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A LA FIESTA DEL PUEBLO LLEGARON LAS BRUJAS

A las fiestas del pueblo llegan las brujas. Sus calderos ancestrales se vuelven ollas populares, y hay muchas danzas rituales que celebran la vida, desmalezando los  campos donde el poder de turno siembra la muerte (…)” 
Claudia Korol

Casi 60.000 mujeres participamos del 33° Encuentro Nacional de Mujeres, travestis, trans, lesbianas, más austral de la historia. La Patagonia por primera vez fue sede para recibir a miles y miles de mujeres, travestis, trans y lesbianas que nos movilizamos a lo largo y ancho del país. Viajamos a dedo, en bondi, en auto, en avión. En grupos enormes de 4.000, en grupo de 4 o 5, y en muchísimos casos, solas.

Fue mi primera experiencia en un ENM. Decidí escribir este texto para poder contarles a aquellas mujeres, trans, travestis, lesbianas que aún no tuvieron la oportunidad de participar cuál es el espíritu de los encuentros y cuál es el objetivo de reunirnos una vez por año mujeres de todas partes de Latinoamérica, en Argentina.

El encuentro te habilita a interpelarte subjetivamente de pies a cabezas. Te atraviesa y rompe estructuras. Te brinda la posibilidad de poder imaginar por tres días que otro mundo es posible, que podemos habitar nuestra tierra de otra manera. El lazo social que constituye la Colectiva recupera el valor por lo común, por lo que tenemos en común, y a su vez, incluye las infinitas formas de goce, de habitar nuestros cuerpos, de relacionarnos con el otrx. Solidaridad, respeto, comunidad, unión, diversidad, identificación, sororidad.

En la previa, leí una frase que decía algo así:

“Ninguna mujer vuelve igual después de haber participado de un encuentro”

En aquel momento no entendí bien a qué se refería. Hoy, luego de haberlo atravesado, aseguro que algo cambió en mí.

POR QUÉ CHUBUT

Sábado 13 de octubre. 10:30 de la mañana se anunciaba en el programa el acto inaugural. Miles de mujeres llegamos al autódromo de Trelew para encontrarnos. Se leyó un documento que ponía de manifiesto los miles de motivos que sustentan nuestra lucha, dándole entidad. Éste documento se construyó de forma colectiva por mujeres de Chubut que conforman la comisión organizadora.

Chubut se eligió colectivamente como sede del ENM 2018 para reivindicar los derechos de nuestras compañeras originarias: “somos pluralidad histórica que no está reconocida en la historia occidental blanca pero sí en la memoria ancestral de nuestros territorios y de nuestros pueblos”, afirman. Chubut fue sede del encuentro, para reivindicar y legitimar esta inalcanzable lucha por la restitución de su territorio. El genocidio del pueblo Mapuche-Tehuelche, una herida abierta en La Patagonia que pide a gritos su reconocimiento.

 33º Encuentro Plurinacional de Mujeres – Chubut 2018

EL CORAZÓN DEL ENCUENTRO

El corazón del ENM está constituido por 73 talleres que se realizan de forma simultánea, en esta oportunidad, en escuelas de toda la ciudad y durante dos días consecutivos. Es una instancia participativa y transversal, donde cada una se representa a sí misma, expresa sus propias ideas y reflexiones. Luego de transcurrir este espacio de expresión y escucha se construye un documento colectivo de las ideas, conclusiones y estrategias que surgieron durante el taller. Éste escrito, más adelante, se socializará con todas las mujeres del encuentro.

Elegí participar del taller llamado “Mujeres y Estado Laico”. Se realizó un repaso por las leyes vigentes en relación a la temática, se visibilizó el presupuesto anual estatal destinado a la Iglesia Católica, y además se reflexionó sobre las injerencias que tiene la institución en nuestras vidas, nuestros cuerpos y en el resto de las instituciones. Por último, se plasmó en un documento lo laburado y propuesto en el taller. En este caso, luchar por un Estado Laico.

Este mismo procedimiento se replica en los otros 72 talleres. Algunos de ellos: Mujeres, Violencia y maltratos, Mujeres de los Pueblo Originarios, Mujeres, Antiimperialismo, Solidaridad e Integración Latinoamericana, Mujeres y medios de comunicación, Mujeres y educación.

33º Encuentro Plurinacional de Mujeres – Chubut 2018

LA MARCHA CONTRA LOS TRAVESTICIDIOS Y TRANSFEMICIDIOS

Por primera vez se incluyó en la agenda oficial del ENM la marcha contra los travesticidios y transfemicidios. Tuvo lugar el sábado 13, luego de los talleres. La encabezaron mujeres travestis y trans de Chubut, en un grito unificado y sentido: “vecino, vecina no sea indiferente nos matan a travestis en la cara de la gente”. Así, cantando, transitamos el centro de Trelew, en un intento de visibilizar la violencia y opresión que padecen travestis y trans en Argentina y en todo Latinoamérica. La sociedad las margina, el sistema patriarcal y capitalista las somete, maltrata y asesina; las instituciones las expulsan y excluyen de forma sistematizada del sistema de salud, educación y de puestos de trabajos.

33º Encuentro Plurinacional de Mujeres – Chubut 2018

LA MARCHA DE CIERRE (O DE APERTURA)

Domingo 14 de octubre. A las 18, y luego de dos días de trabajo estaba prevista la marcha de cierre. Concentramos en el centro de Trelew para luego marchar durante 50 cuadras seguidas casi 60.000 mujeres, travestis, trans y lesbianas.  Amas de casa, desocupadas, profesionales, ancianas, niñas, adolescentes, estudiantes y muchas otras. Unidas en la misma lucha, empoderadas, unificadas en el grito de las que ya no tienen voz. Al ritmo de los tambores, de la danza, de la diversidad de los colores, de los cantos y del grito liberador, marchamos durante más de tres horas: abrazadas, emocionadas, nostálgicas, tristes, enojadas. Pero juntas, más juntas que nunca. Así nos sumergimos en los barrios más populares de la ciudad, porque el feminismo quiere llegar a las casas de todas y poder trasmitirles a esas miles de mujeres que no están solas y que la cuarta ola llegó para quedarse. Cientos de vecinas, de todas las edades, salieron de sus casas, subieron a los techos, ocuparon las veredas. Entre aplausos y lágrimas nos abrazábamos. Mujeres, lesbianas, trans y travestis de todas partes, fundidas en un mismo sentir, un sentir sororo.

33º Encuentro plurinacional de Mujeres – Chubut 2018

LAS NIETAS DE TODAS LAS BRUJAS

La opresión es inherente al sistema patriarcal y capitalista, que desde siempre somete nuestros cuerpos, nos dice cómo y qué tenemos que hacer con él, nos posiciona de manera desigual, vulnera nuestras libertades, nos dice qué comer, cómo vestirnos y qué trabajos realizar. Nos violenta y asesina.

El feminismo, La ola verde, viene a poner tope y punto final a estas estructuras. Lo personal es político, decimos las feministas. La transformación de los vínculos individuales posibilita el cambio y la unión de la Colectiva. El Encuentro Nacional de Mujeres apela a esas dos dimensiones.

Nos vemos en La Plata en el 34° Encuentro Nacional de Mujeres. ¡Arriba el feminismo que va a vencer!

Imágenes: "Cobertura Colaborativa" 33º Encuentro Nacional de Mujeres - Chubut 2018
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    El día que la Argentina tuvo su propia “ciudad de los muertos” y cambió para siempre la forma de enterrar a sus muertos

     

    Mucho antes de los cementerios-parque y de las grandes necrópolis suburbanas, Buenos Aires desarrolló una verdadera arquitectura de la muerte. El crecimiento de la ciudad obligó a trasladar cementerios, modificar costumbres y construir espacios monumentales donde las familias reproducían, incluso después de la muerte, las diferencias sociales de la vida cotidiana.

    Por Redacción de NLI

    Hay ciudades dentro de las ciudades que casi nunca miramos. Buenos Aires tiene una de ellas y está habitada por millones de personas que ya no están. Entre mausoleos, galerías, esculturas, árboles centenarios y calles perfectamente trazadas, los grandes cementerios porteños conservan una historia que excede ampliamente la cuestión funeraria. Son archivos arquitectónicos, sociales y políticos donde pueden leerse las transformaciones de la Argentina, desde la epidemia de fiebre amarilla hasta la inmigración masiva, el ascenso de las clases medias y la construcción de una identidad nacional.

    El caso más conocido es el Cementerio de la Recoleta, pero su historia no comienza allí. Antes de que ese lugar se convirtiera en una de las necrópolis más famosas de América Latina, Buenos Aires había tenido otros cementerios ubicados mucho más cerca del centro urbano. El crecimiento demográfico y las sucesivas epidemias obligaron a las autoridades a replantear dónde y cómo debía enterrarse a los muertos.

    El problema era sanitario, pero también profundamente cultural. Durante siglos, enterrar a una persona había estado ligado a iglesias y parroquias. La expansión de las ciudades modernas comenzó a separar progresivamente la muerte del espacio religioso y a convertir los cementerios en instituciones públicas, organizadas, reglamentadas y administradas por autoridades civiles.

    La muerte también cuenta la historia de una ciudad

    El traslado de los cementerios porteños estuvo estrechamente relacionado con las grandes epidemias que golpearon a Buenos Aires durante el siglo XIX. La fiebre amarilla de 1871, que provocó una de las mayores tragedias sanitarias de la historia argentina, aceleró una transformación que ya estaba en marcha: los cementerios ubicados dentro de zonas densamente pobladas comenzaron a ser considerados un problema para la salud pública.

    La epidemia dejó decenas de miles de muertos y produjo una conmoción social enorme. Las autoridades comprendieron que la expansión urbana exigía nuevas políticas sanitarias, sistemas de agua y cloacas, hospitales y también una reorganización de los espacios destinados a los entierros.

    Fue en ese contexto que adquirió importancia el Cementerio de la Chacarita, creado originalmente como consecuencia de la emergencia sanitaria. Lo que comenzó como una solución frente a una catástrofe terminó convirtiéndose en una de las principales necrópolis de la ciudad.

    Pero mientras Chacarita adquiría una función más vinculada con el entierro masivo y popular, Recoleta desarrollaba otra característica: la monumentalidad.

    En sus calles internas aparecen mausoleos familiares, esculturas, vitrales y obras realizadas por arquitectos y artistas de enorme prestigio. La explicación no es solamente estética. El cementerio se transformó también en un escenario donde las familias pertenecientes a los sectores más acomodados podían exhibir su posición social.

    La ciudad de los vivos tenía sus palacios, sus avenidas y sus grandes edificios. La ciudad de los muertos también tenía los suyos.

    Una sociedad entera quedó dibujada en sus mausoleos

    Caminar por un cementerio monumental permite descubrir algo que los libros de historia muchas veces no muestran: cómo una sociedad quería ser recordada.

    Los mausoleos familiares muestran apellidos vinculados con la política, la economía, las Fuerzas Armadas, la cultura y las grandes familias tradicionales. Pero entre esas construcciones también aparecen nombres de inmigrantes que lograron ascender socialmente y quisieron dejar una marca visible de ese recorrido.

    La arquitectura funeraria se convirtió así en una especie de autobiografía colectiva.

    Hay familias que eligieron monumentos sobrios; otras construyeron verdaderos templos en miniatura. Algunas encargaron esculturas de mármol importado y otras incorporaron símbolos vinculados con profesiones, creencias o acontecimientos familiares. Cada decisión transmitía una idea sobre quién había sido aquella persona y qué lugar había ocupado dentro de la sociedad.

    El fenómeno no fue exclusivamente argentino. En las grandes ciudades de Europa y América, los cementerios monumentales se convirtieron durante los siglos XIX y XX en verdaderos espacios de representación social. Pero en Buenos Aires adquirieron una particularidad vinculada con la historia de una ciudad que recibió millones de inmigrantes y experimentó una transformación social extraordinariamente rápida.

    En pocas generaciones, una familia podía pasar de la pobreza de los conventillos a la prosperidad económica. El mausoleo podía funcionar entonces como una declaración pública de ese ascenso.

    La muerte, paradójicamente, se convirtió en otra forma de contar la movilidad social.

    Cuando los cementerios dejaron de parecerse a una ciudad

    Durante el siglo XX comenzó a cambiar nuevamente la relación de los argentinos con la muerte. La expansión de las ciudades llevó los cementerios cada vez más hacia las periferias. Aparecieron nuevas formas de entierro, nichos, bóvedas colectivas y, posteriormente, cementerios privados y parques.

    También cambió la arquitectura. Los enormes mausoleos familiares dejaron de tener el protagonismo que habían alcanzado décadas atrás y comenzaron a ganar espacio soluciones más simples y funcionales.

    La transformación no fue solamente económica. También cambió la relación cultural con la muerte. Las sociedades urbanas modernas tendieron a esconder cada vez más aquello que antes formaba parte visible de la vida cotidiana. Los antiguos velorios prolongados, las procesiones y determinadas ceremonias familiares fueron perdiendo presencia.

    Los cementerios monumentales quedaron entonces como testimonios de una época en la que la muerte todavía ocupaba un lugar mucho más visible dentro de la vida social.

    Y por eso resultan tan interesantes.

    No son simplemente lugares donde descansan personas famosas. Son documentos históricos construidos en piedra. En ellos pueden estudiarse estilos arquitectónicos, transformaciones sociales, epidemias, migraciones, conflictos políticos, religiones, profesiones y hasta las aspiraciones de una sociedad.

    Quizás por eso recorrer una necrópolis antigua produce una sensación extraña: uno camina por calles silenciosas, pero cada esquina cuenta una historia. Una escultura puede hablar de una tragedia familiar. Una fecha puede recordar una epidemia. Un apellido puede conducir hasta una empresa, un partido político o una institución que todavía existe.

    Buenos Aires tiene varias de estas ciudades silenciosas. Y aunque millones de personas pasan cada año frente a sus puertas sin detenerse, detrás de ellas existe una parte fundamental de la historia argentina.

    Porque los vivos construyen ciudades para vivir, pero también construyen lugares para ser recordados. Y cuando esas construcciones sobreviven durante más de un siglo, terminan contando una historia que ya no pertenece solamente a quienes fueron enterrados allí.

    También pertenece al país que dejaron atrás.

     

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