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Romper las Cadenas de la Desigualdad: La Promesa del Ingreso Básico Universal

En un mundo cada vez más desigual, donde la riqueza se concentra en manos de unos pocos, surge una idea audaz que podría transformar las vidas de millones: el Ingreso Básico Universal (IBU).

Imagina un futuro donde nadie quede atrás, donde cada persona, sin importar su situación, tenga acceso a los recursos básicos para vivir con dignidad. Es aquí donde el IBU entra en escena, como un faro de esperanza en medio de las sombras de la pobreza y la marginación.

«Cuando los gobiernos han implementado un ingreso básico, los resultados han sido sorprendentes: la gente se vuelve más saludable y feliz, el crimen disminuye, los niños obtienen mejores calificaciones y las personas encuentran nuevos trabajos o deciden emprender», afirma Rutger Bregman en su libro «Utopía para Realistas».

Financiado con los aportes de aquellos que más han prosperado, el IBU tiene el poder de reequilibrar la balanza, devolviendo a los ciudadanos una parte justa de la riqueza que han ayudado a generar. Impuestos justos a las grandes fortunas, a las ganancias extraordinarias y a la automatización, se convierten en el combustible que alimenta este motor de equidad.

«Un ingreso básico universal nos acerca a una sociedad más libre, más saludable y más justa. Nos libera de la constante preocupación por la supervivencia y nos permite perseguir nuestras pasiones, desarrollar nuestros talentos y contribuir a la sociedad de nuevas formas», agrega Bregman.

Pero el IBU no es solo una transferencia monetaria; es una oportunidad para que las personas puedan perseguir sus sueños, desarrollar sus talentos y contribuir a la sociedad de maneras inimaginables. Libres de la constante preocupación por la supervivencia, los ciudadanos pueden enfocarse en construir un mundo más próspero, creativo y cohesionado.

«La idea del ingreso básico no es una utopía irrealizable, sino una propuesta pragmática y realista. Muchos países de todo el mundo ya han puesto en práctica programas piloto con resultados alentadores. Es momento de ampliar su alcance y convertirlo en una realidad a gran escala», sostiene Bregman.

Si bien no es una solución mágica, el IBU puede ser el primer paso hacia una sociedad más justa, donde la dignidad y las oportunidades se distribuyan de manera equitativa. Es hora de romper las cadenas de la desigualdad y abrazar esta transformadora visión de un futuro más inclusivo y sostenible para todos.

Argentina y el Desafío del Ingreso Básico Universal

Mientras el mundo debate los méritos del Ingreso Básico Universal, Argentina se encuentra en una encrucijada. Como muchos países en desarrollo, la nación sudamericana enfrenta enormes brechas de desigualdad, con una considerable proporción de su población sumida en la pobreza.

Sin embargo, Argentina también cuenta con recursos naturales valiosos y una base tributaria que, si se estructurara de manera adecuada, podría proveer los fondos necesarios para financiar un sistema de transferencias universales. Iniciativas como el impuesto a las grandes fortunas, implementado recientemente, demuestran que existe un camino viable para recaudar recursos de los sectores más acomodados.

«Financiar un ingreso básico universal no es tan difícil como parece. Basta con gravar adecuadamente a los sectores más prósperos de la sociedad, mediante impuestos progresivos a la renta, el patrimonio y las ganancias extraordinarias. De esta forma, redistribuimos la riqueza de manera más justa», subraya Bregman.

No obstante, la evasión fiscal, la fuga de capitales y la resistencia política de los grupos de poder representan obstáculos significativos que deben superarse. Una reforma tributaria integral, acompañada de un fortalecimiento de la administración y el cumplimiento, sería esencial para garantizar la sostenibilidad de cualquier programa de IBU en Argentina.

«Un ingreso básico universal no solo ayuda a reducir la pobreza y la desigualdad, sino que también fomenta la innovación, la creatividad y el emprendimiento. Las personas ya no se ven obligadas a conformarse con trabajos que les disgustan, sino que pueden arriesgarse a seguir sus sueños», concluye Bregman.

Aun así, la promesa de un Ingreso Básico Universal en Argentina sigue siendo una opción a explorar, con el potencial de transformar profundamente la realidad social y económica del país. Si se logra vencer los obstáculos, esta política podría convertirse en un modelo a seguir en la región y en todo el mundo.


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  • Prat Gay se suma a las críticas del establishment: «No hay programa económico que enamore si no genera empleo

     

    El exministro de Economía y ex titular del Banco Central, Alfonso Prat-Gay, cuestionó la falta de rumbo del programa económico y se desmarcó fuerte de dos funcionarios que lo acompañaron durante el macrismo: Toto Caputo y Santiago Bausili.

    «No hay ningún programa económico que enamore si no genera empleo, más producción y exportación», afirmó en un almuerzo organizado por el Rotary Club de Buenos Aires y agregó: «Falta esto en el vocabulario de los que están a cargo de la gestión del Gobierno».

    Las críticas de Prat-Gay no parecen casuales. Coinciden con una profunda molestia de buena parte del establishment con Milei y el rumbo económico que motivo que numerosos economistas salgan a advertir que el dólar está atrasado, lo que desequilibró emocionalmente al ministro Caputo.

    Prat-Gay también apuntó contra el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, por sus escándalos de corrupción. «Es obvio que estamos en una transición en la que murieron prácticas viejas, como financiar planes sociales sin presupuesto. Lo que no sabemos es si nació lo nuevo. El Gobierno vino a terminar con la casta y lo prebendario, pero el jefe de Gabinete quedó enfrascado en lo que decía que venía a cambiar. Para llevarnos a lo nuevo, los que nos conducen realmente tienen que ser probos y absolutamente éticos», sostuvo.

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    En relación con la economía, marcó una tensión entre los indicadores macro y la situación cotidiana. «No puede estar bien la macro si la micro está mal. Si el resultado del programa económico es que la micro está mal, entonces está mal el programa», afirmó. También advirtió que el clima social tiende a deteriorarse, con sectores que mejoran y otros que enfrentan un cuadro más complejo.

    El Gobierno subestimó la inercia inflacionaria en un país de alta inflación y sigue sin interpretarlo bien. No solo hay que mirar el equilibrio fiscal y la emisión cero. También se intentó esto con el gobierno de Macri y no funcionó.

    Sobre la sostenibilidad del esquema, identificó dos puntos críticos. El primero es la imposibilidad de acceder al financiamiento externo. «Es paradójico que un gobierno libertario que cumplió todo lo que le pidió Wall Street no logró acceder al mercado internacional de deuda», señaló. 

    En ese contexto, remarcó que el país enfrenta compromisos en moneda extranjera por unos USD 20.000 millones anuales, sin acceso al refinanciamiento y con reservas internacionales netas negativas.

    Frente a ese escenario, fue categórico: «No es sostenible», y aclaró que el superávit comercial de bienes no compensa el resultado negativo cuando se incluyen servicios en la balanza de pagos.

    El segundo eje que destacó es la falta de confianza en la moneda local. «La gente no quiere pesos», sintetizó. A partir de allí, describió un mecanismo que se retroalimenta: sin demanda de dinero no hay crédito, sin crédito no hay reactivación, y sin reactivación no se acumulan reservas. «Es el perro que se come la cola», graficó.

    En ese marco, planteó una duda central sobre el programa económico: «¿Qué pasa que los argentinos no terminan de confiar en el peso y qué pasa que los acreedores externos no terminan de confiar en el programa? Mientras no se resuelva esto, vamos a estar en una situación muy frágil».

    También cuestionó la dinámica inflacionaria. Señaló que, a casi 30 meses de gestión, la inflación mensual se ubica en torno al 3%, por encima de otras experiencias comparables. «El Gobierno subestimó la inercia inflacionaria en un país de alta inflación y sigue sin interpretarlo bien. No solo hay que mirar el equilibrio fiscal y la emisión cero. También se intentó esto con el gobierno de Macri y no funcionó», afirmó.

    A su vez, observó una falta de coordinación en la estrategia económica. «Los programas tienen que ir sincronizados. Si es shock en lo fiscal, debería ser shock en lo monetario, y viceversa», indicó.

    En defensa de su propia gestión, explicó: «No había ningún margen para hacer un shock fiscal cuando yo era ministro. Teníamos a la expresidente [Cristina Kirchner] vivita y coleando, compitiendo por una banca, no estaba presa. Además, lo que pedía el soberano en ese momento es distinto a lo que pide ahora. La audacia de Milei fue leer bien lo que pedían y avanzar rápido en lo fiscal».

    Finalmente, si bien no descartó que el programa pueda consolidarse, advirtió que hoy faltan condiciones clave para lograrlo, como crecimiento sostenido y una mejora en la distribución territorial del desarrollo. Cerró con una advertencia: «Que Dios no permita que resucite lo viejo, pero en primer lugar el Gobierno tiene que lograr que no pase.»

     

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    El senador sanjuanino recibió un llamado de la ex presidenta y, según adelantaron a LPO fuentes al tanto de la conversación, tuvieron una charla amigable que derivó en la propuesta de Uñac de internas partidarias para este mismo año.

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    Cristina receló en un principio y, tras una discusión ardiente con Juanjo, terminó aceptando la posibilidad de apoyar al sanjuanino. «No tengo otro», le admitió el primer intendente de la historia de Hurlingham.

    A Uñac le reconocen que San Juan fue una de las siete provincias en las que el peronismo ganó en las elecciones del año pasado, en una fecha negra para la historia electoral del PJ.

    Cristina receló en un principio y, tras una discusión ardiente con Juanjo, terminó aceptando la posibilidad de apoyar al sanjuanino. ‘No tengo otro’, le admitió el primer intendente de la historia de Hurlingham. 

    Tras el aval de Cristina, Uñac ya comenzó a moverse como candidato y recibió a empresarios que están a la búsqueda de una alternativa razonable a Milei. 

    El sanjuanino también empezó a recibir dirigentes y el pasado miércoles se reunió en sus oficinas porteñas a emisarios de la Red Peronismo Federal, entre los que estaban Ramón Prades García del Think Thank Ideas Argentinas y Federico Martelli del MUP. Además del ex intendente de San Antonio de Areco, el kirchnerista Francisco «Paco» Durañona.

    Más allá de la interna que propone Uñac, en el peronismo aseguran que las dos opciones más realistas son que compita otra vez por la gobernación de San Juan o que se meta en la fórmula peronista como vicepresidente.

    La otra opción que se está barajando en el peronismo, como anticipó LPO, es la del empresario Jorge Brito. El ex presidente de River es impulsado por Emilio Monzó para competir en unas internas con Axel Kicillof, hasta ahora el candidato que más mide.

     

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  • Dibujo a mi tío para encontrarlo

     

    A mi tío lo baleó una patota parapolicial en una emboscada, mientras intentaba escapar por la ventana del primer piso de una casa en Mar del Plata. No es, la historia de mi tío, una historia de desaparecidos. Pero yo todavía lo sigo buscando. Mi tío, Pacho Elizagaray, tenía 24 años cuando lo mataron. Mi tío está. Mis abuelos pudieron llevarle flores. Mi papá, tres años menor que él, pudo llorarlo. Sabemos dónde está su cuerpo. Hubo un juicio en 2016 y algunos de los responsables de su muerte fueron condenados. No todos. Pero mi tío está. Y yo todavía lo sigo buscando. 

    La de mi tío Pacho no es, entonces, una historia de desaparecidos. Es una historia de silencios. Y el silencio es una forma de la ausencia. 

    Mi abuelo presentía que a Pancho lo iban a matar. Mi abuelo se llamaba Carlos Elizagaray. En marzo de 1975, un año antes del golpe, era senador del Frejuli. Lo tenían entre ceja y ceja y ya lo habían amenazado varias veces. Gente que se identificaba como miembros de la Concentración Nacional Universitaria (CNU) le había dicho que si Pacho no dejaba de joder lo iban a tener que ir a reconocer a un baldío. Mi tío Pacho estudiaba derecho y era uno de los principales referentes de la Juventud Universitaria Peronista de Mar del Plata. Entre otras cosas, había participado de las negociaciones que lograron instaurar la gratuidad universitaria en el 73. La CNU, mientras tanto, quería desmantelar a la militancia de izquierda en la universidad y en la ciudad. 

    Mi abuelo Carlos habló con mi tío cuando un ex compañero del Ejército le dijo que Pacho estaba en una lista y que lo iban a ir a buscar. Pacho siguió militando. Hasta que los de la CNU atacaron. La madrugada del 21 de marzo de 1975 lo fueron a buscar en la casa donde estaba con su tío y sus primos y los mataron a los cuatro. 

    Mi abuelo hablaba poco de ese día. Mi papá me contó más de una vez su recuerdo de escuchar desde la planta alta los pasos y la voz de mi abuelo cuando entró a la casa familiar y le dijo a mi abuela: “Maucita, nos destruyeron la vida”. Había subido al techo de la casa donde reconoció el cuerpo del tío Pacho. Era el único que quedaba. A los otros tres se los habían llevado a un descampado donde los fusilaron y los dejaron tirados. La CNU tenía la estrategia de dejar los cuerpos a la vista para infundir terror. 

    Veinte años antes, en septiembre del 55, mi abuelo Carlos había estado parapetado en la terraza de Casa Rosada ametrallando a los aviones que bombardearon Plaza de Mayo. Era bien peronista mi abuelo. Y era natural que sus hijos – mi tío, mi papá, mi tía – salieran también militantes. Mi papá militaba en una unidad básica de su barrio y siempre se lamentaba no haber escuchado nunca a mi tío en una asamblea en la universidad, ni dando un discurso. Decían que era buen orador. Y yo, que no lo conocí a mi tío Pacho, porque nací 17 años después de su muerte, lo sigo buscando. 

    El pasado, mientras tanto, parece alejarse más. Parece diluirse hacia atrás, o hacia algún fondo, como si se vaciara en una rendija oscura. Los rostros en los carteles de las plazas de todo el país, para muchos, dejan de ser personas y se vuelven eso: rostros sin nombre en carteles grises. Desconocidos para la mayoría. Cada vez más. Pero eran hermanos, amigos, padres, tíos. El duelo muta, toma nuevas formas, se esconde y brota en formas que no imaginamos hasta que se nos aparece. Y cada uno hace lo que puede hacer con eso. 

    De mi tío siempre supe poco. Cada vez que lo nombraba, se repetía una historia corta que era siempre la misma. Y después el silencio. Siempre me mostraron una misma foto de él. Un retrato sonriente, ya veinteañero. También había un cuadro pintado por él decorando una de las habitaciones de la casa. Nombrarlo no estaba prohibido, preguntar tampoco. Pero siempre era angustioso recordarlo y eso impedía hablar más. 

    Siempre sentí que me hubiera llevado muy bien con mi tío. Me gustaba pensar qué conversaciones hubiéramos tenido. Imaginar a qué se dedicaría si hubiera vivido más. Me parecía que el arte – él con la pintura, yo con la ilustración- era algo que nos podría haber unido. Quizás, de hecho, sí nos une. 

    Sentía que algo de Pacho habitaba en mí. Aún sabiendo tan poco, y acostumbrada a esa forma de las cosas. Me di cuenta el 24 de marzo de 2024 en plena Plaza de Mayo. Íbamos llevando un cartel con un retrato de mi tío. No lo habíamos hecho antes. Y en un momento se acercó un pibe de mi edad a mirar: 

    — ¿Sos algo de Pacho? — me preguntó — Yo lo conozco, era el mejor amigo de mi abuela. 

    El pibe, resulta, sabía más que yo de la historia de mi tío. 

    No teníamos la tradición de ir a la plaza los 24. A mi abuelo no le gustaban las multitudes. Comenzamos a ir más grandes, nosotros. Ese año era la primera vez que llevábamos las fotos de Pacho a la plaza. También de sus primos y su tío, las otras víctimas de la masacre de marzo del 75. Se lo había propuesto a mi viejo, hábil carpintero, que armó unos soportes de madera; yo imprimí las fotos y también la copia de una ilustración que había hecho de él cuando no pudimos marchar en la pandemia. 

    Después de ese día todo sucedió muy rápido. Subí la foto con el cartel de mi tío a Instagram y me escribió otra compañera de Pacho que a su vez me conecto con otros, y ellos a su vez con otros. Armé un archivo en la compu con sus nombres y números de teléfono. Los fui contactando uno a uno, y empecé a visitarlos. 

    Recién ahí, cuando sentí que era el momento, me animé a abrir más la charla con mi papá. Y descubrí, cuando pudimos conversar, un alivio muy profundo. La palabra liberada era un refugio. Conocer más de la vida de mi tío Pacho, contarla, era una forma de hacer algo por mí y por su memoria. Ayudaba a superar el dolor. Con el tiempo, pronunciar el nombre de mi tío Pacho dejó de generar un nudo en la garganta. Algo ahí se aflojó, y fue gracias a esa búsqueda.

    Como aquellos que buscan los restos de sus desaparecidos, yo busco los restos de la historia de mi tío en cada una de las personas que lo acompañaron en su vida, y en especial en sus años de militancia. Siento la urgencia de recopilar cada memoria de él. Siento que todavía estoy a tiempo. Muchos hombres y mujeres de su generación siguen presentes, pero cada vez quedan menos. Recién en agosto de 2025 fui a conocer a La Polaca, la abuela de ese chico que se me acercó en la plaza y me despertó el impulso de buscar y saber más. Viajé con mi mamá a Mar del Plata para verla. Me puse nerviosa antes de entrar, me pasa antes de cada encuentro.  

    La Polaca murió dos meses después de nuestra visita. Me quedaron más preguntas por hacerle. Pero ahí tomé conciencia de que la conversación entre generaciones es imprescindible y no es algo que pueda quedar para otro momento.

    En cada encuentro, con cada uno de ellos, pienso lo que me cuentan en imágenes. La Polaca era la esposa de un referente político al que Pacho admiraba, y la casa de ellos era el lugar donde se juntaban todos. Pacho se reunía a veces a solas con La Polaca y sentía esa casa como un refugio. Ella le hacía siempre una sopa con remolacha y un sandwich de rabanito. Yo no sabía que a mi tío le gustaba eso. Y a mí me encantó siempre el rabanito. Ahí encontré, quizás, una razón. Cuando la escuchaba, veía la imagen de mi tío en su casa. 

    Cada persona que llamo para hablar de mi tío me recibe con entusiasmo. Todos quieren contarme de él. Son siempre conversaciones para recordar con alegría. Hablamos de recuerdos íntimos. Humanos. Como los que encuentro cuando veo las fotos de los álbumes familiares, a los que vuelvo todo el tiempo porque lo que aprendo quiero dibujarlo. En las fotos noté que siempre, en la parte de arriba, en mi familia tenían la costumbre de escribir chiquitito el año: 73, 74. En esas fotos casi siempre la gente está feliz. Yo me obsesiono un poco con la fecha. Los veo en las imágenes y pienso cuánto faltaba para la masacre. Pienso que ellos están ahí en la foto, sonriendo, sin saber lo que va a pasar. Y yo sí sé. 

    Mientras miro las fotos y escucho a cada persona con la que puedo encontrarme en la búsqueda, pienso en cómo entendemos lo que nos queda del pasado a medida que nos alejamos en el tiempo. Como, con el paso de los años, nos cuenta entender esa época. La violencia de los setenta, que no empezó con el golpe de marzo del 76. Que empezó en democracia y empezó por el odio y el desencuentro entre los que pensaban distinto. Pienso en cómo heredamos la herida. Cómo llega a nuestras generaciones. Qué formas tiene. Y sobre todo, cómo le explicamos a los más jóvenes la complejidad de una época que se sigue estirando sobre nuestras propias vidas. 

    Sigo conversando con los que puedo. Sigo buscando. Avanzo, escucho, registro como puedo. Quiero filmar, pero no sé filmar. Pido un grabador para guardar las charlas con mejor calidad y hago lo que puedo. Trato de sacar alguna foto en cada encuentro. Al salir anoto las sensaciones que me dejó la conversación, detalles que no quiero olvidar. Trato de bajarlo todo a dibujos rápidos. Me aparecen escenas, imágenes de esas anécdotas. Eso puedo y eso me sale. Dibujar. Dibujarlo a mi tío Pacho es mi manera de encontrarlo. 

    La entrada Dibujo a mi tío para encontrarlo se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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