Ravier: «Es una posibilidad que el dólar llegue a $ 1.800 en los próximos meses»

Ravier: «Es una posibilidad que el dólar llegue a $ 1.800 en los próximos meses»

 

El vocero Adrián Ravier no descartó que el dólar pueda irse a 1.800 pesos en los próximos meses, lo que implicaría una devaluación de casi el 20 por ciento. Para el funcionario eso sería una corrección «mínima» y sin impacto en el bolsillo de los argentinos.

Aunque descartó «un temblor» y dijo que no ve un escenario de inestabilidad cambiaria, Ravier cometió una osadía para los estándares argentinos al no descartar que el tipo de cambio se pueda devaluar un 20 por ciento.

Aunque

el funcionario a cargo de la comunicación del gobierno

minimizó el impacto que eso tendría, en meses previos a una elección presidencial podría ser una complicación seria para los planes reeleccionarios de Milei.  

Cayó la actividad, se derrumbó el consumo y el 70% de la economía sigue en recesión

«No hay temblores posibles como ha pasado en la historia argentina reciente. Después, por supuesto, una mala cosecha, una sequía o inundaciones te pueden golpear por la falta de dólares y te puede generar un cambio» en el escenario, planteó Ravier en el streaming Carajo.

«Si hay atraso cambiario o no, es muy difícil de decir», dijo el vocero respecto al actual tipo de cambio, en torno a los $ 1.500. «Si querés señalar que hay, la corrección que podríamos tener en algún momento sería mínima. Mínima quiero decir que no es que vas a duplicar el tipo de cambio y eso te va a hundir los ingresos. Podés tener una corrección mínima que no va a tener un impacto significativo en el bolsillo de los argentinos», indicó Ravier.

Según el funcionario, la compra de reservas por parte del Banco Central y el superávit en la cuenta corriente «claramente no son compatibles con tener atraso cambiario», aunque admitió que podría estar un poco abajo.

«Si bajo el criterio de mirar el promedio de los últimos años, hoy estamos un poquito abajo y vos tuvieras una corrección, no sería significativa», aseguró Ravier, que eligió medirse con las varas de las crisis más serias de los últimos años lo que también es llamativo para un experto en comunicación. 

Aunque descartó «un temblor» y dijo que no ve un escenario de inestabilidad cambiaria, Ravier cometió una osadía para los estándares argentinos al no descartar que el tipo de cambio se pueda devaluar un 20 por ciento

«Cuando uno mira lo que le pasó al macrismo, ellos estaban con un tipo de cambio de 15 pesos y se fue a 60. Cuadruplicar el tipo de cambio significaría que hoy pasamos de $1.500 a $6.000. Si vamos al 2002, donde el tipo de cambio pasó de 1 a 3, sería como hoy pasar de $1500 a $4500. Nadie ve ese escenario», planteó.

«Ahora, que el tipo de cambio llegue a $1800, a $1700, dentro de unos meses, es una posibilidad. La estabilidad cambiaria está muy clara, yo no me preocupo por ese lado», prometió.

 

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    Brasil rebaja al mínimo la relación con Argentina: la política exterior de Milei abre una crisis histórica con el principal socio del país

     

    La decisión del gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva de retirar a su embajador en Buenos Aires marca un hecho sin precedentes en cuatro décadas de democracia. La escalada llega después de una nueva serie de agravios públicos de Milei contra el presidente brasileño y vuelve a poner en discusión el costo político, económico y comercial de una diplomacia basada en la confrontación permanente.

    Por Ignacio Álvarez Alcorta para NLI

    La relación entre Argentina y Brasil acaba de ingresar en uno de sus momentos más delicados desde el retorno de la democracia. El gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva decidió retirar a su embajador en Buenos Aires, Julio Bitelli, y reducir la representación diplomática al nivel de encargado de negocios, una señal política de enorme gravedad que en la práctica implica congelar el vínculo institucional entre las dos principales economías de Sudamérica mientras persistan las agresiones de Milei. La medida fue comunicada oficialmente por el Palacio de Itamaraty luego de una nueva escalada verbal protagonizada por el mandatario argentino, quien durante el fin de semana volvió a descalificar públicamente a Lula con insultos personales y cuestionamientos políticos.

    La decisión brasileña constituye mucho más que un gesto protocolar. Desde la reconstrucción democrática iniciada en los años ochenta, Argentina y Brasil construyeron una política de Estado basada en la cooperación estratégica, la integración económica y la consolidación del Mercosur como herramienta de desarrollo regional. Gobiernos de distintos signos políticos mantuvieron ese principio incluso en momentos de profundas diferencias ideológicas. Carlos Menem convivió con Fernando Henrique Cardoso; Néstor Kirchner y Cristina Fernández fortalecieron la alianza con Lula; Mauricio Macri preservó los canales institucionales con Michel Temer y posteriormente con Jair Bolsonaro. Nunca antes un conflicto estrictamente político había derivado en una degradación formal de la representación diplomática de semejante magnitud.

    La explicación ofrecida por Brasil fue contundente. Desde Itamaraty señalaron que las reiteradas agresiones personales de Milei contra Lula, sumadas a los cuestionamientos dirigidos contra instituciones brasileñas, tornaron imposible mantener la normalidad diplomática. La decisión implica que el embajador Bitelli no regresará a Buenos Aires mientras persista el actual escenario político, dejando la representación brasileña en manos de un funcionario de menor rango, una figura utilizada habitualmente cuando las relaciones atraviesan una crisis seria pero sin llegar a la ruptura formal.

    La respuesta del Gobierno argentino no modificó el tono del conflicto. La Cancillería calificó la decisión brasileña como «unilateral» y sostuvo que responde a motivaciones «ideológicas», aunque evitó hacer cualquier referencia a las expresiones utilizadas por Milei contra Lula. El comunicado oficial volvió a responsabilizar exclusivamente al gobierno brasileño por el deterioro del vínculo, una postura que profundiza la distancia entre ambas administraciones y reduce aún más las posibilidades de una recomposición inmediata.

    Detrás del conflicto diplomático aparece un dato imposible de ignorar: Brasil es el principal socio comercial de la Argentina, el principal destino de las exportaciones industriales nacionales y un actor determinante para sectores como la industria automotriz, la maquinaria agrícola, la energía, la producción metalúrgica y numerosos complejos manufactureros. Cada deterioro político termina generando incertidumbre entre empresas, inversores y exportadores que dependen de un flujo comercial construido durante décadas. Si bien la decisión brasileña no implica por ahora restricciones económicas, el mensaje político introduce un factor adicional de inestabilidad para un país que atraviesa una profunda recesión, dificultades para generar divisas y una creciente dependencia del financiamiento externo.

    La crisis también representa un golpe para el Mercosur. Mientras el bloque intenta redefinir su papel frente a un escenario internacional cada vez más competitivo, la confrontación entre Buenos Aires y Brasilia debilita la capacidad de negociación regional y erosiona uno de los pilares históricos del proceso de integración sudamericano. No se trata únicamente de una diferencia entre presidentes, sino de un conflicto que afecta el funcionamiento de instituciones, mecanismos de coordinación y agendas comunes desarrolladas durante décadas.

    Desde la llegada de Milei al poder, la política exterior argentina abandonó la tradicional búsqueda de consensos regionales para privilegiar los alineamientos ideológicos. Los enfrentamientos con gobiernos latinoamericanos, las tensiones con organismos multilaterales y la identificación casi exclusiva con determinados liderazgos internacionales fueron modificando el perfil diplomático argentino. La relación con Brasil constituye probablemente el ejemplo más evidente de esa transformación: un vínculo históricamente considerado estratégico quedó subordinado a la confrontación política y a declaraciones públicas que, finalmente, terminaron produciendo consecuencias institucionales concretas.

    Contenido simbólico

    La decisión de Lula adquiere además un fuerte contenido simbólico. Brasil eligió responder mediante los mecanismos tradicionales de la diplomacia, evitando una ruptura total pero dejando en claro que considera inaceptables los ataques reiterados del presidente argentino. En términos internacionales, retirar a un embajador constituye una de las sanciones políticas más severas antes de la ruptura de relaciones, y suele reservarse para situaciones excepcionales.

    Mientras tanto, Argentina enfrenta un escenario complejo. La crisis se produce en momentos en que el Gobierno necesita recuperar inversiones, fortalecer el comercio exterior y mejorar su inserción internacional. Sin embargo, la política exterior vuelve a convertirse en un frente de conflicto que suma incertidumbre a una economía ya golpeada por la caída del consumo, el deterioro industrial y la fragilidad financiera. El episodio deja una pregunta abierta sobre los costos que puede tener para el país una estrategia diplomática basada más en la confrontación personal que en la defensa pragmática de los intereses nacionales.

     

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  • Libros como quesos y gaseosas

     

    Génesis

    La expectativa es alta. Es 1996 y Gabriel García Márquez está por publicar el que será su último gran libro, Noticia de un secuestro. La editorial argentina piensa una tirada alta, acorde con su fama y éxito. Las librerías se aseguran los ejemplares necesarios para que ningún lector se quede sin el suyo. Los bestsellers son un bien escaso, sobre todo los que se sabe de antemano que lo serán, y para estos negocios de escaso margen resultan esenciales: esos superventas les permiten poner a disposición de sus lectores —los habituales, los ocasionales y los que aún no saben que lo serán pero encontrarán en ese mundo su camino a la lectura— una oferta amplia y diversa de libros de menor rotación.

    Pero las librerías no son las únicas interesadas en el autor colombiano. Una gran cadena de supermercados también lo mira con interés. Ese libro puede atraer clientes, hacer que permanezcan más tiempo en el local, que compren fideos, mayonesa o papel higiénico. Para ellos, el libro no es muy distinto de esos productos: un bien comercial más. O, en realidad, no: saben que es algo más, y que por eso les sirve para vender otras cosas. Como las librerías, se garantizan una buena provisión de ejemplares, pero a una escala muy superior. Y ofrecerlo no basta: el señuelo es el precio, un 40 por ciento por debajo del sugerido por el sello. El supermercado está dispuesto a no ganar con la unidad libro, incluso a perder. Su negocio está en los quesos y las gaseosas.

    Con premura, las librerías le piden a la editorial que frene la situación. Esta, priorizando a las librerías —las que ofrecen todo su catálogo, el título que vende mucho y el que vende poco—, le solicita al supermercado que no avance con el descuento o que devuelva los ejemplares. La cadena no hace ni una cosa ni la otra. 

    El supermercado está dispuesto a no ganar con la unidad libro, incluso a perder. Su negocio está en los quesos y las gaseosas.

    Esta historia arranca ahí, cuando el sector librero entiende la necesidad de un trabajo político para sobrevivir a los jugadores externos que se sirven del libro para obtener grandes beneficios y, en el camino, destruyen el tejido librero, con todo lo que eso significa para la ampliación de la cultura, la formación de lectores, la circulación de nuevos autores y la venta de libros de rotación lenta. Tras un primer intento frustrado, en 2001 se sanciona la Ley de Defensa de la Actividad Librera, que se promulga a inicios de 2002, en medio de la entrada y salida de presidentes de la Casa Rosada. Hoy, veinticinco años después, el gobierno se propone derogarla.

    Un bien que no es una mercancía más

    El primer caso formal conocido de mantenimiento del precio de reventa de libros surgió en Londres en 1829, cuando una coalición de editores, mayoristas y libreros estableció que los libros nuevos debían venderse al precio fijado por el editor, con descuentos máximos autorizados. No era una ley, sino un acuerdo privado cuya fuerza residía en la amenaza de retirar el suministro a quien vendiera por debajo de esos límites. Sus defensores sostenían que la competencia irrestricta en precios destruiría librerías, reduciría la variedad y favorecería a unos pocos grandes comerciantes. El sistema sobrevivió más de veinte años y es el antecedente más temprano de una idea que reaparecería en numerosos países: el libro, por sus características culturales y económicas, no debía quedar sometido únicamente a la competencia por precio.

    Desde entonces se multiplicaron los países que adoptaron alguna variante de la regulación, ya sea por acuerdos validados por las autoridades o por leyes nacionales. Y no se trata de mercados periféricos, sino de países centrales, con fuerte tradición lectora, que valoran y promueven la cultura como parte de su identidad y su economía: Francia, Alemania, España, Países Bajos, Noruega, Corea del Sur. El alcance de la regulación varía. Puede durar todo el tiempo que el título permanece en catálogo o un máximo de 18, 24 o 36 meses tras la publicación; comprender sólo los libros físicos o también los ebooks; abarcar todos los géneros o algunos. Los descuentos máximos oscilan entre el 5 por ciento y el 15 por ciento, y se habilitan en circunstancias especiales, como las ferias, o para ciertos compradores, como las bibliotecas. Y hay experiencias, como la francesa, que regulan incluso el comercio digital para evitar subsidios encubiertos.

    El libro, por sus características culturales y económicas, no debía quedar sometido únicamente a la competencia por precio.

    La idea de que el libro no puede reducirse a un bien mercantil más —de que su valor no se agota en su materialidad, sino que es también un vehículo de cultura, de identidad, de educación y de goce, y por lo tanto fundamental para una vida individual y colectiva más rica y plena— adquirió su marco formal más acabado en la Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural de 2001 y en la Convención de 2005 de la UNESCO. Aunque esos documentos, a los que la Argentina adhirió, no refieren sólo al libro, sino a un conjunto más amplio de bienes y servicios culturales, ofrecen el encuadre que está en la base de las regulaciones de precio único. Porque si el libro es, al mismo tiempo, un bien económico y un bien cultural, tratarlo con la vara exclusiva del precio implica capturar sólo una de sus dimensiones y anular la otra.

    Qué dice y hace la ley

    La ley establece que quien determina el precio de venta al público es el editor o el importador. Cada título lleva un precio y todos los canales minoristas deben respetarlo, sean plataformas de comercio electrónico, estaciones de servicio, supermercados, cadenas o pequeñas librerías. La ley no anula la competencia, la desplaza del precio al servicio. Aunque todo se resuelva al final en una transacción, los canales difieren mucho en su naturaleza. Mientras el supermercado acota su oferta a unos pocos títulos de venta rápida, y la plataforma orienta las búsquedas con algoritmos que refuerzan lo que ya vende, las librerías, sobre todo las pequeñas y medianas, ofrecen un repertorio mucho más amplio, con más géneros (narrativa e infantiles, pero también ensayo, poesía, novela gráfica, arte), más autores y más editoriales. Al derogar la ley, el gobierno trata a las librerías como meros expendedores de libros, sin considerar su función cultural.

    Qué ocurre cuando se liberaliza

    Esto nos lleva a uno de los argumentos más caros del gobierno: que la derogación conduciría, gracias a una baja significativa de los precios, a un aumento de las ventas. Las experiencias internacionales demuestran lo contrario. Los países que cuentan con una regulación de esta clase venden considerablemente más que los que no la tienen. En su reciente estudio sobre el precio único en Europa, Rhys J. Williams (2024), de la Universidad de Cambridge, señala que ese incremento ronda el 16 por ciento. ¿Por qué? Porque las librerías, en especial las independientes y las pequeñas, hacen un esfuerzo mayor que el resto de los canales para vender: buscan acercar lectores, asesorarlos, ayudarlos a encontrar el libro adecuado, y rodean al libro de una experiencia que no se agota en la transacción. Venden más porque hacen más.

    Un estudio del mercado alemán publicado en 2025 (Götz et al.) lo demuestra con una cifra contundente: el cierre de una sola librería física provoca una disminución de las ventas totales de libros impresos de unas 744 unidades al mes. Esas ventas no son absorbidas por otro canal, sencillamente se pierden. Se compra menos y se lee menos. Las librerías, los supermercados y el comercio electrónico son sustitutos imperfectos; no hay reemplazo de uno por otro, sino un desplazamiento que deja a un buen número de lectores afuera. Las librerías crean demanda. Cuanto más amplio y nutrido sea el tejido librero, mayores serán las ventas y más alta la tasa de lectura de una sociedad. Lo que se pierde cuando cierra la librería del barrio no es un comercio, es el lugar donde alguien iba a encontrar el libro que todavía no sabía que buscaba.

    Hay un dato todavía más revelador que esa pérdida de ventas: el mismo estudio identifica una relación de complementariedad, no de sustitución. El cierre de la librería física deprime también, aunque ligeramente, las ventas online, porque la tienda funciona como sala de exposición que estimula compras posteriores. El comercio electrónico se beneficia de la librería que dice reemplazar.

    Lo que se pierde cuando cierra la librería del barrio no es un comercio, es el lugar donde alguien iba a encontrar el libro que todavía no sabía que buscaba.

    Podemos ir un poco más allá, con datos en la mano. Con la derogación, además de cambiar el volumen de ventas, se reconfigura qué se vende y quién lo vende. Y esa reconfiguración avanza en una dirección constante en todos los casos observados: desde la librería hacia el supermercado y la plataforma, y desde el catálogo amplio hacia el bestseller. Con la liberalización, en el Reino Unido la cuota de mercado de las librerías especializadas cayó del 19,9 por ciento en 1998 al 9,6 por ciento en 2007, mientras los supermercados y la venta en línea pasaban en conjunto del 4,3 por ciento  al 31 por ciento. En Dinamarca, los puntos de venta físicos aumentaron un 25 por ciento, pero ese aumento provino de la entrada de unos 200 supermercados, mientras las librerías caían un 20 por ciento. Creció la góndola, no la librería. Y con ella se achicó la variedad, porque, como ya mencionamos, los supermercados y las estaciones de servicio se concentran en pocos títulos de alta rotación.

    Francia, que cuenta con una ley desde 1981, sostiene más de 3000 librerías independientes. Reino Unido, con una población similar, alrededor de 1000. En Francia las librerías independientes realizan el 45 por ciento  de las ventas, y su oferta está mucho menos concentrada: los diez títulos más vendidos representan el 2,5 por ciento del mercado, frente al 15,7 por ciento británico. La composición del comercio determina qué se ofrece: un mercado dominado por supermercados y plataformas rota unos pocos títulos masivos, mientras que una red de librerías sostiene la circulación del catálogo medio, el de los libros que se venden de manera moderada y sostenida. Reconfigurar el comercio es, también, reconfigurar la oferta disponible para el lector.

    Las objeciones oficiales

    Vamos ahora al corazón del argumento oficial: los precios. Según el gobierno, la regulación aumenta considerablemente el precio de los libros y atenta contra los consumidores —que aquí prefiero llamar lectores, aunque no siempre quien compra y quien lee sean la misma persona—. Ya vimos que con la regulación se venden más libros, no menos. Y también los precios desmienten la teoría, no suben al regular o, lo que es lo mismo, no bajan al desregular. En su estudio comparado, Williams señala que entre 2008 y 2019 estas políticas no tuvieron un efecto perceptible sobre los precios en los países europeos; los resultados apuntan incluso a una posible reducción, salvo en un caso con un aumento apenas superior al 1 por ciento. Y al ampliar el período a 1996-2020, tampoco aparece evidencia de que la regulación haya empujado una suba. Estos resultados contradicen las predicciones teóricas a las que el gobierno se aferra.

    Ya vimos que con la regulación se venden más libros, no menos.

    Un paréntesis griego: para defender la derogación, circularon en X fragmentos de un artículo académico sobre Grecia, presentado como prueba irrefutable de que la desregulación abarata los libros. El gráfico que comparten muestra que, tras la liberalización parcial de 2014 —algunos géneros siguieron protegidos—, los precios bajaron. Y es cierto: bajaron. Pero la caída había comenzado dos años antes, y en 2014 no se acelera, sino que continúa al mismo ritmo. También baja el precio de la ficción, que conservó la protección. Es decir, todos bajan, con o sin regulación. El propio estudio intenta distinguir el efecto de la reforma del de la crisis, pero no lo consigue. Analiza muy pocos años posteriores, y todo ocurre durante una depresión que hacía caer los precios y el consumo en toda la economía. El artículo muestra una coincidencia entre la liberalización y la baja, no una prueba de que la primera haya causado la segunda. Los tuits tampoco mencionan que, pocos años después, Grecia repuso la regulación en buena parte de los géneros.

    ¿Cartelización? La acusación que también se ha disparado en estos días contra la ley de precio único confunde dos mecanismos jurídicos distintos. Un cártel exige un acuerdo horizontal entre competidores para coordinar precios o repartirse el mercado, es cuando varias empresas se ponen de acuerdo entre sí. En un régimen de precio único, en cambio, las librerías no acuerdan nada, cada editorial o importador fija por separado el precio de los libros de su catálogo, y los puntos de venta deben respetarlo porque lo manda la ley. La jurisprudencia europea reconoció tempranamente esta diferencia. E incluso en Estados Unidos, donde no existe una ley federal equivalente para los libros, la Corte Suprema rechazó que toda restricción vertical sobre el precio de reventa sea necesariamente anticompetitiva, y dispuso examinarla por sus efectos concretos, la rule of reason. Entre ellos, la posibilidad de sostener mejores servicios y una competencia más intensa entre editoriales.

    Una política sistémica

    La regulación del precio de los libros tiene, además, una dimensión que excede las cantidades vendidas y las variaciones de precios, las únicas variables a las que el gobierno parece reducir el mercado. Al proponer la derogación, el oficialismo desconoce los modos virtuosos en que las librerías inciden sobre el conjunto del ecosistema editorial. Si comprendiera esa relación, tal vez entendería por qué las principales organizaciones de editoriales, librerías y autores salieron en conjunto, sin matices, a defender la continuidad de la ley. Y es que no hay política más sistémica que esta: no hay otra acción que, tocando un solo punto —el modo en que se fija el precio—, tenga un efecto tan positivo sobre todos los eslabones de la cadena.

    Al proteger a las librerías que trabajan con una gama amplia de géneros, temas y autores, la ley sostiene también a las pequeñas editoriales que los publican, muchas altamente profesionalizadas, que en los últimos años llevaron la edición argentina a España, México, Colombia y Chile. Sin el resguardo de la ley y, por lo tanto, de las librerías, esos sellos tendrían muchas menos posibilidades de exhibir, recomendar y vender sus libros, consolidarse y proyectarse afuera. Son ellos, junto a un amplio conjunto de sellos autogestivos y cooperativos, los que dan voz a autores y autoras todavía desconocidos, que luego son traducidos y premiados en el exterior, o cuyas obras se adaptan al cine y a series. Publicar a alguien nuevo, acompañarlo cuando aún no tiene un nombre público, es un riesgo, una apuesta por la renovación y la calidad. La ley funciona así como el cimiento de una infraestructura del libro que, pese a años de políticas erráticas y sacudones económicos extremos, sigue siendo un modelo en la región.

    Al proteger a las librerías que trabajan con una gama amplia de géneros, temas y autores, la ley sostiene también a las pequeñas editoriales que los publican, muchas altamente profesionalizadas, que en los últimos años llevaron la edición argentina a España, México, Colombia y Chile.

    Qué está en juego hoy

    En América Latina, sólo dos países cuentan con una ley similar: México y Argentina. Pero únicamente en el nuestro se cumple de manera efectiva. En varios más se discute desde hace años una norma análoga. En Uruguay existe un anteproyecto inspirado en la ley argentina. El contraste es evidente, Argentina tiene muchas más librerías por habitante que el resto de la región —al punto de que allí reside parte del atractivo internacional de la Ciudad de Buenos Aires—, y una red librera menos concentrada y más diversa. Mientras otros países buscan una norma así para fortalecer sus mercados y ampliar el acceso a la cultura, acá se nos propone retroceder varios casilleros.

    Y se nos propone en el peor momento. Veinticinco años después de su sanción, el mercado del libro atraviesa una de sus crisis más severas, que está llevando al límite a librerías y editoriales. La razón es sencilla: quienes sostienen el mercado del libro en nuestro país son los sectores medios, hoy golpeados por una caída muy significativa de sus ingresos. Se compran menos libros, y no por la masificación del consumo digital —que merece otra discusión—, sino porque cuesta cada vez más pagar el alquiler, los servicios y las compras del supermercado.

    Deberíamos estar discutiendo, en cambio, cómo complementar la ley y amplificar sus efectos, de qué manera consolidar y extender la red de librerías allí donde todavía es insuficiente, cómo hacer que los libros lleguen a todo el país, para quienes ya leen y para quienes aún no saben que la lectura puede ser un entretenimiento o volverse una forma de vida. En lugar de eso, se propone destruir una de las pocas herramientas que sostienen el acceso a la cultura. Y no es la única en la mira, el mismo proyecto avanza también sobre el Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura, el instrumento con el que el Estado promueve que los libros lleguen a donde el mercado no llega. Aquellas librerías que en 1996 advirtieron la catástrofe no defendían una renta. Defendían la trama que hace posible que un lector cualquiera, en cualquier barrio, encuentre algo más que los cinco títulos más vendidos. Esa trama se expandió y diversificó durante dos décadas y media. Puede deshacerse en pocos años, y con ella una forma de vivir los libros.

    La entrada Libros como quesos y gaseosas se publicó primero en Revista Anfibia.

     

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  • Rosenkrantz y Weinberg desaprobaron exámenes de candidatos a jueces que opinaron a favor de los discapacitados

     

    Carlos Rosenkrantz e Inés Weinberg, miembros designados como jurado para el concurso N° 527 para cubrir a una vacante de vocal en Sala II de la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Civil y Comercial, ofendieron a un postulante al que le bajaron el puntaje por utilizar «lenguaje mediocre» y quedaron envueltos por el polémico criterio de evaluación que utilizaron contra los concursantes que respondieron a las preguntas con jurisprudencia que condenaba al Estado por incumplir derechos de personas con discapacidad.

    Los exámenes para los jueces tienen un marco metodológico de evaluación. Los candidatos deben responder ante un caso específico que deberían resolver si ocuparan la vacante y, de los 100 puntos totales para la calificación máxima, 45 corresponden a la consistencia jurídica de la solución propuesta, 35 a la pertinencia y el rigor de los fundamentos y 20 a la corrección del lenguaje utilizado, algo que incluye la apelación a latinismos, barroquismos o giros casi ociosos para revestir la crudeza de una sentencia.

    Pero la evaluación de Rosenkrantz y Weimberg amagan con desatar un vendaval en el Consejo de la Magistratura, después que el concursante enfurecido por la calificación mandara una nota en queja a la Comisión de Selección de ese órgano del Poder Judicial. En su mensaje, el candidato consideró que lo dispuesto por el juez de la Corte Suprema y su par del TSJ porteño era «injuriante» e «indecoroso», precisó uno de los consejeros a LPO.

    El problema es que la bronca del concursante despertó la curiosidad de los integrantes del Consejo y ahora crecen las sospechas acerca del criterio ideológico utilizado por ambos jueces para aprobar a algunos candidatos y aplazar a otros.

    Rosenkrantz traba un concurso clave mientras presiona para aprobar cambios en la selección de jueces

    En efecto, a los candidatos les tocaba analizar el caso hipotético sorteado de una trabajadora del Estado que quedaba «cuadripléjica» y al cuidado de sus padres, adultos mayores de bajos ingresos. El relato indicaba que la obra social le recortaba la cobertura de prestaciones unilateralmente, contra las prescripciones de los médicos y la advertencia sobre el riesgo vital que conllevaba la suspensión del tratamiento.

    Lo curioso es que los que concluían que el Estado tenía responsabilidad subsidiaria por las prestaciones por discapacidad obtuvieron notas bajas o fueron bochados. «Rosenkrantz y Weimberg terminan avalando la postura del gobierno que se ensañó con los discapacitados», comentaron a LPO.

    Santiago Viola, Alberto Maques y Alejandra Provítola en el Consejo.

    Fuentes judiciales explicaron que antes de la llegada de Rosenkrantz al máximo tribunal, la jurisprudencia indicaba que el Estado, como garante subsidiario o de última instancia en salud, debía tutelar el derecho de las personas al acceso a las prestaciones médicas cuando las obras sociales o las prepagas no lo hicieran. Desde 2018, el magistrado que desplazó a Ricardo Lorenzetti de la presidencia de la Corte impuso matices que contemplaban un giro hacia la sustentabilidad o racionalidad presupuestaria que permitiera cuidar los recursos públicos.

    Pese a la postura que fue consolidando Rosenkrantz, Rosatti se mantuvo en disidencia sobre el criterio fiscalista de su colega. No es casual tampoco que los concursantes que apelaron a la visión del presidente de la Corte fueran relegados, después que Rosenkrantz suscribiera junto a Lorenzetti la acordada que promovía un cambio de reglamento en la selección de magistrados bajo la crítica a la falta de transparencia actual.

    En rigor, las pruebas de oposición exigen que los evaluadores no sepan quiénes son los aspirantes al cargo vacante. Por eso, se les asigna una sigla particular en lugar del nombre propio.

    Lo curioso es que los que concluían que el Estado tenía responsabilidad subsidiaria por las prestaciones por discapacidad obtuvieron notas bajas o fueron bochados. ‘Rosenkrantz y Weimberg terminan avalando la postura del gobierno que se ensañó con los discapacitados’, comentaron a LPO.

    Sin embargo, la carta del concursante ofendido habría movido el avispero y fuentes del Poder Judicial comentaron a LPO que el juez de la Corte Suprema y su par del TSJ porteño dejaron primero en el orden de mérito a un candidato que trabajó en el máximo tribunal, en la Secretaría de Juicios Ambientales y que también se desempeñó en la vocalía de Horacio Rosatti, presidente de la Corte Suprema y titular del Consejo de la Magistratura, y en segundo lugar habría quedado otro miembro de la misma vocalía.

    También se rumoreaba este martes que en el sexto lugar habría quedado un secretario letrado de la Corte que atiende juicios ordinarios y extraordinarios. No obstante, resta que se conozcan las impugnaciones antes de establecer el orden definitivo.

    Para colmo, un consejero sembró la duda de que haya sido Rosenkrantz quien decidiera calificar las respuestas del candidato ofendido bajo la etiqueta de «lenguaje mediocre» y deslizó ante LPO la posibilidad de que haya sido algún colaborador suyo quien elaboró el informe. «Es incapaz de incluir expresiones como las que aparecen en el informe, quizá confió en quien redactó o revisó el informe y firmó sin leer», dijo como si quisiera ayudar con una reflexión tan inquietante como comprometedora.

     

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  • Como utilizar en forma correcta los Puntos Limpios

    Una vez más, la Dirección de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Municipalidad de Villa Regina solicita la colaboración de los vecinos para no depositar en los Puntos Limpios ubicados en distintos sectores de la ciudad residuos para los cuales no están habilitados. Al respecto, recuerda que en estos contenedores se depositan, por separado: papel…

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