Afirman que Dietrich está detrás de la estrategia de DEME para ensuciar la adjudicación de la Hidrovía

Afirman que Dietrich está detrás de la estrategia de DEME para ensuciar la adjudicación de la Hidrovía

 

Guillermo Dietrich estaría detrás del lobby de la empresa belga DEME, que perdió la licitación por la Hidrovía frente a Jan de Nul y ahora busca ensuciar el proceso. El ex ministro de Transporte de Macri es mencionado en el sector como el operador de DEME, con quien, afirman, acordó trabajar.

Mauricio Macri siempre quiso tener el control de la Hidrovía. Intentó hacerlo durante su gobierno y no pudo. Luego avanzó durante el gobierno de Javier Milei y eso generó un fuerte roce con Santiago Caputo, quien lo acusó de sabotear el primer intento de licitación, que logró detonar.

De hecho, entre los nombres que Macri promovía como funcionarios al inicio de la gestión de Milei, cuando creía posible un «take over» del gobierno libertario, estaba el de Dietrich que en las conversaciones dejaba en claro su interés por controlar la licitación de la Hidrovía.

Jan de Nul acusa a DEME de evadir IVA para ofrecer un peaje más barato en la Hidrovía

Macri buscó en principio que la holandesa se quede con una parte del negocio. Quien movió sus vínculos para que el ex presidente impulse ese consorcio fue la reina de Holanda, Máxima Zorreguieta.

El problema fue que Boskalis, una de las principales empresas holandesas en negocios marítimos y fluviales, no contaba con la capacidad operativa para hacerse cargo del total de la hidrovía. Por eso Macri trabajó para que la licitación sea por partes y que diferentes empresas se queden con distintos tramos. Esto tenía una contra: el Estado se tenía que hacer cargo de los tramos menos redituables y encarecía el peaje.

Entre los nombres que Macri promovía como funcionarios al inicio de la gestión de Milei, cuando creía posible un «take over» del gobierno libertario, estaba el de Dietrich que en las conversaciones dejaba en claro su interés por controlar la licitación de la Hidrovía.

En el mercado afirman que Dietrich estuvo detrás de la avanzada contra la empresa Jan De Nul quien -asociada a la firma argentina Servimagnus- ganó la pulseada contra DEME por la administración de la vía navegable.

Según el dictamen de la Comisión Evaluadora de la licitación internacional la unión Jan De Nul-Servimagnus obtuvo el mejor desempeño en las etapas de evaluación técnica y antecedentes, alcanzando 66,20 puntos, mientras que la oferta de DEME logró 42,14 puntos.

LPO contó que la diferencia se produjo en la valoración técnica, toda vez que ambas empresas presentaron exactamente las mismas tarifas económicas para las tres etapas de la concesión y consiguieron el puntaje máximo en ese apartado.

La empresa ganadora acreditó experiencia por más de 210 millones de metros cúbicos dragados en la Hidrovía y otros proyectos internacionales, además de antecedentes en balizamiento y mantenimiento de vías navegables similares.

Pese a la derrota, DEME no se dio por vencidos y difundió que estaba en condiciones de operar la Hidrovía con una tarifa 17,4% inferior a la prevista en el proceso licitatorio. Según la empresa belga, esa reducción permitiría un ahorro de cientos de millones de dólares para exportadores, importadores y usuarios de la vía navegable.

Jan De Nul salió al cruce de esa oferta y sostuvo que ese supuesto ahorro no surge de una mayor eficiencia operativa sino fundamentalmente de la omisión del pago de impuestos como el IVA, un esquema de inversiones significativamente menor al previsto en los pliegos y errores en la estimación de los ingresos futuros de la concesión.

 

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  • Ni vencedores ni vencidos

     

    Terminó la guerra contra Irán. Estados Unidos perdió. Irán ganó. Donald Trump y Masoud Pezeshkian acordaron un cese al fuego y la promesa de reapertura del estrecho de Ormuz, que ya estaba abierto antes del 28 de febrero. A modo de provocación, Foreign Affairs titula en su último número:  ¿Quién ganará la próxima guerra?. Los 13 mil ataques devastadores y las amenazas de borrar una civilización no le alcanzaron a Trump frente a los 2.200 misiles y 4.400 drones de Irán, que dañaron bases y radares estadounidenses en el Golfo y destruyeron ocho aviones, entre ellos un E-3 Sentry de alerta temprana que cuesta 300 millones de dólares.

    Cuando todo parece terminar, nada termina. Mientras en Doha los enviados de Trump, con Qatar como mediador, buscan ampliar el memorándum preliminar para incluir el futuro del programa nuclear iraní; las tensiones entre la élite civil y militar iraní lo alejan. Hay un interés en acordar la liberación de los fondos iraníes congelados depositados en Qatar, pero la Guardia Revolucionaria prefiere mantener cerrado Ormuz o controlarlo con peajes. A esto se suma la escalada: Irán atacó con un dron un buque petrolero de bandera panameña proveniente de un yacimiento catarí, y Estados Unidos respondió bombardeando diez instalaciones militares iraníes. ¿Es posible llegar a un entendimiento en medio de una escalada que no cesa?

    Entretanto, en pleno teatro europeo, el 11 de junio la guerra en Ucrania llegó a los 4 años, 3 meses y 19 días y superó en extensión a la Primera Guerra Mundial.

    Mientras los titulares anuncian victorias y derrotas, en el terreno las guerras no terminan: se pausan, se desplazan, se reanudan. No hay vencedores ni vencidos; hay dueños de las guerras. Accionistas, contratistas, fabricantes y armadores.

    En la madrugada del domingo 14 de septiembre de 2025, el colombiano Alejandro Andrés Carranza Medina, 40 años, pescador de Santa Marta, salió al mar como lo hacía siempre. Nunca regresó. Dos días después, un dron estadounidense bajo control del Comando Sur bombardeó su lancha en el Caribe. Trump lo anunció en Truth Social: “Tres narcoterroristas venezolanos eliminados, carga de drogas destruida”. 

    Luego de que los familiares de Carranza reconocieran la lancha en los videos, el presidente colombiano Gustavo Petro dijo que era un pescador y denunció una violación a la soberanía de su país. Washington no investigó, no identificó a los muertos, no notificó a las familias. La de Carranza presentó una denuncia ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos —el primer recurso legal formal contra la Operación Lanza del Sur—. Desde septiembre de 2025 hasta ahora, esta operación desplegó al menos 62 ataques aéreos en el mar Caribe y el océano Pacífico, destruyó 63 embarcaciones y causó más de 208 muertes entre presuntos narcotraficantes.

    ¿Dónde comienza realmente esta secuencia? En Silicon Valley. Empresas como Palantir y Anduril desarrollan sistemas de inteligencia artificial que procesan enormes volúmenes de datos de satélites, drones y radares para identificar blancos en tiempo real. Sigue en Wall Street, donde megafondos como BlackRock, Vanguard y State Street son los principales accionistas de las mayores empresas del sector de defensa, y capitales de riesgo financian startups militares. Y termina en el Pentágono, que compra esa tecnología a precios altísimos, con contratos que se renuevan independientemente del partido que gobierne y de los resultados de las guerras. Lo que se conoce como kill chain es más que un negocio. Es la consolidación de un nuevo complejo militar-industrial, y ahora tecnológico-financiero, con el suficiente poder para influir no sólo en cómo se hacen las guerras, sino en qué futuros se vuelven pensables y en cuáles no.

    En el Caribe, los Andes, el Pacífico, el Amazonas, la Patagonia y el Atlántico Sur, los gobiernos hostiles son disciplinados y los alineados hacen su tarea con afán. Argentina es el caso más elocuente. El gobierno de Javier Milei no sólo acompaña esa maquinaria estratégica de control hemisférico, sino que se esfuerza denodadamente para ofrecerse como plataforma irrestricta para ella.  Esta ventana abierta permitirá que las tecnologías de frontera probadas en la región luego se vendan en conflictos más visibles, con contratos más grandes y a precios más altos.

    El gobierno de Javier Milei no sólo acompaña esa maquinaria estratégica de control hemisférico, sino que se esfuerza denodadamente para ofrecerse como plataforma irrestricta para ella.

    El ascenso de los varones guerreros y la reconfiguración del Estado

    “Lo que los altos funcionarios temen más que una guerra sin fin en Corea es la paz”, escribió el periodista Arthur Krock en The New York Times en abril de 1953. Más de siete décadas después, aquella observación vuelve a iluminar el mapa del poder en Estados Unidos. Silicon Valley dejó de ser un simple proveedor del Pentágono para convertirse en parte de su propia arquitectura. La imagen de los gerentes corporativos Shyam Sankar (Palantir), Andrew Bosworth (Meta), Kevin Weil y Bob McGrew (OpenAI) jurando como tenientes coroneles del Destacamento 201 del Ejército estadounidense en junio de 2025 simboliza esa transformación. Ya no se trata sólo de conseguir contratos de defensa, hay una convergencia de intereses entre élites políticas, militares, tecnológicas y financieras, un camino que está redefiniendo la naturaleza del poder global y la forma en que se conciben, preparan y libran las guerras del siglo XXI.

    La historia, sin embargo, no empezó con la administración Trump. El punto de inflexión fue en 2015, cuando Barack Obama nombró a Ash Carter como secretario de Defensa. Carter viajó a Silicon Valley para reconstruir la relación con las grandes tecnológicas, pero encontró un clima de profunda desconfianza: las revelaciones de Edward Snowden habían expuesto la cooperación —voluntaria en algunos casos, impuesta por órdenes judiciales secretas en otros— entre las agencias de inteligencia y empresas como Google, Microsoft, Yahoo, Facebook y Apple, volviendo políticamente tóxica cualquier cercanía de Silicon Valley con el aparato de seguridad. 

    Google le negó la posibilidad de hablar en su campus; Carter dio su discurso en Stanford y anunció la creación de la Defense Innovation Unit Experimental (DIUx), un laboratorio para acelerar la incorporación de tecnologías del sector privado al aparato militar, sentar las bases para integrar inteligencia artificial, drones y sistemas autónomos, y convertir al ejército en el “adaptador más rápido del mundo”, tal como narran Raj Shah y C. Kirchhoff en su libro Unit X.

    Empresas nacidas en Silicon Valley comenzaron a disputar el lugar que durante décadas habían ocupado gigantes tradicionales como Lockheed Martin, Boeing o Raytheon. Peter Thiel fundó Palantir en 2003 con el objetivo de integrar enormes volúmenes de datos para las agencias de inteligencia, y desde Founders Fund financió SpaceX (de su amigo Elon Musk) y Anduril. El Proyecto Maven, lanzado en 2017 por el Pentágono, marcó el ingreso definitivo de las grandes tecnológicas al corazón de la maquinaria militar. Abrió el uso de inteligencia artificial al análisis de imágenes de drones contra el Estado Islámico, con participación de Google, Amazon y Microsoft —aunque las protestas de miles de empleados contra el uso militar de aplicaciones obligaron a Google a retirarse en 2018—. 

    Ese mismo año, Shield AI fabricó drones capaces de ingresar de forma autónoma en edificios sin señal GPS; Anduril comenzó a construir drones autónomos de combate; SpaceX se consolidó como pieza indispensable de la infraestructura espacial militar,  y el Ejército creó el Army Futures Command en Austin. La revolución se aceleró con la IA generativa: desde el lanzamiento de ChatGPT en 2022, sistemas como el Maven Smart System de Palantir o las soluciones de Anthropic para el Departamento de Defensa habilitaron el procesamiento en tiempo real de grandes volúmenes de datos de satélites, radares y drones, la priorización de objetivos y la asistencia a operaciones complejas.

    Lo que comenzó como un esfuerzo por acelerar la innovación terminó generando algo más profundo (y más inquietante): el surgimiento de una nueva élite, cuyo poder ya no depende sólo de ganar contratos con el Estado, sino de intervenir directamente en las decisiones sobre qué tecnologías desarrolla el Pentágono y cuáles serán las prioridades estratégicas de Estados Unidos. Un poder que no se mide en recursos, sino en cómo moldea el futuro.

    El caso de Raj Shah ilustra esto. El mismo funcionario que desde el Pentágono tendió los puentes iniciales con Silicon Valley, asesora hoy la reforma presupuestaria del nuevo Departamento de Guerra, al tiempo que gestiona un fondo de inversión en ese sector. Hoy, la mitad de los miembros de la nueva Junta de Política de Defensa pertenece al lobby y las empresas militares. Asesores e inversores a la vez. La frontera entre el funcionario público y el hombre de mercado se desdibujó.

    Ese cruce define un complejo militar, industrial, digital y masculino —una verdadera “élite del poder”, por retomar el término de Wright Mills. Mills ya advertía que el capitalismo norteamericano se había vuelto en gran medida un capitalismo militar, sostenido por la coincidencia de intereses entre la gran corporación y las necesidades bélicas del Estado. Hoy esa lógica se profundiza y empuja una reconfiguración mayor: del Welfare State al Warfare State; del Estado de Bienestar al Estado de Guerra.

    El combustible de las nuevas guerras

    Paul Scharre advierte en Losing the War of the Future que Estados Unidos ya no posee una ventaja tecnológica decisiva. La IA y los drones son difíciles de monopolizar, y las guerras en Ucrania e Irán muestran cómo países pequeños o medianos y actores no estatales pueden desafiar a grandes potencias con drones baratos y misiles de bajo costo. La economía de la guerra se invirtió. Un dron de miles de dólares puede destruir plataformas de cientos de millones, y la ventaja militar ya no depende de quién inventa primero una tecnología, sino de quién la adopta más rápido. 

    Hoy esa lógica se profundiza y empuja una reconfiguración mayor: del Welfare State al Warfare State; del Estado de Bienestar al Estado de Guerra.

    Esto cambia además la función de la inteligencia artificial. Deja de ser un arma puntual para convertirse en infraestructura, en la base que organiza inteligencia, planificación, selección de objetivos, logística y comando operacional. Por eso el recurso estratégico del siglo XXI ya no es el armamento, sino la “capacidad computacional”: centros de datos, chips, energía y acceso a grandes modelos de lenguaje. Las exportaciones de semiconductores y el acceso a modelos de IA se convierten así en instrumentos de poder geopolítico, y empresas como Palantir, OpenAI, Anthropic o Google pasan a ser actores indispensables en la rivalidad con China.

    Ese cambio en la naturaleza de la guerra tiene un correlato financiero. La inversión de capital de riesgo en defensa se duplicó en cuatro años: pasó de 16 mil millones de dólares en 2019 a casi 17 mil millones sólo en los primeros cinco meses de 2023, con más de 200 acuerdos cerrados. Entre 2021 y 2023, el total rozó los cien mil millones, un 40 por ciento  más que en los siete años anteriores combinados. Fondos como Founders Fund, Andreessen Horowitz y Lux Capital financiaron a empresas como Anduril, Hadrian y Rebellion Defense. Para facilitar el acceso a los fondos del Pentágono, las nuevas firmas contrataron decenas de ex oficiales militares como asesores y ejecutivos, acumulando no sólo altos rendimientos sino también influencia creciente sobre la política exterior estadounidense

    El contexto global propicia esto. El gasto mundial en defensa superó los 2,7 billones de dólares en 2023, con el mayor incremento anual en más de tres décadas —un 9 por ciento—, del cual Estados Unidos representa aproximadamente el 37 por ciento. En ese marco, las nuevas empresas de defensa-tech dejaron en claro sus alineamientos: Palantir mantiene contratos de larga data con las Fuerzas de Defensa de Israel y los extendió tras el inicio de la ofensiva sobre Gaza en octubre de 2023; Anduril emitió declaraciones públicas de apoyo a Israel; el dron Nova 2 de Shield AI fue desplegado en el territorio sitiado. Palantir opera también como proveedor de las fuerzas ucranianas. Una frase del CEO Alex Karp lo sintetiza con ironía: “Los tiempos malos son tiempos buenos para Palantir”.

    Esta cadena de intereses conecta la guerra con el ahorro de la clase media. BlackRock, Vanguard y State Street son simultáneamente los tres mayores accionistas de Lockheed Martin, RTX, Northrop Grumman y L3Harris, y accionistas pasivos de la nueva red de capitales de riesgo en defensa. Palantir es un caso testigo: valuada en 36 mil millones de dólares, obtiene más de la mitad de sus ingresos del gobierno federal, cuyos contratos pasaron de 4,4 millones de dólares en 2009 a 970 millones en 2025; sus acciones, mientras tanto, subieron un 370 por ciento  en el último año. Más conflictos generan más contratos, más contratos elevan el precio de la acción, y esa apreciación termina beneficiando a los fondos de pensiones de millones de norteamericanos.

    El combustible de esto es que el propio ecosistema de capital de riesgo tiene incentivos permanentes para inflar amenazas. Necesita retornos extraordinarios porque entre el 75 por ciento  y el 90 por ciento  de los startups fracasan, y los contratos del Pentágono son la única manera de garantizar una demanda estable independientemente de la rentabilidad comercial. Si Eisenhower advirtió sobre ese complejo en plena Guerra Fría, el siglo XXI exige otra nomenclatura, ampliada por dos nuevos socios: el complejo militar-industrial-financiero-tecnológico.

    Si Eisenhower advirtió sobre ese complejo en plena Guerra Fría, el siglo XXI exige otra nomenclatura, ampliada por dos nuevos socios: el complejo militar-industrial-financiero-tecnológico.

    América Latina en la maquinaria de control

    La Operación Lanza del Sur, que derivó en la muerte del pescador Carranza, es el aterrizaje más representativo de este nuevo complejo en la región. Arroja claridad en algo: la guerra ya no se organiza alrededor de un único contratista que fabrica un sistema completo, sino que funciona como un ecosistema de plataformas interoperables donde cada empresa aporta un eslabón distinto de la misma cadena. Textron brindó vehículos de superficie no tripulados. AeroVironment desplegó drones de reconocimiento. Saildrone —respaldada por In-Q-Tel, el fondo de la CIA— proveyó 20 vehículos autónomos en el Caribe y el Pacífico para detectar embarcaciones y transmitir inteligencia en tiempo real. Palantir integró todos esos flujos mediante software que fusiona datos de sensores, satélites y radares para construir un panorama operacional común y apoyar la identificación y priorización de objetivos. 

    Una serie de contratos afinaron el esquema. A través de su Maven Smart System, Palantir recibió en mayo de 2024 un contrato de 480 millones por cinco años; en mayo de 2025 fue ampliado a 1.300 millones; y en julio de 2025 firmó con el Ejército un acuerdo por hasta 10.000 millones para la próxima década, consolidando 75 contratos previos en uno solo. En abril de 2026, el Comando Sur creó el Autonomous Warfare Command (SAWC), diseñado para desplegar drones aéreos, de superficie y submarinos en el Caribe y América del Sur. Su comandante, Francis Donovan, lo resumió sin eufemismos: el área de responsabilidad del Comando Sur es “un entorno ideal para innovar”.

    Los ataques a las lanchas bajo el pretexto del “narcoterrorismo” representan una forma inédita de intervención, una guerra a distancia ejecutada sin autorización de Naciones Unidas y en abierta violación del derecho internacional. Si Granada (1983) y Panamá (1989) fueron las últimas irrupciones militares directas en la región, las operaciones actuales constituyen la primera guerra remota del nuevo complejo militar-industrial-financiero-tecnológico en América Latina. No buscan ocupar territorio, sino instalar neoprotectorados como el venezolano, asfixiar economías, disciplinar gobiernos y blindar la región frente a China y Rusia —bajo una lógica que remite directamente a la Doctrina Monroe, que Trump rebautizó como “Doctrina Donroe”—. Esa misma lógica desembocó en la operación que resultó en la captura de Nicolás Maduro en Caracas en enero de 2026 y en la presión extendida a Cuba. El patio trasero es ahora patio de guerra. 

    No buscan ocupar territorio, sino instalar neoprotectorados como el venezolano, asfixiar economías, disciplinar gobiernos y blindar la región frente a China y Rusia.

    El encuadre político es el “Escudo de las Américas”, una coalición ad hoc impulsada por Donald Trump en marzo de 2026 para “combatir el narcotráfico, el crimen organizado transnacional y la influencia geopolítica de China en la región”. A la cumbre asistió Milei junto a los presidentes de Bolivia, Chile, Costa Rica, Paraguay, Ecuador y El Salvador, entre otros; mientras estuvieron ausentes México, Colombia —dos pilares históricos de la cooperación antidrogas con Washington— y Brasil. Pero el objetivo real es otro: consolidar una infraestructura de guerra a distancia que Silicon Valley diseña, Wall Street financia y el Pentágono ejecuta en la región. 

    El gobierno de Milei abraza con convicción esta maquinaria y facilita su ensamblaje desde adentro. Con el decreto 1112/2024 autorizó a las Fuerzas Armadas a actuar contra actores no estatales y desplegarse en zonas fronterizas en colaboración con las fuerzas de seguridad —la misma doctrina que el Pentágono aplica en el Caribe bajo el pretexto del narcoterrorismo—. En octubre de 2025, por decreto y sin autorización del Congreso, permitió el ingreso de tropas estadounidenses para el ejercicio “Tridente”. En junio de 2026, Argentina se convirtió en el primer país del hemisferio en incorporarse al Mercado Digital de Drones y Sistemas Antidrones del Pentágono, que contempla sistemas de control para el Atlántico Sur. En paralelo, obtuvo media sanción en el Congreso un régimen especial —el “super RIGI”— para atraer empresas del sector de defensa estadounidense. Palantir, Anduril, Northrop Grumman, Shield AI y Boeing aparecen entre las interesadas. Así se blinda la injerencia del nuevo complejo estadounidense en Argentina, mientras la soberanía se diluye y las guerras siguen gozando de buena salud.

    La entrada Ni vencedores ni vencidos se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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  • La secretaria de Energía criticó a la industria y crece la pelea por el precio del gas

     

     La secretaria de Energía, María Tettamanti, profundizó la pelea del Gobierno con las industrias por el costo del gas en invierno. La funcionaria rechazó los reclamos de las cámaras empresarias y sostuvo que los problemas del sector privado no se explican por el precio de la energía.

    «Si algún sector industrial está complicado en esta transición económica, no es culpa de la energía», afirmó Tettamanti en el Midstream & Gas Day organizado por Econojournal. La funcionaria dijo que la energía argentina es «muy competitiva» y que el aumento de los costos por la guerra afectó a todos los países. «De hecho, en algunos países fue peor porque no tienen energía», agregó. Y cerró con una definición política: «Hay que atacar las causas, no las consecuencias».

    La frase cayó en medio de un conflicto abierto. La Unión Industrial Argentina, la Cámara de la Industria Aceitera y los grandes consumidores de gas venían acumulando reclamos por el aumento inesperado de los costos de abastecimiento, la falta de previsibilidad y el riesgo de cortes en pleno pico de consumo invernal.

    El Gobierno reasumió la importación de GNL a través de Enarsa para evitar un impacto directo sobre las tarifas residenciales. Pero al mismo tiempo decidió que las industrias absorban el costo real del gas importado, sin subsidios directos. La cuenta quedó partida en dos. Los hogares quedaron protegidos del shock. Las fábricas, en cambio, quedaron expuestas al precio pleno.

    Caputo festejó el dato de industria y construcción, pero los números del Indec muestran caídas

    El enojo empresario tiene tres frentes. El primero es el precio. En las subastas de Enarsa por el GNL regasificado, las industrias se encontraron con valores que podían rozar los 20 dólares por millón de BTU, casi cinco veces el valor del gas local. En una primera compulsa, el precio informado fue de 19,76 dólares por millón de BTU y la subasta quedó desierta. Nadie quiso convalidar ese número.

    El caso de CIARA volvió más ruidosa la pelea. La cámara aceitera denunció falta de transparencia después de que Enarsa informara, pocas horas antes de una subasta, un aumento del 47% en el costo de regasificación. El valor pasó de 3,50 a 5,16 dólares por millón de BTU. Para las cerealeras, ese salto alteró la planificación, encareció el costo exportador y golpeó procesos críticos como el secado de granos, la generación eléctrica y la producción vinculada a fertilizantes.

    Si algún sector industrial está complicado en esta transición económica, no es culpa de la energía.

    El segundo frente son los cortes. A fines de mayo, unas 130 fábricas ya sufrían restricciones totales o parciales de gas. El problema pegó sobre todo en Córdoba, el Litoral y el NOA, donde la capacidad de transporte no alcanza cuando sube la demanda residencial. Según los industriales, las interrupciones no se limitaron a contratos interrumpibles. También alcanzaron a empresas con contratos firmes y semifirmes, que pagan más para tener mayor seguridad de suministro.

    El impacto no es administrativo. Una planta que se queda sin gas tiene que parar líneas, reorganizar turnos, usar combustibles alternativos más caros o absorber costos que después aparecen en toda la cadena. La Unión Industrial de Córdoba lo planteó en esos términos: producir bajo incertidumbre diaria y sobrecostos extraordinarios complica el empleo, la inversión y los precios.

    El tercer frente es el traslado del riesgo. ACIGRA, que reúne a grandes consumidores industriales, cuestionó que el nuevo esquema obliga a las empresas a estimar con precisión cuánto gas necesitarán durante el invierno. Si compran de más, pagan un sobrecosto millonario por un insumo que quizás no usan. Si compran de menos, o si el sistema se satura, pueden quedarse sin abastecimiento.

    Por eso las cámaras llevaron el reclamo al Ministerio de Economía. La mesa chica de la UIA se lo planteó a Luis Caputo y a Pablo Lavigne. La propuesta fabril fue pagar el costo real del GNL, pero sin absorber todo el salto provocado por la guerra. En la entidad plantean que pasar de 10 dólares a 22 o 23 dólares por millón de BTU es inviable para una industria golpeada por caída de demanda, presión impositiva, márgenes comprimidos y dificultades financieras.

    El conflicto tiene una historia corta, pero intensa. En febrero, mediante la Resolución 33/2026, Economía había convocado a una licitación nacional e internacional para elegir un «comercializador» privado. Ese operador debía importar GNL, regasificarlo en Escobar y venderlo en el mercado interno. El objetivo era sacar esa carga financiera del Estado y reducir el riesgo fiscal.

    La idea duró poco. A fines de abril, el Ejecutivo dio marcha atrás. La licitación, en la que aparecían jugadores como Trafigura y Naturgy, quedó cancelada y la operatoria volvió a Enarsa. El motivo fue doble. Por un lado, la volatilidad internacional y la suba del gas por la tensión geopolítica. Por otro, las ofertas privadas llegaron más caras de lo previsto. Economía intervino la licitación después de ofertas de 4,91 y 4,95 dólares por millón de BTU, más del doble del costo que venía pagando Enarsa por el mismo concepto.

    El Gobierno eligió entonces una solución intermedia. Enarsa compra, el Estado ordena, pero las industrias pagan. La administración libertaria evita un salto tarifario pleno en hogares para no pegarle a la inflación, cuida el superávit fiscal con subsidios más focalizados y descarga sobre el sector productivo el costo más duro del invierno.

    Tettamanti defendió esa arquitectura con una frase que resume la doctrina oficial. «La eficiencia se logra cuando los precios reflejan los costos», dijo. También insistió en que el sector privado debe «contractualizar» y que el Plan Gas termina en 2028 y no será renovado. Cuando le preguntaron a qué precio, respondió: «No sé a qué precio, la verdad es que no tengo ni idea». Y agregó: «No es mi responsabilidad, no es mi obligación y no es mi rol». Su rol, explicó, es fijar reglas.

    La neutralidad también es reparto. El Estado conserva intacto el poder de cortarle el gas a la industria, desentendiéndose de la obligación de garantizárselo.

    Alejandro Di Palma, del Instituto de Energía Scalabrini Ortiz, lo resumió con una fórmula incómoda para el discurso oficial: «La neutralidad también es un reparto». Para el especialista, la Secretaría de Energía no puede decir que solo fija reglas y después desentenderse del precio, porque esas reglas ya definen ganadores y perdedores. «El Estado conserva intacto el poder de cortarle el gas a la industria, desentendiéndose de la obligación de garantizárselo», señaló. En su lectura, el racionamiento no se privatizó: lo que se privatizó fue el riesgo.

    La paradoja es que el Estado se retira de la garantía, pero no del mando. Sigue definiendo la demanda prioritaria. Sigue ordenando cortes. Sigue obligando a las distribuidoras a ejecutar restricciones con cuadrillas y controles. 

    El punto físico también desarma parte del relato. Tettamanti admitió que el sistema llega al invierno con la misma capacidad de transporte que el año pasado, igual o mayor producción en Neuquén y una cantidad similar de barcos de GNL. Si la restricción está en los caños y no en la molécula, mandar a la industria a comprar gas no agrega un metro cúbico al sistema. Apenas reordena por precio una escasez que antes se administraba por instrucción. La señal de precios no construye gasoductos.

    Ahí aparece la renta escondida. Vaca Muerta produce gas barato, pero en los picos de consumo el precio lo fija el GNL importado. La brecha entre el gas local y el importado no expresa solo un costo. También expresa la falta de infraestructura. El industrial que paga el sobreprecio no paga únicamente energía. Paga la escasez de transporte que el propio Estado no resolvió, ni este gobierno ni los anteriores.

    El equilibrio actual tiene otro dato incómodo: cierra porque la economía está fría. La red no desborda, en parte, porque buena parte de la industria está de rodillas. Si la actividad se recupera, el límite del transporte va a aparecer con más fuerza. 

    La discusión, entonces, excede el invierno. Vaca Muerta puede ser una plataforma para abaratar la energía de la producción local o una caja de renta exportadora. Son dos países distintos. 

     

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