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CORRIENTES EN LLAMAS: UN INFLUENCER A LA CABEZA DE UNA COLECTA MASIVA MIENTRAS LOS POLÍTICOS DUERMEN

Hace semanas que Corrientes está en llamas: se quemaron esteros, árboles, campos. Más de medio millón de hectáreas se perdieron en la provincia, hablamos de uno de los humedales más importantes de Argentina. Debería ser tapa de los diarios nacionales de todos los días y no lo es. Al menos no fue así hasta este fin de semana. 

“La política que le da la espalda a la sociedad, un ministro de ambiente inútil, uno de producción que quiere rematarnos todo, un presidente que en medio del desastre se saca fotos atajando penales como si nada pasara”.

Soledad Barruti, periodista y ambientalista

Santiago Maratea, el famoso influencer argentino, dejó en evidencia la inoperancia del Estado. En muy poco tiempo logró desarrollar una tarea sumamente importante al ponerse al hombro muchísimas y variadas causas solidarias, realizando colectas y arbitrando los medios para lograr responder a problemáticas que el Estado dejó sin respuesta. Desde los wichís hasta el medicamento más caro del mundo (encontrá cada una de las causas en santimaratea.com):

Maratea lanzó este tuit en la noche del sábado y comenzó esta gran colecta solidaria para colaborar con brigadistas en Corrientes

En solo 24 horas logró recaudar 111 millones de pesos (y la cifra sigue aumentando, podés seguir el paso a paso en las redes de Santi Maratea) para ayudar a los bomberos de San Miguel, al Consorcio del Fuego y brigadistas que combaten los incendios y también a veterinarios que están salvando animales.

Extremar los cuidados al transitar por rutas argentinas

Mientras tanto, los políticos DUERMEN. No se trata de un discurso anti-política, se trata de esto: Alberto Fernández en la costa atajando penales, convertido en un meme una vez más. El gobernador de Corrientes, Gustavo Valdés, en el corsódromo, porque el carnaval se lleva a cabo igual a pesar de este desastre ambiental. Juan Cabandié, Ministro de Ambiente y Desarrollo Sostenible, plantando un jacarandá en el Caribe. 

Mientras todo colapsa, los políticos se esconden y la sociedad entera se organiza con un influencer a la cabeza… queda demostrado que ACTIVAR FUNCIONA y son muchos los ejemplos, el más reciente: la medida cautelar que frenó la exploración petrolera offshore en el Mar Argentino. A la gente le interesa el cuidado del medioambiente, se preocupa y colabora con causas de protección ambiental.  

Más información en leydehumedalesya.org

Es por eso que, ante los hechos que ocurren en Corrientes, además de colaborar, sigamos exigiendo la #LEYDEHUMEDALESYA. Una ley que los diputados nacionales dejaron cajonear ya por tercera vez y que es clave para la regulación de las actividades en los territorios y para que se asignen presupuestos que estén a la altura de las circunstancias. 

Involucrarse, tiene impacto.

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    La ciudad argentina que desapareció bajo el agua y nunca volvió a ser la misma

     

    Durante décadas fue uno de los pueblos más prósperos del interior bonaerense. Tenía hoteles, comercios, una intensa actividad turística y miles de visitantes cada temporada. Pero una inundación extraordinaria cambió para siempre su historia y convirtió a Villa Epecuén en una ciudad fantasma que hoy atrae visitantes de todo el mundo.

    Por Redacción de NLI

    Las ruinas de una ciudad suelen asociarse con civilizaciones antiguas o con guerras devastadoras ocurridas a miles de kilómetros de la Argentina. Sin embargo, existe un lugar donde el tiempo parece haberse detenido hace apenas unas décadas. Calles que ya no conducen a ningún sitio, árboles convertidos en esqueletos blancos por la sal, edificios sin techos y automóviles deformados por el agua conforman un paisaje que muchos comparan con un escenario posapocalíptico. Se trata de Villa Epecuén, en el partido bonaerense de Adolfo Alsina, una localidad cuya historia resume tanto la capacidad de progreso del interior argentino como la fragilidad de las obras humanas frente a la naturaleza.

    Un pequeño pueblo que soñó con convertirse en un gran centro turístico

    La historia de Villa Epecuén comenzó a principios del siglo XX alrededor de un recurso natural excepcional: las aguas hipersalinas de la laguna Epecuén, cuya concentración de sal supera ampliamente la del mar. Desde muy temprano se difundió la idea de que esos baños poseían propiedades terapéuticas para aliviar enfermedades reumáticas, afecciones dermatológicas y distintos trastornos musculares. Más allá de las discusiones científicas sobre la magnitud de esos beneficios, el fenómeno alcanzó una enorme popularidad y transformó a la localidad en uno de los principales destinos turísticos del país.

    Durante las décadas de 1940, 1950 y 1960, miles de familias llegaban cada verano para disfrutar de los baños salados. La ciudad creció al ritmo de esa actividad. Se construyeron hoteles, hosterías, restaurantes, comercios y centros recreativos que generaban empleo para buena parte de la región. En su mejor momento, Villa Epecuén llegó a contar con más de un centenar de establecimientos hoteleros y una infraestructura capaz de recibir decenas de miles de visitantes por temporada. Era uno de esos ejemplos de desarrollo regional que demostraban cómo un recurso natural podía convertirse en el motor económico de toda una comunidad.

    Sin embargo, ese crecimiento convivía con un riesgo conocido desde hacía décadas. La laguna formaba parte de un complejo sistema hídrico del sudoeste bonaerense donde las variaciones climáticas podían modificar considerablemente el nivel del agua. Ingenieros y especialistas advertían periódicamente sobre la necesidad de mantener y reforzar las defensas que protegían al pueblo, aunque durante años la amenaza pareció lejana.

    La inundación que borró una ciudad del mapa

    A comienzos de la década de 1980, una sucesión de lluvias extraordinarias alteró el equilibrio de toda la cuenca. Los niveles de agua aumentaron de manera constante y comenzaron a ejercer una presión cada vez mayor sobre el terraplén que protegía Villa Epecuén. Finalmente, el 10 de noviembre de 1985, una parte de esa defensa cedió y el agua avanzó sobre la localidad.

    Lo que inicialmente parecía una inundación más terminó convirtiéndose en una catástrofe sin precedentes. En cuestión de semanas, el nivel del agua siguió creciendo hasta cubrir completamente calles, viviendas y edificios públicos. La evacuación de la población evitó una tragedia humana de mayores dimensiones, pero significó el abandono definitivo de una ciudad que había tardado más de medio siglo en construirse.

    Con el correr de los años, la laguna llegó a cubrir Villa Epecuén con varios metros de agua. Allí quedaron automóviles, muebles, hoteles enteros y recuerdos de miles de familias que nunca pudieron regresar. Durante casi dos décadas, el pueblo permaneció oculto bajo la superficie, convertido en una especie de Atlántida bonaerense cuya existencia sobrevivía únicamente en fotografías y relatos de antiguos habitantes.

    El regreso de las ruinas y la memoria de un pueblo

    A partir de los primeros años del siglo XXI, un prolongado descenso del nivel del agua comenzó a revelar lentamente las estructuras que habían permanecido sumergidas durante años. El paisaje que emergió sorprendió incluso a quienes habían vivido allí. La acción combinada del agua y de la sal había transformado completamente la ciudad. Los árboles aparecieron blanqueados como esculturas minerales, las paredes conservaron apenas sus esqueletos de hormigón y muchos objetos quedaron cubiertos por gruesas capas de cristales salinos.

    Lejos de desaparecer del imaginario colectivo, Villa Epecuén encontró una nueva forma de existencia. Fotógrafos, documentalistas, historiadores y turistas comenzaron a visitar las ruinas atraídos por un escenario único en América Latina. Incluso deportistas de reconocimiento internacional eligieron ese paisaje para filmaciones y producciones audiovisuales, contribuyendo a que las imágenes del antiguo pueblo recorrieran el mundo.

    Pero detrás del atractivo turístico permanece una historia profundamente humana. Las ruinas no representan solamente una curiosidad paisajística; son el recuerdo de una comunidad que perdió su lugar de pertenencia, de comerciantes que vieron desaparecer su trabajo y de familias que debieron reconstruir su vida lejos del sitio donde habían nacido. Al mismo tiempo, la experiencia de Villa Epecuén continúa alimentando debates sobre la planificación territorial, las obras hidráulicas, el impacto de los eventos climáticos extremos y la necesidad de pensar el desarrollo con una mirada de largo plazo.

    Hoy, caminar por las calles de Villa Epecuén significa recorrer una ciudad donde el tiempo parece haberse detenido en 1985. Cada pared derruida y cada árbol petrificado por la sal recuerdan que el progreso nunca está completamente garantizado y que la relación entre las sociedades y la naturaleza exige planificación, inversión y conocimiento. Tal vez por eso su historia siga despertando fascinación: porque demuestra que incluso en la inmensidad de la llanura bonaerense existen lugares capaces de condensar, en unas pocas cuadras, la grandeza y la fragilidad de toda una comunidad.

     

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