El Intendente Marcelo Orazi y la Secretaria de Estado de Seguridad y Justicia de Río Negro Betiana Minor recorrieron el inmueble donde próximamente funcionará la Comisaría de la Familia, donde se llevan adelante trabajos de pintura para su puesta en marcha.
Recordemos que en los próximos días la Comisaría de la Familia atenderá en Ingeniero Bonoli 91, espacio que fue cedido en comodato por el Poder Judicial a la Secretaría de Seguridad y Justicia provincial. De esta manera contará con un espacio de mayores dimensiones y comodidad para la atención de cuestiones relacionadas a la violencia de género y familia.
En el lugar también habrá una oficina de atención de la SENAF.
La Dirección de Turismo de la Municipalidad de Villa Regina acerca las propuestas para disfrutar de la última semana de vacaciones. *’Coloreando mi ciudad’ especial ‘Soy turista’: viernes 23 a las 15 horas en la Oficina de Turismo. Destinado a niños y niñas, la actividad incluye un recorrido por el Paseo del Arroyo, con interpretación…
La primera reunión de cardenales de la era León XIV, que se realizó el 6 y 7 de enero en Roma, tuvo un sentido político que marca un cambio con su antecesor: en todo su papado, Francisco sólo convocó a los cardenales en tres oportunidades y optó por gobernar asesorado por un grupo reducido de ellos, el conocido C8 primero y C9 después. Con esta convocatoria, cuyo lema fue “la unidad atrae, la división dispersa”, Robert Prevost tomó la iniciativa y envió un mensaje a los sectores antifrancisquistas: todos los grupos serán escuchados. Además, ya convocó para el mes de junio un nuevo encuentro.
Prevost transita su pontificado con una carga pesada: no es fácil ser papa después de Francisco. Tal como le sucedió a Ratzinger luego de la muerte de Juan Pablo II, León XIV tiene que lidiar con la popularidad de su antecesor. Tampoco tiene las cosas fáciles puertas adentro, donde las tensiones con los sectores tradicionalistas y los grupos conservadores crecieron significativamente sobre el final del papado de Jorge Bergoglio. Finalmente, los desafíos en el campo religioso siguen siendo muy grandes: Francisco no logró revertir las tendencias declinantes del catolicismo en términos de afiliación religiosa y sólo el dinamismo que se vive en el continente africano disimula la profundidad de la crisis.
Los días previos a que Prevost se convirtiera en León XIV, el papa número 267 de la Iglesia católica, la muerte de Francisco sacudió al mundo. El Vaticano acreditó a 130 delegaciones y estuvieron presentes alrededor de 70 jefes de Estado. Los medios de comunicación tradicionales, los canales de streaming y las redes sociales mostraron con lujo de detalles cada momento. Si bien no existen cálculos precisos de las visualizaciones en redes sociales, los especialistas estiman varios cientos de millones como piso. Si comparamos estos indicadores con otras muertes de figuras de alcance global, la del papa Francisco se ubica entre los eventos de mayor repercusión. También en China, a pesar de que sólo viven allí unos 10 millones de fieles católicos, la noticia se viralizó velozmente. Incluso The Global Times, el diario del Partido Comunista, se ocupó del tema y recordó la mejora de las relaciones diplomáticas logradas durante el papado de Francisco.
Prevost transita su pontificado con una carga pesada: no es fácil ser papa después de Francisco. Tal como le sucedió a Ratzinger luego de la muerte de Juan Pablo II, Prevost tiene que lidiar con la popularidad de su antecesor.
Desde que asumió, el 8 de mayo de 2025, León XIV enfrenta distintos desafíos, algunos inmediatos y relacionados con las disputas al interior de la Iglesia y otros de largo plazo vinculados al futuro mismo de la religión católica. En estos meses de papado, si bien Prevost se mostró cauto en sus declaraciones, tomó decisiones contundentes en varios niveles que dejan entrever una cierta orientación, algo así como una hipótesis de trabajo.
Los desafíos intraeclesiales
En 2013, la institución papal estaba sumergida en una crisis profunda. En los medios de comunicación, la Iglesia católica era noticia por los casos de abuso que se multiplicaban en diócesis de todo el mundo, las filtraciones de documentos privados y las sospechas de corrupción en el Banco Vaticano. Bergoglio asumió con el desafío de reconstruir la autoridad y, para lograrlo, comprendió que era esencial producir gestos de ruptura desde el primer momento. Eligió llamarse Francisco —es decir no se filió con ningún papa anterior— y buscó apartarse todo lo posible de las tradiciones (modificó su vestimenta por una más austera, cambió su residencia, pidió rezar por él cuando se asomó al balcón). Su primer viaje fue a Lampedusa para denunciar la situación de los inmigrantes.
El éxito de Francisco fue tan notable en términos comunicacionales que doce años después, Prevost apeló a la tradición sin que eso fuera un problema: eligió un nombre como León (hubo catorce papas antes) y retomó muchas de las prácticas ceremoniales que Francisco había dejado de lado. Tras ser electo, su vestimenta reflejó con claridad ese giro: se puso la estola bordada con hilo dorado, la muceta de terciopelo y usó el crucifijo de oro. Fijó su residencia en el Palacio Apostólico y decidió descansar en la residencia de verano, Castel Gandolfo, que Francisco no utilizaba. Todo esto tiene que ver con personalidades diferentes, pero fundamentalmente con contextos distintos.
En términos intraeclesiales el principal desafío que tiene por delante León XIV no es ya limpiar el nombre de la Iglesia, devolverle prestigio e influencia o posicionarla como una voz de peso internacional —algo que logró en gran medida Francisco— sino evitar que las tensiones internas agudizadas sobre el final del papado de su antecesor deriven en rupturas, enfrentamientos incontrolables y, finalmente, cismas.
Puertas afuera de la Iglesia, en el plano de la política internacional, Francisco logró mucho, pero el costo fue una creciente resistencia interna de conservadores y tradicionalistas que, en la previa del cónclave, amenazaron abiertamente con abandonar la Iglesia si no se revisaba el rumbo. El cardenal Gerhard Müller lo planteó sin medias tintas cuando afirmó que los cardenales debían elegir entre “ortodoxia” o “herejía”. También los cardenales Robert Sarah y Raymond Burke, dos de los más conspicuos opositores a Francisco, hicieron declaraciones similares.
León XIV intentó apoyarse en algunas tradiciones para descomprimir tensiones. Una de las medidas más importantes hasta ahora fue volver a autorizar las misas según el canon tridentino (es decir, en latín y con el sacerdote de espaldas a los fieles). Recientemente, el cardenal Burke celebró una misa de estas características en Roma. Francisco lo había prohibido en 2022 y desató la cólera de sus adversarios dentro y fuera de la Iglesia. Si bien Prevost no comulga con esa tradición, su decisión es una prenda de paz hacia el interior de la Iglesia. A juzgar por sus declaraciones en los medios, considera que tal vez Francisco exageró un poco en este punto y, si bien acepta que el llamado rito tridentino se convirtió en un arma de oposición al Concilio Vaticano II, cree que en algunos casos responde a una legítima demanda de orden espiritual que debe atenderse. De hecho, en la reciente reunión de cardenales —lo que se conoce como consistorio extraordinario— este fue uno de los temas que se analizó.
En estos meses, León XIV se mostró menos flexible en aspectos doctrinales. En cierto sentido, se acercó a las sensibilidades conservadoras, aunque siempre con un tono moderado. Es cierto que Francisco no había innovado sustancialmente en términos de doctrina, pero su definición de una Iglesia de puertas abiertas facilitaba posiciones comprensivas, más dúctiles y elásticas. Además, teológicamente, Francisco entendía al catolicismo como una religión de la misericordia. Llegó incluso a definir la misión de la Iglesia con un neologismo: misericordiar. En su perspectiva, la Iglesia no estaba para juzgar, condenar o enumerar pecados, sino para mitigar el dolor, la angustia y ayudar a los seres humanos en su vida terrenal. Si bien Prevost no abandona esta perspectiva —sin ir más lejos, recientemente cincuenta personas trans participaron de una celebración en Roma—, busca moderar el tono y alcanzar algún punto intermedio que apacigüe las aguas.
En paralelo, la exhortación apostólica Dilexi te, escrita a cuatro manos con Francisco, plantea una continuidad clara en términos de doctrina social de la Iglesia. En este aspecto no hay moderación, sino, más bien, profundización de la mirada de su antecesor. Los pobres no son un tema o un asunto para los católicos, sino el corazón del Evangelio mismo, dice Prevost a viva voz, sin adjetivaciones o aclaraciones que amortigüen el sentido de sus palabras. El documento deja en off side las críticas que conservadores y tradicionalistas solían hacer a Francisco por su supuesta ideologización del Evangelio. Entre ellas, las del cardenal Müller, quien definió como comunistas muchas de las consideraciones que, ahora, retoma León XIV. Dilexi te lo dice alto y claro: no es ideología ni comunismo, es Evangelio. Retoma las puntas más filosas del magisterio pontificio: recuerda las causas estructurales de la pobreza y cuestiona la meritocracia. Sin igualdad de oportunidades, explica el documento, la apelación a la meritocracia sirve para ocultar injusticias inaceptables para un católico. Es un documento que podríamos definir como de una clara sensibilidad de izquierda. Por supuesto, el papa rechazaría esta definición —y seguramente con más claridad que Francisco, que solía bromear al respecto— pero en términos ideológicos, guste o no, Dilexi te se ubica filosófica y geopolíticamente en ese cuadrante.
Los pobres no son un tema o un asunto para los católicos, sino el corazón del Evangelio mismo, dice Prevost a viva voz, sin adjetivaciones o aclaraciones que amortigüen el sentido de sus palabras.
En cuanto a las reformas institucionales, es demasiado temprano para evaluar el papado de Prevost. Por ahora, dominó una cierta continuidad. Desde el día de su asunción, León XIV reivindicó la sinodalidad y mantuvo el timón firme en cuestiones muy candentes como el proceso de adecuación de los estatutos del Opus Dei, las reformas económicas o el desmantelamiento del Sodalicio de Vida Cristiana, la organización religiosa peruana acusada de abusos. En este último tema, Prevost fue clave desde su llegada al Dicasterio para los Obispos en 2023. Desde allí difundió las investigaciones sobre los casos de abuso y diversos delitos económicos de la organización. Además exigió, en nombre de Francisco, la renuncia del arzobispo peruano José Antonio Eguren, que Roma aceptó inmediatamente.
¿Su postura con el Sodalicio puede generarle dificultades? Es posible. El Sodalicio se creó a principios de los años setenta con el fin de contrarrestar la teología de la liberación en América Latina. Llegó a tener más de veinte mil integrantes en numerosos países y un patrimonio valorado, para algunos, en alrededor de mil millones de dólares. En 1997 Juan Pablo II le dio reconocimiento oficial y lo protegió. Prevost tiene allí muchos enemigos y muy poderosos que, seguramente, más allá de la reciente disolución, conservan recursos, conexiones y dinero tanto dentro como fuera de la Iglesia. Sin ir más lejos, cuando sonaba como posible papable —y una vez electo—, medios de comunicación afines al Sodalicio lo acusaron sin pruebas de haber ocultado casos de abuso como obispo en la diócesis de Chiclayo.
La difícil relación con el campo religioso
Puertas afuera, los desafíos son tanto o más difíciles. El catolicismo sigue retrocediendo en términos relativos y se debilita en su bastión histórico: América Latina. La reciente intervención de Estados Unidos en Venezuela constituye un nuevo frente de tormenta. León XIV pidió “respetar la soberanía” y recientemente trascendió que la Santa Sede intentó mediar en el conflicto, pero, por el momento, la diplomacia vaticana no quiere hacer olas. Su objetivo es no ahondar el enfrentamiento en un continente vital para la Iglesia y en donde los fieles católicos integran los dos bandos en disputa.
Roma tiene motivos de festejo sólo en África. En las ciencias sociales se debate sobre las razones de este fenómeno. En una clave sociológica, más allá de la disminución vocacional, suele subrayarse que la Iglesia es una maquinaria demasiado rígida, incapaz de producir en tiempo y forma los especialistas religiosos necesarios. Mientras los pastores del mundo evangélico se multiplican vertiginosamente —surgidos de las propias comunidades a evangelizar—, los seminarios de la Iglesia producen cada vez menos clérigos y, en muchos casos, desconectados de las realidades en las que deben incardinarse. Por otro lado, los sectores progresistas de la Iglesia insisten en los pocos avances a la hora de incorporar a las mujeres o aceptar el sacerdocio de los casados. En su inmensa mayoría, los sacerdotes siguen siendo hombres célibes en la Iglesia católica. Desde este ángulo, el problema no sería tanto una supuesta crisis vocacional derivada de las dinámicas culturales, como la incapacidad de la institución para ampliar las fuentes de reclutamiento.
León XIV pidió “respetar la soberanía” en Venezuela y recientemente trascendió que la Santa Sede intentó mediar en el conflicto, pero, por el momento, la diplomacia vaticana no quiere hacer olas.
A estos factores hay que sumarle también razones de naturaleza teológica e ideológica. Al revés de lo que suelen afirmar los tradicionalistas católicos, que acusaban a Francisco —y ahora a León XIV— de diluir el catolicismo en la cultura contemporánea, el catolicismo de Francisco —como el de Prevost— es claramente contracultural y va decididamente a contramano. Con Francisco, volverse católico no se hizo más sencillo —como denuncian estos grupos—, sino más bien todo lo contrario. En primer lugar, porque su papado subrayó la centralidad de la comunidad en la vivencia de la fe cristiana, por sobre las experiencias individuales de encuentro con lo sagrado que, en nuestros días, gozan de más aceptación. Si el objetivo era aumentar el número de fieles, cualquier asesor de marketing formado en sociología de la religión habría recomendado a Roma ir exactamente en la dirección contraria. En segundo lugar, Francisco alentó un catolicismo más bien desencantado. De un lado, porque cultivó una ritualidad austera, alejada del tradicionalismo y poco carismática; del otro, porque propició una concepción mucho más comunitaria que pentecostal de la esperanza.
El futuro, en la óptica de Francisco y ahora Prevost, deriva de la paciente y trabajosa construcción de la comunidad cristiana. Un proceso afirmado sobre el misterio de la fe y la fraternidad social, y no sobre el rol activo y cotidiano del Espíritu Santo. En esta versión del catolicismo, lejos de ser una presencia cotidiana, el milagro es, como en una cosmología atea, un fenómeno excepcional. En todo caso, en la teología de Francisco, el verdadero milagro cristiano es el surgimiento de la comunidad y el ejercicio de la misericordia. El grueso de los estudios disponibles sobre la demanda religiosa en América Latina, Estados Unidos y Europa demuestran que lo que se espera de manera mayoritaria de la religión es el milagro on demand, surgido, además, de una relación individual con lo sagrado. Por si fuera poco, allí donde se viven revivals en la Iglesia católica —como ocurre con algunos grupos de jóvenes en Francia o Estados Unidos—, las versiones del catolicismo que buscan no son la de Francisco, sino las más tradicionales que defienden principios de demarcación claros y excluyentes entre el afuera y el adentro, capaces de construir un sentido de pertenencia y diferenciación social fuerte.
Aunque León XIV parece ser consciente de estos problemas, su propia perspectiva, cercana a Francisco, lo enfrenta a dilemas similares y de difícil resolución. De momento, hizo lo posible sin apartarse del camino trazado por su antecesor. En este sentido, sus guiños a los rituales tradicionales y la restitución del canon tridentino respondieron tanto al intento de contener a los sectores antifrancisquistas como a la intención de dotar al catolicismo de herramientas algo más idóneas para enfrentar la competencia religiosa, atendiendo a la demanda ritual de muchos fieles. No obstante, la reciente resolución del Dicasterio para Doctrina de la Fe aclarando que la Virgen María no debe ser considerada “corredentora” —es decir, partícipe activa en la concesión de milagros y en la salvación del alma—, muestra justamente que no será sencillo para Prevost avanzar por dicha senda. El documento del prefecto para la Doctrina de la Fe, el resistido Víctor “Tucho” Fernández,nombrado por Francisco y de su entera confianza, va totalmente a contramano de la demanda de intervención cotidiana de lo divino, algo que, en el mundo católico, se canaliza en buena medida mediante la intercesión mariana en el marco de una teología oficial mucho más secularizada que la vivencia religiosa de los devotos. Es cierto que los fieles no suelen tener en consideración este tipo de documentos, pero no es una buena noticia desde el punto de vista de la competencia que el catolicismo sufre en América Latina de un lado de parte de pentecostales y del otro, entre los “sin afiliación”, de la paleta de formas de religiosidad new age y espiritualidades a la carta que no cesan de proliferar.
La “hipótesis Prevost”
¿Se vislumbra algo así como una estrategia o un plan en lo que va del papado de León XIV? ¿Existe una hipótesis Prevost? Creo que sí. Por el momento, la prioridad es la unidad, como dejó en claro el reciente consistorio de cardenales en Roma. Una unidad y armonía que, como señaló el cardenal colombiano Luis José Rueda tras la finalización del encuentro, no supone necesariamente “uniformidad”. Un tema siempre clave en la historia de la Iglesia. Prevost comparte con Francisco una misma concepción: la Iglesia es un complejo de opuestos, como la definía Carl Schmitt, o, como quería el filósofo ítalo-alemán Romano Guardini, una dialéctica permanente entre opuestos que no se sintetizan. El estilo cauto de Prevost es parte de su personalidad, pero también el corazón de su estrategia política: la herramienta con la que intenta mantener dicha dialéctica en funcionamiento. Francisco ya no podía apagar el motor de la polarización. Prevost parece decidido a encarar esa tarea. Por el momento, las aguas están algo más calmas y León XIV halló una fórmula adecuada para transitar la primera etapa de su papado. Habrá que ver hasta cuándo la apuesta por el equilibrio sirve.
El estilo cauto de Prevost es parte de su personalidad, pero también el corazón de su estrategia política.
Por otro lado, no hay que perder de vista los costos políticos de esta posición. La popularidad de Francisco puertas afuera de la Iglesia lo ayudó a mantenerse en el centro del ring y fue fundamental para proveerle los nutrientes necesarios para gobernar ese universo infinito y lleno de turbulencias que es la Iglesia. León XIV no va a contar con ese punto de apoyo, su estilo lo debilita en este aspecto y, quien sabe, tal vez, pueda costarle caro en el futuro cuando deba apelar a su propio capital político para navegar las tormentas que seguramente llegarán. Es un dato del que ya toman nota sus adversarios y enemigos. No son pocos.
Puertas afuera de la Iglesia, Prevost entiende que, en términos de mercado religioso, lo que el catolicismo tiene para ofrecer no es, por el momento, demasiado atractivo: casi contrahegemónico por definición, al menos en el mundo actual. Coincide con Francisco en que el paulatino giro a Asia debe mantenerse, aunque con ciertos matices. La visita de Bergoglio a Mongolia y a Japón y los esfuerzos del secretario de Estado Pietro Parolin para acercarse a China fueron delineando un sendero para el siglo en curso. De hecho, para algunos vaticanistas, el viaje a Mongolia tuvo entre sus incentivos la posibilidad de mantener una comunicación oficial con el gobierno chino mientras el avión con la comitiva papal atravesaba el espacio aéreo de la potencia asiática. Aunque los católicos no dejen de ser una ínfima minoría en las próximas décadas, dada la población del continente, pueden llegar a ser muchos en términos absolutos. Por supuesto, esta estrategia sólo tendrá éxito si se cumplen al menos dos condiciones. En primer lugar, será necesario apaciguar a los críticos dentro de la Iglesia, tal el caso del cardenal emérito de Hong Kong, Joseph Zen, buscando algún tipo de acuerdo. Prevost parece decidido a alcanzarlo. Recientemente le concedió una audiencia en Roma, algo que Francisco se había negado a hacer. En segundo lugar, y más importante, deberán preservarse los principales pies de apoyo de la Santa Sede en términos globales: los económicos (que provienen de Estados Unidos y Europa) y los religiosos (en América Latina y África). En este aspecto, América Latina sigue siendo muy importante. Allí se encuentran más de 400 millones de católicos, lo que representa alrededor de un 40 por ciento del total de los fieles. Por otro lado, si bien la natalidad cayó, sigue siendo, por detrás de África, el lugar más dinámico para la Iglesia. En este plano, y a propósito también de la intervención de EEUU en Venezuela, no me sorprendería que visitara relativamente rápido la región y en especial aquellos países que Francisco dejó en el haber: Argentina y Uruguay, y probablemente México, cuyas tensiones con Estados Unidos también están creciendo. En estos días, las declaraciones del cardenal argentino Vicente Bokalic tras su encuentro con León XIV alimentan las expectativas de su llegada a la región.
No me sorprendería que visitara relativamente rápido la región y en especial aquellos países que Francisco dejó en el haber: Argentina y Uruguay, y probablemente México.
Para enfrentar todos estos desafíos, desde las tensiones políticas al dinamismo evangélico, la Iglesia no tiene demasiadas cartas ganadoras. Una de las pocas con chances de éxito es, justamente, la presencia del papa. Prevost tendrá que usarla, y pronto.
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