La Dirección de Turismo de la Municipalidad de Villa Regina lanza un nuevo ciclo de capacitaciones denominado ‘Sabores del Valle’ que apunta a fortalecer en la ciudad un sentido de pertenencia hacia los sectores típicos de la región del Alto Valle rionegrino.
El programa turístico-gastronómico contempla un ciclo de cursos, talleres, capacitaciones y seminarios que incluya productos propios de la identidad frutícola y de nuestra historia.
La primera capacitación incluye dos niveles:
Nivel 1 Coctelería en Casa
Nivel 2: Bartender Avanzado
Para más información, costo e inscripción los interesados pueden ingresar a la página de la Municipalidad sección APRENDER https://aprender.villaregina.gob.ar/
Cualquier duda o consulta acercarse a la Oficina de Informes turísticos localizada en Florencio Sánchez 817 o comunicarse al teléfono 2984 904350.
La venta de activos estratégicos durante el gobierno de Javier Milei empieza a mostrar un patrón que excede cada operación individual. Los hermanos Juan y Patricio Neuss aparecen entre los beneficiarios de distintos procesos y ahora una presentación ante la CNV cuestiona el reparto de más de $253.000 millones de reservas de Transener, mientras una denuncia judicial investiga presuntas irregularidades en la privatización de las represas del Comahue.
Por Redacción NLI para NLI
Hay algo que empieza a resultar difícil de presentar como una simple sucesión de casualidades. En el proceso de privatizaciones impulsado por el gobierno de Milei, el nombre de los hermanos Juan y Patricio Neuss vuelve a aparecer asociado a activos estratégicos del Estado, y lo hace ahora en dos episodios que, aunque jurídicamente deben analizarse por separado, plantean una pregunta política y económica mucho más amplia: ¿cómo se están valuando, adjudicando y finalmente explotando los bienes públicos que el Gobierno decidió transferir al sector privado? La discusión dejó de estar limitada a cuánto recauda el Tesoro por cada privatización y comenzó a trasladarse hacia el mecanismo completo de las operaciones, desde la tasación inicial hasta lo que ocurre dentro de las empresas una vez concretado el cambio de manos. En el caso de Transener, documentos enviados a la Comisión Nacional de Valores pusieron bajo la lupa una distribución extraordinaria de reservas apenas concretada la transferencia accionaria; en paralelo, una denuncia ampliada ante la Justicia Federal de Neuquén sostiene que la privatización de las represas hidroeléctricas del Comahue podría estar atravesada por una cadena de irregularidades que habría favorecido a determinados grupos empresarios.
Transener: comprar y encontrar una caja adentro
La operación sobre Transener permite entender por qué el debate resulta particularmente sensible. La compañía no es una empresa energética cualquiera: administra la red de transporte eléctrico de alta tensión y opera más de 12.000 kilómetros de líneas de 500 kV, una infraestructura esencial para el funcionamiento del sistema eléctrico argentino. Su control se encuentra estructurado a través de Citelec, holding que posee el 52,65% de Transener. Antes de la privatización, la mitad de Citelec pertenecía a Pampa Energía y la otra mitad a la estatal Enarsa, lo que otorgaba al Estado una participación indirecta cercana al 26,32% de la transportadora. El Gobierno decidió desprenderse del 50% de Citelec mediante una licitación cuyo valor base había sido fijado en u$s206 millones. Hubo tres ofertas: Edenor ofreció u$s230 millones, Central Puerto llegó a u$s301 millones y finalmente el consorcio formado por Genneia y Edison, vinculada al grupo Neuss, ganó con una propuesta de u$s356 millones.
Hasta allí, podría presentarse como una privatización más: un activo estatal puesto en venta, distintas empresas compitiendo y una adjudicación a quien realizó la oferta económica más alta. El problema aparece cuando se observa qué ocurrió inmediatamente después. Según los documentos enviados a la CNV, Transener había acumulado casi $522.590 millones en una cuenta de reserva destinada a futuros dividendos y, apenas cuatro meses después, ya con el nuevo directorio, la empresa decidió distribuir $253.535.989.514 entre sus propietarios. Es decir, más de $253.000 millones salieron de una reserva que había sido constituida antes del cambio de manos. No se trataba, por lo tanto, de ganancias generadas por la nueva administración, sino de recursos acumulados por la compañía antes de que se concretara la operación.
La dimensión económica de la maniobra es lo que vuelve especialmente incómoda la discusión. Los $253.536 millones distribuidos representan casi dos tercios de los u$s356 millones que el grupo encabezado por Genneia y Edison desembolsó para quedarse con la participación licitada de Citelec. La cuestión que queda planteada, entonces, no es simplemente si una empresa privada tiene derecho a distribuir dividendos de acuerdo con la normativa societaria, sino algo mucho más profundo: qué valor real tenía el activo que se vendió, qué recursos permanecían dentro de la compañía al momento de la transferencia y cómo fueron contemplados esos recursos al momento de establecer el precio de la privatización. Son preguntas que deberán responder los organismos de control y, eventualmente, la Justicia, pero que adquieren especial relevancia cuando se trata de una infraestructura crítica cuyo control estatal acaba de ser reducido.
El caso de las represas y la sospecha de un mecanismo repetido
El segundo expediente agrega una dimensión todavía más delicada. La Fundación Soberanía amplió ante la Justicia Federal de General Roca una denuncia para que se investigue el proceso mediante el cual fueron privatizadas las represas hidroeléctricas del Complejo Comahue. La presentación sostiene que no se trataría de errores administrativos aislados, sino de un mecanismo «sistemático y planificado» destinado, según los denunciantes, a subvaluar activos estatales y transferirlos a un grupo reducido de empresas vinculadas al entorno del poder político. La causa quedó radicada ante el juzgado federal a cargo de Hugo Greca y, naturalmente, las acusaciones deberán ser probadas en el expediente antes de que pueda establecerse responsabilidad alguna.
Lo relevante es que la denuncia identifica cuatro eslabones que, de comprobarse, podrían comprometer la legalidad del procedimiento: la supuesta elusión del Tribunal de Tasaciones de la Nación; la presunta subvaluación de los activos mediante la intervención del BICE y una metodología cuestionada; la identificación de los grupos que terminan accediendo a los activos; y finalmente la realización del concurso sin una base de tasación que, según los denunciantes, garantizara una adecuada defensa del patrimonio público. El cuestionamiento central apunta a que el proceso habría quedado concentrado dentro de estructuras dependientes del propio Ministerio de Economía, que simultáneamente impulsa el programa de privatizaciones, interviene en la elaboración de los pliegos y participa en el proceso de adjudicación.
La discusión sobre la valuación es probablemente el punto más importante de todo el expediente. Porque una privatización no comienza el día en que se abren los sobres con las ofertas: comienza mucho antes, cuando el Estado determina cuánto vale aquello que está dispuesto a vender. Si el precio de partida está subvaluado, una licitación formalmente competitiva puede terminar legitimando una transferencia patrimonial que ya nació condicionada. La denuncia sostiene precisamente que el desplazamiento del Tribunal de Tasaciones hacia el BICE habría generado un problema de independencia, ya que este último se encuentra bajo la órbita del mismo Ministerio de Economía que diseña y ejecuta el programa privatizador. Desde esa perspectiva, la pregunta deja de ser solamente quién ganó una licitación y pasa a ser quién determinó cuánto valía el patrimonio que se puso en venta y bajo qué metodología.
En ese circuito aparece nuevamente Edison, del grupo Neuss, entre las empresas señaladas como beneficiarias de la privatización de las represas, junto con Central Puerto y BML Inversora, controlada por MSU Green Energy. La coincidencia con el caso Transener es políticamente significativa porque muestra que el grupo empresario no aparece en una única operación aislada, sino en distintos segmentos del proceso de transferencia de activos energéticos. C5N ya había consignado, además, que Edison había participado en las licitaciones de las represas de Alicurá y Cerros Colorados, después de que el grupo avanzara en el sector mediante la adquisición de Potrerillos.
Privatizar rápido, recaudar ahora y discutir después
El Gobierno nacional sostiene su programa de privatizaciones como parte de una estrategia destinada a obtener recursos y reducir la participación estatal en empresas y activos públicos. Según la información publicada sobre el proceso, el Ejecutivo proyecta recaudar alrededor de u$s2.300 millones entre este año y el próximo mediante distintas operaciones. Pero justamente por tratarse de activos estratégicos, la velocidad con la que se pretende concretar las ventas puede convertirse en el principal problema político del programa.
Porque si la urgencia fiscal termina subordinando la tasación, la transparencia y los mecanismos de control, el Estado puede obtener dólares en el corto plazo mientras pierde activos cuyo valor económico excede largamente el ingreso inmediato de la operación. Y si, además, después de la venta aparecen reservas, dividendos extraordinarios o nuevas formas de extracción de recursos acumulados previamente por las empresas privatizadas, la discusión deja de ser ideológica y pasa a ser estrictamente patrimonial: ¿cuánto recibió realmente el Estado por lo que vendió y cuánto valor quedó dentro de esas compañías para los nuevos propietarios?
El caso de los Neuss obliga a mirar esa pregunta de frente. No porque una empresa privada no pueda participar de una privatización ni porque toda adjudicación a un determinado grupo empresario sea necesariamente irregular, sino porque la transparencia de una operación pública no se agota en verificar quién ofertó más dinero. También importa saber cómo se determinó el precio base, qué activos, reservas y pasivos fueron contemplados, qué controles se aplicaron, quiénes resultaron beneficiados y qué ocurrió con el patrimonio de las empresas después de la transferencia.
En Transener, una empresa estratégica para el sistema eléctrico, más de $253.000 millones de reservas acumuladas antes del cambio de control fueron distribuidos poco después de la privatización. En las represas del Comahue, una denuncia judicial sostiene que existió un procedimiento que habría permitido subvaluar activos públicos y favorecer a determinados grupos empresarios. Son dos expedientes diferentes, con recorridos institucionales diferentes y con acusaciones que deberán ser probadas, pero juntos exponen una misma zona de riesgo: que la Argentina vuelva a discutir las privatizaciones cuando ya sea demasiado tarde para recuperar aquello que se vendió.
El problema de fondo, entonces, no son solamente los Neuss. El verdadero problema es el modelo. Si el Estado vende sus activos estratégicos con el argumento de que necesita recaudar, pero al mismo tiempo no garantiza una valuación independiente, controles efectivos y condiciones que impidan que el patrimonio acumulado por las propias empresas termine funcionando como mecanismo de recuperación del capital invertido por los compradores, la privatización puede convertirse en algo mucho más rentable para quien compra que para quien vende. Y esa es precisamente la discusión que las denuncias y los documentos sobre Transener y las represas del Comahue están obligando a poner sobre la mesa.
A lo largo y a lo ancho está disponible en librerías y también se puede descargar de manera gratuita acá. Compilado por Ernesto Meccia, escriben Gustavo Ariel Cabana, José Ignacio Larreche, Agustín Liarte Tiloca, Hernán Manzelli, Maximiliano Marentes, Ernesto Meccia, Paolo Paris, Jorge Luis Peralta, Hugo H. Rabbia, Ana Laura Reches Peressotti, Manuel Riveiro, Alejandro D. Rojas, Matías Sbodio, Fabián Vera del Barco, Leandro Wolkovicz, Nicolás Zucco.
Apuntes sociológicos para pensar la vida los gays en el interior
Regresando a Buenos Aires desde Concordia (provincia de Entre Ríos), empecé a ensayar títulos y subtítulos. El subtítulo lo tuve claro desde el principio. En cambio, los títulos que iba imaginando los enviaba por whatsapp a colegas y amigos para saber cómo resonaban. Me gustan los títulos marketineros y los subtítulos analíticos. En ese intercambio, mientras el ómnibus avanzaba por la ruta 14, recibí un mensaje de la escritora Liliana Viola con una propuesta superadora: “A lo largo y a lo ancho”.
Sin embargo, me sentía un panoptista medio grotesco, aunque con buenas intenciones. En realidad, me había hecho daño la pregunta de un amigo que, tal vez, malinterpreté:
—O sea: ¿vos querés hacer una radiografía de los gays en Argentina?
—No, yo busco algo más tranquilo. Me gustaría mostrar, hacer ver. Que la gente se imagine que es un dron y que, viendo su ciudad desde arriba, como si fuera un plano, me cuente cómo es la vida gay ahí, cómo es su vida, por donde se mueve.
Otras veces me veía como un voluntarista ingenuo que trataría de acomodar en un volumen ladrillo tras ladrillo para armar el rompecabezas de una población a la que pertenezco y que sé, por cientos de experiencias propias y ajenas, que no se puede acomodar a nada. Habito un mundo plural, amable, lúdico, desordenado, imprevisible que difícilmente pueda asemejarse a un algo con forma, tamaño y peso específico. De ninguna manera quiero decir que el orden social no condicione la vida de los gays pero sí que los dedos de una mano me sobran si me pongo a pensar en otros segmentos sociales que estén tanto adentro como afuera del orden.
Justamente es esa ubicuidad, sumada a la ubicuidad que impone el deseo perentorio de encontrar sexo con otros hombres, lo que no permitiría que la forma adquiera contornos
estándares. Algunos colegas lograron aterrorizarme por el subtítulo: “Estudios sobre sociabilidad gay en Argentina”.
—Vos estás cerrando sentidos. ¿Cómo vas a hacer con la gente que se autopercibe “marica”, “queer”, “trolo”, “puto”?
—Mirá, yo puedo poner “gay” en general para hacer la convocatoria para las entrevistas y esperar a que la gente luego se desmarque de esa categoría si lo siente necesario. No creo que me dé resultados poniendo todo lo que me decís. Pienso que hasta puede llegar a ser contraproducente para que se acerque gente fuera de nuestros círculos de universidad y militancia.
Fuera de esa cuestión pragmática, recuerdo que había visto un video en Youtube donde Oriana Junco manifestaba con un tono patriótico y corporativo que los “putos” somos todos de una sola “raza”, exhortando a bajar un cambio con las categorizaciones exhaustivas.
Pensando el libro, también afronté un debate que, primero, fue interno. Yo quería referirme a las personas que dan vida a los capítulos como los gays del “interior” o de las “provincias”,
sabiendo que en el contexto del habla argentino eso trae reminiscencias centralistas. Ensayé otras formas de nombrarlos y ninguna me convencía; me parecía que iba a terminar usando tecnicismos que les borrarían la cara.
Un día, en casa, le pedí a un muchacho misionero que no se vaya. Quería compartirle un documental corto, que se llama “Marchar. La manifestación del interior”, de Verónica Eseberri (2014), que muestra la Marcha del Orgullo en la ciudad de Olavarría, provincia de Buenos Aires. Se ven muy pocas personas marchando en condiciones climáticas adversas y la directora va insertando testimonios. A Gastón le encantó y me dijo que el título estaba bueno porque “si vos sos del interior de una provincia, para marchar, primero tenés que hacer un viaje por tu interior”. Había nacido en Candelaria, una pequeña ciudad cercana a Posadas y se estaba refiriendo a la marcha que se hace allí. Él no se había animado a ir.
El “interior” como espacio físico, pero también como “espacio biográfico” (Arfuch, 2002) se entrelazaban de un modo tal que no era posible separarlos. Entendí que tenía enfrente una persona que estaba tratando de poner en valor una travesía identitaria que era más osada y difícil para quienes viven en lugares pequeños. Sentados juntos frente al televisor, sentí como si me pidiese que no olvidara esa circunstancia. ¿Cómo podría, entonces, evocarla si quitaba la palabra “interior”? Hacerlo me parecía un sinsentido: pensaba que sentiría algo parecido si acaso escribiera una semblanza biográfica de Marx y cada vez que alejara mi vista de la pantalla buscando inspiración, lo recordara sin barba. Más adelante, el recuerdo de Gastón hizo que decida: usaría las expresiones gays del “interior” o de “las provincias”, aunque tampoco abusaría de ellas.
(…)
En agosto 2014 me contactó Florencia Magnaterra 2 , una integrante de “Colectiva por la Diversidad de Olavarría”. Quería que viajara a cerrar la XXIII Muestra del Libro con una charla sobre la salida del armario de familiares de personas LGTBIQ+.
Me contó un poco de su historia intensa. Oriunda de Olavarría, había vivido unos cuantos años en Buenos Aires, donde estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires e hizo un proceso de exploración personal e involucramiento en el mundo lesbiano. De regreso a Olavarría sintió un impulso irrefrenable para activar la visibilización de lesbianas, gays y trans. Primero fundó “Olavarrara” y luego la “Colectiva”, organización que gestó la primera Marcha del Orgullo en la ciudad y la región del centro de la Provincia de Buenos Aires, en 2009.
En Olavarría había 111.700 habitantes en 2010. No era cualquier ciudad para mí, tenía rasgos inquietantes. Había crecido a la sombra de la cementera Loma Negra de la familia Fortabat y también la registraba por la amplia actividad que habían cumplido las fuerzas represivas durante la última dictadura militar. Como si fuera poco, Florencia me invitaba a conversar de la salida del armario de los familiares que vivían en ese medio urbano, no de los propios disidentes. Me parecía una convocatoria audaz: ¿cuántas madres? ¿cuántos padres irían a escucharme?
Mientras escuchaba a Florencia era imposible no reconocerme, aunque nuestras historias fueran en algunos puntos contrastantes: como ella yo me había mudado a la ciudad de Buenos Aires (aunque nunca regresé a mi comarca); General Las Heras es mucho más chica que Olavarría (cerca de 15.000 habitantes en 2010) pero la cantidad de detenidos-desaparecidos en relación con su población también es alta. Por último, cuando conocí a Lía (la mamá de Florencia que marchó junto a ella) no pude sino recordar el pesar con que mis padres sobrellevaban el hecho de tener un hijo gay notoriamente amanerado en ese pueblo con miradas de cejas altas y lenguas largas. Tengo memoria: cuando en la calle nos encontrábamos con alguien y se daba la conversación, papá miraba a la otra persona atento menos a lo que decía y más a la forma en que me miraba a mí.
Partí para Olavarría al mediodía en un colectivo de larga distancia de cuarta categoría. Sentí una pena enorme por no poder haberlo hecho en tren. Creo que había pasado por la estación de Olavarría cuando tuve que trasladarme a Punta Alta, en 1986, para hacer el nefasto Servicio Militar Obligatorio. Llovía torrencialmente a medida que nos acercábamos al destino. Adentro del colectivo la humedad era insoportable, había olor a pis. La última parada fue en la terminalde Azul. Llegamos. Divisé a Florencia en la plataforma, me llevó al hotel.
Más que un hotel parecía una casa grande con un primer piso, en cuya planta baja habría funcionado algún comercio. Entré a una habitación modesta y despojada, preparada como para un monje, limpia, y con aspecto a viejo, con un mínimo mobiliario y un pequeño velador. Por suerte daba a la calle. Lo recuerdo perfectamente: ni bien subí la cortina de madera encontré una imagen que me sorprendió, aunque al principio no sabía por qué: el pequeño hotel estaba en una avenida que era muy ancha, enfrente se veían edificaciones antiguas de la misma altura; las veredas, bañadas por la tempestad que no terminaba, estaban como impecables y podían verse, entre largos intervalos de distancia, árboles pequeños que primero me parecieron escuálidos. Me quedé viendo el panorama como embobado. Pensaba en quienes podrían jugar a las escondidas en esa avenida ancha y despojada, expuesta, desnuda, podría decir, con esos arbolitos esqueléticos que no alcanzaban a tapar ni a un perrito.
Tenía hambre. Pregunté en la planta baja por un restaurante y, amablemente, si me prestaban un paraguas. Me dijeron que no.
A la mañana siguiente la lluvia había cesado, hacía mucho frío. En la ducha había un sobrecito de champú de marca desconocida con letras estilo cursiva y bajé a la recepción a pedir uno extra. La señora que había traído el café con leche me dijo que no, que tenía que esperar a la mucama, que no había llegado. Pregunté si había un maxikiosco cerca. Me dijeron que sí. Salí (mañana helada) y cuando llegué a la esquina tuve una sensación parecida a la de la noche: di a una calle ancha de aspecto pelado que enseguida atribuí a la ausencia de árboles; miraba hacia el horizonte y encontraba la misma apariencia despojada. Parecía como si en esa ciudad todo estuviera para ser visto; no lograba imaginar recovecos, alguna sinuosidad.
Florencia pasó a buscarme en auto.
—Acá te sentís sobre expuesta. (…). Sí, es así: hay pocos árboles. (…) Con el tiempo lo manejás pero es agobiante. A veces, los fines de semana me iba a Azul o a Tandil para descansar. (…). Acá es como que te dan ganas de descansar del registro permanente de todo.
Empezó a hablar de la Marcha. Le pedí si podíamos hacer el recorrido de la manifestación con el coche. Accedió con entusiasmo. Sentí que tocaba el cielo con las manos porque, sin
planificación mediante, tendríamos una gran conversación mientras dábamos un gran paseo; estaba por hacer, como decía el antropólogo James Spradley (1979), una entrevista “grand tour”. Fue uno de los momentos más lindos de aquel viaje.
Concentraban en Brown y Colón, luego caminaban por Brown hasta Dorrego, y después tomaban por Rivadavia (la arteria principal de la ciudad) y llegaban al centro, donde se detenían en la plaza central con la bandera en alto frente al Municipio. Hay un documental del que hablé más arriba: “Marchar, la manifestación del interior” de Verónica Eseberri (2014), que muestra a no más de 25 personas marchando. Sobre el final se desata un chaparróny el grupo se refugia en el Cine Teatro Municipal donde leen documentos de programática política.
—Qué mala suerte, cómo les arruinó la lluvia la Marcha.
—No, al contrario: fue increíble. (…). Vos sabés que mientras organizábamos la primera Marcha se corrió el rumor de que en Tandil estaban organizando una contramarcha.
Dimos la charla sobre la salida del armario de los familiares de los disidentes sexuales en la Muestra del Libro. El salón estaba lleno, aunque, a diferencia de lo que me había sucedido en tantas charlas que venía dando, prácticamente nadie se acercó cuando terminamos.
Regresé de Olavarría prometiéndome volver. El micro salió cerca de la medianoche. Compré bebida. Sabía que debería encarar el apuro por el razonamiento sociológico que, a no dudar, me asaltaría durante el trayecto. Era evidente que me perturbaba la configuración del espacio que había visto. Ensayé unas cuantas conjeturas mecánicas, que hubieran decepcionado a Michel Foucault, del tipo: esa ciudad se parecía a un panóptico perfecto, su trazado era una cuadrícula, la falta de árboles colaboraba para que la vigilancia fuera más eficaz, así lo habrían dispuesto los Fortabat, cuánto obstáculos, entonces, para la vida de los gays, pobrecitos, qué extraño que Florencia haya decidido regresar y muchos espasmos más, que se alineaban en mi pensamiento espontáneo, entre lastimoso y victimista. Para colmo, la terminal de ómnibus estaba al lado de la vieja estación de ferrocarril y escuché el silbatazo de un tren, que no imaginé llegando sino partiendo. Era evidente que la imagen de la huida del panóptico comunitario era para mí el desenlace sociológico por antonomasia, como en unos cuantos relatos literarios argentinos que había leído cuando era joven.
Tiempo después empecé a arrepentirme y a sentir que era un poco injusto: ¿cómo podían justificarse mis representaciones victimistas si me habían invitado, justamente, a hablar de orgullo LGTBIQ+ en un evento oficial y si, además, por esas calles que me parecían tenebrosas pasaba la Marcha del Orgullo? Por ahí, los relatos literarios que había devorado ya no eran adecuados para pensar los desenlaces actuales de los disidentes que viven en ciudades como Olavarría; ahora tendrían más recursos para no anhelar el desplazamiento residencial: ¿no había interactuado, acaso, con gente que no había emigrado y que estaba poniendo el cuerpo para que eso no suceda?
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Estoy a fines de los noventa, en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires, parado en una esquina donde asoma una armería imponente que parece tener cien años. En la entrada, un cañón alemán de la primera guerra y una armadura medieval hacen de oficial de migraciones. Dicen que la curiosidad es insubordinación en…
La Municipalidad de Villa Regina informa que la Cooperativa Río Negro brindará información y asesoramiento para todos aquellos interesados que no poseen viviendas y deseen interiorizarse del Plan 150 viviendas anunciadas por el gobierno provincial. La convocatoria es a partir de la semana próxima, de martes a viernes de 8,30 a 13,30 horas en instalaciones…
La diputada nacional Lilia Lemoine denunció penalmente a la senadora bonaerense Malena Galmarini por el viaje en un avión privado a la isla de Barbados, que habría pagado el empresario Francisco De Narváez.
La libertaria explicó que la presentación por el presunto delito de dádivas fue realizada por
el abogado Leandro Furundarena y quedó radicada en la UFI N° 2 de La Plata.
Días atrás, el diario
La Nación
reveló que Sergio Massa, su esposa y un grupo de amigos viajaron en un jet privado tipo Gulfstream a la paradisíaca Barbados. El avión es atribuido a De Narváez y según sostuvo Lemoine el costo del viaje rondaría los 400 mil dólares.
La denuncia pide establecer si Galmarini «recibió gratuitamente un beneficio patrimonial de considerable entidad económica proveniente directa o indirectamente de un empresario privado; quién afrontó efectivamente dicho costo; cuál fue la causa concreta de esa liberalidad y si el beneficio fue otorgado en consideración al cargo público desempeñado por la denunciada».
«Considero especialmente relevante investigar si Francisco De Narváez, las sociedades integrantes de su grupo económico, sus controladas, vinculadas, participadas o aquellas respecto de las cuales posea intereses económicos relevantes mantienen o mantuvieron contratos, concesiones, permisos, autorizaciones, beneficios fiscales, relaciones comerciales, intereses regulatorios o cualquier otro vínculo susceptible de resultar alcanzado por decisiones emanadas del Estado de la Provincia de Buenos Aires», dice la denuncia citada por Lemoine.
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