Córdoba no vive ni por asomo el clima preelectoral que tuvo con las últimas tres elecciones por la intendencia de Marcos Juárez. Desde el 2014, cuando Mauricio Macri bautizó a la ciudad del sudeste cordobés como el ‘kilómetro 0′ de Cambiemos; o cuatro años más tarde, cuando hilvanó la reelección de Pedro Dellarossa y creyó que se traduciría en el mismo desenlace para él al año siguiente; o en 2022, post pandemia, en la elección que el cordobesismo pagó un costo altísimo con la derrota de Verónica Crescente y la victoria de Sara Majorel.
El exgobernador Juan Schiaretti creyó, en aquel momento, que podía arrebatarle el mojón del armado a su amigo Macri y perdió con la candidata que llegaba como delfín de Dellarossa hasta que se rompió ese vínculo. Como ocurre habitualmente con padrinos y ahijados en la política.
En la elección municipal del próximo domingo algunos nombres se repiten, pero no así la presencia ni el impacto en la conversación de la política a nivel nacional. La decisión de los libertarios de no jugar y quitar el sello le dio la estocada final al frío vínculo de Milei con el interior del interior, sumado al malestar en la región por la situación de Pauny y la caída en la atención de Pami en el hospital de la ciudad motivaron la retirada oficial de La Libertad Avanza.
El cordobesismo, en tanto, dejó correr la municipalización de la elección y decidió no jugar de manera decidida con ningún candidato. Si el ganador del domingo es Dellarossa, el gobernador Martín Llaryora tendrá motivos más que suficientes para felicitar de manera pública a quien fue hasta no hace mucho tiempo su primer ministro de Industria y luego funcionario en el banco provincial.
Un Dellarossa que, en toda la campaña, contó sólo con un respaldo explícito: el de Luis Juez. El senador jugó fuerte, estuvo en el cierre de campaña el fin de semana y apuesta a un pleno de su ex compañero de alianza en el PRO.
El cordobesismo, en tanto, dejó correr la municipalización de la elección y decidió no jugar de manera decidida con ningún candidato. Si el ganador del domingo es Dellarossa, el gobernador Martín Llaryora tendrá motivos más que suficientes para felicitar de manera pública a quien fue hasta no hace mucho tiempo su primer ministro de Industria y luego funcionario en el banco provincial.
No obstante, por lo bajo el llaryorismo apuesta a Germán Font, un candidato del vecinalismo más alineado con el PJ y que tiene, entre sus armadores, a integrantes del espacio más cercano al gobernador. De los candidatos, el que más puso en la mira la crisis económica nacional y cruzó a otros postulantes por la escasez de críticas a Milei.
Sin el sello de manera oficial, Gerardo Pasquali es el candidato más relacionado con los libertarios. A pesar de su enojo con Gabriel Bornoroni porque no le dio el armado de La Libertad Avanza para la contienda de este domingo, Pasquali es el que concentra también una porción de voto de derecha en la región.
Y tiene dentro de su armado a radicales cercanos a Rodrigo de Loredo.
Con lo cual, la oposición a Llaryora está dividida: Juez con Dellarossa, De Loredo con Pasquali y Bornoroni ausente. Quizá el escenario que más le gusta al heredero del cordobesismo con miras al 2027 en el que se debe definir su futuro.
Se vota el domingo y, por primera vez en 12 años, la tensión no se siente a nivel provincial. Menos, en el plano nacional.
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Desde una plaza vacía y frente a un Estado que negaba la existencia de miles de desaparecidos, un grupo de mujeres comenzó una lucha que terminó convirtiéndose en uno de los movimientos de derechos humanos más reconocidos del planeta. La historia de las Madres de Plaza de Mayo no es solamente la búsqueda de sus hijos e hijas secuestrados durante la última dictadura cívico-militar: es también la historia de cómo la sociedad argentina construyó una memoria colectiva que transformó el dolor en una bandera de democracia, justicia y resistencia frente al terrorismo de Estado.
Por Redacción de NLI
El 30 de abril de 1977, un grupo de mujeres decidió hacer algo que en aquel momento parecía imposible: reunirse en el corazón del poder político argentino para reclamar respuestas sobre el paradero de sus hijos desaparecidos. La Plaza de Mayo, escenario histórico de movilizaciones populares y acontecimientos políticos, se convirtió entonces en el lugar donde unas pocas madres comenzaron una protesta silenciosa contra uno de los aparatos represivos más violentos de la historia argentina. No tenían una estructura organizada, no contaban con respaldo institucional y muchas de ellas ni siquiera tenían experiencia política previa. Lo que las llevó allí fue una búsqueda desesperada: saber qué había ocurrido con sus hijos e hijas que habían sido secuestrados por las fuerzas represivas.
La dictadura cívico-militar que gobernó la Argentina entre 1976 y 1983 había instalado un sistema clandestino de persecución, tortura y desaparición forzada de personas. Mientras el gobierno militar sostenía públicamente que en el país no ocurría nada irregular, miles de familias recorrían comisarías, cuarteles, juzgados e iglesias buscando información sobre seres queridos que habían sido arrancados de sus hogares. La respuesta del Estado fue el silencio, la negación y, en muchos casos, la complicidad con quienes llevaban adelante los secuestros.
En ese contexto nacieron las Madres de Plaza de Mayo. Aquellas mujeres comenzaron a encontrarse porque comprendieron que, aisladas, sus reclamos podían ser ignorados, pero juntas podían hacerse visibles. La decisión de caminar alrededor de la Pirámide de Mayo surgió porque las autoridades prohibían las reuniones públicas y les exigían “circular”. Aquella imposición terminó transformándose en una de las imágenes más poderosas de la historia argentina: una ronda que cada jueves desafiaba al miedo y demostraba que incluso frente a una dictadura era posible construir una voz colectiva.
El pañuelo blanco contra el silencio de la dictadura
Con el paso del tiempo, las Madres fueron convirtiéndose en un símbolo internacional de la lucha contra la impunidad. El pañuelo blanco que comenzaron a utilizar para identificarse entre ellas pasó a representar la búsqueda de verdad y justicia, pero también la resistencia de una sociedad que se negaba a aceptar que la desaparición de personas pudiera quedar enterrada bajo el silencio oficial.
La respuesta de la dictadura fue intentar desacreditarlas. Desde el poder se las presentó como mujeres manipuladas, exageradas o ajenas a la realidad política del país. Sin embargo, su persistencia logró romper el cerco informativo que el régimen había construido. Mientras los medios controlados por los militares intentaban mostrar una Argentina ordenada y sin conflictos, las Madres llevaban al mundo una denuncia que terminaría generando una enorme presión internacional sobre el gobierno de facto.
El reclamo de esas mujeres también expuso una de las características más profundas del terrorismo de Estado: no solamente buscaba eliminar físicamente a quienes consideraba opositores, sino también borrar sus historias, aislar a sus familias y construir una sociedad dominada por el miedo. Frente a eso, las Madres hicieron exactamente lo contrario: recuperaron nombres, reconstruyeron memorias y transformaron historias individuales de dolor en una causa colectiva.
De la resistencia a una política de Estado
Con el regreso de la democracia en 1983, Argentina inició un camino inédito en la región al decidir juzgar a los máximos responsables de la dictadura. El Juicio a las Juntas, realizado durante el gobierno de Raúl Alfonsín, fue un acontecimiento histórico porque un tribunal civil juzgó a los principales integrantes de una dictadura militar por los crímenes cometidos desde el Estado.
Sin embargo, el camino hacia la justicia no fue sencillo. Durante los años siguientes, las leyes de Punto Final y Obediencia Debida limitaron el avance de las investigaciones, mientras que los indultos otorgados durante la década de 1990 beneficiaron a numerosos represores condenados. Durante ese período, los organismos de derechos humanos continuaron reclamando que los crímenes de lesa humanidad no podían quedar impunes.
Esa lucha tuvo finalmente un punto de inflexión cuando la Justicia argentina declaró inconstitucionales esas normas y permitió la reapertura de los juicios. Desde entonces, cientos de responsables del terrorismo de Estado fueron juzgados y condenados, consolidando una política de memoria, verdad y justicia que convirtió a Argentina en un caso reconocido internacionalmente.
La experiencia argentina mostró que la democracia no solamente se construye mediante elecciones, sino también a través de la capacidad de una sociedad para revisar su pasado, reconocer a sus víctimas y establecer límites frente al abuso del poder estatal.
Una lucha que sigue interpelando al presente
La historia de las Madres de Plaza de Mayo continúa formando parte de los grandes debates políticos y culturales de la Argentina actual. Su recorrido, como ocurre con muchos movimientos históricos, también tuvo distintas etapas y discusiones internas, especialmente sobre el rol político que asumieron algunos sectores del movimiento con el paso de los años.
Pero más allá de esas discusiones, existe un hecho histórico difícil de negar: en el momento más oscuro de la Argentina contemporánea, cuando el Estado había utilizado su poder para perseguir y desaparecer personas, un grupo de mujeres comunes decidió enfrentarlo desde una plaza pública.
Su lucha trascendió las fronteras argentinas y se convirtió en una referencia mundial para otros pueblos que atravesaron dictaduras, guerras o procesos de violencia estatal. Las Madres demostraron que la memoria no es solamente un ejercicio del pasado, sino una herramienta del presente para defender la democracia.
En un contexto donde periódicamente reaparecen discursos que relativizan los crímenes cometidos durante la dictadura o buscan equiparar responsabilidades entre víctimas y victimarios, la historia de las Madres vuelve a adquirir una importancia central. La construcción del “Nunca Más” no fue automática: fue el resultado de décadas de movilización, reclamos y resistencia de familiares y organismos de derechos humanos.
La ronda de las Madres de Plaza de Mayo comenzó como un pedido desesperado de un grupo de mujeres que buscaban a sus hijos. Con el tiempo se transformó en una de las expresiones más fuertes de la defensa de los derechos humanos en el mundo. Su legado recuerda una verdad fundamental de la democracia argentina: cuando el Estado se convierte en instrumento de persecución, la sociedad tiene la responsabilidad histórica de exigir memoria, verdad y justicia.
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