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El último pogo bestial con JiJiJi
Publicado el 15 de diciembre de 2021
Si la crisis del 2001 tuvo una banda de sonido, esa música latió a ritmo de cumbia. Y la cumbia se metió en el rock, como parte de una latinoamericanización general. La otra parte se la llevó el llamado rock barrial: un espasmo callejero narrativo empecinado en contar qué ocurría en las esquinas del Conurbano. Hoy ese espacio fue ganado por el trap y derivados: una cazuela en el que se cocen ecos del hip hop, el reggaeton y también, omnipresente, la cumbia. Más allá de la rítmica, hay similitudes: ambos momentos históricos revelaron una música de “texto” que delimita una línea tensada entre, digamos, Pablo Lescano y L-Gante.
El presente de fines de diciembre de 2021 aparece definido por el desastre doble de macrismo y pandemia. Los dos años de cuarentena propulsaron una música indoors, compuesta con los elementos con los que se contaba –una reactualización de la filosofía punk- y diseminada a través de las redes. El encierro pandémico exacerbó los cambios de paradigmas de la industria del entretenimiento e impulsó aún más a las plataformas digitales, esa tendencia hacia las “no cosas” a las que refiere el pensador coreano-alemán Byung-Chul Han.

El periodista Nicolás Igarzábal investigó las llamadas “nuevas músicas urbanas” y menciona los vínculos entre aquella escena y la actual y el “hazlo vos mismo” que supone esta estética. “Pensemos nada más que L-Gante, un cumbiero influido por el reggaeton con vocación rapera, cuyo despegue se dio en plena pandemia a través de una session de Bizarrap: allí arengan con dos vinos de cartón en mano, en un ejemplo de trap barrial”. Igarzábal también avanza sobre la veta tecnológica del fenómeno. “El trap es una música muy económica al momento de hacer un tema, todo lo contrario de lo que implica armar una banda con instrumentos y alquilar salas de ensayo y de grabación. Ahí está el poder de adaptación de la escena trapera: tanto la producción como el consumo suceden en computadoras y celulares. Es la música popular ideal para superar la crisis de la industria discográfica”.
La historia de Los Redondos es singular por donde se la mire. Sobre todo cuando el Indio, en los 90, se reconfigura en héroe de la clase trabajadora.
Así como hace dos décadas el abismo político, social y económico tuvo más que ver con la perversión de arrastre de la década menemista que con la impericia de la Alianza, musicalmente el abismo de esa escena ocurrió tres años después, con Cromañón. Siempre las fechas de los procesos históricos aparecen desfasadas. 2004 fue para el rock lo que el 2001 para el país: mucha muerte, demasiada. Ambos hechos se relacionan profundamente, desde lo político y lo cultural: la corrupción estructural de ciertas instituciones, la futbolización del rock, la precariedad empresarial, una pauperización generalizada. La pérdida de la inocencia de la fiesta de las bengalas salió muy cara. A barajar y dar de nuevo.
El menemismo fue largo y algunas canciones que resultaron proféticas engalanaron las cortinas de los programa de televisión. Ya en 1998 Bersuit Vergarabat anunciaba el estallido –como su fuera el epílogo de Sr. Cobranza, y desde los bordes –desde la periferia de París, desde Barcelona, desde Cartagena, pero esencialmente desde la calle de cualquier lugar- Manu Chao deslizaba una música urgente que funcionaba como un machacante loop rebelde. Cualquiera podía tocar sus canciones, cualquiera podía cantar. El rock se maceraba en las ochavas de los arrabales y en los monoblocks con lo que había: cerveza, fasito, algún aparato para grabar adquirido en el 1 a 1. Para formar una banda bastaba aprender un par de acordes con la profesora de guitarra de la cuadra, llamar a tres amigos y calcar yeites de los Rolling Stones y Creedence. La degeneración de ese rock fue lo que se incendió en Cromañón.

Resulta llamativo que, visto en perspectiva, el rock barrial –también llamado peyorativamente rock chabón– se espejara en el fenómeno de los Redonditos. La trayectoria de “Los Redó” –como lo apocoparon “las bandas”, la manera que encontraron de asesinar el espíritu de Patricio Rey – es singular por donde se la mire. Surgidos como una banda de niños ricos que no tenían tristeza pero sí deseos de experimentar, brote de la alta burguesía de La Plata, los Redonditos conjugaron en una misma propuesta contracultura, política, hippismo, vanguardia y ambición. Sobre todo el Indio, en los años 90 se reconfiguraron en héroes de la clase trabajadora. O, con más precisión, héroes de los expulsados del régimen menemista. Si se tiene en cuenta que el disco debut fue de 1985 (Gulp!), Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota fueron estupendos comentaristas de la democracia recuperada en 1983. No parece casual que se disolvieran centímetros antes del precipicio por donde se despeñaron De la Rúa, Cavallo y compañía. Pasaron del “¡a brillar mi amor!” de la primavera alfonsinista al “lujo es vulgaridad” de los años del menemato, para diluirse con la Alianza y la enfática desolación que supone la frase “¡No da más la murga de los renegados!”.
Patricio Rey fue un estupendo comentarista de la democracia: su debut fue en el 85, con Gulp! Se disuelve centímetros antes del precipicio por donde se despeñaron De la Rúa, Cavallo y compañía.
Los Redonditos tocaron el 4 de agosto en el 2001 en el estadio Chateau Carreras de Córdoba y anunciaron el show de fin de año en Unión de Santa Fe para el 8 de diciembre. Ese concierto nunca se realizó. La fecha programada provocó tensiones internas: la banda iba a tocar sobre un volcán en erupción. Con la sabiduría con que siempre manejaron las tensiones, el terceto encargado de tomar decisiones dijo “basta”. El 2 de noviembre de 2001, Poli Castro, Skay Beilinson y el Indio Solari lanzaron el comunicado oficial que decía que paraban. El impasse que se volvió definitivo.
El rock barrial tomó la colectora de los Redonditos. Cuando la banda de La Plata se disolvió, como diría T. S. Eliot, “en un rápido suspiro”, otros artistas ocuparon el espacio vacío. Algunos sobrevivieron y construyeron su propia épica; otros desaparecieron. Fue en aquellos tiempos en que el periodista Pablo Plotkin observó al rock como uno de los últimos espacios de aventura: “El acceso a la informática encerró a una parte de los jóvenes compositores argentinos a la soledad de su disco rígido. La banda de rock sigue siendo el lugar de la aventura, pero el individualismo electrónico se afianza como alternativa perfecta para aquellos que no están dispuestos a lidiar con problemas de convivencia y caprichos de baterista”, escribió.
Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado no son un premio consuelo: son parte del sistema de eslabones que supone una tradición.
Esa idea de aventura es la que proyecta el Indio Solari con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Los conciertos realizados el último fin de semana en La Plata –el regreso a la presencialidad, luego del fantástico show virtual de Epecuén – reafirmaron la vigencia de una épica. La aparición del Indio Solari como un holograma para cantar seis canciones le da un nuevo condimento heroico a la leyenda ricotera. Todo lo que ocurre alrededor del Solari es gesto, hazaña, epopeya. Las “bandas” no necesitaron la presencia del líder para llevar a cabo cada uno de los rituales: los cantitos, el pogo bestial con Ji ji ji, el desborde emotivo. Muchos recién habían nacido cuando los Redonditos se separaron. Sin embargo, el rescate de los Fundamentalistas es más que un premio consuelo: es el sistema de eslabones que supone una tradición.

Hoy los festivales esponsorizados post pandemia diseñan listas sábanas en las que se mezclan el rock con traperas y traperos para todos los gustos. Se trata de una escena abigarrada, que combina emergentes con consagrados que aspiran esquivar los quince minutos de fama warholianos: Ysy A, Duki, NeoPistea, Ca7riel, Nicki Nicole, Zaramay, Acru, Cazzu y, en otro nivel, Wos. Habrá que volver a escuchar qué dicen las canciones –en estos casos, largas parrafadas- para concluir que siempre el rock y derivados como el noble freestyle fueron y son uno de los más certeros testimonios líricos del doloroso péndulo político y social de la Argentina.
Fotos: Télam
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El golpe a la acción de SoFi, una advertencia para la salida a la bolsa de Ualá
Las fintech fueron durante años una de las apuestas favoritas de Wall Street. La promesa era sencilla: sumar usuarios a gran velocidad, expandirse a nuevos mercados y construir escala. Las ganancias podían esperar. Pero esa lógica empezó a cambiar y hoy los inversores exigen ganancias concretas.
El fenómeno quedó expuesto en la evolución reciente de acciones como SoFi o Nubank. Ambas compañías siguen creciendo y ampliando sus negocios financieros, pero el mercado se volvió mucho más exigente a la hora de valorar ese crecimiento.
«Durante años los inversores estuvieron dispuestos a financiar compañías que crecían aceleradamente incluso sacrificando rentabilidad. Hoy la lógica cambió: Wall Street exige ganancias, eficiencia y capacidad de monetización», explicó Mariano Dragani de Somos Inversores.
El caso de Nubank suele aparecer como el ejemplo más exitoso dentro del universo fintech. La entidad brasileña logró superar los 100 millones de clientes y, al mismo tiempo, construir un negocio rentable. Para los analistas, esa combinación es la que explica buena parte de su valor de mercado.
Advierten que las billeteras virtuales usaron los viajes gratis para minar los datos de los usuarios
La clave ya no pasa solamente por la cantidad de usuarios. «El mercado ya no premia la cantidad de usuarios por sí sola, sino la capacidad de generar ganancias sobre cada usuario incorporado», sostuvo Dragani.
La experiencia de SoFi muestra hasta qué punto aumentó la vara. La compañía presentó ingresos récord, mantuvo un fuerte ritmo de crecimiento y acumuló varios trimestres consecutivos de ganancias. Sin embargo, la acción sufrió luego de la publicación de resultados porque la empresa no mejoró sus proyecciones para el resto del año.
Para Dragani, ese episodio refleja el nuevo estándar de Wall Street. «Ya no alcanza con crecer. El mercado exige superar expectativas, expandir márgenes y mostrar una aceleración constante de resultados», afirmó.
Ualá, que para varios especialistas representa el caso más parecido al recorrido que hizo Nubank en sus primeros años. La compañía cuenta con presencia regional, licencia bancaria e inversores internacionales.
La volatilidad de estas compañías responde justamente a esa exigencia. Mientras hace algunos años los inversores proyectaban crecimiento futuro, ahora examinan indicadores mucho más cercanos a los que utilizan para analizar bancos tradicionales: rentabilidad, retorno sobre el capital, calidad crediticia, costo de fondeo e ingresos por cliente.
El cambio de criterio también empieza a trasladarse a América Latina y abre una discusión sobre cuáles son los jugadores mejor posicionados para protagonizar la próxima historia bursátil de la región.

En Argentina, el líder indiscutido es Mercado Pago. Su ecosistema combina pagos, crédito, inversiones y seguros dentro de una plataforma con presencia regional. Sin embargo, algunos analistas advierten que tamaño y rentabilidad no necesariamente avanzan al mismo ritmo.
«Mercado Pago juega en otra liga por el tamaño de su ecosistema, pero eso no implica necesariamente una alta rentabilidad», señaló el operador financiero Daniel Pesalovo.
Detrás aparece Ualá, que para varios especialistas representa el caso más parecido al recorrido que hizo Nubank en sus primeros años. La compañía cuenta con presencia regional, licencia bancaria e inversores internacionales, elementos que suelen ser valorados por el mercado.
«Ualá sería el retador que puede conseguir ese nivel de escalabilidad. Es el gran candidato para salir a cotizar en bolsa», afirmó Pesalovo. De hecho, mencionó que su fundador, Pierpaolo Barbieri, tiene muy en mente la posibilidad de una futura salida a la bolsa.
Brubank y Lemon. El primero es visto por algunos analistas como el modelo argentino más cercano a SoFi, por su apuesta a captar depósitos y desarrollar un negocio bancario digital integral. Lemon, en tanto, construyó su crecimiento alrededor de las criptomonedas y las stablecoins.
Para Dragani, el desafío será el mismo que enfrentó Nubank antes de consolidarse: demostrar que puede transformar una amplia base de usuarios en ganancias sostenibles. En el mercado consideran que esa prueba será determinante para cualquier fintech que aspire a captar inversores globales.
Más atrás aparecen otros jugadores como Brubank y Lemon. El primero es visto por algunos analistas como el modelo argentino más cercano a SoFi, por su apuesta a captar depósitos y desarrollar un negocio bancario digital integral. Lemon, en tanto, construyó su crecimiento alrededor de las criptomonedas y las stablecoins, un segmento que ganó relevancia en Argentina por la búsqueda de cobertura frente a la volatilidad cambiaria.
Sin embargo, distintos operadores del mercado coinciden en que el contexto actual obliga a demostrar algo más que crecimiento de usuarios. La próxima fintech argentina que llegue al mercado probablemente no será presentada como una startup tecnológica de rápido crecimiento, sino como una entidad financiera rentable y capaz de expandirse de manera sostenida.
