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FACEBOOK: TE AMO, TE ODIO, NO DOY MÁS

Desde hace un tiempito, cada vez entro a Facebook, recuerdo una famosa frase de nuestro candidato al Nobel de la Paz, Luisito D´elia: te odio… odio tu estética, odio tus sugerencias, odio tu publicidad invasiva, odio los pedidos de amistad de gente que no conozco… (No se gasten en proponer la solución ingenua, “si no te gusta, date de baja”, porque en ese caso la cosa pasa a mayores y ya mismo  los dejo de seguir o, peor aun, me desamigo del atrevido de semejante desatino).

El engendro de  Zuckerberg, al igual que los workaholics, es una droga socialmente aceptada. ¿Cuántas horas trabajaste esta semana? Wow!!¿Cuantos likes te dieron por tu última publicación? Wow!! . No se por que, pero ahora me acuerdo del inicio de “Peluca Telefónica” de Charly : ¿ese es tu walkman? ¡que moderno! . La obsecuencia light se inicia en los ’80 y se potencia exponencialmente en el ecosistema facebuquiano contemporáneo.

Con una alta probabilidad de certeza, puedo aseverar que no soy el único que sufre lo que la Asociación de Profesionales de Salud Mental de la República de Santo Poco, ha definido como: “cuadro de bipolaridad contradictoria redundante con tendencia a la repetición”

Googleando en castellano y en inglés esas palabras claves, no se como, llegué a un oscuro foro de la deep web, donde un usuario identificado como nihil obstat, que se decía ex seminarista del área de Boston,  se jactaba de tener una relación fluida con sacerdotes en actividad. Gracias a las confidencias de esos prelados, y siempre de acuerdo a sus dichos (en Internet nunca creas todo lo que lees), en los confesionarios se repetían con llamativa frecuencia algunos pecados que agobiaban la conciencia de los penitentes. Comparto los 5 principales de los últimos dos o tres años:

  • Ver (mucho) porno
  • Haber votado a Trump
  • Envidiar la vida feliz de los demás en Facebook
  • No bancarse a los mexicanos
  • Dar like en Facebook a cosasque no le gustaban

A excepción de haberme tenido que fumar a algún depresivo atiborrado de IPA,  contándome como su ex subía fotos con su actual pareja, no me considero un confesor. Sin embargo, arriesgo que todos tenemos nuestros esqueletos en el armario o, por lo menos, ciertos pensamientos vergonzantes en Facebook.  (advertencia a los psiquiatras / psicólogos: no es proyección, es investigación)

Me gustaría entonces compartir una breve enumeración de publicaciones donde los frenos inhibitorios sociales nos indican que es mejor no comentar nada.

Las Fake news

No hay que atribuir a la maldad lo que puede ser atribuido a la estupidez. ¿Tanto cuesta abrir google en una pestaña nueva y dedicar 30 segundos a confirmar la veracidad de la publicación?  Descubrís que un amigo real (por oposición a un amigo de Facebook) o la tía de Ramos Mejía, a la cual no ves desde el último velorio, publican que hallaron la  cura para determinada enfermedad, con el agregado que las Farmacéuticas no quieren que se difunda la noticia. Disyuntiva matutina…¿le hago notar que es fake o mantengo una relación armoniosa? (al menos hasta el próximo velorio)

Las historias de vida a seguir

Cachito campeón de Corrientes vende  tortas fritas de mandioca en la estación Plaza de Miserere para pagarse la carrera de Ingeniería Informática en la UBA. Mientras tanto vos, que tus viejos te bancan todo, estas recursando  el CBC y evaluando si te pasas de Ingenieria a Abogacía o te tomás un año sabático.  ¿Para cuándo el botón “bomba de racimo” a ésta noticia?

Los álbumes de fotos tipo Familia Ingalls

Nos quedamos medianamente tranquilos porque sabemos que por cada foto publicada hay 20 o 30 que fueron a la papelera de reciclaje. El problema surge cuando tenemos la certeza que son genuinamente lindos y felices….¿nos alegramos o los envidiamos? ¿buscamos en mercado libre “kits para macumba” o pasamos a la siguiente publicación?

La grieta

Hay gente que sale a trotar aunque sepa que nunca va a participar en un Juego Olímpico. Están los que practican con el piano aunque sepan que nunca van a pasar más allá de Para Elisa. Y existen aquellos que, a pesar que saben que nunca, pero nunca van a modificar un milímetro la forma de pensar del que habita del otro lado de la grieta, le meten energía, cuerpo y alma para intentarlo. Ya sea de un lado o del otro del cañadon ideológico en que nos situemos, siempre, pero siempre la conclusión va a ser la misma: perdí irrecuperables minutos que los podía haber empleado en regodearme con el fracaso sentimental de otros, criticar las fotos de la familia Ingalls, o compartir la última fake news… nunca aprendo.

Los pensamientos profundos

¿Qué sonido hace una sola mano al aplaudir?

En este caso saco el pie del acelerador. Nunca termino de entender si es un intento genuino de compartir algo hermoso, para reflexionar, de auto ayuda o simplemente un acto compulsivo de copy paste para demostrar actividad. Cualquiera sea el motivo, merece un like.

Campañas para recaudar dinero

Golpe bajo de algún cretino para alguna extraña campaña de marketing. La receta es mostrar la foto de alguien sufriendo afirmando que por cada click/amén/ojalá/ alguna multinacional destinará algunos centavos de dólar para el tratamiento. ¡somos grande, che!

Gente tóxica, gente que tiene el mismo DNI  que cuando la conocimos hace 20 años pero ahora son unos extraños conocidos (de regreso, Mirta), gente que apreciamos,  temas que nos interesan…. Facebook no refleja la vida real, potencia algunos aspectos sin preguntarnos realmente si son importantes para nosotros. Tenemos que ser nosotros mismos, entonces,  los que definamos que representa esta red social en nuestras vidas y como la empleamos.

Les recomiendo una película que trata este tema: 
https://es.wikipedia.org/wiki/El_círculo_(película_de_2017)

Pd. : Exhortar a un aprovechamiento mas fructífero de Facebook, es casi tan naif como pretender jugar un clásico apelando a la madurez de los australophitecus afarensis

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    Ramón Carrillo: el médico que quiso curar la pobreza y terminó perseguido por haber puesto la salud en manos del Estado

     

    Nacido el 7 de marzo de 1906 en Santiago del Estero, Ramón Carrillo fue el cerebro sanitario del primer peronismo. Desde el Ministerio de Salud impulsó una revolución en hospitales, campañas sanitarias y medicina social que cambió la historia argentina. Pero su proyecto de salud pública chocó de frente con los intereses de las élites médicas, económicas y políticas. El resultado fue una campaña de odio que buscó borrar su legado.

    Por Walter Onorato

    El 7 de marzo de 1906 nació en Santiago del Estero un médico que cambiaría para siempre la historia sanitaria argentina. Ramón Carrillo no fue simplemente un funcionario más dentro del engranaje estatal: fue el arquitecto de una de las transformaciones más profundas del sistema de salud del país y, al mismo tiempo, uno de los blancos predilectos del odio político que desató el antiperonismo después de 1955.

    Neurocirujano prestigioso, formado en la Universidad de Buenos Aires y con reconocimiento académico internacional, Carrillo parecía destinado a una carrera científica brillante y tranquila. Sin embargo, eligió un camino mucho más incómodo: llevar la medicina al terreno de la política y convertir la salud pública en un derecho social.

    Ese giro se produjo cuando conoció a Juan Domingo Perón en el Hospital Militar Central en 1944. Perón quedó impactado por el pensamiento del médico santiagueño, que sostenía una idea radical para la época: las enfermedades no podían comprenderse sin analizar las condiciones sociales en las que vivía la población.

    Cuando Perón asumió la presidencia en 1946 lo convocó para dirigir la Secretaría de Salud Pública. Tres años más tarde, al elevar ese organismo al rango ministerial, Carrillo se convirtió en el primer ministro de Salud de la Argentina.

    Desde ese lugar desplegó un proyecto sanitario que rompía con décadas de abandono estatal. Hasta entonces, gran parte del sistema de salud argentino estaba basado en hospitales de beneficencia o instituciones privadas, donde el acceso dependía muchas veces de la caridad y no de un derecho garantizado.

    Carrillo propuso lo contrario: construir un sistema sanitario nacional que llegara a todos los rincones del país.

    Su programa partía de un principio que hoy parece obvio, pero que en aquel momento era profundamente disruptivo. “No puede haber política sanitaria sin política social”, sostenía. Para él, las enfermedades no eran meramente problemas biológicos sino el resultado de condiciones estructurales como la pobreza, la mala alimentación, la falta de vivienda digna o la ausencia de agua potable.

    Bajo esa lógica impulsó una política sanitaria integral que combinaba infraestructura hospitalaria, prevención, campañas de vacunación y educación sanitaria.

    El impacto fue inmediato.

    Durante su gestión se construyeron decenas de hospitales en todo el país y se multiplicó la cantidad de camas hospitalarias disponibles. Entre 1946 y 1951 se levantaron más de veinte grandes hospitales con unas veintidós mil camas nuevas, algo inédito en la historia sanitaria argentina.

    La expansión hospitalaria estaba acompañada por una red de institutos especializados y centros de atención que buscaban llevar la medicina a regiones que durante décadas habían estado completamente abandonadas por el Estado.

    Pero Carrillo no se conformó con levantar edificios.

    Su proyecto también incluyó campañas sanitarias masivas contra enfermedades que habían sido históricamente endémicas en la Argentina. El paludismo, por ejemplo, fue prácticamente erradicado en pocos años gracias a un agresivo plan de control epidemiológico.

    También se redujo drásticamente la mortalidad por tuberculosis y se combatieron epidemias como el tifus y la brucelosis. Las campañas de vacunación y los programas de prevención comenzaron a instalar una idea novedosa: la salud no debía limitarse a curar enfermedades, sino a evitar que aparecieran.

    Los resultados se reflejaron en los indicadores sanitarios. La mortalidad infantil descendió de manera significativa durante la década peronista y las tasas de mortalidad por enfermedades infecciosas cayeron de forma notable.

    Carrillo también impulsó iniciativas innovadoras para la época, como el Tren Sanitario, que recorría el país llevando atención médica, análisis clínicos y radiografías a poblaciones rurales que nunca habían tenido acceso a un médico.

    En paralelo promovió la producción estatal de medicamentos a través de una empresa pública destinada a garantizar remedios a bajo costo. La lógica era simple pero profundamente disruptiva: la salud no podía quedar subordinada a la lógica del mercado.

    Muchas de estas políticas se articularon con la Fundación Eva Perón, que construyó policlínicos, hogares para ancianos y centros sanitarios en todo el país. Mientras el Ministerio de Salud diseñaba la política sanitaria, la fundación ampliaba la red de asistencia social.

    El resultado fue una expansión sin precedentes del acceso a la atención médica para los sectores populares.

    Pero ese mismo proyecto que transformaba la salud pública generaba resistencias cada vez más fuertes en determinados sectores del poder.

    La derecha argentina nunca le perdonó a Carrillo tres cosas.

    La primera fue su convicción de que el Estado debía intervenir activamente en el sistema sanitario. Su modelo chocaba con los intereses de sectores médicos ligados a la práctica privada y con empresas que veían en la salud un negocio.

    La segunda fue su identificación política con el peronismo. Carrillo no era un técnico neutral: era un funcionario comprometido con un proyecto de justicia social que buscaba ampliar derechos para las mayorías.

    La tercera razón del rechazo fue más profunda. Su concepción de la medicina desafiaba directamente la estructura social argentina. Al afirmar que la enfermedad estaba ligada a la pobreza, Carrillo señalaba una verdad incómoda: la salud no podía resolverse sin transformar las condiciones de vida.

    Ese enfoque convertía la política sanitaria en una herramienta de transformación social.

    Cuando el golpe militar de 1955 derrocó a Perón, el nuevo régimen inició una ofensiva sistemática contra todo lo que oliera a peronismo. Carrillo, como uno de los símbolos del proyecto social del gobierno depuesto, quedó inmediatamente en la mira.

    Muchos de los proyectos sanitarios que había impulsado fueron abandonados o desmantelados. Obras hospitalarias quedaron inconclusas y programas de prevención se desarticularon.

    La persecución política y el clima hostil lo empujaron al exilio. Carrillo se instaló en Brasil, donde murió en 1956, apenas un año después del golpe.

    Murió lejos de su país, enfermo y prácticamente olvidado.

    Durante décadas su nombre quedó relegado en la historia oficial, víctima de la misma lógica de borramiento que el antiperonismo aplicó a buena parte de las políticas sociales del primer peronismo.

    Sin embargo, el tiempo terminó colocando su figura en el lugar que le corresponde.

    Hoy Ramón Carrillo es reconocido como uno de los grandes fundadores del sanitarismo argentino. Su visión de la salud como derecho social anticipó conceptos que décadas más tarde se convertirían en principios fundamentales de la salud pública moderna.

    La paradoja es evidente.

    El médico que dedicó su vida a demostrar que la enfermedad no puede separarse de la injusticia social terminó convertido en un enemigo político por haber intentado curar algo más profundo que las dolencias del cuerpo: la desigualdad estructural de la sociedad argentina.

     

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