A partir de la declaración de la AIC de emergencia hídrica de las cuencas de los ríos Neuquén, Limay y Negro, la Secretaría de Obras y Servicios de la Municipalidad de Villa Regina lleva adelante distintos trabajos para mitigar las consecuencias que esta situación puede generar en la provisión de agua potable en la ciudad, con vistas a la temporada de verano.
Uno de estos trabajos consiste en el dragado en la boca toma de la planta de bombeo de la Avenida Juan XXIII para mejorar el nivel de captación de agua. El secretario de Obras y Servicios Francisco Lucero explicó que la tarea apunta a que “pueda ingresar mayor caudal a la toma donde están las bombas que impulsan el agua a la planta potabilizadora, de esta manera nos estamos adelantando a la situación que no sólo nosotros vamos a tener con la emergencia hídrica que se anunció desde la AIC”.
Por otro lado, se procedió a la instalación de una bomba para captar agua filtrada de un pozo existente en la planta de bombeo de Godoy, lo cual también tiene como objetivo mejorar el caudal.
Lucero aclaró que, más allá de estos trabajos, “será fundamental la colaboración de los vecinos en el uso racional del agua”.
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Mucho antes de los cementerios-parque y de las grandes necrópolis suburbanas, Buenos Aires desarrolló una verdadera arquitectura de la muerte. El crecimiento de la ciudad obligó a trasladar cementerios, modificar costumbres y construir espacios monumentales donde las familias reproducían, incluso después de la muerte, las diferencias sociales de la vida cotidiana.
Por Redacción de NLI
Hay ciudades dentro de las ciudades que casi nunca miramos. Buenos Aires tiene una de ellas y está habitada por millones de personas que ya no están. Entre mausoleos, galerías, esculturas, árboles centenarios y calles perfectamente trazadas, los grandes cementerios porteños conservan una historia que excede ampliamente la cuestión funeraria. Son archivos arquitectónicos, sociales y políticos donde pueden leerse las transformaciones de la Argentina, desde la epidemia de fiebre amarilla hasta la inmigración masiva, el ascenso de las clases medias y la construcción de una identidad nacional.
El caso más conocido es el Cementerio de la Recoleta, pero su historia no comienza allí. Antes de que ese lugar se convirtiera en una de las necrópolis más famosas de América Latina, Buenos Aires había tenido otros cementerios ubicados mucho más cerca del centro urbano. El crecimiento demográfico y las sucesivas epidemias obligaron a las autoridades a replantear dónde y cómo debía enterrarse a los muertos.
El problema era sanitario, pero también profundamente cultural. Durante siglos, enterrar a una persona había estado ligado a iglesias y parroquias. La expansión de las ciudades modernas comenzó a separar progresivamente la muerte del espacio religioso y a convertir los cementerios en instituciones públicas, organizadas, reglamentadas y administradas por autoridades civiles.
La muerte también cuenta la historia de una ciudad
El traslado de los cementerios porteños estuvo estrechamente relacionado con las grandes epidemias que golpearon a Buenos Aires durante el siglo XIX. La fiebre amarilla de 1871, que provocó una de las mayores tragedias sanitarias de la historia argentina, aceleró una transformación que ya estaba en marcha: los cementerios ubicados dentro de zonas densamente pobladas comenzaron a ser considerados un problema para la salud pública.
La epidemia dejó decenas de miles de muertos y produjo una conmoción social enorme. Las autoridades comprendieron que la expansión urbana exigía nuevas políticas sanitarias, sistemas de agua y cloacas, hospitales y también una reorganización de los espacios destinados a los entierros.
Fue en ese contexto que adquirió importancia el Cementerio de la Chacarita, creado originalmente como consecuencia de la emergencia sanitaria. Lo que comenzó como una solución frente a una catástrofe terminó convirtiéndose en una de las principales necrópolis de la ciudad.
Pero mientras Chacarita adquiría una función más vinculada con el entierro masivo y popular, Recoleta desarrollaba otra característica: la monumentalidad.
En sus calles internas aparecen mausoleos familiares, esculturas, vitrales y obras realizadas por arquitectos y artistas de enorme prestigio. La explicación no es solamente estética. El cementerio se transformó también en un escenario donde las familias pertenecientes a los sectores más acomodados podían exhibir su posición social.
La ciudad de los vivos tenía sus palacios, sus avenidas y sus grandes edificios. La ciudad de los muertos también tenía los suyos.
Una sociedad entera quedó dibujada en sus mausoleos
Caminar por un cementerio monumental permite descubrir algo que los libros de historia muchas veces no muestran: cómo una sociedad quería ser recordada.
Los mausoleos familiares muestran apellidos vinculados con la política, la economía, las Fuerzas Armadas, la cultura y las grandes familias tradicionales. Pero entre esas construcciones también aparecen nombres de inmigrantes que lograron ascender socialmente y quisieron dejar una marca visible de ese recorrido.
La arquitectura funeraria se convirtió así en una especie de autobiografía colectiva.
Hay familias que eligieron monumentos sobrios; otras construyeron verdaderos templos en miniatura. Algunas encargaron esculturas de mármol importado y otras incorporaron símbolos vinculados con profesiones, creencias o acontecimientos familiares. Cada decisión transmitía una idea sobre quién había sido aquella persona y qué lugar había ocupado dentro de la sociedad.
El fenómeno no fue exclusivamente argentino. En las grandes ciudades de Europa y América, los cementerios monumentales se convirtieron durante los siglos XIX y XX en verdaderos espacios de representación social. Pero en Buenos Aires adquirieron una particularidad vinculada con la historia de una ciudad que recibió millones de inmigrantes y experimentó una transformación social extraordinariamente rápida.
En pocas generaciones, una familia podía pasar de la pobreza de los conventillos a la prosperidad económica. El mausoleo podía funcionar entonces como una declaración pública de ese ascenso.
La muerte, paradójicamente, se convirtió en otra forma de contar la movilidad social.
Cuando los cementerios dejaron de parecerse a una ciudad
Durante el siglo XX comenzó a cambiar nuevamente la relación de los argentinos con la muerte. La expansión de las ciudades llevó los cementerios cada vez más hacia las periferias. Aparecieron nuevas formas de entierro, nichos, bóvedas colectivas y, posteriormente, cementerios privados y parques.
También cambió la arquitectura. Los enormes mausoleos familiares dejaron de tener el protagonismo que habían alcanzado décadas atrás y comenzaron a ganar espacio soluciones más simples y funcionales.
La transformación no fue solamente económica. También cambió la relación cultural con la muerte. Las sociedades urbanas modernas tendieron a esconder cada vez más aquello que antes formaba parte visible de la vida cotidiana. Los antiguos velorios prolongados, las procesiones y determinadas ceremonias familiares fueron perdiendo presencia.
Los cementerios monumentales quedaron entonces como testimonios de una época en la que la muerte todavía ocupaba un lugar mucho más visible dentro de la vida social.
Y por eso resultan tan interesantes.
No son simplemente lugares donde descansan personas famosas. Son documentos históricos construidos en piedra. En ellos pueden estudiarse estilos arquitectónicos, transformaciones sociales, epidemias, migraciones, conflictos políticos, religiones, profesiones y hasta las aspiraciones de una sociedad.
Quizás por eso recorrer una necrópolis antigua produce una sensación extraña: uno camina por calles silenciosas, pero cada esquina cuenta una historia. Una escultura puede hablar de una tragedia familiar. Una fecha puede recordar una epidemia. Un apellido puede conducir hasta una empresa, un partido político o una institución que todavía existe.
Buenos Aires tiene varias de estas ciudades silenciosas. Y aunque millones de personas pasan cada año frente a sus puertas sin detenerse, detrás de ellas existe una parte fundamental de la historia argentina.
Porque los vivos construyen ciudades para vivir, pero también construyen lugares para ser recordados. Y cuando esas construcciones sobreviven durante más de un siglo, terminan contando una historia que ya no pertenece solamente a quienes fueron enterrados allí.
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El capocómico sobre el escenario toma a la vedette anónima, decorada con corpiño y colaless, el conchero de piedras plateadas brillantes. Un vestuario escaso. Rutilante. Ella mira hacia el frente. Él le pide “Dese vuelta”. Ella obedece. Queda de espaldas al público. Nunca sabremos su nombre. Su rostro, vedado para la audiencia. Y él, entonces, en lugar de hablarle a ella, le habla a su cola. “¿Cómo anda? Dice que anda muy bien. Miren y aplaudan este pastelito (se oyen aplausos). Parece el Canal de Suez pero más rellenito”.
Entre la burla, la exasperante cosificación y el destrato, la escena expresa un humor desconcertante. Es el teatro El Nacional; la serie no identifica a aquel hombre. Son los años 70.
Apreciamos la secuencia medio siglo después, muchas luchas y resignificaciones mediante, con otra sensibilidad de época. Aunque a algunas personas, de chicas, aquel tipo de imágenes ya nos daban rechazo al verlas en la TV de los 80 y 90. El capocómico, visto en el primer capítulo de la serie Moria, ejerce una dominación chabacana que no escandaliza a nadie, allí, en aquella escena de teatro de revista. La cámara se corre del escenario, mira de frente al público. Vemos muchas, demasiadas parejas heterosexuales en las butacas de aquel show erótico mezclado en este caso con bromas asquerosas. Eso corre por nuestra cuenta, no lo enfatiza la dirección; pero en su mirada no subrayada, siembra un germen, una potencia ante quien quiera repensar o recordar lo que nos era dado. En uno de los planos siguientes, un hombre se toca por encima del pantalón. El director se detiene, apenas, en aquel acto. Agradecemos que el detalle no se escinde y que se muestra; incluso luego de haber asistido al homenaje que hizo el año pasado el Teatro Nacional Cervantes, reivindicatoria del glam, los astutos monólogos humorísticos y la potencia de la crítica política del género. Es de celebrar que por apenas unos segundos, reiteramos, ese goce puramente masculino entre la institución matrimonial presente, se haga explícito. Primer guiño de que este relato no será ingenuo. Ni celebratorio per sé, aunque tampoco, claro, condenatorio.
Porque sobre la misma tabla, escaleras amplias con surcos de pequeñas luces, bajan mujeres esbeltas, cargan tacos, corsets, brillos y plumas sobre sus cuerpos hegemónicos. Moria entre ellas. En los primeros planos de la serie que acaba de estrenar Netflix, su director, Javier Van de Couter toma decisiones que marcarán el rumbo con coherencia.
Máquinas contemporáneas de hacer personas culo
Ya sabemos que a través de ciertos íconos aflora y se retroalimenta la sinuosa tensión entre lo social y lo personal, los códigos de cada época, modas, sobreentendidos y rebeliones. Moria concentra en sí misma todo lo que impone cada época que ella atraviesa y, al mismo tiempo, lo que es plausible de transgredir. Ahí radica su particularidad radical expuesta en la serie. Tendencia y subversión, sentido común y desvío de prácticas por fuera de lo considerado correcto. Por detrás de las reglas que casi todos aceptan. Todo en una misma persona; la absorción pop del desvío creativo. Un sujeto mainstream y de culto.
Durante mi adolescencia, sin análisis, sin pensarlo mucho ni en estos términos, Moria nos daba impresión. Nos olía a cómplice acrítica del patriarcado (sin que usáramos esas palabras) por sus participaciones en las películas de Olmedo y Porcel; tiempos de pleno auge de éxito y dinero gracias a la exhibición de su cuerpo (al mismo tiempo, con mis amigas queríamos ser modelos de pasarelas criadas a lechuga, sin cuestionarlas). En estos días pregunté a personas de diversas generaciones y ocupaciones qué imagen habían tenido de Moria. Una amiga me dijo que con compañeras de grado jugaban a desfilar como vedettes frente a un jurado de varones que les otorgaban una calificación, como en los concursos de Miss Universo. Aunque fueran niñas que aún no sabían de dónde venían los bebés. A sus siete años, mi amiga conocía una canción que Moria cantaba en TV en su programa Monumental Moria. En la serie, Sofía Gala canta un fragmento de aquel personaje “La pantera de Mataderos” («Yo soy la Rita de Mataderos, la que a los hombres saca el sombrero… ¡Chiribín, chiribín, pam, pam!») vestida super sexy y con un moño enorme en el pelo, allí ella era la capocómica.
También, en el recreo, jugaban a V Invasión extraterrestre. “Era la TV ATP de la época. Además, digamos todo, existían cuatro canales”. Fuera de capital las opciones se reducían a dos.
Un ahijado gay, que se dedica a la comedia musical y ronda los veintipico me dice que a Moria la conoció porque entre sus 9 y 11 años, en casa de sus abuelos miraban Bailando por un sueño, programa del prime time donde ella era jurado; él desconocía su pasado en el teatro.
Otras y otros confesaron haberla asociado a la dictadura. El aire de sospecha se diluyó con los años, cuando se volvió ícono de la comunidad LGTB (ella les ha dicho que no son “marginalidad” sino ““Margenialidad”) y luego armó Playa Franca.
Cada generación tiene su propia Moria. Y la serie, a su modo, las junta.
Sin ir a acontecimientos tan conocidos, la serie revela -no es spoiler, aparece al principio- una escena entre “la rubia” Susana Gimenez y la morocha Moria Casán de auténtica sororidad antes, de que la palabra estuviera al uso. Ambas, para cerrar un show, debían bailar con Porcel y Olmedo, respectivamente. Susana había dicho estar harta de que el “el Gordo” se zarpara. Moria lo ve, advierte los gestos desubicados, y hace cambio de parejas: va a bailar con él y desplaza a la rubia para, enseguida, por fuera del guión, terminar bailando junto a ella. Sublime click de rescate; cómplice, gracioso, de cofradía. Potenció, quizá, aquello de que si no se puede cambiar el sistema se lo puede trastocar, o alterar, desde adentro.
La Moria vanguardista se vanagloria de que en la firma de su primer contrato incluyó una cláusula que prohibía que “le tocaran el culo”. Moria ya no quería ser solo vedette, sino algo no apto para mujeres: quería ser capocómica. Y lo logró.
En el capítulo dos la voz over dice que desea verse en pasado, presente y futuro. A eso nos convoca el personaje y la historia social que se cuela en la suya. Los tiempos cambian, a su modo, y con sus matices. Hoy nos indigna ver situaciones como la del capocómico, la vedette y el Canal de Suez, pero esas formas no se han ido. Todavía existen, se bailan y se celebran masivamente. Ante mi prejuicio inicial por aquellos malos recuerdos televisivos, reveo las canciones que muchas bailamos y se oyen en el subte, el la calle, en ciertas discos: sustituyen el sustantivo persona o mujer por “culos”, desde Becky G a Maluma (campeón de los culos homofóbicos, celebratorio de los heteronormativos como metonimia, y como literalidad en sus videos y en sus shows; pagué la entrada para ir a su último recital en Argentina). Por ejemplo, junto Carin León en el tema “Según quién”, cantan:
“Ahora tengo un culo inédito Que se lleva to’ lo’ méritos ‘Tá conmigo porque quiere Tú estaba’ por la de crédito”
Naty Natasha acusa: “probaste con otro culito”. En “De respuesta” dicen Luar La L y Jon Z, precisamente tener “otro culo de respuesta” cuando ella no le contesta los mensajes. Miles de ejemplos donde el varón está feliz porque tiene más “culos” (o sea mujeres, curiosamente) desde que lo dejaron; o se va del boliche con “un culo”. Nunca la palabra mujer, chica… ni siquiera gata. Canciones que ocupan primeros puestos entre los más escuchados de Spotify, en pleno pico del trap y otros géneros de la música urbana; año 2026.
La impunidad es total
De mínima nadie dudaría de su velocidad mental –“lengua karateca”- impecable a sus 80 años. Una labia comparable, ya se dijo, a la elocuencia creativa de Maradona. Y agrego, en el plano literario un parentesco de locuacidad como la del escritor argentino Rodolfo Fogwill, performer en cada una de sus puestas en escena, despotricador contra los negocios culturales y sus popes. Aunque ella no horada tanto a la industria, su operación es distinta. No le pedimos más -a las deidades se les piden cosas, por eso aclaro esta excepción-. No lo necesitamos por lo ya expuesto: la suya parece ser la estrategia de la dinamita calculada, la conciencia de su bien de cambio para trastocar el propio ecosistema a medida de sus necesidades, sembrando un surco para quienes puedan verlo, para quienes vinieron y vendrán. Incluso, en esta larguísima era gerontofóbica, qué más rebeldía que esta serie, y como ella dice -niega que le preocupe la edad- esta “vigencia”.
La dirección de la serie tiene otros guiños. Al toque de arrancar oímos “¿Cómo se cuenta una vida?”. Subrepticia, se asume como versión, y se agradece la honestidad ante la versión oficial. ¿Cómo serían otras? A partir de esa puesta en abismo creemos todo, aunque el registro visual a veces se apegue a lo onírico, plasmando en imágenes de luces y fantasía que buscan transmitir sensaciones en un ir y venir acompasado con las acciones realistas. El juego estético es el del compás, el del vaivén de la relación sensual, del coqueteo del cortejo y el sexo. Por momentos la vida, en la serie, es un set explícito. Por ejemplo, vemos a Moria, sólo con un giro de cámara, ir de un salto desde la Facultad de Derecho al teatro; una ráfaga como transición.
Corriéndose de los vicios habituales de las biopics autorizadas, la serie recurre a dosificados claroscuros de rigor para cumplir con el mandato de la ficción biográfica. Cuando ya estamos por agobiarnos de tanto oír la palabra “yo”, de las sentencias bravuconas y autocelebratorias como “lo único que me va a golpear a mí es el éxito”, vemos que, mostración de la mostra, ya la ha golpeado un novio. Cuando oímos máximas que van desde su oda a la propia inmortalidad –“cuando me muera voy a resucitar al cuarto día”- vemos, en una escena a contraluz que la aísla sobre un fondo difuso, decir que tuvo dos embarazos indeseados y se los tuvo “que sacar”. Escena sobria que, potente, da cuenta del momento de soledad y desamparo de la superheroína.
El tono no victimizante roza por momentos la omnipotencia; convive con aspectos que, digamos, pueden cortar cualquier tipo de identificación y empatía, clave para las prerrogativas necesarias en el avance y funcionamiento de la narrativa.
La impunidad es total. Lo que en otros sería pura soberbia (“Soy la One”, la autodenominación poco humilde de deidad “la santa de las tetas”, “una Difunta Correa”) y frivolidad (“detesto el sufrimiento”) en la construcción de sí misma, en ella es una fibra protectora donde todo es festejado, con exención de probables desagrados. Donde en otros sería odiosa petulancia trepadora o de abuso de poder (ensañarse desde lugares de superioridad como lo es la conducción de un Talk show, o la condición de jurado en un concurso) o pura crueldad, cuando destella su veneno en forma de insultos o cuando hace un chiste terrible a su hija Sofía Gala y ella no se ríe, llora. La misma crueldad que convierte, por su énfasis en la pronunciación de la “í”, un insulto común en uno degradante: “Ridícula”. Que nos da mucha gracia (si no nos toca).
Jugar a la casita, dirigir a las muñecas
La serie construye un mundo alterno con su código metatextual: es consciente de quien lo cuenta y juega con esa posición. El mundo Moria Casán también, y esto, desde ya, implica un lenguaje corporal, un léxico, y además, en este caso una mirada canchera y superada sobre aquel territorio. Y esa actitud de siempre para adelante, de nunca menos. Moria crea y recrea un campo semántico repleto de frases mantras, imágenes memes, imperativos salvadores, pequeñas venganzas dañinas en potencia, consuelos justos al expresar emociones de un clima de época -de nuevo la época- donde la matriz cultural cotidiana es la de la autoayuda. Los imperativos clasificatorios que nos diagnostican vía Instagram y Tik Tok nuestro grado de empoderamiento, sumisión, “toxicidad”, etcétera. En ese contexto, los memes de Moria son efluvios positivos. Nos dan el consuelo del ingenio; nos regalan la frase para la réplica perfecta en una atmósfera cultural que pide, aun por fuera del haterismo y los trolls, cierta malicia, mucha ironía y vitalidad.
Sus definiciones como “el decorado se calla” son latigazo consolatorio y arma retórica letal. Una herramienta a mano para defendernos o proponer interpretaciones en nuestro cotidiano híbrido y convivencial entre la calles, las redes y el Whatsapp.
Yo no me borro, yo me reseteo. Para atrás ni para tomar impulso, siempre para adelante.Soy una constructora de mi propia realidad, el resto es utilería. No tengo edad, tengo vida. Yo no soy una diva, soy una oruga que se transforma todo el tiempo.
Decenas más: fórmulas irónicas para sobrevivir algún mal trago y contraatacar o reír. Moria es una pieza de autoayuda disponible, nunca ingenua, y eso funciona como réplica a la apuesta estética de la serie. Su halo de autoridad se confunde, gracias al carisma y al humor, en horizontalidad, como expone el capítulo donde, en Paraguay, la privan de su libertad y las reclusas la celebran. Reina y proletaria a la vez. No nos colgamos ni de su culo ni de sus tetas, sino, con nuestra reescritura cotidiana, a las útiles puñaladas de su ingenio. Gana la hipérbole, porque la retórica de Moria nunca se queda a mitad de camino.
La estética de la serie responde a la magnificencia con recursos similares pero con dosificación: no esperemos una emulación del cine de Paolo Sorrentino. Pero tampoco un tono realista, ni imágenes de archivo full documental. Moria, redundamos, excede las dimensiones habituales. “Mostra”. “Monumental”, “Obelisco con tetas”. Por eso en la serie reverbera armónico y coherente el recurso de «desacople de escala», aquello que pasa cuando el espacio cambia y de pronto se muestra una escenografía, e interviene un personaje en su tamaño “real”. O no, porque no sabemos, ¿cuál es el tamaño real de la narradora creadora de su propio relato?
El artificio de la historia oficial se confiesa con gracia y creatividad; se ríe de sí mismo. Además del registro por momentos fantasioso más que fantástico, y surreal -ella nadando entre sábanas de seda, y otros que remiten al líquido amniótico, por ejemplo. Con el recurso de la Moria directora de un show de sus propias marionetas -así podemos juzgarlo-, el escenario y sus personajes son obra tensa y chispeante entre protagonista y realizador. El territorio de la ciudad a lo largo de los capítulos aparece, de manera esporádica, como maqueta y funciona como leit motiv. Maquetas como esas que con dedicación construyen las estudiantes de arquitectura o en la escuela los alumnos torpes de primaria, con cartón para emular los mitos fundantes: la casa de Tucumán, el Cabildo. Y también como las nenas cuando jugamos a las muñecas y a la casita. Y allí, en aquel decorado, aparece la propia Moria: y mira enorme, desde arriba. Como supervisando. Nos sentimos controlados, ¿o avalados para creer su propia ficción?.
A veces la maqueta es su propia casa y la vemos observar a sus diminutas Morias del pasado a través de la ventana, al mismo nivel: Sofía Gala, Griselda Siciliani o Cecilia Roth actuando las etapas de su vida. Se mete, enorme, en su propia intimidad representada.
Y cuando Moria observa a sus diminutas Morias vuelve la pregunta, la duda y la aseveración. Ella mueve los hilos de su propia historia. Y quizá, como hizo con su hábitat del espectáculo desde el comienzo de su carrera, subvierte y juega con las reglas dadas, y con las propias. En su grandilocuencia existencial, en su andar estridente, la serie propone un camino de fantasía, fantástico, un juego ético y estético, entre luchar y ceder, encajar y reinventar.
En el día de la fecha el Concejo Deliberante en sesión online aprobó una moción presentada para la concejal Agustina Fernandez (JSRN) para que la ordenanza sobre semáforos sonoros sea votada si o si la semana que viene. Como el reglamento interno dispone, más allá del trato que le dé la comisión de planificación, comisión…
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