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NO VOTAR NO CAMBIA NADA

Como viene siendo una costumbre en la provincia, volvió a ganar Juntos Somos Rio Negro que tendrá su 4to mandato consecutivo, tercero del ahora senador Alberto Weretilneck. Un triunfo cantado si entendemos que el oficialismo llegaba a las elecciones con varios frentes de conflictos (caso docencia, salud y seguridad) pero sin oposición firme, y en gran parte fue por la estrategia cooptativa de las colectoras (principalmente la alianza con el camporista Doñate) puesta en práctica por el líder de Juntos para este 2023. Pero más allá del triunfo, JSRN no tiene demasiado para festejar ya que los números no son los que auguraban sus encuestas.

Rio Negro tiene 589mil electores habilitados, votaron 378.500. En la provincia el total de votantes fue del 66% del padrón electoral (75% en 2019). Uno de cada tres personas prefirió no ir a votar en una clara crisis de representatividad que hay que subsanar.

Hagamos un breve repaso para entender por qué propongo que el oficialismo tiene más para analizar que para festejar.

En 2019 una ignota Arabela Carreras consiguió el 52% de los votos para acceder a la gobernación, esto fue luego de una buena estrategia de Weretilneck que mientras se dirimía en la junta electoral si podía o no ser candidato a una re reelección puso el aparato político a disposición e hizo toda la campaña con su figura como eje, a sabiendas que no iba a poder ser candidato, cuando la junta electoral definió esto, la campaña ya estaba encaminada. Ese 52% conseguido sobre el total de votos, respondía a un casi 40% del total del padrón electoral.

En estas elecciones 2023 solo cosechó el 31% sin contar lo que le sumaron las colectoras (encabezó 3 listas), unos 10 puntos le acarreó la alianza con Nos Une Rio Negro del senador camporista Martín Doñate y unos 7 la UCR. Ese 31% del total de votos se convierte en un magro 18,5% del total del padrón, o si invertimos la lectura podríamos decir que un 80% del padrón electoral no acompañó al oficialismo este fin de semana. Ganó pero lejos está de festejar. La magia esta vez (otra vez), estuvo en la anticipación del escenario, en la lectura previa.

La estrategia de la alianza con Nos Une Rio Negro que le entregó 10 puntos a Weretilneck tuvo más peso desde lo disruptivo dentro del peronismo que desde lo que aportó en números, aunque es válido mencionar que con las 5 bancas a las que accedió en la legislatura Nos Une RN le estaría dando la mayoría en el recinto al oficialismo que consiguió 18 (la UCR le aporta otras dos). Como decía a Weretilneck le alcanzaba igual para ganar sin los votos de Doñate, pero puertas adentro del peronismo, la alianza disoció aún más la cuestión de un partido desestructurado con lucha de egos constantes que ya hace rato viene a los chancletazos.

Analizando números fríos, en unión las listas peronistas se hubiesen conformado en la segunda fuerza provincial con una buena oposición en la legislatura con al menos 10 bancas, evitando que el oficialismo tenga mayoría. Entre Silvia Horne (Vamos con todo) y Nos Une RN juntaron 20 puntos (36mil y 38mil votos respectivamente), más 5 puntos de Gustavo Casas Unidad para la victoria (16mil votos), serían apróximadamente un 25% (90mil votos aprox) muy cercano a Weretilneck que con su lista sin colectoras sumó 31 (109mil).

Un buen ejemplo de la tendencia verde negativa es el de su relación con Gral. Roca, una ciudad en la que el oficialismo no logró entrar. Si bien pudo ir achicando los márgenes sucesivamente desde 2015, de 20pts a 12 y a 5 en las PASO 2021, en las últimas elecciones municipales Soria volvió a pisar la diferencia de 20pts de hace 10 años atrás. En parte por la buena lectura de la intendenta roquense de separar las elecciones municipales de las provinciales. En estas provinciales 2023 en Roca JSRN (19pts) sin colectora estuvo por debajo de Horne (21pts) y de Cambia Rio Negro (25pts).

Cambia Rio Negro con Tortoriello a la cabeza hizo una buena campaña con casi 24 puntos (83mil votos) y 14 bancas en la legislatura lo que lo posiciona como la 2da fuerza provincial. Como decía, en la legislatura, el oficialismo tendrá mayoría sumando los aliados. Tiene 18 propias, más dos de la UCR, más cinco de Nos Une. El peronismo que no apoyó a Weretilneck tiene otras cinco bancas. ¿La sorpresa? los 10pts que sumó el partido libertario Primero Rio Negro encabezado por el (también) peronista Ariel Rivero con más de 30mil votos que le adjudicaron dos bancas en la Legislatura.

Para retomar el inicio y darle un cierre al contenido menos del 20% de los rionegrinos y rionegrinas habilitadas para votar eligieron acompañar al oficialismo y solo con eso le alcanzó para mantenerse en el poder. El 33% del padrón decidió no hacerlo en disconfomidad con la clase política, pero no hay nada menos disruptivo que no votar, ya que esa opción solo acrecienta las posibilidades de mantener el status quo, ese status que te lleva a tomar la decisión de no cumplir con tu deber cívico. Paradójico.

No votar no cambia nada.

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    El gigante olvidado que alimentó a millones: cómo nació el Mercado Central y por qué sigue siendo una pieza clave de la mesa de los argentinos

     

    Cada vez que aumenta el precio de las frutas y las verduras, el nombre del Mercado Central vuelve a aparecer en los medios. Sin embargo, pocas personas conocen la historia de este gigantesco centro de abastecimiento que, desde hace más de cuatro décadas, organiza buena parte de la distribución de alimentos frescos del Área Metropolitana de Buenos Aires. Su creación respondió a una idea que hoy vuelve a generar debate: que el Estado también podía intervenir en la comercialización para evitar abusos, transparentar precios y acercar alimentos a millones de consumidores.

    Por Redacción de NLI

    Cada madrugada, cuando la mayor parte de Buenos Aires todavía duerme, una ciudad paralela comienza a ponerse en movimiento a pocos kilómetros de la General Paz. Cientos de camiones provenientes de todas las regiones productivas del país ingresan cargados de frutas, verduras y hortalizas. En cuestión de horas, miles de toneladas cambian de manos, se negocian precios, se organizan cargas y vuelven a salir con destino a verdulerías, supermercados, comercios de barrio y ferias de toda el Área Metropolitana. Ese movimiento cotidiano, que para la mayoría de los consumidores permanece invisible, convierte al Mercado Central de Buenos Aires en uno de los principales nodos alimentarios de la Argentina.

    Aunque suele aparecer en las noticias cuando se realizan operativos de control de precios o cuando alguna crisis económica impacta sobre el costo de los alimentos, el Mercado Central cumple una función mucho más amplia que la de un gran mercado mayorista. Desde su inauguración en 1984 fue concebido como una herramienta para ordenar la comercialización de productos frescos, reducir costos logísticos y transparentar un circuito donde históricamente convivieron pequeños productores, grandes intermediarios y miles de comerciantes minoristas. Su existencia expresa una discusión que atraviesa buena parte de la historia económica argentina: hasta dónde debe intervenir el Estado cuando se trata de garantizar el acceso de la población a bienes esenciales.

    La decisión de construir un mercado concentrador de escala metropolitana comenzó a tomar forma durante la década de 1970, cuando el crecimiento urbano había vuelto insuficientes los antiguos mercados que abastecían a Buenos Aires. La expansión demográfica, el aumento del consumo y la necesidad de mejorar las condiciones sanitarias y logísticas impulsaron la creación de un espacio capaz de concentrar buena parte del comercio mayorista de alimentos frescos. El resultado fue un predio de más de quinientas hectáreas ubicado estratégicamente en La Matanza, con acceso directo a las principales rutas del país y preparado para recibir producción proveniente de todas las economías regionales.

    Mucho más que un lugar donde se venden frutas y verduras

    Con el paso del tiempo, el Mercado Central se convirtió en una pieza fundamental para comprender cómo funcionan los precios de los alimentos en la Argentina. Allí confluyen productores de Mendoza, Río Negro, Misiones, Jujuy, Tucumán, Entre Ríos, el cinturón hortícola bonaerense y prácticamente todas las regiones agrícolas del país. La enorme concentración de oferta permite observar, casi en tiempo real, cómo influyen las condiciones climáticas, los costos del transporte, las variaciones estacionales y los cambios económicos sobre el valor de los productos que luego llegan a la mesa de los consumidores.

    Sin embargo, entre el productor y quien finalmente compra un tomate o una naranja suele existir una extensa cadena de intermediación. Transporte, almacenamiento, distribución y comercialización agregan costos que muchas veces multiplican el precio original varias veces antes de llegar a una verdulería. Por esa razón, el Mercado Central también fue pensado como un espacio donde los valores mayoristas pudieran servir como referencia para evitar distorsiones excesivas y ofrecer información pública sobre la evolución de los precios.

    A lo largo de su historia, distintas administraciones utilizaron esa herramienta de maneras diferentes. En algunos períodos se impulsaron programas destinados a acercar productos directamente al consumidor, mientras que en otros predominó una lógica de menor intervención estatal. Ese vaivén refleja una discusión mucho más amplia sobre el papel que debe asumir el Estado frente a la inflación alimentaria y la concentración económica.

    Un termómetro de la economía cotidiana

    Pocas instituciones muestran con tanta claridad los efectos de una crisis económica como el Mercado Central. Cuando una sequía reduce la producción, cuando una helada destruye cultivos o cuando aumentan los costos del combustible, el impacto suele reflejarse rápidamente en las operaciones que allí se realizan. Pero también ocurre lo contrario: cuando la demanda cae porque las familias pierden poder adquisitivo, los operadores mayoristas son de los primeros en advertir el cambio.

    Por eso, recorrer el Mercado Central es también recorrer una parte de la economía real argentina. Allí no se habla únicamente de estadísticas o indicadores macroeconómicos. Se habla de cosechas, de pequeños productores que intentan sostener su actividad, de comerciantes que calculan cuánto podrá pagar el cliente del barrio y de consumidores que cada vez deben mirar con más atención el precio de los alimentos básicos.

    En los últimos años, esa realidad volvió a adquirir una fuerte dimensión política. El incremento sostenido del costo de vida, la pérdida del poder adquisitivo de salarios y jubilaciones y las sucesivas discusiones sobre el rol del Estado en la regulación de los mercados alimentarios colocaron nuevamente al Mercado Central en el centro del debate público. Para algunos sectores, debe limitarse a cumplir una función logística; para otros, constituye una herramienta estratégica para garantizar el acceso a alimentos en condiciones razonables y reducir el poder de negociación de los grandes grupos concentrados.

    Una discusión que excede a un mercado

    La experiencia internacional demuestra que prácticamente todas las grandes ciudades cuentan con mercados concentradores destinados a organizar el abastecimiento de alimentos frescos. La diferencia radica en el papel que cada Estado decide asignarles. Algunos funcionan exclusivamente como centros privados de comercialización; otros cumplen además funciones de regulación, generación de información y promoción de pequeños productores.

    La Argentina todavía mantiene abierto ese debate. En un país productor de alimentos, donde periódicamente resurgen discusiones sobre inflación, concentración económica y seguridad alimentaria, el Mercado Central representa mucho más que un enorme predio lleno de camiones y galpones. Es el punto donde confluyen el trabajo de miles de productores, las necesidades de millones de consumidores y una vieja pregunta sobre el modelo económico: quién fija el precio de los alimentos y qué herramientas tiene la sociedad para evitar que un bien esencial quede exclusivamente librado a la lógica de la especulación.

    Cada madrugada, cuando los primeros camiones cruzan sus portones, el Mercado Central vuelve a poner en marcha una maquinaria silenciosa que alimenta a millones de personas. Su historia demuestra que detrás de cada fruta y cada verdura existe una compleja red de trabajo, producción y distribución. También recuerda que discutir cómo llegan los alimentos a la mesa de los argentinos nunca fue solamente una cuestión comercial: es, ante todo, una discusión sobre el derecho a una alimentación accesible y sobre el papel que el Estado decide asumir para garantizarla.

     

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