VIAJE CON MALBEC

En esta oportunidad, Facu Gagliano, sommelier internacional nos muestra el mapa del Malbec en Argentina. Para leer con la agenda y el mapa a mano.

Argentina es un país que presenta una gran diversidad climática y geográfica, la Malbec puede expresar estas diferencias en los vinos que se elaboran con ella en todo el ejido Nacional. Plantado en toda la Argentina, de norte a sur cambia de sabor según la región.

El mapa del Malbec es fascinante y te garantiza un viaje fantástico por toda la Argentina, expresando en cada vino las condiciones climáticas y geográficas, como así también las culturales de cada zona en particular.

Les obsequio un pasaje y los invito a disfrutar de este viaje por la argentina al malbec.

Patagonia

Una de las regiones más australes del mundo. Los malbec de Neuquén, con viñedos de menos de 30 años, presentan un elevado color, aromas a fruta maduros y buen cuerpo con frescura media. Mientras que los malbec del alto valle del Río Negro, son más violáceos, con fruta roja y negra no tan madura, notas herbales y frescas con una boca cuerpo medio y acidez más vivaz que se traduce como más frescura y taninos más firmes. 

El NOA argentino

El Malbec del NOA, debido a la altura en la que se lo cultiva, es tan singular como fascinante: de gran intensidad de color violeta; en aromas ofrece notas fuertes de especias y de fruta madura a cocida, como de mermeladas, mientras que en la boca da mucho cuerpo. Algunos son de altura extrema, más de 2200 metros sobre el nivel del mar.

Mendoza

El 85% del Malbec argentino es mendocino, es decir que de 85 de cada 100 botellas de Malbec son de Mendoza.
Malbec de Luján de Cuyo (900 y 1100 MSNM), se presenta violáceo, con fruta madura, de buen cuerpo, frescura moderada y taninos amplios y amables. El clásico malbec que conquistó el mundo.
En Valle de Uco encontramos viñedos desde los 1100 y hasta 1500 metros. La zona imprime un carácter diferente se presenta con un violeta brillante, aromas a frutas frescas, rojas y negras, con algo herbal y floral. Su cuerpo es medio a buen cuerpo, acidez un poco más marcada.
El Este mendocino entre los 550 y los 800 metros, el calor del verano propone vinos de color rojo de intensidad media, maduros e imponentes en aromas, cuya riqueza alcohólica combinada con frescura moderada.

San Juan

La segunda provincia productora de vino argentino. Con valles muy importantes como los son el Pedernal, entre 1200 y 1500 MSNM ofrece marcados en la frescura y la intensidad; nada que envidiar a los del Valle de Uco y los del valle de Ullúm, a 500 MSNM otorga Malbec de buen cuerpo e intensidades medias.

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  • Un nuevo mapa para el patio trasero

     

    Es el día después de la captura de Nicolás Maduro. Donald Trump da una breve entrevista telefónica a The Atlantic. No deja lugar a dudas: lo de Venezuela no abre una transición democrática. Tampoco reconoce a Delcy Rodríguez como autoridad real. “Nosotros estamos a cargo”. El presidente de Estados Unidos fija el marco: Venezuela es un protectorado donde el petróleo, las carreteras, los puentes, las elecciones y hasta el ritmo de la violencia quedan bajo la órbita de Washington. Llama al hemisferio occidental “nuestro patio trasero”, promete “arreglar países rápido”, imponer “acceso total” a recursos estratégicos y advierte que quien no obedezca enfrentará algo “peor” que Maduro. 

    Trump habla desde su club de golf en West Palm Beach, de excelente humor, y le aclara al periodista que Venezuela puede no ser la última intervención estadounidense. “Necesitamos a Groenlandia”, dice sobre la isla que pertenece a Dinamarca, aliado de la OTAN. El día anterior había amenazado a los presidentes de Colombia, México y Cuba. No mencionó en ningún momento a China. Ese es el significante ausente, lo real no dicho: con Trump no hay medias tintas; cuando no nombra algo, es porque ahí está el corazón del asunto.

    En su primer año de regreso a la Casa Blanca, Trump desplegó en América Latina una política exterior pendenciera a cielo abierto y sin tapujos. Espectacularidad punitiva, disciplinamiento a países, tutelajes a aliados presentados como recompensas, acuerdos precarios y de servilleta y alineamientos forzados. Impuso aranceles a México mientras exigía control de su política migratoria e intervención militar contra los cárteles; recibió a Nayib Bukele en la Casa Blanca que acogió a los inmigrantes deportados en sus cárceles; endureció sanciones y aranceles a Nicaragua; castigó a Brasil con aranceles y sanciones contra el juez Alexandre de Moraes del Tribunal Supremo Federal —luego retiradas— mientras negoció alivios a cambio de acceso a minerales críticos; en Honduras indultó a Juan Orlando Hernández, condenado en Estados Unidos a prisión perpetua por narcotráfico, y respaldó abiertamente al candidato opositor Nasry Asfura que hoy es presidente electo.

    La lista continúa. Exigió a Panamá la salida de empresas chinas del Canal tras amenazar con anexarlo; retiró el reconocimiento a Colombia como socio en la “guerra contra las drogas” y sancionó al presidente Gustavo Petro; en Argentina otorgó un rescate financiero estratégicamente sincronizado para respaldar a Javier Milei antes de las elecciones legislativas; activó un bloqueo petrolero contra Venezuela con impacto directo sobre Cuba, a la que volvió a designar “Estado patrocinador del terrorismo”. Y el 3 de enero, tras 35 ataques previos a embarcaciones en el Caribe y el Pacífico que dejaron 115 ejecuciones extrajudiciales, ordenó el primer bombardeo estadounidense contra un país sudamericano, Venezuela, y capturó a Maduro. El emblema Nuestro hemisferio sintetiza el ideal y el proyecto: una región de Estados vasallos gobernados por premios, castigos y tutela directa de Washington.

    El siglo XIX como manual para gobernar el XXI

    Este ejercicio descarnado del poder de Trump tiene una inspiración. “Todo se remonta a la Doctrina Monroe. (…) Ahora la llaman el Documento Donroe”, señaló  en la conferencia de prensa del 3 de enero. El paso de Monroe a Donroe no es un simple juego verbal, sino el síntoma de algo más profundo: el llamado “Corolario Trump” no revive la doctrina proclamada en 1823 por el presidente James Monroe, la desfigura y la amplifica, revelando la fascinación del presidente por la política exterior estadounidense del siglo XIX y su creencia de que aquel mundo de esferas de influencia rígidas y jerarquías imperiales puede ser restaurado en pleno siglo XXI.

    La Doctrina Monroe, enunciada dos siglos atrás como una advertencia defensiva y preventiva frente a la posible recolonización europea en un contexto de tensiones con Rusia en el noroeste de América del Norte, la restauración monárquica impulsada por la Santa Alianza y el temor a que esas potencias extendieran su control sobre una América Latina recién independizada, fue durante décadas más una declaración simbólica que una política ejecutable. Cuando el Reino Unido ocupó las Islas Malvinas en 1833 violó esta doctrina –pese a las protestas de Argentina— y Estados Unidos se limitó a observar, dejando que Londres consolidara su control.

    Tras la Guerra Hispano-Estadounidense de 1898 y, sobre todo, a partir del bloqueo europeo a Venezuela en 1902, Washington pasó de intentar evitar interferencias externas a arrogarse el derecho de intervenir activamente para “corregir” a los países de la región. Este giro se cristalizó en el Corolario de Teodoro Roosevelt de 1904, que legitimó la intervención militar ante “conductas incorrectas” o incumplimientos financieros, convirtió a Estados Unidos en gendarme hemisférico, abrió la puerta a más de treinta intervenciones entre 1898 y 1934, se enlazó con el mito del destino manifiesto —la creencia de que Washington está destinado a una expansión continental y a dominar el hemisferio entero—, y transformó la vieja advertencia a Europa en un dispositivo ofensivo de tutela y disciplinamiento regional, frente al cual surgieron respuestas como la doctrina Drago en defensa de la soberanía latinoamericana (1).

    Trump recicla el mismo espíritu de cruzada (2). Admira al Corolario Roosevelt, pero adaptado a la competencia con China: América Latina es un espacio donde Estados Unidos debe impedir la expansión de un rival estratégico. Es una versión contemporánea del “América para los norteamericanos”, ahora formulada como “el hemisferio es parte de nuestra seguridad nacional”. En la nueva Estrategia de Seguridad Nacional —publicada en diciembre de 2025—, la región aparece más subordinada que nunca a la rivalidad con China: no es prioritaria por sí misma, sino por su valor económico, energético, migratorio y geopolítico para sus competidores. El lenguaje de democracia y derechos humanos se desvanece y es reemplazado por una gramática de ventaja económica, control de recursos estratégicos, seguridad fronteriza y alianzas transaccionales. Frente a otros documentos de las últimas décadas, la versión 2025 es abiertamente mercantilista, unilateral y jerárquica: América Latina ya no es un socio a promover, sino una frontera inmediata de seguridad nacional.

    Respecto del ciclo Clinton–Obama, el quiebre es triple: primero, una desideologización liberal que sepulta el discurso de “valores compartidos”; segundo, el reemplazo de la cooperación por el transaccionalismo condicionado, donde Washington premia a los países “capaces y confiables” que abran mercados y recursos; tercero, la regionalización de la competencia con China, que convierte cada iniciativa latinoamericana en un test de alineamiento —si favorece o limita la penetración china en tecnología, energía, minerales críticos o puertos—. De allí se desprenden tres prioridades: contener y desplazar la influencia china en sectores estratégicos (infraestructura, 5G, minerales, energía); reconfigurar los vínculos económicos en favor de empresas estadounidenses, mediante acuerdos bilaterales de nearshoring (relocalización de cadenas de valor dominadas por Washington y definidas por proximidad geográfica) y energía; y blindar la seguridad interna, reforzando control migratorio y presión sobre gobiernos considerados inestables u hostiles. No hay ambición de reconstruir instituciones regionales ni de revitalizar la cooperación: el nuevo esquema apuesta a alineamientos selectivos, puntuales y transaccionales, instrumentalizando antagonismos en la región y obstruyendo mecanismos regionales autónomos —como la CELAC— para sostener la hegemonía hemisférica.

    Trump se propone tejer una red de subordinados regionales —gobiernos MAGA o no MAGA— dispuestos a habilitar la injerencia en sus políticas internas para alinearlas con los intereses estadounidenses. La estrategia premia a gobiernos, partidos y movimientos que aceptan este marco y no descarta pactos instrumentales con actores ideológicamente disímiles si garantizan control territorial, seguridad y cadenas de valor. La prioridad ya no es la democracia, sino una estabilidad “cómoda y tolerable” y la disciplina geopolítica del patio trasero frente a China. 

    En paralelo, impulsa un repliegue militar global para concentrarse en el hemisferio, refuerza la Marina y la Guardia Costera y pone en operación un comando hemisférico de facto y unificado en reemplazo del Comando Sur. Despliega por primera vez casi un tercio de su flota naval en el Caribe para atacar embarcaciones supuestamente “narcoterroristas” en el Pacífico y el Caribe; aplica diplomacia económica con acuerdos basados en premios y castigos para relocalizar cadenas de valor y favorecer a empresas estadounidenses y bloquear competidores; y multiplica intercambios de defensa que incluyen ventas de armas, inteligencia y coordinación sobre políticas migratorias y de seguridad. 

    En conjunto, el Corolario Trump redefine a América Latina como un “espacio tutelado”, subordinado a la preeminencia de Estados Unidos, erosionando el principio de igualdad soberana: reconoce el fin del momento unipolar, asume que Washington ya no puede —ni quiere— ser hegemón global y opta por una hegemonía hemisférica explícitamente transaccional.

    ¿El retorno de las esferas de influencia?

    En una reciente investigación, Bradley Nelson (2025) señala que la política exterior de Trump se apoya en las esferas de influencia, entendidas como regiones, o partes de regiones, en las que las grandes potencias ejercen una influencia significativa —diplomática, económica y militar— sobre las políticas exteriores de otros Estados y, en ocasiones, sobre sus procesos internos. Las grandes potencias buscan estas esferas por los beneficios estratégicos que proporcionan o potencian, como recursos, materias primas, zonas de amortiguamiento, capacidades de proyección de poder y seguridad. (3)

    Nelson sostiene que la Casa Blanca persigue activamente una doctrina de predominio estadounidense en el hemisferio occidental, al tiempo que se retrae de la mayor parte del resto del mundo, cediendo esas áreas al expansionismo de Rusia y China, a cambio de relaciones bilaterales más calmas. El efecto es que Estados Unidos debilita y abandona el orden occidental surgido tras la Segunda Guerra Mundial, que dio lugar a numerosas instituciones, normas y reglas internacionales y que ayudó decisivamente a sostener dicho sistema, en favor de un mundo tripolar —Estados Unidos, Rusia y China— dominado por el poder, la fuerza y la coerción.

    Según esta lógica, Estados Unidos reclama exclusividad sobre el hemisferio occidental —Rusia y China no se meten en Venezuela— y, a cambio, asume implícitamente que no intervendrá directamente en los espacios vitales de sus rivales —Ucrania para Rusia, Taiwán para China—, un esquema en el que cada gran potencia aspira a ser hegemón regional y a impedir que otros lo logren. América Latina se configura así como el área de influencia natural de Estados Unidos, equivalente a lo que Rusia reclama en Eurasia o China en su periferia marítima. Aunque la idea parece sencilla, resulta paradójica: se trataría de un trueque geopolítico de esferas que se perciben como territorios cerrados en un mundo globalizado, atravesado por redes económicas, tecnológicas y financieras interdependientes.

    La Nueva Estrategia de Seguridad Nacional (NES) de 2025 plasma estas prioridades, situando al Hemisferio Occidental en el epicentro de atención. Allí, el discurso oficial apunta a drogas y migración, pero la preocupación real es China, incluso más que Rusia, mientras se minimiza el apoyo directo a los aliados europeos. Aunque el documento no lo diga, este reordenamiento encaja con la tesis del académico realista John Mearsheimer en The Tragedy of Great Power Politics (2001): Estados Unidos es el único hegemón regional de la historia y busca impedir que otras grandes potencias dominen sus propias regiones, lo que establece un orden de prioridades: primero el Hemisferio Occidental, luego Indo-Pacífico, después Europa, más lejos Oriente Medio y, al final, África (4).

    En coherencia con este marco, la NES exige restaurar la “preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental” y bloquear cualquier intento de competidores extrahemisféricos de controlar activos estratégicos: el hemisferio es “nuestro” y Estados Unidos se reserva el derecho exclusivo de protegerlo. En el Indo-Pacífico, China se reconoce como rival sistémico, pero su contención se plantea como una responsabilidad compartida, presionando a Japón, Corea del Sur, Taiwán, Australia e India para aumentar gasto militar y cooperación. De este modo, la NES no describe, como hacía Mearsheimer, una posición de poder ya consolidada, sino que prescribe cómo debería mantenerse. Sin embargo, no pareciera que este diseño de hegemonía hemisférica rígida, combinado con la externalización de costos en Asia y Europa, pueda sostenerse en un mundo cada vez más policéntrico y post-occidental.

    Como reconoce el propio Mearsheimer, su tesis, el “realismo ofensivo”, no es una creación propia: sus raíces se remontan a la Primera Guerra Mundial y a G. Lowes Dickinson, cuando la disciplina de Relaciones Internacionales surge al calor de la Liga de las Naciones. Parte de la premisa de un sistema internacional anárquico, en el que todos los Estados poseen capacidades ofensivas, desconocen las intenciones de los demás y priorizan la supervivencia, lo que los impulsa racionalmente a maximizar su poder relativo. Predomina así un sesgo revisionista: las potencias insatisfechas tienden a iniciar conflictos porque quienes ganan pueden aspirar a la hegemonía. De esta lógica se deriva que el objetivo óptimo sea convertirse en hegemón regional e impedir que otros lo logren, mediante guerra preventiva y control de esferas de influencia, entre otras herramientas. El conflicto no aparece como una anomalía moral, sino como una consecuencia estructural del sistema (5).

    Esta doctrina del control de esferas de influencia surge primero como práctica histórica de las grandes potencias y luego se teoriza en el marco del realismo clásico de Hans Morgenthau y el realismo ofensivo de Mearsheimer. Su origen moderno se remonta al siglo XIX, cuando imperios europeos y Estados Unidos comienzan a dividir el mundo en zonas de primacía reconocida: el Concierto de Europe tras 1815, la Doctrina Monroe en 1823, la expansión británica en el Índico y el reparto colonial de África en Berlín en 1884-85. Estas esferas no eran sólo territoriales, sino que implicaban control político, financiero, comercial y militar, bajo la premisa de que cada gran potencia debía contar con un “espacio vital” libre de rivales. Durante la Guerra Fría, esta práctica se institucionaliza: el bloque soviético en Europa del Este y la hegemonía estadounidense en el hemisferio occidental son ejemplos canónicos de esferas de influencia reconocidas de facto.

    Para América Latina, el regreso de esta biblia realista ofensiva significa aceptar que no hay lugar para la autonomía de los estados más débiles, ni para el multilateralismo ni para el derecho internacional que pudiera protegerlos. De acuerdo con Mearsheimer, “a Estados Unidos le conviene ser la única potencia hegemónica regional del mundo. No queremos que ningún otro país domine su continente, porque así podrían incursionar en el nuestro sin preocuparse por la geopolítica de su entorno”. Rige entonces la ley del más fuerte.

    El precio de una doctrina mal envejecida

    Aunque Trump pareciera actuar sin freno, la doctrina de las esferas de influencia enfrenta hoy límites estructurales. Su eficacia se reduce porque el orden internacional ya no es solo territorial, sino económico, tecnológico y planetario: las cadenas de suministro globales y la digitalización hacen casi imposible “cerrar” una región frente a un actor externo. A esto se suma la falta de reconocimiento mutuo global: Estados Unidos no respeta la “zona de seguridad” rusa, China no acepta la primacía estadounidense en su periferia marítima y Washington rechaza la presencia china en América Latina. Sin este acuerdo tácito, la doctrina funciona de manera unilateral, generando fricciones y rivalidades más que estabilidad. La estrategia de Trump combina la herencia de la Doctrina Monroe con la lógica moderna de esferas de influencia, pero aplicada a un mundo donde las “zonas exclusivas” son disputadas, porosas y difíciles de sostener; por eso, su viabilidad práctica resulta, en el mejor de los casos, severamente limitada.

    Por otro lado, existen costos inevitables. Mantener a las grandes potencias fuera del hemisferio occidental es complicado: varios gobiernos latinoamericanos pueden buscar cooperación con China, Rusia u otras potencias, aún sin intenciones de desafiar la hegemonía estadounidense. Concentrar recursos en dominar América Latina podría limitar la capacidad de Estados Unidos para contrarrestar rivales en otras regiones y generar resentimiento regional. La estrategia corre el riesgo de transformarse en un auténtico pantano estratégico, donde la búsqueda de estabilidad sin incentivos —“accesos sin zanahoria”— ni consensos termina por socavar la propia preeminencia de Estados Unidos.

    Si bien las potencias buscan estas zonas para protegerse de rivales cercanos, la lógica clásica puede generar dilemas de inseguridad, efectos de escalada, división de bloques enfrentados, alineamientos cruzados y antagonismos irreconciliables. La concepción tradicional de esfera, pensada como control territorial, se ve tensionada por una globalización fragmentada que limita la legitimidad de cualquier intento de dominio exclusivo. Se trata de una doctrina mal envejecida, estructuralmente insuficiente para sostener una cruzada eficaz contra China en el siglo XXI. La interdependencia económica erosiona la lógica territorial clásica. A diferencia de la Guerra Fría, China no necesita bases militares en el hemisferio occidental para influir: controla nodos críticos de comercio, financiamiento, tecnología e infraestructura a través de cadenas de valor globales. Las esferas concebidas como zonas geográficas cerradas resultan inoperantes frente a redes transnacionales de producción, finanzas y datos.

    Además, la doctrina sobrestima la coerción unilateral. Parte de la premisa de que un hegemón regional puede excluir rivales de su área vital, pero hoy los Estados medianos tienen mayor margen de maniobra que en el siglo XIX o la Guerra Fría; México, Brasil, Argentina, Colombia o Chile pueden diversificar alianzas y negociar entre potencias rivales, practicando diplomacia de “hedging” (cobertura) o de equilibristas con agencia propia, aprovechando oportunidades de ambas potencias. Exige más de lo que puede, pues padece de un déficit de legitimidad: la doctrina presupone obediencia, pero en contextos democráticos, poscoloniales y policéntricos, donde la imposición externa genera resistencia, desgaste de élites aliadas y costos reputacionales crecientes.

    En suma, se trata de una práctica que privilegia el poder duro y subestima el poder blando y la gobernanza. China compite no solo con coerción, sino con financiamiento, infraestructura, transferencia tecnológica, promesas de desarrollo y respaldo a espacios multilaterales; la mera negación de accesos no genera alternativas creíbles ni reemplaza el atractivo estructural de Pekín. La lógica de la hegemonía regional asume, además, que Estados Unidos puede replegarse sobre su hemisferio y externalizar costos en otras regiones, cuando la competencia con China es sistémica y simultánea: atraviesa Asia, América Latina, África, Europa y el ciberespacio. En este contexto, no existe “retaguardia segura” en un orden global poblado por actores estatales y grandes empresas tecnológicas con alcance transnacional y con riesgos de escala planetaria.

    La cruzada estadounidense contra China no fracasa por falta de voluntad geopolítica, sino porque intenta librarla con manuales del siglo XIX y buena parte del XX —inflación de amenazas, intervenciones cruentas, tutelajes y ahora bombardeos, invasiones e imposición de protectorados— frente a un competidor que opera con redes, interdependencias y penetración capilar del siglo XXI. Resulta casi irónico que, al seguir al pie de la letra el manual del realismo ofensivo —mantener a Estados Unidos como amo absoluto del hemisferio occidental y vigilante de que ningún rival domine otra región—, Washington acabe atrapado en su propio pantano, incapaz de cumplir cualquiera de las dos metas.

    1. Luis María Drago, canciller de Argentina entre 1902 y 1903 durante la presidencia de Julio Argentino Roca, formuló en respuesta al bloqueo naval de Gran Bretaña, Alemania e Italia en 1902-1903 a Venezuela: sostenía que ningún país extranjero podía usar la fuerza para cobrar deudas soberanas en la región, defendiendo así la soberanía latinoamericana frente a potencias extranjeras.
    2. Malacalza, B. (2025). Las cruzadas del siglo XXI: Cómo la colosal disputa entre China y Estados Unidos está transformando América Latina (y nosotros no nos enteramos). Siglo XXI Editores.
    3.  Nelson, B. (2025). Donald Trump’s Spheres of Influence Strategic Doctrine. Journal Of Global Strategic Studies: Jurnal Magister Hubungan Internasional, 5(1), 1-27.
    4. Katz, M. N. (2025, 19 de diciembre). The Mearsheimer logic underlying Trump’s National Security Strategy. E‑International Relations. 
    5. Ulloa, A. (2021). Realismo estructural. En J. A. Schiavon et al. (Eds.), Teorías de las relaciones internacionales en el siglo XXI. México, CIDE.

    La entrada Un nuevo mapa para el patio trasero se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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    Escándalo en la CNEA: ATE denuncia el desvío de casi $4.000 millones destinados a salarios en Neuquén

     

    La Asociación Trabajadores del Estado encendió todas las alarmas al denunciar la desaparición de $3.863 millones que tenían destino específico para el pago de salarios en la Planta Industrial de Agua Pesada. Apuntan a la conducción de la Comisión Nacional de Energía Atómica y anuncian cortes de ruta.

    Por Ignacio Álvarez Alcorta para NLI

    La Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) quedó en el centro de un grave escándalo político y financiero tras la denuncia pública de ATE por el presunto desvío de $3.863.026.100 que estaban destinados al pago de salarios y al funcionamiento de la Planta Industrial de Agua Pesada (PIAP), ubicada en la provincia de Neuquén.

    La acusación fue realizada por el secretario general de ATE Nacional, Rodolfo Aguiar, quien sostuvo que en diciembre de 2025 ingresó una ampliación presupuestaria con destino específico a la Empresa Argentina de Servicios de Ingeniería (ENSI), responsable de la administración de la planta, pero el dinero nunca llegó a su destino y se desconoce qué se hizo con esos fondos.

    Según detalló el sindicato, los recursos estaban destinados a garantizar el pago de los salarios de diciembre, además de cubrir costos operativos y de mantenimiento de una instalación estratégica para el sistema energético nacional. Sin embargo, los trabajadores pasaron las fiestas sin cobrar y continúan sin percibir sus ingresos, mientras la conducción del organismo guarda silencio.

    Fondos con destino específico que “se esfumaron”

    Aguiar fue categórico al afirmar que no se trata de un error administrativo sino de una irregularidad gravísima. Remarcó que los fondos tenían una asignación clara y que no podían ser malversados bajo ningún concepto, lo que abre la puerta a la hipótesis de un posible accionar delictivo.

    Desde ATE señalaron que la responsabilidad política recae sobre el actual presidente de la CNEA, Martín Porro, a quien acusan de no dar explicaciones sobre el paradero del dinero. Para el sindicato, la situación no solo afecta a los trabajadores y sus familias, sino que pone en riesgo la provisión de insumos y la capacidad de garantizar energía, en un contexto nacional atravesado por recortes y ajuste sobre el Estado.

    Salarios impagos, energía en riesgo y un Estado ausente

    La Planta Industrial de Agua Pesada no es una dependencia menor: cumple un rol estratégico dentro del esquema energético argentino. La paralización de su funcionamiento por falta de salarios e insumos impacta directamente en la soberanía energética, un aspecto que el gobierno de Milei parece dispuesto a sacrificar en nombre del ajuste.

    ATE advirtió que la desaparición de los fondos destinados a salarios no puede analizarse de manera aislada, sino como parte de una política de vaciamiento del Estado, donde se desfinancian áreas sensibles mientras se naturaliza que los trabajadores queden como variable de ajuste.

    Cortes en la Ruta 22 y un conflicto que recién empieza

    Frente a la falta de respuestas, ATE anunció medidas de fuerza inmediatas. En las próximas horas se llevarán adelante cortes en el puente Arroyito, sobre la Ruta Nacional 22, una vía clave para la región. Las protestas comenzaron el lunes 12 de enero y, en principio, se extenderán hasta el viernes 16, en el horario de 7.30 a 10 de la mañana.

    Desde la Junta Interna de la PIAP explicaron que el plan de lucha continuará y que la próxima semana se evaluará profundizar las acciones en función de si la CNEA brinda o no explicaciones concretas y garantiza el pago total de los salarios adeudados.

    Mientras tanto, la pregunta sigue sin respuesta: qué hicieron con los casi $4.000 millones que estaban destinados a los trabajadores. Para ATE, el dinero estaba, tenía destino y se esfumó. Y si no aparecen explicaciones, lo que hoy es una denuncia sindical podría convertirse en uno de los mayores escándalos de corrupción del área energética en los últimos años.

     

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  • El Rally Regional arranca el 11 de Marzo

    La Municipalidad de Villa Regina, a través de la Dirección de Deportes, informa que a raíz de algunos inconvenientes en el tramo Cervantes/Huergo, el inicio del Rally Regional se postergará una semana. Así lo confirmó el presidente de la Asociación Volante de General Roca (AVGR), Jorge Goyo Martinez. La primera fecha del rally regional, denominada…

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  • El gobierno estaría dispuesto a sacar el capítulo de ganancias de la reforma laboral, para que apoyen los gobernadores

     

    La nueva mesa política del gobierno se reunió este viernes para diseñar la estrategia para conseguir el apoyo de los gobernadores para sacar la reforma laboral y encontró rápidamente la respuesta: la eliminación del capítulo de ganancias que les recorta un billón y medio de pesos a las provincias.

    La mesa la integran Santiago Caputo, Diego Santilli, Manuel Adorni, Lule Menem, Patricia Bullrich y Martín Menem. Este viernes se sumó Luis «Toto» Caputo durante la primera parte de la reunión, justamente para hablar del capítulo de ganancias que piden sacar los gobernadores.

    La maniobra del gobierno de introducir en la reforma laboral una reforma impositiva, fue revelada por LPO en una columna exclusiva del diputado Guillermo Michel, ex titular d ela Aduana.

    ¿Quién paga la baja de impuesto a las ganancias de las grandes empresas? 

    De aprobarse el artículo 191 de la reforma que envió el Ejecutivo al Congreso, las provincias tendrían un costo fiscal de 130 mil millones de pesos mensuales, es decir, 1,5 billón de pesos por año. El argumento de la Rosada es que gracias a la reforma laboral, las provincias suplirán esa quita gracias a la generación de empleo.

    De aprobarse el artículo 191 de la reforma que envió el Ejecutivo al Congreso, las provincias tendrían un costo fiscal de 130 mil millones de pesos mensuales, es decir, 1,5 billón de pesos por año.

    Los gobernadores no se tragan esa historia y para eso apoyaron el Presupuesto 2026, para saber de antemano cuántos fondos tendrán disponibles. Un escenario mucho más terrenal que el del futuro próspero que vende el Ejecutivo.

    En el gobierno admitieron a LPO que ya están trabajando en moderar la curva del impacto del artículo de ganancias, pero que quieren sacar la reforma como sea para dar una señal al mercado, al FMI y a la Casa Blanca.

    ‘Hay una baja de impuestos que afectaría a las provincias, y la recuperación de los recursos a través del empleo formal se daría desde 2027. ¿Qué pasa si en 2027 esa formalización no sucede? Bueno, ese es el debate que estamos teniendo con los gobernadores’

    La estrategia discursiva será insistir con que van a hacer cambios y que la votación sea a libro cerrado. Lo mismo hicieron con el Presupuesto y finalmente la oposición les propinó un golpe que llevó a Milei a analizar el veto de la ley de leyes. Los más experimentados del gabinete dicen que el artículo será la zanahoria para que no les rompan el corazón de la reforma. 

    «La idea de los gobernadores es bancar la reforma, pero necesitan mostrar que consiguieron frenar una bomba para irse tranquilos a las provincias», dijo a LPO una fuente que participa de las negociaciones.

     

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