Preparate para vivir cien años

Preparate para vivir cien años

 

El agua

Sé que allá abajo mis pies están tan arrugados que los surcos de piel transparente podrían despegarse. Lo sé porque lo recuerdo, no los veo. El mar aquí es verde oscuro, casi marrón. Solo la espuma forma hilos diáfanos y la luz del sol refleja millones de estrellas que el cielo azul oculta, pero yo sé que están allí arriba. Como mis pies allá abajo.

Llevo años buscando la palabra precisa para nombrar lo que le pasa al cuerpo en el mar. La busco en todos los idiomas, porque si los esquimales tienen cien palabras para decir blanco seguro los vikingos sabrán nombrar lo que no vemos del mar. Pero no la encuentro aún. Quiero bautizar ese instante en que el agua cubre los hombros, cuando el peso desaparece, dejamos de resistir, los pies se despegan del fondo y el cuerpo empieza a moverse con una inteligencia antigua que nos fue dada. La rendición. Como si el agua disolviera una capa que no sabíamos que llevábamos.

Mi piel debajo del mar es la misma de siempre, desde que era niña y entré por primera vez, temeraria y confiada al mismo tiempo. Piel de gallina frente al escalofrío temprano, piel surcada cuando pasa mucho tiempo, piel salada siempre. Me gusta llevar puesta esta piel. Esta piel frontera entre el agua fuera y el agua dentro. En el mar no soy aquella niña, ni esta vieja. Soy un movimiento, un disfrute, una memoria. No hay mirada ajena que mida, que calcule, que ubique. Sola la línea del horizonte que se perpetúa con esa indiferencia que tienen las cosas que existen mucho antes que nosotros y van a seguir existiendo mucho después. Una piel que morirá conmigo en un mar y un cielo que presumen eternidad.

Iris Murdoch decía que su imaginación vivía cerca del mar y debajo del mar. No arriba. Debajo. Donde la mirada no llega. Donde la luz cambia de naturaleza y los sonidos se vuelven otro idioma y el cuerpo deja de ser un objeto para convertirse en un movimiento. Nadaba desnuda en ríos y lagunas de bosque con la alegría de quien sabe que en el agua las categorías del mundo de afuera no rigen. El mar en Murdoch es siempre el lugar donde la conciencia se expande en lugar de encogerse. Donde el yo que se preocupa por sí mismo —que se evalúa, que se compara, que lleva la cuenta— por fin se calla.

“El tiempo, como el mar, desata todos los nudos”, escribió en The Sea, The Sea. Un día demasiado pronto dejó de recordar palabras, rostros, y hasta sus propios libros. Y entonces su marido, el escritor John Bayley, siguió llevándola al mar. Siguió convenciéndola de entrar al agua, de continuar el nado ritual que había sido tan importante para los dos. El cuerpo que ya no recordaba casi nada recordaba eso: el impulso, el peso que desaparece, el movimiento. La memoria del agua sobrevivió cuando ya casi no había otra memoria. La neurociencia llama a esto memoria procedimental —los movimientos que el cuerpo aprendió tan profundo que ni la demencia los alcanza. Para Bayley, más sencillo: iban al río porque Iris todavía sabía nadar. El agua era el único guion que su memoria no había olvidado. Porque allí no hay espejos, ni miradas que nos indiquen quiénes debemos ser.

La edad, fuera del agua, es una performance. Somos, en gran parte, la edad que actuamos. No los días que pasaron desde que nacimos sino lo que hacemos con esos días. Cómo nos narramos. Los papeles que aceptamos. Los gestos que repetimos. Los lugares a los que dejamos de entrar y las palabras que empezamos a no decir. La escalera que dejamos de subir porque nos gana el miedo, o el pelo que nos cortamos porque dice Coco Chanel que corresponde  a nuestra edad.

No envejecemos sólo por el paso del tiempo. Envejecemos por las frases que aceptamos, por las miradas que nos reducen, por los prejuicios que nos dictan el límite. Cuando nos convencemos de que ya no podemos manejar, dejamos de hacerlo. Cuando creemos que ya no da para bailar, no volvemos a la pista. Cuando pensamos que el deseo es cosa de jóvenes, apagamos la luz demasiado temprano. El prejuicio se convierte en mandato, y el mandato en profecía autocumplida.

El relato del siglo veinte decía que la vida tenía tres actos. El primero era aprender. El segundo era producir. El tercero era retirarse, que es una manera elegante de decir desaparecer de a poco. A los veinte decidíamos qué íbamos a “ser” en nuestra vida. No qué íbamos a hacer, de qué íbamos a trabajar. Qué íbamos a ser, porque el trabajo nos constituyó y fue nuestra identidad. Soy periodista. Soy ingeniero. Y allí íbamos: nacer, crecer, reproducirse y morir. En el medio habitar esos años de retiro junto al abuelo, en el sofá, cuidando nietos. 

Quienes tienen hoy entre cuarenta y cincuenta años tienen probabilidades reales de llegar a los cien. No como excepción biológica: como tendencia estadística, como lo que empieza a ser, simplemente, lo que pasa. Y el relato estalló en mil pedazos. Porque si vivimos cien años y trabajamos hasta los sesenta y cinco, hay treinta y cinco años del otro lado del guion para los que nadie escribió nada. Treinta y cinco años que el siglo veinte no contempló porque no los esperaba. La parte más larga de la vida. Y en ese territorio sin mapa la pregunta de quién somos y qué edad tenemos se vuelve urgente de una manera que no tiene precedente histórico.

Ya no hay jóvenes y viejos en el sentido en que los entendíamos. Hay performances. Hay personas eligiendo —o siendo forzadas a aceptar— ciertos papeles en ciertos momentos de una vida que dura mucho más de lo previsto. Hay cuerpos que el agua libera y cuerpos que la mirada encadena.

Hace ya casi cincuenta años, Ellen Langer organizó un experimento conocido como “Counterclockwise”. Llevó a un grupo de hombres mayores a una casa ambientada veinte años atrás: los muebles, la música, los diarios y hasta los programas de televisión eran los de 1959. La radio pasaba canciones de su juventud, los sillones tenían el tapizado de moda en los sesenta, los diarios hablaban de presidentes ya olvidados. En ese escenario de espejismos, los cuerpos respondieron: caminaron más erguidos, recordaron mejor, algunos hasta vieron con más claridad. En una semana habían mejorado la postura, la memoria, la coordinación, incluso parecían más jóvenes a los ojos de los demás. Cuando dejaron la casa, ya no les molestaban las escaleras y cargaron sin dificultad las mismas maletas que les habían resultado pesadas al llegar. No viajaron en el tiempo, viajaron en la idea de sí mismos.

El guion del siglo XX

Charly García dijo alguna vez que los Beatles inventaron la juventud. Antes de ellos, uno pasaba de niño a adulto sin escalas, sin territorio intermedio, sin música propia. De pantalón corto a la conscripción. Del patio de la escuela a la trinchera. La adolescencia —esa zona de gracia y caos que hoy nos parece tan natural como la respiración— no existía como categoría cultural antes de mediados del siglo veinte. Alguien la inventó. Le pusieron nombre, le pusieron mercado, le pusieron canciones. Y lo que se inventa puede desarmarse.

Lo mismo ocurrió con la vejez. No siempre hubo viejos. Hubo personas que vivían muchos años, hubo sabios, ancianos, miembros del Senado o Maestros. La vejez como territorio con sus propias leyes, su propia ropa, sus lugares permitidos y prohibidos, es una invención más reciente y política de lo que pensamos.

El modelo que heredamos —estudiar, trabajar, jubilarse— no es una ley de la naturaleza. Es una respuesta histórica a la Revolución Industrial. Las fábricas necesitaban trabajadores en cierto rango de edad. Los Estados necesitaban gestionar a quienes ya no producían. Y la medicina empezaba a extender la vida lo suficiente como para que existiera, por primera vez, una masa de personas que habían terminado de trabajar pero todavía no habían terminado de vivir. Había que hacer algo con ellas. Con el estado de bienestar posterior a las guerras, se inventó la jubilación. Se inventó el retiro. Y en el mismo gesto se inventó la idea de que a cierta edad la vida activa termina y comienza otra cosa: más quieta, más hacia adentro, más despedida que llegada.

Durante décadas el modelo funcionó. No porque fuera justo sino porque era coherente con su tiempo: cuando la expectativa de vida rondaba los sesenta y cinco años, jubilarse a los sesenta tenía una lógica brutal pero clara. El retiro duraba poco. La vejez era una antesala, no una habitación donde vivir. 

En los años noventa, el neoliberalismo necesitaba desmantelar los sistemas de jubilaciones y pensiones que los Estados habían construido durante décadas. Para hacerlo, primero hacía falta algo más difícil que una ley: debía convencer a las sociedades de que esos sistemas eran un problema. Una carga. Una herencia del pasado que frenaba el porvenir. Y para convencer de eso, había que construir primero una imagen del viejo como peso muerto: improductivo, resistente al cambio, costoso, anacrónico. Un lastre biológico con derechos adquiridos.

La operación fue tan eficiente que todavía la habitamos sin advertirla. Al mismo tiempo que demonizaba la vejez, el neoliberalismo endiosó la juventud. Los yuppies. El “just do it” de Nike. La cultura de la performance individual, del cuerpo como proyecto personal, del tiempo como recurso que no se desperdicia. Los ochenta y los noventa fabricaron una estética de la juventud que era también una estética del mercado: joven era sinónimo de productivo, flexible, adaptable, rentable. Viejo era todo lo contrario. La operación estética y la operación económica eran la misma operación, y quienes la pagaron fueron los mismos de siempre.

En Argentina, en 1994, Norma Pla salió a la calle. Tenía setenta y un años, una voz que no pedía permiso y una causa que parecía simple: los jubilados cobraban una miseria. Lo que no parecía entonces, y ahora resulta imposible no ver, es que detrás de esa miseria había una decisión. Las marchas que encabezó frente al Congreso —con sus cánticos, sus ollas, su furia sin coquetería— eran la respuesta de los cuerpos a lo que el mercado había decidido sobre ellos: que ya no valían lo suficiente como para ser sostenidos con dignidad. Que habían cumplido su función y podían desaparecer. Norma Pla murió en 1995. Pero la nueva longevidad solo extiende aquellas injusticias, y si vivir mal algunos años era una condena hoy solo aparece en el horizonte que mientras algunos podrán elegir ser su mejor versión después del retiro mientras que muchísimos, seguramente la mayoría, habrá extendido el sufrimiento por décadas.

Hay algo en esa continuidad que debería perturbarnos más de lo que nos perturba. Cambió la ciencia del envejecimiento. Cambió la expectativa de vida. Cambió la comprensión de lo que un cuerpo puede hacer a los setenta, a los ochenta, a los noventa años. Pero la injusticia que llevó a Norma Pla a la calle tiene la misma dirección que la de hoy. 

La narrativa de nacer, crecer, reproducirse y morir cambió de golpe, brutalmente, cuando en el siglo XXI la aceleración exponencial de casi todo nos llevó a este territorio donde algunos planifican la inmortalidad mientras la mayoría no sabe cómo será su vida pasado mañana. Lynda Gratton y Andrew Scott, economista y psicólogo en la London Business School, lo dicen de la manera más simple y más perturbadora: nadie puede elegir a los veinte lo que va a necesitar a los sesenta. Porque lo que va a existir a los sesenta todavía no existe. Somos contemporáneos de dos revoluciones simultáneas: la de la Inteligencia Artificial y la de la nueva longevidad. Dentro de cincuenta años el mundo estará poblado de robots… y de viejos.

La performance

¿Acaso no somos todas pibas de veinte cuando arranca ABBA y los hits de los ochenta en un casamiento? El cuerpo sabe las coreografías, la letra sale sola, el ritmo vuelve sin que nadie lo busque. Media hora antes nos costaba agacharnos para ponernos los zapatos, pero la música y el gin tonic maridan a la perfección. 

Cuando tenía veintipico y ya llevaba varios años trabajando y había publicado algunos libros, el director del diario en el que trabajaba me llamó a su despacho. Estaba furioso: me había buscado durante todo el fin de semana y yo no había respondido el teléfono. Busqué complicidad: “estaba durmiendo, soy una niña todavía”. Fue la primera vez que escuché en una conversación algo que luego leería en los libros de estudio: “sos una adulta. La edad es un lugar social. Trabajás, ganás plata, vivís sola. Sos adulta, comportate como adulta”.

En 1990, la filósofa Judith Butler publicó un libro que iba a cambiar para siempre la manera en que pensamos la identidad. Gender Trouble no hablaba de vejez. Hablaba de género. Pero el mecanismo que describía era tan preciso, tan transferible, que tres décadas después sigue siendo la mejor herramienta para entender por qué envejecemos de la manera en que envejecemos.

Butler argumentó algo que en su momento sonó escandaloso: la identidad no preexiste a los actos que la expresan. Se produce a través de ellos. No sos mujer y entonces te comportás como mujer. Te comportás como mujer y esa repetición produce la ilusión de que hay una esencia estable que estás expresando. No hay tal esencia. Hay una actuación tan ensayada, tan reiterada desde la infancia, que se volvió invisible. Lo que parece naturaleza es un guion con mucho kilometraje encima. No expresamos lo que somos, dice Butler. Producimos lo que somos, cada vez que lo repetimos.

Anne Davis Basting, dramaturga y académica, aplicó exactamente esa lógica a la edad. Lo que llamamos verse viejo, comportarse como viejo, ser viejo, no es la expresión de un estado biológico inevitable. Es la producción de una categoría social a través de actos que se repiten hasta naturalizarse. La misma conclusión a la que llegó Becca Levy, en Yale. Las personas con una autopercepción positiva del envejecimiento viven, en promedio, 7,5 años más que quienes la tienen negativa. No es una diferencia marginal. Es más que lo que aportan dejar de fumar o hacer ejercicio regularmente. La historia que nos contamos sobre lo que significa envejecer no es un adorno psicológico: es un factor biológico de primer orden. La mirada de los otros no solo te hace sentir viejo. Te hace envejecer. El guion que aceptamos termina, con el tiempo, escribiendo el cuerpo.

Betty Brussel nació en Holanda en 1924, la segunda de doce hijos. Abandonó la escuela durante la Segunda Guerra Mundial para cuidar a sus hermanos menores. Se casó, emigró a Canadá, trabajó de costurera décadas enteras. No compitió en natación hasta los sesenta y cinco años. A los noventa y nueve batió tres récords mundiales. Compite en la categoría de cien a ciento cuatro porque las categorías se determinan por año de nacimiento, y a veces es la primera persona en la historia en terminar determinada distancia —no porque haya ganado contra alguien, sino porque antes de ella nadie había llegado hasta ahí. En cada competencia alguien se le acerca y le dice: estaba a punto de rendirme, pensé que era demasiado vieja para empezar, y después te vi a vos. Betty Brussel no subvirtió su biología. Subvirtió la historia que otros contaban sobre lo que su biología autorizaba. 

Es cierto que desobedecer la narrativa de la vejez puede ser también un nuevo privilegio. La aparición magnífica y promisoria de la imprenta no convirtió a todo el mundo en lectores y escritores. Inventó el analfabetismo. Desobedecer la narrativa del declive requiere salud para moverse, tiempo libre para reinventarse, dinero para no depender del primer trabajo que aparezca, redes que acompañen la transformación en lugar de castigarla. Requiere los privilegios que la desigualdad distribuye tan desigualmente a lo largo de toda la vida y que en la vejez simplemente se hacen visibles con mayor brutalidad.

La promesa de la edad performativa es real. Y es, al mismo tiempo, un privilegio. Como casi todas las promesas de libertad individual en sociedades profundamente desiguales.

La mirada que envejece

Hay una escena que Margaret Morganroth Gullette no puede olvidar. Fue en el Museo de Ciencias de Boston, en una exhibición llamada Face Aging. Los chicos se acercaban a una pantalla y la pantalla les devolvía sus caras envejecidas digitalmente: la mandíbula caída, las arrugas, las manchas, el cabello que había perdido su color y su gracia. Algunos se reían incómodos. Otros apartaban la mirada. Algunos se tocaban la cara, como verificando.

Gullette observó algo que los organizadores no habían advertido: las imágenes mostraban el deterioro pero no lo que también puede acompañar al envejecimiento. No mostraban el humor que se afila con los años, ni el carácter que se vuelve más propio, ni ese tipo particular de libertad que aparece cuando ya no hay nada que demostrar. Mostraban la ruina. Solo la ruina.

Se lo enseñamos a los chicos antes de que cumplan diez años: envejecer es perder. Todo lo demás —lo que se gana, lo que se profundiza, lo que por fin se suelta— no tiene imagen todavía. Los feminismos invirtieron muchos años en deconstruir a las mujeres para que no fueran las princesas de los cuentos de hadas, pero las viejas siguen siendo las brujas y las madrastras.

Gullette escribió en 2004 el libro que hizo por la edad lo que los estudios de género hicieron por las mujeres: desnaturalizó lo que parecía inevitable. Aged by Culture —envejecida por la cultura— no es solo un título. Es una tesis y es una denuncia. El envejecimiento no empieza en los cromosomas. Empieza en el mercado de trabajo que descarta a los mayores de cincuenta, en el sistema de salud que trata los síntomas de la menopausia como inevitabilidad y no como condición tratable, en la publicidad que hace desaparecer los cuerpos que no tienen veinte años. No envejecemos solos. Somos envejecidos. ¿Quién nos envejece? ¿Con qué propósito? ¿A quiénes primero?

El edadismo —así lo llamó en 1968 el gerontólogo Robert Butler— es la combinación de actitudes perjudiciales, prácticas discriminatorias y estructuras institucionales que se refuerzan mutuamente contra las personas mayores. No es un prejuicio individual. Es un sistema.

La OMS documentó en 2021 que una de cada dos personas en el mundo tiene actitudes edadistas. Una de cada dos. La persona que le habla al hijo en lugar de mirar a los ojos a la abuela que tiene la billetera en la mano. El médico que atribuye cada síntoma de una mujer de sesenta años a la edad sin investigar más. Nadie, en ninguno de esos casos, se despierta pensando en hacer daño. Simplemente repiten el guion. Que es, exactamente, lo más peligroso de los guiones: que no parecen guiones.

El edadismo más eficaz no es el que viene de afuera. Es el que termina instalándose adentro. Los investigadores lo llaman edadismo internalizado: los estereotipos negativos sobre la vejez que se aprenden a lo largo de toda una vida se asimilan y se creen. La voz que dice ya estás grande para eso no necesita venir de otro. Con el tiempo, la decimos nosotros. Con la inflexión exacta de quien sabe de qué habla. Con la autoridad de quien se ha convencido de que está siendo realista.

A veces nos cuesta verlo cuando nos pasa, pero lo vemos más claro en nuestras madres, o las de nuestras amigas. La tía a la que a los setenta le empezamos a decir que se cuidara un poco más, que no saliera a caminar sola. Hasta que comenzó a tener miedo de salir. Al principio la acompañábamos por las dudas, un año después ya prefería no dar un paso sin alguien al lado. Y entonces, efectivamente, dejó de poder. Su mundo se redujo a la cuadra de su casa, y poco después a un sillón. No hubo diagnóstico médico. Hubo un diagnóstico familiar, social. Nos miran como viejos, nos creemos viejos. Pero funciona ida y vuelta. Porque efectivamente, nos ponemos viejos cuando actuamos como viejos.

Las mujeres somos envejecidas más temprano. La cultura y la sociedad nos retira la juventud antes —el primer comentario sobre las arrugas, el primer “para tu edad estás muy bien” que suena más a consuelo que a cumplido, la primera vez que dejamos de ser miradas con deseo. No hay un momento exacto. Hay una acumulación de gestos pequeños que un día suman un borramiento. Como en El Baile de Kundera, el foco dejó de iluminarnos, y seguimos girando sobre el escenario pero el público ya mira hacia otro lado.

No es solo una sensación, ni una cuestión estética. Es estructural, y económica. Las mujeres que cuidaron hijos, padres, parejas enfermas durante décadas, acumularon menos aportes jubilatorios. Trabajaron más, pero el trabajo de cuidado no cuenta para los sistemas de seguridad social. En América Latina, en 2023, el 43% de las personas mayores recibía pensiones insuficientes para vivir. En el quintil más pobre, ese porcentaje llegaba al 83%. El sistema descansó sobre mujeres como si fueran infinitas. Las gastó primero. Las recompensó después, cuando podía, con lo que sobraba.

La nueva moda del mercado “silver” comenzó a retratarlo en Hollywood. En La sustancia, la película de Coralie Fargeat que ganó el premio al mejor guion en Cannes en 2024, una presentadora de televisión de cincuenta años es despedida el mismo día de su cumpleaños porque su cuerpo ya no vende. Fargeat lo filma como terror porque lo es. Esos cuerpos sometidos a las cirugías , el botox y al ácido hialuronico son los monstruos contemporáneos.

La idea extendida de que el cuerpo viejo es el cuerpo enfermo libera a la juventud de sus fantasmas, pero es profundamente falsa. La ciencia prometió primero vivir más, luego vivir más con buena salud, y ahora también vivir más con propósito y alegría. El gran capital de los longevos será la salud y, por eso, la promesa de fuerza, agilidad y buenos reflejos comienza a ser mucho más redituable que los lifting y las cremas antiage. “Me gusta mi cuerpo; me ha servido bien, de muchas maneras, y no le guardo rencor por el cuidado que ahora necesita – dice Adriano -Cuerpo, compañero, juntos nos moriremos”.

El final que no cierra

Hace unas noches volví a usar un perfume que llevaba años guardado. Fue sin querer: salía para el cumpleaños de un amigo y apareció allí, en el estante del baño, y sencillamente me dieron ganas. Cuando volví a casa esa madrugada sentí que había vuelto a ser yo —la que se reía a carcajadas, cantaba sin timidez y podía charlar de cualquier tema. ¿Habrá sido el aroma que me confundió? ¿O es que yo siempre fui esa, y algún guion equivocado me convenció de guardarla en el estante?

Somos la primera generación que llega a este punto sabiendo, con datos, con evidencia, que probablemente viviremos treinta o cuarenta años más. El período que viene puede ser el más largo y el más propio de todos. Y sin embargo llegamos a él con un manual de instrucciones escrito para otra duración. 

Mi hijo acumula datos inútiles desde muy pequeño. Esos que no van a resolver ecuaciones, ni hacerte rico, ni siquiera sirven para pasar un examen. No sé si los busca: los atrae. Se los va encontrando por ahí, los colecciona, los macera, y te los regala en el instante adecuado sin vocación de deslumbrar. ¿Sabés cuál es la mayor diferencia entre los perros y los humanos?, me preguntó una vez. Creí que esta vez le había ganado. Sí, claro. Que viven en un presente eterno, no tienen noción del tiempo. No, bueno, esa también, dijo. Pero la que a mí más me divierte es que si se ven en un espejo no se reconocen, creen que es otro perro. Es cierto, es peculiar y es bello: los perros distinguen su propio olor del de otros perros, pero no su imagen. ¿Será por eso, entonces, que no se preocupan por el paso del tiempo?

La imagen en el espejo es la que instala el tiempo. La que compara, la que mide, la que dice: mirá lo que fuiste, mirá lo que sos. El perro no tiene esa imagen. Existe en el instante, completo, sin la sombra de su propia historia encima.

El mar tampoco tiene espejos. Hay un momento, cada vez que entro al agua, en que el cuerpo recuerda algo que la tierra le hizo olvidar. Es cuando el peso desaparece y los pies se despegan del fondo y el cuerpo empieza a moverse con esa inteligencia que no aprendió nadie. El mar no sabe cuántos años tengo, y yo todavía busco la palabra para nombrar ese instante.

La entrada Preparate para vivir cien años se publicó primero en Revista Anfibia.

 

Difunde esta nota

Publicaciones Similares

  • “Ratifico mi compromiso de trabajar fuerte y decididamente para que cada reginense viva cada día mejor”

    El Intendente Marcelo Orazi brindó su mensaje en el marco del acto en el que quedó inaugurado el período de sesiones ordinarias del Concejo Deliberante en este 2021. En su mensaje, el Intendente expresó que “es un honor compartir mi mensaje de las acciones proyectadas para este año para dejar inaugurado un nuevo período de…

    Difunde esta nota
  • Paseo Enogastronómico en el marco de ‘Vendimia Celebra 2021’

    En el marco de ‘Vendimia Celebra 2021’, la Dirección de Turismo de la Municipalidad de Villa Regina propone un Paseo Enogastronómico para el sábado 13 de marzo en la Oficina de Turismo, en Florencio Sánchez 817. Se trata de una degustación con vinos regionales acompañada de la música en vivo con Sebastián Vilanova (piano). El…

    Difunde esta nota
  • |

    Sumate, poné tu FIRMA!!

    ¡Sumate a la Iniciativa Popular contra la megaminería contaminante en la provincia de Río Negro! Listado de Organismos Públicos para Firmar ***** VALCHETA: en la Comisaria XV y Juzgado de Paz (Contacto: Neyen Mapu. Asamblea en Defensa del Agua y el Terriotiro de Valcheta https://www.facebook.com/neyen.mapu.9) JACOBACCI: en el Juzgado de Paz, Casa de Justicia y Concejo Deliberante…

    Difunde esta nota
  • Jan De Nul se reunió con el embajador de Estados Unidos y niega vínculos con China

     

     La belga Jan De Nul buscó este jueves, en la recta final de la licitación de la Hidrovía, darle punto final a la campaña en contra negando cualquier vínculo con empresas estatales chinas en una reunión con el embajador de Estados Unidos en Argentina, Peter Lamelas.

    El encuentro se produjo luego de las denuncias que agitó la competidora DEME, que había puesto bajo sospecha la oferta de Jan De Nul al advertir supuestas relaciones comerciales con firmas chinas, aprovechando la tensión geopolítica alrededor de la privatización de la vía navegable.

    Como reveló LPO en su momento, el gobierno nunca tomó en serio las acusaciones y desestimó las presentaciones llevando a la licitación a su etapa final.

     [El Gobierno desestimó la denuncia de Deme contra Jan De Nul y la privatización entra en su etapa final]

    La reunión entre los representantes de la empresa y el diplomático ocurrió horas después de una nota de una nota publicada por el diario La Nación que habló de una supuesta «influencia maligna» de China en la Hidrovía.

    Según el artículo, el republicano Brian Mast, titular de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, habría alertado al secretario de Estado Marco Rubio sobre presuntos vínculos chinos detrás de la licitación.

    En consecuencia, para despejar cualquier duda, este mismo jueves representantes de la compañía se reunieron con Lamelas quien «escuchó de primera mano los planes del consorcio belga-argentino que Jan De Nul integra junto a ServiMagnus para una eventual nueva concesión de la Vía Navegable Troncal Paraná-Paraguay», señaló Jan de Nul a través de un comunicado.

    Los directivos dieron detalles de las obras proyectadas, las características de las dragas y herramientas de balizamiento que utilizarían en caso de ganar la licitación y la tecnología prevista para reforzar la seguridad de la navegación, el control del contrabando y la lucha contra el narcotráfico.

     La empresa ratificó ante la embajada estadounidense que todos los insumos y sistemas tecnológicos incluidos en su oferta «provienen de países occidentales» y particularmente de proveedores norteamericanos, como las cámaras VTS. 

    Pero el eje del encuentro pasó por el intento de despegarse de cualquier sospecha de influencia china. La empresa ratificó ante la embajada estadounidense que todos los insumos y sistemas tecnológicos incluidos en su oferta «provienen de países occidentales» y particularmente de proveedores norteamericanos, como las cámaras VTS.

    En ese marco, Jan De Nul habló de «afirmaciones maliciosas» difundidas en medios de comunicación para adjudicarle relaciones comerciales o contractuales con empresas estatales chinas y sostuvo que esas operaciones «solo buscan entorpecer el desarrollo del proceso licitatorio».

    La compañía interpretó esas acusaciones como una muestra de la «impotencia» de sus competidores para superar su propuesta técnica y económica, en una disputa que ya escaló mucho más allá de lo comercial.

    Por último, los directivos reivindicaron los 30 años de trabajo de la empresa en la Hidrovía y se comprometieron a desarrollar futuros proyectos junto a compañías estadounidenses vinculadas a la concesión.

     

    Difunde esta nota
  • COVID-19: Se solicita a los comerciantes reforzar las medidas de prevención

    El Departamento de Bromatología de la Municipalidad de Villa Regina solicita a los comerciantes reforzar las medidas de prevención establecidas en los protocolos respectivos en el marco de la pandemia COVID-19. Al respecto, recuerda la importancia de respetar en los diferentes locales el uso obligatorio de tapabocas, el distanciamiento social de 2 metros y la…

    Difunde esta nota
  • El sueldo se me va en pagar las deudas

     

    Cada vez que una familia argentina no puede pagar lo que debe, pasa algo más que un número en rojo en su presupuesto. Pasa algo político. Se activa una pregunta que estuvo suspendida, que muchas veces se evitó formular, pero que en algún momento encuentra su camino: ¿quién tiene la culpa de que yo no pueda pagar?

    El Banco Central de la República Argentina publicó un dato que pronto repercutió en los medios. La mora en el financiamiento pasó de 2,5% en diciembre de 2024 a 9,3% en diciembre de 2025. En marzo de 2026 —el registro más reciente— trepó al 11,5%: una cifra que no se observaba desde hace más de veinte años. En doce meses, la irregularidad de los créditos a hogares se triplicó, con un incremento de 8,3 puntos porcentuales. Los préstamos personales concentran el mayor nivel de incumplimiento en quince años. Y el deterioro no se limita al sistema bancario: en las billeteras virtuales y entidades financieras no bancarias —a las que recurren quienes el banco ya no les presta— la morosidad supera el 30%.

    Los datos de mora de las familias argentinas durante el gobierno de Javier Milei siguen una curva que los economistas registran con sus instrumentos pero que las ciencias sociales deben interpretar con otros. No alcanza con decir que sube la morosidad en tarjetas, que se acumulan deudas de expensas y servicios, que los planes de pago se estiran hasta el absurdo. Lo que hay que entender es qué tipo de deuda es esa. Porque no todas las deudas son iguales, y la historia argentina lo demuestra con claridad: cada régimen político produjo su propio régimen de endeudamiento familiar, con sus promesas, sus trampas y sus consecuencias electorales. Esa historia la reconstruyo en Historia de cómo nos endeudamos (Siglo XXI), y lo que muestra es que la deuda que hoy llevan encima millones de hogares argentinos tiene un nombre específico: deuda de sacrificio.

    El trampolín

    Para entender la trampa, hay que entender primero el trampolín.

    Milei llegó al poder montado sobre un estado de ánimo colectivo que tenía nombre propio en las encuestas: agotamiento moral. No era simplemente la pobreza, ni la inflación sola, ni la devaluación. Era algo más preciso: la sensación de haber hecho todo bien —trabajar, ahorrar, sacrificarse— y que aun así no alcanzara. La percepción de correr en el lugar, de esforzarse sin que el esfuerzo rindiera fruto.

    En 2023, cuando se medían las intenciones de voto, ocho de cada diez argentinos acordaban con una afirmación demoledora: «Ante los problemas de la inflación, dependemos de nuestro esfuerzo y sacrificio.» Casi la misma proporción sostenía que se mataban de tanto trabajar y la inflación de todas formas no les permitía llegar a fin de mes. Estos números eran más altos entre quienes ya habían votado a Milei en las primarias.

    El electorado de Milei es más complejo que cualquier retrato unívoco: cruzó clases sociales, generaciones y geografías. No se puede trazar una línea directa entre quién debía y quién votó. La deuda de sacrificio no produce votos: produce un estado de ánimo, una plausibilidad moral. Vuelve pensable lo que antes parecía impensable. Y lo que las encuestas de 2023 mostraban con consistencia es que ese estado de ánimo estaba extendido transversalmente: personas que habían pedido prestado para comer y personas de clase media que habían visto multiplicarse sus cuotas hipotecarias sin control compartían algo más profundo que una condición económica. Compartían la sensación de que el esfuerzo propio no encontraba retorno institucional. Que las deudas que cargaban no eran el precio de algo —no eran el escalón hacia ningún lugar. Eran simplemente el precio de permanecer en el lugar. Para no caer.

    Eso es la deuda de sacrificio: deuda sin aspiración. Deuda que no te lleva a ningún lado. Deuda que es el precio de sobrevivir.

    La previa

    Para leer la mora de hoy hay que hacer un ejercicio que los titulares económicos no hacen: excavar. La deuda de sacrificio tiene capas. Cada una depositó algo que todavía está ahí, acumulado, sin resolver.

    La primera capa es el macrismo. El crédito UVA —el instrumento hipotecario que prometía hacer accesible la vivienda— fue la trampa más sofisticada de ese período. Diseñada para un mundo de inflación baja y estable, explotó cuando el peso se derrumbó en 2018 y el FMI volvió con sus condiciones. Entre 2016 y 2019, el índice que actualizaba esas hipotecas subió 227% mientras los salarios formales crecían a la mitad de esa velocidad. Sandra había firmado su hipoteca en 2017 creyendo que la inflación bajaría. No bajó. «Préstamos, impuestos, colegio, mercado. No nos quedaba nada.» Carla, que había ahorrado ocho años para comprar su departamento, trabajaba quince horas diarias seis meses después de firmar. «Pagamos pero debemos más.» Esa deuda —la de la promesa traicionada— no desapareció con el cambio de gobierno. Se sedimentó.

    La segunda capa es la pandemia. El aislamiento sanitario eliminó de un día para el otro el ingreso de millones de trabajadores informales. El alquiler no esperó. La comida no esperó. Los servicios no esperaron. El Estado asistió, pero con un margen fiscal ya comprometido por la deuda soberana que renegociaba con el FMI. Lo que no cubrió la política lo cubrieron los hogares: con fiado en el almacén, con préstamos entre familiares, con tarjetas giradas hasta el límite. Mónica pedía prestado a una agencia estatal para pagar la fiada del almacén y así poder seguir comprando fiado la semana siguiente. «Un círculo del que no se puede salir.» La pandemia no creó la deuda de sacrificio, pero la volvió masiva. Convirtió una tendencia en una condición estructural.

     La deuda de sacrificio no produce votos: produce un estado de ánimo, una plausibilidad moral.

    La tercera capa es la inflación del kirchnerismo tardío y el gobierno de Alberto Fernández. Leonardo, docente, lo describe con precisión: había pasado de endeudarse para comprar electrodomésticos —la vieja deuda de la inclusión que el kirchnerismo había promovido como símbolo de pertenencia— a endeudarse para comprar comida. El mismo instrumento, la tarjeta, el crédito, había cambiado de sentido. Ya no era el escalón hacia algo mejor. Era el parche para no caer. Ricardo, comerciante, llamaba a sus deudas «deudas de empobrecimiento»: lo opuesto de todo aquello para lo que había trabajado. Con una inflación que superó el 90% en 2022 y el 200% en 2023, las deudas acumuladas en los años anteriores no se disolvieron. Se compusieron.

    Lo que define a este régimen de deuda no es solo su magnitud. Es su sentido acumulado. La deuda aspiracional —la que te permite comprarte una heladera, pagar la cuota del auto, planificar las vacaciones— crea un vínculo entre el esfuerzo presente y una promesa de futuro. La deuda de sacrificio es exactamente lo contrario: no te lleva a ningún lado. Es el precio de permanecer en el lugar. Y cuando esa experiencia se repite capa tras capa, gobierno tras gobierno, algo se rompe en la relación entre los hogares y la política.

    El deudor de sacrificio siente que hizo todo lo que se suponía que debía hacer y que el Estado, la política, los gobernantes —todos, no uno en particular— no cumplieron su parte. Esa asimetría genera algo más que frustración: genera una superioridad moral sobre la clase política. «Nosotros nos arreglamos solos. Ellos no hicieron nada.» Y esa superioridad moral es exactamente lo que Milei supo leer, nombrar y capitalizar.

    El candidato

    La campaña de Milei fue, en el sentido más preciso de la palabra, una campaña sobre el sacrificio. Tradujo en lenguaje político algo que los hogares argentinos vivían en su economía doméstica: la sensación de que el sacrificio individual no encontraba contrapartida en el Estado, y de que ese Estado era en sí mismo el obstáculo.

    La propuesta de la motosierra no era solo un programa económico: era una promesa de reciprocidad invertida. Si durante años las familias habían sacrificado mientras los políticos derrochaban, ahora los políticos también iban a sacrificar. La casta pagaría. El ajuste sería hacia arriba.

    Hay una lógica interna en ese argumento que no puede desestimarse. El sacrificio vivido individualmente, sin retorno, sin reconocimiento, se convierte en política en una demanda: que otros también sacrifiquen, empezando por el Estado y por quienes lo gobiernan. La deuda de sacrificio no determina el voto —nada en política es tan lineal. Pero contribuye a moldear un paisaje moral en el que votar por la ruptura radical deja de parecer una locura y empieza a parecer lo único razonable. Quien vivió años pagando sin que nadie respondiera podía encontrar en la motosierra no un símbolo de crueldad sino de justicia: si nosotros sacrificamos, que sacrifiquen ellos también.

    La deuda de sacrificio fue el trampolín. No porque causara el voto —las cadenas causales en política son siempre más enredadas que eso— sino porque instaló el estado de ánimo desde el cual una propuesta de ruptura radical pudo volverse moralmente plausible antes de volverse políticamente viable. La experiencia financiera acumulada de millones de hogares preparó el terreno. Milei lo leyó. No fue irracionalidad. Fue una respuesta moralmente coherente a años de promesas incumplidas, encontrando su cauce en la única opción que prometía romper con todo.

    La trampa

    Pero aquí empieza la trampa.

    El gobierno de Milei heredó, como sus antecesores inmediatos, un régimen de deuda de sacrificio. Y como todos sus antecesores, lo profundizó. 

    El ajuste fiscal se tradujo en quita de subsidios, aumento de tarifas y retracción del salario real. Las familias que ya se endeudaban para sobrevivir se encontraron con que los números empeoraban. La mora creció. Las tarjetas dejaron de alcanzar. Los planes de pago se multiplicaron. Los bancos registraron aumentos en los índices de incumplimiento en créditos personales y prendarios. Los informes de las cámaras de comercio minorista mostraron caída del consumo y aumento de la deuda impaga con los proveedores.

    La sociología de la deuda enseña algo que la economía tiende a olvidar: ¿quién tiene la culpa?

    La promesa implícita del sacrificio colectivo —que el ajuste sería compartido, que la casta pagaría— chocó con una realidad más antigua y más dura: en los ajustes estructurales, quienes más pagan son siempre los que menos tienen. Las familias que habían votado esperando que otros sacrificaran descubrieron que el sacrificio seguía siendo, como siempre, el de ellas.

    Hay algo particularmente cruel en esto. La deuda de sacrificio genera un tipo específico de juicio moral: no está dirigida a un gobierno en particular, sino a la capacidad institucional del Estado democrático de organizar la vida financiera de los hogares de manera compatible con su dignidad. Cuando ese juicio ya está hecho, cuando la confianza en las instituciones democráticas ya se perdió, no hay gobierno que pueda recuperarla fácilmente. Ni siquiera el que llegó prometiendo exactamente eso.

    Lo que los números no dicen

    Los datos de mora que circulan en los medios estas semanas se presentan como indicadores económicos. Lo son. Pero son también otra cosa: son el registro de una ruptura moral que lleva décadas construyéndose y que Milei, lejos de resolver, ha extendido bajo una nueva promesa. Su aparición repentina en la agenda pública no es casual: cuando la deuda de los hogares sube hasta hacerse visible para los medios, es porque ya hace tiempo que es insoportable para las familias. El debate público llega tarde. La experiencia financiera cotidiana llegó antes.

    La sociología de la deuda enseña algo que la economía tiende a olvidar: el momento en que una familia no puede pagar no es solo un evento financiero. Es un momento en que se activa la pregunta sobre la responsabilidad. ¿Quién tiene la culpa? ¿El deudor que no supo administrarse? ¿El gobierno que no controló la inflación? ¿El sistema que prometió lo que no podía cumplir?

    En la Argentina de hoy, esa pregunta vuelve a estar disponible. Los hogares que se endeudaron para sobrevivir durante la pandemia, que esperaron que el ajuste de Milei trajera alguna estabilidad, que ven cómo la mora se acumula sin que el horizonte se despeje, están en ese umbral moral: el momento en que el sufrimiento privado busca una explicación pública y un responsable político.

    La advertencia 

    Hay algo que conviene decir con claridad, porque suele perderse en el análisis coyuntural: la deuda de sacrificio es anterior a Milei y le va a sobrevivir.

    No la inventó él. La encontró ya instalada, la supo leer mejor que sus competidores, y la transformó en capital electoral. Pero el régimen de deuda sacrificial que describe la experiencia financiera de millones de hogares argentinos se construyó a lo largo de años —la pandemia, la inflación crónica, los salarios que no alcanzan, la informalidad estructural— y no desaparecerá con un cambio de gobierno.

    Aquí está el verdadero desafío para el sistema político argentino en su conjunto, y no solo para la gestión actual: ¿será capaz de interpretar lo que la deuda de sacrificio produce en términos de juicio moral sobre las instituciones? ¿O seguirá cayendo, ciclo tras ciclo, en la misma trampa?

    La historia de cuarenta años de democracia argentina que reconstruyo en Historia de cómo nos endeudamos muestra un patrón perturbador. Cada régimen de deuda de los hogares generó sus propias expectativas, y cuando esas expectativas fueron traicionadas, la energía acumulada buscó una salida política. A veces fue una carta al presidente. A veces fue el cacerolazo. A veces fue un voto inesperado. Pero siempre llegó.

    En doce meses, la irregularidad de los créditos a hogares se triplicó.

    La deuda de sacrificio, cuando no encuentra respuesta en la política democrática, no desaparece: se radicaliza. Genera la sensación de que el esfuerzo individual fue real pero la contraparte institucional nunca existió. Y esa sensación —la de haber sido estafado por el sistema, no por un gobierno— es la más corrosiva de todas, porque ya no interpela a un presidente sino a la democracia misma. 

    La pregunta que queda abierta —y que los datos de mora de estas semanas vuelven urgente— es si habrá una nueva respuesta la próxima vez, o si el ciclo se repetirá con otro nombre y otra motosierra.

    La entrada El sueldo se me va en pagar las deudas se publicó primero en Revista Anfibia.

     

    Difunde esta nota