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Se instaló el obrador de la empresa que ejecutará la obra de calle Libertad

Tras la firma del contrato de obra, comenzó el movimiento en la calle Libertad con la instalación del obrador de la empresa Quidel que tendrá a su cargo la construcción del pavimento, el boulevard y la bicisenda entre Belgrano y Avenida General Paz.

El plazo de ejecución es de 5 meses y el presupuesto es de $24,5 millones.

“La empresa está definiendo cómo será la forma de trabajo durante esos meses para no perjudicar a los comercios que están a la vera de la Libertad, así que las tareas se van a realizar por tramos”, manifestó el Intendente Marcelo Orazi en declaraciones a LU 16.

El jefe comunal señaló que “además de la calle Libertad, tenemos otras obras proyectadas con el gobierno de Río Negro por obra delegada, es decir que la Provincia aporta el dinero y el Municipio aporta la ejecución”.

Estamos detrás de varios proyectos que son inminentes, como la construcción de veredas en las plazas de los barrios Belgrano y Gardín”, dijo Orazi.

Con respecto a la firma de los convenios entre la Gobernadora Arabela Carreras y Ministro de Desarrollo Territorial y Hábitat de Nación, Jorge Ferraresi para la construcción de 1.326 viviendas a través del plan “Casa Propia – Construir Futuro” en el territorio provincial, el Intendente manifestó que “el ministro de Obras y Servicios Públicos de Río Negro Carlos Valeri me reconoció que Regina tiene un atraso muy importante en este tema, por lo que me transmitió que la ciudad tendrá prioridad en este plan”.

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    El extraño experimento argentino que quiso llevar una ciudad entera al subsuelo

     

    Durante décadas, Buenos Aires convivió con una idea que hoy parece salida de una novela de ciencia ficción: construir una enorme red subterránea capaz de trasladar personas, vehículos, servicios y hasta actividades comerciales por debajo de la ciudad. El proyecto nunca llegó a concretarse, pero sus planos permiten descubrir otra Buenos Aires posible, una ciudad pensada para crecer hacia abajo cuando el tránsito y la expansión urbana recién comenzaban a convertirse en un problema.

    Por Redacción de NLI

    Hay ciudades que se expanden hacia arriba y otras que lo hacen hacia afuera. Buenos Aires, en cambio, comenzó muy temprano a imaginar una tercera posibilidad: crecer hacia abajo. Mucho antes de que los grandes túneles urbanos se convirtieran en una solución habitual para el tránsito de las metrópolis, ingenieros y urbanistas argentinos elaboraron proyectos para construir enormes corredores subterráneos debajo de la capital. Algunos buscaban aliviar el tránsito, otros reorganizar el transporte y hubo incluso propuestas que imaginaban verdaderas ciudades bajo la ciudad. La mayoría quedó en planos, pero esos proyectos revelan hasta qué punto Buenos Aires fue, durante buena parte del siglo XX, un laboratorio de ideas urbanísticas.

    Una ciudad que empezó a quedarse sin espacio

    A comienzos del siglo XX, Buenos Aires estaba viviendo una transformación extraordinaria. La llegada masiva de inmigrantes, el crecimiento industrial, la expansión de los barrios y el aumento constante de automóviles y tranvías estaban modificando una ciudad que había sido diseñada para una escala completamente diferente.

    El problema no era solamente la cantidad de habitantes. También comenzaba a cambiar la velocidad con la que las personas se desplazaban. Las calles que habían servido para carruajes debían soportar tranvías eléctricos, automóviles, camiones, bicicletas y peatones. La congestión empezó a convertirse en una preocupación permanente y aparecieron propuestas cada vez más ambiciosas para reorganizar el tránsito.

    En ese contexto, el subterráneo adquirió una importancia estratégica. Buenos Aires había inaugurado en 1913 la primera línea de subterráneos de América Latina, un acontecimiento que colocó a la ciudad a la vanguardia regional. Pero los planificadores entendieron rápidamente que una sola red no alcanzaría para resolver todos los problemas de movilidad que aparecerían con el crecimiento urbano.

    El subsuelo comenzó entonces a ser visto como un territorio disponible.

    No era una idea completamente descabellada. Las grandes ciudades europeas ya construían túneles ferroviarios y metropolitanos, mientras Nueva York y otras ciudades estadounidenses desarrollaban sistemas subterráneos de enormes dimensiones. La pregunta era qué podía hacer Buenos Aires con ese espacio invisible que se encontraba debajo de sus calles.

    Los proyectos que imaginaban otra Buenos Aires

    Durante el siglo XX surgieron numerosos proyectos para ampliar las redes subterráneas y construir túneles destinados a distintos usos. Algunos proponían líneas ferroviarias, otros corredores para automóviles y otros buscaban separar completamente el tránsito rápido de la circulación superficial.

    La idea central era sencilla: si la superficie estaba saturada, había que liberar espacio trasladando parte de las actividades hacia abajo.

    Uno de los aspectos más interesantes de esos proyectos era que no siempre se pensaba en túneles exclusivamente como vías de transporte. Algunos urbanistas imaginaban que el subsuelo podía albergar estacionamientos, depósitos, centros de distribución, instalaciones técnicas y servicios urbanos. En determinados planes aparecía una concepción mucho más radical: una ciudad organizada en diferentes niveles, donde cada capa tendría una función específica.

    La superficie quedaría reservada principalmente para peatones, espacios verdes y actividades urbanas, mientras los vehículos y determinados servicios circularían por debajo.

    La idea tenía un atractivo evidente. Permitía conservar el trazado histórico de las calles sin necesidad de demoler edificios enteros para construir grandes autopistas. También prometía reducir el ruido y la contaminación en determinadas zonas y liberar terrenos muy valiosos del centro porteño.

    Pero había un problema gigantesco: el costo.

    Construir túneles debajo de una ciudad consolidada significaba enfrentarse a redes de agua, cloacas, electricidad, gas, líneas ferroviarias, cimientos de edificios y una enorme cantidad de infraestructura que ya existía bajo tierra. Cada excavación podía convertirse en una obra de ingeniería de enorme complejidad.

    A eso se sumaba otra dificultad: Buenos Aires está asentada sobre terrenos cuya composición y presencia de agua subterránea hacen especialmente exigentes determinados trabajos de excavación.

    La ciudad que finalmente eligió otra dirección

    Con el paso de las décadas, Buenos Aires fue resolviendo sus problemas de movilidad mediante una combinación de alternativas: ampliación de avenidas, construcción de autopistas, extensión del subterráneo, incorporación de ferrocarriles metropolitanos y desarrollo de nuevas modalidades de transporte público.

    Algunos proyectos subterráneos llegaron a convertirse en obras concretas. Otros quedaron archivados y reaparecieron décadas después bajo nuevos nombres. Cada generación de urbanistas volvió a imaginar, de alguna manera, cómo reorganizar una ciudad que nunca dejó de crecer.

    Pero aquellos viejos proyectos tienen hoy un valor que supera la curiosidad arquitectónica. Permiten observar cómo cada época imagina su propio futuro.

    Los urbanistas de mediados del siglo XX veían el automóvil como símbolo del progreso y pensaban en corredores capaces de permitir que millones de vehículos atravesaran la ciudad con mayor velocidad. Décadas después, el problema comenzó a plantearse de manera diferente: transporte público, movilidad sustentable, bicicletas, espacios verdes y reducción del uso del automóvil volvieron a ocupar el centro del debate.

    La ciudad soñada cambió porque también cambió la idea de progreso.

    Y ahí aparece la parte más fascinante de esta historia. Los proyectos que nunca fueron construidos también forman parte de la historia urbana. Un plano guardado en un archivo puede revelar tanto sobre una sociedad como una obra terminada: muestra qué problemas preocupaban a sus dirigentes, qué tecnologías consideraban posibles y qué modelo de ciudad imaginaban para las generaciones futuras.

    Buenos Aires no terminó convertida en una ciudad subterránea. Pero debajo de sus calles existe todavía una infraestructura enorme que demuestra que aquella intuición no era completamente equivocada. Túneles ferroviarios, líneas de subterráneo, galerías técnicas, estacionamientos y redes de servicios forman una segunda ciudad invisible que funciona todos los días mientras millones de personas caminan sobre ella sin verla.

    Quizás la verdadera ciudad subterránea nunca haya sido construida porque, en realidad, Buenos Aires ya tiene una. Solo que no es la ciudad futurista que imaginaron aquellos viejos proyectos, sino una compleja red de infraestructura que sostiene silenciosamente la vida cotidiana de la superficie.

    Y cada vez que un tren entra en un túnel, un subte atraviesa una estación o una red de servicios permite que un edificio siga funcionando, aquella vieja idea vuelve a aparecer, aunque ya nadie la vea.

     

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  • El gobierno consiguió media sanción de la reforma del Banco Central con el apoyo de los gobernadores aliados

     

    El gobierno consiguió que la Cámara de Diputados le diera media sanción a la reforma de la carta orgánica del Banco Central gracias al apoyo del PRO y la UCR y de los gobernadores aliados como Gustavo Sáenz y Osvaldo Jaldo.

    En un contexto cargado de tensión, el oficialismo consiguió 144 votos a favor contra 102 por la negativa y 9 abstenciones. Entre los que se abstuvieron, figuraron los diputados que responden al catamarqueño Raúl Jalil, los radicales Martín Lousteau, Mariela Coletta y Pablo Juliano, la lilita Mónica Frade, el cordobés Juan Brügge y Nicolás Massot.

    Los libertarios consiguieron el respaldo del rebautizado bloque de misioneros y salteños junto al puntano Claudio García y el formoseño Gerardo Gustavo González. De hecho, el gobernador Hugo Passalacqua, que fue al Congreso para la foto del relanzamiento del bloque tras prevalecer en la interna contra Carlos Rovira, se quedó durante el primer tramo de la sesión y se dejó ver en los palcos.

    También acompañaron al gobierno los cordobeses de Provincias Unidas, los sanjuaninos de Marcelo Orrego, los santafecinos Gisela Scaglia y José Núñez, el rionegrino Sergio Capozzi, el chubutense Jorge «Loma» Ávila, la neuquina Karina Maureira, el lilito Maximiliano Ferraro y Eduardo Falcone y Oscar Zago por el MID.

    Los gobernadores pidieron la capital nacional del cerdo negro y la bubalina para votar la reforma del BCRA

    Después de la votación en general, Martín Menem quiso liquidar el abordaje de la ley en particular avanzando por capítulos y evitando controversias en los artículos más resistidos por la oposición y los aliados de la Casa Rosada: el 3° y el 13°. El primero establece que se requieren dos tercios de ambas cámaras para remover al presidente de la entidad, mientras que el segundo habilita al BCRA a utilizar las reservas como garantías en operaciones de endeudamiento.

    El riojano apuró la votación a mano alzada para proceder a la aprobación por capítulos y eso enardeció a las bancadas del peronismo, la izquierda, el socialismo, los lilitos, los pichettistas y los provinciales. El jefe del bloque peronista, Germán Martínez, solicitó que se habilitara la votación por artículos y, ante la negativa del titular de la cámara, el recinto se descontroló.

    Pablo Juliano y Miguel Pichetto.

    El chaqueño Aldo Leiva se trenzó en una discusión cargada de furia y ademanes con el santafecino Nicolás Mayoraz. Ante los agravios de su adversario, el ex combatiente de Malvinas le dijo: «¡Qué payasesco que sos!».

    Los libertarios se ofendieron y retrucaron pero Leiva no se achicó: se paró de su banca y pretendió atravesar el recinto, aunque lo frenaron entre varios. Itai Hagman y Agustín Rossi salieron disparados hasta el estrado en medio del griterío y le planteaban a Menem que reconsiderara la votación.

    Santiago Santurio y Álvaro Martínez provocaban desde su bancada a Leiva, que no dudó en demostrar su bravura y terminó atravesando la muralla de legisladores y vigilantes que lo separaban de Mayoraz y Gabriel Bornoroni. Silvana Giudici iba y venía desde su bancada hasta el estrado, acaso tratando de ayudar a Menem para que no se le terminara yendo de las manos la sesión.

    El chaqueño Aldo Leiva se trenzó en una discusión cargada de furia y ademanes con el santafecino Nicolás Mayoraz. Ante los agravios de su adversario, el ex combatiente de Malvinas le dijo: ¡Qué payasesco que sos!

    Menem, incluso, mandó a leer el reglamento al líder del bloque de UP, quien retrucó: «bajate, que no te da».

    Desde el fondo del recinto, Myriam Bregman y sus compañeros del FIT pedían la palabra pero el riojano no se las daba. Martínez, tanto Germán como Cecilia, insistían con su reclamo para que les concedieran una votación nominal y por separado del artículo 13°. A esa altura, sabían que no tendrían los votos necesarios para voltear esos párrafos pero lo hacían con el único propósito de que quedaran plasmados los nombres de los que votaban en una u otra dirección.

    Finalmente, Menem accedió al pedido opositor y el oficialismo aplastó a sus adversarios con 138 voluntades a favor y 110 en contra, más 7 abstenciones. El segundo capítulo se aprobó por 142 votos positivos, 107 negativos y 6 abstenciones.

    Nicolás Mayoraz.

    Antes del descontrol, Bornoroni había reivindicado la naturaleza del Banco Central de Perú para defender el proyecto en debate. «Venimos a darle independencia del gobierno de turno al Banco Central», dijo, y agregó: «le vamos a poner no solo un candado al Banco Central sino que le vamos a dar a los argentinos la posibilidad de soñar».

    Durante el debate, Miguel Ángel Pichetto cuestionó la pretensión de otorgar autonomía de la política al BCRA. «Nunca estuve de acuerdo con un criterio de rigidez porque pienso que, en primer lugar, antes que la economía, está la política, y el Banco Central tiene que estar subordinado al interés general del país y al rumbo que marque el Poder Ejecutivo Nacional pensando fundamentalmente en el crecimiento y en el desarrollo», explicó, y deslizó que esa es una «tarea ausente hoy en el Banco Central y en este diseño que se ha planteado».

    El señor Bausili, a ver, ¿realmente creen que pueden tomarle el pelo a la gente? Hablar de autonomía cuando el presidente del Banco Central es el socio de la oficina donde trabajaron junto al ministro de Economía, y tienen esa tarea de trader desde hace muchos años… ¿de qué autonomía me hablan?

    El rionegrino manifestó, además, que no está de acuerdo «con este pensamiento mágico de darle la derecha al gobierno con el orden fiscal». «El orden fiscal es a costa de los argentinos, de los jubilados, de los trabajadores públicos», remarcó.

    Bajo esa perspectiva adelantó que se opondría al «sistema de designación» del presidente de la entidad «por simple mayoría», y que «para removerlo se necesiten dos tercios». «El señor Bausili, a ver, ¿realmente creen que pueden tomarle el pelo a la gente? Hablar de autonomía cuando el presidente del Banco Central es el socio de la oficina donde trabajaron junto al ministro de Economía, y tienen esa tarea de trader desde hace muchos años… ¿de qué autonomía me hablan?», expresó, y agregó: «pretenden plantear este debate de la Carta Orgánica y mantenerlo al presidente del Banco Central, que es el socio y amigo del ministro Caputo».

    Hugo Passalacqua.

     

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