Villa Regina es parte del programa provincial ‘Río Rosa. Remamos por el cáncer de mama’, iniciativa que brinda acceso a prácticas de remo para todas las personas que hayan atravesado un tratamiento de cáncer de mama.
El Intendente Marcelo Orazi y la Ministra de Turismo y Deporte Martha Vélez firmaron un convenio mediante el cual la Provincia da en comodato al Muncipio una canoa Rabaska para destinarse al uso en la actividad de remo de mujeres en rehabilitación de cáncer de mama.
Hay que destacar que Regina es pionera en este tipo de actividad a partir del trabajo que el grupo Valkirias Rosas viene desarrollando desde 2019. Precisamente, como reconocimiento, la Legisladora Marcela Ávila, hizo entrega al grupo del certificado de la Legislatura de Río Negro que acredita la declaración provincial de interés sanitario, deportivo y social de la actividad náutica remo por la vida.
Durante la firma del convenio que se desarrolló en la Isla 58 estuvieron presentes la Legisladora Silvia Morales, el Secretario de Deporte de Río Negro Diego Rosati, los concejales Silvio Rodríguez, Agustina Fernández y Carlos Rodríguez, funcionarios municipales y vecinos.
La empresa estatal rionegrina firmó un contrato para construir dos radares de uso civil que serán exportados a Nigeria y emplazados en el principal aeropuerto de ese país. La construcción de dos radares de uso civil por el Instituto de Investigaciones Aplicadas (Invap), que serán exportados a Nigeria y emplazados en el principal aeropuerto de…
Así como las afirmaciones terraplanistas no modifican el hecho de que la Tierra sea redonda, así como los movimientos antivacunas no cambian la naturaleza contagiosa del Covid, el conservadurismo cultural, expresado hoy por fuerzas como las que lideran Javier Milei y Donald Trump, no modifica esta realidad: las sociedades humanas son constitutivamente diversas, heterogéneas y desiguales; en todas las comunidades humanas, pero aun más en aquellas donde existen el dinero y el Estado, hay multiplicidades y hay disparidades.
Qué hacer con esta diversidad es un debate que viene concentrando la mayor parte de la historia ideológica, filosófica y política, y que por supuesto no está saldado. Dentro de estas controversias, uno de los capítulos centrales es el concepto de libertad, que ha sido utilizado por la extrema derecha como una de sus banderas. Para los conservadores, hoy llamados libertarios, la libertad se basa en la idea de que somos todos iguales: un rico y un pobre son consecuencia del modo distinto en que cada uno usó sus posibilidades. En esta mirada, la desigualdad fáctica es una consecuencia de una igualdad ontológica. Para las corrientes conservadoras, la libertad agiganta desigualdades. El rol del Estado, además de garantizar seguridad y justicia, debe ser restringir la diversidad: el Estado, que no debería cobrar impuestos, sí debe decretar que hay dos géneros, que la familia debe estar constituida de cierta manera y que las mujeres no pueden disponer de sus cuerpos.
Desde una mirada democrática y progresista que asume que las sociedades son por naturaleza diversas, en cambio, la igualdad es algo a construir. Pero esa perspectiva hoy está a la defensiva. A través de una serie de subterfugios de ingenieros del caos, la posición histórica que conjuga liberalismo cultural, pluralismo político y justicia social ha sido estigmatizada como “woke” o “progresista”. La expresión “woke” surgió en Estados Unidos, un territorio de alta intensidad en la batalla cultural, en referencia a “despertar” (awake) ante la discriminación (“despierto” en el sentido de “concientizado”); pero hoy se usa de modo despectivo, que es la connotación que le dio Milei en su discurso en Davos. Como si las personas que descienden de esclavos o de pueblos originarios, como si las mujeres, que hasta hace setenta años no podían votar, hoy, justamente porque se reconocieron algunas de esas desigualdades, contaran con privilegios.
La derecha conservadora está presente en distintas corrientes políticas, del mismo modo que la corriente que defiende las diversidades está presente –aunque no de modo uniforme– en partidos distintos. En Argentina, el peronismo, el radicalismo, el socialismo y la izquierda cuentan entre sus integrantes con personas que defienden este punto de vista. Se trata de una corriente que busca principalmente dos metas: que las personas y los grupos sean cada vez más libres, y que esa libertad se sostenga en formas igualitarias que la hagan real y no puramente declarativa o formal. Es una corriente de opinión que pone en escena grandes tradiciones culturales de la modernidad, heredadas de la Revolución Francesa y la Estadounidense, y que no tiene una única posición en materia de desarrollo económico, justicia distributiva o lucha por la igualdad. Ese “progresismo” no está en contra de ninguna religión, pero sí lucha por una separación completa de cualquier religión y del Estado. Ninguna ley puede sustentarse en creencias religiosas. Pero sí debe haber leyes que, por motivos universalistas, exijan el respeto de todas las religiones. Esta perspectiva, sometida hoy a una fuerte ofensiva, merece una reflexión autocrítica.
Acerca de la autocrítica
La hegemonía cultural de la extrema derecha impacta en el campo progresista. ¿Los movimientos por la libertad de las diversidades se “pasaron de rosca”? La ofensiva cultural de Milei y las derechas extremas, la derrota electoral del peronismo y los niveles de inflación y pobreza que dejó el gobierno de Alberto Fernández han planteado ese debate. ¿Hay una incidencia de la lucha por las diversidades en el oscurantismo que estamos viviendo hoy? ¿No habremos ido demasiado lejos? ¿Se puede seguir sosteniendo la defensa del colectivo LGTBQi+ en el contexto actual?
Los procesos sociales y políticos siempre son imperfectos. Conocer esas imperfecciones, practicar la autorreflexión, es clave para mejorarlos. Por otro lado, se trata de movimientos profundos y de larga duración. En Argentina, por ejemplo, el movimiento masivo de mujeres de los últimos años comenzó en 2015 con el “Ni Una Menos”, una gigantesca movilización contra la violencia de género. ¿Frenar el reclamo contra los asesinatos de mujeres hubiera sido “menos radicalizado”? Y hoy, ¿qué está más vigente? ¿El reclamo de que no mueran más mujeres por el hecho de ser mujeres o la propuesta oficial de retirar del Código Penal el agravante por femicidio?
La autocrítica no equivale a autoflagelación; debe ser una reflexión sobre prácticas y políticas que nos implican. Entre las múltiples causas que produjeron esta nueva etapa histórica global de las derechas extremas están, en efecto, los profundos déficits de la izquierda, la centroizquierda y los partidos tradicionales. Pero no coincido con quienes, subidos a la marea reaccionaria, afirman que la culpa es del progresismo, de un supuesto “wokismo” o de una “excesiva” ampliación de derechos civiles. Ese argumento puede terminar en diputados que voten con Milei regresiones culturales o puede llevar a un catolicismo de gobierno en contra de la libertad de las personas y los grupos. Empieza cuestionando el DNI no binario y termina aboliendo el divorcio.
Pero entonces, ¿cuáles son esos errores de la izquierda? Si hubiera que elegir uno, diría lo siguiente: mientras las vocaciones igualitarias y de justicia social se tornaban cada vez más difíciles de lograr, en gran parte por no tener una alternativa concreta al capitalismo neoliberal, la izquierda avanzó con leyes y políticas tendientes a garantizar derechos civiles. Dependiendo de los países, se avanzó en materia de identidad de género, aborto, discriminación positiva, educación sexual, matrimonio igualitario, derechos de los pueblos originarios y los migrantes. Cuantas más dificultades aparecían en materia económica y social, cuanto más complicado se hacía sostener el horizonte de movilidad social, más se acentuaron estos derechos como compensación.
La autocrítica no equivale a autoflagelación: debe ser una reflexión sobre prácticas y políticas que nos implican.
Ese fue el gran problema. Las libertades civiles no pueden compensar el fracaso económico o social. Si son las únicas banderas que se agitan cuando se desfinancia el Estado de Bienestar, se retiran regulaciones públicas o se producen escaladas inflacionarias, como en el caso argentino, se corre el riesgo de que las fuerzas democráticas queden reducidas y debilitadas. Los límites para corregir o superar el neoliberalismo los terminan pagando los avances en materia de diversidad o pluralismo.
Mi primera tesis es que, frente a quienes creen que la ampliación de libertades favoreció a la derecha extrema, creo que su causa es el fracaso económico.
En segundo lugar, la cuestión de los particularismos. Mientras Martin Luther King buscó cambios que mejoraran la desigualdad estructural de la sociedad norteamericana, muchas políticas de la identidad del siglo XXI se concentraron en derechos particulares. Y es difícil pedirles algo más que simpatía pasiva o inactividad a quienes no están directamente involucrados en la conquista de un derecho. Esto no implica que movimientos como “Ni Una Menos”, “Black Lives Matter” o la “Marcha anti-fascista” de febrero de 2025 no hayan sido señales contundentes en la dirección correcta, sino simplemente llamar la atención sobre cuál puede ser el alcance de esas convocatorias.
Algo similar ocurre con el “lenguaje inclusivo”. Se trata de un cambio cultural crucial, que busca ampliar libertades e incluir diversidades. Pero debe expandirse a partir de la posibilidad, no como imposición. Los mayores fracasos del cambio cultural ocurrieron cuando se pretendió imponer a través de prescripciones. El liberalismo cultural busca ampliar, no restringir, las posibilidades de las personas.
El caso de las cuotas
Muchas veces, en lugar de luchar por cambiar una legislación, una política o un presupuesto, las reivindicaciones progresistas se enfocaron en personas concretas: los varones blancos, incluyendo casos de punitivismo extra-judicial, como escraches a adolescentes, altamente polémicos. En aquellos casos, hubo voces feministas potentes que alertaron que el feminismo no surgió para cambiar al dueño del poder del patriarcado, sino para modificar un tipo de poder y de dominación. El punitivismo y la cultura de la cancelación fueron algunos de los errores más graves. Pero no es verdad que sean inherentes a los reclamos por la diversidad y la libertad: fueron casos minoritarios en causas justas.
Detrás de este tipo de cuestiones aparece un problema que vale la pena debatir a futuro: la tensión entre lo particular y lo universal. Si cada uno de los grupos discriminados reclamara sólo para sí mismo, si todo se tradujera en una simple cuota por grupo, a largo plazo se terminarían socavando algunos de los consensos culturales necesarios para mantener las políticas de acción afirmativa. Un ejemplo es el de las universidades. En la mayoría de los países del mundo existe un sistema de examen de ingreso a la universidad y cupos por carrera. Al observar las universidades se hacía evidente que la abrumadora mayoría de los alumnos eran varones blancos. Eso llevó a reclamar políticas de cuotas raciales, étnicas y nacionales, como las que se terminaron concretando en Estados Unidos y Brasil. Este sistema garantizaba una mayor presencia de diversidades, restando lugares a los blancos. Pero, ¿qué quedaba, por ejemplo, para los blancos pobres? ¿Quién se preocupó de su situación? En muchos casos fueron los grandes olvidados, lo que contribuyó a que volcaran su respaldo a fuerzas políticas conservadoras que dicen defenderlos. ¿Qué hubiera ocurrido si se hubiera incluido una cuota general para los estudiantes de colegios públicos de bajos recursos en el ingreso a la universidad? Mientras en un terreno puramente cultural la especificidad por grupo es adecuada, en cuotas vinculadas a desigualdades puede no producir las consecuencias buscadas.
En un mundo dominado por la incertidumbre económica, en el que se achican los recursos públicos, muchos países optaron por un modelo de cuotas para asegurar la presencia de los grupos discriminados no sólo en el acceso a la universidad sino también al empleo público –y en ocasiones al empleo privado–. Esto implica que los logros de la ampliación hacia los sectores discriminados se hicieron sobre la base de una reducción relevante de la participación de los sectores anteriormente privilegiados. Y esta estrategia, correcta desde un punto de vista filosófico, se topa con un problema político. Las personas de carne y hueso que se ven afectadas, que no logran ingresar a la universidad o no consiguen empleo, se van pasando en masa al ejército del “contragolpe cultural”, esperando el surgimiento de un Trump, un Milei o cualquier otro líder que proponga revertir la situación.
Se trata de un error recurrente del progresismo: no percibir el dolor de las víctimas de sus políticas, y no elaborar una respuesta. Mi punto es sencillo: si se presuponen las restricciones económicas, como de hecho las aceptaron la mayoría de las fuerzas de centroizquierda en Europa y América, que los perdedores de la discriminación positiva pasen al otro lado es inexorable. Pero si se cuestiona un modelo que reduce los impuestos a la riqueza y desfinancia al Estado, y se usa ese dinero para ampliar el acceso a la universidad y el empleo, logrando mejorar la diversidad sin afectar drásticamente los espacios previos, la base política de la derecha extrema quedará reducida. Es cierto que esto no es posible para los varones privilegiados, que inexorablemente se verán afectados: será necesario pensar una política cultural específica para ellos.
La defensa de la libertad
Estamos ante un feroz ajuste a las libertades y es urgente emprender una fuerte defensa de políticas por la libertad basada en igualdades. La libertad, convertida en el eslogan hueco de la extrema derecha, no puede ser resignada por las fuerzas democráticas y progresistas. El principio básico de la lucha por la libertad es maravilloso: que las personas y los grupos puedan autorrealizarse en todas las dimensiones de la vida. Esto incluye su identidad de género, étnica, nacional, local, religiosa, así como su libertad de expresión, en la familia, en el trabajo…
Esas libertades tienen un requisito: un piso de igualdad, porque quien sufre desnutrición no puede ser libre, quien no puede acceder a la escuela no puede ser libre. Una comunidad libre es aquella que garantiza un piso de igualdad para todos sus miembros.
Los libertarios conservadores de la extrema derecha afirman que ser iguales es que cada uno se las arregle como pueda. Es una propaganda basada en la negación de la historia tal como sucedió. Los esclavos existieron hasta el siglo XIX bajo el imperio de la ley, y los afrodescendientes continúan siendo discriminados en prácticamente todos los países de América y Europa hasta hoy. La conquista colonial existió. El patriarcado y la desigualdad de géneros existieron… y todavía existen. En muchos países las mujeres votan recién desde hace algunas décadas. Y en la mayoría de los países europeos y americanos jamás hubo una presidenta o una primera ministra mujer. El capitalismo, por su parte, tiene mecanismos poderosos para reproducir la desigualdad de clases entre generaciones: a través de la herencia y también de la “herencia de clase”. La mayoría de los hijos de personas pobres son pobres. La movilidad social ascendente está en crisis en la mayoría de los países, y los mecanismos sociales que la hacían posible se están debilitando a un ritmo vertiginoso. Los libertarios conservadores quieren liquidar esos mecanismos, del mismo modo que se proponen atacar las leyes que tienden a asegurar libertades vinculadas a la diversidad y la disidencia. Esto implicará también contrarrestar su ofensiva individualista poniendo en valor la solidaridad, lo común y lo público. Enfrentar políticamente aquel proyecto exige autorreflexión y determinación.
Este cambio histórico es de una magnitud difícilmente imaginable, pero está ocurriendo y vemos las señales. (…) Esto es demasiado grande. Es una locura. No tengo palabras. Curtis Yarvin1
La magnitud de los desplazamientos actuales es grandiosa Informe Valdai 20252
Ahora bien, este no es el final. Ni siquiera es el principio del final. Pero es, quizás, el final del principio. —Winston Churchill3
Tucker Carlson: ¿Cuánto tiempo nos queda antes de que Rusia utilice armas nucleares contra Europa? ¿Dos años? Serguéi Karaganov: Menos que eso, un año.4
I. Entre ayer y mañana
El viernes 25 de febrero del 2022, al día siguiente de la invasión rusa a Ucrania, comencé a escribir un texto publicado en Anfibia en abril de ese año: “Westfalia murió en Ucrania”.5 En sus últimas líneas afirmé, a propósito de la invasión rusa y la agravación del conflicto con Occidente, que se trataba de “definir quienes serán los Amos del mundo en el siglo XXI y en qué tipo de servidumbre viviremos los pueblos”. Las páginas que siguen acá, suscitadas por la incursión imperial estadounidense en Caracas y las intenciones explícitas de Donald Trump sobre Groenlandia, son la continuación de aquellas de 2022. Veamos qué ideas del futuro tienen, por un lado, los neoreaccionarios estadounidenses6, que postulan un horizonte “neowestfaliano”7 y, por otro, los expertos rusos, que hablan de un porvenir “prewestfaliano”8. Dos ideas que se presentan como opuestas pero recubren una mirada común sobre el proceso actual.
Si la batalla de El Alamein fue, según Churchill, el fin del comienzo, un punto de inflexión en la Segunda Guerra Mundial, lo que ocurre desde la anexión de Crimea hasta la captura de Maduro —o la eventual conquista de Groenlandia—, pasando por la invasión a Ucrania, constituye una acelerada sucesión de puntos de inflexión que exteriorizan el comienzo de un cambio que el trumpismo, ver el exergo, y el putinismo conciben como una mutación epocal en la Historia, similar por su profundidad a la disolución del mundo antiguo europeo y el surgimiento del moderno en los siglos XVII-XVIII. Reconocer esa significación implica introducir en lo obvio lo históricamente in-audito, lo “sin palabras”, como dice el ideólogo y bloguero trumpista Curtis Yarvin. Es medir la densidad de lo que se da a ver sólo como transparente ante ojos acostumbrados a la rutinaria conducta imperialo-colonialista de Estados Unidos y de Rusia.
Hay una acelerada sucesión de puntos de inflexión que exteriorizan el comienzo de un cambio que el trumpismo y el putinismo conciben como una mutación epocal en la Historia.
Lo obvio
Primero, Estados Unidos violó por enésima vez la soberanía de otro país. Segundo, capturaron a Maduro, “presidente” gracias a un gigantesco fraude. Tercero, dejaron en el poder a su vicepresidenta, Delcy Rodríguez, que debe su puesto al mismo fraude, mientras que su hermano Jorge, ahora número dos del poder político, es un amigo cercano de Richard Grenell, asesor de Donald Trump. Cuarto, según el presidente de EE.UU, el objeto de la operación es tutelar a Venezuela y gestionar su petróleo. Quinto, ningunearon a la oposición liberal, victoriosa en la elección falseada por Maduro. Sexto, salvo para los presos liberados y sus familias, la alegría de los oponentes a Maduro en el país y de los casi 9 millones de exiliados duró un día: la realidad le otorgó una sólida consistencia a la ausencia de toda referencia a los derechos humanos y a la democracia en la justificación trumpista de la incursión.
Oír lo in-audito
Al explicitar que fue por el petróleo y otros intereses económicos, Trump inutilizó un antes usual y justificado argumento antiimperialista: “dicen que vinieron a restaurar la democracia, pero en realidad a colonizar y saquear”. Esta vez, ni una palabra sobre la democracia y los derechos humanos. Ese silencio sorprendió. Los griegos, recuerda el filósofo alemán Hans-Georg Gadamer, llamaban a esa sorpresa un atopon: lo a-tópico, algo que no encaja en los esquemas habituales, pero, afirmaba Platón, de esa incompatibilidad que paraliza la inteligibilidad de lo que sucede, debemos hacer una invitación a profundizar el conocimiento. Lo inaudito no es sólo lo asombroso, es lo in-audito, lo no-oído. Intentemos transformarlo en auditus.
Trump inutilizó un antes usual y justificado argumento antiimperialista: “dicen que vinieron a restaurar la democracia, pero en realidad a colonizar y saquear”. Esta vez, ni una palabra sobre la democracia y los derechos humanos.
Una interrogación susceptible de provocar una respuesta que sí se escuche es: ¿de qué estrategia política es síntoma ese silencio asombroso? El atropello al derecho internacional en Caracas es evidente, se ve, pero silencia la verdadera novedad: la ausencia de la referencia a la restauración de la democracia. Entonces, a pesar de lo evidente, no es en Caracas, sino en Estados Unidos, en su lógica política, que se produjo el cambio.
Una lectura schmittiana de la Doctrina Don-roe
La ausencia de la palabra “democracia” es un agujero a través del cual se percibe lo que subyace tras la violación de la soberanía venezolana: el descomunal proyecto de desmantelamiento del sistema democrático en los propios Estados Unidos y su reemplazo por una monarquía tecnológica y absoluta. Desde hace una veintena de años, Curtis Yarvin y sus amigos están pensando la “Ilustración oscura”9: clausurar la era de la democracia porque esta no asegura el poder; el presidente de Estados Unidos debe ser un monarca que domine la tecnología como un especialista de Silicon Valley y que gestione el país como un CEO en su empresa, para lo cual hace falta eliminar la representación política y poner de rodillas al Deep State, ese Estado profundo consistente en el Congreso, las Universidades, la burocracia, las instituciones internacionales, las embajadas. Algunos de sus textos son proféticos. El 17 de enero de 2022, un mes antes de la invasión rusa, en su texto “Una nueva política exterior para Europa”, que lleva el asombroso subtítulo “Démosle a Rusia vía libre en el continente”, definió lo que debería ser la estrategia estadounidense si Trump regresaba al poder en el 2024: “El destino de Rusia es hoy restaurar el orden en Europa. Puesto que Estados Unidos es más fuerte que Rusia, Trump tiene que hacerle saber a Putin que realmente está de acuerdo con que lo haga. Hay una sola manera de transmitir sin ambigüedades este mensaje: retirarse de Europa”.
El atropello al derecho internacional en Caracas es evidente, pero silencia la verdadera novedad: la ausencia de la referencia a la restauración de la democracia. Es en Estados Unidos, en su lógica política, donde se produjo un cambio.
¿Por qué y para qué Estados Unidos debe “retirarse de Europa”? Mientras que Trump ignora la frontera, cada vez más porosa, entre la derecha radical y el nazismo —y a veces, incluso, la cruza—, el fantasma de Carl Schmitt —destacado teórico nazi del derecho y la política— pasea en los escritos de la constelación trumpista sugeriendo un aire de familia con el magnate. Uno de sus libros, El nomos de la Tierra, inspiró a Yarvin una lectura schmittiana de la Doctrina Monroe que, siempre modesto, Donald Trump rebautizó Donroe. Se trata, dice Yarvin, de tomar en cuenta lo que esa doctrina establece como conducta hacia el resto del continente, pero también hacia Europa. Esa doble orientación es la que guía hoy a Trump y esclarece lo que está sucediendo. Elaborada en 1823 por el presidente Monroe, la doctrina postula que las potencias europeas no tienen que intervenir en la política del continente: “América para los americanos” —léase América para los Estados Unidos—. En contrapartida, EE.UU. no se inmiscuirá en los asuntos europeos. Hoy, después de 80 años de presencia en Europa, garantizando la seguridad del Viejo Mundo, la operación para retirarse tiene tres direcciones.
Primeramente, Estados Unidos reconoce como legítimo cualquier poder que, de facto, controle un país. Con una condición: que ese poder no atente contra sus intereses. Yarvin ejemplifica este principio: a Estados Unidos le debe tener sin cuidado quién dirige Francia, ya sean comunistas, extrema derecha o Putin. Pero Trump necesita comprar vino francés. Si Francia pasa a ser provincia rusa y Putin deja que sigan haciendo vino, no habría nada que objetar; pero si reemplaza todos los viñedos para fabricar vodka, afectará los intereses de EE.UU. y el conflicto será inevitable.
Estas ideas pertenecen a la entrevista ya mencionada de abril de 2025. Para entenderlas hoy, en enero del 2026, ¿sería descabellado leer “Delcy Rodríguez” y “petróleo” en lugar de “Putin” y “viñedos”? El tenor de las conversaciones de la vice de Maduro con Marco Rubio y con el propio Trump, así como, luego de las amenazas a Gustavo Petro, el llamado telefónico de este a con el presidente de Estados Unidos, muestran que Yarvin anunciaba ya la política de la Casa Blanca y que tanto la venezolana como el presidente de Colombia tomaron nota.
En segundo lugar, se obtendría gracias al dominio ruso sobre Europa, el retorno a los valores políticos y morales tradicionales. Francia, Alemania o España volverán a ser la Francia, la Alemania y la España que fueron antes del período abierto por la Revolución francesa en 1789. La convergencia con el Kremlin no podría ser más ideal: el poder será monárquico; los hombres, de nuevo hombres; y las mujeres, madres y esposas.
Estados Unidos encarna un descomunal proyecto de desmantelamiento del sistema democrático y su reemplazo por una monarquía tecnológica y absoluta.
Finalmente, los Estados sin capacidad para hacer la guerra —o sea, sin capacidad de ser soberanos— deben desaparecer y ser colonizados o recolonizados. Lo que ocurra en Europa en ese plano es asunto de los europeos y Estados Unidos no tiene que intervenir. Redistribución y apropiación de espacios y recursos.
La retirada de Europa, explica Yarvin, significa que EE.UU. desmantela su imperio, imitando lo que Mijaíl Gorbachov hizo en Europa del este. Los Estados Unidos serían nada más que una monarquía, extendida al resto del continente, así como Rusia lo intenta hacer con su entorno. Pero eso, concluye Yarvin, constituirá el paso del mundo unipolar al multipolar. Sin embargo, el bloguero seguramente comprende que, a largo alcance, su multipolaridad será como la que sueña Putin: eternos conflictos más o menos calientes entre los pocos imperios que ya existen y que habrán absorbido a los Estados más débiles. En la mira: Venezuela, México y Groenlandia para Estados Unidos, Europa para Rusia, Taiwán para China y que el resto de Asia que se lo disputen India, China y Rusia.
Llegado a ese punto de la entrevista, los universitarios que dialogaban con Yarvin le hicieron notar que la soberanía militar era un punto importante para Schmitt y los schmittianos. Yarvin respondió: “El nomos de la Tierra”. Sobreentendido: el nomos10, la ley o el orden westfaliano que debía regir la apropiación y distribución de los espacios y recursos, pero que colapsó puesto que el derecho público europeo fue incapaz de prevenir guerras totales. Y agregó: “Bueno, ahí está la pregunta: ¿cuál es el nuevo nomos de la Tierra? Es una pregunta que sigue sin respuesta”. La interrogación es actual: si “Westfalia murió en Ucrania”, ¿cuál es, después de Caracas, el nuevo nomos en ese futuro que los neoreaccionarios llaman “neowestfaliano”?
En “Una nueva política exterior para Europa”, Yarvin había ofrecido un esbozo: ese mundo será neowestfaliano porque allí “no hay estados títeres ni países falsos; cada nación es independiente: existe por su propia fuerza. Si esa fuerza falla, la nación desaparece”.
El proyecto trumputiniano
Hay usinas donde se está tratando de prever cómo funcionará un mundo “post westfaliano” que ya dan por seguro. Rusia posee una, el Club Valdai. Pero allí la pregunta sin respuesta ha sido reformulada: no es “¿cuál será el nuevo nomos?” sino “¿cómo vivir sinnomos, sin orden, sin ley?”. En el informe Valdai 2018, la pregunta está presente. En el texto se perciben por lo menos cuatro coincidencias con los neoreaccionarios. En primer lugar, el diagnóstico general: “Este escenario de crisis aguda conduce no tanto a un nuevo equilibrio de poder, como a un reinicio completo de las instituciones, el poder, los modos de producción y las relaciones internacionales”. En marzo 2025, la muy conservadora Heritage Foundation, el laboratorio de ideas de extrema derecha del gobierno húngaro Mathias Corvinus Collegium y el ultraconservador think tank polaco Ordo Iuris presentaron en la Casa Blanca un proyecto precisamente titulado El Gran Reinicio (The Great Reset). Yarvin postuló ya en 2008 un reinicio completo del orden social por medio de “la liquidación de la democracia, la Constitución y el Estado de derecho” y la posterior transferencia de poder a un “CEO en jefe”.11 Coincide no sólo la palabra “reinicio”, sino también su contenido. El objetivo del Great Reset presentado a la Casa Blanca es esterilizar políticamente a la Unión Europea —y a través de ella al conjunto de instituciones que regulan el orden internacional— transformándola en una mera agencia de servicios. Según el informe Valdai, “las instituciones internacionales están destinadas a convertirse en empresas de servicios”. En segundo lugar, el documento del reinicio prevé que las Naciones Unidas, cuya misión es “mantener la paz”, pueda desaparecer y dar paso a “inestables asociaciones regionales”. Valdai plantea esta perspectiva sin definirse en contra de ella, lo que suena como un deseo, compartido por todos los que orbitan alrededor de Trump. Yarvin, por ejemplo, propone cerrar todas las embajadas de su país y utilizar Zoom para comunicarse. Detrás de esta perspectiva, tercera coincidencia, se halla un rasgo común a las grandes potencias y cada vez con mayor incidencia: hoy, afirma Valdai, “el proceso más importante es la nacionalización de las decisiones” sin tener en cuenta los intereses de otras partes. En ese sentido, Rusia y Estados Unidos se comportan de la misma manera.
Más allá del despotismo
El despotismo implicaba que el monarca podía transgredir sus propias leyes; pero estas, en los papeles, existían. Tener que transgredirlas es una molestia innecesaria, decreta hoy Trumputin. Ambos prefieren un mundo sin reglas: ni éticas ni jurídicas.
El “reinicio” postulado por Rusia no es el cambio de los principios de regulación existentes por otros, sino la eliminación de todo principio. Dice el informe de 2018 del Club Valdai:
“La competencia por estar ‘del lado correcto de la historia’ —cuya política es la más demandada por la comunidad internacional— perderá su sentido. Simplemente no habrá un ‘lado correcto’. Más bien, cambiará constantemente. La característica más importante del mundo emergente será la ausencia de nociones éticas universales sobre lo que es justo (‘lo correcto’) en el orden de los distintos Estados y sobre la legitimidad de sus gobernantes. (…) La eticidad dejará definitivamente de ser un criterio en las decisiones políticas. (…) La ética no puede ser universal ni estar desvinculada de la cultura y las tradiciones de cada sociedad”.
Estados Unidos reconoce como legítimo cualquier poder que, de facto, controle un país. Con una condición: que ese poder no atente contra sus intereses.
Hay que medir el alcance de este pensamiento: como el racismo es una tradición en Estados Unidos, si un policía mata a un ciudadano negro inocente o agrede a pacíficos inmigrantes, no existe ningún imperativo moral que permita evaluar esa conducta. Si la violencia ilegítima es parte de la cultura estatal argentina, ¿en nombre de qué principio humanista y universal se condenaría la tortura? (¿será por eso que la URSS y Cuba impidieron en su momento que la Comisión de Derechos Humanos de la ONU discuta y condene a la dictadura de Videla?). Puesto que en Rusia la persecución por ideas es un hábito, es éticamente irreprochable arrestar en 2020 a Nikita Uvárov, 14 años, incomunicarlo durante un año, negarle toda información a su madre y condenarlo a 5 años de prisión. Su delito: haber diagramado en Minecraft, un juego video, el edificio regional de la Seguridad. Claro, hubo un elemento agravante: durante la perquisición encontraron en su biblioteca un libro del príncipe Kropotkin, el padre del anarquismo ruso del siglo XIX. Pero el Club Valdai lo había previsto:
“En lo que respecta a la vida interna de un Estado, la desaparición de las pretensiones de subordinarlo a una ética universal puede incluso ser beneficiosa”.
Resumiendo: “es improbable que se construya un nuevo orden en un mundo diverso e interconectado”. La dirección es la opuesta: “La evolución del entorno internacional está conduciendo a un escenario diferente, uno que hasta ahora ha permanecido al margen del debate. Un mundo sin polos: un orden caótico y en rápida evolución, una guerra de todos contra todos, acompañada del declive de las instituciones tradicionales”.
La segunda muerte de Hobbes
Todos contra todos: el autor del Leviatán se está agitando vanamente en su tumba. Horrorizado por las guerras civiles que azotaban Europa en los siglos XVI y XVII, inmortalizó la frase latina Homo homini lupus, pero no para considerar “beneficioso” el estado natural en el que “el hombre es un lobo para el hombre”, sino para modificarlo, instaurando un nomos, un orden fundado en un contrato social. Así nació, bajo su pluma, la concepción moderna de la política que los Sans-culottes parisinos impusieron por la fuerza un 14 de julio de 1789.
En lugar de la ley
Yarvin se pregunta por el nomos en un futuro neowestfaliano. Los expertos del Kremlin prefieren prever un retorno a la etapa prewestfaliana, algo que por otra parte no les entusiasma porque podría, según ellos, acompañarse por la conjunción de dos polos (EE.UU. y China), que releguen a Rusia, y no bajo un nomos civilizado, sino en un todos contra todos, dejándola en la actual situación de Europa, sitiada entre dos polos. Yarvin les respondería que “hay que saber lo que querés”, como lo hizo cuando sus interlocutores le señalaron que si su multilateralismo es retirarse de Afganistán, el resultado es que los talibanes permanezcan en el poder.
Sinteticemos. Los neowestfaliano buscan un revisionismo de lo acordado en 1648, en nombre de los actuales intereses estadounidenses: un país es soberano mientras que no moleste a Estados Unidos o mientras que los Estados Unidos no lo necesite. Los prewestfalianos plantean un retorno al todos contra todos anterior a 1648.
El Club Valdai, cuya temática en 2025 fue “El mundo policéntrico: instrucciones para establecerlo”, unificó la perspectiva de ambos: “Lo que parecía irremediablemente arcaico vuelve a ser relevante”.
La concepción que los neoreaccionarios occidentales y los hombres que dirigen Rusia tienen del futuro está sintetizada en el elocuente título del Informe Valdai 2025: El Doctor Caos, o cómo dejar de tener miedo y amar el desorden.
Caos, el antónimo del nomos. Hay que amar lo sin ley.
II. Entre ayer, hoy y mañana
Groenlandia, ¿un test de omnipotencia?
Si el imperialismo estadounidense ya copia al ruso cuando deja de fingir o de disfrazar sus fechorías, si amenaza a sus vecinos, Canadá y México, o le anuncia a sus aliados que va a robarles territorios como Groenlandia, ¿de qué realidad es síntoma este último dislate? ¿Es porque considera que ya no tiene nada que lo detenga?
Si Trump está dispuesto a romper la OTAN ocupando Groenlandia, ¿es porque la convergencia con Putin llegó tan lejos que, como lo preveía Yarvin y ahora lo afirma Karaganov, está decidido a entregarle Europa? ¿Y entregarla a cambio de qué? Si el presidente de Estados Unidos justifica el fusilamiento sin causas de una ciudadana de su propio país por la policía, ¿es por qué desaparecieron no sólo sus enemigos externos potencialmente capaces de ponerle un freno, sino los enemigos susceptibles de enfrentar con éxito todo despotismoya sea doméstico o internacional?
¿Ya está todo jugado? ¿El mundo será como Yarvin y Valdai lo predicen y como Ucrania, Gaza, Venezuela y Mineápolis lo están experimentando?
Irán y la “falacia naturalista”
¿O será que el levantamiento popular en Irán nos está diciendo que en la historia, el tradicional no va más con el que el croupier en el casino previene que “la suerte está echada, no se aceptan más apuestas”, no es más que una estéril ilusión de políticos autistas?
Jacques-Alain Miller los retrató explicando por qué Lacan afirmaba que los canallas son inanalizables: “Sin escrúpulos, sin decencia. Sin vacilaciones, sin carencias. El hombre de acero, el canalla perfecto, inquebrantable, cerrado en sí mismo, ‘un bloque tranquilo aquí abajo caído de algún oscuro desastre’. El esplendor del canalla, el resplandor maléfico que le es propio, le viene de no tener alteridad: el canalla no admite ni al Otro con mayúscula, que no es más que ficción, ni a los demás, que no valen nada”.12
Están los que se rigen por un determinismo teológico, afirmando conducir bajo la dirección inmediata de Dios. El 14 de marzo de 1936, delante de una multitud inmensa, Hitler declaraba: “Yo avanzo con la certeza de un sonámbulo por el camino trazado para mí por la Providencia”.13 Más modesto, Putin retomó una frase de un militar del siglo XVIII: “Rusia está dirigida directamente por Dios”. Yarvin es ateo, pero al igual que Nick Land, reza en el altar de la alta tecnología. Todos los recién nombrados están convencidos de que el “libre arbitrio” es el monopolio de Dios o de la high-tech y ellos sus lugartenientes. Para eterno disgusto de estas legiones del Cielo o de Silicon Valley, los humanos —aun cuando no sean quizás antropológicamente totalmente alérgicos al “sin ley”— son frecuentemente tan atrevidos que, incluso sin negarle ese poder de libre arbitrio a la divinidad, dan vuelta la fórmula y prefieren practicar el arbitrio libre (Kant escribió sobre esa inversión). Porque la libertad es un a priori y lo otro es lo que en filosofía se denomina la “falacia naturalista”: deducir del ser, el deber ser.
La chorra
Un genio nuestro Discépolo: “Cuídense porque anda suelta / Si los cacha los da vuelta / No les da tiempo a rajar”. En la historia, la que “anda suelta” es la masa que roe, se ilusiona y “una buena mañana da un empujón el camarada y, ¡patapún!, el ídolo se viene a tierra”.14 “No me dio tiempo a rajar” pudo haber pensado Nicolas II, último zar de Rusia: el 19 de septiembre de 1905 comienza la huelga de los tipógrafos de Moscú; el 7 de octubre arranca la de los ferroviarios; el 12, huelga general en el Imperio; el 13, se reúne el Soviet de diputados obreros de San Petersburgo; y el 17 se publica el Manifiesto Imperial que anuncia el fin jurídico de la Autocracia ilimitada y su transformación en Monarquía constitucional. En menos de un mes, los que “no valen nada” desmoronaron lo que había tomado tres siglos en consolidarse. Y sólo doce años más tarde, el protegido por el Cielo, venerado como una divinidad desde el siglo XVII, pagaba con su vida y la de su familia, incluyendo hijos e hijas menores, el habérsela creído.
“Cuídense porque anda suelta” y su fugacidad es ineluctable.
El sendero no está prescripto
Quienes piden que “amemos la ausencia de nomos” porque sería la libertad absoluta y hay que adaptarse a ella, deberían saber que los puede sorprender la contingenciadevenida en ley, en un nomos regularmente “amado” por aquellos a los que se les niega la ley.
Los poetas tienen razón —“caminante, no hay camino / se hace camino al andar”, decía Antonio Machado— y, a veces, los filósofos de la política también: todavía bajo la impresión de la derrota de la revolución obrera parisina en junio de 1848 y en plena noche zarista, contra Hegel y criticado por Marx, Aleksandr Herzen escribe en 1849 las palabras fundadoras del populismo ruso:
“El sendero no está prescripto. Si la humanidad caminase derecho hacia un resultado ya conocido, no habría historia sino lógica. No hay libretto. Si lo hubiese, la historia perdería todo su interés. No hay por delante ni límites ni caminos trazados.15
“No hay caminos trazados” significa también que hoy la contingencia no puede ser idéntica a las anteriores, a riesgo de desestimar las experiencias, en particular las del siglo XX. Hoy, cuando los nostálgicos de las eras imperiales, neoreaccionarios, imperialistas, libertarios como Yarvin y Land o think tanks como Valdai tienen el viento en popa, no se los puede enfrentar con políticas inspiradas en esquemas habituales.
El tiempo escasea. El 15 de enero de este año, Serguei Karaganov, uno de los hombres de la administración Putin con mayor influencia en materia de relaciones internacionales, eligió nada menos que el programa de TV de Tucker Carlson, emblema de la extrema derecha estadounidense, para declarar que (a) “Europa es hoy el peor enemigo”; (b) probablemente antes de un año “Rusia estará obligada a hacerla desaparecer del mapa”; (c) Rusia está convencida de que EE.UU., después de haber salvado a Europa del nazismo (¡hasta ahora Rusia se atribuía ese papel!), esta vez no intervendrá; y (d) China debe moderar sus ambiciones para compartir la hegemonía mundial “con Estados Unidos, India y Rusia”.16
Cuando las alianzas son tan inestables que la OTAN puede congelarse en Groenlandia, mientras que Rusia considera plausible un acuerdo chino-estadounidense que la relegue al vasallaje y Trump con los CEO del petróleo se acomodan con lo que queda del chavismo, las nuevas líneas divisorias que ya hace tiempo dejaron de separar a sistemas socioeconómicos antagónicos, se hacen en 2026 definitivamente visibles.
Es la hora de repensar de qué lado cada uno se sitúa, con quien tiene más afinidades, quién es el enemigo irreconciliable de la generosidad, de la solidaridad, del humanismo.
Argentina, ¿satrapía o renovación ética de la política?
Llaman la atención algunas de las frases pronunciadas por Javier Milei hoy en Davos, ante una sala semivacía. “Estoy aquí, frente a ustedes, para decirles de modo categórico que Maquiavelo ha muerto”. Pelearse con el Florentino, a quinientos años de su muerte física, si dejamos de lado la vulgarización adulterante del pensamiento del autor del El Príncipe —como las habladurías sobre su supuesta paternidad de “el fin justifica los medios”— es reivindicar la idea que es el Cielo quien debe zanjar las cuestiones políticas. Una reivindicación que es también una de las piezas angulares de la ideología oficial rusa. Las frases del presidente sobre “la degradación moral” de Europa y la necesidad de volver a los valores tradicionales coinciden literalmente con los discursos de las autoridades rusas.
Su alineamiento sin ninguna reserva con Trump sobre Venezuela sólo se puede leer como su adhesión a la negación del derecho. Sin embargo, cuando los conflictos internacionales se desatan por la hegemonía imperial en un mundo futuro sin ley, la cuestión nacional es cómo ser país y no satrapía de un imperio, mientras que la otra cuestión existencial, para los pueblos, es cómo ser sin ser esclavos.
Porque los criterios de las alianzas internacionales han cambiado, los principios que presiden a la constitución de frentes políticos en cada país no pueden seguir siendo lo que eran hace veinte o treinta años. Hace falta identificar las nuevas líneas divisorias y los aliados, pensar nuevas consignas, nuevos objetivos, nuevas formas de hacer política, aunque choque con lo acostumbrado.
Pero de nada sirve gritar contra el nazismo o denostar al imperialismo o vociferar contra la izquierda si no se comprende que los judíos asesinados por Hamas, los palestinos masacrados por Netanyahu, los opositores muertos en las cárceles de Maduro, Renee Nicole Good —fusilada por un matón uniformado de Trump— o los cientos de miles de ucranianos que perdieron la vida por las ambiciones imperiales de Putin y los suyos exigen repensar quién es parte de cada uno de los polos del binomio amigo-enemigo: tomar en cuenta, por un lado, que todos los victimarios de las tragedias citadas comparten una concepción bastante similar del poder, aunque se disputan territorios y recursos o, en el caso de las potencias, la hegemonía mundial; por otro, considerar que, como en Minneapolis, el conflicto principal, por su propia lógica, se expande, una vez más, desde lo internacional hacia el interior de cada nación. El poder se vuelve contra su propio pueblo.
Intentar escapar en Argentina a este desplazamiento supone algunas condiciones indispensables. El cambio epocal exige abrir o intensificar el diálogo entre quienes tienen en común el rechazar la división del mundo en imperios hegemónicos y naciones vasallas. Dialogar significa abandonar la ambición de poseer la última palabra (o sea, de creerse Dios) para elaborar un espacio común de perspectivas: “La apertura hacia el otro implica, pues, el reconocimiento de que debo estar dispuesto a dejar valer en mí algo contra mí”.17 Los ataques conjuntos contra la democracia no están disociados ni de las frustraciones, en primer lugar, económicas, de una parte considerable de la sociedad, ni de las desprolijidades de los que consiguen encarnar las esperanzas. Aunque sea una perogrullada, es necesario repetirlo: sin un proyecto económico que tenga en cuenta a los más vulnerables, a los trabajadores y a la clase media que hoy intentan destruir, el valor de la democracia seguirá bajando y en vasos comunicantes subirá el de los aprendices de brujos, algo que llevó nuestro país a experimentar su noche más siniestra. La reorientación de la política económica tiene que ir de la mano con la batalla cultural: reivindicar la política, la división de poderes, el rol del Congreso.
Y definir una ética. Hacer política, no en nombre del pueblo, sino con el pueblo.
Curtis Yarvin, “Entrevista”. Última consulta: 7/01/2026. Yarvin es un ideólogo muy influyente en los círculos intelectuales trumpistas; su pensamiento es una referencia para poderosos actores de la política norteamericana como Peter Thiel y J.D.Vance. ︎
Frase pronunciada por Winston Churchill en la Sociedad Internacional Churchill el 10 de noviembre de 1942, tras la crucial victoria aliada en la batalla de El Alamein. ︎
La Paz de Westfalia en 1648 estableció un nuevo orden europeo fundado en el respeto de la soberanía nacional y sentó las bases del derecho internacional. ︎
En referencia a los reaccionarios que ambicionaban restaurar el absolutismo a principios del siglo XIX. ︎
C. Yarvin, “A new foreign policy for Europe. Give Russia a free hand on the Continent.”, Gray Mirrorr. Última consulta: 12/01/2026. ︎
Zhizn’ v osyopaiushchmsia mire (La vida en un mundo que se desmorona), Club Valdai, Octubre 2018, p.23. ︎
Dark Enlightenment: formula acuñada en 2012 por Nick Land, influente pensador británico, abanderado del anti igualitarismo y del poshumanismo. Libertario, rechaza la democracia y aboga por la desregulación total del orden actual. En 1998 abandonó su cátedra en Warwick y se autoexilió en Shangai. ︎
Nomos, en griego, la ley, la costumbre, los derechos. Un orden establecido por los seres humanos o por la divinidad. ︎
J. A. Miller, “La tendresse des terroristes. Troisième Lettre” (2001). Última consulta 18/I/2026. ︎
Citado por Ian Kershaw en su monumental biografía del jefe nazi: Hitler, Paris, Flammarion, 1999 (edición original en inglés, 1998), t,1 , p.838. ︎
Hegel, (referencia a El sobrino de Rameau, de Diderot), Fenomenología del Espíritu, traducción de W.Roces y R.Guerra, revisada por Gustavo Leyva, FCE, México 2003, p,321. Citado por J.-A.Miller, art, cit. ︎
A. Herzen, De l’autre rive, Ginebra, 1870, pp. 46-47. ︎
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