El Intendente Marcelo Orazi y la Secretaria de Estado de Seguridad y Justicia de Río Negro Betiana Minor recorrieron el inmueble donde próximamente funcionará la Comisaría de la Familia, donde se llevan adelante trabajos de pintura para su puesta en marcha.
Recordemos que en los próximos días la Comisaría de la Familia atenderá en Ingeniero Bonoli 91, espacio que fue cedido en comodato por el Poder Judicial a la Secretaría de Seguridad y Justicia provincial. De esta manera contará con un espacio de mayores dimensiones y comodidad para la atención de cuestiones relacionadas a la violencia de género y familia.
En el lugar también habrá una oficina de atención de la SENAF.
El petróleo volvió a colocarse en el centro de la escena financiera internacional. El Brent superó los USD 100 por barril, impulsado por la escalada militar en Medio Oriente. Para los inversores argentinos, el movimiento abre una oportunidad para posicionarse en compañías energéticas, aunque no todas ofrecen la misma sensibilidad frente a una eventual continuidad del rally del crudo.
Según Damián Vlassich, líder de Estrategias de Inversión en IOL, el mercado energético acumuló una suba superior al 28% desde comienzos de agosto. El Brent avanzó 3,5% en la última rueda y cerró en USD 101,34, luego de alcanzar un máximo intradiario de USD 101,54. En tanto, el WTI estadounidense subió 3,1%, hasta USD 95,88.
El especialista explicó que la escalada militar elevó la prima de riesgo geopolítico debido al temor a una interrupción prolongada de la oferta.
«El Comando Central de EE. UU. confirmó la destrucción de cinco petroleros iraníes en respuesta a ataques contra buques de la Armada estadounidense, a lo que Teherán respondió con impactos de misiles sobre embarcaciones y bases en la región. La parálisis parcial del tránsito tanquero por Ormuz disparó la prima de riesgo geopolítico ante el temor a un choque de oferta prolongado», detalló.
En este contexto, la elección de las petroleras como inversión resulta clave, ya que las compañías integradas y diversificadas no reaccionan de la misma manera que aquellas cuya actividad está concentrada en la extracción y producción de crudo.
Vista Energy e YPF, las opciones locales
Para Agustín Boggiano, asesor financiero en Bull Market Brokers, entre las acciones argentinas Vista Energy (VIST) es la alternativa más directa para capturar una suba del petróleo.
«Dentro de las locales, para mí Vista Energy es la más directa: extrae y exporta gran parte de su producción a precio internacional, así que siente la suba casi de inmediato», señaló Boggiano.
Miguel Galuccio, CEO de Vista
El ejecutivo destacó además que Vista, que es argentina, pero cotiza como Cedear, presenta una beta al Brent de 1,2, el más elevado del sector. Esto significa que, bajo determinadas condiciones de mercado, la acción puede tener una sensibilidad superior a los movimientos del precio internacional del crudo.
YPF (YPFD) también aparece como una alternativa relevante por su exposición a Vaca Muerta, aunque Boggiano marca una diferencia importante. «Al ser integrada (refino + retail) diluye el efecto puro del crudo, aunque suma sensibilidad extra por combustibles», relató.
«YPF también tiene fuerte exposición vía Vaca Muerta, pero al ser integrada (refino + retail) diluye el efecto puro del crudo, aunque suma sensibilidad extra por combustibles», explicó.
Pampa Energía (PAMP), en cambio, presenta un perfil diferente. Su diversificación hacia gas y generación eléctrica hace que tenga una menor correlación directa con el precio del crudo.
Cedears y ETFs para diversificar la apuesta
Para quienes prefieren evitar el riesgo específico de una compañía argentina, los Cedears permiten acceder desde el mercado local a petroleras internacionales y diversificar la exposición geográfica.
Fernando Villar, titular de FV Advisor, señaló que los inversores también pueden posicionarse en compañías como ExxonMobil (XOM) o Chevron (CVX), entre otras petroleras internacionales disponibles mediante Cedears.
De esta manera, es posible capturar parte del potencial de una eventual continuidad del ciclo alcista del petróleo sin limitar la inversión al mercado argentino.
Otra alternativa es utilizar un fondo cotizado sectorial. Villar mencionó al State Street Energy Select Sector SPDR ETF (XLE), que reúne compañías del sector energético estadounidense y permite obtener una exposición más diversificada que la compra individual de una petrolera.
De esta forma, combinando acciones de empresas petroleras argentinas y Cedears de los principales gigantes multinacionales, los inversores locales pueden obtener una sólida exposición al petróleo, que podría continuar creciendo dada la inestabilidad geopolítica de Medio Oriente.
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Mientras copiaba letras y sílabas sobre una corteza de abedul, un niño de la Rus medieval se escapaba de la tarea para dibujar guerreros, animales y criaturas fantásticas. Ocurrió alrededor de 1260, en Nóvgorod, y sus garabatos sobrevivieron durante más de siete siglos gracias a una combinación extraordinaria de arqueología y naturaleza. Se llamaba Onfim y, sin saberlo, dejó uno de los testimonios más curiosos sobre la infancia medieval: la prueba de que entre una letra y otra también había lugar para imaginar, jugar y convertir un ejercicio escolar en una pequeña aventura.
Por Alcides Blanco para NLI
Hay algo profundamente humano en los márgenes de un cuaderno escolar. Cambian las épocas, los materiales y las herramientas, pero parece persistir cierta necesidad de apropiarse de un pequeño espacio cuando la actividad que tenemos delante nos resulta demasiado repetitiva. Un alumno puede llenar hoy el borde de una hoja con nombres, caras, camisetas de fútbol, monstruos, autos, corazones o personajes de videojuegos mientras el profesor explica una materia; hace más de 750 años, otro chico hacía algo bastante parecido, aunque en lugar de birome utilizaba un estilete y en lugar de papel tenía una lámina de corteza de abedul. Aquel niño vivió en Nóvgorod, una de las grandes ciudades comerciales de la Rus medieval, y la arqueología terminó conservando sus ejercicios escolares junto con las fantasías que dibujaba mientras los hacía.
El protagonista de esta pequeña historia es conocido como Onfim. No sabemos demasiado de él, y justamente esa ausencia de información vuelve todavía más fascinantes sus dibujos. No conocemos con certeza su edad, aunque los especialistas lo consideran un niño pequeño; tampoco sabemos qué fue de su vida, quiénes fueron sus padres, cuánto tiempo asistió a la escuela ni qué ocurrió después con aquel aprendizaje de escritura. Lo que sí tenemos son doce piezas de corteza de abedul, catalogadas entre los números 199 y 210, cuya datación se sitúa alrededor del año 1260 y cuya atribución a un mismo niño se sostiene en buena medida por las características de la escritura y el contexto arqueológico en el que fueron encontradas.
Y en esas piezas aparece algo extraordinariamente cotidiano: la tarea escolar. Onfim practicaba el alfabeto, copiaba sílabas y reproducía fórmulas religiosas o escolares, exactamente el tipo de ejercicios repetitivos mediante los cuales un niño debía adquirir destreza en la escritura. Pero entre esas letras aparecen también figuras humanas, animales, criaturas híbridas y escenas de enfrentamiento. El soporte que estaba destinado a servir para aprender a escribir terminó convertido, al menos en parte, en un espacio donde el alumno podía hacer otra cosa. Allí donde el maestro esperaba letras, aparecieron guerreros. Allí donde había una práctica de caligrafía, apareció la imaginación de un chico.
Un cuaderno hecho de corteza de abedul
Para entender por qué esos dibujos pudieron llegar hasta nosotros hay que detenerse en algo que normalmente pasa inadvertido: el material sobre el que fueron realizados. En la Rus medieval, la corteza de abedul era un soporte de escritura cotidiano, económico y mucho más accesible que el pergamino. Se podía cortar, alisar y trabajar con un instrumento puntiagudo que dejaba marcas directamente sobre la superficie, sin necesidad de tinta. Para quienes no pertenecían a los círculos más ricos o especializados, constituía una solución práctica para escribir, registrar información y realizar ejercicios. En términos actuales, podría pensarse como una especie de cuaderno barato y reutilizable, mucho más cercano a la vida cotidiana que los lujosos manuscritos que solemos asociar con la Edad Media.
Pero había otro elemento que convertiría aquellos modestos pedazos de corteza en cápsulas del tiempo. Nóvgorod posee unas condiciones arqueológicas extraordinarias para la conservación de materiales orgánicos. Los documentos quedaron enterrados en terrenos húmedos y pobres en oxígeno, un ambiente que dificultó la acción de los microorganismos responsables de la descomposición. Gracias a esas condiciones, materiales que normalmente habrían desaparecido por completo pudieron permanecer bajo tierra durante siglos. Lo que para Onfim probablemente era simplemente una superficie donde practicar sus letras terminó transformándose, sin que él pudiera imaginarlo, en un mensaje dirigido a personas que vivirían cientos de años después.
Hay algo casi conmovedor en esa casualidad. Un niño del siglo XIII no estaba intentando dejar un testimonio histórico. No estaba escribiendo una autobiografía ni contando cómo era su vida. Tampoco pretendía que un arqueólogo del futuro encontrara sus ejercicios. Estaba haciendo la tarea. Y precisamente porque se trataba de una actividad ordinaria, sus trazos tienen un valor particular: permiten acercarse a una dimensión de la Edad Media que rara vez aparece en las grandes crónicas, una dimensión formada por niños que aprendían, se aburrían, copiaban, repetían y buscaban pequeños espacios para hacer algo que les perteneciera.
El guerrero que era Onfim
Entre todas las imágenes atribuidas al pequeño escriba hay una que se volvió especialmente conocida. Se trata de un jinete armado que atraviesa con una lanza a un enemigo caído. No es solamente una escena de combate: el guerrero lleva una inscripción que lo identifica con el propio Onfim. El niño parece haberse representado a sí mismo como un combatiente victorioso, convirtiendo aquel pedazo de corteza destinado al ejercicio escolar en el escenario de una pequeña epopeya personal.
Es difícil no sonreír ante la escena. Mientras un maestro probablemente esperaba que el alumno practicara las formas correctas de las letras, Onfim había encontrado una manera bastante más entretenida de utilizar el espacio disponible. Primero estaban los ejercicios que debía realizar; después, en el mismo soporte, aparecía un guerrero montado a caballo y dispuesto a derrotar a su enemigo. El contraste permite imaginar, sin necesidad de inventar una historia que las fuentes no pueden confirmar, el modo en que una actividad reglamentada podía convivir con el universo imaginario de un niño. No sabemos si estaba aburrido, si copiaba una imagen que había visto en algún lugar, si jugaba mentalmente a ser un guerrero o si simplemente descubría qué podía hacer con aquel instrumento. La evidencia no permite escoger una explicación definitiva.
Y esa cautela es importante porque la tentación de convertir a Onfim en un personaje perfectamente conocido es enorme. Podemos describir sus dibujos, estudiar su escritura y analizar el contexto histórico, pero no podemos saber qué pensaba exactamente mientras los hacía. Los guerreros, los animales fantásticos, los demonios y las escenas violentas formaban parte de la cultura visual de la época y podían aparecer en relatos religiosos, representaciones artísticas, historias, juegos y tradiciones orales. Que Onfim los dibujara no significa necesariamente que estuviera expresando miedo, agresividad o alguna emoción específica. Lo único seguro es que esas imágenes formaban parte del repertorio que podía llevar a su pequeño mundo de dibujos.
De hecho, la historia de Onfim resulta todavía más interesante cuando se la compara con otros testimonios medievales. En manuscritos de la época también aparecen figuras realizadas en márgenes y espacios secundarios, aunque no todas fueron hechas por niños y sería un error atribuir automáticamente cualquier garabato medieval a un estudiante. En 2016, investigadores de la Universidad de York analizaron dibujos encontrados en los márgenes de un manuscrito procedente originalmente de un convento franciscano de Nápoles y recurrieron incluso a especialistas en psicología infantil para evaluar si habían sido realizados por niños. Es decir, la presencia de dibujos aparentemente espontáneos en documentos medievales no es un fenómeno aislado, aunque cada caso requiere analizar cuidadosamente su contexto.
La infancia que se escondió en los márgenes
Lo verdaderamente extraordinario de Onfim, entonces, no está solamente en que un niño medieval dibujara un guerrero. Está en que sus ejercicios permiten mirar durante unos instantes una parte de la infancia que normalmente queda oculta detrás de la historia de reyes, guerras, iglesias y grandes ciudades. Los documentos oficiales suelen contarnos qué hacían las autoridades, qué territorios controlaban los gobernantes, qué guerras se libraban o qué acuerdos firmaban los comerciantes. Pero resulta mucho más difícil encontrar rastros de aquello que hacía un niño mientras aprendía a escribir. En ese sentido, la corteza de Onfim funciona como una ventana diminuta hacia la vida cotidiana.
También permite observar que la educación medieval no consistía únicamente en memorizar grandes textos religiosos o formar futuros escribas, como a veces sugieren las imágenes simplificadas de la Edad Media. Había niños practicando letras, repitiendo sílabas y aprendiendo a manejar un instrumento de escritura. Y alguno de ellos, como Onfim, encontraba la forma de combinar la obligación con la fantasía. El ejercicio no desaparecía: las letras seguían allí. Pero junto a ellas aparecía un mundo propio, un espacio donde el niño podía decidir qué quería representar.
Ese detalle permite establecer un curioso puente con el presente. Cambiaron radicalmente los sistemas educativos, los materiales y los contenidos, pero persiste la posibilidad de que una actividad reglada genere espacios de apropiación personal. El margen sigue siendo margen aunque ahora esté hecho de papel, y puede que hoy aparezcan allí personajes de videojuegos donde hace ocho siglos aparecían guerreros y criaturas fantásticas. No significa que los niños sean idénticos a través de los siglos ni que podamos trasladar mecánicamente conceptos modernos a la Rus medieval; significa algo más sencillo y más interesante: la infancia también deja huellas en los lugares donde nadie pensaba que estaba escribiendo historia.
Quizás por eso los dibujos de Onfim resultan más poderosos que muchas grandes historias medievales. No cuentan una batalla que cambió un reino ni una decisión que modificó el destino de un imperio. Cuentan algo muchísimo más pequeño: un niño aprendiendo a escribir y aprovechando un pedazo de corteza para dibujar lo que tenía en la cabeza. Pero precisamente allí reside su valor. La historia no está hecha solamente de quienes ocuparon el poder o protagonizaron acontecimientos extraordinarios; también está hecha de millones de gestos cotidianos que casi nunca quedaron registrados.
Onfim tuvo la fortuna —o la extraña desgracia— de que uno de esos gestos sobreviviera.
Su nombre quedó enterrado durante siglos junto con sus ejercicios. La humedad protegió la corteza, la tierra conservó las marcas y la arqueología terminó devolviendo al presente aquel pequeño mundo. Hoy podemos observar sus letras, sus sílabas y sus guerreros e imaginar, con todas las precauciones que exige la historia, a un chico de Nóvgorod sentado frente a su tarea, intentando dominar una escritura que para él era nueva mientras su imaginación se iba por otro camino.
Y ahí aparece la última ironía de esta historia: Onfim probablemente quería aprender a escribir, pero terminó escribiendo una de las pequeñas historias de infancia más memorables que nos dejó la Edad Media. No sabía que alguien lo leería ocho siglos después. No sabía que sus guerreros serían estudiados por historiadores. No sabía que sus garabatos servirían para preguntarnos si realmente cambió tanto la infancia.
Simplemente dibujó.
Y, por una de esas extraordinarias casualidades que de vez en cuando nos regala la arqueología, el margen de su tarea consiguió sobrevivir al tiempo.
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