Una partida con 934.200 dosis de la vacuna AstraZeneca elaboradas con el principio activo producido en la Argentina llegaron este lunes por la tarde a Buenos Aires desde Estados Unidos, con lo que el país superó las 20 millones de dosis recibidas para su plan de inmunización
Con ello, el número exacto de dosis recibidas por Argentina desde el inicio de la pandemia es de 20.677.145. De ese total, 9.415.745 corresponden a Sputnik V (7.875.585 del componente 1 y 1.540.160 del componente 2), 4.000.000 de Sinopharm, 580.000 AstraZeneca – Covishield, 1.944.000 AstraZeneca a través del mecanismo Covax y 4.737.400 dosis de AstraZeneca-Universidad de Oxford.
El presidente Alberto Fernández encabezó la comitiva que recibió el nuevo cargamento de vacunas en el aeropuerto de Ezeiza, junto a la ministra de Salud, Carla Vizzotti; el jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, y la asesora presidencial, Cecilia Nicolini.
«La vacunación es la puerta de entrada a la vida. Así superaremos la pandemia y volveremos a crecer creando trabajo en todo el país», destacó el mandatario desde sus redes sociales.
Fernández reseño que Argentina «ya cuenta con más de 20 millones de dosis de vacunas, tras la llegada de 934.200 dosis de AstraZeneca producidas en conjunto con México».
El vuelo UC1407 de la compañía Latam Cargo de Colombia aterrizó a las 17.45 en la estación aérea.
El cargamento que llegó este lunes es el cuarto de este tipo de vacunas, que se sumarán a las 843.600 dosis recibidas el 27 de mayo, a las 2.148.600 que arribaron el 31 y a las 811.000 que llegaron en la noche de este sábado, en un vuelo de la compañía Aeroméxico, directamente desde el Distrito Federal.
En 1928 un grupo de taxistas porteños encontró una solución desesperada frente a la falta de pasajeros: llevar varias personas por el mismo recorrido. Así nació el colectivo argentino.
Por Alcides Blanco para NLI
Hoy parece imposible imaginar una ciudad argentina sin colectivos. Están en los barrios, atraviesan avenidas, conectan localidades, llevan trabajadores de madrugada, estudiantes, jubilados, familias enteras y millones de pasajeros todos los días. Tienen colores, números, recorridos, terminales, empresas, sindicatos y hasta una cultura propia. Sin embargo, hubo un momento en que el colectivo no existía. Y su nacimiento no ocurrió en un laboratorio, ni en una oficina de planificación urbana, ni como resultado de una gran política estatal. Surgió de una necesidad mucho más sencilla y mucho más argentina: un grupo de trabajadores necesitaba encontrar la manera de seguir viviendo de su oficio cuando los pasajeros empezaron a desaparecer.
La historia se remonta a 1928, cuando los taxistas porteños atravesaban una situación complicada por la competencia de otros medios de transporte. Buenos Aires ya contaba con una extensa red de tranvías, una creciente oferta de ómnibus y una línea de subterráneos que desde 1913 conectaba Plaza de Mayo con Primera Junta. Para los taxistas, competir contra esos sistemas significaba ofrecer un servicio mucho más caro por pasajero. La cantidad de clientes comenzó a disminuir y el problema se convirtió en una cuestión de supervivencia económica.
Fue entonces cuando apareció una idea que, vista desde hoy, parece obvia, pero que en aquel momento significaba cambiar completamente la lógica del taxi: si una persona sola no podía pagar el viaje, podían viajar varias y compartir el costo.
De La “Malaria” Al Primer Colectivo
Los protagonistas de aquella transformación eran taxistas que acostumbraban reunirse en un café de la zona de Floresta. Las fuentes coinciden en que el punto de referencia estuvo en el área de Rivadavia y Lacarra, aunque existen distintas versiones acerca del lugar exacto y de quién fue el primero en proponer la idea. Esa incertidumbre no le quita valor a la historia; por el contrario, muestra que el nacimiento del colectivo fue menos parecido a una invención individual que a una respuesta colectiva frente a una crisis.
Aquellos trabajadores ya habían probado algo parecido en ocasiones especiales. Los fines de semana podían trasladar grupos de pasajeros hacia el hipódromo, las canchas de fútbol o distintos puntos de la ciudad. La novedad de 1928 consistió en convertir esa práctica ocasional en un servicio regular, con recorrido fijo y tarifa determinada.
El 24 de septiembre de aquel año comenzaron los primeros viajes. Los automóviles utilizados seguían siendo, básicamente, taxis modificados. No tenían la apariencia del colectivo que conocemos actualmente y su capacidad era reducida. Las primeras unidades podían transportar alrededor de cinco pasajeros, aunque rápidamente comenzaron a incorporar asientos adicionales y modificaciones en las carrocerías para aumentar la cantidad de personas transportadas.
La tarifa era parte fundamental del negocio. El viaje podía costar 10 centavos hasta Flores y 20 centavos hasta Primera Junta, bastante menos de lo que hubiera significado contratar un taxi completo. El conductor no necesitaba conseguir un único pasajero dispuesto a pagar todo el viaje: podía llenar los asientos con varios usuarios que abonaban individualmente.
Había nacido una nueva lógica económica.
Y esa lógica terminaría transformando Buenos Aires.
El Invento Que El Estado Primero Miró Con Desconfianza
Los primeros colectivos circularon en una especie de zona gris. El sistema era demasiado nuevo como para encajar cómodamente en las categorías existentes y, al mismo tiempo, competía directamente con servicios de transporte ya establecidos.
Los primeros conductores llegaron incluso a escribir con tiza sobre sus vehículos los destinos que cubrían. Era una manera improvisada de informar a los pasajeros, pero también una señal de que nadie sabía todavía exactamente qué iba a convertirse aquel experimento. Con el tiempo aparecieron carteles, colores, recorridos más definidos y unidades especialmente carrozadas.
La competencia no tardó en generar conflictos. El colectivo comenzó a disputar pasajeros con tranvías y ómnibus y enfrentó cuestionamientos, regulaciones y diferentes intentos de ordenar su funcionamiento. El Estado terminó interviniendo y, hacia fines de 1932, la Municipalidad de Buenos Aires reglamentó el servicio, estableció recorridos y comenzó a numerar las líneas.
Es un detalle importante porque muestra cómo muchas veces la innovación aparece antes que la regulación. Primero surge una necesidad, después una solución improvisada y finalmente las instituciones intentan adaptar sus normas a una realidad que ya está funcionando.
El colectivo siguió ese camino.
Primero fue un taxi que llevaba varios pasajeros. Después fue un auto-colectivo. Más tarde, una unidad carrozada específicamente para transportar personas. Finalmente, se convirtió en un sistema de transporte masivo.
Y terminó siendo parte de la identidad argentina.
Mucho Más Que Un Medio De Transporte
Hay algo especialmente interesante en esta historia: el colectivo no nació simplemente como una innovación tecnológica. Nació como una innovación laboral.
Los protagonistas no estaban intentando revolucionar el transporte mundial. Querían trabajar.
La competencia de los tranvías y los ómnibus había reducido sus posibilidades de obtener ingresos y ellos encontraron una manera de ofrecer un servicio más barato sin abandonar su oficio. El resultado fue una transformación que excedió completamente las intenciones originales.
Con el tiempo, el colectivo permitió conectar zonas que no tenían acceso directo a los grandes sistemas ferroviarios o tranviarios. Facilitó el crecimiento de barrios, acompañó la expansión del área metropolitana y convirtió al transporte automotor en una pieza fundamental de la vida urbana.
También creó una nueva relación entre conductor y pasajero. A diferencia de otros medios de transporte masivo, el colectivo tenía una dimensión mucho más cercana: el chofer conocía las calles, los barrios, las paradas y muchas veces a los propios pasajeros. En los primeros tiempos, incluso debía anunciar a viva voz el recorrido para captar clientes.
Con los años aparecerían las empresas, los sindicatos, las regulaciones, las grandes carrocerías y las redes de líneas que conocemos actualmente. Pero en el origen estaba aquel pequeño automóvil convertido en transporte compartido.
Hay otra cuestión que tampoco debería perderse de vista. La historia oficial suele contar el nacimiento del colectivo como una simpática anécdota porteña: unos taxistas se reunieron en un café y tuvieron una idea. Pero debajo de esa postal hay una historia mucho más profunda sobre trabajo, competencia y supervivencia económica.
El colectivo nació porque había una crisis.
Nació porque un grupo de trabajadores vio caer su fuente de ingresos y decidió modificar la forma de prestar el servicio.
Nació porque había pasajeros que necesitaban viajar más barato.
Y nació porque alguien comprendió que podía convertir un problema individual —el taxi vacío— en una solución colectiva: varios pasajeros compartiendo un mismo recorrido.
Esa lógica terminaría dando nombre al invento.
Quizás por eso el colectivo sea uno de los objetos más interesantes para comprender la sociedad argentina. No es solamente un vehículo. Es una consecuencia material de la forma en que una ciudad crece, de cómo se mueve su población y de cómo los trabajadores encuentran respuestas frente a las transformaciones económicas.
Un siglo después, aquella idea improvisada sigue recorriendo las mismas calles.
La primera línea porteña inició sus viajes en 1928 desde la zona de Lacarra y Rivadavia hacia Primera Junta, pasando por Flores. Con el tiempo, ese recorrido se expandió y aquella experiencia dio origen a un sistema que terminaría multiplicándose por Buenos Aires y por todo el país.
Lo extraordinario no es solamente que los taxistas hayan inventado el colectivo.
Lo extraordinario es que una solución pensada para enfrentar una crisis laboral terminó convirtiéndose en una de las instituciones cotidianas más importantes de la vida argentina.
Cada vez que un colectivo dobla una esquina, levanta a un pasajero en una parada o atraviesa un barrio antes del amanecer, hay algo de aquella vieja historia que todavía continúa.
Porque hace casi un siglo, unos trabajadores que no querían quedarse sin trabajo decidieron que, si solos ya no podían sostener el viaje, tal vez la solución fuera viajar juntos.
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Sebastián Pareja sigue padeciendo la sangría de su armado en territorio bonaerense tras el ascenso de Diego Santilli a la jefatura de gabinete y se empaña su sueño por pelear la gobernación en 2027.
El armador de Karina Milei en la provincia, que además preside la sucursal bonaerense de La Libertad Avanza, ahora sufrió la caída de Tomatito y Bigotón, dos de sus referentes en el Conurbano que perdieron el control de las delegaciones distritales de Anses.
En el armado de Pareja admitieron a LPO que recientemente le «cepillaron» la zona a Fabrizio «Tomatito» Martínez en la jefatura regional Conurbano IV de Anses. Y eso que Tomatito no suele achicarse: fue jefe de la barrabrava de Deportivo Laferrere.
Tomatito fue investigado en varias oportunidades por la Justicia bonaerense y tiene un prontuario que incluye un ataque en 2022 en el que su vehículo recibió la friolera de 35 balazos.
El periodista Gustavo Grabia, especializado en el tema de las barrabravas, reveló en su momento que en el armado de Pareja en Avellaneda pisa fuerte Alejandro Caiño, alias ‘Terremoto’, mano derecha de Pablo ‘Bebote’ Álvarez, ex líder de la barra de Independiente. Bebote lideraba la barra del Rojo cuando la senadora libertaria Florencia Arietto se hizo cargo de la Seguridad del club, durante la gestión de Javier Cantero.
Arietto se fue del club dejando como legado el nacimiento de otras dos barrabravas además de la de Bebote. «Fue como tirarle agua a uno de los Gemlins», recuerdan con rencor en el club que preside Néstor Grindetti.
Otro de los libertarios damnificados por el avance de Santilli fue Raúl «Bigotón» Ávila, ex coordinador de Pareja en San Fernando al que le sacaron el control de la delegación del organismo previsional para el que se preparó toda la vida.
El doctor Raúl «Bigotón» Ávila
El asedio a Pareja se expandió en los últimos meses por el acuerdo entre Santilli y los Menem, revelado por LPO. Este medio adelantó que los Menem intervinieron Anses Tigre, donde corrieron al dirigente que encabezó la boleta libertaria en las últimas dos elecciones, Claudio Baumgarten, para poner a la ex concejal del PRO Vanina Pignata.
La doctora Pignata responde al concejal Juan Furnari, con llegada a los riojanos, y asumió este miércoles formalmente en la Anses regional.
También se dieron cambios recientes en la Jefatura Regional de Anses con base en Mercedes, donde fue designada la concejal PRO de San Andrés de Giles Mercedes Condesse, una de las referentes de Santilli en esa región y que estuvo en Casa Rosada para presenciar la jura como jefe de Gabinete de su referente político.
En detrimento del desamor de los medios hegemónicos hacia sus pueblos surgen sociedades débiles, mediocres e infantilizadas; que prefieren creerse cualquier insensatez a tener que enfrentarse a una realidad que genera malestar emocional y se siente hasta en los huesos. La cíclica crisis argentina hermanada con los medios hegemónicos, revela el nivel de desconexión con…
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