La Secretaría de Desarrollo Social de la Municipalidad de Villa Regina trabaja para conformar un Centro Integral de contención para adultas mayores, mujeres y adolescentes en situación de vulnerabilidad. Funcionará como espacio de contención pero también brindará talleres que otorgarán herramientas para una salida laboral.
“Con este objetivo se firmarán convenios de asistencia y capacitación con el SENAF y la Secretaría de Igualdad y Género, de manera de que el Estado intervenga para dar respuesta a esta problemática”, manifestó la Secretaria de Desarrollo Social Luisa Ibarra.
Este espacio que se pondrá en marcha próximamente funcionará en las instalaciones del Hogar Municipal ‘La Esperanza’. En este sentido, Ibarra manifestó que “el Hogar Juan Pablo II es la alternativa para los adultos mayores varones que actualmente se encuentran en ‘La Esperanza’. Allí hay disponibilidad y disposición, recursos humanos, espacio y la atención que necesitan”.
En este sentido, recordó que la legislación nacional sobre los adultos mayores ha cambiado y apunta a que sean autónomos, que vivan en su ámbito familiar y que tengan su propio lugar de residencia. “La institucionalización del adulto mayor es el último recurso”, señaló y agregó: “Bajo ningún punto de vista quedarán sin un espacio de contención”.
El Banco Central volvió a comprar dólares después de nueve meses, pero la foto completa muestra un movimiento de ida y vuelta. Cumplió con lo que había prometido en el nuevo esquema monetario, pero al mismo tiempo los dólares se fueron por otras ventanillas. Compró por un lado y pagó por el otro. Esa es la lógica que dominó la primera rueda del año.
Este lunes, el BCRA compró USD 21 millones en el mercado oficial. Es la primera compra neta de 2026 y la primera desde mediados del año pasado. El dato cortó una racha prolongada sin acumulación y confirmó que el Central empezó a ejecutar el plan que anunció en enero.
La intervención no fue improvisada. Esos USD 21 millones representaron cerca del 5% del volumen operado en el mercado libre de cambios, que rondó los USD 400 millones. Ese porcentaje no es casual: es exactamente la porción que el Central había comprometido absorber por rueda. El problema no es el cumplimiento, sino la distancia entre ese ritmo y las metas finales de acumulación.
En términos contables, las reservas brutas subieron unos USD 301 millones y quedaron en torno a los USD 43.400 millones. El aumento se explicó por la compra neta y por movimientos financieros, en un esquema que sigue mostrando más administración diaria que acumulación sostenida.
Pero el mercado también registró el otro costado de la jornada. Mientras el Central compraba en el contado, operadores detectaron posibles ventas en el mercado de futuros del dólar y no descartaron intervenciones vía bonos. Lo que entró por una ventanilla se compensó por otra.
El analista Christian Buteler detalló el cierre del día. El dólar mayorista terminó en $1.470, con una baja de 0,34%. El volumen operado fue de USD 384 millones. El tipo de cambio quedó 4% por debajo del techo de la banda y 61% por encima del piso. En paralelo, el Tesoro continuó vendiendo dólares y bonos, incluso cuando enfrenta pagos por unos USD 4.200 millones en los próximos días y no tiene esos fondos plenamente cubiertos. También hubo ventas de instrumentos dólar linked. Por algo subió el riesgo país.
el Tesoro continuó vendiendo dólares y bonos, incluso cuando enfrenta pagos por unos USD 4.200 millones en los próximos días y no tiene esos fondos plenamente cubiertos. También hubo ventas de instrumentos dólar linked. Por algo subió el riesgo país.
Las estimaciones privadas confirman la magnitud de esas intervenciones. «El Tesoro vendió entre USD 3.500 millones y USD 5.000 millones desde mitad de año para contener presiones cambiarias», explicó Leo Anzalone, director del CEPEC. Fueron operaciones puntuales en el mercado oficial para sostener el dólar dentro de las bandas y evitar saltos que desordenen expectativas y precios, sobre todo antes de las elecciones.
Desde OPEN, Federico Machado agregó que el goteo no se frenó después de los comicios. «Lo preocupante es que las ventas continuaron incluso cerca de la fecha del pago de bonos de enero. El 29 de diciembre se vendieron USD 220 millones», precisó.
Otro especialista agregó el dato distintivo: «Salieron a vender fuerte en la apertura de la rueda y recompraron al cierre», dijo. Todo ocurrió en un mercado de bajo volumen, donde cada intervención se siente más. Los datos de las pantallas también sugieren que el Tesoro habría embolsado entre USD 100 y USD 200 millones adicionales, según señaló la fuente.
El resultado es un esquema de circulación: el Central y el Tesoro compran y vende para que el sistema se mantenga estable. Santiago Bausili prometió juntar entre USD 10.000 millones y USD 17.000 millones de reservas. Los USD 21 millones del lunes muestran que el plan empezó a ejecutarse. Pero para cumplir con la meta, las comprar deberán acelerarse al doble.
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Venezuela no es un problema: es un botín. Con las mayores reservas de petróleo del planeta, valuadas en entre 17 y 18 billones de dólares, el país concentra un volumen de riqueza energética que explica décadas de presiones, sanciones, intentos de disciplinamiento y ahora, abiertamente, proyectos de recolonización. Detrás del discurso de la “democracia” y la “transición”, lo que está en juego es el control del petróleo.
Por Celina Fraticiangi para NLI
Las mayores reservas del planeta y un crudo incómodo para el imperio
Venezuela posee alrededor de 303 mil millones de barriles de petróleo probados, lo que representa cerca del 17 % de todas las reservas mundiales. No existe otro país con semejante volumen bajo su subsuelo.
La mayor parte de ese petróleo se encuentra en la Faja Petrolífera del Orinoco y corresponde a crudo extra-pesado, un tipo de petróleo más denso y costoso de procesar que el liviano. Su explotación requiere tecnología avanzada, inversiones constantes y capacidad de refinación específica, especialmente diseñada para este tipo de crudo.
Ese dato técnico no es menor: explica por qué históricamente las grandes petroleras norteamericanas y europeas estuvieron tan interesadas en Venezuela, y también por qué las refinerías del Golfo de México fueron adaptadas durante décadas para procesar crudo venezolano. No es un petróleo cualquiera: es estratégico.
A precios actuales del crudo, el valor bruto de esas reservas se calcula en unos 17 a 18 billones de dólares. Para dimensionarlo: equivale a entre el 76 y el 81 % de toda la masa monetaria M2 de Estados Unidos, o dicho de otro modo, a tres cuartas partes de todo el dinero que circula y se deposita en el sistema financiero estadounidense.
Antes de la nacionalización: Venezuela producía, pero no mandaba
Durante gran parte del siglo XX, el petróleo venezolano estuvo controlado por empresas extranjeras, principalmente estadounidenses. Desde las décadas de 1920 hasta los años 60, compañías como Exxon, Mobil y Gulf Oil dominaron la exploración, extracción y exportación del crudo.
En ese período, Venezuela llegó a producir más de 3,7 millones de barriles diarios, ubicándose entre los principales productores del mundo. Sin embargo, el control real del negocio, las decisiones estratégicas y una porción sustancial de las ganancias quedaban fuera del país.
El esquema era simple y conocido en América Latina: Venezuela ponía el recurso, las multinacionales se llevaban la renta.
Ese modelo empezó a resquebrajarse cuando el petróleo dejó de ser visto solo como mercancía y pasó a ser comprendido como recurso estratégico y herramienta de soberanía.
La nacionalización, PDVSA y el límite al saqueo
En 1976, bajo el gobierno de Carlos Andrés Pérez, Venezuela nacionalizó su industria petrolera y creó Petróleos de Venezuela S.A. (PDVSA). A partir de ese momento, el Estado venezolano pasó a controlar la producción, refinación y comercialización del crudo.
La nacionalización no fue una rareza: formó parte de una ola global de nacionalismo energético que recorrió el mundo en los años 70. Pero para Estados Unidos fue una señal clara de alerta: uno de sus principales proveedores de energía decidía no obedecer más.
Décadas después, con Hugo Chávez, ese control estatal se profundizó. Desde 2007, las empresas extranjeras fueron obligadas a convertirse en socias minoritarias de PDVSA o retirarse. Algunas aceptaron —como Chevron—, otras se fueron denunciando “expropiaciones”.
Lo que para Venezuela fue soberanía energética, para Washington fue y sigue siendo un “robo”. Desde entonces, el petróleo venezolano quedó en el centro de una guerra económica: sanciones, bloqueos, asfixia financiera y operaciones políticas.
Un botín que explica todo: FMI, Argentina y el contraste brutal
El valor de las reservas petroleras venezolanas permite entender la magnitud del conflicto.
Con 17 a 18 billones de dólares (calculado ya extraído y en barriles), ese petróleo equivale a:
Entre 380 y 400 préstamos del FMI como el que sostiene Milei, de unos 45 mil millones de dólares.
Entre 26 y 28 PBI completos de la Argentina.
Siete u ocho veces todo el efectivo físico que circula en Estados Unidos.
Mientras Argentina es disciplinada por el FMI por decenas de miles de millones, Venezuela es acosada por una riqueza que vale cientos de veces más. La diferencia no es moral ni ideológica: es material.
Por eso Estados Unidos no negocia con Venezuela como con un país cualquiera. La discute, la sanciona, la amenaza o directamente intenta administrarla. No por su sistema político, sino por su subsuelo.
El remate que incomoda
Venezuela no es pobre: es demasiado rica para que la dejen en paz. Y la Argentina de Milei no es castigada por rebelde, sino por obediente y endeudable.
Cuando se entiende que el petróleo venezolano equivale a décadas enteras de producción argentina, a cientos de acuerdos con el FMI y a una porción sustancial del dinero estadounidense, se cae el relato.
No es democracia contra autoritarismo. Es saqueo contra soberanía.
Hannah Arendt describió al burócrata moderno como alguien capaz de producir un daño inmenso sin odio ni pasión, apenas cumpliendo órdenes. En la Argentina de las últimas décadas, Federico Sturzenegger encarna como pocos esa figura: el técnico que, gobierno tras gobierno, pone su saber al servicio de un mismo proyecto de poder.
Por Tomás Palazzo para NLI
Hay figuras que atraviesan la historia política sin necesidad de ganar elecciones ni dar discursos encendidos. No seducen multitudes ni bajan a la arena con consignas épicas. Su poder es otro: el del expediente, el decreto, la planilla de Excel. Hannah Arendt, al analizar el juicio a Adolf Eichmann, formuló una de las ideas más incómodas del siglo XX: la banalidad del mal. No hacía falta un monstruo para causar estragos; bastaba un burócrata eficiente, obediente y convencido de que solo “hacía su trabajo”.
Federico Sturzenegger no es, claro, un criminal de guerra. El paralelismo no apunta a los hechos sino a la lógica. La del funcionario que se concibe a sí mismo como neutral, técnico, inevitable. El que no decide: ejecuta. El que no es responsable: administra. En nombre de esa supuesta asepsia, se despliegan políticas que arrasan con derechos, salarios, ahorros y soberanía, mientras el ejecutor se declara ajeno a las consecuencias.
El burócrata sin odio
Arendt observó que Eichmann no actuaba movido por un odio explícito ni por un fanatismo profundo. Su rasgo distintivo era la incapacidad de pensar críticamente lo que hacía. El mal se volvía banal porque se integraba a la rutina administrativa. Algo de eso aparece cada vez que Sturzenegger explica sus decisiones con un lenguaje deshumanizado, donde las personas se transforman en “distorsiones”, “ineficiencias” o simples “costos a corregir”.
Durante el gobierno de Fernando de la Rúa, fue parte del equipo económico que sostuvo un esquema que terminó en una catástrofe social, institucional y económica. Más tarde, bajo Mauricio Macri, como presidente del Banco Central, su gestión quedó asociada a tasas de interés exorbitantes, bicicleta financiera y endeudamiento acelerado, un combo que benefició a los sectores concentrados y dejó una herencia explosiva.
Hoy, con Milei, Sturzenegger reaparece como ideólogo del desguace estatal, celebrando despidos, recortes y privatizaciones como si fueran simples movimientos técnicos. El discurso se repite: no hay alternativa. La técnica reemplaza a la política y la obediencia a la reflexión ética.
El servil perfecto del poder real
Sturzenegger no responde a un partido ni a una identidad popular. Su lealtad es otra: el poder económico concentrado y la ortodoxia liberal que, desde hace décadas, busca achicar el Estado solo para los de abajo. Su principal talento consiste en adaptarse a distintos gobiernos siempre que la dirección sea la misma. Cambian los presidentes, cambia el clima político, pero el programa permanece intacto.
Esa continuidad es clave para entender el paralelismo con Arendt. El burócrata no se pregunta por las consecuencias humanas de sus actos. No mira a los ojos a los despedidos, ni a los jubilados que pierden poder adquisitivo, ni a las universidades desfinanciadas, ni a los científicos expulsados. Cumple funciones. Firma papeles. Optimiza procesos.
Noticias La Insuperable ha mostrado en distintas coberturas cómo este libreto se repite: el ajuste presentado como modernización, la pérdida de derechos narrada como valentía reformista, el sufrimiento social reducido a una variable secundaria.
Pensar, la tarea que incomoda
Para Arendt, el verdadero antídoto contra la banalidad del mal no era la moral abstracta sino el pensamiento. Pensar implica detenerse, dudar, hacerse cargo. Justamente lo que el burócrata evita. En ese sentido, Sturzenegger representa una forma extrema de irresponsabilidad política: la del que se escuda en la técnica para no responder por el daño que provoca.
No hay neutralidad posible cuando se decide quién paga una crisis y quién se beneficia. No hay inocencia en el ajuste sistemático sobre los mismos sectores. La obediencia automática deja de ser excusa y se transforma en complicidad.
El problema no es solo Sturzenegger como individuo, sino lo que simboliza: una élite tecnocrática que se cree por encima de la democracia, que reduce la política a gestión y convierte el sufrimiento social en una externalidad aceptable. Arendt advertía que este tipo de funcionarios no necesita ser malvado para ser peligroso. Basta con que renuncie a pensar.
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