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Tutorías para alumnos de la UNS

En el marco del programa ‘La UNS en la región’, la Directora de Recursos Humanos de la Municipalidad de Villa Regina Celia Riffo se reunió con la referente de la Universidad Mara Rojas para coordinar el trabajo en conjunto con el fin de llevar a cabo el acompañamiento por tutorías a los alumnos que por distintas razones debieron volver a su lugar de residencia en el Alto Valle Este.

El ciclo de talleres ‘Estudiar en tiempos de pandemia’ es una propuesta llevada a cabo por las licenciadas en Ciencias de la Educación Vanesa Arias y María Emilia Repetto y busca sostener el acompañamiento a las trayectorias educativas de los estudiantes de la UNS.

El taller que se realizará mañana jueves 1 de julio a las 18 horas será: ‘Herramientas para la preparación de exámenes virtuales’.

La inscripción puede realizarse a través del siguiente link: bit.ly/34BJfmr (se entregarán certificados de asistencia)

(Foto ilustrativa)

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    De La Forestal a las apps: cien años después, la explotación laboral cambió de tecnología, pero no de dueños

     

    Mientras los peones rurales y los hacheros de principios del siglo XX eran obligados a comprar en las proveedurías de las empresas que los empleaban mediante vales y fichas, miles de repartidores argentinos del siglo XXI terminan endeudados con las propias plataformas para las que trabajan. Separados por un siglo de historia, ambos modelos revelan una misma lógica: trabajadores cada vez más dependientes de empresas extranjeras que convierten el salario en un mecanismo de control.

    Por Alcides Blanco para NLI

    Cuando el salario dejó de ser libertad

    Hay escenas de la historia argentina que parecen haber quedado definitivamente enterradas en los libros escolares. La Patagonia Rebelde, entre 1920 y 1922, y las huelgas de La Forestal, entre 1919 y 1922, suelen recordarse por la brutal represión que sufrieron los trabajadores. Sin embargo, detrás de aquella violencia existía un sistema económico cuya esencia resulta sorprendentemente familiar para la Argentina de 2026.

    Los peones rurales patagónicos trabajaban jornadas que podían extenderse entre 10 y 16 horas, mientras que los hacheros que desmontaban los quebrachales para la compañía británica The Forestal Land, Timber and Railways Company Limited, conocida simplemente como La Forestal, sobrevivían con salarios miserables y condiciones de vida extremadamente precarias. En ambos casos, la dependencia respecto del empleador iba mucho más allá del trabajo cotidiano.

    En numerosos establecimientos, especialmente en La Forestal, una parte importante del salario no se entregaba en dinero sino mediante vales, bonos o fichas emitidos por la propia empresa. Aquellos papeles solamente podían utilizarse en las proveedurías de la compañía, donde los productos solían venderse a precios superiores a los del mercado o donde los vales eran reconocidos por un valor inferior al nominal. El trabajador cobraba de su patrón y, casi inmediatamente, ese mismo dinero regresaba al patrón.

    Aquella práctica no solo reducía el poder adquisitivo de los obreros. También impedía que pudieran ahorrar, elegir dónde comprar o abandonar fácilmente el empleo. El salario dejaba de representar independencia para convertirse en un instrumento de subordinación.

    La tecnología cambió, pero la lógica permanece

    Un siglo después, la Argentina vuelve a exhibir un fenómeno que, aunque adopta formas digitales, reproduce mecanismos sorprendentemente similares.

    Miles de repartidores que trabajan para plataformas de delivery comenzaron a recurrir masivamente a préstamos ofrecidos por las propias aplicaciones o por empresas financieras asociadas, en un contexto de caída del poder adquisitivo, precarización laboral y escasez de crédito tradicional.

    Según un informe difundido en los últimos días, la deuda promedio ya ronda el millón de pesos, mientras que algunos créditos alcanzan costos financieros equivalentes a tasas cercanas al 700% anual, cifras que transforman el préstamo en una pesada carga para trabajadores cuyos ingresos dependen de jornadas cada vez más extensas.

    El mecanismo presenta diferencias formales respecto del sistema de fichas de hace cien años, pero comparte un rasgo fundamental: el trabajador vuelve a quedar económicamente atado a la empresa para la que presta servicios.

    Ya no recibe un vale de papel para comprar alimentos en la proveeduría. Ahora obtiene un préstamo digital cuyo cobro suele descontarse directamente de los ingresos que genera trabajando para esa misma plataforma. La dependencia deja de materializarse en una ficha de cartón y pasa a expresarse mediante algoritmos, aplicaciones móviles y débito automático.

    En ambos casos, el empleador no solamente organiza el trabajo. También condiciona el modo en que el trabajador administra su economía personal.

    Truck System

    En la historia del trabajo existe incluso un nombre específico para este tipo de mecanismos: el truck system. Así se conocía al sistema mediante el cual los empleadores pagaban total o parcialmente los salarios no con dinero, sino con vales, fichas, mercancías o créditos que únicamente podían utilizarse en comercios pertenecientes a la propia empresa o vinculados a ella. Muy extendido durante la Revolución Industrial en Gran Bretaña y luego replicado en distintos países, este esquema permitía a los patrones recuperar buena parte de los salarios abonados mediante la venta de productos con sobreprecios, generando un círculo de dependencia económica que impedía a los trabajadores disponer libremente del fruto de su trabajo.

    La gravedad de este mecanismo fue tal que numerosos países comenzaron a prohibirlo desde fines del siglo XIX mediante las denominadas Truck Acts británicas y otras legislaciones similares, que establecieron como principio básico que el salario debía abonarse en dinero y quedar bajo el control exclusivo del trabajador. Más de un siglo después, las plataformas digitales no pagan en fichas ni obligan a comprar en una proveeduría, pero cuando el trabajador termina financiándose con créditos otorgados por la propia empresa o por entidades asociadas, cuyos descuentos se realizan directamente sobre sus futuros ingresos, vuelve a aparecer una lógica muy parecida: el empleador deja de limitarse a organizar el trabajo y pasa también a controlar, en buena medida, la economía personal de quien trabaja para él. La tecnología cambió, pero el principio que el truck system buscaba imponer —mantener cautivo al trabajador mediante la dependencia económica— encuentra hoy nuevas formas de manifestarse.

    De los capitales británicos a las plataformas globales

    Existe otro elemento que vuelve especialmente sugestivo el paralelismo histórico.

    La Forestal era una empresa de capitales británicos que llegó a controlar millones de hectáreas, ferrocarriles, pueblos enteros, puertos y hasta fuerzas parapoliciales propias para defender sus intereses económicos. Su poder excedía ampliamente la producción de tanino: construía un verdadero Estado dentro del Estado argentino.

    Las principales plataformas de reparto que hoy dominan el mercado argentino también responden a grandes corporaciones internacionales, cuyos centros de decisión se encuentran fuera del país y cuyos modelos de negocios son diseñados para maximizar rentabilidad a escala global.

    Naturalmente, las diferencias históricas son enormes y nadie podría equiparar mecánicamente las condiciones de violencia física que caracterizaron a La Forestal o a la Patagonia Rebelde con la realidad contemporánea. Sin embargo, la comparación permite observar una continuidad inquietante: la subordinación económica de trabajadores argentinos frente a grandes empresas extranjeras que concentran el poder de fijar condiciones laborales, ingresos y mecanismos de dependencia financiera.

    El escenario tecnológico cambió radicalmente. Donde antes había obrajes, hoy existen aplicaciones. Donde antes había fichas impresas, hoy aparecen créditos digitales. Donde antes un capataz vigilaba el rendimiento, hoy lo hace un algoritmo que asigna pedidos, califica desempeños y determina ingresos.

    Pero la concentración del poder económico conserva una estructura reconocible.

    Las luchas obreras de comienzos del siglo XX surgieron precisamente para cuestionar un modelo que transformaba al trabajador en un engranaje completamente dependiente de la empresa. Cien años después, el desafío parece regresar bajo nuevas formas, impulsado por la economía de plataformas, la financiarización del trabajo y la pérdida progresiva de derechos laborales conquistados durante décadas.

    Quizá la mayor diferencia entre ambas épocas sea que la explotación ya no necesita alambrados ni fichas de cartón. Ahora cabe en el bolsillo, dentro de un teléfono celular, y puede administrarse mediante una aplicación que promete flexibilidad mientras convierte el salario futuro en garantía de una deuda cada vez más difícil de cancelar.

     

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    LAS BUENAS NOTICIAS SON UN HECHO, ¿SE PUEDE IR POR UN POCO MÁS?

    ESCRIBE PARA #LATAPA JUAN ZUNINO Luis Scola y Facundo Campazzo, son fuera de serie. Por talento, carácter, amor a la camiseta y sentido de equipo, son dos jugadores de primerísimo nivel, no creo que en el mundial haya siquiera uno más que agrupe sus cualidades como lo hacen ellos. Sin embargo, creo que deberíamos cuidarlos…

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  • Ni vencedores ni vencidos

     

    Terminó la guerra contra Irán. Estados Unidos perdió. Irán ganó. Donald Trump y Masoud Pezeshkian acordaron un cese al fuego y la promesa de reapertura del estrecho de Ormuz, que ya estaba abierto antes del 28 de febrero. A modo de provocación, Foreign Affairs titula en su último número:  ¿Quién ganará la próxima guerra?. Los 13 mil ataques devastadores y las amenazas de borrar una civilización no le alcanzaron a Trump frente a los 2.200 misiles y 4.400 drones de Irán, que dañaron bases y radares estadounidenses en el Golfo y destruyeron ocho aviones, entre ellos un E-3 Sentry de alerta temprana que cuesta 300 millones de dólares.

    Cuando todo parece terminar, nada termina. Mientras en Doha los enviados de Trump, con Qatar como mediador, buscan ampliar el memorándum preliminar para incluir el futuro del programa nuclear iraní; las tensiones entre la élite civil y militar iraní lo alejan. Hay un interés en acordar la liberación de los fondos iraníes congelados depositados en Qatar, pero la Guardia Revolucionaria prefiere mantener cerrado Ormuz o controlarlo con peajes. A esto se suma la escalada: Irán atacó con un dron un buque petrolero de bandera panameña proveniente de un yacimiento catarí, y Estados Unidos respondió bombardeando diez instalaciones militares iraníes. ¿Es posible llegar a un entendimiento en medio de una escalada que no cesa?

    Entretanto, en pleno teatro europeo, el 11 de junio la guerra en Ucrania llegó a los 4 años, 3 meses y 19 días y superó en extensión a la Primera Guerra Mundial.

    Mientras los titulares anuncian victorias y derrotas, en el terreno las guerras no terminan: se pausan, se desplazan, se reanudan. No hay vencedores ni vencidos; hay dueños de las guerras. Accionistas, contratistas, fabricantes y armadores.

    En la madrugada del domingo 14 de septiembre de 2025, el colombiano Alejandro Andrés Carranza Medina, 40 años, pescador de Santa Marta, salió al mar como lo hacía siempre. Nunca regresó. Dos días después, un dron estadounidense bajo control del Comando Sur bombardeó su lancha en el Caribe. Trump lo anunció en Truth Social: “Tres narcoterroristas venezolanos eliminados, carga de drogas destruida”. 

    Luego de que los familiares de Carranza reconocieran la lancha en los videos, el presidente colombiano Gustavo Petro dijo que era un pescador y denunció una violación a la soberanía de su país. Washington no investigó, no identificó a los muertos, no notificó a las familias. La de Carranza presentó una denuncia ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos —el primer recurso legal formal contra la Operación Lanza del Sur—. Desde septiembre de 2025 hasta ahora, esta operación desplegó al menos 62 ataques aéreos en el mar Caribe y el océano Pacífico, destruyó 63 embarcaciones y causó más de 208 muertes entre presuntos narcotraficantes.

    ¿Dónde comienza realmente esta secuencia? En Silicon Valley. Empresas como Palantir y Anduril desarrollan sistemas de inteligencia artificial que procesan enormes volúmenes de datos de satélites, drones y radares para identificar blancos en tiempo real. Sigue en Wall Street, donde megafondos como BlackRock, Vanguard y State Street son los principales accionistas de las mayores empresas del sector de defensa, y capitales de riesgo financian startups militares. Y termina en el Pentágono, que compra esa tecnología a precios altísimos, con contratos que se renuevan independientemente del partido que gobierne y de los resultados de las guerras. Lo que se conoce como kill chain es más que un negocio. Es la consolidación de un nuevo complejo militar-industrial, y ahora tecnológico-financiero, con el suficiente poder para influir no sólo en cómo se hacen las guerras, sino en qué futuros se vuelven pensables y en cuáles no.

    En el Caribe, los Andes, el Pacífico, el Amazonas, la Patagonia y el Atlántico Sur, los gobiernos hostiles son disciplinados y los alineados hacen su tarea con afán. Argentina es el caso más elocuente. El gobierno de Javier Milei no sólo acompaña esa maquinaria estratégica de control hemisférico, sino que se esfuerza denodadamente para ofrecerse como plataforma irrestricta para ella.  Esta ventana abierta permitirá que las tecnologías de frontera probadas en la región luego se vendan en conflictos más visibles, con contratos más grandes y a precios más altos.

    El gobierno de Javier Milei no sólo acompaña esa maquinaria estratégica de control hemisférico, sino que se esfuerza denodadamente para ofrecerse como plataforma irrestricta para ella.

    El ascenso de los varones guerreros y la reconfiguración del Estado

    “Lo que los altos funcionarios temen más que una guerra sin fin en Corea es la paz”, escribió el periodista Arthur Krock en The New York Times en abril de 1953. Más de siete décadas después, aquella observación vuelve a iluminar el mapa del poder en Estados Unidos. Silicon Valley dejó de ser un simple proveedor del Pentágono para convertirse en parte de su propia arquitectura. La imagen de los gerentes corporativos Shyam Sankar (Palantir), Andrew Bosworth (Meta), Kevin Weil y Bob McGrew (OpenAI) jurando como tenientes coroneles del Destacamento 201 del Ejército estadounidense en junio de 2025 simboliza esa transformación. Ya no se trata sólo de conseguir contratos de defensa, hay una convergencia de intereses entre élites políticas, militares, tecnológicas y financieras, un camino que está redefiniendo la naturaleza del poder global y la forma en que se conciben, preparan y libran las guerras del siglo XXI.

    La historia, sin embargo, no empezó con la administración Trump. El punto de inflexión fue en 2015, cuando Barack Obama nombró a Ash Carter como secretario de Defensa. Carter viajó a Silicon Valley para reconstruir la relación con las grandes tecnológicas, pero encontró un clima de profunda desconfianza: las revelaciones de Edward Snowden habían expuesto la cooperación —voluntaria en algunos casos, impuesta por órdenes judiciales secretas en otros— entre las agencias de inteligencia y empresas como Google, Microsoft, Yahoo, Facebook y Apple, volviendo políticamente tóxica cualquier cercanía de Silicon Valley con el aparato de seguridad. 

    Google le negó la posibilidad de hablar en su campus; Carter dio su discurso en Stanford y anunció la creación de la Defense Innovation Unit Experimental (DIUx), un laboratorio para acelerar la incorporación de tecnologías del sector privado al aparato militar, sentar las bases para integrar inteligencia artificial, drones y sistemas autónomos, y convertir al ejército en el “adaptador más rápido del mundo”, tal como narran Raj Shah y C. Kirchhoff en su libro Unit X.

    Empresas nacidas en Silicon Valley comenzaron a disputar el lugar que durante décadas habían ocupado gigantes tradicionales como Lockheed Martin, Boeing o Raytheon. Peter Thiel fundó Palantir en 2003 con el objetivo de integrar enormes volúmenes de datos para las agencias de inteligencia, y desde Founders Fund financió SpaceX (de su amigo Elon Musk) y Anduril. El Proyecto Maven, lanzado en 2017 por el Pentágono, marcó el ingreso definitivo de las grandes tecnológicas al corazón de la maquinaria militar. Abrió el uso de inteligencia artificial al análisis de imágenes de drones contra el Estado Islámico, con participación de Google, Amazon y Microsoft —aunque las protestas de miles de empleados contra el uso militar de aplicaciones obligaron a Google a retirarse en 2018—. 

    Ese mismo año, Shield AI fabricó drones capaces de ingresar de forma autónoma en edificios sin señal GPS; Anduril comenzó a construir drones autónomos de combate; SpaceX se consolidó como pieza indispensable de la infraestructura espacial militar,  y el Ejército creó el Army Futures Command en Austin. La revolución se aceleró con la IA generativa: desde el lanzamiento de ChatGPT en 2022, sistemas como el Maven Smart System de Palantir o las soluciones de Anthropic para el Departamento de Defensa habilitaron el procesamiento en tiempo real de grandes volúmenes de datos de satélites, radares y drones, la priorización de objetivos y la asistencia a operaciones complejas.

    Lo que comenzó como un esfuerzo por acelerar la innovación terminó generando algo más profundo (y más inquietante): el surgimiento de una nueva élite, cuyo poder ya no depende sólo de ganar contratos con el Estado, sino de intervenir directamente en las decisiones sobre qué tecnologías desarrolla el Pentágono y cuáles serán las prioridades estratégicas de Estados Unidos. Un poder que no se mide en recursos, sino en cómo moldea el futuro.

    El caso de Raj Shah ilustra esto. El mismo funcionario que desde el Pentágono tendió los puentes iniciales con Silicon Valley, asesora hoy la reforma presupuestaria del nuevo Departamento de Guerra, al tiempo que gestiona un fondo de inversión en ese sector. Hoy, la mitad de los miembros de la nueva Junta de Política de Defensa pertenece al lobby y las empresas militares. Asesores e inversores a la vez. La frontera entre el funcionario público y el hombre de mercado se desdibujó.

    Ese cruce define un complejo militar, industrial, digital y masculino —una verdadera “élite del poder”, por retomar el término de Wright Mills. Mills ya advertía que el capitalismo norteamericano se había vuelto en gran medida un capitalismo militar, sostenido por la coincidencia de intereses entre la gran corporación y las necesidades bélicas del Estado. Hoy esa lógica se profundiza y empuja una reconfiguración mayor: del Welfare State al Warfare State; del Estado de Bienestar al Estado de Guerra.

    El combustible de las nuevas guerras

    Paul Scharre advierte en Losing the War of the Future que Estados Unidos ya no posee una ventaja tecnológica decisiva. La IA y los drones son difíciles de monopolizar, y las guerras en Ucrania e Irán muestran cómo países pequeños o medianos y actores no estatales pueden desafiar a grandes potencias con drones baratos y misiles de bajo costo. La economía de la guerra se invirtió. Un dron de miles de dólares puede destruir plataformas de cientos de millones, y la ventaja militar ya no depende de quién inventa primero una tecnología, sino de quién la adopta más rápido. 

    Hoy esa lógica se profundiza y empuja una reconfiguración mayor: del Welfare State al Warfare State; del Estado de Bienestar al Estado de Guerra.

    Esto cambia además la función de la inteligencia artificial. Deja de ser un arma puntual para convertirse en infraestructura, en la base que organiza inteligencia, planificación, selección de objetivos, logística y comando operacional. Por eso el recurso estratégico del siglo XXI ya no es el armamento, sino la “capacidad computacional”: centros de datos, chips, energía y acceso a grandes modelos de lenguaje. Las exportaciones de semiconductores y el acceso a modelos de IA se convierten así en instrumentos de poder geopolítico, y empresas como Palantir, OpenAI, Anthropic o Google pasan a ser actores indispensables en la rivalidad con China.

    Ese cambio en la naturaleza de la guerra tiene un correlato financiero. La inversión de capital de riesgo en defensa se duplicó en cuatro años: pasó de 16 mil millones de dólares en 2019 a casi 17 mil millones sólo en los primeros cinco meses de 2023, con más de 200 acuerdos cerrados. Entre 2021 y 2023, el total rozó los cien mil millones, un 40 por ciento  más que en los siete años anteriores combinados. Fondos como Founders Fund, Andreessen Horowitz y Lux Capital financiaron a empresas como Anduril, Hadrian y Rebellion Defense. Para facilitar el acceso a los fondos del Pentágono, las nuevas firmas contrataron decenas de ex oficiales militares como asesores y ejecutivos, acumulando no sólo altos rendimientos sino también influencia creciente sobre la política exterior estadounidense

    El contexto global propicia esto. El gasto mundial en defensa superó los 2,7 billones de dólares en 2023, con el mayor incremento anual en más de tres décadas —un 9 por ciento—, del cual Estados Unidos representa aproximadamente el 37 por ciento. En ese marco, las nuevas empresas de defensa-tech dejaron en claro sus alineamientos: Palantir mantiene contratos de larga data con las Fuerzas de Defensa de Israel y los extendió tras el inicio de la ofensiva sobre Gaza en octubre de 2023; Anduril emitió declaraciones públicas de apoyo a Israel; el dron Nova 2 de Shield AI fue desplegado en el territorio sitiado. Palantir opera también como proveedor de las fuerzas ucranianas. Una frase del CEO Alex Karp lo sintetiza con ironía: “Los tiempos malos son tiempos buenos para Palantir”.

    Esta cadena de intereses conecta la guerra con el ahorro de la clase media. BlackRock, Vanguard y State Street son simultáneamente los tres mayores accionistas de Lockheed Martin, RTX, Northrop Grumman y L3Harris, y accionistas pasivos de la nueva red de capitales de riesgo en defensa. Palantir es un caso testigo: valuada en 36 mil millones de dólares, obtiene más de la mitad de sus ingresos del gobierno federal, cuyos contratos pasaron de 4,4 millones de dólares en 2009 a 970 millones en 2025; sus acciones, mientras tanto, subieron un 370 por ciento  en el último año. Más conflictos generan más contratos, más contratos elevan el precio de la acción, y esa apreciación termina beneficiando a los fondos de pensiones de millones de norteamericanos.

    El combustible de esto es que el propio ecosistema de capital de riesgo tiene incentivos permanentes para inflar amenazas. Necesita retornos extraordinarios porque entre el 75 por ciento  y el 90 por ciento  de los startups fracasan, y los contratos del Pentágono son la única manera de garantizar una demanda estable independientemente de la rentabilidad comercial. Si Eisenhower advirtió sobre ese complejo en plena Guerra Fría, el siglo XXI exige otra nomenclatura, ampliada por dos nuevos socios: el complejo militar-industrial-financiero-tecnológico.

    Si Eisenhower advirtió sobre ese complejo en plena Guerra Fría, el siglo XXI exige otra nomenclatura, ampliada por dos nuevos socios: el complejo militar-industrial-financiero-tecnológico.

    América Latina en la maquinaria de control

    La Operación Lanza del Sur, que derivó en la muerte del pescador Carranza, es el aterrizaje más representativo de este nuevo complejo en la región. Arroja claridad en algo: la guerra ya no se organiza alrededor de un único contratista que fabrica un sistema completo, sino que funciona como un ecosistema de plataformas interoperables donde cada empresa aporta un eslabón distinto de la misma cadena. Textron brindó vehículos de superficie no tripulados. AeroVironment desplegó drones de reconocimiento. Saildrone —respaldada por In-Q-Tel, el fondo de la CIA— proveyó 20 vehículos autónomos en el Caribe y el Pacífico para detectar embarcaciones y transmitir inteligencia en tiempo real. Palantir integró todos esos flujos mediante software que fusiona datos de sensores, satélites y radares para construir un panorama operacional común y apoyar la identificación y priorización de objetivos. 

    Una serie de contratos afinaron el esquema. A través de su Maven Smart System, Palantir recibió en mayo de 2024 un contrato de 480 millones por cinco años; en mayo de 2025 fue ampliado a 1.300 millones; y en julio de 2025 firmó con el Ejército un acuerdo por hasta 10.000 millones para la próxima década, consolidando 75 contratos previos en uno solo. En abril de 2026, el Comando Sur creó el Autonomous Warfare Command (SAWC), diseñado para desplegar drones aéreos, de superficie y submarinos en el Caribe y América del Sur. Su comandante, Francis Donovan, lo resumió sin eufemismos: el área de responsabilidad del Comando Sur es “un entorno ideal para innovar”.

    Los ataques a las lanchas bajo el pretexto del “narcoterrorismo” representan una forma inédita de intervención, una guerra a distancia ejecutada sin autorización de Naciones Unidas y en abierta violación del derecho internacional. Si Granada (1983) y Panamá (1989) fueron las últimas irrupciones militares directas en la región, las operaciones actuales constituyen la primera guerra remota del nuevo complejo militar-industrial-financiero-tecnológico en América Latina. No buscan ocupar territorio, sino instalar neoprotectorados como el venezolano, asfixiar economías, disciplinar gobiernos y blindar la región frente a China y Rusia —bajo una lógica que remite directamente a la Doctrina Monroe, que Trump rebautizó como “Doctrina Donroe”—. Esa misma lógica desembocó en la operación que resultó en la captura de Nicolás Maduro en Caracas en enero de 2026 y en la presión extendida a Cuba. El patio trasero es ahora patio de guerra. 

    No buscan ocupar territorio, sino instalar neoprotectorados como el venezolano, asfixiar economías, disciplinar gobiernos y blindar la región frente a China y Rusia.

    El encuadre político es el “Escudo de las Américas”, una coalición ad hoc impulsada por Donald Trump en marzo de 2026 para “combatir el narcotráfico, el crimen organizado transnacional y la influencia geopolítica de China en la región”. A la cumbre asistió Milei junto a los presidentes de Bolivia, Chile, Costa Rica, Paraguay, Ecuador y El Salvador, entre otros; mientras estuvieron ausentes México, Colombia —dos pilares históricos de la cooperación antidrogas con Washington— y Brasil. Pero el objetivo real es otro: consolidar una infraestructura de guerra a distancia que Silicon Valley diseña, Wall Street financia y el Pentágono ejecuta en la región. 

    El gobierno de Milei abraza con convicción esta maquinaria y facilita su ensamblaje desde adentro. Con el decreto 1112/2024 autorizó a las Fuerzas Armadas a actuar contra actores no estatales y desplegarse en zonas fronterizas en colaboración con las fuerzas de seguridad —la misma doctrina que el Pentágono aplica en el Caribe bajo el pretexto del narcoterrorismo—. En octubre de 2025, por decreto y sin autorización del Congreso, permitió el ingreso de tropas estadounidenses para el ejercicio “Tridente”. En junio de 2026, Argentina se convirtió en el primer país del hemisferio en incorporarse al Mercado Digital de Drones y Sistemas Antidrones del Pentágono, que contempla sistemas de control para el Atlántico Sur. En paralelo, obtuvo media sanción en el Congreso un régimen especial —el “super RIGI”— para atraer empresas del sector de defensa estadounidense. Palantir, Anduril, Northrop Grumman, Shield AI y Boeing aparecen entre las interesadas. Así se blinda la injerencia del nuevo complejo estadounidense en Argentina, mientras la soberanía se diluye y las guerras siguen gozando de buena salud.

    La entrada Ni vencedores ni vencidos se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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  • FILOSOFÍA DE LA PUTEADA

    La Argentina no sería la Argentina sin la puteada. A partir de ella se expresan esas palabras que movilizan diversas sensaciones: desde la rabia a la ira, desde la indignación hasta ofuscamiento, desde el reproche áspero hasta la calentura más efervescente. Putear es un acto cotidiano que transita por la cancha de fútbol, la casa…

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  • No es sólo fútbol

     

    “Sólo un partido de fútbol”

    “Es solo un partido de fútbol”. La frase de Lionel Scaloni tiene un gran defecto, en tanto busca que algo pase de largo poniéndolo en el centro. No es necesariamente su culpa: está en el centro. De hecho, Carlos Bilardo dijo algo parecido en las horas previas al histórico partido Argentina-Inglaterra de 1986, posiblemente el más importante hasta el día de hoy de la historia albiceleste: “No politics, only football”, en un inglés poco agraciado. Jorge Valdano fue más drástico, cuando planteó: “Es el partido ideal para que los estúpidos se confundan”. Hasta Maradona estaba con esa línea.

    Es problemática la declaración del técnico. Una suerte de utopía de la corrección política, como si las disputas de poder y las problemáticas sociales no fueran un universo inabarcable que envuelve a todas las esferas de la vida. Incluso al fútbol. Y lo que digo, por favor, que no se entienda como un juzgamiento a los protagonistas: no hay institución futbolística más grande que la patria casetera. Podría pasarle a escritores, pintores, compositores y artistas varios: el deporte no es monopolio de sus actores principales. El fútbol también es nuestro —quizás nuestro por completo— y los pueblos construyen memoria como un mosaico complejo, es decir, como pueden. Un partido del deporte más popular del planeta es la vidriera para sensaciones inigualables, reclamos políticos, ensalzamientos culturales, proclamas sociales. O lo que se nos cante.

    Carlos Bilardo dijo algo parecido en las horas previas al histórico partido Argentina-Inglaterra de 1986: “No politics, only football”.

    Ricardo Giusti, que fue titular en ese partido de México 86, le dijo a Andrés Burgo en el libro El Partido, que ganarles “a los ingleses era algo para los muchachos que estuvieron en Malvinas”. Julio Olarticoechea confesó en ese mismo escrito que le avergonzaba el rótulo de “héroes” para los jugadores, porque consideraba que un título así debería quedar para los chicos que pelearon en las islas.

    Es fútbol pero no es sólo fútbol. Y es Malvinas pero no es sólo Malvinas.

    Pensado desde el juego, hay un ángulo ineludible. De los equipos más grandes del mundo, los sudamericanos muestran una peculiaridad: su llegada a la elite no proviene de ventajas económicas sino de un bien que no se encuentra en el desarrollo capitalista, la materia prima con valor agregado. El fútbol con picardía. La Nuestra. En general Argentina y, en menor medida, Uruguay, encuentran una referencia en esa ecuación: no tener los recursos que tienen otros y lograr ser grandes igual. Podríamos incluir a Brasil en ese grupo, aunque es un eje que ha explotado poco.

    Con Inglaterra pasa exactamente lo contrario. Los inventores de este deporte empalman esa condición con su histórica economía colonial. Ese rol poderoso no lo han podido llevar al éxito. Un solo título oficial, hace sesenta años. Imperialismo futbolístico de vitrinas con espacio.

    Argentina empalma, además, una suerte de anticolonialismo futbolístico y cultural. No hay otra explicación para que Maradona sea bandera en Escocia o que haya una huelga general en Bangladesh porque a Diego le cortan las piernas. Maradona no hizo ninguna reforma agraria ni expropió los medios de producción, pero sus actos se convirtieron en una ofensa objetiva a la corona, lo que los convierten en antiimperialistas de facto. El que le roba a un ladrón tiene cien años de pasión.

    Las formas de pararse frente a uno de los partidos más importantes de este siglo son diversas y variadas. Vale todo: uno puede decir que Los Redondos son más grandes que Los Beatles, que la Negra Sosa canta más lindo que Amy Winehouse, que Jorge Luis Borges tiene historias mucho más interesantes para contar que William Shakespeare, que Mariana Enriquez genera mucho más sentimientos con las palabras que J. K Rowling, que el Obelisco es más lindo que el Big Ben, que nadie se acuerda de Wimbledon (eso es cierto, el domingo se jugó la final y nadie se enteró), que Los Palmeras son más que Oasis, que el mate es más rico que el té. Lo que quieran.

    Es problemática la declaración del técnico. Una suerte de utopía de la corrección política, como si las disputas de poder y las problemáticas sociales no fueran un universo inabarcable que envuelve a todas las esferas de la vida.

    Sólo está prohibido bajar el precio. Jugamos contra ellos. Es el partido que no sabíamos que estábamos esperando. Convivimos en silencio con el clásico del nunca jamás: veintiún años sin jugar y venimos a encontrarnos en una semifinal del mundo. Veremos habladurías, estadísticas, datos, referencias, memorias. Pica la pelota y late el corazón. Vamos a ser las mismas personas, pero nada será igual después del miércoles. Olvídense de todo lo que han aprendido. Comiencen a soñar.

    Yo no lo elegí, pero desde la madrugada del domingo se me viene a la cabeza una imagen. En realidad, una escena, para ser más precisos. Es parte del libro Qué quedará de nosotros, de Eduardo Sacheri. Una novela que ficciona al inexistente Regimiento de Infantería N° 43 en la Guerra de Malvinas. 

    La situación mencionada se da en los últimos días de combate, en las cercanías del Monte Tumbledown. A los tres protagonistas, jóvenes de la “clase sesenta y dos”, pibes de Malvinas, les dicen el “Trío Los Panchos”, una forma socarrona de burlarlos porque están juntos todo el tiempo. En un cruce sobre el terreno para cubrir a otros compañeros, logran frenar y asustar una avanzada inglesa que hasta allí no encontraba mayores obstáculos. Uno de ellos no reacciona de la forma esperada. Dice el narrador, o dice Sacheri, como ustedes quieran: “Carlitos se gira hacia el costado y ve que el pelotudo del Conejo sonríe. Mejor dicho, se ríe. Se ríe mientras dispara”. Nosotros lloramos porque vamos a un tiempo extra de algo que miramos por televisión y el pibe se ríe.

    Pero lo que más llama la atención de esa secuencia retratada en la página 388 es que un compañero cordobés, también en plena posición de combate, luego de estar dos meses mal comido, con frío, viviendo en un pozo de zorro, viendo pasar los misiles por encima de su cabeza, lanza a los cuatro vientos antárticos algo así como un soneto:

    —¡Vení Thatcher, la concha bien de tu madre!

    Todo será diferente

    El final del Mundial no es el fin del mundo, pero un poco sí. Hace un mes que nuestra vida está ordenada por un sin fin de partidos, gambetas, goles, amores, odios y lores. Ya los días sin partidos dejan un vacío. Si la vida es eso que pasa entre mundial y mundial, el propio certámen es un interregno. Una pausa. Cómo éramos antes ya no me lo acuerdo. Cómo seremos después es imposible saberlo.

    Lo paradójico es que, en realidad, nada sustancial se modifica. Cuando la atención vuelva a las luminarias tradicionales se verá lo que uno sabe. Javier Milei, por ejemplo, prepara otro de sus planes reaccionarios para una Argentina distópica: una reforma política, un tanto tramposa, para ayudarlo en su reelección. Los jubilados siguen marchando todos los miércoles. La inflación está lejos de ser eliminada y el poder adquisitivo del salario es uno de los más bajos de todos los tiempos. Los jubilados siguen marchando todos los miércoles. Jorge Macri le pega a todo lo que encuentra. Los jubilados siguen marchando todos los miércoles. Marley y Mirtha Legrand estarán al aire en pantalla, viajando y almorzando. Los jubilados siguen marchando todos los miércoles. Salen buenas series en las plataformas: recomiendo Te Encontraré, de Netflix y We are Liars, que puede verse en Amazon Prime. Los jubilados siguen marchando todos los miércoles. Hay que ser muy cagón para no defender a los jubilados. No los olvidemos. 

    Pensado desde el juego, hay un ángulo ineludible: la llegada de Argentina a la elite no proviene de ventajas económicas sino de la materia prima con valor agregado. El fútbol con picardía. La Nuestra. Con Inglaterra pasa exactamente lo contrario.

    Nada cambia pero todo será diferente. Eso es un mundial. La semana que viene nos encontraremos en otro planeta, que a su vez será el mismo.

    Volví a escuchar una canción en estos días. Es del disco El Fin del Mundo de la murga uruguaya Agarrate Catalina. Salió en 2006, el mismo año que Messi debutó en una Copa del Mundo. Es el “saludo” de un verano que los vio ganando el primer premio del carnaval. Empieza así: “El mundo efímero escenario de lucecitas amarillas. Retablo, cielo imaginario de nuestra pobre maravilla. Hay otro mundo tras el mundo. Otra ciudad tras la ciudad. Donde una antigua claridad, vuelve a brillar, en cada nuevo carnaval”.

    La Copa del Mundo es como esa fiesta pagana. Carnaval más sufrimiento. Pasa la vida y los mundiales quedan. Sonrisas, llantos, rencores, licores, amargos sabores. El mundial es el nosotros más grande. Algo así como la vida. 

    Sobrevivir

    Una recomendación, para la posteridad. Siempre hay clima de mundial, solo que a veces es más silencioso. Alguno dijo, en esa telaraña compleja llamada redes sociales, que festejar en el Obelisco un pase a cuartos contra Egipto era de equipo chico. Un poco es cierto. El tema es que esos discursos omiten la esencia de nuestros colores: la Selección no es River, Boca y nada más. También es Yupanqui, Ferro, Cañuelas, Los Cuervos del Fin del Mundo en Tierra del Fuego y Juventud Antoniana de Salta. Es el Monumental, la Bombonera, el potrero de Purmamarca y cualquier cancha que funcione debajo de la autopista. A mucha honra. Varios que reniegan de sus raíces no llegaron a la última semana de la Copa del Mundo.  

    Argentina llegó a estar entre los cuatro mejores equipos del planeta como parte del paisaje. Parece normal. No lo es. El ciclo Scaloni tiene cinco certámenes largos y siempre llegó a semifinales. Excluimos a la Finalissima 2022 de este análisis, dado que fue un solo partido ante Italia. Todo esto luego de ser bicampeón de América y campeón del mundo. Yendo a un universo temporal más amplio, la Selección estuvo veinticuatro años sin estar entre los cuatro mejores del planeta (de 1990 a 2014), mientras que lo consiguió tres veces en los últimos cuatro mundiales. Gracias.

    Es fútbol pero no es sólo fútbol. Y es Malvinas pero no es sólo Malvinas. Está prohibido bajar el precio. Jugamos contra ellos. Es el partido que no sabíamos que estábamos esperando.

    Nunca me gustaron los discursos que autorizan opiniones por cuestiones etarias. Nada más impreciso que las personas que quieren explicarle a los más jóvenes como debería ser su vida por la anti-utopía de que todo tiempo pasado fue mejor. Sin maestrociruelismo, acepten una humilde recomendación: disfruten, porque esto no es común.

    Pero, después de los elogios pertinentes, vale la pregunta. Por qué. O, al menos, por qué así, de esta manera. Nuestra Selección es una suerte de Ministerio de Sufrimiento y Previsión, con todos los amores y honores correspondientes. Fútbol taquicardia al servicio del pueblo.

    Si de fútbol hablamos, quizás suene a conformismo: es difícil la Copa del Mundo. Cabo Verde, Egipto, Suiza. Las previas son más favorables que el tránsito de los partidos, en los que el andar colectivo de jugadores de carne y hueso están dispuestos a mover los hilos de la historia lo mejor que puedan. En los tres partidos, igualmente, Argentina ganó con justicia. Un dato que pasó un poco desapercibido, en esto de ser el equipo enemigo de las banditas tuiteras: el de Scaloni es el equipo con más goles. Hizo tres en cinco partidos y dos en uno. Eso sí, con una fuerte tendencia a naturalizar que los partidos duran ciento veinte minutos y no noventa.

    Esto último nos lleva a la segunda cuestión. Argentina camina sin todo el brillo disponible. Sus jugadores de élite, excluyendo a Messi, prueban sinsabores. Julián Álvarez acaba de tener su única aparición rutilante, Enzo Fernández está desenamorado de los momentos sublimes, Rodrigo De Paul es un cuidadoso descuidado y Alexis Mac Allister no va en patines como en el Lusail. El diez es el uno: ocho goles en cinco partidos y medio para compartir la punta de goleadores con su alterego francés Kylian Mbappé, como si Dr. Jekyll jugara de celeste y blanco y Mr. Hyde de azul.

    De la unidad al colectivo: no fluye el fútbol, anda deslucido. Sufrió ante rivales menores, aunque alguien podría decirme que el fútbol es fútbol y que en 2014 no le pudimos ganar a Suiza hasta el minuto 117 y después llegamos a donde llegamos. También que en la Euro 2021 Suiza eliminó a la Francia campeona del mundo, que le ganaba tres a uno al minuto 80. O que la propia Suiza le ganó a Colombia, que antes salió primera en un grupo con Portugal. Y así hasta el fin de los argumentos sin mucho más sentido que las opiniones.

    Una recomendación, para la posteridad. Siempre hay clima de mundial, solo que a veces es más silencioso.

    Así y todo estamos entre los cuatro mejores. Quizás, insisto, naturalizamos un estándar de belleza demasiado pretencioso. Zlatan Ibrahimovic, ex jugador sueco y actual comentarista del Mundial, lo analizó de manera precisa después del partido con Egipto: “Por esto el mundo teme a Argentina. Puedes criticarlos durante 90 minutos, puedes decir que no jugaron su mejor fútbol, pero cuando llega el momento de la verdad, siempre encuentran una manera de sobrevivir”. 

    Pero hay otro interrogante: cómo es posible sufrir tanto por un partido de fútbol. Una recomendación, esa consulta es mejor sentirla que responderla. Igualmente, para no escaparle al desafío, va una pista. El mundial es una concentración de fútbol. Este deporte genera una magia, ya sea en la selección o en un equipo de barrio: la posibilidad de modificar lo que pasa. No son los mismos los que vieron el gol de Diego a los ingleses, antes o después. Tampoco los que estuvieron el día que su amigo, hijo, primo, hermano hizo el gol de la final de la liga infantil de Tres de Febrero. ¿Qué tienen en común? Algo que contar. No es poco. Una razón de vida. 

    Sólo eso explica que alguien se atribuya (correctamente) el gol de Julián Álvarez al ángulo simplemente porque se cambió de lugar en el sillón o porque una foto del arquero de Suiza haya sido congelada en el freezer antes del partido. Vos podés cambiar al fútbol y el mundo puede ser mejor porque vos ves este deporte. Vaya presión: si eso no genera sufrimiento no se que sí lo hace. Vaya satisfacción: en la interpretación popular de un partido de fútbol se esconde la idea de que el mundo se puede cambiar. Si vivir es, al menos en parte, sobrevivir, no sé si hay mejor manera de hacerlo. 

    La última de Leo

    Por Malvinas. Por el Diego. La canción que la propia Selección viralizó en redes sociales demuestra una poética capacidad de síntesis. La narrativa argentina hizo de la palabra “copa” una suerte de sujeto tácito. La tercera. La cuarta. La última. Lo más sintomático es que Messi, desde el “alentándolo a Lionel” hasta acá, entona las canciones que lo tienen como protagonista. Como si un novelista escribiera sobre sí mismo. Pasa. Es una fase superior del Maradona que hablaba sobre su ser en tercera persona. Messi se canta: es Diego con Spotify.

    Argentina llegó a estar entre los cuatro mejores equipos del planeta como parte del paisaje. Parece normal. No lo es.

    La oferta del mundo será más triste desde la semana que viene. No solo ya no habrá Copa del Mundo sino que pasará algo peor: caminaremos en un planeta en el que ya los mundiales no son jugados por Messi. Qué quedará de nosotros.

    “El final es donde partí”, dice la canción, y nos recuerda lo obvio. “La última de Leo” es el fin de este viaje. Empezó hace veinte años, siempre sufrimos. Todo cambia pero de nosotros partimos: creciste, te recibiste, encontraste el rumbo, lo perdiste, fuiste mamá o papá, te convertiste en abuelo o abuela, cambiaste de ciudad, de casa, de pareja, te separaste, te reconciliaste, eras chico, ahora sos grande. Había algo que no se modificaba: cada cuatro años Messi iba a estar ahí, peleando por vos una Copa del Mundo. El premio no fue ni Qatar ni el bicampeonato de América. No es esta semana, termine como termine. La recompensa fue el camino.

    Si las despedidas son esos dolores dulces, es hora de hablar. De soltar. De decir hasta luego, porque el cambio es simplemente pasar de estar a ser recuerdo. Terreno y memoria. No es tan difícil. Pero eso no me prohíbe la sinceridad: fue un placer alentarte, mirarte, escribirte, llorarte, firmar de vez en cuando un pacto con el mundo horrible porque vos jugabas.

    Y, sabés qué, las copas son lo de menos. Te recuerdo de otra forma. Es algo así como una figura. Pasó en varios partidos y quizás en ninguno. Sos vos, tirado a la derecha como contra Egipto, pidiendo la pelota molesto, enojado, chinchudo, porque el tiempo se acaba. Atás la pelota a tu zurda, mirás al frente y agarrás vuelo. Y ahí, para mí, sos todo. Sos el Gaucho Rivero en las Malvinas, San Martín en San Lorenzo, el Che Guevara en Santa Clara. Sos un cuento de Borges o una letra del Indio. Sos el mundo entero por cambiar. Sos el fino destello de un rejunte de fracasados que dejamos de perder por vos. Sos la ilusión de que lo que viene es mejor. Sos la vida. 

    Nuestra Selección es una suerte de Ministerio de Sufrimiento y Previsión, con todos los amores y honores correspondientes. Fútbol taquicardia al servicio del pueblo.

    De hecho, puedo ir más a fondo. Si pudiera pedir un deseo hoy, además del que ya sabés, le diría al genio que Mario Gotze no haga el gol en el Maracaná en el minuto 113 del tiempo extra en la final del 2014. Pero no para ganar, de hecho no quiero que me aseguren ninguna copa. Quiero esos siete minutos en donde la pelota te llega y vos te convertís en héroe, no por un gol o por una victoria, sino simplemente por ir. Por eso, por la vida, más allá de cualquier cosa, gracias.

    Por Malvinas. Por el Diego. Por la última de Leo. Argentina. Quiero verte.

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