Putos antidiseño
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Putos antidiseño

“No queremos que nos persigan, ni que nos prendan, ni que nos discriminen, ni que nos maten, ni que nos curen, ni que nos analicen, ni que nos expliquen, ni que nos toleren, ni que nos comprendan: lo que queremos es que nos deseen”

Néstor Perlongher (1984)

Se ponen de pie para hacer la fila en el pasillo abierto entre las sillas de plástico ordenadas una detrás de otra. Después de una brevísima procesión de diez personas, llega el turno de Julián para la ministración. El servidor, un muchacho joven que bastonea la ceremonia con el micrófono en la mano, se aproxima hasta quedar cara a cara con él. Se inclina suavemente hacia su oído derecho y apoya su mano libre, rutilante, en el hombro izquierdo de Julián, que  cierra los ojos entregado. Es la imposición de manos. El servidor le susurra una oración personalizada: 

— Oh padre poderoso, que tu fuerza rompa el quebranto. 

Julián intenta renunciar al espíritu de la homosexualidad que lo agobia. Lo habita, lo ocupa. No sabe bien por qué, pero tiene claro que hay que expulsarlo.

Aquí las palabras importan mucho. Para Julián, muchos de los conceptos que escucha son nuevos.  Más temprano, anotó en un chat consigo mismo en su celular:

–Congregar ir a la iglesia. 

–Restaurar es trabajarte para dejar entrar a Jesús y dejar de ser un quebrantado. 

–Alabanza es el culto, la ceremonia en sí misma.

–Ministeriar es que te hagan el rezo en el oído e imposición de manos.

-Lesbianismo y homosexualidad son antidiseño. Estar solo o sola también es antidiseño. El anticristo es el máximo exponente del antidiseño. El diseño es la familia. El diseño original: mujer, varón. Hay formas de vencer al antidiseño. 

Julián pagó $200.000 para atravesar esta experiencia de la que están participando 144 personas: el  XIII Retiro de Restauración Emocional, Relacional, Sexual y Espiritual “UN BRAZO EXTENDIDO”. Tres jornadas de cultos diarios, charlas sobre distintos temas con pastores, exposiciones de participantes que comparten sus historias de vida de superación y dinámicas grupales de discusión que llaman plenarias. 

Putos antidiseño

Captura de la página web del Ministerio Mano Fuerte Brazo Extendido.

Esta es la noche de renuncias, el punto climático del line up del encuentro. A Julián le explicaron, más temprano, con un didáctico power point proyectado en una pantalla en este mismo salón, que este es el inicio de un proceso de restauración que tiene seis columnas: el grupo vivencial, el grupo de oración, el seguimiento pastoral, la iglesia, la sanidad interior y la terapia individual. Le prometieron restaurar esa programación que falló. Como si fuese posible promptear el deseo y la identidad de un humano. 

Son las diez de la noche del sábado 10 de octubre de 2026 en la capilla del gigantesco predio del Patronato de la Infancia, en Benavídez, al norte del conurbano bonaerense. En la entrada puede leerse en latín: “Sinite parvulos venire ad me”. En castellano: “Dejad que los niños vengan a mí”. Durante cuatro décadas este lugar funcionó como un internado infantil. Hoy ya no hay niños pobres abandonados pero sí más de un centenar de jóvenes adultos que van a pasar el fin de semana encerrados y que dormirán en las mismas habitaciones que, antes, ocupaban las criaturas sin familias. 

Foto institucional del Patronato de la Infancia en Benavidez.

Afuera, la estela de una tormenta acaricia con su humedad los pinos del patio. Adentro, una banda no deja de animar con música constante en vivo: un tecladista, una guitarra criolla, una batería y dos cantores acompañan el ritual. La melodía es envolvente, sale por dos parlantes enormes y marca un pulso, una frecuencia inexorable para quienes están ahí. Todo se mueve al ritmo de una coreografía inmersiva en loop constante. Los sonidos son celestiales y la letra es un mantra de fácil repetición.  El público observa la ceremonia: algunas personas lo hacen sentadas, otras se abrazan, están las que quedaron jadeando después de la imposición de manos y alguna se está recuperando de un desmayo. Hay personas de distintas edades y lugares: una chica que viajó desde Rosario, un muchacho que vino desde el barrio de Flores, otro que vive en Palermo. Son trabajadores, algunos profesionales. Cada cual vino a renunciar a distintos espíritus del mal. Hay una lista de ellos: el temor y las emociones, la enfermedad, las mentiras y engaños, el anticristo, el desorden sexual, los vicios y las adicciones, la pobreza y el orgullo. 

Una semana atrás, además de la transferencia, lo primero que hizo Julián para inscribirse a este retiro fue completar un formulario en línea y marcar con una X el tipo de problemática que lo llevó hasta aquí: AMSI (Atracción al mismo sexo indeseada) es la primera opción de la lista. Después le siguen: adicción sexual (hipersexualidad), adicción al juego, adicción a sustancias, abandonado/a, abandonó a alguien, abuso sexual recibido, abusé de alguien, alcoholismo, ansiedad, TOC, depresión, masturbación compulsiva, pornografía, obesidad, satanismo – ocultismo, abuso verbal de alguien. No hay jerarquías. Todas las problemáticas parecen poder abordarse igual. 

Cuando llegó a Benavídez, Julián tuvo que completar un formulario similar y firmar: “Declaro que mi participación como asistente al Retiro de Restauración Espiritual, Emocional, Relacional y Sexual ‘UN BRAZO EXTENDIDO’ de los días 9 al 12 de Octubre 2026 realizado por el Ministerio Mano Fuerte Brazo Extendido ha sido en forma voluntaria, tras haberme contactado con el mismo para recibir ayuda, orientación o capacitación”. El vocabulario importa y que quede por escrito el consentimiento también. Además le pidieron que no cuente afuera lo que pasa adentro del retiro. 

Pero Julián no se llama así. Ni cree en nada de lo que escucha los tres días que pasa encerrado en este culto evangélico pentecostal del que está participando por primera vez en su vida. Todo lo que lo rodea le parece una puesta en escena tan ficticia como el personaje que está interpretando. Es que, en realidad, él es periodista. Nadie lo sabe.  Es un infiltrado con una misión: confirmar que las terapias de conversión siguen existiendo en Argentina. Para estar aquí dijo ser un joven preocupado y conflictuado porque se siente atraído por otro hombre. El periodista que interpreta a Julián es gay desde los 17.  Hoy tiene 36. En su vida real nunca fue un problema el lugar donde coloca el deseo sino más bien todo lo contrario: decirlo fuerte y claro se convirtió en un escudo y en el hechizo que rompió todas las expectativas de género que pesaron sobre él de chico. No es religioso. Apenas está bautizado. De todos modos, cuando el servidor le impone su mano y él cierra los ojos, se quiebra. Su mejilla queda enlagrimada. El servidor lo abraza y respiran hondo los dos. Julián vuelve a su silla en un silencio introspectivo. Está conmovido. El periodista. Lo inefable que le parecía toda esta puesta en escena de repente le remite a algo profundo y bien concreto que no puede poner en palabras. Llora de verdad. 

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En el país que fue pionero en el mundo en legislar y reconocer la identidad de género y primero en tener una ley de matrimonio igualitario en toda América Latina y el Caribe, todavía persisten las mal llamadas “terapias de conversión”. En 2026 aún hay jóvenes que asisten a estos espacios religiosos y/o también a consultorios psicológicos donde les dicen que es posible modificar su orientación sexual, reacomodar su identidad o expresión de género. Hay muchos que sobrevivieron para contar sus experiencias y sus historias evidencian que quedan secuelas a largo plazo, no hay dispositivos especializados para acompañarlos y la falta de leyes específicas dificulta su prevención y sanción. 

Pero además son una estafa, una especie de ponzi espiritual. 

Quienes las ofrecen cobran por eso y prometen una solución para algo que no es una enfermedad. Un cambio que nunca llegará pero en el intento aíslan a la persona, la llenan de culpa. Con el tiempo, llegan la ansiedad y la depresión. Los organismos internacionales las llaman ECOSIEG: Esfuerzos para Corregir la Orientación Sexual e Identidad de Género. Las equiparan con formas de tortura. Son prácticas que no tienen sustento médico ni ético. 

La lista de eufemismos bajo los que se han camuflado es amplia y va cambiando a lo largo del tiempo: esfuerzos de cambio de orientación sexual, terapia de reorientación, terapia reparativa, terapia de reintegración, terapia para curar gays, talleres, campamentos o retiros de “sanidad relacional, emocional y sexual”, “clínicas de salud emocional, vínculos y familias”, “sanidad interior”, “quebranto de género”, coaching o grupos espirituales de sanación. Los pastores de iglesias evangélicas pentecostales históricamente han sido los más hábiles para encontrar un rebranding que se va adaptando a las épocas. Son los que han desarrollado estos dispositivos masivos y sofisticados que siguen captando a  jóvenes vulnerables. 

—Padre, te entregamos todo lo que tienes y te rogamos que pongas el querer como el hacer en nosotros— dice el servidor casi al final de la noche de renuncias— para que podamos llegar a ser ese modelo en tus hijos, en que podamos ser esos hijos que soñaste y diseñaste en tu corazón. Te amamos. Te necesitamos, Señor. En el nombre de Jesús, amén. Amén. 

—¿Vos hiciste Torre fuerte o vos estuviste en Fortaleza?—le pregunta un muchacho a otro en el desayuno al otro día mientras comparten café con leche y criollitos. 

Julián anota. Este retiro no es el primer proceso que atraviesan. 

En la jerga, Torre Fuerte es el nombre del programa virtual y presencial que ofrece el Ministerio Mano fuerte, brazo extendido, que organiza el retiro. Durante el año ofrece grupos orientados a batallas y luchas sexuales. Después está Fortaleza, grupos online enfocados en la sanidad de heridas emocionales. También Refugio Fuerte: grupos presenciales de acompañamiento en adicciones (sustancias o alcohol). Y por último, Voluntad Firme, grupos presenciales para personas, según el programa,  que luchan contra la obesidad.

Captura del aviso en redeso socilales del retiro donde infiltramos a nuestro periodista.

No hace falta infiltrarse para conocer la oferta de estos talleres y espacios que está disponible en páginas de Internet y se promociona en las redes sociales de iglesias, pastores influencers, medios evangélicos pentecostales  y ministerios. 

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Hace al menos trece años que el Ministerio de Mano Fuerte, Brazo Extendido, ministerio cristiano de restauración espiritual, emocional, relacional y sexual, organiza todos los años retiros como el que asistió Julián en Benavídez. Es una versión más accesible a la que ofrece el Ministerio de la Restauración, fundado por Mauricio Montion, cuyos retiros son en hoteles más lujosos que un exinternado y se pagan en dólares. Al menos desde 2020 que el Ministerio de la Restauración está bajo la mira: uno de los primeros en denunciarlos fue Gastón Onetto, de 42 años, que estuvo en sus retiros en 2005 e inició una demanda en el Colegio de Profesionales de la Psicología y en el INADI, con el patrocinio de la abogada María Laura Spina. Aunque  no lograron una condena ya que la causa había prescripto, en 2022 el Colegio de Psicólogos de Argentina se pronunciara en contra de estas prácticas. Concluyó que “a estas terapias se las puede equiparar con métodos de tortura, violatorios de los derechos humanos. Quienes estuvieron expuestos a estas prácticas aberrantes han sido traumatizados, y subsumidos en padecimientos psíquicos”. En julio de este año Anfibia junto con Reportea.cl revelaron cómo este Ministerio continuaba operando en Chile y Argentina mediante una red vinculada a iglesias evangélicas con conexiones que llegaban hasta Estados Unidos. Se trata de una franquicia importada: de hecho antes el retiro se llamaba Aguas Vivas, en honor al programa Living Waters, de Desert Stream Ministries.

El Ministerio Mano Fuerte, Brazo Extendido es una especie de hermano menor y en términos de marketing, una segunda marca. Surgió en 2009 en el seno de la Iglesia Cristiana Evangélica de El Palomar, al oeste del conurbano. Funciona con talleres, charlas, programas virtuales, convocatorias que hace desde sus redes sociales y articula con otras iglesias evangélicas de distintos puntos del país. A sus actividades asisten principalmente personas del conurbano pero también  jóvenes de distintos barrios de la Ciudad de Buenos Aires. El Ministerio tiene conexiones con iglesias porteñas, y también de las provincias de Misiones y Córdoba como parte de un mismo ecosistema. 
Por fuera del universo evangélico pentecostal Iglesia y ministerio parecieran sinónimos, pero responden a conceptos institucionales y funcionales distintos. La iglesia representa la congregación local, la comunidad visible de creyentes. Los Ministerios son organizaciones transversales con autonomía propia creadas para un propósito específico que trasciende a una sola iglesia local.  El Ministerio Mano Fuerte, Brazo Extendido no tiene un espacio físico en sí, pero su fundador, el pastor Diego Sauan junto a su esposa Andrea, inauguró ya dos sedes de la Iglesia Senda de vida con un pie en Caseros, en 2020, y más tarde otra en Avellaneda. En el retiro en Benavídez contó que Senda compró una granja educativa en Pontevedra, donde quieren “invertir 26 millones” para hacer los retiros del Ministerio Mano Fuerte, Brazo Extendido ahí. Además, según dijo, están proyectando un hogar de ancianos en Caseros. Aclaró que la plata la hizo trabajando como psicólogo. Pero ni su nombre ni su matrícula figuran en el padrón de psicólogos de la provincia de Buenos Aires, donde dice que atiende. 

Un dato no tan conocido sobre él es que: Sauan es funcionario público. Paradójicamente, en 2025 integrante del área de Identidad y Ciudadanía de la Defensoría del Pueblo de la Nación. En documentos oficiales que datan de octubre de este año aparece con licencia sin goce de sueldo. 

Diego Sauan y su esposa Andrea, líderes de Mano Fuerte Brazo Extendido.

Diego Sauan se presenta como “ex gay”. Es un título que puede sonar gracioso,  pero en el opresivo universo pentecostal se transforma en un testimonio esperanzador. Durante muchos años Sauan se paseó de iglesia en iglesia, de charla en charla, contando su historia. Como todo pastor pentecostal es un excelente narrador. Cada vez que tiene un micrófono en la mano crea climas y atmósferas, sin dejar de bajar línea. Sus exposiciones tienen plot twists y momentos dramáticos pero también apela al humor. Por momentos parece que está haciendo stand up. Sauan conoce al detalle la cocina de la comunicación: antes de reconvertirse en referente de la restauración, trabajó durante más de quince años como periodista y productor operativo en el informativo de Radio Rivadavia.

Según su relato, a los 5 años fue víctima de un abuso sexual  y eso “determinó su condición sexual”. Dice, en uno de los videos en Youtube donde cuenta su historia como orador y en entrevistas que da a pastores del universo evangélico que tienen programas de televisión: “Eso quebrantó mi vida y me despertó situaciones que no me tenía que despertar”. No hace falta infiltrarse ni investigar demasiado para saber lo que piensa. Muchas de sus exposiciones están online. 

De “exgay” pasó a tener una familia tradicional con dos hijos varones y una hija. Todo en su relato confirma su propia teoría sin ninguna base científica: “En mi caso, una mamá muy dura, un papá muy débil y un abuso a los cinco años sin tratar que me creó una hipersexualidad y que terminé teniendo relaciones con un pariente a los siete años. (…) Eso me llevó a una homosexualidad porque es lo único que conocí. (…) Es un aprendizaje. La sexualidad se aprende. Yo lo aprendí equivocadamente porque lo que nunca debí haber aprendido lo aprendí a través de un abuso. Y lo que nunca me debió haber pasado me pasó. Un primo se cruzó. Que vaya a saber lo que le pasó a él y me enseñó todo lo que no me debía enseñar”. 

Captura del Instagram de Diego Sauan.

En una charla titulada “Sanidad sexual” en el Instituo Bíblico Río de La Plata en 2021, Sauan sentencia: “No hay homosexual que no haya sido abusado”. Lo escucha una audiencia muy joven. Sigue: “Esto parece ser una obviedad, pero por eso estamos abriendo iglesias para homosexuales, para que se sientan bien. Entonces le damos lo mismo que le dio el mundo. Amá al homosexual y abrazalo. Pero no ames y no abraces a la homosexualidad. Porque si vos lo aceptas tal como es y haciendo lo que hace el tipo nunca va a cambiar. (…) Sí, se puede dejar la homosexualidad, se puede dejar la homosexualidad”.

Anfibia se contactó con Diego Sauan por esta investigación. Respondió a nuestro llamado y nos dijo que prefería no hablar públicamente sobre este tema.

Sauan no solo predica en los altares; también coquetea con la arena partidaria. “De nada sirve orar como cristiano, pero votar como un ateo”, publicó en junio de 2023, previo a las elecciones presidenciales. En agosto de este año, compartió un video en Instagram contando que el intendente de Tres de Febrero, Rodrigo Aybar, fue a saludar a quienes repartían comida con el frío. Christian Witz, que se presenta en redes como “hijo del rey y coordinador del Partido Libertario de Morón” le respondió: “Tremenda labor un honor haber pertenecido al equipo … DIOS LOS BENDIGA A TODOS”. Witz publicó, en junio de 2025, un video de Mano Fuerte Brazo extendido con su logo como historia de vida inspiracional. 

El intercambio digital no es fortuito: Aybar forma parte del circuito político conservador que gravita en torno a la usina española Political Network for Values, el think tank global que articula a las bancadas ultraconservadoras y persigue a la diversidad. Fue panelista en el evento que la organización hizo en agosto en Ciudad de Buenos Aires. 

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En el departamento donde vive, al oeste del conurbano, Nicolás Bugnot tiene un teclado electrónico que es casi lo primero que recibe a un visitante. Le encanta la música y durante mucho tiempo lideró la alabanza en la iglesia evangélica pentecostal a la que iba con toda su familia. Eso es lo que más extraña de ese espacio que lo expulsó lentamente. Hoy tiene 36 años. Cuando tenía 18 quedó obnubilado por un hombre que visitó su iglesia. Creyó  que le traía una solución a su conflicto interno, algo que nadie más sabía: se sentía atraído por otros varones. Ese hombre se presentaba como ex gay.  Hablaba de restauración. Prometía la cura con dos años de programa.  Ese hombre era Diego Sauan. Spoiler: Nicolás no se curó. No había nada que curar. Entre 2008 y 2015 estuvo bajo tratamiento entre la terapia individual con Sauan, sus grupos y los retiros del Ministerio Mano Fuerte, Brazo Extendido. Para él fueron tiempos de mucho esfuerzo físico, mental y económico. Cada peso que juntaba era para pagar el tratamiento que, le prometían, lo iba a sanar.

Cuenta Nicolás: “Yo hacía lo que me decían para dejar de ser homosexual. Me quería curar a mi mismo. Cuando me creció la barba, me felicitaron. Me decían que lo que yo sentía era antinatural, que estaba fallado y que tenía que volver a lo que debía ser. Lo recuerdo como una tortura. Tiempos muy oscuros. Recuerdo estar en crisis desde los 14 años, cuando me dí cuenta de que me gustaban los chicos. Para una persona creyente es muy difícil que te confronten con la palabra de Dios y ellos hacen una interpretación de ciertos tramos de la Biblia que es sesgada para hacerte creer que es un pecado. Crecí en un entorno que iba a la iglesia, mi papá, mis hermanos, pero también mis tíos y primos. No solo es tu entorno o tu familia la que te juzga, es Dios. Si encima te dicen que también te niega, todo es angustia”.

En los encuentros individuales el foco estaba puesto en hurgar en la posibilidad de un abuso sexual. Sauan intentaba encontrar “explicaciones” a la homosexualidad de Nicolás en un supuesto abuso que nunca sucedió. En los espacios grupales la dinámica era similar a Alcohólicos Anónimos.  Les sugerían material bibliográfico, importado de norteamérica, que figura en la web Exodus, de Desert Stream (“El Río”, “Aguas Vivas”).

De acuerdo con el testimonio de Nicolás, parte de las instrucciones que les daban a los muchachos para abandonar lo gay, como si eso fuese posible, era: no escuchar determinada música; no mover las manos; engrosar la voz; dejar crecer su barba, no ver pornografía; cruzar las piernas en L y no en X, salir con mujeres, tener sexo con mujeres. Al quinto año de tratamiento uno de los líderes de grupo le dijo a Nicolás que “no se estaba esforzando lo suficiente”. Y ese fue el detonante para salir. 

Nicolás conoce desde adentro los retiros porque durante un tiempo él fue parte de los servidores que animaban los cultos y las actividades: “Siempre las reuniones tienen una parte en la que se canta. Le dan mucha importancia porque claramente usan la música como otro instrumento de manipulación y de desensibilización fuerte”, explica. 

El retiro es un plan intensivo una vez al año. Parte de su dinámica es escuchar testimonios de ex-quebrantados: historias en primera persona de aquellos que, en sus términos, se curaron. Por ejemplo, el primer día del retiro en Benavidez, Julián escuchó el testimonio de L.. Contó que había sufrido abusos durante su infancia. También dijo que contrajo VIH mientras trabajaba en un hospital y que, de acuerdo con su versión, no le reconocieron esa situación en el ámbito laboral. Durante su exposición mencionó experiencias sexuales con hombres y explicó que llegó a identificarse como bisexual. También relató que había atravesado dos intentos de suicidio y que posteriormente se acercó a la Iglesia, donde comenzó un proceso que describió dentro del marco de la restauración.

Otro de los testimonios lo dio N., un chico de 26 años de Caseros. Durante su intervención, contó que entre los 18 y los 24 años había vivido como un hombre gay. Según explicó, llegó a la iglesia por medio de su mejor amiga y que a partir de ahí  inició un proceso de restauración. Nicolás relató que siempre había deseado formar una familia y que terminó construyendo esa vida junto a esa amiga, con quien tuvo dos hijas. También expresó que todavía experimentaba pensamientos que describió como vinculados con la homosexualidad y aún recordaba imágenes pornográficas que, según sus palabras, le habían quedado grabadas.

Durante la exposición, Sauan tomó su historia como ejemplo para transmitir la posibilidad de construir un proyecto familiar a través de la restauración. Llama la atención la obsesión con la pornografía y la masturbación. La ciudadanía ideal, de diseño, que intenta moldear este Ministerio canaliza la energía sexual en la reproducción, en tanto actividad sexual útil. Todo lo que está por fuera de esto es un vicio y un problema. Las historias que se comparten tienen guiones muy similares donde distintos malestares, dolores y desgracias se acumulan uno encima del otro, hasta encontrar en la iglesia y la unión heterosexual el giro que sus vidas necesitaban para ser felices. 

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Para que existiera el Ministerio de Mano Fuerte, Brazo Extendido antes hubo otros espacios. Hay un linaje y un entramado que insiste en perseguir a la diversidad. Este espacio tiene una continuidad y relación con los actores que, al menos, las últimas dos décadas se opusieron a las leyes que ampliaron derechos y reconocieron a la diversidad como el matrimonio igualitario y la ley de identidad de género. 

Cada vez que cuenta su historia en entrevistas públicas o charlas, Sauan nombra a Mabel Guzzo Borghetti y se emociona. Ella fue su mentora. Era una psicóloga evangélica del Hospital Alvarez conocida por ser parte de ese lobby anti LGBTIQ. En 1994 Guzzo Borghetti fundó Retorno a la Vida (Movimiento Cristiano de Ayuda para la Reorientación del Homosexual), que pertenecía a Acaps (Asociación. Cristiana Argentina de Profesionales de la Salud), entidad afiliada a Aciera (Asociación Cristiana de Iglesias Evangélicas). Sauan también es cercano a otra actriz de este lobby fundamentalista, Ana María Parini, del Foro de Bioética de Aciera. En algunas charlas ha mencionado que su Ministerio es asesor de la comisión de salud mental de esa organización que nuclea y representa a las iglesias evangélicas. 

Captura del sitio de Mano Fuerte Brazo Extendido.

Esteban Borghetti, esposo de la “señora Mabel”, también es pastor evangélico. En 2004 habló en la legislatura porteña, cuando se intentaba aprobar un proyecto sobre educación sexual. “La homosexualidad está fuera del diseño que Dios le ha dado a la sexualidad” , dijo Borghetti sin rodeos.

Sauan y su Ministerio no son eslabones perdidos. La imposición heterosexual y la normativización no es algo que ocurra en las iglesias sueltas o en retiros una vez al año. La integración de los datos de la Segunda Encuesta Nacional sobre Creencias y Actitudes Religiosas en Argentina (CEIL-CONICET) con los estudios del Observatorio de la Deuda Social Argentina (EDSA-UCA) permite trazar un mapa muy claro sobre cómo se entrelazan las creencias espirituales, la diversificación religiosa y las realidades socioeconómicas del país. En Argentina el 15,3% de la población dijo ser evangélica, de las cuales el 13% son pentecostales. Si cruzamos datos hay aproximadamente 3 millones de personas que asisten semanalmente a cultos pentecostales. 

En 2024 la Asociación de Familias Diversas de la Argentina presentó el informe: El camuflaje del odio en Argentina. Experiencias y opiniones sobre “prácticas de conversión” en Argentina a personas LGBTIQ”. Con la ayuda de Andrea Rivas, titular de esta organización y de Hugo Rabbia, parte del equipo que hizo el  Primer Relevamiento Nacional de Condiciones de Vida de la Diversidad Sexual y Genérica en la Argentina, abrimos un correo con la posibilidad de escuchar más relatos. Nos contestaron alrededor de 40 personas. Historias de cristianos católicos, testigos de Jehová, una chica a la que un psicólogo la hizo ir con pollera y la manoseó en su consultorio y también varias historias que conducían a templos evangélicos pentecostales. Muchas de estas personas contaban por primera vez lo que habían pasado. 

Entre los testimonios está el relato de Fedra, una mujer trans de 36 años que hoy vive en el barrio porteño de Almagro. Ella no se acercó a ningún terapeuta ni a una pastor ni fue a un retiro, pero la influencia de la iglesia evangélica pentecostal la alcanzó en su propia casa a través de su madre. Una mañana, cuando tenía 16 años, descubrió que estaba siendo víctima de inútiles intentos de exorcismos. Su mamá intentaba curarla con rituales en los que ponía objetos bajo el colchón: “Primero huelo como un olor, ese olor que tiene el agua bendita. Y después empecé a encontrar abajo de mi cama papelitos humedecidos. No había uno, eran seis, diez, quince, veinticinco papelitos con rezos que eran exorcismos. La encaré a mi madre y le dije señora usted está loca, me quiere exorcizar. Yo me fui de mi casa pero hasta el día de hoy ella sigue haciendo exorcismos. A algunas personas les impone las manos y empieza a decirles que se vaya el demonio de sus vidas”. 

Como en muchos otros temas vinculados a las trayectorias vitales de gays, lesbianas y personas trans, todavía faltan estadísticas oficiales que pongan la lupa sobre sus vidas para tomar dimensión del impacto de estas prácticas. En el Primer Relevamiento Nacional de Condiciones de Vida de la Diversidad Sexual y Genérica en la Argentina, entre el 10% y el 15% de las personas encuestadas manifestaron haber sido sometidas o expuestas a algún tipo de presión o intento sistemático para modificar, reprimir o «curar» su orientación sexual o identidad de género a lo largo de su vida. Respondieron esa encuesta 25.000 personas. Los cálculos señalan que al menos  3.500 sobrevivieron a terapias de conversión en Argentina. 

El reporte de la Asociación de Familias Diversas de la Argentina reveló que más de la mitad de las personas que pasaron por un tratamiento sufrieron depresiones graves. La gran mayoría de estas experiencias de ECOSIEG ocurrieron durante la infancia, adolescencia y juventud temprana. Entre los 10 y 21 años. Son los  momentos de mayor dependencia familiar y social. Cuatro de cada diez en algún momento tuvieron ideas suicidas. 

Pablo Ignacio Echeverría forma parte de esa estadística. Sobrevivió y decidió rebautizarse a sí mismo como Pholo. Hoy tiene 35 años y vive en Gualeguaychú, Entre Ríos. Entre sus 21 y 25 años Pholo fue sometido por su familia a un tratamiento psicológico que se convirtió en una tortura.

Todavía hay días que a Pholo le cuesta levantarse. Le duele todo el cuerpo. Siente un cansancio extremo. Hace poco se hizo un estudio de fibromialgia. Le dio todo bien. El médico le dijo que estaba pasando por un momento de estrés. Y él no tuvo ganas de contarle que lo peor ya pasó. Que los recuerdos de esa época opaca vuelven a su memoria en forma de dolor en la mano o de llanto incontrolable: —Todo esto por ser gay—dice ahora por videollamada, una década después. Tiene apretado en su mano un rosario que lo acompañará toda la conversación. 

Todo comenzó después de que una vecina fisgona le contara a su madre que lo había visto en la intimidad con otro muchacho. Su salida del clóset fue un outing. Su madre lo increpó:

—¿Vos sos puto? 

Él se lo confirmó con serenidad creyendo que no iba a pasar nada malo, que lo iban a comprender. 

—Vos estás mal, vas a terminar en una zanja— le dijo su padre cuando se enteró —Va a aparecer una cura en algún momento. Si otras personas pudieron, vos vas a poder. Esto lo vamos a solucionar. 

Esa misma noche su padre se contactó con Antonio Puga, un psicólogo y numerario del Opus Dei que solía ir a la casa de la familia de Pholo. 

—Vengo de una familia muy conservadora, en la que se hacían reuniones. del Opus— explica Pholo —Se leía la Biblia. A mí me parecía lindo porque creía que ayudaban a la gente.

Un numerario es un miembro célibe de la Prelatura Personal del Opus Dei que asume un compromiso de entrega total a la institución y a su misión apostólica, vive bajo los votos o compromisos de castidad, pobreza y obediencia. Puga  falleció en 2019 y lo despidió la cúpula del Opus con un aviso fúnebre en La Nación. Puga le recomendó a la familia de Pholo viajar a Buenos Aires y allí ponerse en contacto con la Fundación Arché. Que ellos podrían ayudarlos. Al día siguiente, Pholo se subió a un auto con su madre y su padre y emprendieron el camino hasta el centro porteño. 

—Si mamá y papá piensan que esto se puede solucionar un hijo piensa lo mismo. Mamá y papá no creo que vayan a hacerme nada malo—recuerda Pholo que pensó en ese entonces.

No hubo retiros, ni exorcismos, ni gritos, ni golpes, ni un encierro forzado con barrotes o candados, ni electroshock. Bajo la fuerza de la presión familiar, Pholo firmó un papel que hasta el día de hoy no sabe qué decía. Un poco porque confiaba en su familia, otro poco porque no hubo tiempo ni lugar y mucho porque estaba conflictuado por no poder ser y decir lo que sentía con su familia. Todo fue veloz y sin posibilidad de escuchar qué quería él. Primero lo sometieron a una Cámara Gesell y luego a una entrevista individual con un terapeuta que le advirtió: 

—Si vos querés que esto no continúe, vas a tener que decirle la verdad a tus padres. Que les estás mintiendo.

—No tenía conciencia de mi libertad— dice Pholo diez años después —Era un sometimiento total. O sea, no. No es como que nunca hubiera tenido opción. No tenía opción de nada. 

Aunque ya era un adulto, le sacaron su teléfono y lo aislaron de sus amigos y de otros afectos. Le quitaron toda posibilidad de pedir ayuda. Arrancaron la puerta en su habitación para quitarle la intimidad, como parte del supuesto tratamiento que su familia pagaba todos los meses. 

Cada semana, entre 2012 y 2015, Pholo se subía a un micro desde su Gualeguaychú natal y se bajaba en la terminal de Retiro para ir a Fundación Arché, en pleno centro porteño. Un lugar en el que le prometían ayuda, acompañamiento, contención y una solución. También tenía encuentros virtuales con su terapeuta, Marcos Ballester Molina, que entre 2006 y 2018 trabajó en Arché y hoy se desempeña como psicólogo clínico virtual . La familia de Pholo, por su parte, recibía acompañamiento de otra psicóloga, Marcela Bonadeo.

El psicólogo Marcos Ballester Molina, que trabajó en Fundación Arché

Fundación Arché es una organización civil creada en 1976, durante la última dictadura militar, que cuenta con un centro de asistencia psicológica llamado CASA, Centro Asistencial Arché, ubicado en Rodríguez Peña 778/780, en pleno Recoleta, a pocas cuadras del Teatro Colón, de los Tribunales, del vibrante centro porteño. Según su página web, ofrece “un servicio desde una psicología que venía siendo reflexionada desde la fe”. Cuentan con un Programa de Acompañamiento a la Familia (DOMUS).

El fundador de Arché fue Juan Alberto Fariña Videla, psicólogo nacionalista y responsable de una revista especializada. Durante mucho tiempo lideró espacios en el que se producía bibliografía y pensamiento alrededor de la homosexualidad como patología. Además de asistencia es un espacio de formación de terapeutas vinculados con la Universidad del Salvador, la Universidad FASTA y la Universidad Católica. 

Una paradoja: en el mismo edificio de Fundación Arché hoy funciona el Centro Jurídico Derecho a la Identidad del gobierno de la Ciudad. La institución se lo alquila al gobierno de Jorge Macri. Firmó un convenio desde diciembre de 2025 hasta noviembre de 2028, para instalar el Servicio Social Zonal N.º 2 y el Centro Jurídico Social Derecho a la Identidad. El canon del primer año es de $22,8 millones, en 12 cuotas mensuales de $1,9 millones, con opción de prorrogar el contrato hasta tres años más. 

En Arché trabajan con psicólogos, orientadoras familiares, psicopedagogas, mediadores y psiquiatras. Además de su sede porteña, desde 2002, tienen trabajo territorial en Lanús, al sur del conurbano bonaerense y convenios con ese municipio.

El  detonante que tuvo Pholo para escapar de aquel lugar fue un encuentro en el que su psicólogo lo trató explícitamente de enfermo. Le dijo que lo que tenía él era una patología. 

—Y yo le dije ¿Por qué si yo siento amor por otro hombre? Porque vos decís que es una patología— cuenta Pholo. Ahí terminó la sesión. 

Pholo volvió a la casa familiar devastado. No había nadie y pensó en lo peor: colgó una soga en una de las vigas del techo del galpón. Se quedó mirándola fija durante media hora hasta que agarró un bolso y se fue. No tenía a dónde. 

—Me enseñaron a odiarme—dice Pholo—Pasé por situaciones y lugares que no tendría que haber pasado por ese odio. 

Vivió mucho tiempo escapando: durmió en la calle, pidió comida, buscó trabajo. Su familia, mientras tanto, lo perseguía con la policía con un supuesto diagnóstico en su poder. Consultada para esta investigación la vicepresidenta actual de la organización, Maria Fernanda Palacios, prefirió no hablar y sólo aclarar que el psicólogo que trató a Pholo ya no trabaja ahí. 

De a poco Pholo fue rearmando su vida. Hoy estudia para ser abogado. Lo hace a distancia en la Universidad Siglo XXI. Desde 2024 participa en los corsos barriales que se organizan en su ciudad, al margen de los carnavales. Este último verano fue reconocido con el premio Rony, un galardón que le dan a quien mejor representa el valor de la diversidad en la celebración popular. Es en honor a Rony Galante, una mujer trans a la que encontraron muerta en Gualeguaychú en 2009 y su crimen quedó impune. También ganó un premio de literatura local por un poema que escribió: “Manual de la compostura y la materia”Lo escribió pensando en las telas del carnaval.

Para tratar de terminar de comprender y darle sentido a su pasado, Pholo está tratando de tener acceso a su historia clínica. Primero hizo el pedido formal a Arché a través de correos y whatsapps. Pero nunca le contestaron.  Ahora está por la ruta institucional. Quiere saber cuál fue el diagnóstico que le hicieron en la Fundación Arché y en qué consistió el tratamiento al que lo sometieron: 

—Junto con la Defensoría LGBT de la Defensoría del Pueblo de Ciudad de Buenos Aires estoy reclamando que se me entregue toda información mía de ese lugar, toda la existente, desde mi historia clínica, lo que ellos tienen, mi legajo y los informes entregados a terceros. Porque esto fue acompañamiento familiar, pero cuando a mí me hicieron firmar el consentimiento de ese acompañamiento familiar fue forzado, yo no quería firmar y me obligaron. 

A Pholo lo ampara la ley del paciente, entre otras legislaciones, pero tiene en contra el paso del tiempo. Mientras, todavía no hay leyes específicas, ni dispositivos de acompañamiento puntuales, tampoco hay profesionales capacitados especialmente pero cada vez hay más sobrevivientes que están dando testimonio con el objetivo de que ninguna otra persona pase por lo mismo. Hasta hace poco eran unos pocos los que se animaban a sacar el secreto de los consultorios o los templos. 

Lucas Mendos fue de esos pocos. Cuando tenía 23 años, entre 2006 y 2007, después de haber revelado su orientación sexual a su familia, a Lucas lo llevaron al psicólogo social que le prometió “rectificarlo”. Ese terapeuta se llama Julio César Labaké y continúa trabajando hoy, dos décadas después. Es autor de varios libros, da clases y ofrece charlas. No existen denuncias judiciales ni sanciones éticas en los registros públicos del Colegio de Psicólogos contra él. Lucas no llegó a hacer una presentación formal en la justicia. Es un patrón que se repite: sólo el 8,44% de las personas sobrevivientes denunció o intentó denunciar, según los datos de la Asociación de Familias Diversas.

El psicólogo Julio César Labake.

Sin embargo, Lucas hizo pública su historia, se recibió de abogado y se volvió un especialista en el tema. En 2020 lideró el estudio jurídico mundial “Poniéndole límites al engaño. Estudio jurídico mundial sobre la regulación legal de las mal llamadas “terapias de conversión”, de ILGA Mundo. 

—La evidencia que tenemos acerca de los daños que genera esto es exponer a niños, niñas y adolescentes a que los hagan pelota— explica Lucas Mendos —Eso lisa y llanamente hablando para destruirles la autoestima. Esto lleva a ideación suicida y muchas veces a cometer suicidio. Los estados de todas las latitudes debieran crear conciencia, informar de toda esa evidencia que existe e informar sobre  la inefectividad., Muchas de las organizaciones que ofrecen estas terapias se escudan en el consentimiento que otorgan las personas adultas. En muchas entrevistas públicas, Diego Sauan se defiende con un latiguillo: “Nosotros no obligamos a nadie”. Mendos insiste: 

—Te vas a embarcar en un proceso que lo más probable es que no rinda los frutos que te están prometiendo que va a rendir. Muchos países han recorrido este camino advirtiendo que esto podría cuadrar dentro de la ley de fraude. No va a ocurrir lo que te dicen que va a ocurrir y  además te va a dañar, te va a generar un daño que no sabemos si va a ser irreversible, porque va a costar años tratar de desandar todo este proceso de limar y erosionar tu autoestima, de cuestionar tus elecciones de vida, de estar sujeto a normas sociales.

Mendos pone reparos y alumbra la figura del adulto joven vulnerable en donde el consentimiento a veces es un paraguas frágil: 

—Son personas adultas, jóvenes o que están sometidas a un proceso de presión fuertísima por parte de la familia de su entorno. El Estado no puede permitir que esto se ofrezca incluso a personas adultas. Esto pasa en España, por ejemplo.

En Argentina todavía no hay una legislación específica sobre el tema. Estas prácticas están prohibidas de manera indirecta por la Ley de Salud Mental, de 2010. En su artículo 3, dice: “En ningún caso puede hacerse diagnóstico en el campo de la salud mental sobre la base exclusiva de elección o identidad sexual”. Además, existe un marco normativo para que se respeten los derechos de todas las personas más allá de su orientación, como la ley de Identidad de Género o la de Matrimonio Igualitario. Y, por su parte, la Ley 23.592 Actos discriminatorios permite reclamar judicialmente que se deje sin efecto un acto discriminatorio y que se repare el daño. 

En 2011 la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires se adhirió a la Campaña Internacional “Curas que Matan” del Comité Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia (IDAHOT). Fue la única jurisdicción capaz de declarar que las “terapias de conversión” están prohibidas bajo la ley antidiscriminatoria local. Está ampliamente documentado que en la provincia de Córdoba estas terapias siguen ocurriendo, como evidenció la investigación reciente sobre el Ministerio de la Restauración y que incluso adoptan formas más brutales y lesivas.

Más allá de la Argentina también ocurren: en Ecuador hay testimonios que dan cuenta de secuestros impulsados por familiares para someter a las personas.  El panorama en cuanto a respuestas estatales es diverso: México dio un paso al frente en 2024 y decidió prohibirlas explícitamente. Los últimos datos oficiales que había antes de la prohibición eran abrumadores:  1 de cada 10 personas LGBTTTIQ+ fueron obligadas por sus padres a acudir con un psicólogo o autoridad religiosa con el fin de “corregirlas”. En números absolutos son 318.791 personas que pasaron por esto. 

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en estos momentos está elaborando un informe temático sobre las prácticas de conversión y su impacto en los derechos humanos de las personas LGBTI en las Américas.

Que este tipo de tratamientos sigan existiendo puede resultar desolador, pero también hay personas que vienen trabajando por visibilizar que esto sucede y empujar marcos jurídicos. Los sobrevivientes no se salvaron únicamente a ellos. Siguiendo el linaje de las luchas por los derechos humanos y la diversidad, están construyendo espacios que son trinchera de nuevas luchas y haciendo del trauma individual conciencia colectiva. 

Nicolás Bugnot, que pasó por el Ministerio Mano Fuerte, Brazo Extendido, y Pholo que estuvo en tratamiento en Fundación Arché, se juntaron con otros sobrevivientes y armaron Nada que curar. Es una red de acompañamiento amorosa integrada por un grupo de muchachos de entre veintipico y cuarenta y pico de distintos puntos del país y con diferentes recorridos. Todos pasaron por algún tipo de terapia de conversión en algún momento de sus vidas. Lanzaron una página web donde ofrecen a las víctimas testimonios, material para repensar la fe sin culpa, un directorio de profesionales de la salud amables y comunidades cristianas que no discriminan. Nada que curar es, además, una trinchera desde donde los sobrevivientes empujan la batalla legislativa. 

Desde agosto de este año, en la legislatura de la Ciudad de Buenos Aires hay un proyecto de ley impulsado por el diputado Emmanuel Ferrario que busca prevenir, sancionar y reparar estas prácticas: 

—Nadie debería sentir que está mal ser quien es, o amar a quien ama— dice Ferrario —Todas estas supuestas terapias son una tortura y una estafa, sin ninguna base científica. No hay nada que corregir, porque ser gay, lesbiana, bisexual o trans no es una enfermedad ni mucho menos algo que está mal. La comunidad LGBT+ lamentablemente está acostumbrada a vivir ocultándose, o sufriendo en el silencio, por prejuicios y disciminación. Eso hace que muchas personas caigan en estas mentiras, sin siquiera saber que lo que les pasó tiene nombre y es violencia. 

El objetivo del proyecto presentado por Ferrario es que no queden grises ni ambigüedades con respecto a la prohibición de las mal llamadas “terapias de conversión” o Ecosieg. Aunque las leyes nacionales puedan servir de marco para su prohibición, está claro que no alcanzan: 

—Hoy en Ciudad de Buenos Aires siguen ocurriendo estas prácticas nefastas— asegura Ferrario.

El diputado Esteban Paulon ya había presentado en 2024 otra iniciativa en la misma línea pero en el Congreso de la Nación: 

—Sabemos que muchas veces en el ámbito de la salud mental se utilizan otras figuras para patologizar y justificar este tipo de terapias— cuenta Paulon —Por eso presentamos un proyecto específico que no modifica la ley vigente, pero crea una legislación definiendo primero lo que son estos esfuerzos para modificar la orientación sexual o la identidad de género de las personas. Lo tipifica y establece una serie de tipologías, penalizaciones y también acciones educativas porque es importante concientizar a la sociedad de que esto existe. 

El escenario político no parece ser el más favorable para dar lugar a estos proyectos. No importa que las organizaciones religiosas sigan hablando de antidiseño. Por ahora, lo único que no tiene diseño aún es el futuro. 

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  • “El fallo de Casación sobre el asesinato de Rafael Nahuel es una crítica al accionar punitivo del estado”

     

    A comienzos de junio la Cámara Federal de Casación Penal convalidó la sentencia dictada en diciembre de 2023 a instancias del Tribunal Oral Federal de General Roca por la cual fueron condenados cinco integrantes del Grupo Albatros de la Prefectura Naval por el homicidio de Rafael Nahuel. El joven mapuche de 22 años fue asesinado por la espalda mientras escapaba, junto a otros manifestantes, de una persecución brutal en la zona del Lago Mascardi, en Bariloche. En diálogo con ANDAR, el abogado Guillermo Torremare, miembro de la CPM y vicepresidente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), afirmó que “la justicia vuelve a ratificar que los imputados nunca debieron haber utilizado sus armas de fuego en aquellas circunstancias”.

    Si bien no se logró el cambio de calificación legal que pretendían las querellas y que hubiera permitido condenas mayores al desestimar la figura de “exceso en la legítima defensa”, lo resuelto por el máximo tribunal penal del país ratifica lo que organizaciones sociales y de derechos humanos vienen denunciando desde hace años: los desalojos de comunidades originarias se realizan con exceso en el uso de la fuerza del estado y provocan daños irreversibles en quienes se manifiestan y reclaman por sus derechos.

    Así ocurrió con el brutal operativo que provocó la muerte de Rafael Nahuel, el joven de 22 años asesinado por una bala de la Prefectura Naval Argentina (PNA) en 2017 mientras la comunidad Lafken Winkul Mapu intentaba preservar sus tierras.

    Cabe recordar que el hecho fue juzgado en debate oral y público realizado a instancias del Tribunal Oral Federal de General Roca –con la integración de los magistrados Alejandro Silva, Simón Bracco y Pablo Díaz Lacava- durante los últimos meses de 2023, cuando cinco integrantes de la PNA resultaron condenados por el delito de homicidio agravado por el uso de arma y en exceso de legítima defensa. Cuatro de ellos, como partícipes necesarios y el quinto, como autor del disparo letal.

    Todos recibieron, según su grado de participación en el crimen, la máxima pena para el delito imputado pero ninguno fue condenado a penas superiores a 5 años y 8 meses de prisión ya que ese es el límite previsto para la autoría del homicidio agravado y en exceso de legítima defensa.

    Tal como sostuvieron desde el inicio de la causa las querellas de la APDH –en su carácter de organización de la sociedad civil- y la de la familia de la víctima, nunca se probó la necesidad de defensa de los prefectos con sus armas reglamentaria porque, en rigor, nunca existió agresión de los manifestantes.

    No obstante, luego de la sentencia de 2023 existía la posibilidad de que, en instancia revisora, se revirtieran las condenas y se absolviera a los cinco integrantes del Grupo Albatros, tal como lo solicitaron ante la Cámara Federal de Casación Penal las defensas y en un contexto político propicio para el otorgamiento de beneficios a los agentes de seguridad involucrados en graves casos de violencia institucional.

    De allí que la reciente confirmación de la condena por parte del máximo tribunal penal del país no deja de representar un avance porque, tal como sostiene el vicepresidente de la APDH nacional, Guillermo Torremare, “la justicia vuelve a ratificar que los imputados nunca debieron haber utilizado sus armas de fuego en aquellas circunstancias”.

    “Hay que considerar el contexto histórico en el que se inició y desarrolló la causa por el asesinato de Rafael Nahuel, con Patricia Bullrich y Germán Garavano como ministros de Seguridad y de Justicia de la Nación, respectivamente, y con discursos políticos que diariamente planteaban la absoluta inocencia de los prefectos implicados”, agregó.

    “Hoy es muy fácil encontrar artículos periodísticos de la época en los que se afirmaba la inocencia de los agentes de seguridad y el supuesto ejercicio de legítima defensa frente a las agresiones de los integrantes de la comunidad mapuche que resistían el desalojo, pero nunca se aportó una sola evidencia que diera cuenta de esa realidad. Más bien lo que ocurrió es una verdadera cacería en la que se efectuaron más de 150 disparos de armas de fuego reglamentarias mientras las personas intentaban alejarse”, amplió Torremare.

    Y concluyó: “El fallo de Casación sobre el asesinato de Rafael Nahuel, si bien no adoptó el criterio que pedíamos las querellas respecto a la calificación legal, es una crítica al accionar punitivo del estado”.


    Fuente: https://www.andaragencia.org/el-fallo-de-casacion-sobre-el-asesinato-de-rafael-nahuel-es-una-critica-al-accionar-punitivo-del-estado/

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    Malvinas: tras la pista de los dueños del mar

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  • Aseguran en Miami que EE. UU. planea ataques a objetivos militares en Venezuela

     

    La administración de Donald Trump tomó la decisión de atacar instalaciones militares dentro de Venezuela, según publicó el diario Miami Herald.

    El artículo se fundamentó en “fuentes con conocimiento de la situación, mientras Estados Unidos se prepara para iniciar la siguiente etapa de su campaña contra el cartel de la droga de los Soles”.

    Los ataques planeados, también reportados por el Wall Street Journal, buscarán destruir instalaciones militares utilizadas por la organización de narcotráfico que, según Estados Unidos, está encabezada por el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y dirigida por altos miembros de su régimen.

    Las fuentes se negaron a contestar si Nicolás Maduro es un objetivo, pero una de ellas afirmó que le queda poco tiempo.

    “Maduro está a punto de verse atrapado y pronto podría descubrir que no puede huir del país, aunque quisiera. Lo peor para él es que ahora hay más de un general dispuesto a capturarlo y entregarlo, plenamente conscientes de que una cosa es hablar de la muerte y otra muy distinta verla venir”, indicó el diario de Miami.

    Luego recuerda que Washington duplicó la recompensa por información que conduzca al arresto de Maduro a 50 millones de dólares.

    Asimismo, actualmente ofrece 25 millones de dólares por la captura de algunos de sus principales colaboradores, entre ellos el ministro del Interior, Diosdado Cabello, presunto responsable de las operaciones del cartel.

    Otra figura clave del régimen que enfrenta cargos de narcotráfico en Estados Unidos es el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López.

    Al anunciar en agosto la decisión de duplicar la recompensa de 25 millones de dólares por Maduro, la fiscal general de Estados Unidos, Pam Bondi, afirmó que aquel “lidera el Cártel de los Soles”.

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    Cuando trabajar era cosa de niños: la larga historia de una conquista que hoy llamamos derechos de la infancia

     

    Ciento cuarenta y tres esqueletos encontrados en los Países Bajos acaban de aportar una prueba estremecedora de algo que durante siglos fue considerado normal: que los chicos trabajaran como adultos. Las lesiones encontradas en las columnas vertebrales de niños y adolescentes que vivieron entre los siglos XVII y XIX permiten observar, literalmente sobre sus huesos, el costo de una infancia atravesada por el trabajo. Pero la historia también cuenta otra cosa: cómo, después de siglos de naturalizar esa explotación, la humanidad fue construyendo leyes, tratados y derechos para reconocer que un niño no es un trabajador pequeño, sino una persona en desarrollo que tiene derecho a estudiar, jugar, descansar, recibir cuidados y crecer protegido.

    Por Alcides Blanco para NLI

    Hay veces en que la historia aparece escrita en documentos, en decretos, en libros o en archivos. Y hay veces en que aparece escrita sobre los propios cuerpos. Eso es lo que ocurre con una investigación publicada en el International Journal of Paleopathology, en la que especialistas analizaron los restos de 143 niños y jóvenes de aproximadamente 4 a 25 años que vivieron en tres comunidades de los Países Bajos entre 1650 y 1850. Las diferencias entre los esqueletos permitieron relacionar determinadas lesiones de la columna con las actividades físicas que realizaban durante una etapa de la vida en la que sus cuerpos todavía estaban creciendo. El resultado es una evidencia particularmente poderosa porque permite ver algo que los documentos históricos ya sugerían: para muchos chicos de aquella época, la infancia no era un tiempo protegido, sino una etapa en la que había que trabajar.

    Los investigadores estudiaron restos procedentes de Middenbeemster, una comunidad rural vinculada a la producción lechera; Arnhem, relacionada con actividades industriales; y Delft, donde los enterramientos analizados correspondían a sectores sociales más acomodados. La comparación fue importante porque permitió comprobar que el trabajo infantil no producía exactamente las mismas consecuencias en todos los casos. En Middenbeemster aparecieron con mayor frecuencia determinadas lesiones vertebrales, entre ellas los llamados nódulos de Schmorl, modificaciones de los bordes vertebrales y alteraciones en las articulaciones. Los especialistas vinculan ese patrón con las cargas y esfuerzos físicos de determinadas tareas agrícolas, aunque advierten que estas patologías pueden tener causas múltiples y que no es posible deducir automáticamente el oficio de una persona solamente a partir de una lesión ósea.

    Lo verdaderamente inquietante aparece cuando esos huesos se cruzan con los documentos de la época. En determinadas comunidades agrícolas neerlandesas, los niños podían comenzar a participar en las tareas alrededor de los seis años o incluso antes. Sembraban, quitaban malezas, rastrillaban, cuidaban animales y, alrededor de los nueve años, podían incorporarse al ordeño y a la elaboración de queso. Con el crecimiento llegaban tareas todavía más pesadas, como mover estiércol o transportar cargas. En las ciudades industriales, entretanto, había menores ocupados en el hilado, el tejido, el cardado y otras actividades manufactureras. La documentación histórica incluso registra casos de chicos de apenas cuatro años empleados en una fábrica de cuerdas de Moordrecht, con jornadas que podían alcanzar las quince horas.

    El dato conmueve porque hoy resulta casi imposible imaginar semejante situación como algo aceptable. Pero justamente ahí está una de las grandes lecciones de la historia: muchas de las cosas que actualmente consideramos derechos elementales alguna vez fueron privilegios inexistentes, discusiones políticas o conquistas que encontraron una enorme resistencia. Durante siglos, que un niño trabajara no era necesariamente interpretado como una violación de sus derechos. Podía ser considerado parte de las obligaciones familiares, una necesidad económica o simplemente el funcionamiento normal de una sociedad en la que la supervivencia dependía del trabajo de todos sus integrantes. La idea moderna de que la infancia merece una protección específica fue construyéndose lentamente y no apareció de un día para otro.

    Del niño trabajador al niño con derechos

    La industrialización hizo todavía más visible aquella contradicción. Las fábricas, las minas y los talleres necesitaban mano de obra barata y los niños constituían una fuerza laboral particularmente vulnerable. Eran más fáciles de disciplinar, cobraban menos y podían realizar determinadas tareas en espacios reducidos. La expansión industrial convirtió así el trabajo infantil en un problema de dimensiones enormes, especialmente durante los siglos XVIII y XIX. Pero sería un error imaginar que antes de las fábricas los niños no trabajaban: lo hacían en los campos, en talleres familiares, en tareas domésticas y en múltiples actividades económicas. La industrialización no inventó el trabajo infantil; lo transformó y, en muchos lugares, lo llevó a una escala que hizo imposible seguir ignorando sus consecuencias.

    La propia historia de los Países Bajos estudiada por los investigadores muestra esa diversidad. No todos los niños trabajaban de la misma manera ni pertenecían a los mismos sectores sociales. Los esqueletos de Delft permiten establecer un contraste con las comunidades donde el trabajo físico era más intenso, mientras que Arnhem presenta un panorama intermedio relacionado con la actividad industrial. El estudio demuestra, por lo tanto, que no alcanza con decir simplemente que “los niños trabajaban”: hay que preguntarse qué hacían, durante cuánto tiempo, bajo qué condiciones, para quién y con qué consecuencias sobre cuerpos que todavía estaban creciendo.

    La transformación de esa realidad fue lenta. A comienzos del siglo XX, en los países industrializados todavía no existía un sistema internacional de protección de la infancia comparable al actual y era habitual que los niños trabajaran junto a los adultos en condiciones inseguras e insalubres. La preocupación creciente por esa situación comenzó a traducirse en normas internacionales. En 1924, la Sociedad de Naciones aprobó la Declaración de Ginebra sobre los Derechos del Niño, impulsada por Eglantyne Jebb, fundadora de Save the Children. El documento planteaba que los niños debían contar con medios para desarrollarse, recibir ayuda especial en momentos de necesidad, ser protegidos frente a la explotación y acceder a una educación. Era todavía una declaración y no la arquitectura jurídica que conocemos hoy, pero representó un cambio fundamental: por primera vez comenzaba a afirmarse con claridad que la infancia merecía una protección específica.

    Después de la Segunda Guerra Mundial, aquella idea adquirió una dimensión todavía mayor. En 1948, la Declaración Universal de Derechos Humanos reconoció que madres y niños tenían derecho a cuidados y asistencia especiales y a protección social. En 1959, las Naciones Unidas aprobaron la Declaración de los Derechos del Niño, que incorporó derechos vinculados con la educación, la salud y el juego. La diferencia conceptual era enorme respecto de aquellas sociedades en las que un chico podía pasar doce o quince horas trabajando: ahora comenzaba a consolidarse la idea de que el desarrollo de una persona pequeña requería tiempo, cuidados y protección, y que el Estado y la sociedad tenían responsabilidades concretas frente a ella.

    También el mundo del trabajo comenzó a incorporar límites específicos. En 1973, la Organización Internacional del Trabajo aprobó el Convenio 138 sobre la edad mínima de admisión al empleo, estableciendo un marco internacional para impedir que los niños ingresaran demasiado temprano al mercado laboral y vinculando la edad mínima con la finalización de la escolaridad obligatoria. En 1999, el Convenio 182 dio otro paso decisivo al establecer la obligación de eliminar las peores formas de trabajo infantil, entre ellas la esclavitud, la trata, determinadas formas de explotación y los trabajos que puedan perjudicar la salud, la seguridad o la moral de los niños.

    Pero el gran salto conceptual llegó en 1989, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Convención sobre los Derechos del Niño. Allí la infancia dejó de aparecer únicamente como un objeto de protección para ser reconocida como un conjunto de personas titulares de derechos. La Convención establece que todo niño tiene derecho a la vida, al desarrollo, a un nombre y una nacionalidad, a la educación, a la salud, a la protección frente a la explotación y a ser escuchado, entre muchos otros derechos. Entró en vigor en 1990 y se convirtió en el tratado de derechos humanos más ampliamente ratificado de la historia.

    Ese cambio no fue solamente jurídico. También modificó la forma de mirar a la infancia. El niño dejó de ser considerado simplemente como alguien que debía obedecer a los adultos y comenzó a ser reconocido como sujeto de derechos, con necesidades particulares derivadas de su edad y de su proceso de desarrollo. La idea del “interés superior del niño” pasó a ocupar un lugar central: cuando los adultos, las instituciones o los Estados toman decisiones, deben considerar prioritariamente cómo esas decisiones afectan a niños y adolescentes. No es una concesión sentimental. Es un principio jurídico y político.

    También fue una conquista argentina

    Argentina formó parte de ese proceso y fue incorporando progresivamente los estándares internacionales a su legislación. Un hito particularmente importante fue la Ley 26.061 de Protección Integral de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes, sancionada el 28 de septiembre de 2005 y publicada en el Boletín Oficial el 26 de octubre de ese año. La norma estableció un sistema integral de protección y tuvo como objetivo garantizar el ejercicio y disfrute pleno, efectivo y permanente de los derechos reconocidos por las leyes nacionales y por los tratados internacionales de derechos humanos.

    La diferencia con aquella infancia que aparece en los esqueletos neerlandeses es gigantesca. Un chico que en el siglo XVIII podía ser enviado a trabajar al campo desde los seis años, cargar pesos que afectaban una columna todavía en desarrollo o pasar largas jornadas en una fábrica, hoy está jurídicamente protegido por un conjunto de normas que reconocen su derecho a la educación, al descanso, al juego, a la salud, a la integridad física y a no ser explotado. Eso no significa que la realidad sea perfecta ni que el trabajo infantil haya desaparecido del planeta. La propia OIT advierte que persisten enormes dificultades de implementación, especialmente en sectores informales y rurales, allí donde la legislación puede existir pero los mecanismos de protección no alcanzan con la misma fuerza.

    Y esa última diferencia es fundamental. Los derechos conquistados no son derechos garantizados para siempre por el simple hecho de estar escritos en una ley. Necesitan instituciones, presupuesto, escuelas, sistemas de salud, protección social, inspecciones laborales y políticas públicas capaces de hacerlos efectivos. La historia de los derechos de la infancia no es únicamente una historia de declaraciones solemnes y tratados internacionales; también es la historia de sociedades que decidieron que determinados límites no podían volver a cruzarse y que un niño no podía quedar librado exclusivamente a las necesidades económicas de su familia o a las decisiones del empleador.

    Por eso aquellos 143 esqueletos encontrados en los Países Bajos cuentan mucho más que una historia arqueológica. Las lesiones de sus vértebras permiten reconstruir parte de un mundo en el que el cuerpo infantil podía convertirse en una herramienta de trabajo antes de terminar de desarrollarse. Las marcas quedaron allí durante siglos, como una especie de documento que nadie escribió deliberadamente. Y cuando hoy los investigadores las observan, no solamente reconstruyen cómo vivían aquellos chicos: también nos permiten comprender mejor por qué fueron necesarias las luchas sociales, las leyes laborales, la educación pública, los tratados internacionales y los sistemas de protección que transformaron progresivamente la idea misma de infancia.

    Hay una línea histórica que une aquellas pequeñas vértebras dañadas con la Convención de 1989 y con las leyes de protección que hoy reconocen derechos a millones de chicos. Es una línea larga, incompleta y todavía llena de problemas, pero también representa uno de los avances más importantes de la humanidad: haber entendido que la infancia no es una fuerza laboral disponible, ni una propiedad de los adultos, ni una etapa en la que todo está permitido porque “siempre se hizo así”.

    Un niño tiene derecho a ser niño.

    A estudiar sin que el trabajo le robe la escuela. A jugar sin que una jornada laboral le robe el descanso. A crecer sin cargar sobre sus hombros un peso que su cuerpo todavía no está preparado para soportar.

    Durante siglos, esas cosas no fueron obvias.

    Hubo que conquistarlas.

    Y quizás por eso las vértebras de aquellos niños neerlandeses siguen teniendo algo para decirnos. Porque donde hoy vemos derechos, alguna vez hubo cuerpos pequeños cargando pesos demasiado grandes.