SIN CONCIENCIA NO HAY DERECHOS

Escriben: Fernando Ramoa y Luciano Ramirez.

Proponemos empezar esta nota con la siguiente pregunta: ¿No les preocupa el hecho de que una sociedad no pueda asegurar su propio bienestar si no es a través de la implementación de políticas de Estado coercitivas o punitivas que potencialmente aumenten las posibilidades de que se cometan abusos de derechos fundamentales?

Mediante el decreto de necesidad de urgencia 297/2020, se nos ordena cumplir con cuarentena total y obligatoria (aislamiento social preventivo y obligatorio) como medida para prevenir la propagación del coronavirus; para asegurar y controlar el cumplimiento de estas medidas preventivas, quedan a cargo las fuerzas de seguridad de todos los órdenes y jurisdicciones (gendarmería, policía federal, policía provincial, entre otras).

Ahora bien, prestemos atención por qué -en este contexto- creemos necesario que hay que mantener bien presente cuáles son nuestros derechos y no olvidar que no pueden ser violados, sufriendo abusos bajo la  justificación de “facultades extraordinarias para actuar o prevenir” en el marco de emergencia sanitaria.

Tenemos que tener en cuenta que hay dos cuestiones que erróneamente chocan: la salud de todes nosotres (salud pública) y nuestras libertades individuales o, de otro modo, el interés general y la libre circulación. Ambas situaciones, en este momento, tienen algo en común pero, al mismo tiempo, son cosas muy distintas.

Actualmente somos testigos, por un lado, de los intentos del Estado en tomar medidas que, a pesar de impactar en la economía y en la sociedad, generen conciencia sobre nosotres para la prevención de contagios del coronavirus. Medidas las cuales se encuentran estrictamente protegidas -frente a su desobediencia- por un marco penal cuyos castigos y repercusiones pueden ser muy altos y perjudiciales. 

Dicen  los artículos del Código Penal Argentino: 

ARTICULO 202. – Será reprimido con reclusión o prisión de tres a quince años, el que propagare una enfermedad peligrosa y contagiosa para las personas.

ARTÍCULO 203. – Cuando alguno de los hechos previstos en los artículos anteriores fuere cometido por imprudencia, negligencia, impericia en su arte o profesión o por inobservancia de los deberes a su cargo, se impondrá multa de PESOS CINCO MIL ($ 5.000) a PESOS CIEN MIL ($ 100.000); si tuviere como resultado enfermedad o muerte se aplicará prisión de SEIS (6) meses a CINCO (5) años.

ARTÍCULO 239. – Será reprimido con prisión de quince días a un año, el que resistiere o desobedeciere a un funcionario público en el ejercicio legítimo de sus funciones o a la persona que le prestare asistencia a requerimiento de aquél o en virtud de una obligación legal.

Por otro lado, tomar conciencia social sobre este tema nos autoexige cada vez más responsabilidad social. Pero esa creciente exigencia de responsabilidad social incrementa también la coerción de hecho no legitimada o no institucionalizada. Hablamos de la coerción privada que tiene iguales efectos nocivos para nuestra vida en comunidad y peor aún, en una situación como la actual, donde se manejan grandes sentimientos de paranoia, psicosis, etc. 

Hasta ahora, de lo que venimos mencionando, vemos que la emergencia sanitaria hace que dos situaciones similares se contrapongan, ¿imposibles de separar?

¿Es necesaria la salida punitiva o coercitiva como método para evitar la propagación? ¿Apelar a la responsabilidad social indefectiblemente tiene que resultar en coerción?

Quizás sea hora de dejar de subestimarnos (aunque sea difícil).

La conciencia social puede llevarnos a resultados positivos sin llegar a necesitar del punitivismo. A partir de este cambio de esquema creemos poder alcanzar resultados muy favorables.

Lo cierto es que estamos plenamente convencidos que, lo deseable para nuestra sociedad, es prevenir la transmisión del virus para evitar muertes y prevenir el punitivismo para evitar abusos y pisoteos de derechos fundamentales.

Portada: Germán Busín

Difunde esta nota

Te puede interesar

  • |

    Mucho antes de Stonehenge: descubren un santuario de 6.500 años diseñado para seguir al Sol y la Luna

     

    Un monumental recinto circular descubierto cerca de Chleby, en la República Checa, tiene unos 6.500 años de antigüedad y fue construido más de un milenio antes que Stonehenge. Sus doce accesos no estarían distribuidos al azar: los investigadores creen que fueron concebidos para observar momentos clave de los ciclos del Sol y la Luna, una evidencia que obliga a reconsiderar cuánto sabían las primeras comunidades agrícolas europeas sobre el cielo, el tiempo y las estaciones.

    Por Alcides Blanco para NLI

    Durante mucho tiempo, cuando se hablaba de las grandes construcciones prehistóricas relacionadas con la observación del cielo, Stonehenge aparecía casi inevitablemente como el gran punto de referencia. El monumento británico se convirtió en el símbolo universal de una humanidad prehistórica capaz de levantar estructuras monumentales y relacionarlas con los movimientos del Sol. Pero una investigación arqueológica que acaba de cobrar relevancia en Europa Central introduce una perspectiva mucho más antigua: cerca de la actual localidad de Chleby, en la región de Bohemia Central, los investigadores estudian un enorme recinto construido hace aproximadamente 6.500 años, cuya arquitectura parece haber sido concebida teniendo en cuenta los ciclos solares y lunares. El sitio no es solamente anterior a Stonehenge: lo precede por más de mil años, y su existencia obliga a retroceder considerablemente el momento en que creemos que las sociedades agrícolas comenzaron a convertir sus conocimientos del cielo en arquitectura monumental.

    El descubrimiento resulta particularmente llamativo por las dimensiones del complejo. El recinto tenía aproximadamente 230 metros de diámetro y estaba delimitado por un foso de más de 2,5 metros de profundidad, formando una estructura casi circular de una escala extraordinaria para una comunidad que vivió durante la prehistoria europea. Pero lo que terminó de despertar el interés de los arqueólogos fueron sus doce entradas, distribuidas de manera aparentemente irregular alrededor del perímetro. Cuando el equipo dirigido por Petr Krištuf, de la Universidad de Bohemia Occidental, comenzó a analizar con mayor precisión la geometría de esos accesos, encontró que su disposición podía formar líneas de observación relacionadas con acontecimientos astronómicos significativos. Según los investigadores, la arquitectura habría permitido seguir momentos importantes de los ciclos del Sol y de la Luna.

    Un calendario construido sobre la tierra

    La cuestión fundamental no es simplemente que los habitantes de Chleby miraran el cielo. Eso, en realidad, no sería sorprendente: para una comunidad agrícola, observar el cielo era una necesidad práctica. El problema consiste en determinar hasta qué punto ese conocimiento estaba organizado, transmitido y convertido en una estructura colectiva. Y es allí donde el sitio adquiere una dimensión histórica extraordinaria, porque la disposición de sus entradas parece responder a determinados puntos extremos de los movimientos celestes, lo que podría haber permitido identificar acontecimientos que se repetían según ciclos relativamente precisos.

    Una de las alineaciones estudiadas por los arqueólogos estaría relacionada con las posiciones extremas de la Luna sobre el horizonte durante su ciclo de aproximadamente 18,6 años, conocido como major lunar standstill. Otra relación geométrica vincularía el amanecer del solsticio de verano con el atardecer del solsticio de invierno. Los investigadores señalan que esta segunda disposición guarda un paralelismo conceptual con el eje principal de Stonehenge, aunque eso no significa que ambos monumentos hayan tenido exactamente la misma función ni que exista una relación directa entre las comunidades que los construyeron. Lo que sí demuestra Chleby, si las interpretaciones continúan siendo confirmadas, es que la utilización monumental de los ciclos celestes aparece en Europa mucho antes de lo que la comparación tradicional con Stonehenge podía hacer imaginar.

    La diferencia temporal es enorme. Los materiales orgánicos analizados permiten situar la construcción de Chleby alrededor del 4500 a. C., mientras que las primeras grandes estructuras de Stonehenge pertenecen a un período posterior, iniciado aproximadamente hacia el 3000 a. C. Esto significa que cuando todavía faltaban más de mil años para que comenzaran las primeras grandes obras monumentales de Stonehenge, en la Europa Central ya existía una comunidad capaz de transformar un espacio de cientos de metros en un complejo cuya geometría aparentemente incorporaba referencias al movimiento de los astros.

    Pero sería un error imaginarlo simplemente como un gigantesco observatorio astronómico en el sentido moderno. Los arqueólogos hablan de un santuario o centro ritual, y la propia disposición del lugar parece indicar que la observación del cielo formaba parte de un sistema social y religioso más amplio. Para aquellas comunidades, el solsticio no era solamente una coordenada astronómica: podía representar un momento de transformación, el cambio de una estación, la renovación de los ciclos naturales y la organización de las actividades agrícolas. El cielo podía funcionar simultáneamente como calendario, referencia religiosa y mecanismo para ordenar la vida colectiva.

    Los animales que custodiaban las entradas

    Hay otro conjunto de hallazgos que refuerza la interpretación ritual del lugar. En el interior del foso fueron encontrados cráneos y cuernos de bovinos, especialmente cerca de algunas de las entradas. Los investigadores consideran posible que estos restos hayan formado parte de la decoración de los accesos monumentales, lo que introduciría un componente simbólico en la arquitectura del santuario. El toro y el ganado tenían una importancia fundamental para muchas comunidades agrícolas prehistóricas, no solamente como fuente de alimento y fuerza de trabajo, sino también como elementos cargados de significado ritual.

    La presencia de estos restos permite comprender por qué reducir Chleby a un “calendario gigante” sería probablemente simplificar demasiado su significado. La astronomía estaba integrada en una cultura ritual, y esa cultura tenía una relación directa con el territorio, los animales, las estaciones y la supervivencia de la comunidad. El mismo espacio que podía servir para identificar el momento del solsticio podía convertirse en escenario de ceremonias, reuniones, celebraciones o prácticas simbólicas cuyo significado exacto todavía se encuentra fuera de nuestro alcance.

    De hecho, una de las grandes preguntas que permanece abierta es precisamente qué ocurría dentro del recinto. Los investigadores están realizando análisis del suelo para determinar qué actividades tuvieron lugar allí y reconstruir cómo fue utilizado el espacio a lo largo del tiempo. El proyecto internacional en el que participan investigadores de la Universidad de Bohemia Occidental, la Universidad Carolina y la Universidad de Hradec Králové busca precisamente comprender la dinámica de utilización de estos paisajes rituales prehistóricos, diferenciando entre actividades ceremoniales, encuentros comunitarios, producción y otras prácticas que pueden dejar rastros microscópicos mucho después de que las estructuras hayan desaparecido.

    Y allí aparece una de las grandes particularidades de Chleby: no permaneció congelado en el tiempo. El sitio continuó transformándose después de que el recinto original perdiera su función. Las investigaciones señalan que durante la Edad del Hierro, alrededor del siglo VIII a. C. en adelante, el antiguo santuario comenzó a ser utilizado de otra manera, hasta convertirse en una estructura vinculada al manejo del agua. Con el paso del tiempo, el espacio fue ocupado por viviendas y terminó integrado a un asentamiento ordinario. Es decir, el lugar que alguna vez pudo haber concentrado ceremonias y observaciones astronómicas terminó absorbido por la vida cotidiana.

    Una revolución que empezó mirando al cielo

    La importancia de Chleby no reside solamente en que sea “más antiguo que Stonehenge”. Esa comparación es útil para dimensionar su antigüedad, pero puede terminar ocultando lo verdaderamente importante. El hallazgo permite observar un momento de transformación profunda de las sociedades humanas, cuando las comunidades agrícolas comenzaron a modificar de manera permanente el paisaje, a concentrar personas en determinados lugares y a utilizar conocimientos sobre los ciclos naturales para organizar la vida colectiva.

    Hace 6.500 años, los habitantes de aquella región no disponían de relojes, calendarios impresos, instrumentos ópticos ni sistemas científicos modernos, pero necesitaban responder preguntas fundamentales: cuándo llegaría una determinada estación, cuándo cambiarían las condiciones climáticas, cómo organizar los trabajos agrícolas y cómo interpretar los ciclos de la naturaleza. La respuesta estaba, en buena medida, sobre sus cabezas. El Sol y la Luna eran dos de los grandes relojes de la humanidad, y Chleby podría ser una de las evidencias más antiguas de que esos relojes fueron incorporados deliberadamente a un espacio monumental.

    La comparación con Stonehenge, por lo tanto, adquiere otro significado. No estamos ante un monumento que simplemente “le gana” en antigüedad al famoso círculo británico, sino ante una prueba de que la relación entre arquitectura, ritual y astronomía tiene raíces mucho más profundas en la Europa prehistórica. Las sociedades que construyeron Chleby todavía estaban muy lejos de las ciudades, los Estados y las civilizaciones que posteriormente dominarían Europa y el Mediterráneo, pero ya eran capaces de coordinar trabajo colectivo, planificar grandes estructuras y transmitir conocimientos suficientemente precisos como para que la orientación de un conjunto monumental tuviera significado.

    La arqueología suele avanzar precisamente de esta manera: no destruyendo las historias conocidas, sino obligándonos a retroceder cada vez más el comienzo de aquello que creíamos que había aparecido después. Durante generaciones, Stonehenge funcionó como una de las imágenes más poderosas de la inteligencia astronómica de la prehistoria europea. Ahora, a más de mil años de distancia cronológica, Chleby aparece como un recordatorio de que sus constructores no fueron necesariamente los primeros en mirar el cielo y convertir esa observación en una obra monumental.

    Quizás la verdadera historia de Stonehenge no comenzó en Stonehenge. Tal vez comenzó mucho antes, cuando una comunidad de agricultores comprendió que el movimiento del Sol y de la Luna podía convertirse en conocimiento compartido, y que ese conocimiento podía ser escrito sobre el paisaje mediante tierra, piedra, caminos y puertas. En Chleby, seis milenios y medio después, esas líneas todavía parecen estar allí para contarnos que nuestros antepasados ya habían aprendido a medir el tiempo mirando hacia arriba.

     

    Difunde esta nota
  • |

    VIDEOJUEGOS… MAS QUE UN JUEGO

    Desde hace más de 50 años los videojuegos se abrieron espacio en la vida familiar logrando quedarse para siempre. Generaciones influenciadas por los ‘videos’ mientras madres y padres se preocupaban por sus hijxs que pasaban horas frente a la pantalla de tv, pc… tablet, celular… hola 2022!!!Año tras año la industria crece en todos sus…

    Difunde esta nota
  • Paseo Enogastronómico en el marco de ‘Vendimia Celebra 2021’

    En el marco de ‘Vendimia Celebra 2021’, la Dirección de Turismo de la Municipalidad de Villa Regina propone un Paseo Enogastronómico para el sábado 13 de marzo en la Oficina de Turismo, en Florencio Sánchez 817. Se trata de una degustación con vinos regionales acompañada de la música en vivo con Sebastián Vilanova (piano). El…

    Difunde esta nota
  • |

    Innovación en Neurociencia: Imagen Detallada de Neuronas por Harvard y Google

    En un avance significativo para la neurociencia, un equipo de investigadores de Harvard y Google ha logrado crear el diagrama más detallado del cerebro humano hasta la fecha. Utilizando un pequeño fragmento de la corteza cerebral de una paciente, obtenido durante una cirugía de epilepsia, los científicos han mapeado aproximadamente 57,000 células y 150 millones…

    Difunde esta nota

Deja una respuesta