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¿Por qué “somos lo que comemos”?

Por Marina Ardenghi

Lic. en Química
Health Coach

Somos un cuerpo físico (además de mental y espiritual), cuyo funcionamiento responde en gran parte a lo que incorporamos, a esas sustancias y componentes (nutrientes) que vienen de nuestra alimentación. Ese determinado funcionamiento: bueno, regular o malo, depende (en conjunto con otras variables) de las características de eso que entra en él.

Somos lo que comemos porque cuando elegimos comer alimentos saludables, incorporamos nutrientes esenciales que consiguen un buen desarrollo de las funciones vitales (de nutrición, de relación y de reproducción). Esto es, que nuestro cuerpo, nuestros órganos funcionen correctamente, que la enfermedad esté ausente.

Somos lo que comemos porque cuando elegimos comer alimentos saludables, incorporamos nutrientes esenciales que consiguen un buen desarrollo de las funciones vitales»…

Si elegimos comer ‘productos alimenticios’ ultraprocesados, basados en unos pocos ingredientes alimenticios y muchos aditivos, estamos incorporando sustancias como conservantes, colorantes, mejoradores de sabor, etcétera, que lejos de ser nutritivas, engañan nuestra sensación de hambre y de saciedad, y ‘hacen agua’ a la hora de nutrirnos; estos productos generan un desbalance nutricional, no promueven una buena salud ni un buen desempeño (o desarrollo?) de las funciones ya mencionadas/nombradas.

Cuando nuestra forma de comer tiene una gran proporción de productos basados en harina refinada, azúcar blanca, grasas saturadas más aditivos, se minimiza la ingesta de verdaderos alimentos que nos complementan.

Los bizcochitos de grasa/galletitas/snacks fritos nos dan grasas saturadas, que aumentan el colesterol, harinas refinadas que inflaman nuestros intestinos, sal y azúcar que no colaboran ni con nuestra presión ni con la obtención de energía duradera, eliminación de toxinas, funcionamiento renal, y algunas “cositas” más.

Consumiéndolos aumentan las posibilidades de problemas cardiovasculares, obesidad, diabetes, por citar sólo algunas cuestiones.

Por otro lado, las verduras de hoja ofrecen minerales (hierro, potasio), vitaminas (A, K, C), ácido fólico (previene malformaciones en el feto), fibra dietaria (estimulante intestinal), luteína (flavonoide gran antioxidante), son alcalinizantes (facilitan la neutralización y eliminación de toxinas asociadas a la inflamación), ¡Etcétera!

Consumiéndolas incorporamos sus beneficios, y respondemos en función a éstos. Sumamos posibilidades de mantener un buen estado de salud.

Sosteniendo una alimentación variada, equilibrada, eligiendo conscientemente qué comer podemos ser sanos«…

Sosteniendo una alimentación variada, equilibrada, eligiendo conscientemente qué comer podemos ser sanos, evitar las inflamaciones y sentirnos livianos, estar tranquilos y felices porque el ánimo responde también al estado físico y luego/entonces, lograr ser lo que más nos guste.

Sí, si estamos atentos a qué comemos, estamos atentos a nuestro cuerpo, y si lo hacemos de manera saludable, podemos estar sanos, con la mente clara y el físico dispuesto.

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    El nombre de Europa: entre mitología, lenguas antiguas y disputas históricas

     

    El origen del nombre “Europa” no es un dato menor ni una simple curiosidad etimológica: condensa siglos de mitología, intercambios culturales entre Oriente y Occidente y debates académicos aún abiertos. Desde una princesa fenicia raptada por Zeus hasta raíces lingüísticas semíticas vinculadas al “ocaso”, el término revela cómo se construyó una identidad geográfica mucho antes de que existiera el continente tal como lo conocemos hoy.

    Por Alcides Blanco para NLI

    El mito fundacional: una princesa fenicia en manos de Zeus

    El relato más difundido sobre el origen del nombre remite a la mitología griega. Según la tradición, Europa era una princesa fenicia —es decir, proveniente de la región del actual Líbano— hija del rey Agenor. El dios Zeus, enamorado de su belleza, se transformó en un toro blanco para acercarse a ella y finalmente raptarla, llevándola hasta la isla de Creta.

    Este mito no es un detalle anecdótico: fue central para que los griegos nombraran regiones y territorios. La propia Asia, por ejemplo, también aparece en la mitología como una figura femenina vinculada a linajes divinos; Libia era tanto una región como una personaje mitológica; y Peloponeso deriva de Pélops, un héroe legendario. Incluso ciudades como Atenas toman su nombre de la diosa Atenea, y Tebas se vincula a relatos míticos sobre su fundación.

    En ese marco, Europa no fue la excepción: el nombre de la princesa terminó trascendiendo el relato para convertirse en una referencia geográfica concreta. Como señalan diversos estudios históricos, la geografía antigua estaba profundamente atravesada por narrativas míticas que funcionaban como formas de explicación del mundo.


    La explicación griega: “la de mirada amplia”

    Desde el punto de vista lingüístico, una de las interpretaciones clásicas sostiene que “Europa” proviene del griego antiguo. La palabra sería una combinación de eurys (“ancho” o “amplio”) y ops (“ojo” o “rostro”), lo que podría traducirse como “la de amplia mirada” o “rostro ancho”.

    Esta lectura no es menor: en el pensamiento griego, la idea de amplitud estaba asociada tanto al territorio como a la capacidad de ver o comprender el mundo. Algunos autores incluso vinculan este sentido con la percepción de la tierra firme frente al mar, como un espacio “abierto” y extenso.

    Sin embargo, esta explicación —aunque difundida— no es la única ni necesariamente la más aceptada hoy.


    La hipótesis semítica: Europa como “el occidente”

    Una segunda línea de investigación, cada vez más considerada por especialistas, sitúa el origen del nombre en lenguas semíticas del Cercano Oriente. En particular, se lo vincula con la raíz ereb o irib, que significa “ponerse el sol” o “ocaso”.

    Desde esta perspectiva, “Europa” sería simplemente “la tierra del oeste”, es decir, el lugar donde el sol se oculta visto desde Asia. Esta interpretación tiene una enorme potencia histórica: sugiere que el nombre no nace en Europa misma, sino en la mirada oriental sobre ese territorio.

    Investigaciones lingüísticas como las de Ernest Klein o Giovanni Semerano han explorado esta posibilidad, aunque no sin controversias. El propio historiador Martin L. West advierte que la relación fonética entre los términos griegos y semíticos no es completamente concluyente.


    Un concepto que cambia: de región mítica a continente

    Otro elemento clave es que “Europa” no siempre designó un continente. En la antigüedad, el término se utilizaba de forma mucho más limitada, incluso para referirse a zonas específicas del mundo griego. Recién con el tiempo —y especialmente con el desarrollo de la geografía clásica— su significado se expandió.

    Heródoto, por ejemplo, ya empleaba el término para diferenciar grandes regiones del mundo conocido, aunque sin los límites actuales. Esto muestra que el nombre fue adquiriendo sentido geopolítico de manera progresiva, en paralelo al crecimiento de las redes comerciales y culturales entre pueblos.


    Una identidad en disputa

    Lejos de ser un dato cerrado, el origen del nombre Europa sigue siendo objeto de debate académico. La coexistencia de explicaciones mitológicas, griegas y semíticas revela algo más profundo: el continente no tiene un origen “puro”, sino que es producto de múltiples influencias culturales.

    En ese sentido, el propio nombre Europa funciona como síntesis de un proceso histórico mayor: el contacto —muchas veces conflictivo— entre Oriente y Occidente. La princesa fenicia del mito no es casualidad, sino un símbolo de ese cruce de mundos.


    Conclusión: un nombre que cuenta una historia

    El nombre Europa no es simplemente una etiqueta geográfica. Es el resultado de una construcción histórica donde confluyen mitos, lenguas y miradas sobre el mundo.

    Ya sea como “la de amplia mirada” en la tradición griega o como “la tierra del ocaso” en la interpretación semítica, el término expresa una idea clave: Europa siempre fue definida en relación con otros. Y esa tensión —entre identidad propia y mirada ajena— sigue siendo parte central de su historia hasta hoy.

     

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