La Directora de Turismo de la Municipalidad de Villa Regina Katerina Iogna se reunió esta mañana con integrantes de la Mesa de Turismo Rural.
En el encuentro se realizó un balance de las actividades desarrolladas durante el verano y se planificaron las propuestas para llevar adelante en lo que resta del año.
Entre otros temas se abordó la posible participación de emprendedores rurales en la comisión de la organización de la Fiesta de la Sidra.
La Oficina de Empleo de la Municipalidad de Villa Regina viene trabajando a través de distintos programas con el objetivo de otorgar herramientas para acceder al mundo laboral a personas de distintas edades. Uno de ellos es ‘Promover Igualdad’ que está destinado a desocupados mayores de 18 años que tengan certificado de discapacidad. A través…
En el marco de las acciones para contribuir a un tránsito ordenado, seguro e inclusivo, la Dirección de Tránsito y Protección Civil de la Municipalidad de Villa Regina instaló nuevos decrementadores en los semáforos ubicados en las intersecciones de ruta nacional 22 y calles San Martín y España. A ellos se sumaron dos semáforos peatonales…
A pocos meses de asumir la conducción de YPF, la administración libertaria anunció el Proyecto Andes – Oportunidad de inversión en gas y petróleo convencional. Se trata de uno de los pilares de una estrategia más amplia denominada Plan 4×4, que propone cuadruplicar el valor de la empresa en un periodo de 4 años y alcanzar exportaciones por 30.000 millones de dólares para 2031. Así, la nueva gestión anunció lo que sería el inicio de un proceso de profundas transformaciones hacia adentro de la empresa energética de bandera nacional, sin preguntarse a qué costo o qué implicancias tiene esta gran estrategia para los territorios que viven por y para el petróleo. Esos efectos están empezando a verse ahora.
La columna vertebral del plan es maximizar los recursos financieros destinados a exploración y extracción de hidrocarburos, y concentrarlos en los yacimientos más productivos de petróleo y gas no convencional de Vaca Muerta. El plan de racionalización y optimización de sus activos (Proyecto Andes) representa el primer paso; es decir, el abandono masivo de campos “maduros” de baja productividad ubicados en la región patagónica y Mendoza. El principal argumento de la empresa para llevar calma a los territorios afectados era que operadoras más pequeñas iban a apostar a nuevas tecnologías y ser más eficientes en procesos (con menor intensidad de mano de obra), para alcanzar niveles de productividad y rentabilidad acordes.
Este cambio abrupto dentro del sector petrolero tuvo una baja repercusión mediática. Sin embargo, para la zona de la Cuenca del Golfo San Jorge – que se extiende sobre 70.000 kilómetros cuadrados entre el sur de Chubut y el norte de Santa Cruz – fue como un baldazo de agua fría, en invierno. Nadie intuía que del día a la noche le estuvieran poniendo la tapa al cajón de la que fuera durante más de cien años la principal cuenca petrolífera del país y la segunda cuenca convencional más importante en la actualidad.
Este territorio semidesértico se caracteriza por un clima árido y ventoso, lo cual históricamente ha representado una barrera para el arraigo de las personas que migraron a estas zonas, atraídas por las oportunidades laborales en torno a la actividad hidrocarburífera.
El clima de incertidumbre y angustia generalizada que atraviesa la cuenca desde la retirada de YPF recuerda a los años de la privatización de la YPF estatal durante la década de los noventa.
A pesar de ser una de las zonas con menor densidad poblacional del país, en este amplio territorio habitan aproximadamente 375.764 habitantes. Cerca del 90% de la población se concentra en los dos principales aglomerados urbanos: Comodoro Rivadavia-Rada Tilly, Chubut (57%) y Caleta Olivia, Santa Cruz (33%). En estas ciudades, que están a menos de 70 kilómetros de distancia entre sí, se localizan los principales parques industriales y el entramado de empresas del sector hidrocarburífero. Son ciudades que viven por, para y del petróleo.
El clima de incertidumbre y angustia generalizada que atraviesa la cuenca desde la retirada de YPF recuerda a los años de la privatización de la YPF estatal durante la década de los noventa. Aquella vez no sólo se entregaron capacidades estatales estratégicas para regular, gestionar y planificar la explotación del principal recurso energético a manos extranjeras (de los pocos casos en el mundo); también se le quitó cualquier tipo de condicionamiento sobre los planes de acción de los nuevos propietarios o previsión sobre las consecuencias del impacto económico y social.
La reestructuración interna de la empresa significó en aquellos años la pérdida de miles de puestos de trabajo y un fuerte deterioro de la economía local en Comodoro Rivadavia, al igual que otras ciudades de la cuenca. La transformación del sector en dicho momento también se llevó gran parte de la identidad ypfeana, el conjunto de símbolos y valores que unían a los empleados de la empresa estatal y los distinguía. Tal como sostiene un informe reciente de FUNDAR, esto se explica en buena medida porque YPF además de empleo estable y bien remunerado, ofrecía a las “familias ypfeanas” protección social, servicios y un fuerte sentido de identidad compartida.
Mosconi, Repsol, y la recuperación
El descubrimiento de petróleo el 13 de diciembre de 1907 en la ciudad Comodoro Rivadavia marcó un quiebre significativo para este territorio, así como también para la historia política y económica del país. Argentina era el segundo país de América del Sur en superficie y dependía casi enteramente del combustible importado.
La futura “capital nacional del petróleo” también sería testigo de la creación de la primera empresa petrolera estatal de Latinoamérica, Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), luego de arduas disputas entre legisladores y funcionarios del Estado que propugnaban por una política nacionalista y aquellos (en gran parte de las provincias) que apoyaban el desarrollo de la industria en manos de capitales privados y extranjeros.
Durante la presidencia de Marcelo T. de Alvear, se impulsó una política petrolera extremadamente agresiva, restringiendo la operación de las compañías petroleras extranjeras. Al mismo tiempo, se delegó el mando de la compañía al coronel Enrique Mosconi, consagrado oficial que consideraba que el desarrollo de la industria petrolera estatal era un asunto que merecía la más alta prioridad nacional. El coronel Mosconi implementó un ambicioso plan para incrementar la producción de la empresa estatal, hacerla crecer aguas abajo, a partir de la compra de las estaciones de servicios, la construcción de refinerías, y la mejora en las condiciones de vida de los obreros petroleros en el territorio. Además, Mosconi sentó las bases para convertir YPF en un símbolo, al transmitir tanto a los empleados de la empresa, como al conjunto de la sociedad y diferentes países de la región, la importancia de una empresa petrolera estatal para alcanzar la soberanía energética y el desarrollo nacional.
La empresa supliría la presencia del Estado, que cubría pocas demandas en Comodoro Rivadavia. En este sentido, la identidad ypefiana también actuaba como un factor de diferenciación social importante, respecto del resto de los comodorenses (no-ypefeanos) que no gozaban de esa vasta red de instituciones prestadoras de beneficios sociales que sostenía la petrolera estatal.
Hasta fines de la década de 1980, la explotación petrolera en el país se expandió impulsada principalmente por la empresa nacional, como parte de una política estatal de autoabastecimiento del mercado interno y desarrollo de las economías regionales. En este marco, la estructura productiva de Comodoro Rivadavia y otras localidades de la Cuenca del Golfo San Jorge (Caleta Olivia, Pico Truncado, Las Heras) se conformaron con un papel muy específico: proveedor de los recursos energéticos necesarios para el desarrollo industrial de los grandes centros urbanos del país. En Comodoro Rivadavia se gestó un denso entramado de empresas industriales, principalmente metalmecánicas, vinculadas al sector hidrocarburífero, el ferroviario y portuario.
Las necesidades de la industria favorecieron el desarrollo de capacidades científico-tecnológicas, en la Universidad de la Patagonia San Juan Bosco (privada y de origen confesional), que luego se fusionaría con la Universidad Nacional de la Patagonia (de carácter nacional y estatal) en 1980. Esta se orientó a la formación y capacitación de los recursos humanos demandados, como geólogos, biólogos e ingenieros. A su vez, se fue equipando y creando laboratorios para la provisión de servicios específicos para la industria. En este sentido, la historia de YPF, estuvo fuertemente asociada a ideales de autodeterminación e industrialización y sirvió de ejemplo para el modelo que adoptaron otras petroleras estatales en Sudamérica.
La privatización de los 90 generó cambios profundos en el territorio a partir de la desaparición de las economías regionales, pymes y minifundios, ligados a la empresa estatal. Cabe recordar que aquellos territorios petroleros serían la cuna de los primeros movimientos piqueteros de trabajadores excluidos.
Tras la privatización de YPF en los 90 menemistas, la empresa dejó de ser un actor central en la organización y planificación del desarrollo económico y social del territorio. Redujo sus capacidades técnicas y productivas a la mínima expresión, y su mandato se limitó a la coordinación de la producción petrolífera y las decisiones de inversión, con la premisa de maximizar la rentabilidad de corto plazo (en función de los intereses de los accionistas). Contrariamente, a través de contratos de explotación y de servicios creció la participación de empresas nacionales e internacionales en la explotación de los yacimientos mayoritariamente descubiertos por la inversión estatal. Emergieron nuevas empresas operadoras: concesionarias de los yacimientos, siendo su actividad núcleo la extracción de petróleo. Estas empresas, con la capacidad técnica para desarrollar los proyectos y actividades de explotación, eran mayormente empresas petroleras internacionalizadas (con control total o parcial de capitales extranjeros) y pasaron a regular el ritmo de explotación petrolera en la cuenca en función de variables de mercado (principalmente, el precio del barril de petróleo). Al mismo tiempo, aplicaron mecanismos de governance a la relación con los proveedores locales, bajo la lógica de una cadena de valor de tipo cautiva. Es decir, relaciones asimétricas entre pequeños y medianos proveedores con unos pocos compradores que detentaban gran poder para establecer las condiciones contractuales (tarifas, tareas, responsabilidades, etc.) y trasladar los riesgos económicos.
Esta transformación estructural dentro de la cadena de valor generó cambios profundos en el territorio a partir de la desaparición de las economías regionales, pymes y minifundios, ligados a la empresa estatal. Es bueno recordar también, que los territorios petroleros (destacándose la Cuenca Neuquina) serán la cuna de los primeros movimientos piqueteros de trabajadores excluidos.
Históricamente la cuenca se ha concentrado en las actividades de exploración y explotación (extracción y primer tratamiento) de petróleo y gas, que representan el primer anillo dentro de la cadena de valor del petróleo y gas, denominado Upstream. El siguiente anillo, Midstream, es el almacenamiento y transporte del petróleo como el gas extraído (por buques o gasoductos, respectivamente) hacia Buenos Aires o mercados de exportación. El último anillo es el Downstream, que corresponde a la refinación, comercialización y distribución de distintos productos finales, como naftas, gasoil, entre otros.
La YPF estatal contribuyó al desarrollo de capacidades científico-tecnológicas y actividades intensivas en conocimiento arraigadas en el territorio, como la prospección geológica, talleres mecánicos y otras. . Sin embargo, la cuenca no logró superar su perfil primario-exportador, es decir, los eslabones de mayor valor agregado se completan por fuera de la región, lo que la configura como un enclave energético y limita su articulación productiva interna.
En este sentido, a pesar de haber sido la principal cuenca productora de petróleo del país por más de 100 años, YPF no asentó allí destilerías como en otras localidades (Neuquén, Salta y Mendoza ), aún con niveles de producción significativamente menores.
La YPF estatal contribuyó al desarrollo de capacidades científico-tecnológicas y actividades intensivas en conocimiento arraigadas en el territorio, como la prospección geológica, talleres mecánicos y otras. Sin embargo, la cuenca no logró superar su perfil primario-exportador.
Ante la sostenida inacción de Repsol-YPF en términos de inversión y producción, en mayo de 2012 el Gobierno Nacional tomó la decisión, retomando el espíritu de Mosconi, de impulsar la sanción de la ley de Soberanía Hidrocarburífera, y expropiar el 51% del paquete accionario de la empresa Repsol. A partir de ese momento, el desarrollo masivo de los recursos no convencionales para convertir a Argentina en exportador neto de energía pasó a ser prácticamente una política de Estado para las sucesivas administraciones nacionales. Luego de la sanción de la Ley Nº 27.007, de fines de 2014, que regula las formas de operar los hidrocarburos no convencionales, YPF comenzó a buscar asociaciones con grandes firmas nacionales e internacionales (Pluspetrol, Pampa Energía, Chevron, Dow Chemical, Petronas, entre otras) para adquirir más rápidamente las tecnologías necesarias, disminuir los plazos de aprendizaje y conseguir el capital del que no disponía el país.
En una primera etapa, YPF se enfocó en los recursos no convencionales de la Cuenca Neuquina (Vaca Muerta y Los Molles) y los del Golfo San Jorge (D-129 y Aguada Bandera), en donde el conocimiento del subsuelo y la infraestructura instalada permitirían acelerar la puesta de la producción en el mercado. Sin embargo, con menores niveles de reservas potenciales y luego de algunas pruebas piloto fallidas, la Cuenca del GSJ perdería centralidad a medida que Vaca Muerta se transformaba en la promesa de la salvación nacional.
Crónica de una crisis anunciada
Las nuevas operadoras, aquellas que suceden a YPF en la cuenca del Golfo San Jorge, mantienen cierto hermetismo sobre sus planes de inversión y producción, y hasta el momento sólo han avanzado en un proceso de restructuración de contratos con los distintos anillos de proveedores, integrados por prestadoras de servicios internacionales, grandes empresas nacionales y un gran número de PYMES locales.
Entre las empresas locales resuena la consigna de que hay que tratar de reducir costos como sea, porque la capacidad financiera de las operadoras es significativamente menor que la de YPF. Sin embargo, todos son conscientes de que el boom productivo que atraviesa la Cuenca Neuquina, impulsado por el desarrollo de Vaca Muerta, es el espejo invertido de lo que sucede en la Cuenca del Golfo San Jorge.
Según el estudio de FUNDAR, el auge productivo y de inversión sin precedentes que experimenta la Cuenca Neuquina (Vaca Muerta) y la crisis estructural de desinversión y pérdida de empleo que atraviesa la Cuenca del Golfo San Jorge (CGSJ) “son las dos caras de una misma moneda: un proceso de reasignación de capital y reconversión productiva que está redibujando el mapa socioeconómico de la Patagonia, con ganadores y perdedores claramente definidos”.
La magnitud de la transformación sectorial se verifica a través del aumento en la participación de los recursos no convencionales que se extraen en Vaca Muerta. En 2017, los recursos no convencionales representaban el 9% de la producción de petróleo y el 24% de la de gas natural; para los primeros nueve meses de 2025, su participación se había elevado al 61% y 64%, respectivamente. Tal como sostienen los autores del reciente estudio, “si bien la caída porcentual más pronunciada corresponde a la cuenca Noroeste, es la reducción del Golfo San Jorge la que representa el mayor impacto en términos absolutos, dado su rol como segunda cuenca más importante del país”.
Las reservas de Vaca Muerta posicionan al país como un player global y, sin dudas, tiene el potencial para contribuir al autoabastecimiento energético y la generación de un flujo de miles de millones de divisas genuinas que contribuyan a relajar la tan mentada restricción externa (aunque el gobierno liberal no comulgue con este concepto). Sin embargo, la forma de aprovechar esta ventana de oportunidad en el marco de la transición energética no es trivial, más aún sí queremos impulsar un bloque de desarrollo, con capacidad para generar una transformación estructural de la economía nacional. En términos del desarrollo económico, el riesgo pasa por quedar estancados en la producción de un bien commodity de tipo enclave, mientras contribuimos al desarrollo económico de otros países, que dispondrán de un insumo estratégico a bajo costo para ser competitivos en actividades de mayor agregado de valor.
La decisión de reorganizar de forma drástica el Upstream petrolero siguiendo exclusivamente metas financieras y señales de precios (o “de mercado”), puede ser contraproducente. En este sentido, la necesidad de generar recursos líquidos para maximizar las inversiones en Vaca Muerta condujo a YPF a desprenderse de yacimientos convencionales históricamente productivos, e incluso de otras unidades de negocios muy redituables como, por ejemplo, la venta de su participación accionaria en Profertil en diciembre de 2025. Esta empresa es de los productores de urea y amoníaco más eficientes del mundo, y cubre cerca del 60% del consumo de urea de Argentina. Un activo estratégico para un país productor de alimentos y, más aún, en un contexto global en el que la guerra disparó el precio de los fertilizantes a la par que generó restricciones de suministro.
La retirada de YPF de la Cuenca del GSJ fue acompañada por otras operadoras, como Tecpetrol (de Techint), que también habían empezado a redireccionar sus inversiones hacia Vaca Muerta unos años atrás. El panorama de una fuerte contracción del mercado local a corto plazo, desencadenó un efecto dominó sobre el resto de la cadena de valor local.
Además del impacto directo sobre las economías de cada hogar, la destrucción de estos puestos de trabajo formal con altos ingresos representa la pérdida de un motor importante de la demanda de consumo de bienes y servicios en los circuitos económicos provinciales.
Las empresas que componen el primer anillo de proveedores, mayoritariamente de capital extranjero, fueron de las primeras que impulsaron retiros voluntarios masivos, achicando drásticamente su nómina de empleados o, directamente, levantaron campamento (para concentrarse en Vaca Muerta). Estas empresas brindan servicios específicos fundamentalmente de perforación y puesta en producción de pozos a las empresas operadoras, como: perforación, cementación, construcción de las instalaciones de superficie, terminación, work over (intervención de pozos para repararlos o aumentar su producción), pulling (operaciones en el fondo del pozo) y mantenimiento. La retirada de estas compañías no sólo implica la pérdida de empleos, sino también de tecnología y conocimiento especializado, lo cual encarece las operaciones y obstruye las posibilidad de recuperar la producción.
La contracción del primer anillo de proveedores naturalmente impactó sobre el segundo anillo de proveedores, compuesto principalmente por pequeñas y medianas empresas (y algunas grandes) de capitales locales, que debieron reducir personal y ajustar estructuras de gastos, a costa de sobreendeudarse, para adaptarse a nuevas tarifas. Muchas de estas empresas son familiares, conducidas por las segundas o terceras generaciones, que durante décadas han hundido capital en tecnología y capacidades productivas locales. Contribuyendo a la formación de trabajadores calificados, con saberes específicos, y a la generación de nuevo conocimiento y soluciones tecnológicas exportables.
Hasta el momento el saldo de la salida de YPF de la Cuenca del GSJ se tradujo en una drástica destrucción de miles de puestos de trabajo, que incluso superan el boom de empleo en Vaca Muerta. Según estimaciones del municipio comodorense, sólo en la provincia de Chubut, entre diciembre de 2023 y el tercer trimestre de 2025, se destruyeron más de 6.700 empleos privados registrados, sin incluir otros sectores de la economía. Esta tendencia se profundizó en los últimos meses, aunque todavía no se dispone de estadísticas oficiales que cierren los números precisos.
Además del impacto directo sobre las economías de cada hogar, la destrucción de estos puestos de trabajo formal con altos ingresos representa la pérdida de un motor importante de la demanda de consumo de bienes y servicios en los circuitos económicos provinciales. Por otra parte, la contracción del nivel de actividad en la industria del petróleo y gas tiene un impacto relevante en los ingresos provinciales y de los municipios de la Cuenca del GSJ, provenientes de las regalías petroleras que tributan las operadoras. Este cuadro de situación se ve agravado en un contexto de fuerte contracción del gasto público nacional, que está reduciendo la masa de ingresos reales disponibles de los empleados públicos nacionales y, efecto multiplicador mediante, el nivel de actividad de la ciudad. Así, este encadenamiento de golpes pone en jaque la viabilidad económica de una provincia entera.
Visiones de futuro
El proceso de transición y traspaso de las áreas de la Cuenca del Golfo San Jorge deja al descubierto problemáticas institucionales estructurales, propias de un territorio periférico que históricamente se desarrolló a partir de una integración subordinada al sistema capitalista nacional. Esto ha generado sentimientos encontrados en la población comodorense. Algunos responsabilizan a las instituciones y actores locales (sindicatos, funcionarios y otros) por las ineficiencias y falta de competitividad sistémica del territorio. Otros, más optimistas, tienen esperanzas de que las nuevas operadoras puedan recuperar la producción (tras años de desinversión de YPF en la Cuenca), logrando reducir costos y mejorando la productividad media. Sin embargo, para una gran mayoría representa la estocada final desde las heridas abiertas por la privatización de YPF en la década de los noventa.
La transformación estructural dentro del sector de petróleo y gas (azuzada por la transición energética global) y la absoluta desconexión y retirada del gobierno nacional, desataron una crisis sin precedentes para la estructura socioeconómica de este territorio extractivista. Al mismo tiempo, cristalizó las debilidades y limitaciones institucionales y productivas de un territorio periférico que, tras años de bonanza, deberá aprender a navegar contra el viento. Esto implica un desafío enorme para Comodoro Rivadavia y cuenca del GSJ en general.
En la región existen otras actividades extractivas (minería) y/o energéticas (energía eólica, hidrógeno de bajas emisiones y derivados) que hace tiempo están en la agenda pública, por su potencialidad para movilizar capital e inversiones millonarias que logren compensar la caída de la inversión en el sector hidrocarburífero. Estos proyectos pueden tener un rol estructurante para el desarrollo local a mediano/largo plazo, en la medida que se desarrollen estrategias y hojas de ruta que realmente discutan dos aspectos centrales: 1) marcos regulatorios y de gobernanza que promuevan la agregación de valor local, dentro de las cadenas energéticos y/o otras industriales asociadas, y 2) férreos mecanismos de control y saneamiento socio-ambiental, consensuados políticamente y con licencia social. Un primer paso necesario, es migrar de la mirada de los recursos naturales como meros commodities (mercancías), a la de recursos naturales estratégicos y, al mismo tiempo, como bienes comunes, es decir recursos compartidos por una comunidad. Tal como sostiene el documento de FUNDAR, los reclamos por exigencias de “reparación” social, infraestructura y abordaje de pasivos ambientales tras la privatización de YPF y retirada del estado del territorio, “son antecedentes que muestran que la ausencia de planificación en contextos de declive extractivo suele traducirse en crisis multidimensionales difíciles de revertir”.
Sin embargo, el territorio tiene otras ventajas naturales y geográficas y capacidades creadas (productivas, científicas y tecnológicas), para recuperarse y comenzar a transitar nuevas trayectorias tecno-productivas que contribuyan a un proceso de diversificación productiva en base a la innovación y la agregación de valor. A corto plazo, existen oportunidades concretas en productos de alto valor agregado y con potencial exportador (olivos, vid, cerezas, productos biotecnológicos, acuicultura y economía circular en torno a los desechos de la pesca) así como servicios turísticos. La mayoría de estos productos y servicios, conforman líneas de investigación prolíficas en instituciones científicas locales, como el Instituto de Biociencias de la Patagonia (INBIOP) y son impulsadas desde la agencia municipal Comodoro Conocimiento, a partir de la articulación público-privada. Transformar estas experiencias “piloto” en proyectos de escala comercial y crear nuevos polos, clusters o distritos industriales, es un camino largo y sinuoso que no puede transitar el municipio sólo, sin una política industrial y científico-tecnológica coherente y federal detrás.
Como respuesta al abandono por parte de YPF, el municipio y, en particular, la Agencia Comodoro Conocimiento, están conduciendo un estudio de base para fortalecer el sistema regional de innovación (SRI), que incluye talleres participativos y espacios de intercambio con las fuerzas vivas locales. El objetivo de acercar los subsistemas responsables de la generación de conocimiento (universidades e instituciones de ciencia y técnica), de explotar ese conocimiento (fundamentalmente, las empresas), de apoyo a la innovación (centros tecnológicos y empresas de bienes de equipo y servicios avanzados) y de financiamiento de las actividades de innovación, es fundamental en un territorio aislado geográficamente y periférico en términos económicos y políticos. La planificación articulada y coordinada entre los actores institucionales que participan del SRI ya no es opcional. El conocimiento tácito acumulado localmente, las redes de conocimiento y aprendizaje colectivo y las capacidades específicas son bienes comunes indivisibles del territorio, claves para la transición y el desarrollo local.
Todavía hay muchas partes del espacio a las que las señales de radio no llegan. Una es el lado oscuro de la Luna, ese lugar al que la humanidad se ha teletransportado tantas veces a través del álbum de Pink Floyd, pero que sigue guardando numerosos misterios. Hace unos días, Artemis 2 se convirtió en la misión que más cerca estuvo de esa cara recóndita del satélite terrestre.
Ocurrió en la sexta jornada de la travesía. Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen, los astronautas de la misión de la NASA que volvió a llevar al ser humano a la Luna después de más de medio siglo, se prepararon día y noche durante 18 meses para ese momento: quedaron completamente incomunicados con la Tierra durante 40 minutos.
Fue como apagar el celular para admirar el paisaje. Disfrutaron de una “puesta de la Tierra” vista desde la perspectiva de la Luna y de un eclipse de sol que duró 57 minutos.
Antes de perder la señal, Glover quiso compartir una reflexión con sus interlocutores del Centro Espacial Johnson de la NASA. No habló de lo que estaban por hacer. Eligió recordarles —recordarnos— que uno de los misterios más grandes del universo no está en el cosmos, sino en la Tierra, y es el amor.
El programa de la NASA que busca volver a pisar la Luna antes del 2030 —pero, sobre todo, antes que los chinos— nació con Artemis 1, una misión no tripulada lanzada el 16 de noviembre de 2022 que buscó probar el funcionamiento del cohete SLS y la nave Orión. En total, el programa tendrá cinco misiones y el primer alunizaje será con Artemis 4, previsto para el 2028. Hasta el mes pasado, el regreso a la superficie lunar iba a suceder con Artemis 3, pero luego de detectar fallas técnicas durante las pruebas de lanzamiento de esta segunda misión —que incluyeron fugas de hidrógeno y anomalías en el sistema de helio— decidieron usar el próximo viaje para hacer más ensayos antes para no correr mayores riesgos. El objetivo será, principalmente, probar el mecanismo de acoplamiento de la nave Orión con el módulo de aterrizaje, fabricado por la empresa aeroespacial SpaceX del magnate Elon Musk.
El objetivo del programa es lograr una presencia permanente en la Luna, a unos 384.400 kilómetros de la Tierra.
Pero la meta final es mucho más ambiciosa: establecer una base lunar que sirva como trampolín para llegar a Marte, que está a una distancia promedio de 225 millones de kilómetros de nuestro planeta .
LANÇAMENTO DA ARTEMIS II VISTO A PARTIR DE UM CESSNA EM 8K! A NASA colocou um Cessna com uma câmera capaz de gravar em 8k@120fps para registrar o lançamento do SLS com a Artemis II. O vídeo vai da decolagem até a separação dos boosters laterais, e a versão em 8k está nas… pic.twitter.com/BcHnsMWBzl
— Pedro Pallotta – Space Orbit (@PallottaPedro) April 8, 2026
Mientras tanto, los tripulantes de Artemis 2 ya rompieron algunos récords. Son los humanos que más cerca estuvieron del satélite —a unos 6.550 kilómetros—, y los que más lejos de la Tierra viajaron —a 406.772 kilómetros—, superando la marca del Apolo 13, en abril de 1970.
La NASA no se embarcó sola en esta expedición. A través de los Acuerdos de Artemis, instó a numerosos países a firmar una serie de principios para “la exploración pacífica del espacio profundo” y ya lleva 61 adhesiones. También los invitó a participar de una competencia de nanosatélites y eligió a los cuatro mejores para llevar en Artemis 2 y ponerlos en órbita antes del acercamiento lunar.
Junto con desarrollos de Alemania, Corea del Sur y Arabia Saudita, hubo un único representante latinoamericano: ATENEA, un satélite tanargentino como el mate y el dulce de leche, que nos llevó más lejos de lo que llegamos jamás.
ATENEA es un CubeSat de 15 kilos que mide 30 por 20 centímetros y es apenas más grande que una caja de zapatos. Su desarrollo fue coordinado por la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) —la agencia espacial argentina—, y ejecutado por tres universidades públicas, dos institutos de investigación y una empresa.
Su función fue validar tecnologías de largo alcance que sirvan para el diseño de satélites más complejos en futuras misiones espaciales. En la industria satelital, para vender un servicio o partes de un satélite, lo primero que quieren saber las empresas es la “herencia de vuelo”. Es decir, si la tecnología fue probada con éxito en el espacio, ya que una falla puede costar millones.
El rompecabezas se armó sobre un satélite que venía desarrollando la Universidad Nacional de La Plata (UNLP): el USAT 1 (que será lanzado en junio). Dos equipos de la Facultad de Ingeniería fueron los responsables de hacer la plataforma —el cuerpo del satélite—, la computadora de abordo —el cerebro— y un receptor de GPS, que fue una de las dos cargas útiles —o sea, el instrumento central, el corazón de la misión satelital—.
Desde el conurbano bonaerense, la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) aportó la segunda carga útil: sensores fotomultiplicadores de silicio, una tecnología para comunicación de largo alcance. La Universidad de Buenos Aires (UBA), por su parte, desarrolló el sistema de carga de baterías.
Los paneles solares que “dieron vida” al satélite fueron hechos por la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), el único lugar del país donde se fabrican paneles de uso espacial. El Instituto Argentino de Radioastronomía (IAR) realizó los ensayos de las antenas y la empresa aeroespacial VENG se encargó del sistema de cableado de vuelo.
“Siento mucho orgullo por todo este trabajo conjunto, más que nada por todos los años previos de esfuerzo que hubo detrás de ATENEA”, dice Santiago Husain Cerruti, integrante del equipo de CONAE que trabajó en el sistema de orientación del satélite.
¿Y cómo fue que llegamos a la Luna? La CONAE, creada en 1991 para llevar adelante el Plan Espacial Nacional, cumple en mayo 35 años de trayectoria. Entre sus logros, puso en órbita satélites de observación de la Tierra, como los SAC-A, B, C y D —en conjunto con la NASA—, y los SAOCOM 1A y 1B —éste último lanzado en pandemia—. Esas décadas de experiencia acumulada hicieron posible que ATENEA pudiera estar lista en solo 18 meses. Incluso en medio —y a pesar de— la fuerte crisis presupuestaria que atraviesan en la actualidad el sistema científico y las universidades públicas del país.
¿Por qué Argentina debería apostar al desarrollo de tecnologías satelitales y de un plan espacial sostenido en el tiempo?
Diego Hurtado, historiador de la ciencia y docente de la UNSAM, ensaya algunas ideas. “Para un país como la Argentina, el plan espacial es un vector de industrialización, un generador de capacidades tecnológicas. Así se diseñó, originalmente, el Plan Espacial Argentino: ir hacia arriba para mirar hacia abajo, tener nuestros propios satélites para poder entender desde el cielo lo que no se puede entender desde la Tierra. Para eso, necesitamos autonomía tecnológica: disponer de nuestros propios satélites para ocupar nuestras posiciones orbitales. Satélites como los SAOCOM, que miden datos de humedad del suelo y salinidad de los océanos en un contexto de cambio climático, y como los ARSAT, que buscan democratizar el acceso a internet, llegando a escuelas rurales y otras zonas donde el sector privado no va porque no es rentable. Las tecnologías espaciales generan efectos sistémicos, es decir, se conectan con la electrónica, con las tecnologías digitales, con el sector energético. Algo que genera densidad en la trama productiva, demanda profesionales de las universidades y mejora la economía del país porque permite exportar, además de soja, valor agregado. Eso se llama desarrollo”.
Entre 1968 y 1972, el programa Apolo de la NASA realizó doce misiones tripuladas. También fueron doce los hombres —con Neil Armstrong a la cabeza— que lograron caminar sobre la superficie lunar, todos estadounidenses, marcando una importante victoria para ese país sobre su principal competidor en la carrera espacial: la Unión Soviética.
Después de seis alunizajes exitosos, Estados Unidos se dio por satisfecho y dejó de ir a la Luna porque consideró que su objetivo de demostrar su supremacía —política, tecnológica, ideológica— había sido cumplido con creces como para seguir invirtiendo montos astronómicos en misiones similares. De todos modos, aunque aún no se haya vuelto a pisar el satélite, cinco países llegaron exitosamente a la superficie lunar a través del envío de sondas: Rusia, Estados Unidos, China, India y Japón.
Hoy, el escenario geopolítico mundial parece muy distinto del de la Guerra Fría, sobre todo porque el principal competidor pasó a ser China. Sin embargo, la carrera actual guarda similitudes simbólicas, tecnológicas y estratégicas con aquella época, dice Hurtado. La tecnología espacial sigue funcionando como banco de pruebas del desarrollo de tecnologías que después derraman en áreas estratégicas como la industria y la defensa.
Sin embargo, una diferencia importante con el programa Apolo, en el que la NASA diseñaba las naves y financiaba las misiones, es que Artemis opera bajo una asociación público-privada. Aquí es donde cobran mayor peso y poder algunos magnates como Elon Musk —con SpaceX— y Jeff Bezos —con Blue Origin—, socios estratégicos de la NASA en el programa y referentes de lo que se conoce como el New Space, la nueva era de la industria espacial caracterizada por la fabricación y el lanzamiento de satélites pequeños que abarataron los costos del acceso al espacio para muchos países que contratan sus servicios, porque en el espacio, cada kilo cotiza miles de dólares. Hoy existen decenas de empresas aeroespaciales que mandan cohetes al espacio a rolete y sueñan con un nuevo trofeo geopolítico: extraer minerales de la Luna y de Marte.
“La minería espacial sigue la misma lógica de destrucción ecológica de la Tierra, ahora extendida al espacio exterior. En lugar de tratar de que nuestro planeta siga siendo habitable, los tipos plantean el mismo paradigma de destrucción de ecosistemas porque, total, todavía tenemos todo el resto del universo”, sostiene Hurtado.
Por su parte, la República Popular China, que recién mandó su primer taikonauta en 2003, tuvo un crecimiento rápido y sostenido en la carrera espacial. En poco más de dos décadas, lanzó unas 15 misiones tripuladas —enfocadas en mantener una presencia permanente en su estación espacial Tiangong— y seis no tripuladas a la Luna —incluyendo el primer alunizaje de un rover en la cara oculta en 2019 (punto para China)—. Pretende enviar astronautas al satélite antes de 2030 y establecer una base en cooperación con Rusia en la próxima década. Tiene a su favor la disciplina constante, una inversión cien por ciento pública, sostenida en el tiempo por un Estado que responde al mismo Partido Comunista desde 1949, y una estrategia más discreta y silenciosa.
Tan discreta que, en el ámbito espacial, suele hacerse el chiste de que cuando los estadounidenses vuelvan a pisar la Luna, se van a encontrar con una colonia china ya asentada, esperándolos.
Según un informe del Centro Iberoamericano de Investigación en Ciencia, Tecnología e Innovación (CIICTI), en los dos primeros años de gobierno de Javier Milei, el sistema científico argentino perdió el equivalente a siete investigadores por día. A su vez, la Ley de Financiamiento Universitario, aprobada en octubre, sigue sin cumplirse.
En la NASA, las cosas tampoco están en su mejor momento. Según datos de la organización Planetary Society, mientras que en la época de Apolo 11 la plantilla de trabajadores llegaba a 34 mil personas, hoy la agencia lleva adelante el programa Artemis con un staff de 14 mil trabajadores. Y viene en caída: se estima que uno de cada cinco abandonó la NASA el año pasado.
Sin embargo, tanto Milei como el presidente estadounidense Donald Trump no dudaron en apropiarse de los recientes sucesos espaciales. El republicano se apuró en hablar con los tripulantes de Artemis apenas salieron del lado oscuro de la Luna, mientras que en el plano local, desde la Oficina del Presidente emitieron un comunicado indicando que ATENEA es el “resultado de un cambio de paradigma impulsado por el presidente”.
Horas antes, lxs trabajadorxs de CONAE habían estado de paro: denunciaron una paralización de proyectos, una pérdida del 30 por ciento del poder adquisitivo y una reducción del personal del 20 por ciento en los últimos dos años.
El programa Artemis buscó resaltar el papel de las mujeres en la exploración espacial y en disciplinas STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas), áreas que todavía siguen teniendo mayor participación masculina, sobre todo en puestos jerárquicos. Lo hizo simbólicamente desde su nombre —Artemis es la diosa griega de la caza, hermana gemela de Apolo—, pero también al asignar mujeres en roles estratégicos: aparte de Christina Koch, se destacan Charlie Blackwell-Thompson, directora de lanzamiento, y Diana Trujillo, directora de vuelo.
El proyecto ATENEA —nombrado así por la diosa griega de la sabiduría— siguió la misma línea y también tuvo mujeres en roles importantes, como Laura González y María Luján Ibarra, jefas de proyecto del grupo que hizo los paneles solares; y Sonia Botta, integrante del equipo de la UNLP e ideóloga del USAT 1.
“Yo noto que en las nuevas generaciones existe una mayor conciencia en términos de igualdad de género. En mi experiencia dentro del ámbito aeroespacial, nunca sentí que se hicieran diferencias”, cuenta Sofía Baldoni, estudiante de Ingeniería Electrónica e integrante del equipo de la UBA.
Micaela Gareis, ingeniera electrónica de la UNSAM, se sumó al proyecto ATENEA siendo estudiante. Hoy recuerda que en las cursadas solían ser apenas dos o tres mujeres pero, al igual que Sofía, no sintió que eso fuera un obstáculo para avanzar. “A las mujeres que estén pensando estudiar ingeniería: no se desalienten. Van a ver que en el camino aparece mucha gente que acompaña, como otras mujeres que ya transitaron por lo mismo. Vale la pena seguir nuestros sueños”.
Christina Koch, 47 años, primera mujer en orbitar la Luna, usó esa frase para expresar lo especial que fue volver a ver la Tierra y reestablecer comunicación después de salir del lado oculto del satélite. “Se ven hermosos. Desde aquí se ven como una sola cosa”, había dicho antes su compañero Victor Glover, 49 años, piloto de la nave y primera persona negra en una misión de este tipo. Jeremy Hansen, 50 años, canadiense, primer no estadounidense en orbitar el satélite, también hizo referencia a cómo las diferentes culturas conviven bajo una misma Luna.
En las distintas comunicaciones desde el espacio, los astronautas parecen querer reforzar siempre un mismo mensaje: el de unidad. Una unidad que supera obstáculos y se construye a partir de la diversidad. Una unidad que también se reflejó en esa imagen de los astronautas abrazados, con lágrimas en los ojos, después de pedir si podían bautizar a un cráter de la Luna con el nombre de Carroll, en homenaje a la esposa de Reid Wiseman -50 años, comandante de la misión-, que murió de cáncer en el 2020.
La tripulación de Artemis II pide que un cráter sin nombre en la luna se llame «Carroll» por la esposa fallecida de Reid Wiseman. Ese abrazo al final. Estos cuatro son lo más. pic.twitter.com/hkQJf94PWe
Unas cinco horas después del lanzamiento del cohete, Juan Pablo Cuesta, jefe del Proyecto ATENEA en CONAE, dio la noticia que todxs esperaban: el satélite argentino fue eyectado correctamente, desplegó sus paneles, orientó sus antenas y llamó a la Tierra.
“Fue como pasar de un silencio total a tener al satélite vivo”, rememora Gabriel Sanca, integrante del equipo de la UNSAM, sobre ese shock de adrenalina.
De esta manera, el microsatélite cumplió con éxito su misión y, en sus 20 horas de vida, se convirtió en el satélite argentino que más lejos llegó: unos 73 mil kilómetros de distancia con la Tierra, el doble de lo que llega un satélite de telecomunicaciones como el ARSAT.
Pero los éxitos no frenaron ahí.
En una conferencia de prensa, Lakiesha Hawkins, funcionaria de la NASA, contó que los cuatro nanosatélites que llevó Artemis fueron desplegados correctamente, pero solo pudieron establecer comunicación positiva con dos, el de Argentina y el de Arabia Saudita. ¿Qué pasó con los otros? Ante una solicitud de apoyo, la Estación Terrena de Tierra del Fuego de la CONAE logró localizar y recibir señales de los CubeSats TACHELES (Alemania) y K-Rad Cube (Corea del Sur), y los puso en contacto con los responsables de cada país.
¿Argentinos resolviendo crisis de otros países a miles de kilómetros de la Tierra? Tenemos.
Marcos Actis creció en Arroyo Dulce, un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires. Cuando era chico, en los años sesenta, era uno de los pocos afortunados del barrio en tener televisor en su casa.
—Vi todas las misiones del programa Apolo y siempre soñé con ir al espacio.
Eso lo llevó a estudiar ingeniería aeronáutica y, desde que se recibió, trabajó en todos los satélites que hizo la CONAE. Hoy es decano de la Facultad de Ingeniería de la UNLP y acaba de terminar, junto con otros investigadores y estudiantes, el USAT 1, primer satélite desarrollado íntegramente en una universidad pública argentina.
Hernán Socolovsky también soñaba con ir al espacio. A los 12 le escribió una carta a la NASA y recibió como respuesta una foto firmada por un astronauta que había integrado el primer vuelo tripulado a la Luna en 1968. Veinte años después de escribir esa carta, ya como ingeniero electrónico, entró a trabajar a la CNEA. Desde entonces, confecciona los paneles solares para los satélites de CONAE, incluyendo a ATENEA. “Miro hacia adelante y pienso: hemos participado desde Argentina en Artemis 2 y alcanzamos los 70 mil kilómetros. ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar?”, se entusiasma. Hoy sueña con enviar sus paneles solares a Marte.
Con el correr de los años, Marcos y Hernán se dieron cuenta de lo mismo: para ir al espacio y cumplir el sueño del pibe, no hace falta salir de Argentina.
El regreso desde The Dark Side of the Moon
Viernes 10 de abril de 2026, día 10 de misión. Los cuatro tripulantes de la nave se preparan para uno de los puntos más críticos: el amerizaje. Orión ingresará a la atmósfera terrestre —alrededor de las 21, hora Argentina— a 40 mil kilómetros por hora, generando una fricción extrema que elevará la temperatura a más de 2.700°C y someterá a su escudo térmico a una prueba de fuego. Literalmente. Cada maniobra cuenta: si ingresa demasiado inclinada, podría recalentarse peligrosamente; si entra demasiado plana, podría rebotar en la atmósfera y estallar.
Pero la NASA tiene todo milimétricamente calculado para que nada falle. Aquí, otra mujer tendrá un rol clave: la ingeniera colombiana Liliana Villarreal, directora de aterrizaje, será la encargada de recuperar a Artemis 2. Ella ya se encuentra a bordo del buque anfibio USS John Murtha junto al equipo que recibirá a la tripulación en el océano Pacífico, frente a las costas de California, después de que once paracaídas se abran de forma escalonada para reducir el impacto.
Será en ese buque donde Reid, Victor, Christina y Jeremy se recuperarán poco a poco, acostumbrándose de nuevo al peso de sus cuerpos. Después de diez días de flotar en la ingravidez, dormir cabeza abajo como murciélagos, comer alimentos deshidratados, bañarse con toallitas húmedas y tener el privilegio de ver, más cerca que nadie, esa superficie gris, rugosa, llena de cráteres, a la que todos los seres humanos alguna vez miramos y admiramos. Después de volver, triunfales, del lado oscuro de la Luna.
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