial. La fórmula comible de De la Espriella es, entonces, que es arepa de huevo con choripan Milei, pupusa Bukele y salsa Trump barbiquiu.

    ¿Y cómo es él?  El analista digital Andrés Carvajal dice que Abelardo es “pura farsa, IA y pirotecnia. Una campaña de peluquín efectiva. Una manipulación estridente de silicona que ha sabido mover las emociones y las causas de muchos”.  El diario El País lo cuenta como “un estilo de vida” que  es “su estilo de campaña. Cuando está sobre el escenario, prende pólvora, vuela drones, baila con videos de tigres —el animal con el que se identifica— hechos con IA”. El representante del periodismo burgués, Felipe López, escribe que “es un abogado excéntrico, rodeado de clientes incómodos y excesos de millonario tropical”.

    ¿En qué lugar se enamoró de ti?  En las redes, donde insulta y canta, en los medios donde provoca y baila, en los escenarios donde hace show, en las entrevistas donde no le preguntan si no lo dejan exhibir su vulgaridad, en su show nueva era eufórico y alucinado, en su transgresión. Ya que, como dice el artista Lucas Ospina, es la trasgresión “la que le permite destacar en la arena electoral (…) La transgresión como arma política capaz de llegar a grupos variados y dispersos y de unificarlos sobre la base del descontento, por vía de consignas unívocas y bajo la ilusión cuasi religiosa de una puesta en escena inmediatista que avizora un cambio de un día para otro (…) Esta actitud transgresora tiene una dimensión política crucial: permite a los seguidores gozar de la ilusión de poder hacer lo mismo en su propia vida y con su propia voz”.

    ¿De dónde es? Es del Caribe para habitar la exageración, se dice italiano para tener el buen gusto del vino, es de Miami donde su brillosidad es auténtica.

    ¿A qué dedica el tiempo libre? A hablar de sí mismo, a defender criminales a los que no libera de nada pero les cobra mucho, a insultar a las mujeres, a los homosexuales, a los indígenas, a los negros, a los izquierdosos, a los periodistas. No a la ética ni a la democracia porque “esa” no tiene nada que ver. Dedica su tiempo libre y pagado a insultar.

    ¿Por qué ha robado un trozo de mi vida? Por vanidad, por aburrimiento con su yo, por su yopitalismo, por joder al uribismo y al petrismo, por darse el gusto de ser presidente.

    El resultado: Ganó la bazofia, perdió la solemnidad

    ¿Y ahora?

    El mapa de resultados electorales muestra que la Colombia urbana quiere capitalismo y show. Y que por eso Rodolfo Hernández en el 2022 y De la Espriella en el 2026  en primera vuelta sumaron 51%, mientras los progres Petro en el 2026 y ahora Cepeda 40%. En su momento, Petro ganó en la segunda vuelta convenciendo a los de voto en blanco, a los indecisos y a más votantes. Ahí está el reto para Cepeda.

    Hasta ahora, ha sido el show de concierto musical, fútbol y malecón (muy digital, muy mediático, muy divertido) vs show retórico de salón de clase, evento ideológico, solemnidad moral al que la gente y la militancia le ha armado fiesta, goce, desparpajo… ser un aburrido cool.

    La clave de ambos candidatos será alejarse el pasado llamado Uribe y Petro, centrarse en el futuro, que De la Espriella demuestre que puede gobernar y no seguir siendo el excéntrico payaso y que Cepeda sea él mismo, juegue en lo cool y popular, entre en la batalla cooltural para promover la fiesta de lo común, movilizar a los jóvenes, crear su épica política y no la de Petro.  

    Por ahora, mi amiga de derechas dice que con De la Espriella “al menos hay más esperanza. Y un pueblo alegre, congregado y abundante sale adelante”. 

    A los colombianos nos gusta suave, pero le estamos apostando a lo estridente.

    Y mi amigo analista Lucas Ospina cree que “quizás un triunfo de la empresa electoral de De la Espriella nos cure, por fin, de creernos mejor que otros países, solo por presumir de tener ‘la democracia más antigua de la región’. La distancia entre la excepción colombiana y el resto del mapa latinoamericano es solo un margen, una desviación de un grado que, bajo un gobierno de esta tendencia, marca un retorno firme al patrón histórico de sumisión imperial y a la máxima del escritor Antonio Caballero de que en Colombia “cada presidente ha sido peor que el anterior”. 

    El realismo brutal de Milei, Bukele, Trump y Bolsonaro acecha a Colombia, y no es una metáfora, es nuestra pesadilla en tiempo real.

    La entrada El triunfo del yopitalismo se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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    Día Internacional del Orgullo LGBTI+, con el plus de que el cupo laboral travesti trans es ley en el país

    Este lunes se conmemora el Día Internacional del Orgullo que coincide con la Marcha del Orgullo, y este año en Argentina viene con el plus de que el cupo laboral travesti trans es ley en el país. El Estado entonces tiene la obligación de contratar al menos el 1 por ciento de la dotación de la administración pública…

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    Adamovsky y el Nobel que no vio

     

    Los tiempos de la política, los tiempos de la ciencia y la historia larga de tres Premios Nobel argentinos.

    Por Roque Pérez y Tomás Palazzo para NLI

    Existe una diferencia fundamental entre la historia política y la historia de la ciencia que, con frecuencia, pasa inadvertida incluso en trabajos escritos por historiadores. Mientras la primera suele organizarse en torno a gobiernos, rupturas institucionales o modelos económicos relativamente breves, la segunda se desarrolla según una temporalidad mucho más extensa, en la que la formación de investigadores, la consolidación de escuelas científicas y la maduración de los descubrimientos requieren décadas. Cuando ambas cronologías se superponen sin los recaudos metodológicos necesarios, el resultado suele ser una simplificación que, aunque útil desde el punto de vista narrativo, termina desdibujando la complejidad del proceso histórico.

    El artículo «¿Cómo era Argentina antes de la devastación?», publicado por Ezequiel Adamovsky en elDiarioAR, constituye un excelente ejemplo de esa tensión. Su objetivo central no consiste en escribir una historia de la ciencia argentina, sino en cuestionar la idea —muy difundida en ciertos discursos políticos y mediáticos— de que el país arrastraba una decadencia estructural desde mediados del siglo XX. Para ello, Adamovsky contrapone una serie de indicadores económicos, sociales e institucionales que describen a la Argentina previa al golpe de 1976 como una sociedad con altos niveles de industrialización, distribución del ingreso, movilidad social y desarrollo científico.

    Dentro de esa enumeración aparecen dos referencias particularmente significativas: los Premios Nobel obtenidos por Bernardo Houssay en 1947 y Luis Federico Leloir en 1970. La intención del autor es evidente. Ambos galardones funcionan como indicadores simbólicos de un país que había logrado insertarse en la elite científica internacional antes del ciclo económico inaugurado por la dictadura de 1976. Sin embargo, precisamente porque se trata de símbolos tan potentes, merecen un análisis mucho más cuidadoso que el que permite una simple referencia cronológica.

    La hipótesis de este ensayo es que la utilización de los Premios Nobel como evidencia de un determinado ciclo político presenta una limitación historiográfica importante, porque desconoce el carácter acumulativo, institucional y transgeneracional del desarrollo científico. Paradójicamente, el caso que Adamovsky omite —el de César Milstein— no debilita su argumento general, sino que lo fortalece, ya que pone de manifiesto con mayor claridad la profundidad histórica de las capacidades científicas construidas por la Argentina durante gran parte del siglo XX.

    La ciencia no tiene el tiempo de los gobiernos

    Uno de los problemas más frecuentes en la historia de la ciencia consiste en atribuir los grandes descubrimientos a los gobiernos bajo los cuales fueron anunciados o premiados. Esa tentación responde a una lógica comprensible: los procesos políticos suelen organizarse en períodos relativamente claros —presidencias, dictaduras, restauraciones democráticas— mientras que la producción científica carece de esos cortes nítidos. Sin embargo, esa diferencia temporal obliga precisamente a evitar asociaciones demasiado lineales.

    Un Premio Nobel rara vez reconoce un descubrimiento reciente. La Academia Sueca suele esperar muchos años antes de otorgarlo, tanto para verificar la trascendencia del hallazgo como para confirmar experimentalmente sus resultados. En consecuencia, el año del premio constituye apenas el último eslabón de una cadena que comenzó mucho antes. Detrás de cada Nobel existe una historia compuesta por escuelas científicas, maestros, discípulos, instituciones universitarias, organismos de financiamiento, bibliotecas, laboratorios y redes internacionales de cooperación que se desarrollan durante décadas.

    La historia científica argentina confirma plenamente esa lógica. Ninguno de sus tres Premios Nobel puede comprenderse observando únicamente el contexto político en que fue entregado. Cada uno representa la culminación de procesos iniciados mucho tiempo antes y sostenidos por una combinación variable de inversión estatal, aportes privados y vínculos internacionales. Pensarlos exclusivamente como productos del año 1947, 1970 o 1984 implica reducir trayectorias científicas extraordinariamente complejas a una simple coincidencia cronológica.

    La ciencia tiene una temporalidad propia. Mientras la historia política se mide en gobiernos y la historia económica en ciclos, la historia de la ciencia se mide en generaciones.

    Bernardo Houssay y la construcción de una escuela científica

    El caso de Bernardo Houssay resulta particularmente ilustrativo. Cuando recibió el Premio Nobel de Medicina en 1947, ya era uno de los fisiólogos más prestigiosos del mundo. Había comenzado más de treinta años antes, cuando la Universidad de Buenos Aires atravesaba un profundo proceso de modernización inspirado en los grandes centros europeos.

    Toda la formación de Houssay transcurrió en instituciones públicas argentinas. Estudió Farmacia y Medicina en la Universidad de Buenos Aires, desarrolló allí su carrera docente y convirtió el Instituto de Fisiología en uno de los principales centros de investigación biomédica del continente. Fue precisamente en ese instituto donde se realizaron los trabajos fundamentales sobre la función de la hipófisis en el metabolismo de los hidratos de carbono, investigaciones que décadas más tarde serían reconocidas con el Nobel.

    Este dato posee una enorme importancia historiográfica. Si el premio fue anunciado en 1947, la mayor parte del trabajo científico que lo hizo posible ya estaba realizado mucho antes. Ello no significa desconocer el papel desempeñado posteriormente por el Instituto de Biología y Medicina Experimental, sostenido gracias a aportes privados y fundaciones internacionales luego del desplazamiento de Houssay de la Universidad producto del Golpe del 43. Significa, simplemente, reconocer que el Nobel no puede atribuirse linealmente a un determinado contexto político porque constituye el resultado acumulado de un sistema universitario construido durante varias décadas.

    En realidad, Houssay representa algo más importante que un investigador brillante: representa la consolidación de una escuela científica nacional capaz de formar discípulos que continuarían expandiendo su legado durante medio siglo.

    Leloir y el equilibrio entre Estado, filantropía y comunidad científica

    La trayectoria de Luis Federico Leloir permite observar otro aspecto esencial del desarrollo científico argentino: la imposibilidad de explicar sus mayores logros mediante una oposición simplista entre Estado y sector privado.

    Al igual que Houssay, Leloir recibió toda su formación en instituciones públicas. Se graduó como médico en la Universidad de Buenos Aires y realizó su aprendizaje científico bajo la dirección del propio Houssay. Sin embargo, las investigaciones que culminaron con el Nobel de Química en 1970 fueron desarrolladas principalmente en el Instituto Campomar, una institución financiada inicialmente por la familia Campomar pero integrada por investigadores provenientes de la universidad pública y posteriormente vinculada al CONICET.

    Este modelo constituye probablemente una de las experiencias más originales de la ciencia argentina del siglo XX. El éxito del Instituto Campomar no derivó exclusivamente del financiamiento privado ni exclusivamente del apoyo estatal. Fue posible gracias a la convergencia entre ambos, complementada por una intensa circulación internacional de investigadores, becas y conocimientos.

    La experiencia de Leloir demuestra, por lo tanto, que la excelencia científica argentina surgió de un ecosistema institucional mucho más complejo que las dicotomías habituales entre Estado y mercado. Reducir su Nobel a cualquiera de esos factores supone empobrecer una historia que, precisamente, se caracterizó por la cooperación entre diferentes formas de financiamiento.

    El Nobel que completa la historia

    Es en este punto donde la ausencia de César Milstein adquiere una relevancia historiográfica inesperada.

    Milstein recibió el Premio Nobel de Medicina en 1984 por el desarrollo de la técnica de los anticuerpos monoclonales. A primera vista, podría parecer que este galardón pertenece a una etapa completamente distinta de la historia argentina. Sin embargo, un examen más detenido revela exactamente lo contrario.

    Toda la formación de Milstein fue argentina y pública. Estudió en la Universidad Nacional del Sur, obtuvo su doctorado en la Universidad de Buenos Aires y desarrolló sus primeras investigaciones en el Instituto Malbrán. Incluso su perfeccionamiento en Cambridge fue posible gracias a una beca obtenida cuando ya era un investigador formado dentro del sistema científico nacional.

    El descubrimiento premiado se produjo en Gran Bretaña y fue financiado por el Medical Research Council, organismo público británico. Sin embargo, el investigador que realizó ese descubrimiento era producto directo de la tradición científica argentina inaugurada por Houssay y consolidada por instituciones como la Universidad de Buenos Aires y el Malbrán.

    Aquí reside el aspecto más interesante del problema. Milstein no representa una ruptura con la historia científica argentina sino su prolongación. Su trayectoria demuestra que las capacidades construidas durante décadas continuaban produciendo investigadores de excelencia internacional incluso cuando las condiciones institucionales del país ya no permitían retenerlos.

    En otras palabras, el Nobel de 1984 constituye una evidencia particularmente poderosa de la calidad alcanzada por el sistema educativo y científico argentino durante la primera mitad del siglo XX.

    La paradoja de la omisión

    Es precisamente aquí donde el artículo de Adamovsky presenta, a nuestro juicio, su principal limitación metodológica.

    No porque su diagnóstico general sobre la Argentina previa a 1976 resulte equivocado. Muy por el contrario, buena parte de la evidencia económica, social e industrial presentada en su trabajo encuentra respaldo en investigaciones especializadas y forma parte de un debate historiográfico ampliamente documentado.

    La dificultad aparece cuando los Premios Nobel son incorporados como marcadores cronológicos de ese proceso.

    Si el propósito consiste en demostrar la existencia de una comunidad científica vigorosa antes de 1976, entonces Milstein debería ocupar un lugar tan importante como Houssay y Leloir. Su exclusión priva al argumento del ejemplo que mejor ilustra la persistencia histórica de aquellas capacidades institucionales.

    Naturalmente, no corresponde atribuir intenciones al autor. Existen múltiples razones posibles para esa selección, desde limitaciones de espacio hasta una decisión narrativa orientada a privilegiar únicamente los Nobel obtenidos antes del golpe de Estado. Sin embargo, cualquiera haya sido el motivo, la consecuencia historiográfica es la misma: el lector pierde la oportunidad de observar el fenómeno científico en toda su profundidad temporal.

    Paradójicamente, la incorporación de Milstein habría fortalecido la tesis central del artículo. Su historia demuestra que las inversiones realizadas durante décadas en educación pública, investigación universitaria y formación de recursos humanos continuaron produciendo resultados de excelencia incluso cuando esos investigadores debieron desarrollar parte de sus carreras en el exterior.

    Los Premios Nobel no son fotografías de un gobierno; son fósiles de un sistema científico. Cuando aparecen, revelan la existencia de un ecosistema que comenzó a formarse décadas antes. Por eso su verdadero valor histórico no consiste en decirnos cómo era el país el año en que fueron otorgados, sino cómo había sido capaz de pensarse, organizarse y sostenerse durante una generación entera.

    Más allá de los Nobel

    Quizá la enseñanza más importante que ofrecen los tres Premios Nobel argentinos sea que ninguno de ellos puede entenderse aislado de los otros.

    Houssay construyó una escuela.

    Leloir perfeccionó y expandió esa tradición mediante un modelo institucional original que integró universidad pública, filantropía privada y cooperación internacional.

    Milstein proyectó internacionalmente aquella misma tradición cuando las condiciones políticas y científicas argentinas dejaron de ofrecerle un ámbito adecuado para desarrollar su investigación.

    Los tres forman parte de una misma historia.

    Una historia cuyo protagonista principal no es un gobierno determinado ni una coyuntura económica específica, sino la lenta construcción de un sistema científico nacional capaz de producir conocimiento de frontera durante varias generaciones consecutivas.

    Por esa razón, utilizar los Premios Nobel como indicadores directos del éxito de un ciclo político resulta metodológicamente insuficiente. Los Nobel son indicadores de procesos largos, acumulativos y profundamente institucionales. Hablan menos del año en que fueron entregados que de las décadas que los hicieron posibles.

    Conclusión

    La principal virtud del artículo de Adamovsky consiste en cuestionar una narrativa simplificadora sobre la supuesta decadencia inevitable de la Argentina desde mediados del siglo XX. Su reconstrucción del desempeño económico, social e industrial previo a 1976 constituye un aporte valioso para ese debate. Sin embargo, cuando el análisis se desplaza hacia la historia de la ciencia, la utilización de los Premios Nobel como evidencia cronológica revela una limitación conceptual que merece ser señalada.

    La omisión de César Milstein no invalida la tesis del autor, pero sí la vuelve menos completa. Incorporar el Nobel de 1984 obliga a abandonar una lectura basada exclusivamente en la sucesión de gobiernos para adoptar otra, más propia de la historia de la ciencia, fundada en la larga duración de las instituciones, las comunidades académicas y la formación de investigadores.

    Visto desde esa perspectiva, Houssay, Leloir y Milstein dejan de ser tres episodios separados para convertirse en la expresión de un mismo proceso histórico: la construcción de una cultura científica que fue capaz de combinar universidad pública, inversión estatal, iniciativa privada y cooperación internacional hasta producir una de las tradiciones de investigación más prestigiosas de América Latina.

    Esta lectura ofrece además una clave para pensar el presente. Si la historia de Houssay, Leloir y Milstein enseña que los grandes logros científicos son el resultado de políticas sostenidas durante décadas, también obliga a analizar con la misma perspectiva los ciclos más recientes. La expansión del sistema científico experimentada entre 2003 y 2015 —expresada en la jerarquización del Ministerio de Ciencia, el fortalecimiento del CONICET, la repatriación de investigadores mediante el Programa Raíces, la creación de universidades nacionales y el incremento de la inversión pública en infraestructura y recursos humanos— probablemente no pueda evaluarse por los resultados inmediatos que produjo, sino por los que debería haber producido en las décadas siguientes. Del mismo modo, la reducción del financiamiento, la paralización de programas estratégicos, la pérdida de poder adquisitivo de investigadores y becarios y la creciente emigración de recursos humanos altamente calificados difícilmente encuentren su expresión más evidente en el presente. Si la historia de los Premios Nobel argentinos demuestra algo, es que los efectos de las decisiones adoptadas sobre educación superior y ciencia suelen hacerse visibles una generación después.

    La omisión de César Milstein no invalida la tesis del autor, pero sí la vuelve menos completa. Incorporar el Nobel de 1984 obliga a abandonar una lectura basada exclusivamente en la sucesión de gobiernos para adoptar otra, más propia de la historia de la ciencia, fundada en la larga duración de las instituciones, las comunidades académicas y la formación de investigadores. Visto desde esa perspectiva, Houssay, Leloir y Milstein dejan de ser tres episodios separados para convertirse en la expresión de un mismo proceso histórico: la construcción de una cultura científica que fue capaz de combinar universidad pública, inversión estatal, iniciativa privada y cooperación internacional hasta producir una de las tradiciones de investigación más prestigiosas de América Latina. Quizá la mayor paradoja sea que esta misma lógica obliga a mirar con preocupación el futuro. Si las decisiones que hicieron posibles los Nobel comenzaron a rendir frutos treinta o cuarenta años después, también es razonable suponer que las políticas de desinversión científica del presente proyectarán sus consecuencias mucho más allá de los gobiernos que las impulsan. La historia de la ciencia enseña que las capacidades pueden tardar generaciones en construirse y apenas unos pocos años en comenzar a desarticularse, aunque esa pérdida sólo se haga plenamente visible cuando ya resulte extremadamente difícil revertirla.

     

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