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AMÉN

Hoy por la mañana, el juez Álvaro Meynet dictó sentencia, informó que el ginecólogo Leandro Javier Rodriguez Lastra fue declarado culpable penalmente del delito de incumplimiento de sus deberes de funcionario público y posteriormente expresó en función del artículo 86 del código penal cuando un aborto se considera no punible. También resaltó que Rodríguez Lastra no estaba inscrito en el registro de objetores de consciencia, agregando que “el acusado nunca tuvo la intención, siquiera, de contemplar efectuar la práctica que le reclamaba la mujer”.

En función del fallo F.A.L vinculado con un aborto no punible que tuvo origen en la provincia de Chubut la Corte Suprema de Justicia de la Nación (CSJN) invita a todos los poderes ejecutivos provinciales a eliminar las barreras administrativas y garantizar el acceso al aborto por parte de los profesionales y ordena crear un protocolo para poder llevarlo a cabo.

Además a nivel provincial nos rige la ley 4.796 en la que establece que la mujer debe prestar su consentimiento informado para realizar el aborto y éste debe ser practicado con su sola declaración jurada en la que exprese  haber sufrido una violación.

Un fallo ejemplar desde la decisión, la cuestión penal merece un análisis aparte. La provincia de Río Negro, esperaba y merecía una decisión acertada como la que dictó el Juez de la causa, para seguir sustentando los avances provinciales en cuestión de género. En Río Negro NO gobierna la religión por sobre las normas ni las personas. Los fallos judiciales no están atados a cuestiones de creencias o fanatismo.

Ser objetor de conciencia no te convierte
en un obstaculizador de derechos.

Es importante aclarar que el médico ginecólogo Leandro Javier Rodriguez  Lastra no irá preso ya que la pena, que se fijará en posteriores audiencias, es excarcelable. También podrá seguir ejerciendo hasta que la sentencia quede firme.

La víctima, fue internada cuando tenía 18 años, hoy con 21 años tenía intenciones de presentarse a la audiencia aunque sus familiares decidieron que no asista debido a la fuerte exposición social, además del temor que sufra agresiones físicas luego de conocido el veredicto, ya que en las afueras del edificio judicial en Cipolletti fanáticos proclamados pro-vida montaron guardia durante la sentencia y la jornada previa al dictamen; donde instalaron una especie de altar con figuras religiosas, velas, banderas celestes, pancartas, imágenes de bebés y similares.

Portada: Germán Busin
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  • Magia argentina contra los tecnofeudales

     

    Fotos: Tía Tweety

    Agosto 2026. Las últimas reuniones de los lunes de la Yihad contra las Corporaciones de la Distracción fueron con tela, aguja e hilo, pegamento y alambre. Entre los iniciales minutos dedicados al aburrimiento y las charlas políticas y personales se cosían trajes y se craneaba la acción directa que durante estas horas es comentada hasta en medios de comunicación europeo: un grupo de Gandalfs protestó en la mismísima puerta del tecnoligarca reaccionario Peter Thiel. La convocatoria fue por mail. Un correo extenso con indicaciones, horarios y un cancionero que además de la nueva letra, indicaba el nombre original para imaginar el ritmo:

    Víctor Heredia – “Todavía Cantamos”

    Peter Peter compadre la concha de tu madre
    Peter Peter compadre la concha de tu madre
    Vos querés Palantires para ver el futuro
    Mirate en el espejo para ver un boludo… Vas a ver un boludo

    Víctor Heredia – “Sobreviviendo”

    Peter es muy amigo de Caputito
    Le vende software caro y le chupa el pito
    Gemelo digital una tapadera
    Que rebotan gemelos contra su pera

    Siguiendo las instrucciones del extenso correo, los y las Gandalf se juntaron junto al lago de la Plaza Sicilia. Rato después, debajo de unos árboles, ante una luz más mortecina de la que invade este invierno a Buenos Aires, armaron un aquelarre: sombreros, cofias, cinturones, anteojos de sol y trajes largos comenzaron a pasar de mano en mano. Entonces, tres decenas de magos grises repasaron el guión de la movida y se pusieron en marcha bajo miradas de sorpresa de paseantes y vecinos de El Rosedal y La Recoleta. Todo fue por correo. La Yihad contra las Corporaciones de la Distracción no tiene Instagram, ni X, ni Facebook. Solo en Substack tienen la publicación “Tiempo Yihadista” con ciento treinta suscriptores, allí publica desde hace poco tiempo un podcast y notas. Pero su historia es mucho más antigua.

    Febrero 2025. Las paredes de Buenos Aires siempre dicen algo. Quizá algunos se pierdan que entre los grandes anuncios se luce una inmensa cartelería con mensajes de crítica cultural. La falta de atención no está solo en las aulas, sino también en las calles, los subtes, los bondis y hasta en las caminatas. Sacar la mirada del cazabobos de las pantallas es una experiencia que obliga a lecturas múltiples: directas y oblicuas. Gente revolviendo tachos de basura para comer, manifestaciones cada vez más frecuentes, saturación policial y modos de protesta experimentales en centenares de formas ¿Quiénes están detrás de esos stickers y afiches A4 impresos, hechos a mano y pegados en paredes, paradas de colectivos, barandales? Imposible saberlo porque generalmente no tienen “marca” ni quieren tenerla. Son el producto de iniciativas a la que el apuro sociológico suele denominar “micropolítica” (sic). 

    ¿Micro? Detrás de cada una de esas intervenciones hay trabajo colectivo, paciente, autofinanciado y ocupa el lugar que los aparatos organizacionales abandonan una y otra vez en nombre de estrategias lejanas y del autoelogio identitario.  

    Es un día soleado y la ciudad se mece en su habitual ritmo. Esta vez la cartelería de tamaño comercial compite con otra en varios barrios porteños: “Sos adicto a twitter, pelotudo”, “¿Cuántos TikTok vas a ver hoy? La concha de tu madre” y “¿Tu novio usa TikTok? Felicitaciones, estás en pareja con un niño”. Todos los carteles en blanco y con letras negras están firmados por la Yihad contra las Corporaciones de la Distracción. Yihad: es decir, “esfuerzo”, “empeño” o “lucha” en el camino de Dios. Y este no tiene que ser el mismo para todes. Los comisarios de lo simbólico que olvidaron la hermosa dialéctica entre signo y realidad opinan con la velocidad scroll influenciada por el agite racista arabofóbico y censuran. 

    En el mismo cartel un código QR ofrece más información a quien sólo apunte su cámara. Algún desprevenido manifiesta temor a hacerlo, como si los “palantires” de las grandes corporaciones tecnológicas ya no los estuvieran monitoreando. El QR es el acceso a una declaración, recomendación de libros y del substack de Ted Gioia, quien elaboró un alarmante informe sobre el “estado de la cultura” en Estados Unidos. alertando de los efectos devastadores de los entornos digitales sin regulación sobre la subjetividad y los lazos sociales. 

    Pocos medios se hicieron eco de aquel amanecer. Antes de ese día inaugural la Yihad ya estaba en marcha y no hubo semana en que ellos y ellas no se reunieran.

    Marzo 2026. Se puede leer en el Substack “Tiempo yihadista”:

    “La Yihad contra las Corporaciones de la Distracción es un esfuerzo colectivo por hacer circular la percepción de que el modo de existencia que nos imponen hoy las plataformas estandariza nuestra experiencia digitalempobrece nuestra experiencia vital y daña nuestra capacidad de organización política.

    Hace falta poner en valor, tomarse en serio la pregunta: ¿Podemos seguir viviendo así? ¿Podemos seguir haciendo política así?

    Las plataformas de las Corporaciones de la Distracción están diseñadas para hacer que permanezcamos en ellas la mayor cantidad de tiempo que sea posible. Y mientras los cuatro o cinco tipos más ricos del mundo ganan guita secuestrando nuestra atención, vamos concediendo terreno a las lógicas de su imperio en el campo de la subjetividad y del contrato social. Cuanto más tiempo le dedicamos —regalamos— a las Corporaciones de la Distracción, menos le dedicamos a la conformación y reconocimiento de nuestra propia identidad y la identidad de nuestras comunidades.”

    Este grupo —que puede superar la centena en los “Slam de discurso político”— está formado por jóvenes con una edad promedio que apenas araña los treinta años. De verba brillante y encendida, pueden armar un intertexto entre el manga, Mark Fisher, Perón, teóricos del aceleracionismo, Borges y saberes de alquimia. Laburantes y estudiantes. Autofinanciados hasta el detalle, sus reuniones son “sagradas”. 

    Respetan el orden del día de manera democrática. Toda reunión tiene una “cronodivergencia” permitida como horizonte. A todas llega siempre un núcleo persistente de miembros, pero también de sueltos que se acercan, prueban, amarren o no al grupo. Allí se experimenta más allá de los agotadores e interminables diagnósticos y sobrediagnósticos sobre los efectos de la cultura digital. Para los yihadistas contra las corporaciones, la política no sólo se dice, sino que se hace; se ensaya en todo encuentro que comienza con quince minutos de aburrimiento: una señal da comienzo a un tiempo en que nadie puede moverse, hablar, leer, ir al baño, ni tomar un mate. Silencio colectivo, mirada hacia adentro en una época donde la economía de la atención no supera los cincuenta segundos. Luego se tratan los temas de agenda y alguno que se sume. Antes de finalizar se hace una vaquita para comprar empanadas y varios sacan sus tupers. Todas y todos tienen un nombre elegido, el único que todos conocen es el de Lisandro Al-Gaib, el líder espiritual de la Yihad que firma todo lo que se comunica. 

    ¿Qué es la Yihad contra las Corporaciones de la Distracción?, pregunto uno de los lunes de marzo de este año, un día de calor sofocante. Todos se miran entre sí, buscando respuesta y se arma una definición conjunta que llevaría la firma de “Lisandro Al-Gaib”. 

    —Somos un conjunto de experiencias militantes diversas. Entre nosotros hay gente con militancias políticas orgánicas y otros que nunca militaron. Esto lo hace interesante porque nos permite repensar la militancia sin que nadie se queme. Estamos orgullosos y orgullosas de que no se pueda responder una sola cosa. Nos unió una lectura de los síntomas de la actualidad y una preocupación concreta de un problema nodal-transversal de la época: la crisis de la imaginación política de cómo soñar, militar, compartir. Las corporaciones de la distracción están en la base de esta situación. La derecha nos acusa de “progres”, pero entre nosotros y nosotras hay muchas posiciones. Nuestro objetivo es terminar con las corporaciones de la distracción. El yihadismo no es solo una forma de militar, sino también de estar, que sale de la anomia política y sus tangentes. Nos juntamos frente a una crisis que es política y también de salud mental. 

    ¿Y qué es lo que les permite estar juntos? Podemos identificar que en nuestra política hay amor y amistad. Sostener una grupalidad o un proyecto a partir del contagio es lo que nos permite esta insistencia. Estas reuniones son tres horas en las que estamos sin celular, algo que no se suele hacer ni en el trabajo ni cursando. Construimos confianza, una política del deseo sin paternalismos, en donde discutimos lo que pasa y nos pasa. En los “Slam de discurso político” hay distintas posiciones, hay debate, votamos al mejor.

    Diciembre 2025. La Yihad convoca al “Cuarto Slam de discurso político”. El lugar de la cita es enviado previa inscripción. Llega otro mail: el encuentro será en Chacarita y la clave para ingresar es “Luigi Mangione”. Al traspasar la puerta hay un gran patio con parrilla para carnívoros y veganos. Todo es ofrecido a precio “anti corporación” y si borrás tu cuenta de Instagram te convidan un Fernet gratis. Las puertas del encuentro se cierran. Ya nadie podrá ingresar. Todos son invitados a aburrirse, una especie de oración en silencio. Sentados en sillones, sobre almohadones o directamente sobre el pasto, un centenar de jóvenes, y muy pocos post cuarenta, miran el cielo, el piso o la nada. Nadie rompe esa magia colectiva. Las reglas son claras: 1. No hay temática: el discurso puede hablar de lo que se quiera. 2. Se puede ser ultra coyuntural también. 3. Hay una sola regla formal: el discurso arranca cuando se sube a la tarima y los propios militantes dejan de cantar. 4. Hay límite de tiempo: entre 6 y 15 minutos dependiendo de cuántos dirigentes haya. Y un recordatorio: “A nadie le gusta perder, eso es todo.” 

    Cada slam consagra un ganador o ganadora. En su tiempo de exposición discurren sobre tópicos diversos: crítica a las redes, defensa de la dialéctica, llamados a proteger la industria nacional, el ambiente, los bienes comunes, la soberanía y la invitación constante a alimentar la imaginación política. Antes de votar se abren las alianzas por lo que los participantes votan siempre a un colectivo creado por afinidades y acuerdos. El Discurso Campeón del Primer Slam fue el de Ruina —no se premian personas sino concepciones— que en uno de sus mejores pasajes alerta: “Porque a las cosas hay que llamarlas por su nombre, porque es URGENTE que nos despojemos del cinismo y volvamos a vivir remitiendo al carácter ideológico de nuestra existencia. Porque necesitamos volver a hacer, pensar, sentir y callar por CONVICCIÓN y no para ser cancheros, para ser simpáticos, para ser exportables, para ser candidateables o adinerados. Porque tenemos que dejar de concederle a las corporaciones de la distracción y al embrutecimiento terreno en nuestra vida diaria, de darle la mano a la cultura de la decadencia moral, ética y estética. Porque no hay que negociar más con el cinismo, porque hay que volver a poner en valor la ternura y la conmoción verdaderas.” 

    Todos los discursos de slam posteriores (Lucho, el Partido Imaginario) insistieron con esta crítica, defendieron la educación pública, reivindicaron a los 30.000, criticaron la melancolía de la repetición y desarmaron las políticas liberticidas del actual gobierno. El Quinto Slam está llegando. Se amasó en las jornadas de costura y artesanía autofinanciadas, entre silencios, diálogos, telas grises y ensayo de cantitos para Peter Thiel y los tecnoligarcas.

     Agosto 2026.

    León Gieco – “Sólo le pido a Dios”

    Sólo le pido a Dios
    Que se mueran los tecnoligarcas
    Que se mueran para siempre
    Todos esos amigos de Jeffrey Epstein

    La caminata desde el improvisado aquelarre hasta la mansión de Thiel son veinte cuadras. Durante esos dos kilómetros las miradas y los celulares no paran de enfocar a los Gandalf que caminan guiados por el sonido de un silbato que indica cuándo bajar el ritmo. No hay selfies, sólo fotos de los transeúntes entre quienes prima la simpatía, como el de un ciclista de Avenida Libertador que festeja el paso de magos con una sonrisa y un “Argentina, no lo entenderías”. Durante la procesión en la Avenida el viento vuela algún que otro sombrero, el paso lento se combina con un andar rápido hasta llegar al Instituto Sarmantiniano. Es 17 de agosto, fecha de homenaje al prócer. De cara a la estatua del Libertador la troupe mágica se para y le dedica un minuto de aplausos con algunos gritos de “¡Viva la Patria!” y “¡Viva la Patria Grande!”. Mágicamente ese homenaje retrasa el tiempo para producir un cruce mágico: el Regimiento de Granaderos que venía de un acto oficial y el grupo de los Gandalf que comienza a aplaudir ante la mirada de algunos simpáticos y otros atónitos. No conformes con los aplausos, empiezan a tronar a pecho la Marcha de San Lorenzo, lo que arranca sonrisas a varios granaderos y hasta el corcoveo de algunos caballos. Entre ese fervor patrio y la mansión de Thiel sólo hay doscientos metros. La alegría y cierto cuidado se palpa en el aire.

    Ya en la puerta de la mansión del tecnoligarca fascistoide se despliega el cartel mitad en inglés, mitad en castellano: “You shall not pass. La concha de tu madre”. De una de las ventanas de Thiel una mujer se asoma y saca una foto rápidamente. Las cámaras que cuidan al magnate obviamente están encendidas y el intercomunicador de su puerta se enciende. El cancionero es repasado una y otra vez entre bailes y algún pogo. Los pocos que pasan se detienen, filman y hasta un auto de alta gama frena en la esquina y festeja la movida mientras filma con su celular algunas de las imágenes que hoy recorren el mundo. 

    Antes de finalizar, se hace una ronda y se canta el himno con coro final a puro salto. El encuentro se cierra con un aplauso y se desanda el camino. Se vuelve a aplaudir al Libertador cuando se pasa ante su imagen, se camina por la Avenida con su nombre, se responde las preguntas de algún transeúnte y de nuevo se junta el aquelarre que entre saludos, comentarios y algún mate comienza a planificar el próximo encuentro obligado de todos los lunes y el Quinto Slam. Como si no hubiera un antes y un después, porque entre vivir y hacer política no hay límite posible.

    La entrada Magia argentina contra los tecnofeudales se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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    «Rabia» de Sergio Bizzio

    Sergio Bizzio (Villa Ramallo, 1956). Novelista, dramaturgo, poeta, guionista y director de cine. Varias de sus novelas y relatos fueron adaptados al cine en la Argentina, Brasil, España y Francia. Ha sido traducido al inglés, francés, italiano, portugués, hebreo, búlgaro y alemán. Publicó las novelas: El diario convertible,1990/Infierno Albino,1992/Son de África,1993/Más allá del bien y…

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    El trabajo que aparece en las estadísticas, pero cada vez alcanza para menos

     

    La discusión sobre el empleo argentino ya no puede reducirse a saber cuántas personas tienen trabajo. El desempleo convive con informalidad, subocupación, pluriempleo y nuevas formas de contratación, mientras la reforma laboral de 2026 modificó reglas centrales de la relación entre trabajadores y empleadores. Los números oficiales permiten dimensionar el fenómeno, pero la sociología ayuda a entender qué ocurre cuando la incertidumbre laboral deja de ser una excepción y empieza a convertirse en una experiencia cotidiana.

    Por Tomás Palazzo para NLI

    Hay una escena que se repite cada vez con mayor frecuencia en la Argentina: una persona que trabaja, pero busca otro trabajo. Un empleado que conserva su puesto, aunque empezó a hacer repartos por la noche. Una profesional que se convirtió en monotributista para realizar tareas que antes hacía bajo relación de dependencia. Un trabajador que acepta una ocupación informal porque necesita ingresos inmediatos y otro que acumula varias actividades porque ninguna de ellas, por separado, alcanza para pagar el alquiler, los alimentos y los servicios. Todos están ocupados. Pero no necesariamente todos tienen un empleo que permita construir una vida alrededor del trabajo.

    Ese es uno de los principales problemas que aparecen cuando se mira el mercado laboral exclusivamente a través de la tasa de desempleo. El INDEC informó que en el primer trimestre de 2026 la desocupación alcanzó el 7,8%, mientras que la tasa de empleo fue del 44,8%, la de actividad del 48,6% y la subocupación llegó al 11,1%. Es decir, hay una porción significativa de personas que trabajan menos horas de las que desean y necesitan. La propia estadística oficial incorporó además, desde 2025, una medición específica de la informalidad laboral, reconociendo que el dato sobre cuántas personas tienen o no una ocupación no alcanza para describir la estructura del mercado.

    La fotografía se vuelve todavía más compleja cuando se incorpora la calidad de esos puestos. Según una medición elaborada por el investigador del CONICET Jorge Paz, utilizando una definición amplia que incluye tanto asalariados no registrados como trabajadores independientes de baja calificación, la informalidad alcanzaba aproximadamente al 49% de los trabajadores. La estimación no es idéntica a la medición estadística oficial —y es importante no mezclar metodologías—, pero permite comprender la magnitud del fenómeno desde otra perspectiva.

    La pregunta que queda flotando es incómoda: ¿qué significa exactamente estar empleado en la Argentina de 2026?

    La sociología de un trabajador que nunca termina de llegar

    El sociólogo francés Robert Castel utilizó hace décadas una idea que resulta particularmente útil para pensar el presente: el trabajo no es solamente una fuente de ingresos, sino también uno de los principales mecanismos de integración social. El empleo estable permite construir vínculos, acceder a derechos, proyectar una familia, organizar el tiempo y establecer una relación relativamente previsible con el futuro. Cuando esa estabilidad se erosiona, no desaparece solamente una parte del salario: se debilita también una estructura social.

    La investigación argentina sobre mercado laboral viene señalando precisamente esa dimensión. Estudios del CONICET sobre informalidad, precariedad y segmentación laboral advierten que la inseguridad ocupacional no se distribuye al azar y que la calidad del empleo tiene consecuencias directas sobre las posibilidades de caer o permanecer en la pobreza. Una investigación de Jésica Pla, Santiago Poy y Agustín Salvia encontró que la clase ocupacional y la calidad del empleo mantienen efectos persistentes sobre la probabilidad de experimentar pobreza, mientras que la inseguridad laboral atraviesa distintos grupos sociales.

    Esto permite comprender por qué la precarización tiene una dimensión sociológica que no aparece inmediatamente en una planilla de estadísticas. Cuando una persona no sabe cuánto va a ganar el mes próximo, cuándo terminará su contrato, si podrá mantener sus horas de trabajo o si deberá aceptar una segunda ocupación, cambia su relación con el futuro. La incertidumbre se incorpora a la vida cotidiana.

    Y cuando esa incertidumbre se vuelve colectiva, también modifica comportamientos sociales. Se posterga la compra de una vivienda, se demora la decisión de tener hijos, se reemplaza el consumo duradero por gastos inmediatos, se prolonga la convivencia con los padres, se abandona una actividad educativa para conseguir ingresos o se aceptan trabajos por debajo de la calificación profesional. No hace falta que todos esos fenómenos aparezcan juntos para que exista un cambio estructural: alcanza con que una parte creciente de la población deje de sentir que el trabajo constituye una plataforma segura para proyectarse.

    La Organización Internacional del Trabajo (OIT) plantea precisamente que la informalidad no debe analizarse solamente como ausencia de registro, sino en relación con derechos, productividad, protección social y oportunidades de desarrollo. En su actualización conceptual publicada en 2025, la organización advierte que las formas contemporáneas de informalidad son diversas y requieren políticas de transición hacia la formalidad que garanticen trabajo decente.

    La cuestión, entonces, no es únicamente cuántos argentinos están «en negro». Es qué tipo de ciudadanía social produce una economía donde una parte importante de sus trabajadores carece de las protecciones asociadas al empleo formal.

    La reforma laboral y el nuevo mapa de derechos

    Aquí aparece el costado jurídico, que tampoco puede separarse de la discusión económica. La Constitución Nacional, en su artículo 14 bis, establece que el trabajo «en sus diversas formas» debe gozar de protección legal y menciona expresamente condiciones dignas y equitativas, jornada limitada, descanso, vacaciones pagas, retribución justa y protección contra el despido arbitrario. No se trata de una declaración decorativa: constituye el marco constitucional dentro del cual deben interpretarse las leyes laborales.

    Pero en 2026 ese marco comenzó a convivir con una modificación importante de la legislación ordinaria. La Ley 27.802 de Modernización Laboral, sancionada en febrero y publicada en marzo, introdujo cambios en la Ley de Contrato de Trabajo y en distintos regímenes laborales. Entre otras cuestiones, modificó el esquema de cálculo de la indemnización por despido, estableció nuevas reglas sobre determinados componentes remunerativos y habilitó que mediante convenios colectivos pueda sustituirse el régimen indemnizatorio por un fondo o sistema de cese laboral financiado por el empleador.

    También creó los Fondos de Asistencia Laboral (FAL), destinados a colaborar con el cumplimiento de determinadas obligaciones e indemnizaciones laborales. Y la reforma estableció un régimen específico para los prestadores independientes de plataformas tecnológicas de movilidad y reparto, definiéndolos jurídicamente como independientes y fijando determinados derechos sin que estos constituyan, por sí mismos, indicios de una relación de dependencia.

    Esto último resulta especialmente relevante desde una perspectiva sociológica. Una parte del nuevo mundo laboral se está construyendo alrededor de trabajadores que no encajan cómodamente en la vieja división entre empleado y trabajador autónomo. El repartidor que se conecta cuando quiere puede ser presentado como un emprendedor independiente; pero si su ingreso depende de una plataforma, de sus algoritmos, de las tarifas que esta determina y de una demanda que no controla, la discusión sobre dónde termina la autonomía y dónde comienza la subordinación seguirá abierta.

    Especialistas en derecho laboral que analizaron la nueva legislación han señalado precisamente que la reforma modifica cuestiones sensibles como el período de prueba, las jornadas y el llamado banco de horas, el cálculo indemnizatorio, los fondos de cese, las plataformas y la presunción de laboralidad.

    El Gobierno puede sostener que estas modificaciones buscan reducir la litigiosidad, facilitar contrataciones y generar mayor previsibilidad para las empresas. Esa es una hipótesis económica legítima que deberá contrastarse con los resultados. Pero también existe una pregunta jurídica y social diferente: ¿cuánto puede flexibilizarse una relación laboral antes de que la flexibilidad deje de funcionar como instrumento para generar empleo y empiece a trasladar sistemáticamente el riesgo económico hacia quien trabaja?

    No existe una respuesta automática. Y justamente por eso no alcanza con decir que una reforma es «pro trabajador» o «anti trabajador». Hay que mirar qué derechos cambia, qué obligaciones modifica, qué incentivos genera y, sobre todo, qué ocurre después con el empleo real.

    El dato que falta: no solamente cuánto empleo hay, sino qué empleo estamos construyendo

    Existe además una paradoja que atraviesa la historia argentina reciente. La informalidad no nació con Milei y sería incorrecto presentarla como una creación de su Gobierno. La Argentina arrastra desde hace décadas un mercado laboral profundamente segmentado. Investigaciones de la OIT ya habían documentado la coexistencia de empleo asalariado informal, trabajo independiente de subsistencia y modalidades atípicas incluso durante períodos en los que la ocupación y los salarios mejoraban.

    Pero reconocer ese problema estructural no significa que todos los gobiernos produzcan los mismos resultados. Las políticas económicas pueden favorecer determinados sectores, destruir otros, modificar los incentivos para contratar formalmente y cambiar la relación entre salarios, productividad y empleo. De acuerdo con datos recopilados recientemente, desde diciembre de 2023 hasta abril de 2026 se habían perdido cerca de 400.000 puestos asalariados formales, según registros del Ministerio de Capital Humano citados por El País: alrededor de 250.000 correspondían al sector privado, 130.000 al público y 17.400 al régimen de casas particulares.

    Ese número tampoco puede interpretarse aisladamente como prueba de que cada puesto perdido se convirtió automáticamente en empleo informal. Una parte de las personas puede haber salido de la fuerza laboral, otra puede haber quedado desempleada y otra puede haberse desplazado hacia actividades independientes. Precisamente por eso las estadísticas laborales deben leerse como un conjunto y no como titulares separados.

    La cuestión central aparece cuando se cruzan todos esos indicadores: desocupación, subocupación, informalidad, empleo registrado, salarios y horas trabajadas. Allí comienza a verse una economía en la que tener trabajo no garantiza necesariamente estabilidad y en la que conseguir ingresos puede requerir acumular ocupaciones.

    La propia OIT insiste en que la transición hacia la formalidad requiere políticas integrales y no solamente cambios normativos. En Argentina, su trabajo reciente sobre sectores como construcción, textil y trabajo doméstico pone el foco justamente en las barreras concretas que impiden formalizar empleo y en la necesidad de combinar regulación, incentivos, productividad y protección social.

    Por eso la pregunta más importante para la Argentina de los próximos años no debería ser solamente cuántos puestos de trabajo crea la economía, sino qué clase de puestos está generando.

    Porque una sociedad puede mostrar una tasa de desempleo relativamente contenida y, al mismo tiempo, tener cientos de miles de personas que trabajan sin estabilidad, sin protección suficiente, con ingresos insuficientes o con la necesidad de sumar una segunda ocupación para completar el mes.

    El trabajo sigue estando. Lo que está cambiando es aquello que el trabajo permite construir.

    Y esa diferencia es mucho más profunda que una cifra de desempleo. Es una transformación en la relación entre economía y sociedad, entre trabajador y empresa, entre presente y futuro. También es una discusión sobre el sentido mismo del derecho laboral: si su función consiste simplemente en ordenar contratos entre partes formalmente iguales o si, como reconoce la Constitución, debe intervenir para equilibrar una relación en la que el poder económico de las partes nunca fue exactamente simétrico.

    La respuesta no se encuentra solamente en una ley ni en una estadística. Se va a ver en la vida concreta de quienes trabajan.

     

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