Santilli asumirá como ministro del Interior: cuál será el eje central de gestión

 

El diputado nacional electo por La Libertad Avanza (LLA), Diego Santilli, asumirá oficialmente como ministro del Interior del gobierno de Javier Milei, en reemplazo de Guillermo Francos. Con esta designación, Santilli se incorpora al Gabinete nacional con la responsabilidad de fortalecer el diálogo con las provincias y coordinar la relación política del Ejecutivo con los distintos distritos del país.

El acto de juramento se realizará este martes 11 de noviembre a las 15, en el Salón Blanco de la Casa Rosada, con la presencia del presidente Milei, funcionarios nacionales, dirigentes políticos y familiares del nuevo ministro.

Reuniones con gobernadores y agenda federal

En los días previos a su asunción, Santilli mantuvo reuniones con gobernadores como Ignacio Torres (Chubut) y Raúl Jalil (Catamarca), y adelantó que continuará los encuentros con los mandatarios de Córdoba, Salta y San Juan.

El dirigente aseguró que el diálogo con las provincias será el eje central de su gestión, aunque descartó un encuentro con Axel Kicillof, a quien cuestionó por mantener —según dijo— “un doble discurso” frente al gobierno nacional.

Luego del encuentro, Torres sostuvo “me reuní con el jefe de Gabinete de ministros de la Nación, Manuel Adorni, y con el ministro del Interior, Diego Santilli, para seguir avanzando en el compromiso de eliminar las retenciones al petróleo en Chubut. Además, dialogamos sobre el Presupuesto 2026 y la ejecución de obras de infraestructura prioritarias, objetivos centrales para lograr la previsibilidad y el desarrollo que nuestra provincia y el país necesitan”.

Además, el chubutense manifestó que “están convencidos” de que, en esta nueva etapa, el país tiene la oportunidad de “consolidar acuerdos a mediano y largo plazo” y, finalmente, avanzar en las “reformas estructurales necesarias para generar trabajo, atraer inversiones y construir un futuro mejor” para los argentinos.

Cruce con Axel Kicillof

Por otra parte, Santilli adelantó sobre el diálogo con las provincias “será lo que preponderé en mi gestión”. Sin embargo, afirmó que no se reunirá con el mandatario bonaerense, Axel Kicillof, que gobierna “contrariamente” a las políticas que lleva adelante la gestión de Milei y después le solicita, mediante una carta pública, que dialoguen.

«Me aturde el doble discurso de Kicillof, no votó Boleta Única, no fue al Pacto de Mayo, no adhirió a las leyes de Reincidencia y Reiterancia, no adhirió a Ley Antimafia. ¿Dónde está, por qué tiene ese doble discurso?«, indicó, días atrás, en una entrevista televisiva.

Por el momento, en el acto de juramento como nuevo ministro del Interior, se sabe que estarán presentes funcionarios del gobierno nacional y familiares y amigos Santilli. Además, está confirmada la asistencia del jefe de bloque del PRO en Diputados, Cristian Ritondo.

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    Si estuviéramos en otro país, los medios estarían discutiendo sobre una «revolución de colores» contra el poder establecido y a favor de los valores de la libertad y la democracia. Los enfrentamientos que se están produciendo en EEUU entre los detractores de la Migra o ICE (Immigration and Customs Enforcement) y las fuerzas represivas enviadas por Trump representan el embrión de esa «segunda guerra civil norteamericana» que lleva tiempo rondando en el horizonte. Si desemboca en un conflicto civil en toda regla o si, por el contrario, se apaga, es lo que veremos en las próximas semanas, pero es importante observar su significado radical.Por Andrea Zhok (LaHaine).


     

    No se trata simplemente de la contestación de una normativa contra la inmigración clandestina. Las líneas políticas que se enfrentan aquí son, con bastante claridad, herederas directas de las líneas de contraste de la Guerra de Secesión (1861-1865).

    En esa Guerra, el Sur, agrícola, estaba vinculado a una visión política y económica intrínsecamente conservadora, telúrica, identitaria, mientras que el Norte, industrial o en vías de industrialización, se proyectaba en una dimensión de ‘progreso’, en rápida evolución.

    En cuanto a las relaciones interétnicas, la divergencia no podía ser más clara: el Sur seguía anclado en una perspectiva en la que la esclavitud sedentaria y hereditaria desempeñaba un papel económico fundamental, mientras que el Norte, gracias al rápido proceso de industrialización, seguía atrayendo a una amplia población migratoria procedente de Europa, que constituía su fortuna.

    En la segunda mitad del siglo XIX, la esclavitud era un anacronismo y las relaciones de poder entre las zonas urbanas industriales y las zonas agrícolas favorecían totalmente a las primeras. La supremacía del norte era un hecho. Pero un siglo y medio después, el auge del urbanismo industrial, convertido en economía financiera, está en plena crisis; la libre circulación de la mano de obra, que siempre ha sido una característica de los EEUU, genera más problemas de los que puede resolver la contribución económica de los trabajadores baratos.

    En este momento, los frentes de la Guerra de Secesión reaparecen, pero con nuevas funciones históricas. La línea divisoria ya no es tan clara entre el norte y el sur geográficos, sino entre las grandes áreas urbanas, vinculadas a la internacionalización financiera y con un electorado predominantemente demócrata, y la provincia profunda, que busca protección económica y la recuperación de una identidad perdida, y vota mayoritariamente republicano.

    Es evidente que esta fractura es objetivamente profunda y se percibe como tal en EEUU. Se ve en la radicalización del enfrentamiento en el plano institucional, donde, por ejemplo, la alcaldesa de Los Ángeles y el gobernador de California alimentan constantemente una retórica de «democracia contra dictadura», apoyando de hecho el carácter subversivo y anticonstitucional de las decisiones de la presidencia.

    A su vez, Trump tiene fácil trabajo para dar la vuelta a las acusaciones, acusando a las instituciones californianas de actividades subversivas e insurreccionales. Esta fractura se está propagando rápidamente en todos los principales centros urbanos del país: Seattle, Chicago, Filadelfia, etc., donde las autoridades demócratas apoyan esta lectura de «choque de civilizaciones».

    Dudo que los políticos con intereses profesionales sólidos, alcaldes, gobernadores, diputados, etc., estén dispuestos a una confrontación arriesgada en el momento en que Trump recurra a la Ley de Insurrección, que confiere al presidente el poder de utilizar el ejército y la guardia nacional para tareas policiales.

    Pero no es nada seguro que, una vez evocada en una parte de la población la imagen de un choque vital entre concepciones de la civilización, en el que no hay margen para el compromiso con la otra parte, se consiga volver a meter el ganado en los corrales.

    Si estuviéramos en otro país, los medios de comunicación estarían discutiendo sobre una «revolución de colores» contra el poder establecido y a favor de los valores de la libertad y la democracia. Pero, a diferencia de las habituales «revoluciones de colores» en otros países del mundo, aquí falta un elemento decisivo: el papel de financiación y coordinación de los estadounidenses.

    (Solo podemos imaginar lo que pasaría aquí si, como en 2014 en Ucrania, el equivalente ruso o chino de la entonces portavoz del Departamento de Estado de EEUU, Victoria ‘Fuck Europe’ Nuland, distribuyera alimentos y financiación, o arengara a la multitud de insurrectos en Los Ángeles…).

    CALPU

     

     

     

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