¿Quienes sobran en la Argentina que viene?
Cuando el Tesoro de los Estados Unidos -el año pasado, un tiempo antes de las elecciones legislativas-, salió explícitamente a apoyar al gobierno argentino, alteró la dinámica en el mercado cambiario. Desde hacía un tiempo estaba instalado el debate sobre la apreciación del tipo de cambio y sobre el impacto que un modelo basado en la explotación de recursos naturales -como el agro, la energía y la minería- tendría sobre la estructura productiva y social de nuestro país. El apoyo de Scott Bessent, más el aporte del superávit comercial, más las deudas en dólares tomadas por distintos agentes públicos y privados, más algunas tímidas inversiones extranjeras directas configuraron el escenario que le está permitiendo al gobierno, hasta ahora, mantener el tipo de cambio nominal “tranquilo”.
¿Esto significa que sobran dólares y que este es un tipo de cambio de equilibrio? No podemos ser muy taxativos. Porque todavía no se terminó de levantar el cepo cambiario: hoy las personas jurídicas no pueden atesorar dólares a diferencia de las personas humanas, y esto baja la demanda de esa moneda extranjera. Y porque el Poder Ejecutivo aún absorbe pesos emitiendo títulos del Tesoro, emite deuda propia para sacarlos de la calle o de circulación. Y eso tiene un costo. Los intereses de esos bonos se cubren con nueva deuda, cuyos intereses superan a la inflación (tomando al IPC como referencia), y así esa deuda pública crece en términos reales. Además, el gobierno está muy activo buscando alternativas para sumar dólares al sistema financiero. Un ejemplo es el proyecto de inocencia fiscal que busca que los dólares del colchón ingresen al sistema financiero formal.
Si hoy sobraran dólares ninguna de estas medidas tendría sentido
Si hoy sobraran dólares ninguna de estas medidas tendría sentido. Prohibir que las personas jurídicas los atesoren no es una buena señal para el mercado. Comprometer recursos fiscales corrientes o futuros para sacar pesos de circulación tiene un alto costo fiscal. La táctica de corto plazo del gobierno es bastante simple, intentar bajar lo más rápido posible la inflación, cortando la monetización del déficit fiscal (que el Banco Central no emita para cubrir gastos del Tesoro) y manteniendo el tipo de cambio lo más bajo posible, aún con medidas de intervención artificiales como las mencionadas.
La inflación por desmpleo
La baja de la inflación es apreciada por la sociedad y beneficia en mayor medida a los sectores de menores recursos. Pero la metodología que eligió el gobierno daña innecesariamente a la demanda de trabajo porque un tipo de cambio artificialmente bajo (como el actual) sumado a las medidas de apertura económica, le quitan competitividad a industrias muy demandantes de mano de obra, castiga el nivel de actividad y baja su propia recaudación tributaria.
En algunos casos, los niveles de protección arancelaria podrían afectar a los consumidores, pero es la excepción. Un tipo de cambio artificialmente bajo impacta en todo el entramado productivo y pone en desventaja a los productores locales, que no pueden compensar con aumentos de productividad. Por la estructura económica argentina, una devaluación mejoraría en el corto plazo la situación de los productores locales de bienes transables al abaratar en dólares los costos nominados en pesos. Pero el problema es el efecto recesivo y distributivo que esto tiene, ya que empobrece en dólares a los asalariados y beneficia a los sectores vinculados a la producción. Muchas veces, luego de una devaluación la dinámica inflacionaria no cede o directamente se acelera, y se traga el efecto buscado.
Un tipo de cambio artificialmente bajo impacta en todo el entramado productivo y pone en desventaja a los productores locales
Devaluar no es la solución de mediano plazo, pero esto no habilita a pensar que un nivel artificialmente bajo del tipo de cambio sea deseable. Los que tienen ingresos en pesos mejoran su poder de compra, pero los que se quedan sin trabajo pierden su ingreso. Hoy esa combinación de efectos deprime la capacidad de consumo de la población y esto se refleja en cierre de empresas y comercios por falta de demanda. Y los empleados despedidos por las industrias que cierran no llegan a ser reincorporados por los sectores que sí pueden seguir produciendo al tipo de cambio vigente.
La propia ortodoxia económica advierte que en el hipotético caso que los sectores ganadores absorban esa fuerza de trabajo, esto no ocurre de manera simultánea. La pérdida de empleos se produce mucho más rápido que su generación. No hacer nada para prevenir o mitigar este desafío pone en riesgo la sustentabilidad social del modelo que el gobierno sueña con instalar.
No estamos frente a una “destrucción creativa schumpeteriana”, según la cual el avance tecnológico indefectiblemente genera pérdida de empleo, sino ante una sustitución por competencia cambiaria.
Entonces, ¿hay que preservar el valor de la moneda nacional? Por supuesto. No hay crecimiento posible con un peso que no deja de depreciarse. ¿La única manera de bajar la inflación es la política económica que aplica este gobierno? No. Y señalar que bajo administraciones anteriores la inflación era mucho más alta no la valida automáticamente.
El derrame que no llega
La idea de que el ahorro que obtienen los consumidores por acceder a bienes más baratos se vuelca hacia el consumo y así se compensan efectos negativos no necesariamente se cumple. Para que esto pudiera ocurrir, las cadenas de valor involucradas deberían desenvolverse en mercados muy competitivos. ¿Pueden el agro, la energía y la minería escalar su producción como para absorber la cantidad de mano de obra desocupada en los grandes centros urbanos? Los datos muestran que en lo inmediato no lo pueden hacer. A mediano plazo, es una incógnita aún cuando los precios internacionales de estos bienes acompañen. La reconversión automática de las cadenas de valor es una ficción teórica no corroborada en la realidad, y menos en el corto plazo.
Para las estadísticas públicas, un trabajador que es despedido de Fate o Lumilagro y se vuelve Uber o Pedidos Ya, por ejemplo, se considera reinsertado en el sistema formal. La brecha de precariedad queda en evidencia, por ejemplo, en la recuperación o no de su capacidad de consumo. Mientras trabajaba en Fate, quizá esa persona podía planificar sus consumos, se animaba a endeudarse y podía planificar sus gastos e inversiones a futuro. Al saltar de la relación de dependencia al formato independiente, incluso si gana lo mismo, sus gastos sin dudas se volverán más conservadores.
Cuatro escenarios si el modelo funciona
Imaginemos que, a mediano plazo, el modelo económico de Milei logra que el agro, la energía y la minería aporten las divisas necesarias para mantener un tipo de cambio bajo. El cepo se libera por completo, no se necesita recurrir a blanqueos, ni absorber pesos, ni el padrinazgo del Tesoro de Estados Unidos. Cuatro escenarios posibles:
Escenario 1
A esos sectores les va muy bien. Sobran dólares. Generan una demanda de trabajo suficiente como para absorber a los trabajadores despedidos de empresas que cerraron. El problema del empleo, resuelto con calidad y cantidad de trabajo, y el país en marcha. ¿Cómo quedaría la distribución del ingreso? ¿Sería sostenible un crecimiento basado en recursos naturales? ¿Hay bases fácticas para creer que esto va a ocurrir? Ninguna. Es cuestión de “creer” que los sectores ganadores en algún momento generarán el suficiente efecto derrame. ¿En caso de éxito los sectores ganadores van a generar buenos empleos directos? Sí. ¿Van a generar buenos empleos indirectos? Sí. ¿Van a ser suficientes para compensar el desempleo de factores de los sectores perdedores? Nadie lo sabe.
Escenario 2
Los sectores ganadores generan un impacto muy positivo en la economía en términos globales. Su actividad y sus ingresos crecen pero sin contener a todo el empleo liberado por los sectores perdedores. ¿Qué pasaría con quienes quedan excluidos? Deberían emigrar. Estaríamos en un escenario donde sobrarían dólares y argentinos. ¿Es una solución compatible con decisiones democráticas de la población? Quizá lo sea. Las elecciones se ganan por mayoría. Bien podría ocurrir que se forme una mayoría beneficiada que apoye un modelo de gestión que excluya a una parte minoritaria de la población. Como país tenemos que estar preparados para afrontar esta hipótesis.
Escenario 3
Que se dé la situación anterior, pero se capturen rentas de los sectores ganadores que permitan contener a los excluidos. Esto nos pondría como sociedad frente a determinados desafíos: ¿quiénes aportan renta y cuánto? ¿Esa captura potencial no desincentivaría inversiones y nos quedariamos a mitad del río? ¿Institucionalmente estamos en condiciones de volcar las ganancias generadas y capturadas en beneficio de la población que lo necesita?
Escenario 4
Que se busque alguna alternativa macro para que los sectores perdedores con fuerte capacidad de generación de empleo –aquellas que emplean gran cantidad de mano de obra– no desaparezcan por no poder competir al nuevo tipo de cambio de equilibrio. No sería volver a los programas de sustitución de importaciones porque tenían como objetivo ahorrar divisas. Si todo “va bien” en los términos definidos por el gobierno, no faltarían dólares, pero podrían faltar empleos. ¿Podría pensarse en cierta protección efectiva para compensar el nivel de tipo de cambio y así acompañar a las industrias generadoras de empleo? Todos los programas que hasta ahora, como nación, hemos intentado tuvieron buenas intenciones, pero no muy buenos resultados. ¿Institucionalmente estamos en condiciones de aplicarlo corrigiendo los vicios del pasado? ¿Algún esquema del tipo aplicado por Noruega donde parte de las divisas no se internalicen de modo tal que el tipo de cambio sea el que permita maximizar la demanda de factores, en especial el trabajo?
Un modelo económico basado en el agro, la energía y la minería podría aumentar niveles de actividad (y por ende de ingreso), aportaría cierta mejora macroeconómica, pero con un alto costo de exclusión social. No se trata de no potenciar el auge de esos sectores, pero debemos ser conscientes del costo y del desafío que enfrentamos como sociedad. ¿Cómo medimos el desarrollo del país?
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