Los Milton: su música.

Cuando escuché las canciones de Los Milton, creía que el sonido salía de algún lugar más lejano: de un suburbio de Nueva York por ejemplo, o del piedemonte mendocino, donde suele haber ese tipo de música, efecto de la comunicación geológica de las montañas con los dispositivos tecnológicos; no podía creer que cerca de mi casa se estén programando esas canciones. El Indio Comahue con su sensual pollera y las empanadas cuadradas de Bairoletto, era lo más extraño que había visto hasta el momento en la Perla. Con la canción “All collie”, un rockabilly pegajoso como día de calor húmedo, movieron la patita hasta los perros callejeros. De “Canto, bailo, toco la guitarra” nos quedaron grabados esos sonidos guturales, ruidos de despertadores, y todo aquello capaz de hacer de esa canción un buen single para ir cantando en el camino de casa al almacén. Si la palabra “bizarro” ha sido mal usada históricamente y representa en verdad la valentía para encarar algo, se debe decir que Los Milton son bizarros en el valor total de la palabra. Las canciones más subterráneas son una delicia; “Western” y “Tarde” tienen  un trasfondo, al que te van acercando cada una de ellas con recursos distintos: “Western” parece ser una peregrinación a un bosque , un ritual a oscuras con neblina, donde hay nativos o eso se siente al escucharla,  hace frío, y los trámites para la ceremonia que allí se  celebra son lentos(no por ello aburridos).“Tarde” es la más erótica de las canciones; transmite una gran sensación corporal y espiritual; cuentan Penedo y Padilla (voz y guitarra) que su melodía nació del movimiento de las olas en el muelle de Mar del Plata;  desde lo musical se contraponen momentos de éxtasis y de apaciguamiento (la fórmula de los Pixies robada por Nirvana y patentada por Los Milton)  donde las guitarras son un manjar y  se aprecia que un guitarrista puede ser vanidoso, pero también puede aportar algo nutritivo al mundo.

La vuelta de Los Milton

Los Milton: las letras.

En “Western”, quien canta dice: “no tengo ya el alma/ de un profundo bosque” … “el cuerpo murmura palabras vencidas”, y en la canción “Si no tenés corazón” el tipo aclara: “después cayó la noche y te invité a cenar/ romántico y eterno, vino con choripán”. Parecen dos mundos ajenos, pero es el mismo; es el mundo de la poesía entendida como tal, sin contrastes entre alta y baja cultura, lindas y malas palabras, buenas y malas acciones. El vino con choripán en una cena romántica toma el mismo peso específico que el del alma profunda de un bosque. En “All Collie” está el libro y los referentes culturales, pero conviviendo a la par de lo terrenal y lo socialmente vergonzoso: “me gusta aquel poema de Girondo/ Beethoven componía para sordos/ vayamos a buscar las empanadas/ mi sueño recurrente es con tu hermana”. Al humor picaresco lo atraviesa una incitación al descubrimiento, a partir de la creación de frases en primera instancia inconexas. También al inconsciente se lo pone a jugar de delantero, en frases aparentemente descuidadas y no solamente basadas en la clásica lógica surrealista de “escribo varias cosas y después les busco el sentido”: nadie podría pasar de largo que justo en “Vestido comunista” se le diga a alguien “si follar es un verbo/ sos una gran folletista”. En “Tarde” la letra es pura imagen representando un amor que ya no es: “Tarde pasaste por tus cosas…por el último sueño que tejiste en la cama y también por el tiempo que tiramos al agua”; nada allí se puede agarrar ni con la mente, pero aun así parece tener la consistencia digna de una  pintura impresionista. El velo que comúnmente cubre lo que se omite decir por temor o desconocimiento de lo “real”, en Los Milton está corrido por completo (como si la “teoría del iceberg de Hemingway” se diera vuelta, y se mostrara lo que pasa en realidad bajo el agua, dejando de decir lo que se ve en la superficie considerándolo poco creíble o interesante). También las alusiones al sexo son varias y directas, atendiéndolo como necesidad vital de primera instancia y sin recurrir a la celestialidad Ceratiana, ni a la rebelión fálica de la contracultura villera posterior al 2001. Esa sexualidad narrada es importante, ya que atraviesa también la música de Los Milton: desacartonada, corrida del eje.

Un capítulo aparte merecería el cántico de Guille Penedo(voz). Penedo no es un cantante, es un pregonero. Un Bob Dylan camuflado de vendedor ambulante o un gaucho con documento de Miami. Es un repiquetear en los acentos de las palabras: un rockeo achacarerado. El acoso de los estereotipos lo llevó a inventar un híbrido de lo más elocuente para estas tierras.

Los Milton · Los Milton – Vol. 1

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