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YO TAMBIÉN VI UN OVNI

Lo sentí desde el primer momento, fue como una extraña sensación que sus dedos me rozaran en ese primer encuentro.

Lo que más me llamó la atención fue su mirada, desorbitada, buscando no sé qué…, sin aparente dirección que lo guiara. Sus pupilas se convirtieron para mí en portales que se abren y se cierran ante un cambio de link, y solo con un simple retocar mi pantalla. Mi dueño se llama Ernesto Ovni.

No es mi intensión revelar por donde mi querido Ovni navega en la web, en ese sentido soy muy respetuoso, y les aseguro que reconozco su pulgar como ningún otro ser en este mundo.

Ernesto es muy bueno y compañero, me apaga para que yo descanse junto a él, me lleva al trabajo, con los amigos, de paseo, y hasta al baño. Sin embargo, nuestra relación es utilitarista, y me va a desechar cuando me rompa, cuando mi batería ya no dé para más, o se enamore de algún modelo nuevo y me tire a la basura como un trapo viejo.

Nunca pensé que nosotros íbamos a reproducirnos en masa. Nuestra evolución no fue diferente a la especie de Ernesto, primero fuimos unos pocos, ahora somos millones, multifuncionales y cómodos. La verdad es que con Ernesto nos llevamos de diez, tenemos un vínculo único, pasamos casi todo el tiempo unidos, de hecho, me parece que mucho más que él con su familia. No lo voy a negar, yo siento que Ernesto es mi familia, y por la forma en que me mira: creo que él también.

Portada: Rey David Sabroso

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    Hallan un altar maya de más de 2.000 años de antigüedad utilizado para sacrificios humanos

     

    Un equipo internacional de arqueólogos descubrió en la selva de Petén, Guatemala, una estructura ceremonial del período Preclásico Terminal que habría sido utilizada para rituales y posibles sacrificios humanos. El hallazgo, considerado excepcional por los investigadores, aporta nuevas evidencias sobre una de las etapas menos comprendidas de la civilización maya y obliga a revisar el origen y la evolución de sus prácticas religiosas.

    Por Alcides Blanco para NLI

    Durante décadas, la imagen de la civilización maya quedó asociada a sus imponentes pirámides, sus extraordinarios conocimientos astronómicos y matemáticos y un sistema de escritura que aún hoy continúa revelando secretos. Sin embargo, el reciente descubrimiento de un altar ceremonial de más de dos mil años de antigüedad en el sitio arqueológico El Tigre, en el departamento guatemalteco de Petén, vuelve a poner en primer plano otro aspecto de aquella sociedad: la compleja dimensión religiosa en la que los rituales de sangre ocupaban un lugar central.

    La estructura fue bautizada «Okox», palabra que significa «hongo» en lengua maya q’eqchi’ debido a su particular forma circular. Los trabajos arqueológicos comenzaron en 2025 y reunieron especialistas de Guatemala, Francia, México y Canadá, quienes lograron identificar un edificio ceremonial excepcionalmente conservado correspondiente al Período Preclásico Terminal (100 a.C.-150 d.C.), varios siglos antes del momento de máximo esplendor de la civilización maya.

    Un edificio único para comprender un período poco conocido

    El altar posee aproximadamente 2,2 metros de altura y cinco metros de diámetro, construido con enormes bloques de piedra caliza cuidadosamente tallados. A diferencia de muchas estructuras similares deterioradas por el tiempo, conserva molduras decorativas y hasta restos de pintura roja, elementos que permiten reconstruir con mayor precisión la estética ceremonial de aquella época.

    Los investigadores sostienen que la calidad de la construcción demuestra que no se trataba de un espacio secundario, sino de un edificio destinado a ceremonias de enorme importancia política y religiosa. Además, la estructura aparece asociada a una plataforma rectangular que, en conjunto, supera los diez metros de longitud.

    Pero el verdadero impacto del descubrimiento llegó con las excavaciones realizadas bajo y alrededor del edificio.

    Los arqueólogos encontraron los restos de un bebé de menos de tres meses enterrado debajo de un recipiente ceremonial, además del entierro de un niño de entre siete y nueve años. Ambos habrían sido depositados durante la construcción del altar como parte de rituales fundacionales.

    En el centro de la estructura apareció además el esqueleto de un hombre adulto de entre treinta y cuarenta años acompañado por una espina de mantarraya, instrumento ampliamente conocido en el mundo maya por su utilización en ceremonias de autosacrificio mediante perforaciones rituales. Para los especialistas, ese elemento sugiere que el individuo ocupaba un importante rol religioso o político dentro de la comunidad.

    La asociación entre estos entierros y la construcción del edificio constituye una fuerte evidencia de prácticas rituales que podrían incluir sacrificios humanos, aunque los investigadores mantienen la cautela científica hasta completar todos los estudios bioarqueológicos.

    La religión maya, mucho más compleja que los estereotipos

    Durante mucho tiempo la imagen de los sacrificios humanos quedó dominada por las descripciones realizadas por los conquistadores españoles, muchas veces utilizadas para justificar la conquista. Sin embargo, la arqueología moderna ha permitido construir un panorama mucho más complejo.

    Las investigaciones muestran que los mayas concebían el universo como un delicado equilibrio entre el mundo humano y el divino. La sangre representaba una sustancia sagrada capaz de alimentar a los dioses y garantizar el orden cósmico, la fertilidad de las cosechas y el ciclo del tiempo.

    No todos los sacrificios involucraban la muerte. Los gobernantes y sacerdotes practicaban con frecuencia autosacrificios, perforándose lengua, orejas o genitales mediante espinas de mantarraya para ofrecer su propia sangre durante ceremonias públicas.

    Cuando existían sacrificios humanos, estos respondían a contextos muy específicos: dedicación de edificios, funerales de personajes de alto rango, conflictos militares o acontecimientos considerados extraordinarios. Precisamente por ello, el hallazgo de Okox resulta tan relevante, ya que documenta este tipo de prácticas varios siglos antes del auge clásico de la civilización.

    Los especialistas consideran que este descubrimiento permitirá comprender mejor cómo evolucionaron las creencias religiosas mayas antes del período comprendido entre los siglos III y IX d.C., cuando ciudades como Tikal, Palenque, Copán o Calakmul alcanzaron su máximo desarrollo.

    Lejos de reforzar los antiguos estereotipos sobre una cultura exclusivamente asociada a la violencia ritual, el hallazgo confirma algo mucho más interesante para la arqueología: la religión maya fue un sistema profundamente sofisticado, donde arquitectura, astronomía, poder político y ceremonias formaban parte de una misma visión del universo. Cada nuevo descubrimiento permite reconstruir ese complejo rompecabezas y demuestra que, más de dos mil años después, la selva de Petén continúa guardando piezas fundamentales para comprender una de las grandes civilizaciones de América.

     

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