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Los juicios contra Meta y el lenguaje de la adicción

Tenía seis años cuando empezó a usar YouTube, nueve cuando se abrió una cuenta en Instagram, diez cuando entró a lo que luego sería TikTok, once cuando se bajó Snapchat y diecisiete cuando denunció a las cuatro megaempresas por los daños psíquicos de su “adicción” a las redes sociales. A fines de marzo de 2026, ya con veinte años, Kaley apareció en los diarios de todo el mundo: un fallo histórico en California establecía por primera vez la responsabilidad de Meta y Google por el diseño perjudicial de sus plataformas. La sentencia les ordenaba pagar una indemnización de seis millones de dólares, un monto ínfimo para estos gigantes tecnológicos. Pero, tal como pasó con la industria tabacalera, esta primera victoria legal desencadenó una seguidilla de juicios distintos, cada vez más caros, y siempre bajo esta misma premisa ganadora: los daños clínicos de la adicción.

Cinco meses después de este fallo pionero, la foto de Zuckerberg en la entrada del tribunal californiano vuelve a ser noticia: en los Estados Unidos, su país y sede legal de Meta, 29 estados acusaron a su empresa de lo mismo, demandándola esta vez por 200.000 millones de dólares. Esta vez, sin embargo, Zuckerberg no tuvo que presentarse a declarar, porque las partes rápidamente llegaron a un acuerdo. Aunque Meta se comprometió a desembolsar varios miles de millones de dólares —en cómodas cuotas a diez años— e implementar restricciones para menores de edad —solo en territorio estadounidense—, cabría desconfiar, al menos, de un desenlace que ambos lados del conflicto celebran como una victoria. Las acciones de Meta suben, los fiscales se palmean por su astucia. Mientras tanto, varias de las preguntas más acuciantes sobre la salud mental adolescente siguen abiertas.

Este ensayo busca hacerle lugar a otra lectura del debate. Una un poco oblicua: me interesa el superpoder de la figura de la adicción en estas discusiones. Porque, en esta ola de juicios, el lenguaje de la adicción resultó clave para sortear las tácticas con que las grandes empresas tecnológicas venían desentendiéndose de las acusaciones. Varios ex empleados llevaban años denunciándolas, sin mucho éxito: si las redes sociales propagaban estándares de belleza inalcanzables, teorías conspirativas o discursos de odio, los dueños de las plataformas podían echarles la culpa a quienes los habían posteado. La nueva estrategia legal corre el foco de los contenidos al diseño de las plataformas: el problema ya no es tanto qué se publica, sino la arquitectura misma de redes sociales que buscan mantenernos la mayor cantidad de tiempo posible adentro. Ciertos contenidos se prestarán mejor, pero es la dinámica misma del enganche lo que habría que criticar primero.

Como dijo el abogado de Kaley, es “tan simple como el abecé: adicción en los cerebros (brains, con b) de los niños (children, con c)”. Y la lógica es eficaz, sin duda, más allá de los tribunales del norte. El lenguaje de la adicción resuena fuertemente con nuestra experiencia cotidiana, quizás porque parecería que llega a la raíz misma del problema, es decir, a la supuesta raíz biológica del comportamiento. En la expresión memorable de un ex ingeniero de Google, la tecnología se volvió “una carrera hasta el fondo del tronco encefálico”: las empresas compiten no tanto por nuestra atención, sino por acceder a los mecanismos evolutivos detrás de nuestras emociones y conductas. Y el que llegue más hondo gana: nos controla sin que ni nos demos cuenta.

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Cuando las metáforas funcionan, se fortalecen, y esto las hace funcionar todavía mejor. El lenguaje de la adicción y las analogías que arrastra —desde el tabaco, el alcohol y la cocaína hasta el azúcar, las compras, los casinos, el trabajo— están bien instalados en la arena pública. Funcionan. Pero para nada están exentos de controversias.

No solo es complejo extender el campo de la adicción más allá del consumo de sustancias psicoactivas, sino que las bases mismas del concepto son más escurridizas de lo que parecen. Para entender la adicción como enfermedad suele apelarse a dos elementos: por un lado, que el consumo tenga un impacto negativo en la persona y, por el otro, que sea “compulsivo”, algo que “no podés controlar”. Lo primero parece bastante directo, aunque no deja de implicar zonas grises (como suele ocurrir en salud mental, y como casi todo el mundo, supongo, habrá intuido alguna vez en sus tratos con el celular o el alcohol) y un margen incómodo para el desacuerdo, porque ¿quién tiene derecho a juzgar qué es malo para alguien más? Lo segundo es aún más elusivo, porque no está nada claro qué implica “compulsión”. Es cierto que a veces tomarte una copa de vino o cliquear el loguito de Instagram no se sienten como acciones voluntarias, conscientes, plenamente nuestras… pero tampoco nos están forzando ni caemos (¡ups!) de forma completamente ajena a nuestra culpa y voluntad.

Cuando hablamos de compulsión, aludimos a un espacio paradójico que no es ni pura coerción ni plena libertad. Es incierto y complejo, pero tendemos a simplificarlo, porque la noción hace un trabajo demasiado importante como para permitirle semejante ambigüedad: la necesitamos fuerte, más simple que el abecé, porque es lo que nos saca de encima el manto de sospecha que cae sobre nosotres apenas dejamos de mostrarnos capaces de cumplir con lo que se espera de un individuo responsable y autosuficiente. No soy yo, es mi adicción; no es que yo sea débil, es que ella es demasiado fuerte.

Y, aunque esto se parece a lo que hacen otros lenguajes clínicos, la conexión con las drogas le da un relieve particular al lenguaje de la adicción. No es casual que este idioma se propague por las zonas más devaluadas, más sospechosas, peor vistas de la vida social: las drogas no solo ofrecen un modelo vívido de influencia externa, extrañadora, sino que también introducen un vector de recriminación moral y legal. Esto le da fuerza a la metáfora cuando la empuñamos en contra de las grandes empresas tecnológicas para tacharlas de narcotraficantes, pero tendríamos que tener más cuidado con esta herramienta retórica, que pertenece al amo y apuntala su casa punitiva.

El último resquicio de disculpa, la última esperanza de comprensión y cuidado: eso es lo que sentimos que podríamos perder si renunciamos al lenguaje de la adicción como compulsión. Según la filósofa Hannah Pickard, sin embargo, es una trampa pensar que la única alternativa a la culpa es la disculpa de la enfermedad. Necesitamos, en cambio, maneras más sutiles y complejas de hablar sobre la agencia y sus trabas. Porque sí, pasan cosas raras con la agencia en la adicción, en cualquier consumo que no deja de ser voluntario en un sentido básico —porque es flexible al contexto y responde a algún objetivo— pero va en contra de nuestro bienestar, incluso de nuestra supervivencia. Pickard lo llama el “enigma de la adicción”. Y claro que es tentador resolverlo dándole un poder invencible ya a la droga (en el modelo de la enfermedad y la compulsión), ya a la voluntad (en el modelo moral de la culpa). Pero ambas vías son simplificaciones, parches precarios. Para entender nuestra capacidad de actuar tenemos que pensarla situada, y eso es lo que desatienden tanto el modelo de la enfermedad como el modelo de la culpa.

En una entrevista sobre Miembro fantasma, un libro de cuentos poblado de figuras femeninas de adicción, Fernanda Trías señaló que “cuando uno siente que no puede enfrentar algo, busca una sustancia o una fuerza externa que lo ayude”. Esa fuerza externa puede ser muchas cosas, puntualizaba Trías, como el alcohol o la religión “o cualquier otra cosa”: el celular, las redes sociales. O el mismo lenguaje de la adicción con que denunciamos a las empresas responsables por esas redes sociales. Tal vez lo que hacemos con el lenguaje de la adicción sea similar a lo que hacemos en la adicción: apelamos a una fuerza externa para lidiar con lo que no podemos manejar y terminamos sin poder manejar tampoco el poder que esa fuerza externa adquiere sobre nosotres. “Es doloroso porque nace de esa sensación de incapacidad”, decía Trías. Yo creo que es doloroso, también, porque parece redoblar la incapacidad.

Le pedimos cada vez más al lenguaje psiquiátrico, pero no somos tan conscientes ni de sus límites ni de sus enormes costos. La liviandad con que usamos estos vocabularios en la arena pública puede reforzar formas insidiosas de cuerdismo y capacitismo, porque la carga peyorativa del lenguaje de la adicción será parte integral de su eficacia, pero es muy nociva para quienes viven bajo su órbita. Al mismo tiempo, tal vez podamos hallar algunas pistas útiles en esa expansión. Y acaso parte de discutirla sea aprovechar esas pistas, tomar los términos dados del debate y llevarlos más allá. Adoptar el idioma de la época para intervenirlo; reinventarlo, incluso, para que nos sirva mejor.

Si el lenguaje de la adicción es otro idioma para hablar de la agencia trabada, quizás rastrear sus caminos sea útil para mapear las zonas más críticas de esa sensación de imposibilidad. El problema es que la mayor parte del tiempo sirve de distracción: hablamos de circuitos cerebrales y descuidamos su dimensión social, relacional, pública, algo fundamental no solo para el enigma de la adicción, sino en cualquier situación en la que lo que podemos hacer no está del todo fijado, pero tampoco tan abierto. Luego del fallo de marzo, Meta declaró que “la salud mental adolescente es un asunto profundamente complejo que no puede vincularse a una única aplicación”… y es cierto. Reconducir el debate a la dopamina y el “carácter adictivo” de las plataformas lo reduce de más: es una iteración contemporánea de la virtus dormitiva del opio de la que ya se burlaba Molière. Porque lo que nos importa cuando hablamos de adicción no tiene que ver con el cerebro. Importa esa sensación de incapacidad que se traduce, paradójicamente, en una especie “compulsiva” del hacer. Un no poder que se expresa como no poder parar.

Pickard abría su libro evocando una serie muy influyente de experimentos con ratas de laboratorio. En el primero, de los años ochenta, la jaula tenía agua, comida y una palanca que las ratas podían usar para conseguir toda la cocaína que quisieran: al mes, 90% de los animales se habían muerto de agotamiento, desnutrición y deshidratación. La imagen de la ratita que deja hasta de tomar agua por tirar compulsivamente de la palanca de la droga fue clave para las teorías de la adicción como un cerebro arruinado por una sustancia poderosa. Tuvieron que pasar décadas para que a alguien se le ocurriera una variante simple del experimento: resulta que si hay dos palancas, una con cocaína y otra con agua endulzada, 90% de las ratas eligen el trago inofensivo. Y si la segunda palanca les consigue un minuto de juego con otra ratita, como mostró un experimento en 2018, casi el 100% de los roedores elige jugar.

Ni la cocaína era todopoderosa ni las ratas tenían roto el cerebro. Estaban solas en una jaula sin nada más que hacer.

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“Todo apego es optimista”, decía Lauren Berlant en esa gran obra sobre la adicción como metáfora implícita del malestar contemporáneo que es El optimismo cruel. Ante la falta de alternativas o ante alternativas miserables, irrisorias, no todo el mundo puede ser Bartleby: no hacer nada puede sentirse todavía más insoportable, mientras que el hacer compulsivo puede ser otra manera de negociar lo innegociable, de soportar lo insoportable, aunque sea un ratito más. Una forma de sostener el vínculo con un mundo poco acogedor y a la vez una forma de lidiar con la hostilidad de ese mundo.

El problema son las opciones reducidas; cómo nos las arreglamos para responder a la falta de alternativas, en todo caso, es algo que viene después. El optimismo cruel es optimista porque es testigo de ese apego a la vida, y es cruel porque aferrarse a lo que hace mal es prácticamente el único margen de acción que queda cuando ya no controlamos las condiciones materiales de nuestra vida. De lo que se trata es de ampliar ese margen, pero el marco de la adicción, como todo lenguaje psiquiátrico, pone el foco en la persona. Nos lleva a concentrarnos en la conducta de la ratita de laboratorio y pinta al malestar como producto artificial de esa conducta, en lugar de ubicarlo entre sus causas. Pero la jaula es el problema, mucho antes que la droga.

La avanzada legal sobre las grandes empresas tecnológicas será una buena noticia si se traduce en una disputa real del poder desmedido que detentan. La metáfora de la adicción viene siendo una pieza clave de la estrategia querellante, ¿pero está sirviendo a esa disputa? ¿Y qué nos empuja a ceder a cambio? 

En la arena pública, sospecho, el lenguaje psiquiátrico es el manotazo de ahogado con que nos aferramos a algún sentido estable en un mundo cada vez más engañoso y turbulento. Si es la única herramienta que parece que nos queda, bueno, usémosla. Pero tendremos que transformarla en el proceso, porque no vamos a poder transformar de verdad el mundo si no.

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    El siniestro que dejó a Fernández gravemente herida ocurrió el martes alrededor de las 7 de la mañana, cuando su Toyota Etios fue embestido de frente por un Citroën que habría intentado sobrepasar a un camión en una maniobra imprudente. El impacto fue tan fuerte que ambos vehículos quedaron con daños severos, y Karla debió ser rescatada del interior de su auto. Los primeros auxilios fueron brindados por personal de emergencias de Catriel, que luego la derivó de urgencia al hospital Dra. Cecilia Grierson.

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    Una independencia que no quería cambiar de dueño: Malvinas, Milei y la paradoja de enfrentar a Londres bajo el paraguas de Washington

     

    Milei volvió a reivindicar Malvinas y anunció sanciones contra empresas que operen allí, mientras acelera la base naval de Ushuaia. La historia de 1816 plantea una pregunta incómoda sobre la soberanía.

    Por Roque Pérez para NLI

    Bandera de Estados Unidos flamenado en Ushuaia (2024)

    En 1816, cuando las Provincias Unidas del Río de la Plata decidieron romper formalmente con la monarquía española, había una cuestión que iba mucho más allá de la ruptura con Fernando VII. La independencia no podía significar simplemente dejar de obedecer a Madrid para comenzar a obedecer a otra capital. Por eso, diez días después de aquella declaración del 9 de julio, el Congreso de Tucumán incorporó una precisión que tiene una vigencia política sorprendente dos siglos más tarde: las Provincias Unidas serían una nación libre e independiente «del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli» y «de toda otra dominación extranjera». El agregado no fue decorativo ni una corrección de estilo. Pedro Medrano pidió incorporarlo expresamente para despejar los rumores sobre posibles proyectos destinados a colocar al nuevo país bajo la autoridad de otra potencia, en particular frente a las especulaciones relacionadas con Portugal.

    Ese detalle histórico adquiere otra dimensión después del discurso que Javier Milei pronunció ayer en cadena nacional, en el que volvió a colocar la cuestión Malvinas en el centro de la escena política argentina. El Presidente anunció un endurecimiento de las sanciones contra las empresas que participen de proyectos de explotación de hidrocarburos en las islas sin autorización argentina y anticipó medidas destinadas a reforzar las capacidades defensivas en Tierra del Fuego, incluyendo la aceleración de la construcción de la Base Naval Integrada de Ushuaia. Según explicó, esa infraestructura debería convertirse en un polo estratégico para la presencia argentina en el Atlántico Sur.

    La reivindicación de la soberanía argentina sobre Malvinas, por supuesto, no constituye ninguna novedad ni pertenece a un gobierno determinado: es una política de Estado respaldada por décadas de diplomacia argentina y por la propia Constitución Nacional. Lo que vuelve políticamente particular el discurso de Milei es el contexto internacional en el que aparece y la arquitectura de alianzas que el Gobierno construyó desde su llegada al poder. Porque mientras el Presidente vuelve a confrontar discursivamente con el Reino Unido por la ocupación de las islas, su estrategia geopolítica ha colocado a Estados Unidos en un lugar privilegiado, precisamente en materia militar, logística y estratégica.

    La frase de 1816 que vuelve como una pregunta incómoda

    La historia del agregado del 19 de julio tiene una fuerza simbólica difícil de ignorar. El Congreso no se conformó con declarar la ruptura con la Corona española. Quiso dejar escrito que la emancipación no habilitaba el reemplazo de una dependencia por otra. La documentación histórica conservada por el propio Estado argentino señala que aquella fórmula adicional buscaba sofocar los rumores sobre una eventual dominación extranjera, mientras otras reconstrucciones históricas explican que existían especulaciones sobre un posible sometimiento al rey de Portugal.

    La idea de fondo era mucho más profunda que la disputa circunstancial entre distintas facciones políticas. Ser independiente significaba conservar la capacidad de decidir el propio destino, incluso cuando el escenario internacional obligara a negociar, establecer alianzas o convivir con potencias mucho más poderosas. San Martín, Belgrano y buena parte de los dirigentes de aquel proceso entendían que la emancipación debía ser continental y que la supervivencia de las nuevas naciones dependía, en buena medida, de no quedar sometidas a los intereses de las grandes potencias de la época. El propio Estado argentino reconoce que el Congreso de 1816 rechazó fórmulas intermedias que pudieran desembocar en alguna forma de protectorado.

    Dos siglos después, la pregunta puede formularse de otra manera: ¿se puede hablar de soberanía plena sobre Malvinas mientras la estrategia para defender esa soberanía queda estrechamente asociada a una potencia extranjera?

    No se trata de equiparar automáticamente una base militar contemporánea con un protectorado colonial del siglo XIX. Sería históricamente incorrecto. Una cooperación militar no implica por sí misma pérdida de soberanía. Pero sí resulta legítimo discutir qué intereses estratégicos persigue esa cooperación, quién define sus objetivos y qué margen conserva la Argentina para establecer una política autónoma en el Atlántico Sur.

    Y ahí aparece un antecedente que resulta particularmente incómodo para el relato actual.

    En abril de 2024, Milei había dicho que la instalación de una base estadounidense en Ushuaia constituía «el primer paso» para recuperar las Malvinas. En aquella oportunidad sostuvo que Estados Unidos era su aliado y vinculó explícitamente la presencia militar norteamericana en Tierra del Fuego con el reclamo argentino sobre las islas y la Antártida. También había destacado la visita de la entonces jefa del Comando Sur estadounidense, Laura Richardson, y presentado la cooperación militar con Washington como parte de una estrategia de integración con Occidente.

    La cuestión, entonces, no es solamente qué dijo Milei ayer sobre Malvinas. Es qué relación existe entre lo que dijo ayer y aquello que había dicho en 2024.

    Malvinas, Trump y una oportunidad que no necesariamente es argentina

    El otro elemento que vuelve especialmente significativo el discurso presidencial es Donald Trump. Apenas unos días antes, el mandatario estadounidense había dejado abierta la posibilidad de revisar la posición de Washington frente a la cuestión Malvinas. Consultado en el Salón Oval sobre si Estados Unidos podía modificar su postura histórica, Trump respondió que revisa todas las posiciones y que esa era «solo una» entre muchas. No anunció un cambio concreto de política, pero dejó deliberadamente abierta una puerta.

    El contexto importa. La declaración de Trump apareció en medio de sus fuertes presiones sobre el Reino Unido para que aumente su gasto militar y acompañe más decididamente la estrategia internacional de Washington. Por eso, una parte importante del análisis internacional interpreta la carta Malvinas no como un repentino descubrimiento de la causa argentina por parte de la Casa Blanca, sino como una herramienta de presión de Trump sobre Londres.

    Y esto modifica considerablemente la lectura. Porque si Trump utiliza Malvinas como una ficha en su negociación con el Reino Unido, la causa argentina corre el riesgo de convertirse nuevamente en una pieza dentro del tablero estratégico de una potencia que tiene sus propios intereses globales.

    Milei, naturalmente, puede considerar que esa circunstancia representa una oportunidad histórica. Y desde una perspectiva diplomática, cualquier modificación de la posición de una potencia como Estados Unidos puede resultar relevante para la Argentina. Pero existe una diferencia sustancial entre aprovechar una oportunidad internacional desde una posición autónoma y hacerlo subordinando la estrategia nacional a los intereses de quien ofrece esa oportunidad.

    El problema se vuelve todavía más evidente cuando la misma potencia que eventualmente podría modificar su postura sobre Malvinas es presentada por el Gobierno argentino como su principal aliado estratégico y cuando la presencia militar estadounidense en Tierra del Fuego fue reivindicada por el propio Milei como parte del camino para recuperar las islas.

    ¿Contra Inglaterra con una mano y abrazados a Estados Unidos con la otra?

    El discurso presidencial tiene, entonces, una paradoja difícil de esquivar. Milei endurece su posición frente a las empresas que explotan recursos naturales en Malvinas, cuestiona al Reino Unido y reivindica la soberanía argentina, pero al mismo tiempo acelera una infraestructura militar en el extremo sur cuyo desarrollo está inserto en una relación de cooperación estratégica con Estados Unidos.

    Incluso las sanciones anunciadas ayer tienen un componente concreto que merece atención: el Gobierno apunta al proyecto petrolero Sea Lion, impulsado por la británica Rockhopper y la israelí Navitas, y pretende ampliar las herramientas para impedir que empresas vinculadas con esa explotación puedan operar en territorio argentino. La decisión coloca nuevamente los recursos naturales del Atlántico Sur en el centro de la disputa, justamente cuando el petróleo de Malvinas empieza a adquirir una importancia económica y geopolítica cada vez mayor.

    Pero la soberanía no se reduce a quién puede o no perforar un pozo. Soberanía también significa decidir con quién se establecen alianzas militares, qué fuerzas extranjeras participan de la arquitectura estratégica del territorio nacional, qué intereses se protegen y cuál es el grado de autonomía con el que se toman esas decisiones.

    Por eso la frase incorporada al Acta de Independencia en 1816 vuelve a resultar incómodamente actual. Aquellos congresales no escribieron solamente que querían dejar de pertenecer a España. Escribieron que no querían pertenecer a ninguna otra dominación extranjera. Y lo hicieron precisamente porque conocían el riesgo de que una revolución emancipadora pudiera terminar cambiando de dueño.

    La Argentina del siglo XXI no es la Argentina de 1816 y Estados Unidos no es Portugal. Las circunstancias son completamente diferentes. Pero la pregunta de fondo conserva una vigencia extraordinaria: ¿para recuperar una parte de nuestro territorio nacional necesitamos apoyarnos militarmente en otra potencia extranjera?

    Milei parece haber encontrado en Malvinas una causa capaz de recuperar una bandera política que durante buena parte de su gobierno había quedado relegada detrás de su alineamiento incondicional con Washington y de sus elogios a Margaret Thatcher. Ahora el Presidente habla de soberanía, sanciona empresas que explotan recursos en las islas y anuncia mayor presencia argentina en el Atlántico Sur.

    Pero justamente por eso la discusión merece ser mucho más profunda que una consigna. Malvinas no puede convertirse en una bandera que se agita contra Londres mientras se entrega el mapa estratégico del Atlántico Sur a Washington. Defender la soberanía argentina sobre las islas implica, también, discutir la soberanía sobre el territorio continental, los recursos naturales, el mar, la Antártida y las decisiones estratégicas que afectan a toda la región.

    En 1816, los hombres reunidos en Tucumán entendieron que la independencia no consistía en elegir cuál sería la próxima potencia a obedecer. La independencia consistía en no tener amo. Dos siglos después, esa diferencia sigue siendo demasiado importante como para dejarla flotando en una cadena nacional.

     

  • Conmoción en Picún Leufú: investigan el crimen de un joven de 27 años

     

    La localidad de Picún Leufú vivió una mañana conmocionante tras el asesinato de Gustavo Amaro Villar Santos, un joven de 27 años oriundo de Paso Aguerre, que murió camino al hospital de Cutral Co luego de recibir un disparo a corta distancia.

    Según relató su madre, Mary Villar, en redes sociales, su hijo había regresado del boliche y se preparaba para ir a trabajar. “Vino a buscar su moto y al salir del portón, una persona le disparó a quemarropa”, escribió la mujer, expresando el dolor de la familia ante el brutal ataque.

    El hecho ocurrió cerca de las 8 de la mañana del sábado, cuando la Comisaría Novena recibió un llamado que alertaba sobre una pelea entre dos hombres en plena vía pública. Al llegar al lugar, los agentes encontraron a un hombre tirado sobre la Avenida Maestro Sosa y, a pocos metros, a otro sujeto armado con un arma de fuego y un cuchillo, que fue demorado sin oponer resistencia.

    La víctima murió durante el traslado

    El joven herido fue trasladado de urgencia al hospital local y luego derivado a Cutral Co, pero murió en el trayecto. El comisario Cristian Velázquez confirmó que el deceso fue constatado por el médico de guardia. Por orden de la Fiscalía de Cutral Co, se realizó la autopsia en el Cuerpo Médico Forense, que determinó que la causa de muerte fue un shock hipovolémico provocado por una herida de bala en el abdomen.

    El presunto autor del crimen, un hombre de 38 años oriundo del paraje Santo Tomás, presentaba lesiones graves en ambos brazos producto de machetazos recibidos durante la pelea. Fue sometido a una cirugía por fracturas en las extremidades y permanece internado con custodia policial en el hospital de Cutral Co.

    Avance de la investigación

    El comisario Velázquez informó que la Policía preservó una zona de aproximadamente 150 metros entre la casa de los padres de la víctima y el punto final del conflicto, sobre Avenida Maestro Sosa y calle Sarmiento. Allí se secuestraron varias armas: una escopeta recortada y un cuchillo pertenecientes al agresor, además de un machete encontrado junto al cuerpo de la víctima.

    La Fiscalía de Cutral Co, encabezada por el fiscal jefe Gastón Leotard y el fiscal Matías Alonso, continúa tomando declaraciones a testigos presenciales para reconstruir la secuencia exacta del hecho y determinar si existía un conflicto previo entre ambos hombres.

    Mientras tanto, los restos de Gustavo Amaro Villar Santos serán entregados a su familia para el sepelio en Paso Aguerre.

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