Este lunes se realizó el acto de asunción de autoridades en la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS), con la presencia del intendente de Malvinas Argentinas, Leo Nardini.
Nardini estuvo acompañando en el estrado por referentes académicos y gremiales como Flavia Terigi, rectora de la institución en uso de licencia y actual directora general de Cultura y Educación bonaerense.
En su discurso, Nardini resaltó el valor de la institución para las familias de toda la región: «La Universidad General Sarmiento es el orgullo, la usina de profesionales que nos acompañan en nuestros equipos y que nutren la política institucional de municipios como San Miguel, José C. Paz, Pilar, Tigre y muchos otros», dijo.
A mediados de la década de 1980, vecinos del viejo General Sarmiento impulsaron el Consejo Multisectorial Pro-Universidad, que integró a distintos sectores de la comunidad con el objetivo de instalar una universidad nacional en la región.
Ese esfuerzo logró la sanción de la Ley 24.082 en mayo de 1992, que dio origen a la Universidad Nacional de General Sarmiento. Con la división del distrito en 1994, el campus fue instalado en Los Polvorines, dentro del municipio de Malvinas Argentinas.
Hace no mucho tiempo hubo un gobierno con una mirada inclusiva que pensaba un país donde la educación era primordial, donde había que invertir en el conurbano para que los chicos tengan la oportunidad de acceder a la educación pública y de calidad
Más de 30 años después, universidad y distrito crecieron a la par. En 2016, ya como intendente, Nardini firmó un convenio marco que consolidó hitos de gestión conjunta y fortaleció la articulación institucional.
«En estos años que nos tocó estar al frente del municipio, hemos tenido la suerte de articular y llevar adelante diferentes acciones con esta universidad, que les da la oportunidad a miles de jóvenes de seguir formándose porque quieren un país mejor, una provincia más pujante y poder aportar en el lugar donde viven», dijo Nardini.
Este año, la comunidad académica realizó su octava elección, designando a Germán Pinazo como rector y a Julia Smola como vicerrectora para el período 2026-2030. El intendente puso de manifiesto el valor de un Estado que tenga como pilar fundamental la educación.
«Hace no mucho tiempo hubo un gobierno con una mirada inclusiva que pensaba un país donde la educación era primordial, donde había que invertir en el conurbano para que los chicos tengan la oportunidad de acceder a la educación pública y de calidad», dijo.
Así, reafirmó el apoyo y acompañamiento a las nuevas autoridades desde el Estado municipal: «En estos momentos difíciles, con un gobierno nacional que no cree que hay que seguir destinando recursos a la educación, tenemos que redoblar el esfuerzo», sostuvo.
En ese sentido, puso a disposición el municipio «para colaborar en todo lo posible y trabajar codo a codo por un Malvinas mejor, una región más fuerte, una provincia digna y la Argentina grande que todas y todos queremos».
También participaron en la actividad el titular de la Federación de Trabajadores de Universidades Nacionales (FATUN), Walter Merkis, la titular de la Confederación de Docentes Universitarios (CONADU), Clara Chevalier y el rector de la Universidad Nacional de Hurlingham, Jaime Perczyk.
Además, Franco Bartolacci, presidente del Consejo Interuniversitario Nacional (CIN) y rector de la Universidad Nacional de Rosario (UNR); y Germán Pinazo, rector entrante.
Investigadores de la Universidad Nacional del Comahue y de Mar del Plata publicaron un estudio piloto donde demuestran la existencia de plaguicidas prohibidos y de uso actual en las placentas de mujeres de Río Negro y Neuquén. Afecta a los recién nacidos. El estudio, publicado a fines de 2022 en la Revista de Salud Ambiental…
La llegada de la electricidad transformó Buenos Aires mucho más allá del alumbrado público: modificó el trabajo, el transporte, los hogares y la vida nocturna de la ciudad.
Por Redacción de NLI
En 1931 se apagó el último farol alimentado con alcohol de la Ciudad, ubicado en Villa Lugano
Hoy resulta casi imposible imaginar una Buenos Aires en la que encender una luz no fuera un gesto automático, en la que una calle pudiera quedar prácticamente a oscuras después de la puesta del sol y en la que las actividades económicas, culturales y sociales estuvieran condicionadas por la disponibilidad de iluminación natural. Sin embargo, durante buena parte del siglo XIX esa era la realidad cotidiana de los porteños, y la transformación que posteriormente produjo la electricidad fue tan profunda que terminó modificando no solamente la manera de iluminar una habitación, sino también los horarios de trabajo, el funcionamiento de las fábricas, el transporte, los espectáculos, la actividad comercial y hasta la percepción que los habitantes tenían de su propia ciudad. La electrificación de Buenos Aires fue, en definitiva, una de las grandes revoluciones silenciosas que construyeron la metrópolis que conocemos actualmente.
La electricidad no apareció de golpe ni llegó a todos los hogares al mismo tiempo, sino que atravesó un largo proceso de experimentación, inversiones y construcción de infraestructura que acompañó la modernización acelerada de Buenos Aires durante las últimas décadas del siglo XIX. Antes de convertirse en un servicio cotidiano, fue una tecnología extraordinaria que se utilizaba en demostraciones, instalaciones particulares y determinados espacios públicos o comerciales, mientras que la iluminación urbana dependía fundamentalmente de sistemas basados en el aceite y, posteriormente, en el gas. El verdadero cambio comenzó cuando la generación eléctrica pudo combinarse con redes de distribución suficientemente amplias como para llevar energía desde las centrales hasta distintos puntos de la ciudad, porque la revolución no consistía simplemente en inventar una lámpara eléctrica, sino en construir un sistema capaz de hacer que millones de personas pudieran encenderla cuando quisieran.
Antes de la electricidad, la noche era otra cosa
Durante siglos, la oscuridad había impuesto límites concretos a la actividad humana. En una ciudad como Buenos Aires, donde la vida económica y social fue creciendo rápidamente durante el siglo XIX, las alternativas para iluminar las calles y los edificios eran necesariamente limitadas. Las velas y las lámparas de aceite permitían resolver determinadas necesidades domésticas, mientras que el alumbrado público requería sistemas de mantenimiento permanente que no podían ofrecer la intensidad ni la regularidad que posteriormente alcanzaría la iluminación eléctrica.
La incorporación del alumbrado a gas representó un avance enorme y constituyó uno de los primeros pasos hacia una ciudad capaz de prolongar su actividad después de la puesta del sol. Las calles, edificios y espacios públicos podían disponer de una iluminación mucho más potente que la ofrecida por las tecnologías anteriores, y Buenos Aires comenzó a experimentar una transformación de sus hábitos nocturnos. La aparición del gas también demostró que la iluminación urbana podía convertirse en una infraestructura permanente y organizada, dependiente de redes y empresas especializadas, y no solamente de miles de pequeñas fuentes de luz distribuidas individualmente.
Pero el gas todavía tenía limitaciones importantes y, sobre todo, pertenecía a una etapa tecnológica que estaba empezando a quedar atrás frente a las posibilidades de la electricidad. Las grandes ciudades del mundo experimentaban entonces una carrera por incorporar nuevas formas de energía a sus sistemas urbanos, y Buenos Aires, que pretendía consolidarse como una capital moderna vinculada económica y culturalmente con Europa, no permaneció al margen de ese proceso.
La electricidad llegó primero como una demostración de futuro
Las primeras experiencias eléctricas porteñas estuvieron lejos de parecerse al sistema que hoy consideramos normal. Durante las décadas iniciales, la electricidad podía encontrarse en instalaciones particulares, establecimientos específicos o demostraciones destinadas a mostrar las posibilidades de una tecnología que todavía resultaba novedosa para la mayoría de la población. El problema no era solamente conseguir producir electricidad, sino encontrar una forma eficiente de distribuirla y mantener el suministro de manera relativamente estable.
Ese aspecto resulta fundamental para comprender cualquier proceso de electrificación: una ciudad no se electrifica instalando lámparas, sino construyendo una red. Esa red necesita centrales generadoras, sistemas de transporte de la energía, estaciones de transformación, tendidos, instalaciones de seguridad y una organización empresarial capaz de mantener todo el conjunto funcionando. Cada nuevo usuario agrega demanda y obliga a ampliar la infraestructura, por lo que la electrificación se convierte rápidamente en un proceso acumulativo en el que una mejora tecnológica genera nuevas necesidades y esas necesidades impulsan nuevas inversiones.
Buenos Aires comenzó a atravesar ese proceso mientras experimentaba una expansión demográfica y económica extraordinaria. La llegada masiva de inmigrantes, el crecimiento de las actividades comerciales, la expansión de los servicios y el desarrollo de nuevas zonas urbanas generaban una demanda cada vez mayor de infraestructura. La electricidad encontró allí un terreno particularmente favorable porque podía responder simultáneamente a necesidades muy diferentes: iluminar, mover máquinas, alimentar sistemas de transporte y, con el tiempo, hacer funcionar una enorme cantidad de aparatos domésticos.
Cuando la luz empezó a cambiar los horarios
La consecuencia más evidente de la electrificación fue, naturalmente, la iluminación, pero su verdadero impacto estuvo en todo aquello que la iluminación hizo posible. Cuando una ciudad consigue disponer de luz artificial abundante y relativamente estable, comienza a modificar su relación con el tiempo, porque las horas posteriores al anochecer dejan de representar necesariamente el final de la actividad.
Los comercios podían extender sus horarios, los teatros y salas de espectáculos podían funcionar con mayor comodidad, los restaurantes podían recibir clientes durante más tiempo y las calles podían mantener una actividad nocturna que anteriormente estaba mucho más condicionada por las posibilidades de iluminación. La noche comenzó a incorporarse progresivamente a la vida económica y cultural de Buenos Aires, y con ella apareció una nueva percepción de la ciudad: una metrópolis que no necesitaba apagarse completamente cuando desaparecía la luz natural.
Este cambio tuvo una dimensión social particularmente importante porque modificó las rutinas de una población que hasta entonces había organizado buena parte de su vida alrededor del ciclo natural del día y la noche. La electricidad permitió que el tiempo útil de una jornada se ampliara, aunque esa posibilidad también tuvo consecuencias contradictorias, especialmente en el mundo del trabajo, donde la existencia de iluminación artificial podía significar tanto mejores condiciones para determinadas tareas como la posibilidad de extender los horarios laborales.
La fábrica ya no tenía que obedecer al sol
La industria fue uno de los sectores que más rápidamente aprovechó las posibilidades de la electricidad. Las fábricas podían incorporar iluminación más eficiente y, progresivamente, utilizar motores eléctricos que ofrecían ventajas importantes frente a otras fuentes de energía. La electrificación industrial no solamente permitió mejorar determinadas condiciones de producción, sino que facilitó una organización mucho más flexible de las instalaciones, porque la energía podía distribuirse hacia diferentes máquinas sin depender exclusivamente de un único sistema mecánico central.
En Buenos Aires, este proceso acompañó la expansión de una economía urbana cada vez más diversificada, en la que crecían las actividades manufactureras, los talleres y las empresas vinculadas con el consumo de una población en aumento. La electricidad permitió que la producción pudiera desarrollarse durante períodos más extensos y contribuyó a crear una ciudad industrial que necesitaba cantidades cada vez mayores de energía.
Pero aquella transformación también planteó una contradicción que acompañaría la historia del desarrollo industrial durante décadas. La electricidad podía mejorar la productividad y las condiciones materiales de determinadas tareas, pero al mismo tiempo permitía que las empresas extendieran los períodos de funcionamiento, porque la llegada de la noche ya no constituía necesariamente una barrera técnica para continuar produciendo.
La modernización, como tantas veces ocurrió en la historia, no tenía una única consecuencia social.
La electricidad también empezó a mover la ciudad
La expansión de la electricidad no se limitó a los edificios y las fábricas, porque muy pronto alcanzó otro de los grandes problemas de una Buenos Aires en crecimiento: el transporte. El desarrollo del tranvía eléctrico permitió reemplazar progresivamente los antiguos sistemas de tracción animal por vehículos que podían desplazarse mediante energía eléctrica, ampliando las posibilidades de transporte urbano y contribuyendo a la expansión territorial de la ciudad.
Esto produjo un efecto particularmente importante porque la electrificación empezó a actuar simultáneamente sobre dos dimensiones fundamentales de la vida urbana: permitía iluminar la ciudad y, al mismo tiempo, permitía moverla. Los cables eléctricos comenzaron a formar parte del paisaje porteño y la infraestructura necesaria para sostenerlos se convirtió en una nueva capa tecnológica superpuesta sobre una ciudad que ya estaba creciendo rápidamente.
Los tranvías eléctricos ayudaron a conectar barrios alejados del centro, facilitaron los desplazamientos cotidianos y permitieron que muchas personas pudieran vivir a mayor distancia de sus lugares de trabajo. De esta manera, la electricidad no solamente hizo posible que Buenos Aires permaneciera activa durante la noche, sino que también contribuyó a que pudiera extenderse geográficamente.
El negocio que estaba detrás de cada lámpara
La electrificación también generó un enorme negocio alrededor de la producción y distribución de energía. Construir centrales, tender redes y abastecer a una población creciente requería inversiones de gran magnitud, por lo que diferentes empresas participaron de un proceso en el que se fueron definiendo las características del sistema eléctrico porteño. La historia de la electricidad estuvo desde el comienzo vinculada, por lo tanto, con una cuestión que adquiriría enorme importancia durante el siglo XX: quién debía controlar una infraestructura de la que dependía cada vez más la vida de toda la sociedad.
La electricidad no era comparable con cualquier mercancía porque una interrupción del suministro podía afectar simultáneamente a hogares, comercios, fábricas, hospitales, transportes y servicios públicos. A medida que la dependencia aumentaba, también crecía la importancia política y económica de las empresas responsables de la generación y distribución.
Esa discusión atravesaría diferentes etapas de la historia argentina, desde la expansión de compañías privadas hasta la intervención estatal y las posteriores transformaciones del sector energético. Lo interesante es que el debate no nació recientemente: está presente desde el mismo momento en que la electricidad dejó de ser una curiosidad tecnológica y se convirtió en una infraestructura indispensable para la vida urbana.
Cuando la electricidad entró finalmente en las casas
La transformación más íntima se produjo cuando la electricidad comenzó a incorporarse de manera creciente a los hogares. Para una persona acostumbrada a encender una vela o una lámpara de aceite, poder iluminar una habitación simplemente accionando un interruptor debía representar una experiencia extraordinaria, pero el verdadero cambio estaba en todo lo que esa facilidad permitía hacer.
La iluminación eléctrica eliminaba buena parte de los inconvenientes asociados al fuego, ofrecía una luz más uniforme y permitía disponer de ella inmediatamente, sin necesidad de preparar una llama. Con el tiempo, además, la instalación eléctrica doméstica abrió la puerta a una enorme cantidad de nuevos aparatos y servicios que transformarían las tareas del hogar, aunque esa segunda revolución se desarrollaría plenamente durante el siglo XX.
Lo importante fue que la electricidad dejó de ser percibida como una demostración de lujo y comenzó a convertirse en una condición esperada de la vida moderna. Una vivienda sin electricidad empezó progresivamente a ser considerada incompleta, de la misma manera que una ciudad sin alumbrado eléctrico comenzó a parecer atrasada frente a otras capitales.
La tecnología había conseguido algo fundamental: transformar lo extraordinario en cotidiano.
La infraestructura que aprendimos a no ver
Hay una paradoja en la historia de la electricidad que se repite con muchas tecnologías fundamentales: cuanto más exitosa resulta una infraestructura, menos conscientes somos de su existencia. Los primeros cables y postes eléctricos eran símbolos visibles de modernidad y anunciaban en cada calle que algo estaba cambiando; con el paso de las décadas, buena parte de esa infraestructura fue integrada al paisaje urbano hasta convertirse en algo que prácticamente dejamos de observar.
Hoy, cuando accionamos un interruptor, rara vez pensamos en las centrales que producen la energía, en las redes que la transportan, en las estaciones que modifican su tensión o en los trabajadores que mantienen todo el sistema operativo. La electricidad parece aparecer detrás de la pared como si fuera una propiedad natural de la vivienda, cuando en realidad depende de una de las redes técnicas más complejas que construyó la sociedad moderna.
Esa invisibilidad explica también por qué los cortes de suministro pueden producir una sensación tan extraña. Durante unas horas desaparece algo que normalmente no vemos y, de inmediato, descubrimos hasta qué punto nuestra vida cotidiana depende de ello.
La ciudad aprendió a fabricar su propio día
La llegada de la electricidad modificó Buenos Aires de una manera mucho más profunda de lo que puede sugerir una fotografía de una lámpara encendida. Cambió la relación con la noche, permitió ampliar horarios comerciales y laborales, impulsó nuevas formas de producción industrial, transformó el transporte y terminó incorporándose a los hogares como una necesidad básica. La electricidad hizo posible que la ciudad dejara de depender completamente de los ritmos naturales de la luz solar, y esa modificación afectó tanto las estructuras económicas como las costumbres más pequeñas de la vida cotidiana.
Por eso, cuando se habla de la modernización porteña de fines del siglo XIX y comienzos del XX, la electricidad merece ocupar un lugar central junto con los ferrocarriles, los tranvías, los puertos, las grandes obras públicas y la expansión de los servicios urbanos. Todas esas transformaciones estaban conectadas entre sí y formaban parte de un mismo proceso: la construcción de una metrópolis capaz de sostener una población cada vez mayor y una economía cada vez más compleja.
La Buenos Aires de aquella época quería presentarse ante el mundo como una capital moderna, y la electricidad fue una de las formas más visibles de demostrarlo. Pero su importancia histórica fue mucho mayor que la imagen de progreso que podía transmitir. La electricidad cambió la estructura misma de la vida urbana, porque permitió que las personas trabajaran, viajaran, produjeran, comerciaran y se entretuvieran de maneras que anteriormente habían estado limitadas por la oscuridad y por las tecnologías disponibles.
Quizás por eso el mejor símbolo de aquella transformación no sea una gran central eléctrica ni un moderno tendido de cables, sino algo mucho más pequeño: el interruptor de una habitación.
Durante siglos, para obtener luz había que encender algo.
Después de la electrificación, simplemente hubo que apretar un botón.
Ese gesto aparentemente insignificante condensó una revolución entera: la de una ciudad que descubrió que podía producir su propia luz, prolongar sus jornadas y comenzar a vivir más allá de los límites que durante miles de años había impuesto la llegada de la noche.
Y Buenos Aires, desde entonces, ya nunca volvió a ser la misma.
Juan Monteverde y Diego Giuliano viajaron a México para conocer uno de los sistemas integrados de transporte más importantes del mundo y buscar tecnología y cooperación para desarrollar un nuevo esquema de movilidad urbana en Rosario y su área metropolitana.
La misión incluyó reuniones con funcionarios del gobierno mexicano y de la Ciudad de México, además de una visita a los talleres de CRRC, la empresa china que es considerada la mayor fabricante de material ferroviario del mundo. El objetivo es analizar alternativas que permitan combinar metro, premetro, trenes regionales y otros medios de transporte.
Monteverde es el candidato del peronismo para disputar la intendencia de Rosario y el ex ministro de Transporte, Diego Giuliano es el presidente nacional del Frente Renovador y uno de los nombres que asoman como posibles candidatos a gobernador.
«Rosario tiene que recuperar su plan ferroviario pensado para toda la metrópolis», dijo Giuliano a LPO. La propuesta contempla un sistema multimodal para las áreas metropolitanas de Rosario y Santa Fe.
Durante la visita, Monteverde y Giuliano conocieron el funcionamiento del sistema de Ciudad de México, que articula Metro, Tren Ligero, Cablebús y Metrobús dentro de una misma red. La intención es analizar qué tecnología resulta conveniente para cada corredor y avanzar hacia un esquema multimodal e inteligente adaptado a la escala del Gran Rosario.
En ese marco, presentaron el proyecto ante representantes de CRRC y recorrieron sus instalaciones operativas y talleres ferroviarios. La compañía estatal china cuenta con una planta en el complejo industrial de Monterrey, pese a la estrecha integración comercial que México mantiene con Estados Unidos.
Una obra de esta magnitud no se construye de un día para otro. Requiere decisión política, planificación, conocimiento técnico, cooperación y capacidad para conseguir inversiones
La primera etapa del proyecto impulsado por Monteverde contempla un Premetro con dos líneas troncales, unidades eléctricas con capacidad para 150 pasajeros, carriles segregados y una frecuencia estimada de seis minutos. Una de las trazas uniría Granadero Baigorria con Villa Gobernador Gálvez, mientras que la otra conectaría el centro con el oeste rosarino.
Sucede que las políticas ferroviarias argentinas tras la privatización y el desguace en la dédcada de los 90 sufrieron el vaciamiento de los servicios de pasajeros y a duras penas se mantuvo el de carga. Uno de los ramales recuperados cuando Giuliano estuvo al frente del Ministerio de Transporte fue el que unió a Rosario con Cañada de Gómez, que llegó a transportar más de 50 mil pasajeros pero luego, la falta de mantenimiento del material rodante y de inversiones en la era Milei terminó con el servicio cancelado.
«Una obra de esta magnitud no se construye de un día para otro. Requiere decisión política, planificación, conocimiento técnico, cooperación y capacidad para conseguir inversiones», señalaron Monteverde y Giuliano, que buscan convertir la propuesta en uno de los ejes de la próxima discusión electoral en Rosario y Santa Fe.
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Esta mañana, y tras las gestiones realizadas por el Intendente Marcelo Orazi, comenzaron los trabajos que lleva adelante Vialidad Nacional Distrito Río Negro en el sector de ruta nacional 22 y Pioneros, donde está ubicado el semáforo. Las tareas, de acuerdo a lo explicado desde el organismo nacional, consisten en el fresado sobre la autovía,…