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Señaladores con obras de artistas plásticos reginenses

En el marco del Día del Libro, la Dirección de Cultura de la Municipalidad de Villa Regina editó una serie de señaladores para obsequiar con obras de artistas plásticos reginenses que se encuentran disponibles en la sede de la Dirección y también en las bibliotecas barriales.

Los artistas que prestaron sus obras para realizar la producción fueron: Mariana Ormeño Belzagui, Natalia Nedbala, Marta Basabe, Karina Markic, Yanina Tinti, Mónica Camporrotondo, Daiana Faath, Pelusa Miño, Samanta Otta Vidal, Carlota Vivas, Valeria Lezaeta, Mariú Rayó, María Cristina Bay, Valeria Fasciglione y Martín Ydiart.

Se trata de una actividad de las bibliotecas de los barrios Villa Alberdi, Progreso, San Martín, Matadero, El Sauce, Malvinas, ‘Crecer Juntos’ y ‘Ricardo Rojas’.

“El resultado ha sido muy bello, con hermosas obras de nuestros artistas que siempre están dispuestos a colaborar y esto abre el camino para editar futuros materiales”, comentó la Directora de Cultura Silvia Alvarado.

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    Marcela Pagano denunció que «se vendieron a cambio de los votos» un «rosario de capitales nacionales que no le cambian la vida a nadie pero sirven para que un gobernador se muestre en redes sociales».

    También, aparecen otros proyectos de interés en las provincias, como en el caso de Misiones es la rebaja del IVA para la fécula de mandioca, ingrediente estratégico para la elaboración del chipá, de consumo masivo y diario sobre tierra colorada.

     Otra capital nacional en danza es Cerrillos, en Salta, donde se cría la raza Cerdo Negro. La distinción a la cuna de este porcino alimentado a base de bellota fue impulsada por la diputada Yolanda Vega, que responde al gobernador salteño Gustavo Sáenz. 

    Según detalló la diputada, la más beneficiada en este aspecto es Tucumán, que tendrá la Capital Nacional del Ecoturismo, San Miguel como capital simbólica cada 9 de julio y la reorganización de la Cámara Federal de Tucumán. «El bloque de Jaldo (Independencia) firmó el pedido de sesión. ¿Casualidad?», preguntó Pagano.

    Si bien estas declaraciones no tienen a priori costo fiscal, tienen un peso simbólico a nivel regional y provincial que posiciona al legislador y/o gobernador que lo promueve, además de abrir la puerta a la tramitación de subsidios.

    Caballos de Troya en la reforma del Central

    Otra capital nacional en danza es Cerrillos, en Salta, donde se cría la raza Cerdo Negro. La distinción a la cuna de este porcino alimentado a base de bellota fue impulsada por la diputada Yolanda Vega, que responde al gobernador salteño Gustavo Sáenz.

    Quienes promueven la iniciativa destacan el sabor de las bondiolas elaboradas de forma artesanal y curadas en bodegas durante un mínimo de tres años, inspirados en el clásico jamón ibérico de bellota.

    Por otro lado, aparecela declaración de la localidad correntina de Caá Catí como Capital Nacional de la Producción Bubalina. El proyecto es impulsado por el diputado nacional por Corrientees Diogenes Gonzalez, alineado a los Valdés.

     Aparecen otros proyectos de interés en las provincias, como en el caso de Misiones es la rebaja del IVA para la fécula de mandioca, ingrediente estratégico para la elaboración del chipá, de consumo masivo y diario sobre tierra colorada 

    Como fundamento, Gonzalez expuso en su proyecto que Corrientes tiene casi la mitad del stock nacional de bubalinos y ponderó las «cualidades diferenciales» de la carne de búfalo, como «menor contenido graso, buena terneza y alto valor proteico».

    También aparecen en el temario las declaraciones de capitales nacionales de la Educación (San Juan), de Aguas Frías (Santa Cruz), del Teatro (CABA), del Coleccionismo (Buenos Aires).

    Pagano sostuvo que, tras exponerse que algunas provincias recibieron recursos del fondo fiduciario SisVial (Sistema Vial Integrado) días antes de votacionees clave para el Gobierno, «ahora que fueron descubiertos no pueden pagar con asfalto, cambiaron de moneda: pagan con leyes».

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    «El canje es este: al gobernador le dan una Capital Nacional del Cerdo Negro. A cambio, sus diputados votan que el Central no pueda asistir a su provincia ni por la ventana y que el empleo deje de ser un objetivo. Otra avivada para hambrearte», dijo la diputada.

    Pagano advirtió que la reforma del BCRA prohíbe toda asistencia del Central al Tesoro, a las provincias y a los municipios y borra «empleo» y «desarrollo con equidad social» de los objetivos del Banco.

    En cuanto al proyecto de Inocencia Fiscal II la diputada denunció la «cláusula Adorni»: «Los funcionarios quedan afuera porque el ex jefe de Gabinete y su mujer adhirieron al régimen con dólares sin declarar, investigados por enriquecimiento ilícito. Esta ley es la respuesta del gobierno a mi denuncia», sostuvo. 

     

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    Cuando Buenos Aires dejó de ser una provincia dentro de la Nación: la guerra que terminó creando la Capital Federal

     

    En 1880, la guerra entre Nicolás Avellaneda y Carlos Tejedor terminó con la federalización de Buenos Aires y cambió para siempre la organización política argentina.

    Por Alcides Blanco para NLI

    El 24 de agosto de 1880, mientras la Argentina todavía intentaba cerrar las heridas abiertas por décadas de guerras civiles, la ciudad de Buenos Aires no era todavía exactamente la ciudad que conocemos hoy. Era, al mismo tiempo, capital de la Nación y capital de la provincia más poderosa del país, una superposición que escondía un conflicto mucho más profundo: quién controlaba el principal puerto, quién administraba las rentas aduaneras y, sobre todo, dónde debía residir el poder efectivo de un Estado nacional que todavía no había conseguido imponerse completamente sobre los intereses de las provincias y sobre el enorme poder económico y político de Buenos Aires. Aquel problema había atravesado buena parte del siglo XIX y volvió a estallar violentamente en 1880, cuando el gobernador bonaerense Carlos Tejedor se levantó contra el proyecto de federalización impulsado por el presidente Nicolás Avellaneda. La confrontación terminó con combates en distintos puntos de la ciudad y sus alrededores, el traslado del gobierno nacional al entonces pueblo de Belgrano y, finalmente, con una decisión que cambió para siempre la geografía política argentina: Buenos Aires dejó de pertenecer institucionalmente a la provincia y pasó a ser la Capital de la República.

    Una capital que pertenecía a dos poderes

    El problema venía desde la organización nacional posterior a la caída de Juan Manuel de Rosas. En 1853, las provincias habían sancionado una Constitución que establecía un régimen federal y disponía que la capital debía ser una ciudad federalizada, pero Buenos Aires se mantuvo separada de la Confederación durante casi una década. La reunificación producida después de Pavón no resolvió completamente la cuestión porque la provincia porteña conservaba un peso económico excepcional derivado de su puerto y de las rentas aduaneras. Durante las presidencias de Bartolomé Mitre, Domingo Faustino Sarmiento y Nicolás Avellaneda, el Estado nacional fue construyendo instituciones comunes, un Ejército nacional y un aparato administrativo cada vez más importante, pero la cuestión de la capital continuó pendiente. El conflicto no era meramente administrativo: detrás de la discusión sobre dónde debía funcionar el gobierno se encontraba la disputa por el control de los recursos que permitían financiar al Estado.

    La contradicción resultaba evidente. Buenos Aires era la sede de las autoridades nacionales, pero también era territorio de la provincia de Buenos Aires y estaba gobernada por autoridades provinciales que respondían a intereses propios. En una Argentina donde el puerto porteño concentraba buena parte del comercio exterior, esa situación otorgaba a la provincia una capacidad de presión que ninguna otra jurisdicción poseía. Por eso la federalización de la ciudad significaba mucho más que cambiar un domicilio: implicaba separar el centro político de la Nación del poder territorial de la provincia, otorgando al Gobierno nacional jurisdicción directa sobre el lugar donde funcionaban sus instituciones.

    Cuando Avellaneda avanzó decididamente hacia esa solución, encontró la resistencia del autonomismo porteño. Carlos Tejedor, gobernador de Buenos Aires, se convirtió en el principal opositor al proyecto y comenzó a organizar fuerzas militares, mientras el Gobierno nacional también reforzaba su capacidad defensiva. El enfrentamiento fue adquiriendo una intensidad que hacía cada vez más probable una salida armada. La disputa por la capital, que podía parecer una cuestión jurídica para los historiadores posteriores, estaba a punto de convertirse nuevamente en una guerra entre argentinos.

    Belgrano, capital de emergencia

    La situación llegó a un punto crítico en junio de 1880. Tejedor se preparó para resistir la federalización y el Gobierno nacional decidió trasladar temporalmente sus autoridades fuera de la ciudad. Avellaneda y el Congreso se instalaron en Belgrano, que por entonces era un pueblo ubicado en las afueras de Buenos Aires y que hoy forma parte de la Ciudad Autónoma. El edificio donde funcionaba la municipalidad de Belgrano se convirtió en sede de las instituciones nacionales y allí sesionó el Congreso que terminaría sancionando la ley de federalización. El lugar es actualmente el Museo Histórico Sarmiento y conserva la memoria de aquellos meses en los que un barrio porteño fue, literalmente, el centro político de la República.

    Mientras las autoridades nacionales se refugiaban en Belgrano, la tensión se transformaba en combate. Las fuerzas de Tejedor se enfrentaron con tropas nacionales en distintos puntos del área metropolitana, entre ellos Puente Alsina, Corrales y Barracas, mientras la escuadra nacional bloqueaba Buenos Aires. La magnitud de los enfrentamientos demostró que la cuestión de la capitalización no podía resolverse mediante una simple negociación entre dirigentes: los sectores enfrentados estaban dispuestos a utilizar la fuerza para imponer sus respectivos proyectos de organización nacional.

    La derrota de Tejedor selló el desenlace. El gobernador bonaerense renunció y el proyecto de federalización quedó finalmente liberado de la resistencia armada que había impedido concretarlo durante décadas. El 20 de septiembre de 1880, el Congreso sancionó la Ley 1029, que declaró capital de la República al municipio de Buenos Aires bajo sus límites existentes. La norma estableció además que los establecimientos y edificios públicos situados en la ciudad quedarían bajo jurisdicción nacional, aunque mantuvo determinadas propiedades provinciales y dispuso mecanismos para resolver la transferencia de bienes y competencias.

    El proceso no fue simplemente una victoria militar de Avellaneda sobre Tejedor. Fue la resolución de una disputa que había acompañado prácticamente toda la organización constitucional del país. La ley convirtió una cuestión largamente discutida en una realidad institucional: la Nación tendría por fin una capital que no dependiera políticamente de una provincia.

    El nacimiento de una ciudad que ya no pertenecía a la provincia

    La federalización produjo una consecuencia que muchas veces queda escondida detrás de la fecha y del texto de la ley: Buenos Aires tuvo que dejar de ser la capital de la provincia que llevaba su mismo nombre. La provincia necesitaba entonces construir una nueva sede administrativa y política. El gobernador Dardo Rocha impulsó la creación de una nueva capital y en 1882 fue fundada La Plata, concebida desde el comienzo como una ciudad planificada y monumental destinada a reemplazar a Buenos Aires como capital bonaerense.

    La creación de La Plata demuestra hasta qué punto la federalización alteró el territorio argentino. No se trataba solamente de una modificación de jurisdicciones sobre un mapa: implicaba crear una nueva capital provincial, reorganizar oficinas públicas, trasladar instituciones y redefinir las relaciones entre la provincia y la Nación. Buenos Aires, mientras tanto, comenzó a desarrollar una identidad política propia como capital federal, aunque durante mucho tiempo seguiría siendo también el centro económico, financiero, cultural y demográfico de todo el país.

    La nueva situación exigió además la creación de estructuras específicamente nacionales para administrar el territorio federalizado. En diciembre de 1880, por ejemplo, la Nación recibió la Policía de Buenos Aires y creó la Policía de la Capital, destinada a garantizar el ejercicio de la autoridad nacional sobre la ciudad. El primer jefe fue Marcos Paz, designado por Julio Argentino Roca, quien había asumido la Presidencia el 12 de octubre de ese año.

    La federalización también abrió una nueva etapa política. El Estado nacional pudo consolidar su presencia institucional y avanzar durante las décadas siguientes en la construcción de una administración centralizada, mientras el país ingresaba en un período de crecimiento económico, expansión ferroviaria, inmigración masiva y desarrollo del modelo agroexportador. La etapa que comenzó alrededor de 1880 suele ser presentada como la consolidación del Estado nacional, aunque esa consolidación tuvo también sus contradicciones: el poder político quedó concentrado en una elite estrecha y el Partido Autonomista Nacional dominó durante décadas la estructura institucional.

    La guerra que terminó dibujando el mapa político argentino

    La historia de la federalización de Buenos Aires permite entender que la construcción del Estado argentino estuvo lejos de ser un proceso pacífico y lineal. Durante décadas, la disputa entre Buenos Aires y las provincias había enfrentado proyectos económicos y políticos diferentes, y la cuestión de la capital condensaba todos esos conflictos. Quién controlaba Buenos Aires tenía una importancia que excedía ampliamente a la ciudad, porque significaba controlar el principal centro económico del país, el puerto y buena parte de las herramientas materiales necesarias para ejercer el poder nacional.

    Por eso resulta significativo que la ley que finalmente convirtió a Buenos Aires en Capital Federal haya sido sancionada después de una guerra interna. El edificio donde hoy funciona el Museo Histórico Sarmiento recuerda justamente esa circunstancia: durante algunos meses, el Estado argentino tuvo que abandonar su sede habitual porque la ciudad que debía ser capital era, al mismo tiempo, el territorio de un gobernador que se rebelaba contra el poder nacional.

    A partir de entonces, la relación entre Buenos Aires y la Nación quedó definitivamente transformada, aunque no desapareció la tensión entre el poder concentrado en la capital y el resto del territorio. La Argentina que surgió de 1880 consiguió construir un Estado nacional mucho más fuerte, pero también consolidó una estructura territorial profundamente centralizada alrededor de Buenos Aires, una característica que continuaría generando debates durante todo el siglo XX y que todavía forma parte de las discusiones sobre federalismo, distribución de recursos y concentración económica.

    La paradoja histórica es que la federalización buscaba resolver el problema de Buenos Aires como poder autónomo y terminó convirtiendo a la ciudad en el centro indiscutido de la Nación. La provincia perdió su capital histórica y recibió una nueva; el Estado nacional obtuvo jurisdicción sobre la ciudad, pero Buenos Aires comenzó a concentrar una influencia política, económica y cultural todavía mayor. La guerra de 1880 puso fin a una etapa de enfrentamientos por la organización territorial del país, pero también dejó instalada una pregunta que la Argentina nunca terminó de resolver completamente: cómo construir un verdadero federalismo cuando la capital concentra una parte tan extraordinaria del poder.

    Aquel 24 de agosto de 1880, por lo tanto, no debe recordarse solamente como una fecha dentro de la larga lista de efemérides nacionales. Fue uno de los momentos en que la Argentina terminó de decidir dónde estaría su corazón político y, al hacerlo, también definió buena parte de su estructura territorial para el siglo siguiente. Buenos Aires dejó de ser la capital de una provincia para convertirse en la capital de todos, pero el precio de aquella solución fue una concentración que todavía hoy marca la vida nacional. La historia de la federalización no es solamente la historia de cómo se resolvió una vieja disputa entre porteños y provincianos: es la historia de cómo nació una Argentina políticamente unificada que, desde entonces, nunca dejó de discutir cuánto poder debía vivir en su capital y cuánto debía regresar al resto del país.

     

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